CINE

Obras maestras de los últimos treinta años (Europa-EEUU)

Yo sigo con mis listas. Creo que es una de las pocas (si no la única) forma de poner en claro tus ideas y ver delante de ti, bien organizado, un puñado de películas, con nombre y apellidos, para hacerte una idea de tus propias ideas, de las que estás muy convencido (para eso son tuyas), y así poder expresárselas a los demás.

En esta ocasión las que en mi opinión son las obras maestras de Europa y EEUU, desde el año 1990 hasta la actualidad. Es decir, treinta años de cine, que comprenden lo último, lo más conocido por los lectores más jóvenes con toda probabilidad, y por supuesto lo más polémico o controvertido, pues para algunas aún no ha pasado el suficiente tiempo para que ciertos críticos o cinéfilos puedan apreciarlas en toda su importancia.

Digo obras maestras, no grandes películas, sino obras maestras absolutas. Es decir, lo mejor de lo mejor, aquellas a las que yo otorgaría las famosas cinco estrellas sin dudarlo. Y de nuevo divividas en dos grupos, las de los dos continentes que yo más domino, pues no tendría ningún sentido ponerme a elaborar listas de lo mejor de Centroamérica, África, Asia o Sudamérica, aunque alguna que otra obra maestra de esos lugares también conozco, y no pocas buenas películas. Pero creo, una vez más, que yo puedo hablar con propiedad de EEUU y Europa.

Como podrá apreciar el lector, a veces la línea es bastante difusa, y sólo consiste en líneas sociopolíticas, pues ciertos códigos o estilos podrían existir a uno u otro lado del Atlántico. También existe la peculiaridad de que algunos cineatas (Cuarón, Haynes), se han movido a uno y otro lado del charco y han logrado obras maestras, algo que pocos han conseguido. Luego yo podría decir, dentro de estos 58 gigantescos títulos, cuáles serían las que yo consideraría las más enormes. Pero eso sería ya hilar muy fino.

Como puede ver el inopinado lector, aquí no caben las ralladuras de un Nolan, las fantasías de un Jackson, las astucias de un Amenábar, las bravuconadas de un Ridley Scott, ni las irregularidades de un Spielberg. Sencillamente no caben. Me gustaría ver a Nolan dirigiendo algo como ‘The Age of Innocence’, o a Amenábar haciendo algo como ‘Children of Men’. Pero eso está más allá de sus capacidades.

Seguro que los que lean esto pondrían y quitarían títulos. Si quieren compartirlo conmigo, ahí tienen la seccion de comentarios.

EUROPA

Cyrano de Bergerac (J-P. Rappeneau, 1990)
The Remains of the day (J. Ivory, 1993)
El día de la bestia (A. de la Iglesia, 1995)
Underground (E. Kusturica, 1995)
Festen (T. Vinterberg, 1998)
Secrets & Lies (Mike Leigh, 1996)
Breaking the Waves (L. Von Trier, 1996)
Hoy empieza todo (B. Tavernier, 1999)
Dancer in the Dark (L. Von Trier, 2000)
The Pianist (R. Polanski, 2002)
Ser y tener (N. Philibert, 2002)
Children of Men (A. Cuarón, 2006)
The Black Book (P. Verhoeven, 2006)
In Bruges (M. McDonagh, 2008)
The Illusionist (S. Chomet, 2010)
Melancholia (L. Von Trier, 2011)
Amour (M. Haneke, 2012)
La vie d’Adèle (A. Kechiche, 2013)
Saul fia (L. Nemes, 2015)
Sueño de invierno (N. B. Ceylan, 2014)
Carol (T. Haynes, 2015)
La eternidad y un día (T. Angelopoulos, 1998)
El sol del membrillo (V. Erice, 2002)
Bienvenidos a Belleville (S. Chomet, 2003)

EEUU

Goodfellas (M Scorsese, 1990)
The Godfather, part III (F.F. Coppola, 1990)
The Silence of the Lambs (J. Demme, 1991)
JFK (O. Stone, 1991)
Terminator 2: Judgment Day (J. Cameron, 1991)
Unforgiven (C. Eastwood, 1992)
The Age of Innocence (M. Scorsese, 1993)
Carlito’s Way (B. De Palma, 1993)
The Shawshank Redemption (F. Darabont, 1994)
Dead Man Walking (T. Robbins, 1995)
Casino (M. Scorsese, 1995)
12 Monkeys (T. Gilliam, 1995)
Lost Highway (D. Lynch, 1997)
Titanic (J. Cameron, 1997)
Boogie Nights (P. T. Anderson, 1997)
The Thin Red Line (T. Malick, 1998)
Magnolia (P. T. Anderson, 1999)
The Straight Story (D. Lynch, 1999)
As I was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty (J. Mekas, 2001)
Gangs of New York (M. Scorsese, 2002)
Eternal Sunshine of the Spotless Mind (M. Gondry, 2004)
The Aviator (M. Scorsese, 2004)
The New World (T. Malick, 2005)
Brokeback Mountain (A. Lee, 2005)
The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (A. Dominik, 2007)
There Will be Blood (P. T. Anderson, 2007)
I’m not There (T. Haynes, 2007)
The Girl with the Dragon Tattoo (D. Fincher, 2011)
The Master (P. T. Anderson, 2012)
Wolf of Wall Street (M. Scorsese, 2013)
Boyhood (R. Linklater, 2013)
Gone Girl (D. Fincher, 2014)
Silence (M. Scorsese, 2016)
Spider-Man: Into the Spider-Verse (B. Persichetti, P. Ramsey, R. Rothman, 2018)

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LITERATURA

Las diferencias entre un relato y una novela

Mucha gente cree que sólo existe una única diferencia entre un relato y una novela, de la misma forma que sólo existe entre una largo y un cortometraje: la duración o la extensión. Pero lo cierto es que existen algunas más. Desde luego, la extensión (que podríamos definir por el número de palabras más que por el de páginas…), es importante y es un factor definitorio, pero en absoluto el único, y basta leer con detenimiento una novela de, por ejemplo, doscientas o trescientas páginas, y un relato de diez o veinte páginas, para percatarse de ello. De hecho, también existen diferencias entre relato corto y largo, y entre novela y novela corta.

Se dice, y con razón, que en una novela tienes más tiempo para desarrollar tus ideas, y en un relato menos. En realidad es el tiempo lo importante, pero el tiempo verbal, y sobre todo su percepción por parte del lector, algo que el escritor debe tener muy en cuenta. Una novela puede escribirse en pasado (la narración ulterior) o en presente, y un relato también, pero la diferencia es que en una novela, empleemos pasado o presente, el lector debe tener la sensación de que está leyendo algo que sucede ahora mismo, ante sus ojos, así sea que el narrador se refiere a eventos que tuvieron lugar hace miles de años. Sin embargo, en un relato, el escritor, emplee un verbo presente o pasado, se refiere a cosas que sucedieron y concluyeron, a un pasado en el que tuvieron lugar unos eventos que ahora son relatados (contados), y esa es la sensación que ha de transmitir al lector: la de que le refieren hechos ya sucedidos, no presenciales.

Esto es fundamental. No es lo mismo decir que fulano de tal hacía tal cosa en su vida, como que fulano de tal hizo tal cosa, fue a tal sitio, le sucedieron tales sucesos…. Una forma implica presente, algo que está en movimiento ahora mismo, la otra implica pasado, algo cuyo movimiento ya concluyó. Pero esa no es, ni por asomo la mayor diferencia, aunque de esto deriva.

