CINE, CRÍTICA

‘El apartamento’, una crítica de ida y vuelta

*Antes de mis merecidas vacaciones, que me llevarán a estar unos días sin publicar, voy a dejar un texto que llevo un tiempo queriendo escribir, aunque sólo sea en su forma, pues llevo un tiempo pensando que este tipo de crítica (que nunca podría incluir en Cinema & Letras) es el que merecen ciertas obras míticas que, al mismo tiempo, son tremendamente discutibles. Hoy empiezo por esta de Billy Wilder, pero en el futuro, si es que este calor del demonio o el maldito Sars-Cov-2 lo permiten, vendrán otras.

El tormento del solitario/Una fábula que quiere ser sórdida y queda moralista

Recuerdo cuando vi esta película por primera vez, y también recuerdo las siguientes tres o cuatro veces que la vi. Me enamoré totalmente de ella. Tendría yo unos diez años, o cosa así, y tanto mi padre como cualquier otro cinéfilo medianamente exigente la ponía por las nubes. Ya incluso en los créditos, con la maravillosa música de Adolf Deutsch, me sentía increíblemente a gusto, y una y otra vez me entusiasmaba la historia de este solitario oficinista, en esa Nueva York en blanco y negro que luego Woody Allen enriquecería con su maravillosa ‘Manhattan’ de 1979, casi veinte años después.

Aunque yo no tenía ni idea de cine (tampoco es que tenga mucha idea ahora…) podía apreciar los valores y la fuerza de este relato, la estrategia de su director y co-guionista, la forma en que, de manera inevitable, la peripecia de este personaje interpretado de manera irresistible por Jack Lemmon terminaba afectándome. Porque te afecta el modo en que un pobre diablo, cuyos jefes se aprovechan de él para llevar a su apartamento a sus ligues (una idea que Wilder sacó de ‘Breve encuentro’, el filme de David Lean) se enamora como un becerro de la guapísima ascensorista a la que da vida una magnífica Shirley MacLaine. No era un apellido fácil de recordar, pero yo lo recordaba. ¿Cómo no hacerlo? Era una de las actrices más guapas que yo hubiera visto, pese a lo inusual de su cortísimo cabello, y su peripecia, la humillación de verse utilizada y despreciada por su propio jefe, del que ella está enamorada, me llegaba hasta los huesos.

Yo no lo sabía entonces, pero lo sé ahora, que me he visto toda la filmografía de Wilder: ‘El apartamento’ es sin ningún género de dudas su mejor película. La más equilibrada, y la mejor escrita, interpretada y dirigida. La que posee una imagen más interesante, firmada por el gran Joseph LaShelle, la que muestra un diseño de producción más interesante, obra de Alexandre Trauner. Wilder nunca lo hizo mejor, y nunca volvería hacerlo. He leído cosas tales como que esta película es la cine lo que ‘Las Meninas’ de Velázquez a la pintura. He leído que esta es una obra maestra, una de las más grandes películas de Billy Wilder. No en vano se llevó el Óscar a la mejor película, entre otros. Realmente la cosa está clara…

¿Lo está? Sí, claro que lo está….

Umm. ¿Seguro?… no. La verdad es que… bien pensado no.

No, no lo está.

Quizá bajo los estándares de 1960 esta película fuera todo eso, pero ahora… No, ni siquiera en 1960. Porque si hago un poco memoria puedo recordar una película estrenada dos años antes: la extraordinaria ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, 1958), de Orson Welles. Y si nos vamos casi dos décadas (que se dice pronto en cine) más atrás, tenemos también de Welles ‘Ciudadano Kane’ (‘Citizen Kane’, 1941)…. Esas sí que fueron verdaderamente grandiosas, apabullantes, increíbles. Y si esas lo son…¿’El apartamento’ también lo es? Puede que no. Ni visual ni estéticamente es tan esplendorosa como esas dos, o como, por ejemplo, ‘Gone with the Wind’, de 1939. Eso sí que es impresionante, a todos los niveles. Y si bajamos de grandeza, y nos vamos un par de peldaños más abajo, tenemos por ejemplo ‘Las uvas de la ira’ o ‘Qué verde era mi valle’, ambas de John Ford, inferiores a las de Welles o la gran película épica de O´Selznick, pero mucho más interesantes, mucho más hondas, mucho más bellas, en definitiva, que la de Wilder.

Porque si de verdad me fijo, me quito de encima tanta mítica, tanta cinefilia clasicista, tanta mitomanía (algo nada difícil, porque en realidad yo no he sido nada de eso), y aunque sigo pensando que es la película más equilibrada de Wilder, me doy cuenta de que este solitario encantador es en realidad un trepa que va de víctima, que presta a sus jefes su apartamento para follar aunque eso signifique cogerse una pulmonía en el parque. Le gusta la ascensorista, pero ella tampoco es mucho mejor que él. Si te acuestas con un hombre casado no sé si tienes muchas razones para quejarte cuando él no deje a su mujer o cuando averigües que es un mujeriego. Estos héroes que yo veía en mi infancia en realidad son dos pobres diablos con poco interés. No tienen vida, no sé nada de ellos, y aunque MacLaine está muy bien, noto a Lemmon increíblemente sobreactuado. Joder, parece un dibujo animado, casi un antecedente de Jim Carrey (que a mí tanto me gusta y con el que tanto se meten). ¡No exagero! ¡Vean la película!

Al final este relato es de una candidez, de un buenrollismo, que niega el tono que en un principio intentaba armar. Es decir, que es falsaria, manipuladora y tendenciosa. Y lo que es peor, increíblemente teatral. Muchas escenas son directamente teatro filmado. Sí, luego vendrán Luis Aller y sus discípulos y me analizarán cada plano como si dijera cosas que están ocultas pero que están ahí en una narrativa formidable (que a lo mejor está ahí para el que la quiera ver, no porque esté verdaderamente…a algunos análisis de esta película he asistido yo), pero se me ocurren medio millar de películas cinematográficamente más interesantes que esta, que además me resulta increíblemente previsible e hipócrita. Todos los valores descritos en un principio están ahí…para cierta disposición de ánimo. Pero también están las deficiencias que estoy señalando ahora, y no es necesaria ninguna disposición de ánimo.

No creo que esta película sea al cine lo que ‘Las Meninas’ a la pintura. El que quiera pensarlo así me parece que se quedó en los diez años (físicos o mentales, o cinéfilos), me temo, y nunca se atrevió a pensar por sí mismo.

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CINE

Las mejores películas europeas y estadounidenses de la pasada década

Muchos que escriben sobre cine (la mayoría, supongo) ha visto muchas más películas que yo. Otra cosa sería averiguar si realmente las han aprovechado, pero supongo que nunca lo sabré, salvo algunas veces, cuando leo lo que escriben sobre ello. Cuando escribo estas listas lo hago sobre todo para mí, y soy muy consciente de que no lo he visto todo. Quizá, por tanto, debería cambiar el título y poner «las mejores películas que yo he visto», pero me quedaría muy largo… La farsa sería, quizá, hablar también de películas asiáticas, o sudamericanas, o africanas, cinematografías a las que tengo poco acceso. Pero estoy casi seguro de que he visto la mayoría de las películas europeas y estadounidenses importantes, o por lo menos me he preocupado por ello, así que aquí va una sincera y apasionada lista.

