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Hay noches de insomnio que me pongo a pasar los canales, uno por uno, y en casi todos ellos veo las fugaces imágenes de una película empezada, que puedo conocer, o que me suena de algo, o que ni conozco ni me suena de nada pero que por su aspecto no me atrae en absoluto. Y así, en menos de un minuto, sé de la docena de películas que están poniendo a la vez en Movistar +, y se me cae el alma a los pies. Otras noches, o tardes, o mañanas, no es tan terrible, y al final acomodo el televisor en un lugar más o menos agradable, o interesante, y suelo dejarlo puesto mientras hago otras cosas, incluso mientras leo, como una amena compañía, como un rumor de fondo que corte el a veces exasperante silencio. En ocasiones las películas, aunque no sean realmente buenas, me sirven hasta para eso.

Y no siempre acierto con los libros. Es inevitable. Por mucho que uno se esfuerce, por mucho que se afile el olfato, pese a que intento ceñirme a lo que creo que va a ser grande, o ingenioso, o creativo u original, a veces leo algo que no hay por donde cogerlo, o bien no estoy a la altura, o bien no es el momento de leerlo. Esa es la frase: no es el momento. Lo noto, como si ese libro, ese texto, estuviera fuera de temporada. Tal vez dentro de dos años, o de cinco, o de diez, lo coja y por fin sepa apreciarlo. Desde luego ahora no. Aunque también hay casos en los que el libro me decepciona abiertamente, o bien sé de antemano que va a ser una de esas noveluchas de kiosco, que leo por curiosidad y como reafirmación. Salvo en el último caso, y a pesar de que no sea el momento o no esté yo a la altura, agradezco estar leyendo ese libro y no haciendo ninguna otra cosa.

¿Me estoy poniendo a mí mismo, con estos dos párrafos, por encima de una masa lectora y de espectadores que, tal como anuncia el título, van por ahí haciendo gala de una arrogancia insufrible? Pues sí, me temo que sí. Y creo que es deformación profesional. Los que me conozcan desde hace un tiempo, pues llevo escribiendo unos cuantos años, saben que no me corto un pelo cuando algo me parece insufrible o deleznable. Pero cuando uno lleva ya escritas miles de críticas y reseñas (literalmente miles), e incluso antes de haberlas escrito, porque el impulso de hablar de contenidos narrativos ya existía en mí hace mucho tiempo, adquieres un retorcido respeto por aquello que estás analizando. Yo puedo ponerme a mí mismo, fácilmente, por encima de la mayoría de espectadores/lectores, pero no puedo ponerme por encima de los artistas que crean esas obras, incluso aunque no sean muy buenos artistas. Sólo en el caso de que sean verdaderos terroristas, verdaderos farsantes, me permito el lujo (porque es un lujo) de hacerles picadillo.

Pero mucha gente cree que artista y receptor/espectador están al mismo nivel, y merecen la misma consideración. Aún más: mucha gente alberga ideas verdaderamente peregrinas acerca de esto de hacer películas y escribir libros. Mi preferida de todas ellas, de lejos, es la siguiente: ciertos espectadores y/o lectores creen que el cineasta o el novelista están ahí para divertirles a ellos. Y lo creen sin temor a equivocarse. Es decir, ese tipo, o tipa, ese artista o aspirante a artista, se va a poner a trabajar desde el minuto 0 hasta 2 o 3 (o 5 o 10) años después, con el objetivo de “entretener” a la gente en sus horas libres. Es decir, como un mono de feria entretendría a unos borrachos en un bar. Porque “para eso está”. Porque “para eso le pagan”. El objetivo del cine y de la literatura es entretenerme a mí. Nada de experimentos con gaseosa ni de mundos interiores. Todo eso son bobadas. ¿No pagamos el precio de la entrada? ¿No pagamos el precio del libro? Pues eso.

Seguro que cualquier lector que acceda a estas líneas mías ha escuchado, ya sea a un amigo suyo o a un tipo por la calle o en un bar, todo tipo de peroratas sobre tal película, tal serie o tal libro. Me refiero a esa voz que de repente resuena en la cafetería, o detrás de ti mientras caminas por la calle, o ese amigo de un amigo, o ese compañero de trabajo, no precisamente sospechoso de ser un intelectual, que te deja muy claro cuales son sus gustos, cuales son sus ideas, como si tú le hubieras preguntado. Y, ojo, que sus ideas son cañeras. A él nadie puede engañarle. Y está muy cabreado. Mucho. ¿Por qué? Porque sí. Porque han engañado a todo el mundo con ‘Juego de tronos’, por ejemplo, que es una puta mierda de serie muy mal hecha, una serie de pena, de risa. Porque ‘The Last of Us, part II’, es basura. Porque ese libro que le recomendó su hermana, o su amiga, es un coñazo insoportable. Y está un buen rato, el energúmeno de turno, hablando solo, sin que nadie ose interrumpirle. Valdría la pena preguntarle qué serie le gusta a él, o qué película, o qué libro. Sería muy interesante.

