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Yo sé que doy mucho la matraca con ciertas cosas. Nos pasa a algunos: insistimos en los mismos temas una y otra vez porque son esos temas los que nos interesan, y sentimos la necesidad de ponerlos por escrito, para reafirmarnos y para expresar nuestras ideas de la forma más contundente posible. Desde luego, es vanidad. La vanidad de todo escritor, ya sea de ficción o de cualquier otra cosa. La de creer que sus ideas son realmente importantes y que merecen ser lanzadas al mundo, que merecen ser leídas y tenidas en consideración. Pero así nos sentimos, y no creo estar exagerando.

Cada vez que leo, o me cuentan, sobre grandes películas, o grandes libros, que a mí me parecen interesantes películas, o interesantes libros, dirigidos por buenos o interesantes directores, o escritos por buenos o interesantes novelistas y cuentistas, pero nunca directores grandes, o novelistas grandes, vuelvo a hacerme un esquema mental de todos aquellos artesanos o buenos directores y escritores, contrapuesto al esquema, a la existencia, de los verdaderamente grandes. Y vuelvo a pensar lo mismo una y otra vez: están los interesantes, los buenos, los muy buenos, y los gigantes, los titanes. Y muchos que escriben o hablan sobre cine y literatura meten a todo el mundo en el mismo saco, y son capaces de comparar una gran obra maestra con una obra interesante o brillante pero en absoluto algo gigantesco, y es entonces cuando vuelvo a creer que tanto esfuerzo y tanta pasión no sirven para nada. No le sirven para nada a los demás, claro, porque a mí, creo, sí me sirven.

Es el problema, yo creo, de no ver las cosas con perspectiva. Considerar ‘El apartamento’ (‘The Apartment’, Billy Wilder 1960), ‘Vértigo (de entre los muertos)’ (‘Vertigo’, Alfred Hitchcock 1958) y ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, John Ford 1956), como lo más grande que ha habido y puede haber jamás en la historia del cine, entraña un enorme riesgo y una descomunal limitación. No ocurre lo mismo, irónicamente, si se considera a ‘El año pasado en Marienbad’ (‘L’Annèe dernière à Marienbad’, Alain Resnais 1961), ‘La noche’ (‘La notte’, Michelangelo Antonioni 1961) o ‘Viridiana’ (Luis Buñuel 1961), tres realizaciones del mismo año, como absolutamente revolucionarias en esto de hacer películas, y que aunque sobre ellas han caído casi sesenta años se mantienen igual de pertinentes, rigurosas e impactantes, apenas sin errores conceptuales, visualmente impecables y con un tratamiento del sonido y del montaje que ha influido a las nuevas generaciones. ¿Cuál es la diferencia?

La diferencia a mi entender es que ni Billy Wilder, ni Alfred Hitchcock ni John Ford, siendo magníficos directores y realizadores, capaces de crear un mundo propio y un estilo de hacer películas, son Alan Resnais, Michelangelo Antonioni o Luis Buñuel. Así de sencillo. Son directores académicos, comerciales, brillantes y poderosos, pero con enormes limitaciones, y las tres “obras maestras” nombradas, ‘El apartamento’, ‘Vértigo’ y ‘Centauros del desierto’ adolecen de algunas notables deficiencias que sus fanáticos están dispuestos a pasar por alto, así pasen cien años. Es más, cuanto más tiempo pasa, y más vetustas se vuelven, más fácil es para ciertos formalistas extraer de ellas, y de muchas otras, valores estéticos que en realidad no tienen, pero cuando algo es antiguo y complejo es fácil verter allí la necesaria ambigüedad formal.

El más grande director estadounidense de aquella época no fue ni Wilder, ni Hithcock, ni Ford, ni Hawks, ni Kazan, ni ninguno de esos. Fue un tipo genial y terrible llamado Orson Welles. A su lado, todos esos nombres, y cualquier otro de su generación, queda totalmente eclipsado. De la misma manera, ninguna de esas supuestas obras maestras tiene nada que hacer con una película tan típicamente americana, tan fundamental, como ‘Lo que el viento se llevó’ (‘Gone with the Wind’, 1939), un filme cuya autoría cabría entregársela a su productor, David O`Selznick, antes que a cualquiera de los directores que pasaron por el rodaje. Ese filme de 1939 es perfecto, sin el menor fallo, y a pesar de ser muy anterior a las películas de esos directores, no es teatral en ningún momento, y sus actores están mucho mejor, y su técnica es mucho más moderna y por tanto más pertinente y rigurosa que la de los que le siguieron a lo largo de por lo menos dos décadas.

En Europa hubo muchos directores extraordinarios, pero en EEUU no tantos. Otto Preminger, George Cukor (que fue uno de los que pasaron por el rodaje de ‘Lo que el viento se llevó’), Victor Fleming, Michael Curtiz, Wiliam Wyler, Vincente Minelli, Fred Zinnemann, Joseph L. Mankiewicz, George Stevens, John Huston…son una nómina excelente de directores, pero no tienen nada que hacer, ni ellos ni los arriba nombrados, todos juntos, frente a Ingmar Bergman, Dziga Vértov, Aleksandr Dovzhenko, Michelangelo Antonioni, Robert Bresson, Andrei Tarkovski, Jean-Luc Godard, François Truffaut, Luis Buñuel, Roberto Rossellini, Vittorio De Sica, Jacques Becker, Roman Polanski, Louis Malle y muchos otros. Sólo Orson Welles puede hacerlo. Porque en la historia siempre hay martillos pilones que deshacen todo lo que hasta entonces se conocía, y da igual lo que hagan que entonces entiendes muchas cosas. Ni ‘Vértigo’, ni ‘Con la muerte en los talones’, ni ‘Los pájaros’, ni ‘Centauros del desierto’, ni ‘El último hurra’, ni siquiera ‘Perdición’ o ‘El crepúsculo de los dioses’, tienen nada que hacer con ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, 1958) o ‘Campanadas a medianoche’ (‘Chimes at Midnight/Faltstaff’, 1966).

Meter todo en el mismo saco entraña el riesgo de equilibrar cosas que ni se parecen ni son iguales ni representan lo mismo. Por eso cuando luego llega Coppola y hace sus dos primeros Padrinos, te das cuenta de que el 90% de lo que se había hecho antes era jugar a hacer cine, y que por fin las corrientes estéticas europeas y el poderío visual estadounidense se habían unido para hacer algo tan gigantesco que, eso sí, no ha sido superado. Cuando llega gente grande, titanes de verdad, los críticos de cine, los analistas, los que nos pasamos la vida hablando y escribiendo de cine y de narrativa, tenemos el deber de proclamarlos, y de decir las cosas como son… por mucha vanidad que tengamos. Y la tenemos.

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