Las más valiosas películas realizadas en EEUU:

‘El lobo de Wall Street’ (‘Wolf of Wall Street’, 2013), de Martin Scorsese

‘Silence’ (2016), de Martin Scorsese

‘Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres’ (‘The Girl with the Dragon Tattoo’, 2011), de David Fincher

‘The Master’ (2012), de Paul Thomas Anderson

‘Puro vicio’ (‘Inherent Vice’, 2015), de Paul Thomas Anderson

‘Perdida’ (‘Gone Girl’, 2014), de David Fincher

‘Mud’ (2012), de Jeff Nichols

‘Manchester by the Sea’ (2016), de Kenneth Lonergan

‘Comanchería’ (‘Hell or High Water’, 2016), de David Mackenzie

‘Boyhood’ (2014), de Richard Linklater

‘Spider-Man: Un nuevo universo’ (‘Spider-Man: Into the Spider-Verse’, 2018), de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman

Las más valiosas películas realizadas en Europa:

‘El ilusionista’ (‘L’illusionniste’, 2010), de Sylvain Chomet

‘El Havre’ (‘Le Havre’, 2011), de Aki Kaurismäki

‘No habrá paz para los malvados’ (2011), de Enrique Urbizu

‘Melancolía’ (‘Melancholia’, 2011), de Lars Von Trier

‘Nymphomaniac’ (2013), de Lars Von Trier

‘Amor’ (‘Amour’, 2012), de Michael Haneke

‘La vida de Adèle’ (‘La vie d’Adèle’), de Abdellatif Kechiche

‘Locke’ (2013), de Steven Knight

‘Sueño de invierno’ (‘Kis uykusu’, 2014), de Nuri Bilge Ceylan

‘El hijo de Saúl’ (‘Saul fia’, 2015), de László Nemes

‘Cold War’, (‘Zimna wojna’), de Pawel Pawlikowski

No incluyo, claro, películas con financiación estadounidense, o europea, pero hechas en otro país, como ‘Mad Max: Fury Road’, que estaría en una hipotética lista australiana. Tampoco incluyo otras que son magníficas, pero que por alguna razón que sería largo de explicar no he incluido en este ramillete. Mi deseo sería que cualquiera que leyera esta lista, ya fuera un lector habitual, o bien uno esporádico, que cayese aquí por esos misterios de la red, reflexionara e hiciera su propia lista, que quizá sería muy diferente de la mía, o quizá no. Quizá fuera bastante parecida. En caso de ser muy diferente sería estupendo poder convencerle, o convencerla, de lo equivocado que está.

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CINE

Yo no estoy en contra del doblaje

Hace algunos días contactaron conmigo porque estaban preparando un reportaje sobre el doblaje en España. Al parecer, habían encontrado algunos antiguos textos míos en los que yo clamaba a favor de la prohibición del doblaje de las películas extranjeras para su exhibición en este país, que es lo que hace la gran mayoría de países del mundo, y querían que les diera alguna idea más al respecto, probablemente para citarme. Por mí bien, pero en mi conversación con este periodista me dejé algunas cosas en el tintero que no sería mala idea completar aquí.

La primera de todas ellas: yo no estoy en contra del doblaje. Estoy en contra de doblar las películas para su exhibición comercial en un país en el que mayoritariamente los cines son en versión doblada. La segunda es que esto no aplica necesariamente a todas las películas, pues no creo que en el caso de los filmes de animación se deba ser tan estricto. La tercera es que soy un fervoroso partidario del doblaje… de las películas españolas. Y antes de que al inopinado lector de estas líneas se le quede cara de no saber de qué diablos estoy hablando, aseguro que voy a explicar punto por punto mi postura, y estoy seguro de que sabré hacerme entender.

Me jacto de tener pocos amigos (cuanto menos, mejor), pero buenos, eso sí. Dos de ellos suelen leer estas páginas mías, y con ambos he hablado de esto del doblaje en bastantes ocasiones. Uno está de acuerdo conmigo prácticamente en todo, y el otro no lo tiene nada claro, pues no ve tan necesario escuchar las voces originales de los actores, y considera que habría que conocer el idioma o bien leer a gran velocidad para poder enterarse de todo. Yo creo que todo es más sencillo que todo eso. Una de las pocas cosas interesantes que Carlos Pumares ha dicho en toda su vida es esta comparación: imagínate que te compras un disco de Michael Jackson, pero doblado al español. Pues esto es casi lo mismo.

Con motivo de esos antiguos textos en contra del doblaje masivo, incluso me nombraron en algunos foros en los que participaban dobladores profesionales y me llamaron de todo menos bonito. Esta es otra profesión endémica, como la de los toros. Algunos creemos que estaría bien un espectáculo en el que no se torturara o matara a los pobres bichos, o en caso contrario que los prohíban. Con las películas es igual: que la mayoría de las salas fueran en VO, que es lo normal en cualquier otro país, y que la minoría sean dobladas, o bien que lo prohíban. Pero lo más alucinante de este fenómeno es la ira con la que se expresan los defensores a ultranza del doblaje, y sus argumentos de perogrullo: «¿no se supone que el cine es sobre todo visual? ¡pues yo no me quiero perder las imágenes por leer!», o «¡nadie puede obligarme a ver películas en VO!», o «¡eso es propio de gafapastas elitistas!». Incluso he encontrado críticas, escritas por gente a la que se le paga, valorando la calidad del doblaje… estamos en un país tercermundista, culturalmente hablando.

Quizá suene un poco exagerado, pero si has visto la película doblada, sencillamente no has visto la misma película que yo, has visto un producto adulterado. Y hoy un poco menos, porque no solo el doblaje técnicamente es más perfecto, pero antes, para superponer la voz de doblaje, los distribuidores se cargaban el sonido ambiente del filme. Hagan la prueba en una película anterior a los años noventa. Las películas «antiguas» dobladas adolecen de un inquietante silencio en el ambiente. Pero aunque el sonido se respete, el texto no, porque los actores de doblaje, en consonancia con su oficio, alteran el diálogo en numerosas ocasiones, destrozando el trabajo no solo de los actores, también de los guionistas. Las personas que acuden al cine a ver una película Anthony Hopkins doblada, sólo han visto su rostro, pero no han oído su voz. ¿Cómo pueden así disfrutar y en algunos casos valorar su interpretación?

¿No resulta tremendamente vergonzante que se organice un preestreno importante en Madrid, toda una capital del reino, con las estrellas de la película, anglosajona o francesas o alemanas, y que la proyección de la película sea en español? ¿Qué cara se le debe quedar a esta gente? ¿Qué deben pensar de nosotros?

No creo que todo esto pueda aplicarse estrictamente a las películas de animación, por la sencilla razón de que no tenemos a actores en la pantalla. Es preferible en su versión original, pues me resulta un poco extraño ver a un ciudadano de Osaka hablando en castellano de Getafe, pero puedo entender que ahí se hiciera alguna excepción.

Lo que sí creo es que las películas españolas deberían ser dobladas. Todas. Y esto es algo que sucede en raras ocasiones. La gran mayoría de películas españolas se proyectan…¡con sonido directo! Y aunque en España tenemos unos técnicos tan buenos como en cualquier parte del mundo, tanto en la grabación de ese sonido como en su acabado final, no tiene ningún sentido, salvo en algunas excepciones, no doblar las películas. En EEUU se dobla todo. Nunca escuchamos nada del sonido directo, aunque nos de la sensación de que sí. En efecto registran todo el sonido del rodaje, pero les sirve como base para recrearlo después en estudio. Todos los actores se doblan, de modo que enriquecen su trabajo previo. Esas grandes interpretaciones que disfrutamos lo son en parte porque el actor ha matizado, pulido y realzado su trabajo, mano a mano con el director, delante de un micrófono en una sala oscura. Y esto no se hace en España, y se debería hacer, pues al igual que sucede con muchos actores anglosajones, su dicción no es perfecta, y sucede que muchas veces no entendemos un carajo de lo que dicen. Así que estoy a favor del doblaje en ese aspecto.

