CINE

El cine de animación juega en otra liga

Para la mayoría de espectadores, e incluso (y esto es lo más terrible) para la mayoría de la crítica, el cine de animación se reduce a Disney, Pixar, Studio Ghibli y poco más. Es decir, a un tipo de cine muy determinado y poco sorprendente, que en sus formas netamente cinematográficas casi nunca tiene nada que aportar, cuando no se trata de un cine directamente para niños (dado el carácter infantil, en teoría, de un cine hecho de dibujos animados). Los grandes estudios, como los nombrados, de vez en cuando hacen una película que gusta a mucha gente en todo el mundo y que por tanto reclama el punto de vista de los críticos, y si es lo suficientemente universal o tiene valores, ya le cuelgan la etiqueta de obra maestra y vuelven a ignorar, de manera sistemática, el cine de animación, centrándose en el que es supuestamente importante: los dramas de prestigio del cine de imagen real.

Pero realmente no se puede entender el cine sin conocer la animación, del mismo modo que no se puede entender la literatura sin leer literatura española. Y en cuanto comienzas a conocer la animación, en todas sus facetas, ámbitos, estilos y técnicas, descubres que juega en otra liga, que es mucho más que Disney y Pixar, y que es capaz de llegar a soluciones, a imágenes, a ideas, que el cine de imagen real tiene vetadas, y en realidad es anterior al cine de imagen real Muy anterior, como prueba la existencia del artefacto llamado linterna mágica. Y aunque en sus inicios en el cine industrial, los creadores de animación se volcaron sobre todo en una animación más enfocada al público infantil, sobre todo en Estados Unidos, en otras partes del mundo la animación ha sido cualquier cosa menos infantil:

Esta es una de las bellísimas películas en animación stop-motion (marionetas animadas fotograma a fotograma) del checo Jiří Trnka, un verdadero pionero en ese tipo de cine, que por su propia naturaleza es capaz de crear mundos y texturas mucho más ricos y expresivos que el cine de imagen real, que por sus meras características opera con realidades (valga la redundancia) y no con la alquimia de la expresividad pura. El estilo de Trnka influyó a muchos otros cineastas de todo el mundo e incluso llegó a inspirar a uno de los maestros del cine de animación en general y de la stop-motion en particular, el norteamericano Henry Selick, a quien debemos tres joyas superlativas: ‘The Nightmare Before Christmas’…

…’James and the Giant Peach’…

…y Coraline

Que sólo en su apariencia son películas más infantiles, pues esconden en su lógica narrativa una lúgubre y pesimista visión del mundo. Sin embargo el referente absoluto en cuanto animación para adultos es otro norteamericano, el gran Ralph Bakshi, uno de los cineastas más influyentes de la historia del cine y posiblemente uno de los más ignorados cuando no de los más desconocidos, cuya apasionante carrera asentó las bases del cine de animación para adultos de hoy, al menos en occidente, empezando por ‘Fritz the Cat’…

…siguiendo por ‘Wizards’….

…pasando, cómo no, por la inconclusa ‘El señor de los anillos’, de la que sólo pudo filmar la primera mitad (para mi gusto muy superior a la trilogía de Jackson, pese a todo)…

…y terminando por el magistral ‘American Pop’…

…los filmes de Bakshi, además de ser verdaderas virguerías visuales, son trabajos muy críticos con la sociedad, violentos, a menudo sensuales, que se han identificado con la contracultura Underground. Empleando a menudo técnicas como la rotoscopia o la animación hiperrealista, Bakshi es un referente ineludible para el cine de animación, y por lo tanto para el cine en general.