La diferencia fundamental es que en un cuento se relata, y en una novela se «novela», valga la redundancia. Esto entronca con lo que decía del tiempo verbal que el escritor ha de inocular al lector. Y no es lo mismo, para nada, contar que novelar, y me temo que muchos autores, supuestos grandes novelistas, no novelan, sino que relatan. ¿Y cómo puedo demostrarlo? Pues en primer lugar precisamente por el tiempo verbal. Muchos novelistas no nos narran en pasado (preferiblemente pretérito imperfecto) para dar la sensación de hechos en presente, sino que nos los cuentan en pasado, en pasiva, y como si ya hubieran sucedido. En muchas grandes novelas se utilizan varios tiempos verbales, y se crean varios niveles temporales, algunos de ellos en pasado, para hablar durante unos cuantos párrafos de la vida de un personaje… pues bien, muchos novelistas hacen eso en toda la novela.

Por lo tanto, no novelan. Lo que hacen es escribir un relato muy largo, de ochenta o cien mil palabras, que acaba resultando, por pura lógica, increíblemente largo. Les queda largo hasta una novela de cuarenta mil palabras (lo justo para ser considerado novela y no novela corta), ya que contar todo en pretérito, en pasiva y relatando en lugar de novelando, se vuelve una literatura increíblemente lenta y plúmbea.

Ha habido muy pocos maestros del relato, muchos menos que de la novela. Además, algunos de ellos han sido también grandes novelistas. Quizá sea por la dificultad para encontrar tu propia personalidad en un medio tan complejo como el relato, en el que en diez páginas has de contar una historia bien definida, por lo que a menudo es necesario comenzar la narración «in medias res». Y mucho más difícil ahora, con la predominancia de novelas largas, muchas de ellas verdaderos tochos, narrados como se narran los cuentos, casi nunca novelados. Pero el relato es un género literario apasionante, que pese a su poca atención actual sigue consiguiendo adeptos y escritores dedicados casi en exclusiva a ellos.

Porque además, novelar significa presentar una realidad consistente y sensorial delante del lector, algo que no es necesario hacer en un relato (el que tampoco tienes espacio para hacerlo). Novelar bien, algo que parece vedado a unos pocos, significa crear una segunda realidad. Relatar, hacer un relato, es crear una anécdota vibrante, en la que puedan ir de la mano una apreciación moral y una mirada personal del autor. Existen muchos novelistas que no tienen la capacidad de escribir cuentos, y no pocos cuentistas incapaces de escribir una buena novela, lo que prueba, definitivamente, que son dos cosas distintas, parecidas, primas hermanas, pero nunca iguales.

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ENSAYO

El fin del mundo no es ninguna película

Mucha gente cree que las historias nacen, se desarrollan y ven la luz simplemente porque sí. Porque a un individuo, o individua, le cayó un fotón en la cabeza, y vio una idea, cualquier idea, y la puso por escrito, o finalmente se hizo una película con esa idea. La realidad es muy diferente. Las historias, las novelas, las películas, no existen en un vacío, no se crean sin más. El que esté dispuesto a pensar eso comete en una gran equivocación.

Toda historia, cualquier historia, cualquier relato, serie, novela o película, existe por una razón. En muchas ocasiones no sabemos la razón, pero esa razón está ahí. Una de las labores de los críticos y analistas artísticos es descubrir y compartir esa razón, en el caso de poder encontrarla. Los artistas, los escritores, no escriben sobre cualquier cosa que les parece bien. Más bien al contrario: la creación artística en su globalidad, responde a un subconsciente colectivo, a una necesidad colectiva. La necesidad cuasi espiritual de entender y relacionarse con el mundo. Incluso el mal arte, que abunda, es una demostración de esa pulsión interna que nos lleva a pintar con un dedo en una cueva, o a plantear una distopía de ciencia ficción.

El arte en general, la narrativa en particular, no son más que la constatación atávica del ser humano de su soledad en el universo, de su fragilidad física, de la sospecha de que jamás se obtendrán respuestas a ciertas preguntas. En definitiva: de que un día todo acabará y probablemente la especie humana se apagará sin haber conseguido otra cosa que darse de cabezazos contra la pared, después de haber levantado dos velos: el de lo sublime en el arte y el del conocimiento en la ciencia.

Pensémoslo bien… sé que es mucho pensar y que hacerlo es bastante espantoso, pero es necesario: no vivimos en un mundo estable, eterno y constante. Esa es la sensación que tenemos nosotros. Y la tenemos porque somos tan pequeños respecto a este planeta, que nuestros sentidos nos engañan y nuestro cuerpo y nuestra mente no pueden aceptar la idea ni la sensación de que vivimos en una burbuja flotante que rota sobre sí misma a una velocidad de 465 metros por segundo. Así mismo, gira alrededor del Sol (que tiene 109 veces el diámetro de la Tierra, pues un millón trescientos mil tierras podrían llenarlo… y por cierto no es amarillo, si no blanco…) a unos 30 kilómetros por segundo. A su vez el Sol gira alrededor de la Vía Láctea a unos 230 kilómetros por segundo, arrastrando consigo a todos los planetas, dando la vuelta a la galaxia cada 225 millones de años. El hecho de que hayamos sido capaces de levantar esta decadente e imperfecta civilización es una mera casualidad, pues ha coincidido en un muy inusual periodo en que este planeta, y por extensión el Sistema Solar, que en periodos mucho más largos ha sido un verdadero infierno en el que era (y volverá a ser) imposible la vida.

En otras palabras: que nos creemos muy importantes, pero sospechamos que en realidad no lo somos, y que entender todo este tinglado puede llegar a superar nuestra capacidad de discernimiento. Y todo eso, todas esas sensaciones, todo el conocimiento científico que cala en nuestras vidas desde la revolución industrial, se vierte en las novelas y en las películas, como no puede ser de otra manera. Es un acto poético. Cuando alguien crea a Superman, no lo hace simplemente para inventar un héroe popular, sino porque una pulsión interna le lleva a hablar de vida en otros planetas, de una vida que se parece a la nuestra, y al desarrollar ese personaje indaga un poco más en la naturaleza humana. Superman es lo que queremos ser, es el ideal del ser humano: sabe cuál es su lugar en el universo, por muy lejano que sea, y es libre de las ataduras y las limitaciones del ser humano corriente.

Pero hay más: cuando inventamos una historia sobre extraterrestres que se presentan en este planeta con sus naves espaciales para invadirnos, aniquilarnos y quitarnos el sitio (algo enormemente improbable que suceda, aunque no imposible), lo que hacemos es hablar de nosotros mismos, de lo que haríamos si un día dispusiéramos de la tecnología necesaria para ir a otro planeta habitado a hacer exactamente lo mismo. Y cuando los yanquis se ponen a hacer películas sobre una guerra con alienígenas, con los soldados rubios y de ojos azules luchando contra los monstruos invasores, lo que hacen es hablar, de una forma codificada, de las guerras y las invasiones capitalistas perpetrada por ese país, convirtiendo al enemigo en un bicho despreciable. Pero siempre, o casi siempre, el ser humano sale triunfante. Da igual que los alienígenas al principio nos den hasta en el cielo de la boca. Llega un momento en que les vencemos. Da igual, por ejemplo, que un meteorito se dirija a la Tierra, destinado a provocar la destrucción total: los científicos, o los soldados, o los mineros (estadounidenses, faltaría más…) conseguirán desviarlo o destruirlo a tiempo, y todo seguirá igual. Todos seguiremos bebiendo Coca-Cola y brindando con un bonito anochecer detrás.