Espero haber matizado aún más mi postura, respetando las de todos los demás, aunque en algunos casos, me temo, estén equivocados.

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CINE

Teorías cinematográficas incompletas

Cuando era un chaval, aproximadamente hasta los diecinueve o veinte años, no me importa decir que no tenía ni idea de lo que es el cine, por mucho que pensara que sí. No tenía ni idea de nada, y mucho menos de cine o de literatura o de cualquier otra cosa. Por no saber, no sabía ni escribir, aunque no dejaba de escribir. Es decir, más o menos como el noventa por ciento de los críticos y comentaristas que escriben en este país. Luego la cosa cambió, pero creo que nunca dejaré de aprender. Así debe ser, creo yo. Luego fui a algunas escuelas de cine, conocí a bastantes personas, hice cortos, participando en casi todos los departamentos, escribí mucho y cada vez un poquito mejor, y podemos decir que dejé de ser un ignorante absoluto. Ahora me quedo en ignorante a secas y año a año un poquito menos ignorante. Y en las escuelas de cine pude, claro, además de perder el tiempo, conocer de primera mano multitud de teorías sobre este fenómeno que es el cine, para comprenderlo mejor, estudiarlo y analizarlo, y saber de qué diablos hablamos.

A mí no me convenció del todo, nunca, ninguna de esas teorías. Yo, escribiendo sobre cine, he intentado adaptar lo que más me gusta de los cahieristas, y lo que más me atrae de los estructuralistas, y las ideas sobre el cine espectáculo, y algunas concepciones populares sobre las películas y las series, y el punto de vista de los que sobre todo piensan en el montaje, y el punto de vista de los que sobre todo piensan en la luz. Cualquiera de esas teorías, incluso la del cine de autor, me parece incompleta y por tanto insatisfactoria. No digamos ya la que propone la total primacía del «cine clásico». Tanto los formalistas como los realistas, que en mi opinión aciertan en algunas cosas, o se acercan por momentos a la verdad, me resultan despreciables. Los críticos marxistas creo que adolecen de una alarmante falta de personalidad. Y así podria seguir un buen rato. Por mi parte me he alimentado de las partes de cada una de ellas que más me han gustado y las otras las he repudiado. Y desde esa perspectiva múltiple trato de acercarme al cine, la literatura y la música. Pero a veces encuentro a personas que desarrolla ideas interesantes, que me exhortan a escribir una vez más sobre mis ideas, en oposición a las suyas, aunque prometo que desde el más absoluto de los respetos.

No tengo Twitter, pero todos los días picoteo noticias, ideas, argumentos de la gente. Algunos no están mal. Hoy he caído, buscando y buscando, en la cuenta de un tal Bracero, un estudiante de cine que dice cosas bastantes interesantes en su cuenta. Se nota, por su perfil, que es un chaval sobre todo enamorado del cine europeo más de autor, más vanguardista, más transgresor. Hasta el punto de que, por lo que dice, esos son los valores que considera absolutos. No tiene pinta de que le vayan mucho los directores famosos o comerciales, y sí de que se ha visto 2.500 películas más que yo, sobre todo filmes iraníes, polacos, rusos y hasta africanos. Hace bien. El saber no ocupa lugar, y el cine menos. En su cuenta suele aludir al programa que presentaba uno de sus profesores, que al parecer es casi como su maestro, el realizador Luis Aller: ‘Històries del cinema’, donde Aller desmenuza obras importantes como ‘Jules et Jim’, ‘Germania, anno zero’, ‘Lost Highway’, ‘L’avventura’, ‘Oktyabr’… Observo, tanto en las afirmaciones de uno como en los vídeos del otro, que sobre todo dan preponderancia al plano. Ya en el tweet fijado de Bracero, tenemos toda una declaración de intenciones: «todo aquel que escriba sobre cine y no domine estos puntos, está engañando a sus lectores, y lo peor a sí mismo». Y los enumera:

  1. Duración de los planos y número de fotogramas.
  2. Escala de los planos, incidencia angular, profundidad de campo, presentacion de los personajes y objetos en profundidad, tipo de objetivo utilizado.
  3. Montaje: tipo de raccords utilizados; «puntuaciones»: fundidos, cortinillas, etc.
  4. Movimientos: desplazamiento de los actores en el campo, entradas y salidas de campo, y movimientos de cámara.
  5. Banda sonora: diálogos, indicaciones sobre la música, efectos sonoros, escalas sonoras y naturaleza de la toma de sonido.
  6. Relaciones sonido-imagen: «posición» de la fuente sonora en relación a la imagen («in»/»off)») y sincronismo o asincronismo entre la imagen y el sonido.

Yo creo, desde mi humilde opinión no solicitada por nadie, que todo esto es demasiado técnico y reduccionista. No dudo de que Aller y sus alumnos, en especial Bracero, que estoy seguro de que ama el cine con todas sus fuerzas, se ha visto muchas más películas que yo, y se habrá leído muchos más libros sobre cine que yo, tienen las cosas muy claras. Pero a mí no me convencen. Su forma de acercarse a este fenómeno es demasiado cerebral. Bracero y Aller forman parte de esa corriente teórica que analiza con asiduidad el plano como elemento desgajado del continuo que es la película, algo con lo que yo jamás he estado de acuerdo. Son formalistas convencidos, y todo formalista adolece del síndrome de no ver el bosque cegado por el árbol. Para ellos, que el objeto importante del plano esté a derecha o a izquierda en la escena crucial, y luego en el lado inverso en la escena culminante, es esencial, como lo es que la mesa en la que cena la familia no esté bien encuadrada con armonía, porque significará ruptura familiar, o la sombra que cae en los ojos del personaje nos hablará del trauma del personaje, o el espejo partido en el que se refleja la pareja será signo de sus problemas conyugales.

Es decir, que dos más dos es cuatro. A mí esto también me lo enseñaron en la escuela de cine. Véanse ‘La sombra de una duda’ (‘Shadow of a doubt’, 1943), que es la película que el profesor nos analizó. Vean de qué manera Hitchcock encuadra a la familia dentro del plano, con elementos del atrezzo, para dar una idea de unidad. Y vean cómo una columna que divide el plano separa a Charlie del resto de la familia. Y vean la llegada del tren, cuya chimenea expulsa más humo de lo que haría normalmente, indicando la llegada del diablo. Estas cosas son elementales, y no creo que se necesite ir a una escuela de cine para ello. Como explica Tarkovski en ‘Esculpir en el tiempo’: «normalmente se busca una puesta en escena más expresiva, porque con ella se quiere mostrar de forma inmediata la idea, el sentido de la escena y su subtexto. También Eisenstein trabajó de este modo. Además se parte de la base de que la escena cobra así la necesaria profundidad, una expresividad dictada por el sentido. Esta es una idea primitiva sobre cuya base surgen muchas convenciones superfluas, que diluyen el tejido vivo de la imagen artística». Tiene mucha razón Tarkovski. Si la actriz A está enamorada y cae sobre ella una luz vibrante y la actriz B no lo está, o está despechada, y cae sobre ella una luz mortecina, todo eso está dictado por el sentido, pero son convenciones. La vida no se organiza de ese modo, y es lo que un director ha de intentar crear en pantalla: la vida.