La animación es, en sí misma, cuando la técnica trasciende el mero argumento del filme, una obra de arte visual, rango al que sólo pueden acceder algunos filmes de imagen real que a menudo tienden al preciosismo o al esteticismo. Pero tal cosa en la animación no sucede, y al mismo tiempo puede ejercer de reflexión, de espejo, a una sociedad o a múltiples sociedades, porque no entiende de fronteras. A fin de cuentas, la animación es lo que todo cine aspira a ser: un arte eminentemente visual y un soporte narrativo puro. De tal forma que con la animación los géneros suelen hiperestilizarse, volverse más abstractos, e incluso más poéticos, como le sucede a menudo al Studio Ghibli:

Este es uno de los pasajes más bellos de los últimos años, y John Ford tendría que reencarnarse diez veces para poder filmarlo. Pero los japoneses están completamente locos, artísticamente hablando, y son capaces de filmar verdaderas barbaridades como esta:

Para los japoneses, como para los directores y verdaderos amantes de este cine, la animación es como una religión. Está la animación, y luego el cine en imagen real está después. La insistencia de festivales y crítica en ignorar de manera sistemática la animación dice mucho del estado de las cosas, y de la ceguera de muchos estamentos del cine, incapaces de darse cuenta de lo que es una palmaria realidad: no que el cine de animación (incluyendo a las series de animación) sea algo más que películas para niños, sino que demasiado a menudo deja al cine en imagen real en ridículo, pues posee una mayor armonía entre sus partes por el mero hecho de que todo en la película está creado por los animadores.

Y en animación España es un referente mundial, aunque por supuesto con las dificultades que tiene cualquier artista en este «maravilloso» país a la hora de sacar adelante los proyectos. Hace poco con la estupenda ‘Buñuel en el laberinto de las tortugas’, sobre el rodaje de ‘Las Hurdes’:

Dudo mucho que una película de imagen real tuviera el encanto de esta película contando las mismas cosas que ella.

Y si nos metemos en series, obtenemos muchos más ejemplos, de todo el mundo, que van a servir para cerrar este ya largo artículo con una sonrisa en los labios (mía, y espero que del lector… de nada):

Una de las mejores creaciones Sci-Fi de la historia:

Otra:

Una de una belleza infinita (muy influenciada, esta sí, por Kurosawa):

Y cómo no:

Y así podríamos seguir ad eternum…

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LITERATURA

La falacia de comparar a Shakespeare con Cervantes

En esto de los apasionamientos, hay que tener un poco de cuidado. Más a menudo de lo que sería deseable, intelectuales con gran formación caen en absolutos, desprecios y fanatismos que terminan licuando lo mucho (o poco, según) de interesante que tengan que decir, de tal manera que aunque sepan mucho y tengan mucha razón, por decirlo de manera simple, al final te quedas, no lo puedes evitar, con eso: que son unos fanáticos, que se cabrean mucho cuando les cuentan falacias, y que están más que dispuestos a echarle la bronca al mundo entero. Tal cosa le sucede a Jesus G. Maestro, teórico de la literatura y profesor de la Universidad de Vigo, cuando se pone a hablar de lo que es literatura y lo que no, y sobre otros muchos temas. También el viejo tema de si Cervantes y Shakespeare van a la par en grandeza literaria. Él, siendo un verdadero experto en Cervantes, lo tiene claro, pero sus diatribas acaban desembocando en lugares comunes y en ese apasionamiento tan español (y mucho español) del que no da argumentos porque cree que no hacen falta. Y siempre hacen falta. Y gracias a él, y a otros que luego nombraré, voy a decir lo que yo pienso sobre el viejo tema de si Cervantes es tan grande como Shakespeare, o al revés, o quién es el más grande. Y lo primero que voy a decir es una frase del propio Jesus G. Maestro: no me importa si están de acuerdo conmigo o no, pues yo me limito a escribir mis ideas por el mero placer intelectual de hacerlo.