Pero las cosas no son así, y empezamos a intuirlo. Por supuesto a raíz de esta pandemia que no parece tener fin, y cuyas consecuencias son imprevisibles a largo plazo. Si vienen los alienígenas con motivos bélicos, no tendremos nada que hacer. Si un meteorito (hay miles de ellos que nuestros sistemas no detectan, y que pueden estrellarse en cualquier momento) impacta y es lo bastante grande, nada nos salvará. Incluso si trabajamos unidos, algo cada vez más improbable, es posible que no podamos sobrevivir a la gran pandemia que algunos científicos dicen que se nos viene encima y que va a convertir a la del Covid en una simple anécdota. Quizá por eso hemos dejado de prestar atención a la ciencia ficción. Porque ya no puede haber ficción. Porque creo que empezamos a intuir nuestro final. O por lo menos el final del mundo tal y como lo conocemos, ya que en lugar de escuchar a los científicos, escuchamos a políticos arribistas que ni siquiera saben lo catastrófico que sería provocar daños en la Luna.

Qué bonita es la Tierra, ¿verdad? Es una canica azul y blanca que al mismo tiempo es nuestro soporte vital. No podemos destruirla sencillamente porque no somos nada comparados con ella. Cuando nos hayamos ido y los animales que queden ni se acuerden de nosotros, la Tierra seguirá dando vueltas unos cuantos cientos de millones de años más. Lo que sí podemos, lo que estamos haciendo, es firmar nuestro funesto destino, porque nos creemos especiales, porque nos creemos con derecho, porque creemos que podemos con todo. Pues no podemos. Un virus que apenas mata, infinitamente más pequeño que nosotros, ha puesto de rodillas a la humanidad entera. Es un aviso. Van a venir otros peores. ¿Qué estamos dispuestos a hacer para seguir dando vueltas a la galaxia, para seguir viajando a donde sea que nos lleven las estrellas, en lugar de perecer como la penosa y pandémica criatura que en realidad somos?

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CRÍTICA

Cómo no escribir una crítica cinematográfica o literaria (5 puntos)

Escribí yo hace poco en una crítica que la cinefilia es veleidosa. En general la especie humana es veleidosa. ¿Cuántas veces hemos escuchado a tantos individuos quejándose de la crítica, poniéndola por los suelos, negando su importancia, incluso su necesidad? Si me hubieran dado un euro por cada vez que he escuchado cosas como esa quizá ya no tendría que trabajar para vivir. Muchos espectadores desprecian la figura del crítico…y sin embargo en cuanto tienen la oportunidad o los medios, se ofrecen a serlo, mucho más ahora que internet ofrece esa posibilidad en infinidad de foros en los que cualquiera puede registrarse y dejar sus opiniones. Por ejemplo, en Filmaffinity. 1005 críticas veo que tiene ‘Origen’ (‘Inception’, Nolan 2010). Mil cinco críticas. 475 ‘Titanic’. 1.262 ‘Avatar’. Son muchas. Luego reniegan de la crítica y no quieren que nadie les diga lo que tienen que ver ni dónde está el cine más elevado, pero a muchos les gusta dejar su opinión.

Yo mismo he trabajado en sitios en los que los articulistas renegaban de los críticos y de la crítica en general… ¡pero luego se dedicaban a eso todos los días! Veleidosa es poco. La especie humana no hay por donde cogerla. Pero eso sería tema para otro artículo. En este, y como veo que tantos se empeñan en dejar negro sobre blanco sobre sus opiniones cinematográficas, o literarias, me ofrezco a explicar lo que en mi opinión no debe hacerse cuando te pones a ello. «Algo» de experiencia tengo, así que supongo que estoy autorizado, y prometo que va a ser ameno:

  1. Ya decía el divino Wilde que cuando uno habla sobre algo (y esto se aplica a una crítica artística), al final sobre todo habla de sí mismo. Esto es inevitable. Pero, dentro de que sea inevitable, en una crítica no se debe proceder a contar tu vida como si a alguien le interesara. La gente que te lee quiere averiguar cuáles son las virtudes y/o los defectos de la obra bajo el punto de vista de un supuesto experto (o sea tú), no para saber qué miembro de tu familia la diñó el día que se estrenaba la película. Incluso en críticas más o menos profesionales, asombra la cantidad de gente que utiliza el yo en cada frase, o que explica lo que a él le gusta, o lo que a él le sucede. Una crítica no es un diario íntimo, es un análisis forense de un material narrativo. Seamos serios, por favor. ¿Qué es eso de «aquel día yo no estaba de humor»…»mi novia me prometió que»…»Para empezar debo decir que en mi opinión»…?
  2. En segundo lugar, es importante saber que una crítica literaria/cinematográfica no consiste en contar la historia de la novela o de la película. Muchos pseudo-críticos (o gente que trabaja en blogs, le pagan por ello, y se cree crítico….) emplean el término Spoilers (una revelación de una parte importante de la trama), o el cartel «cuidado Spoilers». Prometo a quien haga falta que un buen crítico no ha de contar el giro de guion o aquello que precipita el final, o las motivaciones de los protagonistas, ni ningún detalle importante de la trama, para escribir la crítica. Es más, al potencial lector de tu crítica no le interesa que se lo cuentes. Lo que tienes que hacer es centrarte en cómo está hecha, en qué tipo de película es, en qué persigue el director, en qué puede esperar el espectador…¡y para eso no hay que contar ningún spoiler! Así que, querido amigo lector, si te encuentras con una crítica que los utilice, huye…
  3. No hay que hacer spoilers, pero hay que emplear una herramienta perpetrada por la humanidad desde hace milenios, un sistema de representación gráfica de un idioma (si hablamos de crítica escrita), o un lenguaje verbal algo más evolucionado que el de los chimpancés (si es una crítica oral). Centrémonos en la escrita, que así se titula este ensayo. No es necesario ser Marcel Proust, Lev Tolstoi o William Faulkner para escribir crítica cinematográfica o literaria. No es preciso poseer un estilo depurado, una escritura barroca, o un verbo suntuoso. Pero ayuda un poco haber leído y no ser un verdadero zoquete. Yo he conocido a licenciados en periodismo que intentaban escribir críticas y no sabían dónde poner una coma o el significado de muchas palabras cotidianas. He compartido sitio con gente que no sabía ni armar una frase. Luego querían ser críticos artísticos, algo muy respetable, pero les habría sido de ayuda haber estudiado algo más que el bachiller o que diseño gráfico.
  4. Se trata de escribir una crítica, no un manual técnico. Por otra parte, se trata de escribir con rigurosidad y para un lector inteligente, no para otros zoquetes. Viene esto a cuento de que determinados términos sobran. Ponerse a hablar de cuestiones muy profundas de técnica cinematográfica en una crítica o una reseña (no son exactamente lo mismo), está fuera de lugar, de igual manera que palabras soeces, expresiones groseras o vulgarismos retratan más al supuesto crítico que a la obra en sí, incluso en aquellos casos en que el crítico detesta la obra que está criticando. Ni que decir tiene que ponerse a insultar a los actores, o al actor, o enzarzarse en cuestiones semánticas es digno de gente que no le interesa aquello que está haciendo y no tiene el menor respeto por el lector.
  5. Y ya para terminar estaría bien dejar los prejuicios en la puerta, y entrar en la crítica con una mentalidad lo más limpia posible, alejada de clichés, lugares comunes, ideas preestablecidas y cosas así. No es necesario haber visto todas las películas de la historia del cine, pero sí es necesario conocer el cine, tener cierta personalidad, no intentar agradar necesariamente al lector, ser libre y al mismo tiempo riguroso.