Existen muchos analistas cinematográficos que estudian punto por punto todos estos detalles, queriendo convencer al lector de que son los que otorgan densidad y altura a una obra cinematográfica. Pero sería lo mismo que si un crítico literario analizara frase por frase el sentido unívoco de la palabra, o si el crítico de arte se fijara en una figura concreta del cuadro y con ella sacara conclusiones estéticas, en lugar de hacerlo con el cuadro entero. No tendría sentido. Esa figura concreta depende del resto de elementos del cuadro y de muchas decisiones artísticas previas y de ejecución, además de tener un sentido estricto que no tiene por qué ser unívoco. Quizá el cine envejece mucho más rápido que otras artes precisamente por ello. El arte opera con absolutos, pero no ha de producir sensaciones irrevocables y definitivas en el espectador, sino implicarle a muy distintos niveles, y provocar un abanico de reacciones emocionales. Y todo eso no puede surgir de ese dos más dos son cuatro. En el arte, en realidad, dos más dos son cinco, o tres.

Cualquier película, sobre todo si ya tiene años o décadas a sus espaldas, y está dirigida con inteligencia, y sobre todo entendiendo a los personajes, pues ser objeto de una hermenéutica de planos. Lo que Bracero incluye en su tweet fijado (que no aclara de qué libro lo saca, por cierto…): puede estudiarse su duración, su montaje, su ángulo. Y se pueden interpretar muchas cosas. Pero también puede caerse en la simplificación inconsciente, y he visto a gente mucho menos preparada que él o que Luis Aller decir verdaderas tonterías sobre tal o cual plano, que ellos deciden que está diciendo una cosa cogida por pinzas. Pero me temo que Aller o Bracero caen en ese mismo error. Decir que ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ (‘The Man Who Shot Liberty Valance’, 1962), de John Ford, el personaje de Stewart representa el progreeso porque cuando llega al pueblo se baja de un tren, y el personaje de Wayne representa el Oeste, porque la primera vez que le vemos se baja del caballo, me van a perdonar pero es de una simpleza exacerbada. ¿Saben por qué Stewart se baja del tren? porque…llega en tren al pueblo. Insisto, para decir estas cosas uno puede ahorrarse lo de ir a una escuela de cine.

Yo también estoy por las vanguardias, y con eso de que el cine no tiene por qué entretener a la gente, necesariamente, ni tener una historia, ni tener una dramaturgia… También estoy muy de acuerdo en que hay que preguntarse el por qué de muchos cortes de montaje. Pero no todo en el cine tiene que ser transgresión, diferencia. No todo en el montaje ha de ser siempre sugerencia, psicologismo, secreto, sutilidad. Me gusta analizar planos y cortes, pero eso puede hacerse incluso con la peor película de De Palma, que es un director con una gran voluntad de estilo. Creo que el cine es mucho más que todo eso, y por eso requiere de una mente analítica mucho más amplia, mucho menos reduccionista o cerebral. La gente es demasiado obvia a la hora de analizar películas, y suelen analizar películas demasiado obvias, y discutibles, como ‘Vértigo’ (1958), de Hitchcock, o como ‘Laura’ (1944), de Otto Preminger.

Para estos formalistas, además, pareciera que el único cine verdadero es el mudo, y que todo lo demás es un añadido. Que ahí se inventó todo, y da la sensación de que el sonido les molesta. Pero en realidad, el cine mudo, que inventó tantas cosas (¡precisamente porque nadie las había inventado antes! obviedad) no es el cine. Es un cine inicial, un protocine. El verdadero cine, me temo, es el cine sonoro. En caso contrario, que dejen de hacer películas sonoras, o que estos formalistas dejen de verlas. Pero la entidad, la vida en la imagen, la creó el sonido, que tiene tanta importancia como el plano, y que es algo que todos estos formalistas ignoran o parecen querer ignorar. Una película sin sonido no tiene sentido, no tiene vida, y en el cine mudo no había sonido porque técnicamente no era posible incluirlo, y sobre esa base se crearon una serie de convenciones visuales. Punto. Y el que no quiera verlo es un ingenuo. Y si estamos de acuerdo en que el cine es el sonoro no podemos fijarnos solo en el plano o en la puesta en escena y el guion de imagen, también es obligatorio analizar la puesta en escena y el guion sonoro y musical. Es como si un pintor por fin pudiera disponer de una paleta de colores, pero los formalistas le dijeran que tiene que trabajar como si solo dispusiera del blanco y el negro. Un absurdo total.

Estudiar un plano está bien. Estudiar la dialéctica de planos y montaje también. Pero eso no es la película. Es una parte de ella. Resulta imprescindible analizar en profundidad la creación de personajes o la falta de ellos, la pertinencia de la historia, o la falta de ella, el montaje en todas sus facetas, el sonido, la fotografía, la realización toda, la dirección de actores, el sonido como parte indisoluble de todo ello, la música (diegética o extradiegética). Pero esto para realizar un análisis exhaustivo, o con intención de serlo. No para hacer una crítica. Una crítica de cine no tiene que hablar de la duración de los planos, sino de la la película en su totalidad, en relación con los detalles que la conforman, y sobre los detalles en relación con la totalidad. No de planos aislados que pueden ser muy brillantes dentro de un filme irregular o fallido. Estudiar así el cine es muy fácil, desgajando de él lo que nos interesa comentar. Que una sombra en forma de cruz caiga sobre un personaje y que eso signifique, quizá, sólo quizá, que ese personaje lleva dentro de sí una carga de culpa extrema, muchas veces es transparente para el espectador. Incluso para el director. Lo que estos formalistas ignoran o parecen ignorar, es que muchos de los detalles de puesta en escena, muchos de los supuestos símbolos o signos que ven en un encuadre, no son elaborados de forma consciente por el director, sino de forma instintiva, en el caso de que sean reales y no «interpretados» por el formalista de turno. Porque para el director incluso su propia obra es un misterio para él. Y así debe ser muchas veces.

Si el cine realmente es un arte, y yo no sé si lo es, es porque es un lenguaje cerrado en sí mismo, un lenguaje poético, que explica la vida, la naturaleza humana, el tiempo, el ser, de una forma concreta. Que es un pedazo de vida. Y la vida no se constriñe a unos movimientos de cámara, a unos espejos divididos, unos planos aberrados o al aire situado encima de la actriz llorando, para dar más información sobre su estado anímico. Una expresividad sagaz no hace a una película más elevada. Si fuera tan fácil cualquier podría hacerlo y luego cualquiera podría analizarlo (de hecho así suele pasar). Pero toda esta hermenéutica se ve estéril a la hora de analizar el extraño equilibrio de las obras maestras, la inefable vida que respira en cada fotograma. Porque el cine no son imágenes en movimiento. El cine es movimiento, vida, capturado en imágenes y sonidos.

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CINE, LITERATURA, MÚSICA

Dame un pedazo

Yo creo… no, no lo creo: lo sé… que todo esto de la literatura y el cine y la música, es una droga. No he dicho que es como una droga, sino que es una droga. Aparentemente, una de las menos perniciosas, a menos que quieras dedicarte a ellas, claro, o a menos que dejes que se te vaya de las manos… Aunque opino que todas esas personas (legiones de ellas) que simplemente trabajan, por muy apasionante que sea su trabajo, luego vuelven con su familia, ven un poco la tele antes de acostarse y el fin de semana se van de barbacoa, están muertos en vida. ¿Cómo vivir alejado de la música, cómo dejar pasar un día sin leer? La vida así carece de sentido, por muchos bienes materiales, o amistades, o experiencias que poseas. Ellos seguramente pensarán que no es así, pero están equivocados. Sirva esto como introducción a lo que quiero decir.

