CINE

Ganar un pastón por hacer el imbécil en la tele

Es posible que alguno lea este titular, y si pertenece a la cada vez mas tumultuosa rama de los ofendiditos, de por sentado que en estas páginas mías me dedico yo a insultar a la gente, y me tache de su lista de «interesantes» para meterme en el saco de los «trolls». Pero eso es algo que en realidad yo jamás he hecho. He podido calificar a una película de mema, o a un director o un novelista de incompetente, de bobo o de caradura, pero eso no son insultos de verdad. A mí sí me han insultado de lo lindo, simplemente por decir mis ideas, algunas, lo reconozco, bastante viscerales, pero ese es otro tema, y del mismo modo que jamás insulto, no soy de los que va lloriqueando por ahí. Y en esta ocasión tampoco estoy insultando. Todos esos periodistas, o estrellitas mediáticas, o humoristas de medio pelo, o presentadores desastrosos a los que voy a referirme en las próximas líneas no son imbéciles. Pero lo hacen, todos los días, el imbécil, con el objetivo de ganar, en muchos casos, un verdadero dineral. Y lo saben.

Como no veo mucho la tele, salvo en momentos puntuales, me confieso abrumado por esta aglomeración de rostros televisivos, de nuevas estrellas mediáticas, que chafardean a todas horas, bullendo por estas cadenas que nos ha tocado sufrir. Pero tampoco soy un absoluto profano. Sé quienes son algunos de ellos, o en qué programas han estado, y aunque la mayoría no me hacen ni la más mínima gracia por mucho que se esfuercen, no faltan quienes me caen bien, me parece gente bastante válida que no tiene más remedio que participar en programas idiotas, cuya mera existencia está justificada porque le dan al voraz y poco exigente televidente medio aquello que demandan: entretenimiento descerebrado, contenidos dignos de adolescentes semianalfabetos…. en una palabra: carnaza. Y mientras la demanda de carnaza no decaiga, los dueños de televisión española (la menos mala, muchas veces), Antena 3, La Sexta, Cuatro y TeleCinco no van a dejar de servirla en bandeja, y el círculo vicioso seguirá rodando de lo lindo, cada vez más deprisa, cada vez más ruidoso y sin visos de que vaya a detenerse a corto o medio plazo.

He puesto como imagen de cabecera el logo de Zapeando porque representa el epítome del contenido televisivo de hoy, aún siendo uno de los más veteranos. Otros programas les copian o les hacen la competencia, y son todos iguales: muchachos y muchachas, algunos y algunas de muy buen ver, hablando sobre temas de actualidad desde un supuesto sano cachondeo, pero en los que el ingenio y la profesionalidad parecen desterrados de la pantalla. Hasta Dani Mateo, imbatible en ‘El intermedio’, parece desubicado presentando Zapeando, como si supiera que está haciendo el tonto, pero que, al igual que el resto de colaboradores de ese programa, estará muy bien pagado. Hay quien dice que hasta Quique Peinado es poco menos que un intelectual, y la Pedroche y Ana Simón tienen ingentes seguidores, pero son periodistas-presentadores-estrellas que no hacen nada. Absolutamente nada. Y los hay peores.

Porque hablaba yo el otro día de la televisión, y de cómo era capaz de amargar la vida al televidente. Supongo que en todos los países es parecido. Ahora un gran porcentaje de contenidos consiste en gente más o menos guapa, chicas vestidas con minifalda y escotazo, hablando de vídeos o de noticias, o de contenidos de otras cadenas, haciendo bromas dignas de un youtuber descafeinado. Es decir, que en lugar de que los contenidos de televisión contagiaran a los creadores de contenidos de Youtube, ha sucedido al revés, e insisto que estos programas y estos presentadores no son lo peor que podemos encontrar. Mucho peores todavía los tertulianos, la caterva de expertos, los futboleros, y los diversos programas de la mañana, que en teoría deberían ser más serios y son todavía más irrisorios.

Yo no sé en qué momento surgió esa nueva subespecie llamada tertuliano, un ser que de todo opina y al parecer de todo sabe, y se siente totalmente autorizado para juzgar cualquier tema que le pongan por delante. Y así, tenemos literalmente decenas de programas en los que seis, o diez, o quince tertulianos, opinan sobre política, sobre economía, sobre el virus, sobre leyes, sobre cualquier cosa imaginable, gritándose unos a otros (dada la increíblemente polarizada sociedad actual) y ofreciendo un espectáculo bochornoso, crispante, insoportable, que traslada la crispación y toxicidad del parlamento y de la vida política a la sala de estar de todos nosotros. Incluso hay tertulianos de política que también son invitados a programas sobre fútbol, y es lógico que así sea, porque no existe ninguna diferencia a la hora de afrontar uno y otro.

Y lo más obsceno de todo este circo es el dineral que gana toda esta gente. Mientras verdaderos periodistas andan por ahí partiéndose la cara por encontrar y mostrar la verdad, otros se pasan la vida entre los sillones de las cadenas, incluido directores de periódicos. Que ese engendro llamado Jorge Javier Vázquez esté chapado en oro es casi esperable, pero que lo estén otros que se dedican a hacer el bobo para el superficial regocijo del respetable, que mercadean con noticias, que hablan de videos de youtube o se mofan de la actualidad en programas para adolescentes, que se gritan unos a otros durante horas en varios espacios semanales o incluso diarios, es o debería ser inmoral. Ver la tele puede ser un ejercicio de masoquismo, pero enterarse de los sueldos de los que la hacen puede resultar una revelación desagradable. No voy a dar cifras aquí, porque no es intención de estas páginas hablar de números acerca de nada, pero el lector sabe bien de lo que hablo.

En realidad, el que quiere realmente ver contenidos de calidad, que no le traten como si fuera imbécil, o bien ha de escoger muy bien, o bien no tiene más remedio que acudir a Youtube, donde si bucea lo suficiente puede encontrar programas, o canales, realmente muy interesantes, que no le hagan perder el tiempo, y en los que los presentadores y creadores le tomen en serio.

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CINE

La importancia del operador

Para muchos espectadores el director de fotografía es siempre el señor (en algunas ocasiones, pocas, la señora…) que diseña la fotografía de la película, y por tanto un poco su look visual y nada más, pero en realidad el director de fotografía de una película, muchas veces llamado operador, u operador jefe (lo que no significa que opere directamente con la cámara, aunque a menudo lo haga…), es una figura capital en el rodaje de un filme y en el mérito del acabado final del trabajo colectivo. No es tan importante como el director, porque supuestamente el director es el que toma la decisiones, pero le anda cerca. Es decir, es algo más que el que pone las luces y los filtros de color.

El cine es un arte eminentemente visual y sonoro, esto es evidente. Yo diría sonoro y visual, es decir, que las imágenes se articulan a través del sonido, y no al revés, como la mayoría de la gente piensa, pero eso sería un debate teórico para otra ocasión. Como tal, en el rodaje, entre los muchos departamentos (actores, maquillaje, vestuario, escenografía…) hay dos que probablemente sean los más importantes: el de sonido y el de fotografía. Porque sin ellos no hay película. Y en el caso de la fotografía, es imprescindible que entre el director y el operador haya un entendimiento lo más enriquecedor posible… y cuando no lo hay que se soporten y que lleguen a entenderse, porque si alguien puede rivalizar en autoridad en un rodaje con el director, ese es el operador. Y el equipo de cámara (ayudante, foquista, auxiliar, jefe de eléctricos) bien sabe esto, y suele hacer fuerza para arrimar el ascua a su sardina.