Yo creo que no es tan difícil. O quizá sí, no lo sé. Pero cualquiera puede ser un Boyero de la vida y muy pocos pueden realmente despertar la curiosidad del espectador, obligarle a tener un criterio propio, esgrimir argumentos poderosos. Eso parece reservado a una casta cada vez más limitada de individuos.

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CINE, TELEVISIÓN

La responsabilidad de un actor es crear un personaje

Es fácil de decir, pero es mucho más difícil de hacer. Sin embargo creo que esto es un tema básico que mucha gente ni siquiera se ha parado a pensar. En general, se valora el trabajo de los actores por lo creíbles que sean, o por secuencias aisladas en las que están realmente bien, demostrando toda una gama de emociones, o de sensibilidades. También se valora, sin saberlo, el carisma: es decir, lo bien que nos caiga, o lo mal que nos caiga un actor, su mera presencia. Y se valoran algunos otros aspectos tales como las características del personaje, o supuesto personaje, que interpreten, de igual manera que por alguna extraña razón la gente, incluso los cinéfilos más avezados, a menudo valoran sobre todo la calidad de una historia, como si eso fuese algo posible de hacer…yo particularmente no creo que se pueda valorar la calidad o la altura de una historia (más bien la manera de contarla, por algo esto se llama narrativa) y de la misma forma no creo que se deban valorar aspectos externos de un personaje, sino su creación interna.

He hablado a lo largo de los años con demasiadas personas convencidas de que un actor ha de ser expresivo. Expresivo, como un chimpancé, o algo por el estilo. Por tanto no suelen gustar mucho, ni ser muy apreciados, los actores supuestamente inexpresivos, esos que parecen tener la misma jeta durante toda la película, o durante los cinco capítulos que salen en la serie. Al mismo tiempo, los que quieren ir un poco más de entendidos critican el histrionismo de ciertos actores, la manera en que «se pasan de la rosca», porque no se sabe muy bien por qué pero los actores han de mostrarse «contenidos». Además de la contradicción entre ambas ideas, a mí me ha asaltado siempre una duda: ¿y si el personaje, no el actor necesariamente, pero sí el carácter que ha de interpretar es contenido, o histriónico? ¿Cabría entonces ese rechazo o esa crítica al trabajo del actor? Creo que estaremos todos bastante de acuerdo en que no.

Porque de la misma manera en que un escritor ha de desaparecer tras la narración de la novela, y que un director ha de poner su narrativa al servicio de la historia que intenta contar, el actor, de cine, televisión o teatro, ha de transformarse y en parte (sólo en parte) desaparecer, para ser más él mismo que nunca, por muy irónico que resulte. No es de extrañar que decidan dedicarse a esta difícil profesión personas muy tímidas, que saben, o mejor dicho intuyen, que eso de ser actor tiene mucho que ver con ocultar una gran parte de sí mismos, para revelar otra parte, mucho más invisible de ordinario, y al final mucho más importante. Las personas introvertidas tienen muchas posibilidades de ser grandes actores que las extravertidas, aunque parezca sorprendente, porque las introvertidas están más acostumbradas a perder parte de su identidad cuando interactúan con otros.

Esa es, pienso yo, y estoy bastante seguro de no equivocarme, la verdadera naturaleza y la verdadera misión de un actor: transformarse. A veces de manera más obvia (más externa, además de interna), que otras, pero siempre dejando de ser él mismo. Ha de encontrar aquello en lo que él se parece al personaje que ha de interpretar (y no aquello en lo que el personaje se parece a él…espero se me entienda), y hacer ese camino, hacer ese viaje. Encontrarse con el personaje. Bien saben esto los directores de casting (los buenos) en ayuda de los directores: han de encontrar a un actor que se parezca, en su interior, al personaje que todavía no tiene rostro ni cuerpo. En los (muchos) casos en los que el actor no se parece, no tiene nada que ver con ese personaje, el director ha de remar muy cuesta arriba para conseguir algo valioso. Y esto muchas veces se descubre por puro instinto, por pura intuición: el director o el jefe de casting ven algo en un actor o una actriz, un gesto, una forma de moverse, de reaccionar ante determinados estímulos, que saben haría el personaje que tienen en mente, y puede que hayan dado con el intérprete adecuado.

Por eso ya no puedo calificar de buenos actores a aquellos que nunca (o rara vez, ¡precisamente porque en algo se parecen al personaje, aunque ni siquiera ellos lo sepan!) se transforman en el personaje. A aquellos que siempre hacen de ellos mismos, con ligeras variaciones. Me refiero a gente como Antonio Resines, Mel Gibson, Robert Downey Jr. No creo que sean pésimos actores, pero no son grandes actores porque jamás han creado un personaje, y las pocas veces que han hecho algo decente es porque tenían a un gran director detrás. Pésimos, como por ejemplo Orlando Bloom o James Franco, no son, pero sí muy poco autoexigentes, muy predecibles, muy repetitivos. Todo lo interpretan igual, con los mismos trucos que han empleado durante veinte o treinta años, valiéndose sólo de su carisma, de sus tablas o de su buena presencia. ¿Pero qué personajes han creado? ¿En qué momento se han transformado de verdad y han dejado de ser ellos para volverse más como son en realidad?

Los grandes actores de las últimas generaciones (Anthony Hopkins, Heath Ledger, Daniel Day-Lewis, Joaquin Phoenix, Sean Penn, Philip Seymour Hoffman), o las grandes actrices (Frances McDormand, Isabelle Hupert, Cate Blanchett, Kate Winslet, Susan Sarandon, Kathy Bates), se caracterizan porque en cada trabajo importante son diferentes, ofrecen un registro, una textura interpretativa, distinta y a veces opuesta a la inmediatamente anterior. Son buscadores, cazadores de caracteres notables, de roles memorables. No se conforman con cualquier cosa, y a veces el filme puede ser mediocre o convencional, pero ellos no. Por eso son los más grandes.

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CINE

Movimiento

Andan los formalistas a vueltas con el plano y el corte, y con eso estructuran ellos todo su pensamiento acerca del cine. Andan los puristas locos perdidos por demostrar que el cine es un arte siempre que se atenga a determinadas, aunque no muy concretas ni rotundas, reglas. Andan los rancios defendiendo a muerte el «cine clásico» como el único válido, y andan los radicales insistiendo en que el verdadero cine es el mudo, porque el cine es ante todo visual, y todo lo demás que ha venido después no es más que un innecesario añadido, una coda a lo que fue, y pudo seguir siendo, pero no fue posible, el verdadero cine. Y andamos todos, en general, o por lo menos algunos locos que más nos valdría llegar a alguna parte y dejar de calentarnos las neuronas, preguntándonos qué es verdaderamente el cine, de qué está hecho, cuál es su sustancia primordial: ¿el plano? ¿el corte? ¿el ritmo? ¿el tono? ¿la historia? ¿el concepto teatral de puesta en escena? ¿la mezcla de todo ello? ¿nada de todo lo nombrado?