Vayamos al principio del tema, desenredando el cordel: para mí un relato es el equivalente musical de una melodía, y una novela sería el equivalente de una sinfonía o incluso una ópera, es decir, varias melodías combinadas. De la misma manera, una película sería una melodía, o por mejor decir, una canción (al menos, muchas películas), mientras que una serie sería más parecida a una novela, aunque hay no pocas películas tan densas (cada vez aparecen menos, pero las hay) que bien pueden parecer una novela. Melodía/relato/película, sinfonía/novela/serie, en realidad estamos hablando de conceptos parecidos, o por lo menos estamos hablando de estados anímicos similares, en soportes distintos. Pero este es el triunvirato de la narrativa, imágenes, sonidos y palabras. Lo que vemos, lo que oímos y lo que escribimos y luego leemos. Lo primero nos entra fácil por los ojos, lo segundo depende de nuestro oído musical y lo tercero es ya un aprendizaje que lleva toda una vida. ¿Qué puede haber más definitorio de la naturaleza humana?

Otros sentidos, como el gusto y el olfato, o el tacto, también pueden ser los receptores de la que para algunos pueden ser otras formas de arte, como lo culinario, como los perfumes. Pero no son artes narrativas. Con la vista y el oído el ser humano puede apresar, o al menos tener la sensación de apresar (que viene a ser lo mismo), un pedazo de tiempo. Del suyo y del de otros. Por eso las artes narrativas nos fascinan, nos sbuyugan desde el principio de los tiempos. Por supuesto que son una forma de conocimiento, y son una expresión estética, y un testigo inmejorable de su época, pero sobre todo son un pedazo de tiempo, al que además podemos volver una y otra vez, como el drogadicto vuelve una y otra vez a la botella, a la raya y al cigarrillo (cargado o no). Cuando abro de nuevo las páginas de ‘Drácula’ o de ‘La montaña mágica’, el tiempo que transcurre en esos relatos, o en esas sinfonías de relatos, vuelve a comenzar, cuando busco entre mis grabaciones y encuentro de nuevo ‘Lo que el viento se llevó’ (‘Gone With The Wind’, 1939), ese pedazo de tiempo arrancado del continuo espacio-tiempo, esa historia de Scarlett y Rhett, vuelve a pasar ante mí intacto, como si nunca se hubiera terminado… de igual manera cuando vuelvo a comenzar, una y otra vez, algún capítulo de ‘The Last of Us’ y agarro los mandos para controlar a Ellie o a Joel, su tiempo vuelve a ser el mío, y de nuevo lo controlo y lo hago mío.

Los que viven vidas supuestamente estupendas y vibrantes y llenas de magia y riqueza sensorial se pueden quedar con ellas, porque sólo disponen de un tiempo, de una realidad, que se les acabará. El mío también acabará, por supuesto, pero hasta entonces, ocurra eso cuando ocurra, habré dispuesto de cientos, de miles de tiempos anexos, superpuestos al mío, y yo decidiré cuando empiezan y cuando acaban, cuando vuelvo a retomarlos y cuando los dejo dormidos. Mientras tanto también haré cosas más o menos apetecibles con mi vida, viajaré y disfrutaré todo lo que pueda. Pero renunciaré a apurar esta copa…porque tengo otras muchas que apurar, y volver a rellenar una y otra vez.

¿Cómo no va a ser esto una droga? ¿Cómo no va a ser esto una obsesión, casi un desquiciamiento? Las personas que no poseen esto son, para nosotros, las verdaderamente desequilibradas, las verdaderamente desquiciadas. Decia Bukowski que todo aquel que no sea creador está muerto por dentro, y puede que sea verdad. Pero yo añadiría que todo aquel que no escancia en estos pozos de tiempo, no sabe lo que de verdad es el tiempo. Todo aquel que simplemente vive, que no lee, que no aprecia el cine o la música, no entiende hasta qué punto está hecho de tiempo, y le es imposible entender qué supone el tiempo, de qué materia está hecho. Ya no es cuestión, por tanto, de valorar un fenómeno cultural determinado, sino de adentrarse en cuestiones más esenciales, y al mismo tiempo más profundas. De llamar a las cosas por su nombre, de ver las cosas como son: queremos un pedazo más de tiempo para ganar en comprensión de lo que significa la muerte, y para vencerla, en última instancia, comprendiendo que en realidad ella no es nada, pues está fuera del tiempo.

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CINE

Soy culpable

Lo reconozco. En las horas muertas del trabajo, o cuando no tengo otra cosa que hacer, cojo el móvil, o me siento otros cinco minutos más en el ordenador, y me pongo a ojear las cuentas de Twitter de Arturo Pérez-Reverte y de Juan Gómez-Jurado. Y lo hago, como se puede imaginar el lector, no por devoción a dos de los peores novelistas famosos de la historia de la literatura española, sino para constatar una vez más su nivel mental, su línea habitual de tweets, el fervor ciego de miles (literal, miles) de personas que a él le llaman muy respetuosamente Don Arturo (casi como si fuese el de la Mesa Redonda) y a él como si fuese un colega de toda la vida. Pero sobre todo para confirmar que cuatro meses y medio después del inicio de la peor crisis global en los últimos cien años, estos dos individuos siguen a lo suyo, en su mundo happy flower, casi como si nada hubiera pasado.

Tampoco es cuestión de que en lugar de hablar en Twitter de las estupideces de las que suelen hablar, se pasen la vida escribiendo sobre el Covid 19, o sobre la crisis económica y las dificultades que están experimentando tantas personas. Tampoco es cuestión, supongo (sólo supongo…) de que dejen alguna idea, algún tweet aislado, alguna argumentación sobre el dantesco, tóxico panorama político, tanto nacional, como europeo o incluso mundial. Pero sí que es necesario decir una vez más que un escritor o novelista de raza, un intelectual en suma, no sólo demuestra su altura, su clase y su personalidad en la novela o el libro de relatos que publica cada año o cada dos años, sino, lamentablemente, en cualquiera de sus expresiones públicas. Porque cualquier escritor, cualquiera que se precie de serlo, no puede sino empaparse de la realidad que le rodea y pensar, actuar y escribir en consecuencia. Salvo claro, si no eres escritor, si no eres más que un mercenario a sueldo de las editoriales para crear esa droga en forma de libro que se convierte en best-seller.

No tengo Twitter, ni Facebook, ni ninguna otra red social, pero puedo como se pueden leer las cuentas de Twitter sin interactuar con ellas también leo a más gente. A Carlos F. Heredero, por ejemplo, director de la revista Caimán y antiguo profesor mío de la Escuela de Cine, en la asignatura de Historia del cine. Heredero, a pesar de que también de vez en cuando hace en su cuenta publicidad de su revista, y retuitea a compañeros, y habla de cultura, escribe sobre todo de la realidad que nos ha golpeado con tanta fuerza desde principios de año. Se moja y deja su punto de vista sobre los gobernantes de la ciudad de Madrid, sobre las mentiras de esta oposición miserable, de esta presidenta que ninguno nos merecemos, de la terrible situación de la sanidad madrileña, de las sandeces que tuitean nacionalistas de toda ralea (ya sean madrileños, catalanes o vascos). Heredero, una personalidad muy de izquierdas, se puede permitir hablar con claridad porque nunca ha sido sospechoso de escribir sandeces ni de promulgar ideas peligrosas, como sí lo han hecho los personajes arriba citados. No estoy de acuerdo con todo lo que escribe, ni por asomo, pero tal como debe hacer todo intelectual que se precie, deja caer en su trabajo su punto de vista sobre la realidad que nos estrangula.