A menudo se cita entre los más grandes escritores de todos los tiempos más o menos a los de siempre: Tolstoi y Dostoyevski (y Chéjov, y Pushkin) por Rusia, Chaucer y Dickens por Inglaterra, Goethe y Mann (y Bretch, y Hesse) por Alemania, Montaige y Mòliere (y Balzac, y Flaubert) por Francia, Dante y Boccacio (y Giacomo Leopardi, y Nicolás Maquiavelo) por Italia, Whitman y Twain (y Faulkner, y Poe, y McCarthy, y Dickinson…) por Estados Unidos, Cervantes y Quevedo (y Lope, y Garcilaso, y Tirso, y Calderón, y Unamuno, y Juan Ramón Jiménez…) por España. A todos estos se añade siempre, o casi siempre, el del dramaturgo y sonetista William Shakespeare, considerado por muchos no solamente uno de los escritores más grandes de todos los tiempos, sino el más grande, sin discusión. Si leemos el extracto de la Encyclopædia Britannica que figura en la entrada sobre él de Wikipedia, obtenemos lo siguiente: «Shakespeare es generalmente reconocido como el más grande de los escritores de todos los tiempos, figura única en la historia de la literatura. La fama de otros poetas, tales como Homero y Dante Alighieri, o de novelistas tales como León Tolstoy o Charles Dickens, ha trascendido las barreras nacionales, pero ninguno de ellos ha llegado a alcanzar la reputación de Shakespeare, cuyas obras hoy se leen y representan con mayor frecuencia y en más países que nunca. La profecía de uno de sus grandes contemporáneos, Ben Jonson, se ha cumplido por tanto: «Shakespeare no pertenece a una sola época sino a la eternidad»».

Estoy de acuerdo con Maestro (¡cómo se pone el hombre cuando quiere!…) en que esa afirmación de la Encyclopædia Britannica es una hipérbole de una rimbombancia casi abyecta (él lo dice con otras palabras que no es ley reproducir aquí), y lo peor de todo es que la gente entra en ese texto, o en cualquiera referido a Shakespeare o a la historia de la literatura, y se lo cree sin dudarlo… ¡aún sin haber leído nada de Shakespeare, ni seguramente gran cosa de los grandes escritores de todos los tiempos! La cosa es bastante sospechosa. Resulta que un fulano que escribió una treintena de obras, a quien casi nadie lee, si es que las escribió todas él, que según parece es bastante dudoso, es el más grande escritor no de teatro sino de cualquier género de todos los tiempos. Y ello lo defienden críticos literarios (generalmente anglosajones, por supuesto, con Harold Bloom a la cabeza) sin dar muchos más argumentos. Es más, el tan manido término «shakesperiano», que usan por ejemplo bastantes críticos cinematográficos para darle una pátina de prestigio a ciertas películas, es ya habitual incluso entre personas que no han leído nada de Shakespeare. Por todo ello entiendo a algunos, como el propio Juan G. Maestro, que están convencidos de que esto no puede ser casual, que la maquinaria cultural imperial británica hizo bien su trabajo a la hora de situar a uno de los suyos a la altura del más grande novelista de todos los tiempos…¡incluso inventándose que murieron el mismo día, cuando en aquellos tiempos en Inglaterra se medían por el calendario juliano, por lo que el llamado Bardo de Avón murió un par de semanas después!

La cosa es tan terrible que ni siquiera siendo un gran hombre de letras puedes criticar a Shakespeare y no quedar como un engreído/soberbio/ignorante/cantamañanas (lo que en jerga millenial sería algo así como un troll…), pues ya lo intentó Tolstoi y le ignoraron, y no son pocos los que han cuestionado mucho la grandeza de Shakespeare, esgrimiendo argumentos muy válidos tales como que todos sus personajes hablan igual, o que muchas de sus tramas no tienen ni pies ni cabeza. A ello responde la arrasadora legión (de miles de millones, por lo visto) que repite hasta la extenuación que Shakespeare inventó la lengua inglesa, que transformó el teatro para siempre, que inventó lo humano y prácticamente que inventó la literatura él solito. Y todo ello, insisto, con una treintena larga de obras de teatro (la autoría de no pocas o bien compartida o bien muy dudosa que sea suya…aunque eso ya es lo de menos) y con unos ciento cincuenta sonetos (algunos realmente bellos, eso es verdad, aunque tampoco todos).