Ya dije, y seguramente lo repetiré muchas más veces, que yo no me atengo a ninguna escuela particular, ni a ninguna corriente teórica ni crítica. No me convence ninguna. Quizá algunas cosas parciales de ciertas ideas o corrientes. Yo tengo mi propia forma de pensar, y creo que por lo tremendamente (hasta un punto probablemente enfermizo) cabezón e individualista que soy, jamás sería capaz de sojuzgarme, de manera consciente o inconsciente, a una estructura de pensamiento compartida por muchas personas… y cuando digo muchas personas digo más de diez o doce. Cojo lo que me gusta, como el que va a un buffet libre, y me hago mi propio plato, tan a gusto. Yo tengo mi propio criterio y mi forma de ver las cosas, y ya tengo la suficiente experiencia y el necesario bagaje para saber que no ando, que no he andado nunca, por caminos muy errados. Es la ventaja de ser ecléctico, y de importarme bastante poco lo que piensen de mí. Por eso digo una vez más que los que piensen que el cine mudo es el verdadero cine, y que incluso el sonido es un añadido, están muy equivocados, igual que los que creen que el cine de los años cuarenta y cincuenta (estadounidense, principalmente), es el mejor de todos los tiempos, o los que solamente piensan en cómo está construido un plano. Para mí el cine es un todo, y no estoy seguro de que todavía haya alcanzado su plenitud. Quizá lo haga en un futuro.

Porque yo creo que sobre todas las cosas, más allá de la historia, de los actores, de la puesta en escena, del montaje, del sonido, de la fotografía, de todo aquello que se quiere transmitir o hacer sentir al espectador, el cine es movimiento. Imágenes en movimiento que cobran vida gracias al sonido. Me ha costado unos cuantos años averiguar lo que es el cine para mí, y creo que por fin lo he encontrado. Esas imágenes en movimiento, que son mucho más que fotografías enlazadas una detrás de la otra, mucho más que un cómic, tienen la cualidad de la música, pues sólo el cine y la música operan con tiempo. Especialmente el cine. Y no solamente estamos viendo un pedazo de tiempo, sino un tiempo «tratado» psicológicamente, emocionalmente, por el director y sus colaboradores. Yo creo que ahí reside la hipnosis que a tantos nos provoca el cine, en todos los rincones del mundo. El cine opera con realidades, tal como advirtió Tarkovski en su imprescindible ‘Esculpir en el tiempo’, pero no sólo eso, bajo mi punto de vista, sino que esas realidades son subjetivas de cada director, y al mismo tiempo del espectador. Ese es el mundo propio de los cineastas, y es inviolable, intangible y cerrado en sí mismo.

Y el movimiento es vida. Nada que se mueva está muerto, y así algo que puede definir la vida mucho más que la mayoría de ideas filosóficas o científicas, es el movimiento. Los anglosajones lo comprendieron bien, y por eso llamaron a las películas Motion Pictures, «imágenes en movimiento». Y por eso valorar una película teniendo en cuenta sus encuadres en un determinado plano estático es una equivocación, una devaluación de la imagen fílmica. Lo que ha de transcurrir (nunca mejor dicho), en los márgenes de una pantalla, y siempre que se puede más allá de ellos, es movimiento traducido en imágenes y sonidos que fijen el tiempo en la retina, y que nos entreguen una vida, la de los personajes, que nos parezca tan real, o aún más real, que la propia. En caso contrario, no necesitaríamos las películas. Y esa vida no tiene nada que ver con la teatralidad filmada de los años cuarenta y cincuenta, ni con un naturalismo exacerbado, ni siquiera con una abstracción, sino con un sentido poético de la existencia. Y por poesía no me estoy refiriendo a versos rimados, sino a una percepción más profunda, y al mismo tiempo más luminosa, más elevada, de la existencia, a pesar de que se estén contando eventos luctuosos o sórdidos. Porque cuando las imágenes en movimiento que cobran vida gracias al sonido, si el director y sus colaboradores son capaces de crear personajes auténticos, vivos, hasta el más despreciable de los caracteres adquiere la belleza de lo poético, y nosotros, espectadores, podemos abrazar esa parte que es lo peor de nosotros mismos, y hacerlo desde lo mejor.

Porque el cine es un espejo abstracto de la vida, de nuestra personalidad, de nuestras emociones, de la mera existencia humana. Abstracto porque se mueve, y resuena. Es el espejo de la bruja de Blancanieves, que en lugar de decirnos si somos los más bellos del reino, nos dice que somos los más humanos entre los humanos, con todo lo que eso conlleva, y haciéndonos extraños de nosotros mismos, nos permite vernos tal cual somos, siempre que ese cine sea grande, libre y sincero. Estos son mis pensamientos más a flor de piel, mis reflexiones más depuradas, sobre esta cosa extraña que es el cine.

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CINE

El martillo pilón y la vanidad de todo escritor

Yo sé que doy mucho la matraca con ciertas cosas. Nos pasa a algunos: insistimos en los mismos temas una y otra vez porque son esos temas los que nos interesan, y sentimos la necesidad de ponerlos por escrito, para reafirmarnos y para expresar nuestras ideas de la forma más contundente posible. Desde luego, es vanidad. La vanidad de todo escritor, ya sea de ficción o de cualquier otra cosa. La de creer que sus ideas son realmente importantes y que merecen ser lanzadas al mundo, que merecen ser leídas y tenidas en consideración. Pero así nos sentimos, y no creo estar exagerando.

Cada vez que leo, o me cuentan, sobre grandes películas, o grandes libros, que a mí me parecen interesantes películas, o interesantes libros, dirigidos por buenos o interesantes directores, o escritos por buenos o interesantes novelistas y cuentistas, pero nunca directores grandes, o novelistas grandes, vuelvo a hacerme un esquema mental de todos aquellos artesanos o buenos directores y escritores, contrapuesto al esquema, a la existencia, de los verdaderamente grandes. Y vuelvo a pensar lo mismo una y otra vez: están los interesantes, los buenos, los muy buenos, y los gigantes, los titanes. Y muchos que escriben o hablan sobre cine y literatura meten a todo el mundo en el mismo saco, y son capaces de comparar una gran obra maestra con una obra interesante o brillante pero en absoluto algo gigantesco, y es entonces cuando vuelvo a creer que tanto esfuerzo y tanta pasión no sirven para nada. No le sirven para nada a los demás, claro, porque a mí, creo, sí me sirven.

Es el problema, yo creo, de no ver las cosas con perspectiva. Considerar ‘El apartamento’ (‘The Apartment’, Billy Wilder 1960), ‘Vértigo (de entre los muertos)’ (‘Vertigo’, Alfred Hitchcock 1958) y ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, John Ford 1956), como lo más grande que ha habido y puede haber jamás en la historia del cine, entraña un enorme riesgo y una descomunal limitación. No ocurre lo mismo, irónicamente, si se considera a ‘El año pasado en Marienbad’ (‘L’Annèe dernière à Marienbad’, Alain Resnais 1961), ‘La noche’ (‘La notte’, Michelangelo Antonioni 1961) o ‘Viridiana’ (Luis Buñuel 1961), tres realizaciones del mismo año, como absolutamente revolucionarias en esto de hacer películas, y que aunque sobre ellas han caído casi sesenta años se mantienen igual de pertinentes, rigurosas e impactantes, apenas sin errores conceptuales, visualmente impecables y con un tratamiento del sonido y del montaje que ha influido a las nuevas generaciones. ¿Cuál es la diferencia?