Resulta penoso observar cómo estos dos hombres, que deben tener su cuenta corriente bien saneada (por decir algo suave, sobre todo Reverte) que seguro que se van a la cama creyéndose importantes escritores, siguen a lo suyo: baboseando (porque no se puede poner otro verbo) para seguir consiguiendo lectores, hablando de sí mismos quince o veinte o treinta tweets al día, situándose al margen de la tragedia salvo en algún tweet aislado en el que G-J, por ejemplo, alertaba de la terrible situación de los libreros humildes, o retiraba (durante un par de semanas, tampoco hay que volverse locos), la publicidad de sus libros porque quizá se sentía un poco avergonzado. P-R, por su parte, ha lanzado alguna diatriba de las suyas sobre la execrable clase política, pero no muy diferente de la que lleva soltando veinticinco años, y que puede resumirse en lo siguiente: yo sé cuál es la solución para España, porque soy el más chulo y el más español, y todos los demás sois la plebe, sois unos mindundis.

Yo, aunque no lo parezca, tengo algo de romántico. Creo que la historia pondrá a todo el mundo en su debido lugar. Especialmente a aquellos cuya actitud, cuyas decisiones, han sido tan reprobables, o a aquellos que escriben novelas o hacen películas deleznables, por mucho que ahora les veneren y les hagan millonarios. Este desaforado narcisismo, inédito en la historia de la literatura, tiene las patas muy cortas, y no pasarán muchos años para que muchos que ahora están cegados, o sus hijos o la siguiente generación, advierta, como ahora podemos advertir de ciertos iconos pasados, que estos ídolos de barro se caen por sí solos. Porque existen privilegiados a los que las editoriales decidieron publicar para sacar dinero, que se creen por encima del bien y del mal, que se autoengañan creyéndose eruditos, magníficos e infalibles, mientras continúan escribiendo su farfolla literaria, y a los que sólo les importa la pose, la fama, el dinero.

Tengo que dejarlo, está clarísimo. Porque esa es ahora mi droga: leer las estupideces que semana tras semana van dejando en las redes sociales, estupefacto por tantos ingenuos que les ríen las gracias y besan el suelo que pisan. Tengo la esperanza de vivir el suficiente tiempo como para ver la caída en desgracia, o el olvido, la clarividencia por parte de la gente, para dar de lado a estos engendros, y otros como ellos. Pero supongo que cuando se vayan vendrán otros iguales. Aunque no peores. No. Nunca peores.

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CINE, LITERATURA

Fetiches y mitomanías

Todos tenemos el nuestro, o los nuestros. En cine y/o en literatura. Todos tenemos un fetiche o una mitomanía, incluso aunque no sepamos que lo tenemos. Y es algo que yo creo que la psicología o la sociología ha estudiado poco, pero que es un fenómeno muy curioso. Algunos viajan por todo el mundo buscando las localizaciones en las que se filmaron las escenas de su película o su serie favorita. Otros, de forma irremediable, se desmayan si aparece delante de ellos, en la calle, o en una tienda, o incluso en una conferencia, ese artista, ese actor, director o novelista venerado. Los hay, como un buen amigo mío, que sienten verdadera pasión rebuscando en los títulos de crédito la presencia de actores secundarios, y rastreando las numerosas películas en las que, en los años más nutridos del cine, llegaron a participar. Otros se pasan la vida escuchando música de películas… aunque no tengan mucha idea de música de películas. Incluso los hay que harían cualquier cosa por conseguir la firma de su autor favorito en su libro. Hay muchísimos fetiches.

Yo particularmente no tengo ninguno de los nombrados. Pero sí padezco de otro que siempre me ha subyugado: los carteles de las películas, incluso de aquellas que no me gustan especialmente. Pero es ver ciertos carteles, recrearme en ellos, y sentir un placer secreto, inefable, que me lleva a ese sentido febril de la cinefilia, ese que tenía que ver con la necesidad física de ir al cine dos o tres veces por semana… En mi sitio de críticas literarias y cinematográficas, recién creado, pienso poner en cada reseña un cartel poco común o raramente visto de cada una de las películas, o bien el cartel ruso, chino o japonés de esa película norteamericana concreta, y voy a perder el tiempo haciéndolo por puro placer. Porque puro placer es lo que siento viendo carteles como este:

Pero tampoco hace falta buscar rarezas, porque los poster oficiales, los que acaban siendo parte indisoluble de la película, muchas veces también me vuelven loco:

Para mí, forman parte de las imágenes de la película tanto como los de cualquier escena. Con ellos, sus creadores te avisan del look, del tono y del estilo narrativo de la película, sin ningún género de dudas. No solamente es, aunque también, un elemento de marketing. Es ante todo una presentación, casi un prólogo, de la película.

Y es que hay algunos que te vuelan la cabeza:

Literalmente:

Realmente los creadores de carteles pueden ser muy creativos, muy capaces de fascinarte y de capturar tu imaginación, incluso en los posters no oficiales de la película, los que forman parte de su campaña de promoción, pero que se ofrecen como una alternativa al cartel oficial o como una colección aparte. Por ejemplo:

Por no decir los que hacen los fans, algunos diseñadores o dibujantes con verdadero talento, que homenajean de manera inmejorable sus película favoritas:

Pero los que se llevan la palma en carteles barrocos, casi grotescos, minimalistas y creativos son los polacos, que nos dejan estupefactos con sus carteles:

Para mí lo de los carteles de cine es como un arte dentro de otro arte, en el que existen verdaderos genios, capaces de permitirte seguir profundizando en la historia de la película. Siento veneración por esas personas que se dedicaban a pintar reproducciones de los carteles de las películas para las salas de Madrid y supongo de otras partes de España. Pero desgraciadamente encontrar un cartel de esos en internet es algo complicado. Aún así, espero ser capaz de encontrar un cartel original y sorprendente para cada película de la que haga una crítica.

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CINE, LITERATURA

¿Dónde quedó el erotismo?

He de decir, una vez más, que hay muchas cosas que me gustan del cine actual (y por cine actual no me estoy refiriendo al cine de los últimos cinco años, sino al cine de los últimos treinta años), muchas más de las que me gustan, me temo, de los tan venerados años cuarenta y cincuenta, e incluso de los sesenta. Y cualquier con un poco de criterio sabe discernir que los años setenta fueron la Arcadia, y los ochenta fueron una calamidad. Pero hay algo que me disgusta particularmente del cine de las últimas décadas, y es la desaparición de casi todo el erotismo, salvo en excepciones muy puntuales, y el subterráneo puritanismo que ha invadido las pantallas (las de cine, porque las de televisión cada vez están más abiertas a él), con polémicas absurdas cada vez que aparece una película «subida de tono», o con una escena particularmente explícita, abundando en la hipocresía reinante.

Yo por erotismo no me estoy refiriendo a escenas de sexo. No estoy hablando necesariamente de sensualidad ni de voluptuosidad, sino de sugerencia, de ese juego a veces morboso, muchas veces muy alejado de cualquier elemento explícito, que tan bien han manejado algunos cineastas. Por ejemplo Polanski. He puesto arriba del todo una imagen de su filme de 1992, ‘Lunas de hiel’ (‘Bitter Moon’, 1992), que es quizá su filme más explícito en lo sexual, es decir que no es exactamente erotismo, pero la imagen de Seigner sometiendo a Peter Coyote me parecía perfecta para enmarcar este texto. Polanski, más allá de las explicitudes y carnalidades de ‘Bitter Moon’, es uno de los directores que más a fondo y con más con sagacidad ha explorado las posibilidades del erotismo en el cine. Es algo así como un Hitchcock mucho menos reprimido y mucho más sabio, al menos en ese sentido.

