Mejor no leer “literatura” española

Me meto mucho con Arturo Pérez-Reverte y con Juan Gómez-Jurado, y con alguna que otra superestrella más del firmamento editorial con los apellidos compuestos. Pero es que no lo puedo evitar. Son unos escritores tan nefastos que cualquier persona con un poco de gusto y sobre todo de sentido común, no puede hacer otra cosa que lamentar que sean la vieja guardia y la nueva savia de los (pseudo)novelistas de este país. Y una de las razones, creo yo, de que su atroz estilo no destaque tanto, es que están bien secundados por toda una caterva de escritores igual de malos que ellos, pero que quizá no son tan buenos a la hora de maquillar sus enormes limitaciones con erudición, historicismo y mucha caradura. Basta con darse un paseo por las mesas de novedades de cualquier superficie para encontrarlos a todos juntos y para afirmar que para leer esto mejor no leer.

Escribe el famoso poeta y cantautor Marwan:

“Contaremos juntos que el amor es el único deporte en el que hay que empatar, que el amor es un pasillo sin muros. Que el amor es la gota, el río, la desembocadura y todo el mar, desde la lágrima hasta el océano.”

O:

” Y le daremos una flor a todos los señores que tengan cara de cuaderno y seis noches de sexo a los maridos abandonados y urnas llenas de esperanza a la población de los suburbios y borraremos la sonrisa a todos esos gobernantes fabricados en serie para que sepan qué se siente cuando la democracia está a punto de correrse.”

Escribe la muy publicitada Elvira Sastre:

“He lamido mi cara cuando lloraba

para recordar el sabor del mar

y solo he sentido escozor en los ojos.

He esperado de brazos cruzados

para abrazarme”

Escribe la estrella en ciernes de las letras españolas Luna Miguel:

“Mi abuelo tiene una cicatriz en el estómago.
Mi abuela tiene una cicatriz en el pecho.
Mi madre tiene una cicatriz en la garganta.
Mi padre tiene una cicatriz en la rodilla.
Mi amante tiene una cicatriz en el costado.
Mi vida no tiene cicatrices. Solo manchas,
aceite, tiempo quemado:
un rasguño.”

Eso en poesía, porque en prosa escribe esto:

“Tenía treinta años y nunca había asistido a un funeral. No fue al de su madre, Fernanda, ni tampoco al de su padre, Amador. Helena no sabía lo que era un cadáver, sus pies jamás habían pisado un tanatorio. El único cementerio que había visto estaba en Copenhague. Lo más sencillo para llegar al restaurante Kiin Kiin de Norrebro era atravesarlo, así que habíaa estado ante la tumba de Kierkegaard, pero nunca pudo llorar frente a la de Fernanda.”

Escribe Alberto Olmos:

“Tu cuarto es una pecera oscura, redonda y pequeña. Tu cuarto no está lleno de aire, está lleno de perfume barato. Y es ese perfume el que tiñe de gris las paredes, devora el oxígeno, atomiza la luz y se cuela en tu cerebro segundo a segundo, a través de tus poros y tus ansias, para hacer que tus ideas hiedan y tus conceptos se flagelen y tu sentimiento de culpa se entregue al onanismo infinito”

Escribe Manuel Vilas:

“Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo aquello que, tras su pérdida, no pudo destruirnos, y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría.”

Empieza así su novela Carmen Mola:

“El bar está lleno, los clientes son españoles en su mayoría, pero también hay grupos de chinos y algún turista distraído. La decoración, eso sí, es completamente asiática: lámparas y colgantes coloridos con exóticas letras chinas y un muñeco de esos que parecen un gato y mueven el brazo en señal de saludo.”