En realidad un director no está obligado a hacer nada en el rodaje, más allá de vigilar que el cuadro es el adecuado y de ayudar a los actores. Todo el trabajo se ha hecho previamente, o por lo menos se ha preparado. Su visión como cineasta tienen que hacerla realidad los distintos departamentos. El jefe de sonido, el diseñador de producción, el operador, tienen que ser capaces de entrar en la mente del director y ofrecerle exactamente aquello que quiere…o acercarse lo más posible. Es necesario el talento del director, precisamente, para aunar el talento de los demás y que todos los departamentos hagan la misma película, algo que no siempre se consigue. Por eso sucede que entre el director y director de fotografía suele producirse una alianza y una comunicación fluidas… o bien un enfrentamiento y un problema continuo. El director tiene que saber transmitir lo que quiere, y los jefes tienen que saber dárselo. No es de extrañar que cuando un director y un director de fotografía se entiendan bien, repitan en varias películas.

Pero no todos los directores poseen ni un sentido visual, ni conocimientos fotográficos. Muchos directores, quizá más novatos o menos interesados en ello, no tienen ni idea de fotografía, y lo que es peor, sus vagas nociones de lo que quieren para el look visual de la película no son capaces de transmitirlo con conceptos claros y sencillos a su operador, por lo que este ha de desentrañar qué es lo que quiere exactamente su director. Sucede a veces con muchos guionistas que se convierten en directores: no saben ni dónde poner la cámara ni qué tipo de ópticas emplear, y en ese sentido es el operador el que termina dirigiendo la película, y es normal. Otros directores, sin embargo, poseen un gran talento visual, y lo que es mejor, profundos conocimientos de fotografía, y así la comunicación con su operador es más fructífera y las cualidades fotográficas son mayores y más interesantes.

Antes esto no sucedía tanto, salvo en escasas excepciones. El director de fotografía era, simplemente, el que diseñaba las luces del plató. Importante, sin duda, pero no tan determinante. Por la sencilla razón de que hace cincuenta setenta u ochenta años las calidades de la cámara y la emulsión fotográfica eran mucho menores. Lo ideal era que se viera todo y se viera bien, y que la estrella, sobre todo si era femenina, tuviera su luz delantera, su luz trasera y su luz lateral, para que el celuloide capturara bien su imagen. Había excepciones, por supuesto, como las de Gabriel Figueroa, que ya en los años treinta llevaban mucho más allá el arte fotográfico, y otras como las de Gregg Toland para la esencial ‘Citizen Kane’ (1941) o la tenebrosa ‘Touch of Evil’ (1958), pero ya decía Welles que los técnicos americanos eran los mejores del mundo, y que todos los hallazgos visuales (en un ejercicio de humildad), eran suyos, no del director. Pero esto en el caso de Welles es bastante discutible, pues aún con operadores mediocres o con pocos medios técnicos, en Europa, hizo filmes extraordinarios.

Algunos directores, como David Fincher o James Cameron, saben tanto y tienen tan claro lo que quieren, que no suelen trabajar con operadores de primerísimo nivel tales como Robert Richardson o Roger Deakins, sino que tienen un buen profesional a su lado que les da exactamente lo que quieren, y podríamos decir que la fotografía es suya. Pero a grandes rasgos podemos decir que esa película estupenda, filmada con tanta clase, con unos planos tan elaborados, es muy probable que sea en gran parte mérito de ese gran director de fotografía que figura en los créditos. El poderío visual de una película quizá, sólo quizá, sea cosa del director, pero seguro, prácticamente seguro, que es mérito del director de fotografía, que ha sabido elegir perfectamente las ópticas, que ha entregado planos atractivos, con una emulsión, unas fuentes de luz, unos filtros, unos reflejos, primorosos, y que ha hecho a la película mucho mejor.

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CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

Ideologías frente a la narrativa

Existen pocas dudas de que caminamos, a pasos agigantados y cada vez más veloces, hacia un mundo increíblemente politizado, extremista y quizá hasta siniestro, en el que los fanatismos, la intransigencia y la exacerbación de supremacías y odios cervales, que llevan mucho tiempo asomando la patita, van a campar por fin a sus anchas de una vez, con la excusa de la catástrofe del Covid-19 y de la crisis que ya está provocando y lo que le queda por provocar. Al lado de lo que es capaz de provocar la estupidez humana, probablemente la criatura más mortífera de la historia de este planeta, la estela de dolor y muerte que está dejando la pandemia va a ser en realidad poca cosa. Es lo que tiene esa manifestación menor del mundo de las ideas que se ha hecho en llamar ideología, que no es otra cosa que la exasperación de una postura y la incapacidad de su portador de ver ninguna otra posibilidad.

Hace quince años, con motivo del estreno de ‘Brokeback Mountain’ (2005), de Ang Lee, el periodista y escritor César Vidal dijo que era un filme muy flojo y muy mediocre, definitivamente fallido, y añadió que por supuesto «la homosexualidad está prohibida por Jesús, nuestro señor». Yo creo que César Vidal es el ejemplo perfecto de esa clase de persona que por mucho que escriba libros, tenga estudios superiores y hable (según él mismo dice, aunque probablemente exagere mucho) varios idiomas, sigue siendo un grandísimo ignorante. ‘Brokeback Mountain’ es un filme extraordinario, desde cualquier punto de vista, y si alguien quiere sacarle algún defecto o ponerle algún pero no puede hacerlo nunca por motivos de ideología, como le sucede a Vidal, que desprecia esa obra de arte no por sus virtudes narrativas sino por su trasfondo de historia de amor homosexual. Y aunque parezca sorprendente en pleno siglo XXI la mayoría de los espectadores o incluso la crítica que se llama especializada valoran todo desde un filtro ideológico feroz.

Estos días estamos viviendo el inefable fenómeno mediático de ‘The Last of Us 2’, con motivo de su aparición para ser disfrutada en la consola, con hordas (imposible no aplicar otro término) de pertinaces intolerantes que se han lanzado a las redes y a cualquier foro que han encontrado, aquí, en EEUU, y en muchos otros países del mundo, para protestar, patalear y proferir amenazas de muerte (al creador, a la actriz que interpreta a Abby, al equipo entero), porque aducen que el juego es una estafa, y que su creador Neil Druckmann intenta imponer ahí su agenda LGTBIQ… Por lo tanto al juego le han llovido puntuaciones nefastas en todos los foros, con miles de ceros y unos sobre diez, lo que en realidad no ha afectado en nada a sus ventas… Según ellos el juego es una basura, está mal hecho, tiene «agujeros de guion» desastrosos, «escupe al canon de The Last of Us», y muchas cosas más. Lo cierto, de nuevo, es que ‘The Last of Us 2’ es una experiencia directamente extraordinaria, que esos agujeros de guion, sean lo que sean, no existen por ninguna parte, y que todos esos energúmenos se sienten violentados porque se ven obligados a manejar o bien a una lesbiana o bien a una mujerona de aspecto transexual que en realidad es la antagonista de la historia.

