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Es fácil de decir, pero es mucho más difícil de hacer. Sin embargo creo que esto es un tema básico que mucha gente ni siquiera se ha parado a pensar. En general, se valora el trabajo de los actores por lo creíbles que sean, o por secuencias aisladas en las que están realmente bien, demostrando toda una gama de emociones, o de sensibilidades. También se valora, sin saberlo, el carisma: es decir, lo bien que nos caiga, o lo mal que nos caiga un actor, su mera presencia. Y se valoran algunos otros aspectos tales como las características del personaje, o supuesto personaje, que interpreten, de igual manera que por alguna extraña razón la gente, incluso los cinéfilos más avezados, a menudo valoran sobre todo la calidad de una historia, como si eso fuese algo posible de hacer…yo particularmente no creo que se pueda valorar la calidad o la altura de una historia (más bien la manera de contarla, por algo esto se llama narrativa) y de la misma forma no creo que se deban valorar aspectos externos de un personaje, sino su creación interna.

He hablado a lo largo de los años con demasiadas personas convencidas de que un actor ha de ser expresivo. Expresivo, como un chimpancé, o algo por el estilo. Por tanto no suelen gustar mucho, ni ser muy apreciados, los actores supuestamente inexpresivos, esos que parecen tener la misma jeta durante toda la película, o durante los cinco capítulos que salen en la serie. Al mismo tiempo, los que quieren ir un poco más de entendidos critican el histrionismo de ciertos actores, la manera en que “se pasan de la rosca”, porque no se sabe muy bien por qué pero los actores han de mostrarse “contenidos”. Además de la contradicción entre ambas ideas, a mí me ha asaltado siempre una duda: ¿y si el personaje, no el actor necesariamente, pero sí el carácter que ha de interpretar es contenido, o histriónico? ¿Cabría entonces ese rechazo o esa crítica al trabajo del actor? Creo que estaremos todos bastante de acuerdo en que no.

Porque de la misma manera en que un escritor ha de desaparecer tras la narración de la novela, y que un director ha de poner su narrativa al servicio de la historia que intenta contar, el actor, de cine, televisión o teatro, ha de transformarse y en parte (sólo en parte) desaparecer, para ser más él mismo que nunca, por muy irónico que resulte. No es de extrañar que decidan dedicarse a esta difícil profesión personas muy tímidas, que saben, o mejor dicho intuyen, que eso de ser actor tiene mucho que ver con ocultar una gran parte de sí mismos, para revelar otra parte, mucho más invisible de ordinario, y al final mucho más importante. Las personas introvertidas tienen muchas posibilidades de ser grandes actores que las extravertidas, aunque parezca sorprendente, porque las introvertidas están más acostumbradas a perder parte de su identidad cuando interactúan con otros.

Esa es, pienso yo, y estoy bastante seguro de no equivocarme, la verdadera naturaleza y la verdadera misión de un actor: transformarse. A veces de manera más obvia (más externa, además de interna), que otras, pero siempre dejando de ser él mismo. Ha de encontrar aquello en lo que él se parece al personaje que ha de interpretar (y no aquello en lo que el personaje se parece a él…espero se me entienda), y hacer ese camino, hacer ese viaje. Encontrarse con el personaje. Bien saben esto los directores de casting (los buenos) en ayuda de los directores: han de encontrar a un actor que se parezca, en su interior, al personaje que todavía no tiene rostro ni cuerpo. En los (muchos) casos en los que el actor no se parece, no tiene nada que ver con ese personaje, el director ha de remar muy cuesta arriba para conseguir algo valioso. Y esto muchas veces se descubre por puro instinto, por pura intuición: el director o el jefe de casting ven algo en un actor o una actriz, un gesto, una forma de moverse, de reaccionar ante determinados estímulos, que saben haría el personaje que tienen en mente, y puede que hayan dado con el intérprete adecuado.

Por eso ya no puedo calificar de buenos actores a aquellos que nunca (o rara vez, ¡precisamente porque en algo se parecen al personaje, aunque ni siquiera ellos lo sepan!) se transforman en el personaje. A aquellos que siempre hacen de ellos mismos, con ligeras variaciones. Me refiero a gente como Antonio Resines, Mel Gibson, Robert Downey Jr. No creo que sean pésimos actores, pero no son grandes actores porque jamás han creado un personaje, y las pocas veces que han hecho algo decente es porque tenían a un gran director detrás. Pésimos, como por ejemplo Orlando Bloom o James Franco, no son, pero sí muy poco autoexigentes, muy predecibles, muy repetitivos. Todo lo interpretan igual, con los mismos trucos que han empleado durante veinte o treinta años, valiéndose sólo de su carisma, de sus tablas o de su buena presencia. ¿Pero qué personajes han creado? ¿En qué momento se han transformado de verdad y han dejado de ser ellos para volverse más como son en realidad?

Los grandes actores de las últimas generaciones (Anthony Hopkins, Heath Ledger, Daniel Day-Lewis, Joaquin Phoenix, Sean Penn, Philip Seymour Hoffman), o las grandes actrices (Frances McDormand, Isabelle Hupert, Cate Blanchett, Kate Winslet, Susan Sarandon, Kathy Bates), se caracterizan porque en cada trabajo importante son diferentes, ofrecen un registro, una textura interpretativa, distinta y a veces opuesta a la inmediatamente anterior. Son buscadores, cazadores de caracteres notables, de roles memorables. No se conforman con cualquier cosa, y a veces el filme puede ser mediocre o convencional, pero ellos no. Por eso son los más grandes.

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