Pero digámoslo ya: comparar a Shakespeare con Cervantes no tiene ningún sentido. Es una necedad similar a comparar el Renacimiento Inglés con el Siglo de Oro español, por citar a dos fenómenos literarios de épocas concomitantes, rivalidad en que los británicos salen perdiendo de manera escandalosa. O, si se quiere ser más cercano, es lo mismo que comparar a un hábil guionista de cine con William Faulkner… a un rápido jugador de fútbol con Usain Bolt… a un bloguero recalcitrante con un verdadero crítico de arte. Me parece que estoy siendo lo bastante gráfico. Pero la idea es clara: muy pocas literaturas del mundo pueden compararse con la riqueza, prolijidad y grandeza conceptual a la española (para algo que teníamos bueno… por lo menos hasta hace unos sesenta o setenta años), y precisamente la británica o anglosajona no es una de ellas, aunque sin duda han existido (arriba he nombrado a algunos) geniales escritores británicos y estadounidenses. Pero, ¿por qué precisamente se ha elegido, de manera institucional, imperialista, invasiva, que sea el dudoso Shakespeare el que tenga que venir a quitarle el trono al bueno de Miguel de Cervantes? ¿Es que no había otro?

Pues si se piensa es bastante fácil. No solamente porque fueron contemporáneos y murieron con pocas semanas de diferencia, sino porque al inmenso, genial, extraordinario y majareta Don Quijote, Caballero de la Triste Figura, Alonso Quijano para sus amigos, se le puede oponer el soso, dubitativo, extraño y aún más chalado (¡porque él sí ve fantasmas!) Hamlet, príncipe de Dinamarca. Pero, insisto, comparar a un dramaturgo con un narrador tan completo como Cervantes es una temeridad que no se ha caído por su propio peso porque los hispano parlantes (la mayoría de los cuales NO se ha leído ‘El Quijote’) siempre nos hemos sentido culturalmente acomplejados (¡y debería haber sido al revés!) por lo anglosajón. Tanto que yo he escuchado a españoles decir que la prosa de Shakespeare es la mejor de la historia (también es verdad que eran mequetrefes con ínfulas los que decían esto…)…¡cuando Shakespeare jamás escribió prosa! o que era un poeta sin parangón (cuando en realidad era un sonetista, algo bastante distinto). Cabría comparar a Shakespeare con Lope de Vega, por ejemplo, porque ambos fueron importantes dramaturgos de su tiempo, pero ahí el Bardo saldría también perdiendo: Lope de Vega, además de creador de alrededor de mil quinientas comedias, fue el autor de tres novelas, unos tres mil sonetos y nueve epopeyas, entre otros trabajos literarios, algunos de los cuales considerados obras maestras de la literatura universal. O podría compararse con Calderón de la Barca, y también saldría perdiendo, porque las rimbombantes, absurdas y huecas ‘El rey Lear’ o ‘Antonio y Cleopatra’ o ‘La tempestad’ no tienen absolutamente nada que hacer, ni en construcción, ni en diálogos, ni en personajes, ni en grandeza humana, conceptual, moral o psicológica, con ‘El alcalde de Zalamea’, ‘La dama duende’, ‘El médico de su honra’ o ‘El príncipe constante’.

Veamos el inicio de ‘El rey Lear’ (‘King Lear’, basada en ‘King Leir’, texto anónimo isabelino):

I.i Entran [los Condes de] KENT y [de] GLOSTER, y EDMOND.