Es decir que, una vez más, muchas personas, de los dos lados del Atlántico, exhiben su intolerancia a la hora de acercarse a cualquier soporte narrativo, porque para ellos pesa más la ideología que cualquier otra cosa. Pocas cosas hacen aflorar la ideología como lo narrativo, que deja en evidencia las carencias y las angustias ideológicas de una sociedad que se cree ya muy tolerante y muy integradora y muy chupi, y que es tan hipócrita, tan despiadada y tan borrega como siempre, o puede que incluso más, ahora que los nacionalismos, los odios y las posiciones conservadoras parecen legitimadas ante la avalancha de catástrofes humanitarias que se avecinan. Realmente, si en el mundo tuviera lugar una pesadilla parecida a la de ‘The Last of Us’ o a la de ‘The Walking Dead’ que nadie tenga la menor duda de que las posiciones se radicalizarían incluso en personas de buena condición y que tal como ocurre en esas ficciones, sería mucho peor lo que el ser humano puede hacer a otro ser humano que lo que es capaz de hacer un virus o una pandemia.

Pero esto de que la ideología nos afecta a la hora de enfrentarnos a la narrativa no solamente sucede en casos extremos como el de la homofobia o la transfobia, sino en cuestiones mucho más sutiles. Hace un año, poco más o menos, tuvo lugar una enorme polémica con el estreno de la temporada final de ‘Juego de tronos’, que muchos querían que volviera a rodarse… Sencillamente porque no les gustaban las decisiones de los personajes, que a mi juicio, y a juicio de otras personas, era absolutamente irreprochable. Decía yo el otro día que la gente quiere que las ficciones sean exactamente como ellos esperan, y que los personajes tomen decisiones que ellos aprueben. Es decir, que la historia sea de su agrado, más allá de sus valores narrativos, y que todo concluya de modo que ellos puedan sentirse a gusto. Esto me recuerda a ciertas palabras de Terry Gilliam:

Tiene mucha razón: la gente quiere respuestas, aunque las respuestas sean estúpidas. En otras palabras: la gente quiere todo bien atado, todo de acuerdo con sus propias ideas, y valora la historia en torno a eso, sin preguntarse por las virtudes narrativa de aquello que lee o de aquello que ve. Y aunque no sufra de homofobia o transfobia, sufre de ideofobia (un término que no me acabo de inventar, pues realmente existe): fobia a las ideas puras, transmitidas con imágenes o palabras, especialmente aquellas que van en contra de su ideología, o de la ideología que creen que tienen, inoculada de las más diversas formas a su cabeza, y haciéndole perder el sentido común con ellas.

Lo narrativo no carece de posiciones políticas. Es más, debe tenerlas, y cuando no las tiene… bien, eso también es una posición política. Pero no puede ser juzgado por ellas, de la misma forma que nadie puede ser condenado por sus ideas. Lo que muchos espectadores quisieran es que las películas y las novelas tuvieran las mismas ideas que tienen ellos, sin moverse ni un centímetro. En realidad sería interesante observar qué clase de películas y novelas tendríamos si los espectadores-lectores fueran los que tuvieran la última palabra, pero supongo que eso es tema de otro artículo.

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LITERATURA

Aprendiendo a leer

Cuando somos pequeños nos enseñan a leer, primero en casa, y luego en el cole, por lo que podemos entender la palabra escrita de nuestra lengua, o lenguas, materna. Estamos capacitados, por tanto, para coger cualquier libro escrito o traducido a nuestro idioma, y entender lo que allí está expresado con caracteres y palabras. Pero eso no significa que sepamos leer de verdad, que estemos preparados para acercarnos a la literatura de cualquier creador, en primer lugar porque toda literatura que se precie de serlo está preñada de literariedad, esto es: es un lenguaje dentro de otro lenguaje, un lenguaje poético que no se acerca al habla urbana, y que tan solo se le parece.

Sin embargo muchas personas están más que dispuestas a comentar y dejar sus opiniones sobre casi cualquier texto, cuando está claro que muchos textos sobrepasan sus capacidades lectoras, y que al comentarlos (la mayoría de las veces negativamente) se retratan a sí mismos y a su ignorancia lectora. Pueden ser ingenieros de telecomunicaciones, actores, diseñadores gráficos o arquitectos, pero no saben leer. Porque aprender a leer, aprender de verdad, empiezo a sospechar que lleva toda una vida y que consiste en enriquecer e iluminar tu mente mucho más allá de sus capacidades iniciales, cuando eras un enano y te leías el Mortadelo o cualquier cosa parecida. Esto pasa también con el cine, con la música, y cualquier otra manifestación de las bellas artes, pero me temo que de forma mucho más acusada en literatura, aunque todavía no sé desentrañar por qué razón.

A menudo uno de los comentarios que se hacen de una novela que está gustando mucho es que se lee muy bien. O mejor dicho, que es muy fácil de leer, muy sencilla y accesible para todo el mundo. Y esto lo dicen como si fuera una virtud en sí misma, cuando generalmente es sinónimo de una literatura de muy baja calidad, o directamente de un producto que no es literatura. Hay excepciones, por supuesto (y en este punto siempre me acuerdo de ‘La montaña mágica’, de Thomas Mann, que sorprende por la luminosidad y en cierto modo la sencillez de su prosa…que no es tal, pero que así asalta a los ojos), pero la literatura de altura es siempre exigente con el lector, y no solo conceptualmente, sino estéticamente hablando. El supremo displacer del que hablaba Harold Bloom (que pese a su soberbia tenía razón en bastantes cosas) de las grandes obras frente al cómodo placer de las obras menores o de productos que se dicen literatura, sin serlo. No es difícil su lectura porque sean obras muy complejas conceptualmente hablando (aunque a veces también) sino porque su lectura se hace difícil, y hemos de adiestrar nuestra mente a ella.

El año pasado me leí 76 libros, entre ensayos, poesía, teatro, cuentos y novelas. Puedo afirmar, sin que me tiemble el pulso, que no accedí al interior de ninguna de las más grandes. Acaso una pequeña parte. Pero voy a tener que volver a ellas, y voy a tener que volver pronto, incluso a ‘La montaña mágica’, si realmente quiero decir con propiedad que me he leído ese libro, que lo conozco. Este año llevo leídos cuarenta libros, entre ellos una única relectura, ‘Moby Dick’, que me temo voy a tener que volver a leer si en verdad quiero saber lo que tengo delante. Dijeron algunos sabios de la antigüedad que es una insensatez poseer una biblioteca de más de cien libros porque resulta improbable que puedas llegar a leerlos todos como realmente merecen. Y empiezo a creer que es verdad. Yo aspiro a hacerme con esa biblioteca, de cien o ciento cincuenta libros que releer e investigar a fondo, y acaso leer alguna cosa nueva por mera curiosidad o pasatiempo. En realidad toda persona mínimamente culta debería hacerse con esa biblioteca. Claro que tengo más de cien volúmenes en mi casa, pero es la única manera de saber qué es lo realmente importante, y así también te das cuenta de lo limitado que es el tiempo de una vida lectora.

