El fin del mundo no es ninguna película

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Mucha gente cree que las historias nacen, se desarrollan y ven la luz simplemente porque sí. Porque a un individuo, o individua, le cayó un fotón en la cabeza, y vio una idea, cualquier idea, y la puso por escrito, o finalmente se hizo una película con esa idea. La realidad es muy diferente. Las historias, las novelas, las películas, no existen en un vacío, no se crean sin más. El que esté dispuesto a pensar eso comete en una gran equivocación.

Toda historia, cualquier historia, cualquier relato, serie, novela o película, existe por una razón. En muchas ocasiones no sabemos la razón, pero esa razón está ahí. Una de las labores de los críticos y analistas artísticos es descubrir y compartir esa razón, en el caso de poder encontrarla. Los artistas, los escritores, no escriben sobre cualquier cosa que les parece bien. Más bien al contrario: la creación artística en su globalidad, responde a un subconsciente colectivo, a una necesidad colectiva. La necesidad cuasi espiritual de entender y relacionarse con el mundo. Incluso el mal arte, que abunda, es una demostración de esa pulsión interna que nos lleva a pintar con un dedo en una cueva, o a plantear una distopía de ciencia ficción.

El arte en general, la narrativa en particular, no son más que la constatación atávica del ser humano de su soledad en el universo, de su fragilidad física, de la sospecha de que jamás se obtendrán respuestas a ciertas preguntas. En definitiva: de que un día todo acabará y probablemente la especie humana se apagará sin haber conseguido otra cosa que darse de cabezazos contra la pared, después de haber levantado dos velos: el de lo sublime en el arte y el del conocimiento en la ciencia.

Pensémoslo bien… sé que es mucho pensar y que hacerlo es bastante espantoso, pero es necesario: no vivimos en un mundo estable, eterno y constante. Esa es la sensación que tenemos nosotros. Y la tenemos porque somos tan pequeños respecto a este planeta, que nuestros sentidos nos engañan y nuestro cuerpo y nuestra mente no pueden aceptar la idea ni la sensación de que vivimos en una burbuja flotante que rota sobre sí misma a una velocidad de 465 metros por segundo. Así mismo, gira alrededor del Sol (que tiene 109 veces el diámetro de la Tierra, pues un millón trescientos mil tierras podrían llenarlo… y por cierto no es amarillo, si no blanco…) a unos 30 kilómetros por segundo. A su vez el Sol gira alrededor de la Vía Láctea a unos 230 kilómetros por segundo, arrastrando consigo a todos los planetas, dando la vuelta a la galaxia cada 225 millones de años. El hecho de que hayamos sido capaces de levantar esta decadente e imperfecta civilización es una mera casualidad, pues ha coincidido en un muy inusual periodo en que este planeta, y por extensión el Sistema Solar, que en periodos mucho más largos ha sido un verdadero infierno en el que era (y volverá a ser) imposible la vida.

En otras palabras: que nos creemos muy importantes, pero sospechamos que en realidad no lo somos, y que entender todo este tinglado puede llegar a superar nuestra capacidad de discernimiento. Y todo eso, todas esas sensaciones, todo el conocimiento científico que cala en nuestras vidas desde la revolución industrial, se vierte en las novelas y en las películas, como no puede ser de otra manera. Es un acto poético. Cuando alguien crea a Superman, no lo hace simplemente para inventar un héroe popular, sino porque una pulsión interna le lleva a hablar de vida en otros planetas, de una vida que se parece a la nuestra, y al desarrollar ese personaje indaga un poco más en la naturaleza humana. Superman es lo que queremos ser, es el ideal del ser humano: sabe cuál es su lugar en el universo, por muy lejano que sea, y es libre de las ataduras y las limitaciones del ser humano corriente.

Pero hay más: cuando inventamos una historia sobre extraterrestres que se presentan en este planeta con sus naves espaciales para invadirnos, aniquilarnos y quitarnos el sitio (algo enormemente improbable que suceda, aunque no imposible), lo que hacemos es hablar de nosotros mismos, de lo que haríamos si un día dispusiéramos de la tecnología necesaria para ir a otro planeta habitado a hacer exactamente lo mismo. Y cuando los yanquis se ponen a hacer películas sobre una guerra con alienígenas, con los soldados rubios y de ojos azules luchando contra los monstruos invasores, lo que hacen es hablar, de una forma codificada, de las guerras y las invasiones capitalistas perpetrada por ese país, convirtiendo al enemigo en un bicho despreciable. Pero siempre, o casi siempre, el ser humano sale triunfante. Da igual que los alienígenas al principio nos den hasta en el cielo de la boca. Llega un momento en que les vencemos. Da igual, por ejemplo, que un meteorito se dirija a la Tierra, destinado a provocar la destrucción total: los científicos, o los soldados, o los mineros (estadounidenses, faltaría más…) conseguirán desviarlo o destruirlo a tiempo, y todo seguirá igual. Todos seguiremos bebiendo Coca-Cola y brindando con un bonito anochecer detrás.

Pero las cosas no son así, y empezamos a intuirlo. Por supuesto a raíz de esta pandemia que no parece tener fin, y cuyas consecuencias son imprevisibles a largo plazo. Si vienen los alienígenas con motivos bélicos, no tendremos nada que hacer. Si un meteorito (hay miles de ellos que nuestros sistemas no detectan, y que pueden estrellarse en cualquier momento) impacta y es lo bastante grande, nada nos salvará. Incluso si trabajamos unidos, algo cada vez más improbable, es posible que no podamos sobrevivir a la gran pandemia que algunos científicos dicen que se nos viene encima y que va a convertir a la del Covid en una simple anécdota. Quizá por eso hemos dejado de prestar atención a la ciencia ficción. Porque ya no puede haber ficción. Porque creo que empezamos a intuir nuestro final. O por lo menos el final del mundo tal y como lo conocemos, ya que en lugar de escuchar a los científicos, escuchamos a políticos arribistas que ni siquiera saben lo catastrófico que sería provocar daños en la Luna.

Qué bonita es la Tierra, ¿verdad? Es una canica azul y blanca que al mismo tiempo es nuestro soporte vital. No podemos destruirla sencillamente porque no somos nada comparados con ella. Cuando nos hayamos ido y los animales que queden ni se acuerden de nosotros, la Tierra seguirá dando vueltas unos cuantos cientos de millones de años más. Lo que sí podemos, lo que estamos haciendo, es firmar nuestro funesto destino, porque nos creemos especiales, porque nos creemos con derecho, porque creemos que podemos con todo. Pues no podemos. Un virus que apenas mata, infinitamente más pequeño que nosotros, ha puesto de rodillas a la humanidad entera. Es un aviso. Van a venir otros peores. ¿Qué estamos dispuestos a hacer para seguir dando vueltas a la galaxia, para seguir viajando a donde sea que nos lleven las estrellas, en lugar de perecer como la penosa y pandémica criatura que en realidad somos?

Plural: 2 comentarios en “El fin del mundo no es ninguna película”

  1. No somos nada y en pandemia todavía menos, pero es lo que tenemos y al que intente arrebatármelo lo degüello, bueno¡¡¡ pero ¿qué pasa con los que no van a la playa? que se ponen tan trascendentes, así vienen las depresiones equinas, o sea de caballo, cuidadín, jajaja

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