KENT
Creí que el rey estimaba más al Duque de Albany que al de Comwall.
GLOUCESTER
Eso creíamos nosotros. Pero ahora que divide su reino, no está claro a cuál de los dos
aprecia más, pues los méritos están tan igualados que ni la propia minuciosidad sabría
escoger entre uno y otro.
KENT
Señor, este joven, ¿no es hijo vuestro?
GLOUCESTER
Su crianza ha estado a mi cargo. Reconocerle me ha dado siempre tal sonrojo que ahora ya
estoy curtido.
KENT
No concibo…
GLOUCESTER
Pues su madre sí que concibió. Por eso echó vientre y se encontró con un hijo en la cuna
antes de tener un marido en la cama. ¿Se huele a pecado?
KENT
No quisiera corregirlo, viendo el feliz resultado.
GLOUCESTER
También tengo otro hijo, señor, de legítimo origen, un año mayor que éste, pero no más
querido. y aunque este mozo vino al mundo por la vía del vicio sin que nadie lo llamase, su
madre era hermosa, gozamos al engendrarlo y el bastardo debe ser reconocido
. ––Edmond,
¿conoces a este noble caballero?

Este es el nivel de los diálogos de Shakespeare: dos señores de alta cuna diciendo groserías y sandeces sobre una mujer. O también el famoso diálogo de ‘Romeo y Julieta’:

BENVOLIO
Ven, que se ha escondido entre estos árboles,
en alianza con la noche melancólica. Ciego es
su amor, y to oscuro, su lugar.
MERCUCIO
Si el amor es ciego, no puede atinar.
Romeo está sentado al pie de una higuera
deseando que su amada fuese el fruto
que las mozas, entre risas, llaman higo.
¡Ah, Romeo, si ella fuese, ah, si fuese
un higo abierto y tú una pera
!
Romeo, buenas noches. Me voy a mi camita,
que dormir al raso me da frío.
Ven, ¿nos vamos?
BENVOLIO
Sí, pues es inútil
buscar a quien no quiere ser hallado.

En realidad, este tipo de diálogos no son la excepción si no la norma en la producción de Shakespeare, y por cierto que en inglés, en ‘Romeo y Julieta’, no dice un higo abierto, sino un culo abierto (an open arse). Con esto es con lo que los críticos, artistas y lectores de todo el mundo llevan siglos extasiándose, y no con esto:

MENCÍA: ¡Válgame Dios, qué desdicha!
ARIAS: Decidnos a qué aposento
podrá retirarse, en tanto
que vuelva al primero aliento
su vida. ¿Pero qué miro?
¡Señora!
MENCÍA: ¡Don Arias!
ARIAS: Creo
que es sueño fingido cuanto
estoy escuchando y viendo.
Que el infante don Enrique,
más amante que primero,
vuelva a Sevilla, y te halle
con tan infeliz encuentro,
¿puede ser verdad?
MENCÍA: Sí es;
¡y ojalá que fuera sueño!
ARIAS: Pues, ¿qué haces aquí?
MENCÍA: De espacio
lo sabrás; que ahora no es tiempo
sino sólo de acudir
a la vida de tu dueño.

Es de ‘El médico de su honra’, de Pedro Calderón de la Barca. Quien tenga ojos y sentido común que lo vea. No hace falta ni insistir en que ‘Romeo y Julieta’ es una historia hueca y mal construida: jamás te crees el enamoramiento del pánfilo de Romeo por la casi niña Julieta. Tampoco te crees la maldad de Edmundo en ‘El rey Lear’, ni la estupidez supina de Otelo al ser engañado de semejante forma por Yago (supuestamente el malvado por antonomasia de la cultura occidental, según Bloom). Pero volvamos a ‘El Quijote’, que es obligado después de 400 años de dar la vara con la supuesta rivalidad del pequeñín de Shakespeare (sin duda un dramaturgo interesante, con algunas virtudes tales como su intensidad dramática, la fuerza de algunos -aislados- diálogos, algunas secuencias bien construidas) con el gigante, uno de los más grandes de la literatura universal, y el primer y más grande novelista de la historia, Don Miguel de Cervantes Saavedra (quien no solo escribió ‘El quijote’… sino bastantes cosas más).