Acabo de terminarme ‘Una fábula’, de Faulkner, una de las lecturas más exigentes y difíciles a las que se puede acceder. Comienza de manera muy sencilla, y poco a poco va adquiriendo una radical abstracción y complejidad, hasta un tercio final realmente difícil. ¿Conseguiré, dentro de cinco o diez años, en sucesivas relecturas, hacer más llevadero este tránsito? Yo lo comparo con la escalada, y con el sentimiento de legítimo orgullo e inefable clarividencia que resulta del hecho de haber escalado una montaña realmente alta y escarpada. Pero luego bajas y lees una novela divertida e ingeniosa, fácil de leer, una colina, y aunque agradeces no tener que exigirte tanto, echas de menos los riscos y los acantilados de esa otra montaña que tuviste que escalar anteriormente y que tanto te costó coronar. Pero como sobre Faulkner voy a dejar un artículo pronto, que será la segunda parte del que escribí sobre él el año pasado, puedo decir que por ejemplo una de las cimas a las que hay que escalar bien pertrechado es ‘La divina comedia’, de Dante, uno de esos libros que solicitan una lectura al año, por lo menos, para captar siquiera una pequeña parte de la belleza de sus páginas y de la sabiduría de su texto.

Recientemente acabo de confeccionar una lista con todas las obras maestras absolutas de la historia del cine (a ver cómo lo hago para dejar tal lista aquí, que consta de unos 160 títulos), por lo menos en mi opinión, y voy a tener que hacer lo mismo, dentro de unos años, cuando me haya leído los clásicos, toda la novela esencial del XX, el teatro más importante, la poesía más esencial, pero no para hacer una lista que poder publicar aquí, sino para tener esa biblioteca perfecta, de 100, 120 títulos, cuando tenga mis 75 u 80 años, y poder sumergirme en ella hasta el fin de mis días, aprendiendo a leer hasta que me quede un hálito de vida.

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LITERATURA

Andaba yo bastante equivocado…en realidad, no tanto

Todos nos equivocamos. Yo más que la mayoría, me temo, porque escribo más que la mayoría y porque soy bastante más curioso que la mayoría. ¿No dicen que la curiosidad mató al gato? Y tanto tiempo diciendo a los cuatro vientos que la crítica literaria en este país se ha borrado (no me dirán que no…), que nadie tiene el coraje, o la honestidad, de llamar las cosas por su nombre, salvo Manuel García Viñó y muy pocos más, y resulta que si buceo mucho por la red (y en mi caso lo de bucear mucho es un eufemismo…digamos que desciendo a las cercanías del Titanic) encuentro cosas que me reconcilian con la crítica de este país. Aunque también he de decir que, lamentablemente, tengo mis peros en ciertos aspectos.

Seguro que muchos sabrán quién es Jose María Guelbenzu. Yo no tenía ni pajolera idea. Encuentro algunas críticas literarias suyas muy interesantes y muy bien escritas y me pongo a buscar su nombre. Y, claro, tiene entrada en wikipedia y tiene textos en unos cuantos sitios. Resulta que es crítico y novelista, además de editor, y ha trabajado en unos cuantos sitios, entre ellos Revista de Libros (una publicación que empezó siendo en papel pero luego se pasó al digital), y de entre todos sus trabajos de aquella revista el que más me ha llamado la atención, y la razón de que me ponga a escribir este artículo y no otro, es el referido a ‘La catedral del mar’, de Ildefonso Falcones. Lo leo y me digo: «hete aquí, Massa, que metiste el cuezo…hay gente que escribe crítica literaria y lo hace bien y además llamando a las cosas por su nombre».

Guelbenzu, que se nota que sabe de literatura más que todos los de ULAD y todos los pseudo-críticos que dejan vídeos sobre libros en internet juntos, habla sobre la novela de Ildefonso Falcones y despliega en ella una teoría de la novela que podría ir de la mano con la de Manuel García Viñó, y además con la mía (que no en vano soy hijo, intelectualmente hablando, de Viñó…). Me gusta cómo empieza su texto: «Toda novela ha de recibir la crítica que merece y la idea de merecimiento está indisolublemente unida a la intención que le dio vida, es decir, a la ambición con que se inició y se concluyó»… Ole. Ole y ole. Eso es empezar y eso es decir. Y no contento con un arranque tan magnífico, da lo que promete. No es una bravata ni un farol, se lanza a escribir la crítica que esa novela, y por ende las decenas y centenares de novelas que son como ella, se merece. Y lo hace de una forma extraordinaria, dejando claro que esto no es literatura, sino que es un producto, y que ni siquiera es un producto solvente como pueden serlo los del sinvergüenza de Ken Follett.

Es más o menos lo que llevo yo diciendo bastante tiempo, pero mucho mejor escrito que yo, sin ningún género de dudas: que esto no es literatura, que hay una gran diferencia entre lenguaje literario y el lenguaje que usan los Falcones, Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Savater, Ruiz Zafón, Grandes, y un largo etc… que lo más importante, lo único que tiene que importarle al novelista, es la verdad de los personajes, muy por encima de la suya propia o de cualquier otra consideración, que la novela histórica, salvo excepciones aparecidas hace muchas décadas, es un género muy poco interesante y por tanto apto para temperamentos literarios tan poco interesantes como los nombrados, sobre todo cuando lo único que saben hacer es documentarse y observar esos hechos desde la mentalidad actual. Habla también de problemas de estructura, de puntos de vista, de tono, de estilo. En definitiva, es una maravilla de texto que debería estar enmarcado en las escuelas de escritura…

…ahora bien: es un texto de 2006. Muy meritorio y hasta admirable, pero han transcurrido 14 años desde entonces. ¿Qué ha hecho este eminente crítico, irrelevante novelista e importante editor? Pues nada menos que fichar por El País, y aún hoy, a su provecta edad, escribe allí críticas y textos sobre literatura. Iba a decir que el lector se pasara por allí a echarles un vistazo a esos artículos, pero creo que no merece la pena. Supongo que ese destino es lógico si tenemos en cuenta que fue editor jefe de Alfaguara y que su mujer es directora general de Espasa Calpe, pero ya no volvió a escribir en Revista de Libros. Y ahora sus textos son de un blando que es para echarse a correr. Tiene la vida resuelta, trabaja en el periódico más mediático de este país (pese al irremisible declive de su reputación), y a su edad supongo que no quiere líos, no vaya a ser que, yo qué sé, pueda seguir siendo un crítico literario de verdad…

De modo que no ando yo tan errado, a fin de cuentas, cuando digo que la crítica literaria se ha borrado. Ahora todo es blando y estupendo, cualquier novedad que salga de las editoriales que en su día tuvieron relación, o siguen teniendo relación siquiera tangencial con el medio en cuestión, será tratado con una benevolencia repugnante, y ya no habrá lugar al debate teórico, ni que un crítico literario haga el que es su trabajo: llamar a las cosas por su nombre. Aquel trabajo honesto y valiente se remonta a 2006, y ahora, en 2020, sólo unos pocos seguimos empeñados en decir la verdad, aunque nos pongan en la lista negra, aunque nos insulten y nos pongan a caldo en foros, aunque nos tachen de locos o de envidiosos. Porque no se han dado cuenta de una cosa: ya no tenemos nada que perder.

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TELEVISIÓN

La amarga vida del televidente medio español

Si eres español, y si no tienes contratada ninguna plataforma de televisión bajo demanda, ni siquiera Movistar + (que es una plataforma de televisión de pago, no confundamos términos, aunque también tiene oferta bajo demanda) estás mucho más cerca de que tu televisión sea una máquina del tiempo a los años ochenta y noventa, aquellos en los que dejamos de tener un canal más uno (televisión española, y La 2 de televisión española), para tener tres canales desastrosos más (Antena 3, Telemadrid, Telecinco), y un tiempo después otros dos más (Cuatro y La Sexta), que nos obligaban a hacer zapping para no encontrar absolutamente nada. Aún hoy existen muchas personas en España que siguen en las mismas condiciones, y nadie las ha descrito y expuesto en toda su crudeza, y por eso me he puesto a hacerlo yo con este artículo.

