Soy culpable

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Lo reconozco. En las horas muertas del trabajo, o cuando no tengo otra cosa que hacer, cojo el móvil, o me siento otros cinco minutos más en el ordenador, y me pongo a ojear las cuentas de Twitter de Arturo Pérez-Reverte y de Juan Gómez-Jurado. Y lo hago, como se puede imaginar el lector, no por devoción a dos de los peores novelistas famosos de la historia de la literatura española, sino para constatar una vez más su nivel mental, su línea habitual de tweets, el fervor ciego de miles (literal, miles) de personas que a él le llaman muy respetuosamente Don Arturo (casi como si fuese el de la Mesa Redonda) y a él como si fuese un colega de toda la vida. Pero sobre todo para confirmar que cuatro meses y medio después del inicio de la peor crisis global en los últimos cien años, estos dos individuos siguen a lo suyo, en su mundo happy flower, casi como si nada hubiera pasado.

Tampoco es cuestión de que en lugar de hablar en Twitter de las estupideces de las que suelen hablar, se pasen la vida escribiendo sobre el Covid 19, o sobre la crisis económica y las dificultades que están experimentando tantas personas. Tampoco es cuestión, supongo (sólo supongo…) de que dejen alguna idea, algún tweet aislado, alguna argumentación sobre el dantesco, tóxico panorama político, tanto nacional, como europeo o incluso mundial. Pero sí que es necesario decir una vez más que un escritor o novelista de raza, un intelectual en suma, no sólo demuestra su altura, su clase y su personalidad en la novela o el libro de relatos que publica cada año o cada dos años, sino, lamentablemente, en cualquiera de sus expresiones públicas. Porque cualquier escritor, cualquiera que se precie de serlo, no puede sino empaparse de la realidad que le rodea y pensar, actuar y escribir en consecuencia. Salvo claro, si no eres escritor, si no eres más que un mercenario a sueldo de las editoriales para crear esa droga en forma de libro que se convierte en best-seller.

No tengo Twitter, ni Facebook, ni ninguna otra red social, pero puedo como se pueden leer las cuentas de Twitter sin interactuar con ellas también leo a más gente. A Carlos F. Heredero, por ejemplo, director de la revista Caimán y antiguo profesor mío de la Escuela de Cine, en la asignatura de Historia del cine. Heredero, a pesar de que también de vez en cuando hace en su cuenta publicidad de su revista, y retuitea a compañeros, y habla de cultura, escribe sobre todo de la realidad que nos ha golpeado con tanta fuerza desde principios de año. Se moja y deja su punto de vista sobre los gobernantes de la ciudad de Madrid, sobre las mentiras de esta oposición miserable, de esta presidenta que ninguno nos merecemos, de la terrible situación de la sanidad madrileña, de las sandeces que tuitean nacionalistas de toda ralea (ya sean madrileños, catalanes o vascos). Heredero, una personalidad muy de izquierdas, se puede permitir hablar con claridad porque nunca ha sido sospechoso de escribir sandeces ni de promulgar ideas peligrosas, como sí lo han hecho los personajes arriba citados. No estoy de acuerdo con todo lo que escribe, ni por asomo, pero tal como debe hacer todo intelectual que se precie, deja caer en su trabajo su punto de vista sobre la realidad que nos estrangula.

Resulta penoso observar cómo estos dos hombres, que deben tener su cuenta corriente bien saneada (por decir algo suave, sobre todo Reverte) que seguro que se van a la cama creyéndose importantes escritores, siguen a lo suyo: baboseando (porque no se puede poner otro verbo) para seguir consiguiendo lectores, hablando de sí mismos quince o veinte o treinta tweets al día, situándose al margen de la tragedia salvo en algún tweet aislado en el que G-J, por ejemplo, alertaba de la terrible situación de los libreros humildes, o retiraba (durante un par de semanas, tampoco hay que volverse locos), la publicidad de sus libros porque quizá se sentía un poco avergonzado. P-R, por su parte, ha lanzado alguna diatriba de las suyas sobre la execrable clase política, pero no muy diferente de la que lleva soltando veinticinco años, y que puede resumirse en lo siguiente: yo sé cuál es la solución para España, porque soy el más chulo y el más español, y todos los demás sois la plebe, sois unos mindundis.

Yo, aunque no lo parezca, tengo algo de romántico. Creo que la historia pondrá a todo el mundo en su debido lugar. Especialmente a aquellos cuya actitud, cuyas decisiones, han sido tan reprobables, o a aquellos que escriben novelas o hacen películas deleznables, por mucho que ahora les veneren y les hagan millonarios. Este desaforado narcisismo, inédito en la historia de la literatura, tiene las patas muy cortas, y no pasarán muchos años para que muchos que ahora están cegados, o sus hijos o la siguiente generación, advierta, como ahora podemos advertir de ciertos iconos pasados, que estos ídolos de barro se caen por sí solos. Porque existen privilegiados a los que las editoriales decidieron publicar para sacar dinero, que se creen por encima del bien y del mal, que se autoengañan creyéndose eruditos, magníficos e infalibles, mientras continúan escribiendo su farfolla literaria, y a los que sólo les importa la pose, la fama, el dinero.

Tengo que dejarlo, está clarísimo. Porque esa es ahora mi droga: leer las estupideces que semana tras semana van dejando en las redes sociales, estupefacto por tantos ingenuos que les ríen las gracias y besan el suelo que pisan. Tengo la esperanza de vivir el suficiente tiempo como para ver la caída en desgracia, o el olvido, la clarividencia por parte de la gente, para dar de lado a estos engendros, y otros como ellos. Pero supongo que cuando se vayan vendrán otros iguales. Aunque no peores. No. Nunca peores.

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