Escribe Fernando Savater:

“Pero en la niebla de la tristeza y la desgana final me recomía la sensación de que había algo aún por hacer. Como cuando sales de viaje y en el taxi que te lleva al aeropuerto recuerdas a medias que has dejado grifos abiertos y luces encendidas. O como en la desazón postrera de aquella greguería genial de Ramón: “la muerte es como cuando va a salir el tren y ya no hay tiepo para comprar revistas”. Algo faltaba todavía, dejaba mal cerrada la puerta de mi alma que daba al jardín preferido y sin hacer el ramo de flores para quien más quería”.

Escribe Juan José Millás:

“En el trabajo de Lucía había una obesa patológica que falleció al adelgazar. Al principio todos sospechaban de su gordura, pero luego sospecharon de su delgadez. Su muerte confirmó las sospechas, fueran cuales fueran, pues nadie llegó a concretarlas. Al día siguiente de su fallecimiento, la empresa, dedicada al desarrollo de aplicaciones informáticas, instalación, configuración y mantenimiento de redes, entró en una quiebra fraudulenta y cerró.”

Escribe Almudena Grandes:

“El panadero, quizás el carnicero, o el frutero apoyado en el quicio de la puerta por la que Carmen acaba de pasar, saluda con acento satisfecho a una clienta a la que no ha visto en los últimos días, quizás porque ha estado veraneando. En 1939 los franceses aún veraneaban, aún vivían en un mundo donde existían los puestos de trabajo, las vacaciones, las playas con casetas y sombrillas clavadas en la arena, las olas mansas del Mediterráneo, las majestuosas mareas del Atlántico.”

Esto es lo que los compradores habituales de literatura española tienen más a mano, es lo más comentado, vendido y supuestamente prestigioso, en cierto sentido. Son textos de poesía y de narrativa de escritores y escritoras, algunos consagrados y otros algo menos conocido, uno de ellos el crítico de literatura de El Confidencial. Y se me va a perdonar, o no, pero todo esto no es literatura. Esos poemas son dignos de los que un adolescente de escasa sensibilidad escribiría en su carpeta del instituto, y a prosa de los otros eminentes escritores, quienes no me cabe duda que han leído muchos libros y creen saber lo que es la literatura, deja claro, de un solo vistazo, que no tienen literatura dentro. Pero son los más leídos, y los más preparados, los más supuestamente exigentes y en cierto sentido el mascarón de proa intelectual en la literatura de nuestro país…

Mi recomendación (porque yo nunca doy consejos, sólo recomendaciones): no les lean. Estos engendros no van a aportar nada a su experiencia lectora. Absolutamente nada. Por mucho que algunos y algunas que parecen muy inteligentes les lean y les defiendan y les exhorten a hacerlo. No lo compren. Ni siquiera lo hojeen. Con los miles de libros valiosos, quizá decenas de miles, que hay que leer no pierdan el tiempo con nada de esto. Me consta que en España hay buenos escritores, pero les aseguro yo que no son los que están en los mostradores de las librerías.

11 comentarios sobre “Mejor no leer “literatura” española

    1. Jajjaa si, me has leído el pensamiento…

      En realidad no habría mayor problema en que estos engendros vendiesen millones de copias, siempre que luego no dijesen que es buena literatura, que son estupendos escritores, y en algunos casos ganaran todo tipo de premios…

      A mi que Michael Bay o los Wachowski recauden millones me da igual, pero nadie en su sano juicio diría que hacen grandes películas o les daría el oscar.

      Le gusta a 2 personas

      1. Te apuesto lo que quieras a que es otra noveleta de 40.000 palabras, con un único escenario y nada de acción, trufada de sus particulares y muy discutibles ideas sobre la guerra civil, y que dirá que ha estado documentando durante 2 años y medio.

        A mí no me salen las cuentas con sus documentaciones, teniendo en cuenta la rapidez con la que publica…

        Le gusta a 2 personas

      2. Sí, sí, cierto. Además, para lo que le sirve la documentación… Recuerdo, leyendo «Cabo Trafalgar», lo infumables, lo plúmbeas que eran todas sus descripciones; parecen inventarios, con todos esos palabros que casi ni usaban en la época. Horrible.

        Le gusta a 2 personas

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