Si no tienes Movistar + (olvidémonos de Netflix o HBO), eres como un tercermundista en todo lo relativo a contenidos audiovisuales. No eres nadie. No eres nada. En un símil político eres como un ciudadano de Palestina o de Marruecos. No cuentas. No importas. Fue así hace treinta años, y sigue siendo así ahora mismo. Te han entregado algo de caridad (la conexión terrestre, los canales HD), pero sigues siendo un paria. Porque si en literatura, en música, en teatro y en cine, España es un país en el que es casi imposible que el talento y la profesionalidad se impongan y expulsen la corrupción, el sectarismo, la frivolidad y la chabacanería, en televisión es todavía muchísimo peor, y a todo ello hay que incluir el choteo más escandaloso, la desidia más absoluta.

Si cambio mi televisión a modo TDT, que es lo que voy a hacer ahora mismo mientras escribo estas líneas (porque este es un artículo interactivo…) obtengo seis canales que son perfectamente intercambiables (salvo las lógicas diferencias de tono político o en las escenografías de los telediarios que a estas horas, 8:47 de la mañana, le dan vueltas a lo del Covid) y a partir de ahí lo más interesante que encuentro es ese programa hipnótico de Galería del Coleccionista, con sus delirantes productos, sus impresionantes e irresistibles ofertas, y sus improbables presentadores. Luego todos los canales están mezclados con emisoras de radio, y como resintoniza continuamente, se pierde el orden y te confundes con el número del dial en el que está cada uno de ellos. Pero el usuario de esta televisión está ya acostumbrado a todo. Literalmente a todo.

Comentar una serie importante a uno de estos usuarios es como llegar a Ganímedes y encontrarse con una civilización perdida. No saben de qué les hablas. Para ellos, que una película programada a las 22 horas, empiece a las 22:15 es algo casi milagroso, y que una serie, cualquier serie, hasta la más cutre, esté varias semanas seguidas programándose a la misma hora los mismos días es como si se multiplicaran los panes y los peces. Da igual el canal que sea, La 1 o Antena 3, cualquier serie de más de una temporada, ya sea ‘Juego de Tronos’ o ‘A dos metros bajo tierra’, se verá seriamente maltratada y relegada a un segundo plano, pues hay muchas noticias escabrosas y mucho fútbol (muchísimo fútbol) que poner. Y que tampoco se confíen los que gusten de otros deportes como el tenis, pues yo he visto hace pocos años como toda una final de Grand Slam, con Nadal de protagonista, era súbitamente dada de lado, cuando faltaban diez minutos para el final, por una noticia política supuestamente importante. Para los dueños de estos canales el espectador español se alimenta de noticias y de fútbol y de reality shows las 24 horas del día, siete días a la semana, doce meses al año.

Como Telecinco llevo sin verlo unos veinte años (pero la vecina de enfrente, que tiene más de ochenta tacos, lo ve a todas horas con el volumen bien alto, y así me entero bastante bien de sus contenidos…), asumo que casi todo su contenido importante es amarillismo y prensa del corazón, podemos sumar el apabullante contenido de noticias de La Sexta (demasiados programas parecidos), los programas chorras que nadie en su sano juicio puede ver de Cuatro, los telefilmes (algunas leyendas urbanas son ciertas…) de Antena 3, o los concursos post-franquistas de La 1 (con decorados anteriores a 1975), y los contenidos futboleros que ocupan un veinticinco por ciento de la parrilla diaria en todos ellos, y nos podemos hacer una idea del panorama al que tiene que enfrentarse esa pobre gente, quienes quizá por falta de dinero o por mera convicción no contratan una suscripción a Movistar + o a Netflix. Pero no creo que sea tan caro dejar de ser maltratado día a día.

Recuerdo cuando ‘Lost’ empezó en Televisión Española sin publicidad previa, y rápidamente fue cambiada de horario, y finalmente retirada «por falta de público». O cuando ‘A dos metros bajo tierra’ se ponía en La 2 a las dos de la mañana. Decidieron, en Telecinco, reponer ‘Twin Peaks’ los domingos, y cada capítulo lo ponían un poco más tarde, hasta que el cuarto o el quinto lo pusieron a la una de la mañana y decidieron quitarlo por bajas audiencias. Claro, es que los espectadores cómo son. Eso por no nombrar los anuncios, los interminables anuncios. Antes, me acuerdo bien, los programadores elegían un cambio de escena en la película o en la serie (de hecho, las series americanas poseen fundidos a negro aptos para la publicidad). Ahora se corta de cualquier manera, en medio de un diálogo. Antena 3, que estuvo reponiendo los mismos treinta o cuarenta episodios de ‘Los Simpson’ durante veinte años, dejaba la introducción con la música de la serie, y luego cortaba a quince minutos de anuncios (el espectador que se acuerde sabe que digo toda la verdad). Actualmente, en canales como Neox, se programa un episodio alterno de ‘Big Bang Theory’, uno tras otro: primero el quinto de la octava temporada, luego el segundo de la primera, y luego el décimo de la quinta. Y así con todo.

España es un país en el que la cultura, el conocimiento, la información, es tema de cachondeo desde hace muchas décadas, y pocas cosas son un signo de ello tan potente como nuestra televisión, digna de una dictadura cocotera. Hasta nuestros noticiarios dejan mucho que desear comparados con los de Inglaterra, Dinamarca o Alemania. Pero muchos están tan acostumbrados a eso, que intentar convencerles de lo contrario es como predicar en el desierto.

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Personajes de los que te enamoras (Parte II)

Me ocupaba ayer de los dos personajes masculinos que más he han impactado en los últimos meses y ahora voy a ocuparme de los dos femeninos: Rue, la protagonista de ‘Euphoria’, y Lathgertha (o Lagertha, depende de donde consultes el nombre original), uno de los caracteres más importantes de la impresionante serie ‘Vikingos’. Y me doy cuenta de que mientras Ivar the Boneless y Wolf eran caracteres casi opuestos, pues uno representaba un optimismo y vitalidad que el otro negaba, tanto Rue como Lathgertha participan de un mismo sentido trágico de la vida, de un mismo patetismo entendido como una gran angustia o padecimiento moral, que les cala hasta los huesos y que es la médula del trabajo de sus dos maravillosas actrices.

Rue

Fue ‘Euphoria’ una de las grandes alegrías audiovisuales del año pasado. Ocho episodios dedicados a un grupo de personajes adolescentes absolutamente perdidos aunque crean que tienen su vida controlada y crean saber lo que quieren. Y fue grande, entre otras muchas cosas, por sus actores, especialmente sus actrices. El personaje central, Rue, está interpretado por la joven actriz y cantante Zendaya. Y es imposible no enamorarse de ese caracter. Porque en ella se comprimen décadas de interpretaciones basadas en la adicción a las drogas y el alcohol, pero pocas veces o ninguna lo habíamos visto con esta belleza, con esta hondísima verdad. Zendaya interpreta como si no fuera ella, y desde el mismo inicio se transforma en este personaje bastante calamitoso, totalmente desnortado, encantador, manipulador, frágil, conmovedor y haciendo un pulso con la muerte casi en cada secuencia.