El erotismo es parte de la vida, igual que la euforia, el dolor, la pérdida, la alegría, la muerte… Si realmente un artista aspira a crear vida, ha de incluirlo en su repertorio. Y muchas veces vemos muestras de erotismo que queda destruido por ser demasiado evidente, demasiado claro. Pocas cosas deben ser menos evidentes, porque en la vida tampoco lo son, que cuando dos personas se atraen, y el cine es el arte del voyeur por excelencia. Sin embargo mi percepción es que todas las películas que nos llegan carecen de esa arista, y me da la sensación de asistir, una y otra vez, a películas para niños. Cuando veo una película de ‘Los Vengadores’ en la que existe algo de tensión sexual entre el capi y Viuda Negra, o entre ella y Bruce Banner, algo de esperanza surge en producciones mainstream, pero cuando al final todo se resuelve con secuencias dignas de un telefilme, esa esperanza se diluye, y tal cosa sucede en prácticamente todo el cine, incluso de directores de renombre. Pero el erotismo (como la dirección de actores, como los planos atractivos), son la marca de un director de talento.

Pocas secuencias tan eróticas, a mi entender, como aquella que tiene lugar en ‘El hombre tranquilo’ (‘The Quiet Man’, John Ford, 1956), con Mary Kate huyendo de Sean descalza, y luego ambos empapados por la lluvia y besándose (una secuencia imitada mil veces en la historia del cine), y eso a pesar de que no me gusta John Wayne y de que John Ford no es santo de mi devoción. Pocos diálogos más sublimes, y más eróticos, en el cine negro como el famoso de la mancha del iris en ‘Chinatown’ (1974), que concluye con los dos personajes en la cama. Incluso ‘Che?’ (1972), por momentos una película muy sensual, es sobre todo y durante todo el metraje un relato absolutamente erótico, en el que todas las probabilidades de la palabra son exploradas con sensibilidad e inteligencia. ¿Por qué ahora, salvo alguna escena situada de modo comercial, el erotismo parece desterrado incluso de las mejores películas? De hecho se ha convertido en una verdadera rareza encontrar una película en la poder ver el nacimiento de una pasión, o las complejidades de los dobles sentidos, de lo velado y nunca resuelto. Todo parece más obvio que nunca.

Recientemente, en ‘El oficial y el espía’ (‘J’accuse’, 2019), también de Polanski, hemos saboreado algo en los momentos de intimidad entre el capitán francés y su amante. No es necesario una escena de sexo para descubrir la belleza, la sensualidad, de un cuerpo, de dos jóvenes amantes, de un personaje entregado a una espiral de autodestrucción, como en la magnífica ‘Shame’ (2011). Pareciera, en el cine maistream, que en lugar de estar ya en el año 2020, siguiéramos todavía en los años cincuenta, y todavía los personajes femeninos se tapan los senos con la sábana después de una noche loca. Hay que recurrir a los viejos maestros o a los outsiders (y cada vez más a la series de televisión), para encontrar ese anhelado erotismo y sensualidad, sin recurrir a escenas explícitas de sexo, con el que poder descubrir nuestro propio erotismo y nuestra propia sensualidad.

No creo que esto sea un tema menor. Un cine puritano, rígido, conservador, es lo que hemos tenido durante muchas décadas de cine, y quizá uno de los signos de que las cosas no cambian demasiado sea precisamente este destierro del erotismo en el cine, un erotismo que quizá necesitemos más que nunca, en este trágico 2020, para darnos cuenta de que, en el fondo, somos afortunados de seguir con vida.

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PRESENTACIONES

Muchos proyectos

Te pones a escribir, a leer, a juntar cosas, y sin que te des cuenta se te acumulan los proyectos. Anuncio que abro otra página (sí, la tercera…), después de esta ‘Imágenes, sonidos y palabras’, que ya lleva más de un año abierta, y de mi ‘Archivo de Mini Críticas’ (en el que ya llevo publicadas unas 1.500, y en el que seguiré dejando minicríticas según me vaya acordando de las que todavía no he dejado y según vaya teniendo tiempo libre, pues tampoco me corre prisa llegar al final…). En esta nueva página voy a dejar críticas literarias y cinematográficas, entre las que también se incluirán críticas a series de las que haya visto temporadas completas, y como no se me ocurre ningún nombre mejor, pues ahí va ese ‘Cinema & Letras’ que seguro que no encajaría en ninguna lista SEO, pero me trae absolutamente sin cuidado.

Yo creo que así queda todo un poco más ordenado. Por una parte este sitio, que va a ser el principal el de referencia y el que más voy a cuidar en cierto sentido y en el que voy a dejar artículos de creación, de opinión y de debate, luego el de minicríticas con valoraciones a películas de todos los tiempos, y finalmente uno de críticas más amplias, sobre películas, series y libros, en las que comentaré de manera profesional, como siempre (no me va eso de ser un juntaletras como esos blogueros o influencers, yo lo mío me lo tomo en serio, aunque no me paguen), las películas que me apetezca comentar, que quizá ya tengan su valoración en el archivo, pero que seguro que algunos lectores agradecerán que amplíe, y así no me veré obligado a dejarlas aquí.

La cosa sigue, porque en un futuro, si todo va bien, hay tiempo y no me vuelvo pirado del todo (si es que no lo estoy ya) mi idea es juntar estos tres espacios en uno solo, en otra plataforma, algo que llevo un tiempo preparando pero que no es tan fácil, porque requiere trabajo y elaboración y hacer las cosas bien. Pero a grandes rasgos significaría tener las minicríticas, y las valoraciones más extensas, y mis artículos y ensayos más generales de aquí, todo en un mismo sitio mucho más profesional, además de algunos de mis relatos y más cosas que tengo preparadas. A ver si es posible y soy capaz.

Como puede ver el amigo lector, el nuevo espacio es exactamente igual que este en cuanto a su plantilla (entre otras cosas porque todas las demás son una puta mierda, incluidas las de pago…) y por razones absurdas me apetecía tener una página con el fondo negro y las letras blancas, para cambiar. También lo dejaré ahí al lado, en la columna del resto de páginas y asuntos más importantes.

De modo que en un futuro próximo bajaré un poco el ritmo de esta página mía, en la que escribo prácticamente todos los días, para dejar algo así como dos artículos semanales (uno entre semana, los miércoles o los jueves, y otro el fin de semana, los domingos por ejemplo), mientras sigo recopilando para el archivo y mientras voy dejando comentarios más largos y elaborados de películas de las que me guste escribir (y que no necesariamente me parezcan buenas películas…). Al mismo tiempo aviso de que estoy preparando un largo ensayo sobre la vida y obra de Francis Ford Coppola, que sería a grandes rasgos un libro que me gustaría ver publicado en un futuro, y del que iré dejando algunos capítulos o partes en este ‘Imágenes, sonidos y palabras’. Pero eso será también cuando esté un poco más descargado de mis trabajos literarios, algunos de ellos todavía candentes de la cantidad de horas que me queda por echarles. Muchos proyectos, como podéis ver.

Muchas gracias a todos los amigos por leerme.

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CINE, CRÍTICA

¿Qué elementos conforman una buena película?