La diferencia a mi entender es que ni Billy Wilder, ni Alfred Hitchcock ni John Ford, siendo magníficos directores y realizadores, capaces de crear un mundo propio y un estilo de hacer películas, son Alan Resnais, Michelangelo Antonioni o Luis Buñuel. Así de sencillo. Son directores académicos, comerciales, brillantes y poderosos, pero con enormes limitaciones, y las tres «obras maestras» nombradas, ‘El apartamento’, ‘Vértigo’ y ‘Centauros del desierto’ adolecen de algunas notables deficiencias que sus fanáticos están dispuestos a pasar por alto, así pasen cien años. Es más, cuanto más tiempo pasa, y más vetustas se vuelven, más fácil es para ciertos formalistas extraer de ellas, y de muchas otras, valores estéticos que en realidad no tienen, pero cuando algo es antiguo y complejo es fácil verter allí la necesaria ambigüedad formal.

El más grande director estadounidense de aquella época no fue ni Wilder, ni Hithcock, ni Ford, ni Hawks, ni Kazan, ni ninguno de esos. Fue un tipo genial y terrible llamado Orson Welles. A su lado, todos esos nombres, y cualquier otro de su generación, queda totalmente eclipsado. De la misma manera, ninguna de esas supuestas obras maestras tiene nada que hacer con una película tan típicamente americana, tan fundamental, como ‘Lo que el viento se llevó’ (‘Gone with the Wind’, 1939), un filme cuya autoría cabría entregársela a su productor, David O`Selznick, antes que a cualquiera de los directores que pasaron por el rodaje. Ese filme de 1939 es perfecto, sin el menor fallo, y a pesar de ser muy anterior a las películas de esos directores, no es teatral en ningún momento, y sus actores están mucho mejor, y su técnica es mucho más moderna y por tanto más pertinente y rigurosa que la de los que le siguieron a lo largo de por lo menos dos décadas.

En Europa hubo muchos directores extraordinarios, pero en EEUU no tantos. Otto Preminger, George Cukor (que fue uno de los que pasaron por el rodaje de ‘Lo que el viento se llevó’), Victor Fleming, Michael Curtiz, Wiliam Wyler, Vincente Minelli, Fred Zinnemann, Joseph L. Mankiewicz, George Stevens, John Huston…son una nómina excelente de directores, pero no tienen nada que hacer, ni ellos ni los arriba nombrados, todos juntos, frente a Ingmar Bergman, Dziga Vértov, Aleksandr Dovzhenko, Michelangelo Antonioni, Robert Bresson, Andrei Tarkovski, Jean-Luc Godard, François Truffaut, Luis Buñuel, Roberto Rossellini, Vittorio De Sica, Jacques Becker, Roman Polanski, Louis Malle y muchos otros. Sólo Orson Welles puede hacerlo. Porque en la historia siempre hay martillos pilones que deshacen todo lo que hasta entonces se conocía, y da igual lo que hagan que entonces entiendes muchas cosas. Ni ‘Vértigo’, ni ‘Con la muerte en los talones’, ni ‘Los pájaros’, ni ‘Centauros del desierto’, ni ‘El último hurra’, ni siquiera ‘Perdición’ o ‘El crepúsculo de los dioses’, tienen nada que hacer con ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, 1958) o ‘Campanadas a medianoche’ (‘Chimes at Midnight/Faltstaff’, 1966).

Meter todo en el mismo saco entraña el riesgo de equilibrar cosas que ni se parecen ni son iguales ni representan lo mismo. Por eso cuando luego llega Coppola y hace sus dos primeros Padrinos, te das cuenta de que el 90% de lo que se había hecho antes era jugar a hacer cine, y que por fin las corrientes estéticas europeas y el poderío visual estadounidense se habían unido para hacer algo tan gigantesco que, eso sí, no ha sido superado. Cuando llega gente grande, titanes de verdad, los críticos de cine, los analistas, los que nos pasamos la vida hablando y escribiendo de cine y de narrativa, tenemos el deber de proclamarlos, y de decir las cosas como son… por mucha vanidad que tengamos. Y la tenemos.

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LITERATURA

A

La A del teclado de mi ordenador está casi borrada de tanto usarla. Lo cual me sorprende, porque no hace tanto tiempo que lo tengo, y el resto de las teclas están perfectas. Aunque tiene sentido, porque es la tecla que más se usa…

Durante algún tiempo estuve acariciando la posibilidad de escribir un libro con cuatro o cinco relatos largos, todos ellos de aventuras, enmarcados en distintas épocas de la historia, y todos ellos de aventuras, de supervivencia, de suspense y terror, y el volumen llevaría por título, pensaba yo, sencillamente la letra A. A de aventuras, por supuesto. Luego deseché la idea, aunque es posible que la retome en un futuro. Pero estaremos de acuerdo en que titular a un libro, ya sea una novela, una colección de cuentos, o lo que sea, con una sola letra, con la letra A, queda bastante raro. Cualquier editor me aconsejaría que desechara la idea. Esto es la introducción de lo que realmente quiero hablar.

Algunos de los que siguen estas páginas mías son escritores. Lo sé, leo sus páginas también. Los hay articulistas, poetas, y también narradores, que dejan sus cuentos y relatos en sus blogs. Ellos saben perfectamente de lo que voy a hablar… y es que a veces no sé qué tipo de escritor soy, si es que realmente soy escritor. Ya tengo terminada mi quinta novela, y en cuanto pueda registrarla, después de que unos pocos la hayan leído, procederé a publicarla en Amazon. Esta novela, que no es demasiado larga (unas 85.000 palabras, si no recuerdo mal…) bien podría formar parte de ese ciclo de historias de aventuras a las que antes me he referido, aunque quizá, por su longitud, no podría ser considerada ni siquiera un relato largo o novela corta. Es otra de mis historias de supervivencia, en realidad. ¿Es eso lo que quiero escribir el resto de mi vida? Absolutamente sí.

Pero también quiero hacer otras cosas. En realidad, me gustaría escribir muchas cosas y sólo una al mismo tiempo. ¿No les sucede a los compañeros que me siguen, y a los que sigo, y que quizá lean estos párrafos, que existe un tipo de literatura, de narración, al que están abocados por naturaleza, y otro, quizá bastante distinto, que desean alcanzar, que desean ser, en mi caso un escritor más artístico, más de creación. Porque sé que puedo hacerlo, aunque probablemente me cueste mil veces más esfuerzo, más sufrimiento y aún menos disfrute del que me da escribir mis relatos y mis novelas de supervivencia. Y tampoco me importaría ser un escritor satírico, y un escritor activista, y un escritor de Sci-Fi (de hecho tengo una novela de ese género…). Pero no puedo serlo todo. Estoy cerca de alcanzar el ser un verdadero escritor, lo noto, porque aquello que escribo empieza a convencerme a mí, empieza a gustarme y a resultarme convincente. Y he de decidirme. Quizá ya me haya decidido…

En esta novela que voy a publicar en Amazon, todo es nieve, y soledad, y luchar por sobrevivir un día más. Corrigiéndola, volviéndola a leer, me he dado cuenta de que he conseguido el tono apropiado, con el que quiero inducir al espectador en un estado de ánimo muy concreto. Ojalá lo logre, así la lean 100 personas, o 1000, o sólo 50. Pero siento dentro de mí, todavía, el ímpetu de escribir cosas demasiado dispares, como si quisiera abarcarlo todo, como si fuera capaz de escribir cualquier tono narrativo… y tengo que darme cuenta de que eso no es cierto. Que nunca podré. Que he de saber quién soy. Fiarme de mi instinto, el que me dicta qué he de escribir a continuación, cómo crecer, cómo evolucionar, para que cuando llegue el día en que me lean más de 400 personas, que puede que un día llegue, sienta que he hecho el camino correcto.