‘Don Quijote de la mancha’, que no es una novela sino dos (‘El ingenioso hidalgo’ y ‘El ingenioso caballero’), ha sido descrita habitualmente como «una parodia de las novelas de caballerías». Esto no es correcto. Es lo mismo que decir que ‘Titanic’ (Cameron, 1997), va de un barco que se hunde. En realidad, ‘El Quijote’ es, en palabras de G. Viñó, una vasta creación intelectual, que ya en su época, primeros años del siglo XVII, se sospechaba que iba a ser una obra colosal. Esta creación no solamente desmitifica las historias de caballerías, sino que es el primer relato intertextual (es decir, plenamente literario) conocido, una salvaje crítica a todos los estamentos (culturales, sociopolíticos, religiosos, morales) de su época, una sátira para la que absolutamente todo es motivo de risión, y una mirada tierna y desacomplejada, vitalista y festiva, a veces sórdida y dolorosa, al ser humano en general y al español medio en particular…entre otras muchas cosas. Su influjo es gigantesco, no solamente en la novelística, también en el teatro, la poesía y la narrativa en general, en todo el mundo, hasta nuestros días, con numerosos ejemplos de películas y novelas que, sin saberlo (y en esto sí tenía razón Bloom) siguen la estela de Cervantes.

Rescato aquí un maravilloso párrafo del ensayo que le dedicó Fernando Vallejo con motivo del centenario de la obra:

«…entonces el gentilhombre, que es nadie más y nadie menos que don Quijote, le contesta: «Sois un grandísimo bellaco, y vos sois el vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió». ¡Eso es hablar, eso es existir, eso es ser! ¡Ay, «to be or not to be, that is the question»! ¡Qué frasecita más mariconcita! ¿Hamlecitos a mí? ¿A mí Hamlecitos, y a tales horas? «¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!». Ese «luego luego» que dijo don Quijote apremiando al carretero para que le abriera las jaulas de los leones me llega muy al corazón porque aunque ya murió en Colombia todavía lo sigo oyendo en México. Lo que sí no he logrado ver, en cambio, en México, es leones. Vivos, quiero decir, para que me los suelten…»

No hace falta ser catedrático de literatura, ni experto en Cervantes, como lo es el siempre enfadado y ofendido Jesús G. Maestro, para ver las cosas como son. ‘Don Quijote’ ha sobrevivido hasta nuestros días a pesar de que en España no se le lee, y que durante siglos no se ha cuidado a Cervantes. Le quieren mucho más en México y otros lugares, mientras en países de otra órbita, desde el imperialismo anglosajón, sin ir más lejos, llevan el mismo tiempo protegiendo y mimando e insistiendo a los cuatro vientos en que el más grande es Shakespeare, con sus necedades y sus historias sensacionalistas, y los despistados de siempre diciendo que es inabarcable y que ha inventado lo humano, nada menos. Tendrán que pasar otros cuatrocientos años, si es que la humanidad llega a tanto, para que la verdad desnuda abra los ojos del mundo entero.

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CINE, LITERATURA, MÚSICA

Macarras escribiendo críticas

Hace algunas semanas escribí un compendio de lo que no hay que hacer a la hora de escribir una crítica cinematográfica o literaria. Me lo tomé como una broma, pero resulta que es uno de mis artículos más leídos. Quién sabe, quizá lo han leído algunas personas con el firme propósito de hacerme caso, o con ánimo de reflexionar sobre lo que escriben, aunque no me cabe duda que otros lo habrán leído cachondeándose (y sin entender ni una coma) de lo que no era otra cosa, insisto, que una broma (aunque nada hay que tomarse más en serio que una broma).

