Escritores desconocidos o pobres, juntaletras millonarios

¿Quién es el culpable? ¿Cuándo empezó todo? ¿Es posible revertir la situación? Con motivo de la muerte de ese pésimo escritor que fue Carlos Ruiz Zafón (ya decía yo que era un novelista pésimo, que no era novelista, antes de que se muriese, no se crea el lector de estas líneas que he esperado a su deceso para expresarme al respecto…), me veo imbuido, una vez más, del espíritu de García Viñó, me arremango y decido no caer en la desesperación, escribiendo una vez más sobre el estado de la literatura actual, el circo de las editoriales, el trabajo torpedero de los críticos literarios mediáticos y el aborregado público en general, que ni siquiera sabe que se la están colando por toda la escuadra.

Coja usted a cualquier escritor, cualquiera del mundo, conocido o no, consagrado o no, primerizo o veterano, y en una situación ideal e imposible (bueno… no tan imposible, de hecho es lo que sucede de una u otra manera todos los días en los despachos de las editoriales), plantéele estas dos opciones, irrevocables:

1: escribir una obra literaria notable, quizá incluso memorable, a base de mucho esfuerzo, y posiblemente envejecer y morir sin mucho dinero en el bolsillo, por lo menos derivado de la literatura.

2: escribir un best-seller que le reporte entre cinco y diez millones de dólares, pero una obra de ínfimo, cuando no inexistente, valor literario, que además será loada por críticos y público, aunque toda persona inteligente y exigente, incluso el mismo autor, sabe que su obra no vale nada.

Si el interpelado decide, por mucho que diga que ama la literatura, el número 2, para luego, quizá, dedicarse a escribir obras más personales, si acaso duda entre el 1 y el 2, no es un verdadero escritor. Así de claro. Un verdadero escritor no escribe porque decida hacerlo, y además para ganar dinero, sino que escribe porque no tiene más remedio que hacerlo, y en realidad todo este circo editorial, todo este baboseo por televisiones y redes sociales, con el que tan a gusto parecen sentirse (y seguro que se sienten, aunque luego puedan llegar a negarlo…) los Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Ildefonso Falcones, Carlos Ruiz Zafón antes de irse al otro barrio, Almudena Grandes, Elvira Lindo, Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater… y en el fondo otros como Alberto Olmos, Juan Soto Ivars, Agustín Fernández Mallo, Manuel Vilas, y muchos escritores sin nada que contar pero que de vez en cuando deciden juntar unas cuantas letras, todo esto, como digo, es algo que para un verdadero escritor, alguien que vive por y para las letras, la narrativa, el lenguaje y la creación literaria, es algo insufrible. Es un anatema.

Un verdadero escritor no escribe de vez en cuando a ver qué novela le sale, un verdadero escritor escribe todos los días, de lunes a domingo, y en el poco tiempo libre del que dispone lee todo lo que puede para seguir aprendiendo. Un escritor como Carlos Ruiz Zafón y otros que están chapados en oro, que tienen mansiones en Beverly Hills, que poseen fortunas de millones de euros o dólares, que escriben cada dos o tres años una novela, o mejor dicho un tocho de mil páginas, que le ha llevado dos años escribir, con muchísima investigación y documentación financiada por la editorial, no es un verdadero escritor. Son hombres de negocios. Y alguno existe que no es malo del todo juntando palabras, pero al que la literatura le importa un carajo, por mucho que proclame por tierra, mar y aire, por decenas de televisiones de medio mundo, que ama los libros, a los lectores y al sursum corda.

Pero a un escritor de verdad (como a un director de verdad, o a un músico de verdad) en realidad la literatura le da igual. No se siente imbuido de un carácter mesiánico, salvador de esa hermosa bella arte de la literatura. No cree que él tenga que decir nada al respecto. Le importan un carajo, también, los lectores, porque es la única manera de respetar, realmente, su inteligencia. No se jacta de conocerlos, ni de entender sus gustos ni sus necesidades. A un escritor, novelista o narrador auténtico incluso La Verdad con mayúsculas le trae absolutamente sin cuidado. Le da igual que su libro venda poco o mucho, o que el lector medio lea pocos libros, cada vez menos, al año, o que la industria se derrumbe. Todo eso para él, o ella, es irrelevante. ¿Saben por qué? Porque tiene cosas más importantes en las que pensar. Mucho más. Para empezar, y ante todo, la verdad con letra minúscula de sus personajes, el mundo que ha de crear para ellos y que ha de crear para ese lector abstracto que quizá nunca llegue, el estilo y el punto de vista, las palabras perfectas…y luego ha de corregirlo, ha de mirar cada escena, cada diálogo, cada gesto, como si lo hubiese escrito otro, y que todo ello no le lleve tres años de su vida, sino tan solo unos meses, porque no quiere perder la energía inicial, porque esto no es un negocio para él, porque tiene muchas historias que contar, por que la escritura es para el verdadero narrador una forma de relacionarse con el mundo, en todas sus facetas.

Por eso el escritor auténtico no se detiene en twitter a escribir las gilipolleces que leemos, sobre qué ocurrencia ha tenido su hija de cuatro años por la mañana, o sobre su encuentro con los lectores en Villacebolletas de abajo, o su última ocurrencia en la cocina de su casa, o sus rancias ideas políticas, y mucho menos se pone a vender sus libros. Porque eso último, en realidad, es trabajo de la editorial, y el escritor participa de eso hasta cierto punto, y nunca hasta el límite de no permitirle seguir escribiendo. El escritor auténtico, el de raza, no es el mono de feria para las casetas de los grandes eventos, ni el polemista televisivo sobre gilipolleces. El escritor auténtico sabe que todo lo que escriba es importante, es valioso, es necesario decirlo, y que toda palabra es una palabra de más, y que romper el silencio con estupideces no es digno de alguien que dedica su vida a escribir.

Esos escritores auténticos, casi desconocidos, que publican cuando les dejan y cuando no tampoco les importa porque escribirán el resto de su vida hasta que no puedan más, no son los nombrados por aquellos que generalmente no leen. Los que generalmente no leen son los que se enamoran de los engendros de Carlos Ruiz Zafón o de Pérez-Reverte, los que defienden que son los mejores escritores del mundo, ¡porque no han leído nada más! ¿Qué culpa tendrán ellos?

El escritor de verdad sabe que no tiene tiempo para bobadas. Dispone de algunas décadas para escribir, para lograr quizá algún día cuajar una gran obra, algo que sea digno de perdurar. Va a intentarlo hasta que se borren las letras de las teclas del ordenador, en noches calurosas de verano y en mañanas gélidas de invierno, el día de la muerte de su padre o el día de la boda de su hijo, enfermo de diabetes o con jaqueca, en su casa, en un motel en mitad de ninguna parte o en unas cuartillas en el banco del parque. Y cuando ve fenómenos sociológicos (nunca literarios) como este de Zafón, un tipo que nadie sabe cómo consiguió ser el más escritor español más internacional desde Cervantes, podrido de pasta y tan mal escritor, se encoge de hombros y sigue escribiendo.

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