Pero no es fácil. Nada fácil. Quisiera estar todo el día escribiendo, y no tengo fuerzas para ello. Quisiera escribir sobre cine y literatura durante horas, y luego dejarlo un rato y ponerme con nuevos proyectos literarios, pero el tiempo es limitado. No debo precipitarme, ni estresarme, ni pedirme más de lo que puedo hacer. Lo estoy haciendo bien. La novela anterior a esta es lo mejor que he escrito. Aún puedo superarme. Aún puedo seguir creciendo. No voy a rendirme.

Puede que llegue el día en que no sólo la letra A esté borrada, también la E, y la S, y otras letras tan comunes en su uso como ellas. Tampoco tiene importancia. Nunca miro el teclado cuando escribo. Tan solo cuando trato de introducir una contraseña y estoy tan dormido, o tan cansado, que no hay forma de que entre, y para asegurarme he de bajar la mirada y meter letras y números. Pero el resto del tiempo no miro las letras. Me enseñaron bien cuando di cursos de mecanografía. Los dedos se mueven casi por si solos, y no cometo errores. Ojalá fuera igual cuando escribo ficciones. Quizá retome el proyecto de los relatos de aventuras unidos entre sí en un volumen, pero también tengo varias ideas para novelas, otras para novelas cortas o relatos independientes, y el libro sobre Coppola…Qué complicado es decidir qué es lo prioritario…

No sé quién dijo eso de que «hagas lo que hagas, te equivocarás»… Lo que también podría significar que «hagas lo que hagas, acertarás».

Mucho ánimo a todos los amigos escritores que surcamos por WordPress. Dejar de escribir significa, simplemente, la muerte.

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CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

La increíble arrogancia del espectador/lector

Hay noches de insomnio que me pongo a pasar los canales, uno por uno, y en casi todos ellos veo las fugaces imágenes de una película empezada, que puedo conocer, o que me suena de algo, o que ni conozco ni me suena de nada pero que por su aspecto no me atrae en absoluto. Y así, en menos de un minuto, sé de la docena de películas que están poniendo a la vez en Movistar +, y se me cae el alma a los pies. Otras noches, o tardes, o mañanas, no es tan terrible, y al final acomodo el televisor en un lugar más o menos agradable, o interesante, y suelo dejarlo puesto mientras hago otras cosas, incluso mientras leo, como una amena compañía, como un rumor de fondo que corte el a veces exasperante silencio. En ocasiones las películas, aunque no sean realmente buenas, me sirven hasta para eso.

Y no siempre acierto con los libros. Es inevitable. Por mucho que uno se esfuerce, por mucho que se afile el olfato, pese a que intento ceñirme a lo que creo que va a ser grande, o ingenioso, o creativo u original, a veces leo algo que no hay por donde cogerlo, o bien no estoy a la altura, o bien no es el momento de leerlo. Esa es la frase: no es el momento. Lo noto, como si ese libro, ese texto, estuviera fuera de temporada. Tal vez dentro de dos años, o de cinco, o de diez, lo coja y por fin sepa apreciarlo. Desde luego ahora no. Aunque también hay casos en los que el libro me decepciona abiertamente, o bien sé de antemano que va a ser una de esas noveluchas de kiosco, que leo por curiosidad y como reafirmación. Salvo en el último caso, y a pesar de que no sea el momento o no esté yo a la altura, agradezco estar leyendo ese libro y no haciendo ninguna otra cosa.

¿Me estoy poniendo a mí mismo, con estos dos párrafos, por encima de una masa lectora y de espectadores que, tal como anuncia el título, van por ahí haciendo gala de una arrogancia insufrible? Pues sí, me temo que sí. Y creo que es deformación profesional. Los que me conozcan desde hace un tiempo, pues llevo escribiendo unos cuantos años, saben que no me corto un pelo cuando algo me parece insufrible o deleznable. Pero cuando uno lleva ya escritas miles de críticas y reseñas (literalmente miles), e incluso antes de haberlas escrito, porque el impulso de hablar de contenidos narrativos ya existía en mí hace mucho tiempo, adquieres un retorcido respeto por aquello que estás analizando. Yo puedo ponerme a mí mismo, fácilmente, por encima de la mayoría de espectadores/lectores, pero no puedo ponerme por encima de los artistas que crean esas obras, incluso aunque no sean muy buenos artistas. Sólo en el caso de que sean verdaderos terroristas, verdaderos farsantes, me permito el lujo (porque es un lujo) de hacerles picadillo.

Pero mucha gente cree que artista y receptor/espectador están al mismo nivel, y merecen la misma consideración. Aún más: mucha gente alberga ideas verdaderamente peregrinas acerca de esto de hacer películas y escribir libros. Mi preferida de todas ellas, de lejos, es la siguiente: ciertos espectadores y/o lectores creen que el cineasta o el novelista están ahí para divertirles a ellos. Y lo creen sin temor a equivocarse. Es decir, ese tipo, o tipa, ese artista o aspirante a artista, se va a poner a trabajar desde el minuto 0 hasta 2 o 3 (o 5 o 10) años después, con el objetivo de «entretener» a la gente en sus horas libres. Es decir, como un mono de feria entretendría a unos borrachos en un bar. Porque «para eso está». Porque «para eso le pagan». El objetivo del cine y de la literatura es entretenerme a mí. Nada de experimentos con gaseosa ni de mundos interiores. Todo eso son bobadas. ¿No pagamos el precio de la entrada? ¿No pagamos el precio del libro? Pues eso.

Seguro que cualquier lector que acceda a estas líneas mías ha escuchado, ya sea a un amigo suyo o a un tipo por la calle o en un bar, todo tipo de peroratas sobre tal película, tal serie o tal libro. Me refiero a esa voz que de repente resuena en la cafetería, o detrás de ti mientras caminas por la calle, o ese amigo de un amigo, o ese compañero de trabajo, no precisamente sospechoso de ser un intelectual, que te deja muy claro cuales son sus gustos, cuales son sus ideas, como si tú le hubieras preguntado. Y, ojo, que sus ideas son cañeras. A él nadie puede engañarle. Y está muy cabreado. Mucho. ¿Por qué? Porque sí. Porque han engañado a todo el mundo con ‘Juego de tronos’, por ejemplo, que es una puta mierda de serie muy mal hecha, una serie de pena, de risa. Porque ‘The Last of Us, part II’, es basura. Porque ese libro que le recomendó su hermana, o su amiga, es un coñazo insoportable. Y está un buen rato, el energúmeno de turno, hablando solo, sin que nadie ose interrumpirle. Valdría la pena preguntarle qué serie le gusta a él, o qué película, o qué libro. Sería muy interesante.