Y llevo ya unos cuantos meses insistiendo, sin cansarme, en que la crítica ha desaparecido o está a punto de desaparecer. La cosa es tan terrible que incluso ya hay escritores criticándose a sí mismos (y eso no es una broma). Pero en realidad, es lo que quería el grueso de los espectadores/lectores: que la molesta, insidiosa, elitista crítica desapareciera, y fuera reemplazada, a su vez, por bufones. Incluso por ellos mismos, y ahora existe una pléyade de espectadores/lectores sin la menor formación en ninguna disciplina artística, que se creen legitimados para escribir una especie de crítica en cualquier medio digital. Pero los críticos, los buenos, siempre han existido para orientar, guiar, para motivar o desentrañar, para ejercer de forenses y para alertar de falsedades. Y eso, creo, es más necesario hoy que nunca, y por eso algunos críticos (entre los que yo orgullosamente me encuentro), no vamos a tirar la toalla, y supongo que moriremos esgrimiendo nuestros argumentos mientras otros esgrimen sus balbuceos.

He conocido a lo largo de todos estos años de cine, de búsquedas, de derrotas, de alguna victoria….también de lecturas incesantes, de conversaciones apasionantes con buenos amigos, de luchas, de conquistas… he conocido a algunos periodistas recién licenciados, o que trabajaban desde hacía pocos años en algún medio, que querían ser críticos de cine o literatura, por alguna extraña razón. Y en su despiste acudían a mí, simplemente por el hecho de que sabían que yo tengo cierta experiencia en esa labor. Lo que me habría gustado decirles (y no les dije), es que si sentían la necesidad de pedirle a alguien como yo que les orientara para escribir una crítica sobre una película, por ejemplo, es que en realidad no eran críticos, ni podían serlo nunca. También debería haberles dicho, de paso, que ni siquiera eran periodistas. Pero me reafirmaban en una idea que tengo desde hace mucho: que un periodista que se mete a escribir sobre libros o películas no es necesariamente un crítico, del mismo modo que un ministro o un concejal de cultura (y hemos tenido, y seguimos teniendo algunos recientes verdaderamente abominables) no son necesariamente grandes personas de letras, aunque quizá habrían necesitado serlo.

También he conocido (y sigo conociendo, o encontrándome por ahí, en redes sociales que no tengo pero que aún se pueden leer) a algunos que sí han ido a escuelas de arte, o han cursado estudios de cine. La mayoría de ellos, que escriben por ejemplo en internet (véase este hombre, el tal Bracero, del que he hablado alguna vez), son de una pedantería y un elitismo impresionantes. Hasta el punto que yo, que reconozco que alguna que otra vez peco de vanidad intelectual, me pregunto si en el fondo no soy el más humilde de los críticos, con gente como Bracero sentenciando una y otra vez cuáles son las películas más importantes de la historia, y qué tipo de cine es el valioso y qué otro no vale nada, o qué director (en su caso Pedro Costa), es nada menos que el cineasta más importante del cine contemporáneo, todo ello siempre en los escasos márgenes de twitter, nunca escribiendo un artículo elaborado, sino a golpe de frase categórica, y aún a veces pidiendo a los demás que argumenten sus ideas. Pero al menos Bracero, y otros como él, que han ido a escuelas de cine, que tienen nociones sobre arte y estética, saben más o menos de lo que hablan.

Es decir, no son los macarras de las críticas que nos encontramos en prácticamente cualquier lado. Tienen ideas increíblemente reduccionistas sobre lo que es el cine y el arte en general (me fascinan esas explicaciones de los planos, con líneas de colores para hacernos entender cómo está compuesto un cuadro, casi como si encontrasen los pergaminos secretos del Mar Muerto… o eso de que cada plano tiene sentido en relación con los demás…) pero al menos tienen una idea sobre el cine y han sido formados para ella. No puedo sentirlos cercanos a mi forma de pensar porque para ellos el cine es una cosa muy determinada, muy estricta, y todo lo que escapa de esa idea ya no es cine. Ahora bien, en comparación con los otros, los macarras que se dedican a escribir críticas (les paguen por ello o no, es indiferente) son maravillosos, porque por lo menos con ellos, de cuando en cuando, te das cuenta de algún detalle que se te puede haber pasado por alto en algún plano… Con los otros, los malotes de las letras, te das cuenta de que las personas con graves carencias de personalidad jamás debieron acercarse al teclado de un ordenador.