Pero tal cosa me ha pasado a mí incluso con gente que se decía entendida de cine, o que se creía con muy buen gusto. Incluso entre gente que escribía artículos o críticas, verdaderos mequetrefes sin la menor formación, sentido del gusto ni maneras proporcionadas, talibanes de la palabra que van por ahí de duros, de radicales, y que no tienen ni media hostia verbal. La ignorancia es muy atrevida, y la arrogancia se alimenta a sí misma. Y mucho más en España, donde no tenemos ningún problema en demostrar nuestra palpable inferioridad, por mucho que se sea crítico, o incluso escritor. Recuerdo perfectamente aquella crítica de Ángel Fdez-Santos a una película de Tarkovski, a la que veneraba, pero a continuación este crítico comentaba de pasada el libro ‘Esculpir en el tiempo’, del que decía que estaba escrito “entre balbuceos”. Yo, por el contrario, pienso que es un libro esencial, obligado, no escrito entre balbuceos, sino de manera rotunda, precisa, con las ideas claras, un volumen inspirador que todo cinéfilo o simple amante del arte debería leer. Y Fdez-Santos era un crítico preparado, un hombre con cultura, con formación teatral, con carácter y con buena escritura, que sin embargo se aventuraba a decir tal cosa de forma bastante temeraria, en mi opinión. ¿Qué no dirán, que no rebuznarán, los miles de plumillas que asolan este país con sus pseudo-argumentaciones, preñadas de una arrogancia, de una soberbia, que son uno más de esos cáncer que corroen el tejido de la cultura contemporánea?

6 comments on “La increíble arrogancia del espectador/lector

  1. Lo que me fascina es esa exigencia del público de que le entretengan. Para eso que se vayan al parque, a un estadio de fútbol, o, como tú dices, que consuman algo vacío y entretenido pero que no lo llamen arte. Este maldito país es increíble; esa necesidad de hablar sin saber es endémica aquí.
    Otra cosa impresionante es el desprecio más o menos disimulado por el oficio, el trabajo artístico, excepto el de algunos actores de Hollywood, que les parecen glamurosos, y algunos directores o escritores que quieren ser estrellas del rock, showmen más que artistas. Eso sí, cuando la gente está aburrida en casa, dadle sus películas y sus canciones, por el amor de Dios, o se volverá loca. Aun así los creadores de esa música y esas películas son unos raros y unos colgados que no saben lo que es trabajar realmente… Tal vez he personalizado un poco al final jajaja

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    1. Bueno, está bien personalizar a veces.

      La gente quiere que la entretengan, como en el Circo Romano. En realidad no hemos cambiado mucho

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  2. Futbolín dice:

    Coincido contigo en todo lo expuesto, pero es que ya se hace hasta demasiada producción para entretener básicamente, si algunas cosas son algo mas profundas la oferta contraria es abrumadoramente amplia por lo que el que quiera morralla no debería de tener el mas mínimo problema, la gente se queja mucho de vicio o para hacerse notar o para dar escape a otras frustraciones que enmascaran con determinadas críticas dirigidas a objetivos a los que disparan porque por allí pasaban.
    Ahora bien una cosa si quisiera decirte, nunca pongas la tele cual hilo musical para hacerte compañía, mil veces antes pon alguna “radio” del tipo de música de alguien que te guste en Spotify, con volumen tirando a bajo y que enriquezca el “maravilloso” silencio, desde estas líneas y si no tenéis ganas de ir cambiando discos os aconsejo la sintonía en internet de la emisora SwissGroove, así tal como la escribo, música variada de jazz y blues con su poquito de groove, smooth jazz, rhythm blues, soul etc etc sin anuncios y sin interrupción las 24 horas del día salvo averías, podéis buscar la emisora en google para irla conociendo, como hilo musical es insuperable, yo a veces ni me la pongo porque algunas piezas son tan buenas que me distraen, entonces tengo que ir a mirar de quien son y escuchar al artista en concreto a través de Spotify. salud amigos¡¡

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    1. Venga, te haré caso. Suelo poner música también, pero era un poco por ilustrar la idea.

      Pondré esa emisora estos días que seguro que está bien.

      Abrazo!

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  3. Futbolín dice:

    Esta es su página web,( http://www.swissgroove.ch/de/home/) se puede escuchar vía navegador o con aplicaciones como VLC, Winamp, Tunein o Audials por poner algún ejemplo, tanto en el PC como en los móviles etc. etc.

    Le gusta a 2 personas

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