La serie comienza y termina con ella. La primera imagen es la de Rue en el útero de su madre, y ya oímos su extraordinaria voz narradora para contarnos que la primera vez que perdió (y no la última) fue cuando la obligaron a abandonar aquel entorno tan acogedor. Nació tres días después del 11 de septiembre, y sus padres estuvieron tres días viendo las imágenes de las torres caer mientras era amamantada. Residente de una barriada de clase media, Rue padece trastorno por déficit de atención y posiblemente trastorno bipolar, y ya desde niña sabe que su ritmo cerebral va en disonancia con el de aquellos que la rodean, incluida su hermana y su sufrida madre. Pero hay algo más: un sentimiento cáustico y nihilista de la existencia que la empuja hacia una autodestrucción irrevocable. Sólo parece encontrar algo de paz y estabilidad mental en su frágil relación con la extraña y casi feérica Jules…

Imposible no llegar a amar a varios personajes (la mayoría terribles, enormemente imperfectos, poco recomendables) de ‘Euphoria’, pero a ninguno como a Rue. Pocas veces en la televisión o el cine reciente hemos acompañado a un personaje hasta sus últimas consecuencias, y pocas veces nos hemos sentido al mismo tiempo tan repelidos y tan cautivados por un ser de ficción como aquí, arrastrados por ese vendaval que es Zendaya, como si no fuera ella, como si fuera de otro mundo, conmovidos y estremecidos por su vacío existencial, por su enorme pasión a la hora de hacerse daño a sí misma o de juntarse con personas que van a abandonarla tarde o temprano.

Lathgertha (o Lagertha)

Hablaba ayer de Ivar, de cómo cogió el testigo de Ragnar (de forma explícita en las imágenes), para convertirse en el gran antagonista, en el héroe/villano de la serie. Pero el alma de ‘Vikings’ fue Ragnar…y su corazón Lagertha. Fue este un personaje real, seguramente una amalgama de doncellas escuderas (del mismo modo que Ragnar fue un compendio de varios reyes escandinavos), pero es parte de la estrategia del guionista Michael Hirst convertirla en un ser de carne y hueso, en una fusión perfecta que se convierte en uno de los personajes femeninos de ficción más importantes de lo que llevamos de siglo, y quizá el más bello, emocionante y gigantesco de todos ellos. Lagertha ya pertenece a la eternidad, porque es de ella de quien mana el sentido místico y casi espiritual, en toda su nitidez, de esta gran creación.

Es imposible no enamorarse de ella desde su primera aparición en pantalla, y la acompañaremos nada menos que durante setenta y un episodios (el personaje que tiene más aparición, de lejos, y más peso dramático), interpretada por la bella y feroz actriz Katheryn Winnick, que al igual que sus colegas Zendaya, Derek Wilson y Alex Høgh Andersen, se transforma totalmente en el personaje hasta el punto de que parece haber nacido para darle vida. Será imposible, en el futuro, desligar a la actriz de este personaje, por muchos papeles que llegue a interpretar. Y no es un papel en absoluto fácil o sencillo. Lagertha es mucho más que una guerrera y una reina. Es, en sí misma, la suma de todos los valores vikingos, de todas sus contradicciones y de todas sus oscuridades, del mismo modo que Ragnar, pero desde una perspectiva femenina.

Lagertha sufre numerosas traiciones (hasta que llega a preguntarse si todo el mundo, alguna vez, terminará traicionándola) y numerosas pérdidas emocionales. La primera, la peor de todas, la que arrastrará el resto de su vida: la traición de Ragnar y perderle a manos de otra mujer. Pero luego perderá su nuevo reino, y perderá Kattegat, y se verá obligada a recuperarlos una y otra vez, a ser una guerra más grande que sus homólogos varones, y a saber que está completamente sola pese a ser, de lejos, el personaje más amado por sus compañeros y por el espectador. La fuerza de sus pasiones se comprimen en una sola cosa: superar el pasado…hasta que decide volver a él y entregarse a la nostalgia de los días perdidos con Ragnar. No cabe mayor belleza, ni mayor emoción, en el rostro de una actriz.

Me doy cuenta, para terminar, de que han sido las pasiones de estos cuatro personajes las que me han conquistado. Queremos ser capaces de albergar pasiones semejantes, o sospechamos poder experimentarlas, pero también nos frenamos y llegamos a creer que nunca podremos vivirlas a fondo. Es por eso que nos acercamos a estas ficciones.

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CINE, TELEVISIÓN

Personajes de los que te enamoras (parte I)

Sucede, como en la vida. Pero a diferencia de la vida real, en la ficción te enamoras muchas veces de aquello que te da miedo, de aquello que es totalmente ajeno a ti, de lo terrible, de lo aterrador. En la ficción puedes permitirte el lujo de ser seducido por un carácter con el que no irías a tomar unas copas, al que ni siquiera estrecharías la mano. Pero también sucede lo contrario: en ocasiones un personaje te sorprende tanto como alguien en la vida real, y lo que creías que era de una manera, se convierte en algo totalmente nuevo, en un carácter luminoso, positivo, en un cúmulo de sorpresas agradables. Y ambos personajes, el aterrador y el luminoso, con graves defectos, con contradicciones, pero tan vivos, o aún más, que mucha gente que conoces. Es lo que hace la ficción: expulsar de ti tu conexión emocional con la vida real, y proponerte otra realidad, más aterradora o más luminosa, pero también más verdadera.

Hoy voy a ocuparme de dos personajes masculinos, los que más me han impactado estos últimos meses, y luego me ocuparé de dos femeninos. Primero voy a escribir sobre Ivar, the Boneless, de ‘Vikings’, y sobre Wolf, de ‘Future Man’, y mañana lo haré sobre Rue, de ‘Euphoria’, y sobre Lathgertha, también de ‘Vikings’. ¿Vamos a ello?

Ivar, the Boneless

Cuentan las sagas escandinavas que no existió un rey tan feroz como Ivar el deshuesado, pero no está claro si efectivamente carecía de las dos piernas, o por lo menos de su movilidad, y parece que se le llamaba así por su gran agilidad (irónicamente), ya que adquirió fama de Berserker. Pero todo esto a Michael Hirst le da exactamente igual, y aunque es muy poco probable que un niño vikingo con graves deficiencias de movilidad, o con la osteogénesis imperfecta que parece aquejar a su Ivar pudiese vivir hasta la edad adulta, él propone un rey incapaz de andar con sus piernas pero con una fuerza y una encarnadura como pocas veces hemos visto en la pantalla… ¡Qué creación! Como sucede que amo aún más a Ragnar, Lathgertha y Floki, del mismo modo que cualquiera que venera esta extraordinaria serie, no puedo menos que amar también a Ivar, uno de los personajes más aterradores, más sanguinarios que ha dado no solamente la televisión, sino probablemente el cine en toda su historia. El niño Ivar, luego rey, posee un aura de misticismo, una fiereza visual, incomparable.

Interpretado con una fuerza indescriptible por el joven actor danés Alex Høgh Andersen, la historia de Ivar, que algunos llamarían erróneamente «arco del personaje», es insuperable, desde ese bebé deforme, hasta ese niño dependiente y sobreprotegido por su madre, que encuentra, en el regreso del rey Ragnar, la inspiración suficiente para tomar las riendas de su destino, pues ve en los ojos de Ragnar, en sus palabras, que en efecto él es el verdadero heredero de su capacidad visionaria, de su personalidad, y se lanza a un itinerario suicida que le lleva a ser rey contra todo pronóstico, poseído de una sed de sangre y de una ferocidad ilimitadas. Qué instinto magistral de escritor el de Hirst al concluir el ciclo de Ragnar y comenzar el de Ivar, pasándole el testigo de una forma tan hermosa. Ragnar era un genio táctico en la batalla, y Ivar es por lo menos su igual, venciendo en York y en Kattegat de manera aplastante, convirtiéndose en una leyenda aterradora porque este carácter es todo corazón.

