La nueva mayoría

Para ellos ha sido confeccionado, diseñado, configurado, plastificado, empaquetado y recalentado este mundo moderno. Para ellos, que se jactan de no haber leído un libro en su puta vida, como diría el Loco de la Colina, y que cuando se lo leen se trata del habitual best-seller que está en boca de todos, un libro de 700 páginas que cuesta 24 euros y que quizá se lean o quizá no, para dar la vara después a sus familiares, amigos y compañeros de trabajo con ese libro y otros de ese autor que quizá se compre porque tienen todos la portada muy bonita y van todos sobre la Guerra Civil, o sobre la vida en los pueblos de España. Para ellos, que se ríen de los que hablamos de cultura llamándonos gafapastas, o listillos, o enterados, que desprecian y rechazan cualquier tema o concepto que tenga que ver con algo más que el fútbol y el dinero y el sexo. Para ellos, que ni siquiera saben el nombre de los ocho planetas del Sistema Solar. Este mundo nuevo se lo han servido en bandeja a ellos.

Y creen que son libres, ellos. Creen que pueden decidir qué tipo de vida tener, y qué gobernantes se sienten en el sillón, y qué ideas políticas, pero no pueden. Sólo tienen la ilusión de que pueden, de que gozan de cierta libertad, pero no es cierto. Sólo en una cosa están en lo cierto: este entorno está fabricado para ellos, a la altura de sus expectativas, al nivel de su nivel, y lo saben. Y si en algún momento las expectativas cambian, o el nivel sube, son suficientes (son mayoría…) y protestarán y patalearán hasta que el nivel vuelva a bajar.

Recuerdo cierto momento bochornoso en el Instituto de Cine de Madrid (no la ECAM, de esa ya he hablado, ahora me estoy refiriendo al Instituto de cine, en el que también estuve matriculado), en mitad de una clase de narrativa, guion y escritura. El profesor nos daba ejemplos y referencias bastante interesantes, algunas cultas y algunas un tanto arcaicas, y hay que reconocer que le gustaba hablar y le gustaba escucharse, pero todo estaba resultando de lo más interesante y el aula estaba a tope de gente. En determinado momento cierta chica, creo que de la especialidad de producción, se plantó, interrumpió la clase, y comenzó a reclamar que la lección, que la charla, fuera un poco más sencilla, porque se estaba perdiendo con tanta densidad y aquello era inadmisible. Ante el requerimiento de esta persona, otras voces empezaron a elevarse en el aula y en pocos minutos comenzó una oleada de quejas, gritos, reprobaciones contra el profesor (que se sentó agobiado y estupefacto en su silla…), la charla se interrumpió y estuvimos como media hora, o más, debatiendo si aquella clase tenía sentido, si era necesario ponerse tan eruditos o tan profundos, y si no sería mejor que el profesor entendiera que mucha gente no podía seguirle o no entendía nada. Es decir, en lugar de que la mayoría de los asistentes trataran de subir su nivel, que es el objetivo ulterior de estas cosas, la charla, la lección, debía bajar el suyo para estar a la altura de sus alumnos. Yo no daba crédito. Cualquiera que lo lea pensará que el profesor se había pasado de críptico, pero lo cierto es que estaba resultado todo muy ameno.

Esto es verídico. También he de decir que aquella muchacha no era una persona particularmente sagaz, salvo a la hora de combinar su bolso y sus zapatos. Un buen amigo mío me contaba que en cierto foro de cine, al que acudía cada semana, se había montado una bronca porque algunos asistentes exigían que la película se pusiera doblada, a lo que la moderadora o coordinadora del foro se había negado tajantemente, y que le pedían una justificación de tal cosa. Son legión las personas que nos encontramos cuya expresión verbal y claridad de ideas deja mucho que desear, pero luego esas personas nos corrigen cuando alguna palabra decimos mal (porque siempre podemos equivocarnos a la hora de hablar), y de pronto pareciera que ese analfabeto o analfabeta funcional está por encima de ti o de cualquier otro, cuando ni siquiera domina bien su propio idioma. Y a todos estos, que son mayoría, son los que el cine, la televisión y la literatura ha de divertir cuando llegan a su casa después de trabajar, o los fines de semana, cuando tienen algo de tiempo libre, y van a exigir que esos contenidos estén a su nivel.

De modo que tanto darle vueltas al asunto y la causa de la mediocridad de la literatura y de gran parte del cine que nos llega tiene que ver en realidad con la vieja ley de la oferta y la demanda, con el huevo y la gallina, con el círculo vicioso del que se aprovechan los más listos para dar de comer pienso al ganado. Es todo, en realidad, mucho más fácil de lo que parecía. Tal como dijo el loco de la colina, estamos subyugados por una nueva mayoría, que precisamente por su condición iletrada, zafia, palurda, es más susceptible de ser controlada por los poderosos, y de alzarse, gracias a su apoyo, con más poder, más mercado y más atención. Y eso no es lo peor, porque algunos de los más conspicuos miembros de esa mayoría se ponen a escribir crítica (cinematográfica o literaria) y a dejar sus necedades por escrito en blogs. Yo he trabajado con algunos de ellos, y mientras se esforzaban por dejar claro quién meaba más lejos me pedían consejo sobre cómo escribir una frase sencilla…

Esta es la verdadera crisis, y es el verdadero cambio climático. El cambio a un clima de toxicidad cultural, de sectarismo, de chabacanería, narcisismo y vulgaridad, que es causa, y no consecuencia, de muchos otros males. El problema no es la educación, como repiten muchos superficiales, el problema es la necedad, la mezquindad, la vulgaridad. Dales a esos necios, mezquinos y vulgares educación, y educación de calidad, y tendrán más armas para enturbiar más el clima y para sentirse más importantes. No les cambiará. No dejarán de exigir una literatura fácil de leer o un cine fácil de digerir. No dejarán de enviar cartas a los periódicos exigiendo que se reescriba el final de una serie, o la historia de un videojuego famoso. Seguirán leyendo a Reverte o escribiendo como él, pero esta vez con argumentos que parecerán de autoridad.

Por eso los otros, los que no somos mayoría, no podemos cejar en nuestro empeño. No podemos bajar la guardia, ni contemporizar, ni resignarnos, ni dejarnos marginar. Tenemos que seguir expresándonos, siendo valientes, diciendo lo que pensamos. Debemos seguir estudiando, seguir leyendo, para demostrar que otra forma de pensar y de hacer las cosas es posible, que aún el pueblo llano puede elevarse a la altura de los artistas y no al revés. Elevarse, no descender a las cloacas. Establecer nuestros propios guetos intelectuales a la espera del momento de tomar por asalto los barrios residenciales de los que llevan la necedad por bandera.

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