Nos pasamos la vida pensando en lo mismo, algunos. En las películas, los libros, la música. Algunos lo llamarían obsesión. Puede serlo. Yo prefiero llamarlo chifladura o arrebato, creo que le cuadra más. Sea como fuere, los que nos pasamos la vida dándole vueltas a lo mismo, también, en muchas ocasiones, escribimos sobre ello. Y a veces hasta nos pagan, acorde o no a nuestro esfuerzo. Y siempre con el mismo objetivo oculto en la cabeza: ¿cómo saber que esta o aquella es una buena película? ¿Qué diferencia a una mala de una buena? ¿Es realmente necesario establecer esos elementos? Cuando la gente común va a al cine (o iba, mejor dicho…), lo hace para disfrutar, para pasar un buen rato, o para vivir una experiencia satisfactoria, en cualquier caso. No creo que vaya con la firme intención de decidir si aquello por lo que ha pagado es «bueno», o «malo». Pero cuando se para a pensar si esas cosas por las que paga, o en las que invierte el tiempo, merecen la pena, suelen acudir precisamente a los que estamos siempre arrebatados por lo mismo, y es entonces cuando tenemos que convencerles de lo que es «bueno» o es «malo». ¿Merece la pena? Yo creo que no.

Cuando yo me pregunto qué elementos conforman una buena película, me hago la pregunta a mí, y trato de contestarme a mí. Si le funciona al lector, maravilloso. Si no, pues maravilloso también. Seguro que el lector es mucho más inteligente que yo y tiene muy buenas razones y responde a la cuestión con mayor imaginación. Tampoco estoy seguro de poder responder a la pregunta ni siquiera con solvencia, pero vamos a intentarlo:

Por lo visto, para muchas personas, que algunos llamarían viejunos, una buena película ha de ser algo así como una buena obra de teatro filmada. Tal cosa, y no otra, es gran parte del llamado «cine clásico estadounidense» (que de clásico tiene poco, o nada, pues más bien deberían llamarlo cine académico), y si no lo creen revisen las películas de George Cukor y Leo McCarey, e incluso de gran parte de la filmografía de Alfred Hitchcock. Dos actores o tres, hablando delante de una cámara bastante estática, una escenografía resultona y una historia clara y concisa, canónica en su aspecto literario y muy parecida a una pieza teatral: tres o cinco actos, resolución de los temas, personajes arquetípicos… Eso es lo que estos críticos o comentaristas viejunos llaman «que las cosas sucedan por puesta en escena», no por cámara o por montaje. Quizá valdría la pena, por tanto, definir qué es lo puramente cinematográfico, y de igual manera que sabemos que la literariedad es ese lenguaje puramente literario, comprender también dónde está la cosa cinematográfica, su lenguaje, su núcleo. Y no creo que sea algo teatral ni escenográfico.

Por otra parte, estarían los que rechazan todo ese cine «viejuno» de los años treinta, cuarenta y cincuenta, y se inclina por un cine más espectacular, más de puro entretenimiento, propio de las últimas dos o tres décadas, como el verdadero cine, el que es capaz de epatar cada diez minutos, y que realmente es bastante descerebrado y sobre todo destinado a consumo adolescente. Esos espectadores o incluso comentaristas, desprecian el cine en blanco y negro, un poco más contemplativo, un poco más contador de historias, en favor de un cine más sensorial, que suponga una montaña rusa, un verdadero parque de atracciones en una pantalla. No creo que ni estos flipados del cine de masas, ni los que defiendan un cine teatral, estén más cerca de la verdad.

Un ignorante como Juan Gómez-Jurado (que dijo algo parecido de la literatura) diría que para empezar una buena película tiene que hablar de grandes temas. Es decir, para entendernos, tiene que hablar del Holocausto Judío, o del Muro de Berlín, o del ataque a las Torres Gemelas, o algo parecido. Acorde con él, muchos piensan que las buenas películas son las que tienen ese hálito de prestigio que aporta el ser adaptaciones de una reputada obra literaria, o que aporta pertenecer a un género como el melodrama (que en realidad es un tono, no un género) o el drama histórico. En otras palabras, un filme de acción, de aventuras, no puede ser una buena película, por definición. Será mucho más importante para el espectador ver la historia de un rey tartamudo que ha de hablarle a toda la nación que la historia de un policía de Nueva York que acaba en un rascacielos de Los Ángeles pegando tiros contra una panda de ladrones, ¿no? Pues no, la cosa no es así.

Yo creo que el cine, o la literatura, están ahí por algo, y sobre todo para algo. Son testigos y cronistas de una época, pero también definen esa época, también la modelan. Es un viaje de ida y vuelta. Y por tanto cambia, y evoluciona, al menos en su aspecto interior. Pero en su núcleo interior sigue siendo lo mismo: mostrar una vida, un mundo, paralelo al nuestro, un espejo de nuestra sociedad, un estudio de la naturaleza humana. Y para conseguir tal cosa, ha de hacer uso de todas sus armas, de todas sus herramientas: por supuesto las más obvias, intérpretes, argumento… pero también las que en el «cine clásico» no se usaban o eran meramente funcionales: la cámara y el montaje. El cine es un arte colectivo aunado por un tirano autoimpuesto, el director. De sus múltiples departamentos (cámara, sonido, músicas, montaje, diseño de producción (que incluiría maquillaje, peluquería, escenografía y dirección artística en general), efectos especiales, efectos visuales (que no son lo mismo…), intérpretes, equipo de dirección) el director ha de deducir una sola película, y no siete. Todo ha de ser orgánico, unido, cohesionado, impelido en una misma dirección (de ahí la palabra, dirigir…) con el objetivo de lograr la mejor película posible.

Y esa hipotética gran película…. ¿debe tener una buena fotografía? No, debe tener una fotografía acorde con la historia y el tono y en definitiva aquello que la película necesita ser, lo que no necesariamente significa una fotografía bella o espectacular, aunque a veces también ¿debe tener un buen montaje? No, debe tener el montaje que precise para ser mejor narrada, mejor contada, mejor construida, aunque un montaje creativo, imaginativo y sorprendente nunca viene mal, pero que esté conectado con el resto de los elementos, ¿debe tener unos buenos y expresivos actores? Supuestamente sí, pero un actor no es un mono gesticulante, pues esto no es teatro, un actor de cine ha de ser el personaje, es decir, encontrar aquello en lo que se parece a él, y convertirse en él.

Para muchos me temo, una buena película es simplemente aquella dirigida por su director favorito, y no se plantean mucho más. Si la dirige ese director venerado y veterano (tipo Clint Eastwood) esos supuestos comentaristas, que aman hasta más allá de lo razonable cualquier cosita que tenga que ver con él, simplemente dirán que es una buena o gran película, y punto. Pero una buena película, en realidad, ha de albergar vida. Ha de poseer buenos y bien definidos personajes, ha de ofrecer una puesta en escena vibrante llena de planos interesantes, atractivos, ha de gozar de un montaje interesante, narrativo, quizá hasta eléctrico. No importa el tema tanto como la mirada, el punto de vista sobre ese tema. Además, una película es un pedazo de celuloide, es un pedazo de una forma estética concreta, y como tal ha de ser bello (que no hermoso, no confundamos términos disímiles), cerrado en sí mismo. Y ha de suponer una experiencia completa (intelectual, emocional y sensorial) para el espectador. Yo creo que todo eso es lo cinematográfico, y es lo que debería pesar a la hora de valorar una película.

Pero quizá me equivoque. Demasiadas personas creen que el cine ha de ser, ante todo, «entretenido». Yo preferiría que fuera «interesante», que tampoco es lo mismo. Pero existe una gran masa de espectadores que están convencidos de que determinado director va a salir de su casa, y va a pasar dos años de su vida, o más, filmando y montando y sonorizando una película, con el objetivo de distraerle a él, en su casa, o en la sala de cine. No creo que exista mayor desprecio hacia un artista, una idea burguesa más deleznable, que esperar o mejor dicho exigir que ese artista te entretenga. Pero ese es tema de otro artículo.

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