Imposible no enamorarse de él, de su exacerbada pasión. En el mundo real, Ivar sería encerrado en un manicomio como el psicópata espeluznante que en realidad es, pero en la ficción podemos admirar su belleza, podemos sentirnos conmovidos por esa máquina de matar que encuentra su destino en el filo de un hacha.

Wolf

Yo creo que hay creaciones que aparecen casi por casualidad, frente a otras (como el propio Ivar), que surgen muy meditadas y conscientes, dede un principio, de su importancia. Wolf, de la hilarante y muy irregular serie ‘Future Man’ sería de las primeras, de esas que se van modelando a golpe de improvisacion, y porque el actor se entrega a un desmadre sin límites del que podría salir mal parado, pero que por lo menos en esta ocasión sale triunfante, por una de esas raras alquimias que simplemente suceden sin saber muy bien cómo suceden. El Wolf de Derek Wilson es, en pocas palabras, la espina dorsal, el corazón, y el alma de esta serie, y demuestra una vez más que un gran personaje en cine y televisión es responsabilidad conjunta del actor, el guionista y el director, pero sobre todo del director.

Wolf es un guerrero, un superviviente de un futuro apocalíptico, el más feroz, el más rudo y el más despiadado. Venera, además, a su capitana, Tiger (magnífica Eliza Coupe), y desprecia de manera sistemática al protagonista de la historia, Josh Futturman (estupendo Josh Hutcherson), pero cuando viaja al pasado para cambiar el futuro, y comienza a tomar contacto con todo lo que aquí le llama la atención y es tan diferente a su mundo, el personaje comienza a cambiar de forma paulatina y definitiva, sobre todo en su relación con la comida, convirtiéndose en un extraordinario chef. Lo notable de este maravilloso caracter, es que la fuerza de sus pasiones, como le sucede a Ivar, es el trazo invisible que le esculpe y saca de él lo más hermoso y lo más conmovedor que alberga.

Claro, es un tono muy distinto al de ‘Vikings’. Lo que allí es épica, tragedia, aquí es sátira, desparrame. En ‘Future Man’ todo es motivo de risión, y sobre todo Wolf, que en la primera temporada empieza muy gris y al quinto episodio se destapa y lo arrolla todo, que en la segunda es la única razón para verla con agrado, y que en la tercera ya se convierte en un personaje mítico de la televisión. Derek Wilson se transforma y lo transforma con la astucia y el fuste de los grandes cómicos, creando un personaje de leyenda, sin dar la impresión de que actúe en ningún momento, sino siendo él hasta el final. Y Wolf pasa por decenas (literalemente) de estados anímicos, por innumerables situaciones, reveses, giros, sorpresas, golpes, caídas, fracasos, triunfos, revelaciones…y en ningún momento el espectador puede percibir la menor fisura en su composición, ni una sola nota falsa. Puede que ‘Future Man’ no sea la mejor serie que se pueda ver, desde luego no lo es, pero Wolf sí es uno de los mejores personajes de comedia que hemos visto en mucho tiempo, y por eso es imposible no amarle.

Espero haber transmitido mi propia pasión (que ojalá pudiera competir con las pasiones de Ivar y Wolf)… y si no lo he conseguido, mañana lo vuelto a intentar con Lathgertha y Rue.

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CINE

El espectador/lector como soberano absoluto

Se equivoca Juan Gómez-Jurado una vez más (en realidad se equivoca casi siempre en Todopoderosos y cada vez que quiere decir algo interesante) cuando afirma que «el lector debe ser el centro del mercado editorial». En realidad es el escritor, el valiente y arriesgado (todo lo que él no es), el que debería ser el centro del mercado editorial, eso es lo que yo pienso… aunque también empiezo a pensar que quizá podría, simplemente, no existir el mercado editorial actual, verdadera fuente de tantos problemas. Pero no se expresa de manera diferente a como lo hizo en su día el a menudo mordaz y a veces brillante Billy Wilder, cuando afirmó que el espectador el es juez último y soberano del éxito o fracaso de una película. Mucha gente lleva pensando y afirmando ideas parecidas desde hace bastantes décadas, por las razones equivocadas, y ahora que ha florecido esto del internet, y tantas voces juntas, poco cualificadas y nada autorizadas, claman en una misma dirección, tenemos el circo servido.

No sé cuántas miles de firmas llegaron a reunirse (creo que fueron decenas de miles, pero quizá alguien pueda darme la cifra exacta) para que volviese a filmarse la última temporada de ‘Juego de tronos’, y ahora que por fin tenemos accesible la segunda parte de ‘The Last of Us’, se multiplican en foros de todo el mundo las peticiones de muchos aficionados para que vuelvan a hacerlo, porque no les gusta la historia. Y no son los únicos casos. Hay bastante más. Ya lo han conseguido los que llevan alimentando el disparate: el espectador o lector corriente se cree con el derecho de decirle al creador lo que debe hacer y lo que no, lo que está dispuesto a perdonarle y lo que no, porque para ese lector o espectador que emplea su tiempo libre en las redes sociales, ese mundo creado por el director o el novelista de turno le pertenece a él, y no a ese creador, y no está dispuesto a permitir que ese creador haga lo que considere oportuno con sus criaturas.

Ese es el estado de las cosas, que sería penoso si no fuera grotesco. Cada vez existe una masa mayor de espectadores/lectores que esperan que la película o la novela le de exactamente aquello que quiere, sin moverse un milímetro de sus deseos, porque a fin de cuentas él es el que paga, él es el que se gasta el dinero comprando ese libro, o adquiriendo esa entrada, u obteniendo ese videojuego, y el creador tiene la inmensa suerte de que así sea, y por tanto tienen todo el derecho del mundo a montar foros, insultar, atacar, agredir, y soltar toda su mala baba, incluso a destruir una reputación, si es que tal cosa está al alcance de su mano, porque ¿qué diablos? ellos han apoquinado 10, o 20 o 60€. Y cualquier crítico que opine distinto a lo que ellos piensan (que simplemente opine…) es el enemigo y es un estúpido y un pedante de mierda. Ya conté aquí que hasta los alumnos empiezan a querer decidir cómo debe el profesor dar sus clases si es que quiere que le escuchen.

Y yo creo que la cosa va a ir a peor. Cualquier necio que ha visto doscientas películas en su vida, y todas ellas malas o bobas, se cree que sabe lo que es el cine, y cualquier ceporro con el tesón suficiente para escribir sesenta mil palabras escritas sin faltas de puntuación, se cree que es novelista. He conocido a gente que por haber colaborado en un libro de cine que nadie ha leído, y con un bagaje cultural pésimo, ya se llama a sí mismo escritor. Escribía yo que existe una nueva mayoría… yo creo que en realidad lo que existen son nuevos fascismos, cada vez más inapreciables como tales, pero tan tóxicos y peligrosos como aquellos que asolaron Europa en la primera mitad del siglo XX, originando un caldo de cultivo que empieza a apestar por su densidad. Esos jueces soberanos que alegan que tal película o tal novela les toma el pelo a ellos, porque ellos, en realidad, no se han enterado de lo que ven o lo que leen, y con sus declaraciones delatan su ignorancia, su fanatismo, su cortedad de miras.