Pero tal cosa me ha pasado a mí incluso con gente que se decía entendida de cine, o que se creía con muy buen gusto. Incluso entre gente que escribía artículos o críticas, verdaderos mequetrefes sin la menor formación, sentido del gusto ni maneras proporcionadas, talibanes de la palabra que van por ahí de duros, de radicales, y que no tienen ni media hostia verbal. La ignorancia es muy atrevida, y la arrogancia se alimenta a sí misma. Y mucho más en España, donde no tenemos ningún problema en demostrar nuestra palpable inferioridad, por mucho que se sea crítico, o incluso escritor. Recuerdo perfectamente aquella crítica de Ángel Fdez-Santos a una película de Tarkovski, a la que veneraba, pero a continuación este crítico comentaba de pasada el libro ‘Esculpir en el tiempo’, del que decía que estaba escrito «entre balbuceos». Yo, por el contrario, pienso que es un libro esencial, obligado, no escrito entre balbuceos, sino de manera rotunda, precisa, con las ideas claras, un volumen inspirador que todo cinéfilo o simple amante del arte debería leer. Y Fdez-Santos era un crítico preparado, un hombre con cultura, con formación teatral, con carácter y con buena escritura, que sin embargo se aventuraba a decir tal cosa de forma bastante temeraria, en mi opinión. ¿Qué no dirán, que no rebuznarán, los miles de plumillas que asolan este país con sus pseudo-argumentaciones, preñadas de una arrogancia, de una soberbia, que son uno más de esos cáncer que corroen el tejido de la cultura contemporánea?

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CINE

Literatura de creación, cuentacuentos…y luego todos los demás

En el cine es más difícil la distinción (en realidad no tanto, pero bastante más en comparación). En literatura es mucho más fácil, a pesar de los que se empeñan en que no lo sea. En cuanto empiezas a abrir los ojos, y la mente, para tratar de aprehender todo lo que es, o puede ser, o intenta ser, la literatura, te das cuenta de que existen dos tipos muy diferenciados: a grandes rasgos lo que es literatura de creación, literatura artística, y luego todo lo demás. Y dentro de todo lo demás, que sería algo así como un gran cajón de sastre en el que caben mil cosas distintas, mil estilos, cien mil maneras, un millón de voces y de tipos y de categorías, podemos distinguir los que en Estados Unidos llaman con mucha sagacidad los «storytellers», los contadores de historias puros, los cuentacuentos, para entendernos y apresar mejor el concepto, aunque aquí en España, como en tantas otras cosas, esa expresión, cuentacuentos, se emplea demasiadas veces de forma peyorativa.

Puede que esa sea la razón, o quizá tan sólo se trate de una casualidad, por la que en este país apenas se leen cuentos, y apenas hay cuentistas (¿cuál fue el último libro de cuentos que te leíste?… los míos los dejo para otro artículo). Vete a saber. Lo que está claro es que actualmente llamar a alguien cuentacuentos es declararle un charlatán, un mentiroso, un felón. Y sin embargo, si lo pensamos bien, detrás de la literatura de creación, que sería, sin lugar a dudas, la literatura más valiosa, estarían los cuentacuentos, los grandes narradores, que sin ser verdaderos creadores, representan algo así como la clase media, los escuderos, casi los guardianes de los más excelsos, los que ostentan la magnificencia de las letras en la bella arte de la literatura. Pero valdría la pena, antes que nada, hacer un pequeño paréntesis para repudiar a todos aquellos para los que valen tanto unos como otros. Y son legión. Los que creen, y defienden a capa y espada con pocos argumentos y muchos disparates, que es tan valiosa la literatura infantil, o la literatura de aventuras, o los best-sellers internacionales, como una obra maestra universal.

Deben creerlo, y deben defender a los cuatro vientos, porque les conviene. Estoy hablando de una clase de lector, que también es muchas veces novelista, al que le va vida en convencer a propios y extraños en que una novela histórica puede ser leída con tanta devoción como leer a Mann, a Joyce, a Woolf o a Faulkner. En el caso de simples lectores, porque así no necesitan justificarse en sus elecciones, que de manera sistemática son títulos recientes, comerciales, fáciles y sin el menor interés estético. Y en el caso de lectores-escritores, tipo Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado y otros espantos parecidos, porque defendiendo una literatura más fácil, más accesible, invocándola en cada entrevista, proponiéndola en Twitter, se están defendiendo a sí mismos y a los engendros que perpetran cada año. Créanme, es así. Lo malo es que muchos se valen de sus palabras, de sus bravatas y de sus ideas para creer que sus lecturas son tan defendibles como las de aquellos que de verdad se meten en los jardines, en los laberintos, los desafíos que suponen las verdaderas grandes obras.

Y esto lo está diciendo alguien para quien la aventura esencial es tan importante como escuchar música, como respirar. Para mí, la aventura en cine y en cómic, cuando era niño, lo representaba absolutamente todo, y por supuesto forma parte de mis primeras lecturas. Y aún forma parte de ellas. Trato de buscar lo más valioso, lo menos trillado, lo que sea capaz de encontrar nuevos caminos en la aventura, el thriller, el terror, el Noir. Pero sólo cuando me enfrento a algo verdaderamente exigente me doy cuenta de qué tipo de lector soy, y sólo entonces aprendo de verdad, escalo de verdad. Muchos, equivocadamente, creen que es lo mismo una novela de Santiago Posteguillo que ‘Memorias de Adriano’, de Marguerite Yourcenar; o que cualquier de esos best-sellers, los cientos que nos llegan cada año de EEUU, o de Reino Unido, o de Francia, es tan legítimo para ocupar nuestro tiempo como podría serlo cualquiera de esas supuestas obras maestras que los críticos, esos gafapasta, esos creídos, insisten una y otra vez que son las cosas que tenemos que leer. Y no, no lo son.

Tienen la misma forma, huelen igual, tienen páginas, tienen letras, tienen portadas, tienen títulos, tienen lomo… parecen lo mismo, pero no lo son. Abran la página web de la Casa del Libro. Absolutamente todos los libros que salen allí, en la página principal, como los recomendados o esos títulos de los que todos hablan, pertenecen al segundo grupo, y muchos de ellos ni siquiera tienen a un buen narrador detrás, a una persona competente, que no sea ningún artista, pero que lo que haga, lo haga bien: historias bien construidas, personajes creíbles. Lo malo es que por cada Stephen King hay veinte Suzanne Collins, y cien Javier Sierra. Autores que sólo convencen a aquellos con nula exigencia, que nunca han leído nada realmente importante, que se creen lectores pero no lo son, de la misma manera que no pueden creerse alpinistas quienes sólo han subido alguna que otra colina.

Quienes meten todo en un mismo saco se merecen que les engañen y les cuelen gato por liebre. Deciden ser engañados. No leen a los autores más grandes porque no quieren, aduciendo que se trata de títulos, de libros, demasiado complicados, demasiado densos, que quizá algún día se leerán, pero que no son para ellos. Para ellos son los productos editoriales que se venden ahora, que son más caros, pero de muy inferior calidad. Pocas veces en la historia de la humanidad las obras maestras literarias han estado al alcance de tantos, y pocas veces han escuchado menos y hecho menos caso a los críticos y a los que de verdad reflexionan sobre ello. Es la soberbia de la ignorancia, que todo lo puede, y que hace creer a tanta gente que es lectora. Pero para leer lo que leen, mejor que no leyeran nada.

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