El creador tiene la misión de ir por delante, sin pedir permiso a nadie, sin creer en ningún momento que conoce al espectador/lector, ni sus gustos ni sus necesidades. La primera necesidad es propia: crear algo que late y pugna por salir. Si después encuentra una respuesta por parte del público, se verá de qué modo reacciona, pero en estos tiempos en los que el éxito es un valor absoluto y la suma de todas las cosas, este hecho parece haberse olvidado. Nadie obliga al espectador/lector a dar dinero para acceder a esa creación, menos aún cuando los críticos (los de verdad), intentan guiarle, y ese espectador/lector los ignora de forma sistemática. autoconvencido de que su gusto es infalible.

A todos esos espectadores/lectores que se creen con la potestad (como haría Pauline Kael con David Lean) de decirle a los directores y los escritores lo que deben hacer para tenerles contentos, en realidad les gustaría ser críticos, y algunos llegan a serlo aunque sea en blogs de aficionados (que siguen siendo de aficionados por muchas lecturas que tengan), y ya dejan por escrito en párrafos y artículos lo que antes soltaban en los 140 caracteres de Twitter, o en unas pocas frases en el foro de turno, compartiendo su intransigencia y su cesarismo con todos nosotros, creyendo que por el hecho de haber visto en su vida tres o cuatro mil películas, pero sin saber poner ni una coma o dejar una idea rotunda en sus textos, les autoriza a decirnos cómo debe ser el cine o la literatura, y a exigirle a escritores y directores cómo deben hacer su trabajo, so pena de darnos la vara en las redes y ponerse a reunir firmas, muy ofendidos ellos, como si no hubiera cosas más importantes para reunirlas.

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CRÍTICA

Releyéndome…

…a veces me gusto más y a veces menos. Porque yo me releo, claro. Es necesario hacerlo. Muchos simplemente se ponen a juntar palabras, lo miran después un poco por encima, y lo dan por terminado. Y así les queda. Algunos, genios, apenas corrigen, o apenas revisan artículos, relatos o cualquier otro trabajo previo. Yo creo que es imprescindible para saber quién eres, de dónde vienes, a dónde vas…

Estos días comienzo la revisión y corrección de la novela que escribí durante los meses de confinamiento. Comencé el 1 de febrero a escribirla, si no recuerdo mal, y terminé poco antes de mi cumpleaños. De modo que me veo obligado a interrumpir la escritura del nuevo trabajo en el que estoy inmerso ahora. Pero no va a venir nadie a corregir aquella a menos que me ponga yo, y el día tiene las horas contadas. Igual me lleva un mes, igual dos… pero tengo que hacerlo. Y no es nada fácil, lo puedo asegurar. Lo que te pareció bastante brillante cuando estabas surfeando en las palabras, con las páginas parecidas a la espuma de las olas, capaces de hundirte en cualquier momento, ahora, meses después, no te parece ni mucho menos tan brillante. Es más, te parece mediocre, relamido y hasta ortopédico. Son las reglas del juego. Revisar artículos míos en este sitio al que he llamado ‘Imágenes, sonidos y palabras’ es bastante duro a veces, así que puede el lector imaginar lo duro que es dejar una novela a punto.

Siempre me ha hecho gracia ese topicazo de las películas, que consiste en que el escritor, sea novelista, o guionista, o dramaturgo, o lo que sea, escribe frenéticamente las últimas palabras de su novela, o relato, o guion, o drama, pone el clásico «FIN» o «THE END», arranca la hoja de la máquina de escribir con aire satisfecho, coloca esa hoja encima del resto, da la vuelta al mazacote de páginas, y…»voilá», escritura terminada. Eso no funciona así. Es decir, me consta que hay mucha gente, a juzgar por el resultado final, que debe escribir así, pero por suerte o por desgracia no es así en absoluto. Una vez concluida la primera escritura lo mejor es dejar madurar el texto, meterlo en un cajón (yo lo llamo «meterlo en la nevera»), y olvidarse de él unas cuantas semanas, o quizá meses, poniéndote a otra cosa. Porque el mejor momento para empezar algo es cuando acabas de terminar la versión de otra cosa, y así estoy yo ahora mismo, interrumpiendo una novela para terminar otra, con el riesgo objetivo de volverme majara perdido… más todavía.

Con los artículos o ensayos de esta página no es igual. Me siento delante del ordenador y me pongo a escribir porque he visto algo, o he escuchado algo, o he leído algo, que me impele a dejar por escrito mis impresiones, mis ideas. Y juro que lo hago lo mejor que puedo, y a veces me queda un artículo o ensayo más cohesionado, más inspirado, que otras. Una vez terminado lo corrijo deprisa, por si hay un fallo grande, y le doy a publicar. Luego quizá lo vuelvo a ver una vez más, porque errores que se han pasado por alto en la revisión del editor pueden ser más visibles en la revisión in situ, en la página que lee cualquiera que quiera acercarse a ella. Y luego me olvido. Me olvido durante un tiempo, hasta que un resorte interior me dice que vuelva a mirar artículos de hace dos o tres semanas, o de hace dos o tres meses, y hay veces que me siento orgulloso, y otras que lamento haber dejado aquel texto, o ese de más allá, o haber empleado esa expresión, o aquella otra. O simplemente lamento no haber tenido una mayor capacidad, un mejor verbo, un enfoque más luminoso, más constructivo, o un ingenio más vivo, más libre. Y me prometo a mí mismo hacerlo mejor la próxima vez.

Y no es nada fácil. Porque quiero dar diversidad a estas páginas, y al mismo tiempo quiero darles una unidad de estilo, de pensamiento. Quiero ser serio, riguroso, pero también quiero ser ameno, divertido. Quiero evolucionar como articulista y crítico, sin dejar de lado el hecho de que quiero ser divulgativo y heterodoxo. Quiero mostrarme tal cual soy, ecléctico y alejado de purismos, pero tampoco quiero hablar demasiado de mis gustos, sobre todo quiero hablar de valores estéticos y narrativos absolutos, o por lo menos universales. Todo sería mucho más sencillo si solamente escribiera críticas literarias, o cinematográficas, y además lo hiciera como lo hace todo el mundo, es decir escribir sin tener nada que ofrecer. Pero quiero ser otra cosa, y al final la página acaba quedando disgregada, visceral, un tanto arbitraria, barroca en ideas y argumentos. Bueno, quizás es que yo soy así…

Pero escribir prosa, narrativa, es algo muy diferente. Es otro mundo. En la novela que estoy corrigiendo no me planteo ni siquiera el estilo. Allí lo tendré o no, y no hay mucho más que hacer. Aparecerá por sí mismo o lucirá por su ausencia, y forzar el estilo, hacerlo aparecer cuando no hay nada, es una de los peores elecciones de los escritores malos, de los escritores precisamente sin estilo. Me contento con mostrar la verdad de los personajes, con levantar un mundo ficticio que ha de ser consistente y físico, con desarrollar una peripecia personal que espero sea lo bastante potente, lo bastante satisfactoria. Y aún me faltan algunas semanas, o puede que meses, para conseguirlo. Pero en cuanto lo tenga la publicaré en Amazon y lo comentaré en estas páginas, para que aquel que quiera leerla pueda hacerlo.

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