Ese es el último grupo. Lo más bajo de lo más bajo. Y son bien numerosos. Son esos que se creen que por haber leído cien libros en un año (todos recién publicados), o por haberse visto tres mil películas estadounidenses de los años treinta, cuarenta y cincuenta, pueden decirles a los demás lo que es valioso y lo que no, pueden categorizar, sentar cátedra, dictar sentencia y crear escuela. Además, por lo general, no saben escribir (yo trabajé con uno que después de hacer todo eso me pedía a mí que le dijera dónde poner las comas o cómo construir un simple párrafo, porque era prácticamente analfabeto y desconocía incluso el significado de muchas palabras), es decir, no saben explicar sus ideas, pero casi siempre son arrogantes, creídos, machotes y subiditos. No entienden, no pueden entender, que el cine es (o aspira a ser) un arte igual que la literatura o la música, y que para conocerlo de verdad, para tener el coraje de ponerte a escribir sobre él, a menos que seas un verdadero genio intelectual, necesitas ir a clases, y no a un taller, sino pasar varios años en una escuela de cine. No hay otro camino.

Los periodistas, los pedantes y los macarras no pueden ser críticos, porque el crítico de arte es, principalmente, un humanista. Escribe para la gente, no para sí mismo. No para sentirse más inteligente, ni más hombre, ni superior, ni por encima de nadie. Lo hace para divulgar, para que hasta el más simple de los hombres, hasta la más humilde de las mujeres, pueda apreciar una obra de arte. Lo que hace es darles un empujón, a esas personas, a veces muy leve, para que suban de nivel, y una vez allí puedan quedarse en ese nivel por el resto de su vida, si realmente están interesados en ello. Alguna vez dije que el crítico es el intermediario entre el artista y el receptor. No es correcto. El crítico tampoco es el traductor, ni el corrector, ni el juez del arte. Es, en verdad, el guardián del arte, incluso más que el propio artista. El crítico es el artista que por un tiempo va a custodiar y dar a conocer el arte de otros.

Así que dedicaré unas últimas palabras a cada uno de estos grupos mencionados:

Señor periodista, déjelo. Solamente el que ha estudiado arquitectura puede ser crítico de edificaciones, solamente el que ha estudiado música en el conservatorio puede ser crítico de música… y así hasta el cine: solamente el que ha estudiado cine puede ser un verdadero crítico de cine, y lo mismo pasa con la literatura. Usted, como mucho, puede ser un informante de eventos culturales, y poco más.

Señor pedante, siga intentándolo. Yo no sé cómo puede disfrutar del cine siendo usted tan cerrado, pero supongo que cada uno es responsable de sí mismo. Sigo pensando que para decir que dos personajes se llevan bien porque están juntos en la mitad derecha del plano, o se llevan mal porque están separados, no hace falta ir a una escuela de cine. También pienso que muchas cosas de las que decís sobre películas antiguas no está realmente ahí, sólo hacéis creer que lo está. El cine no es un sistema hipercodificado. Si el espectador no lo ve, no está ahí, por muy evidente que parezca al explicarlo. El espectador tiene que percibirlo, sin darse cuenta de ello, de modo que cuando se le explica, se percata de que ya lo vio, ya lo experimentó, pero no supo descifrarlo. Pero seguid intentándolo, y sobre todo escribid textos más largos: ahí es donde uno de verdad se la juega.

Señor macarra, que sé que me estás leyendo y sabes que me dirijo precisamente a ti. Seguro que sigues siendo tan feo y patético (por dentro y por fuera) como siempre. Quieres creer que eres culto y estupendo y magnífico, pero en el fondo sabes que no lo eres. Sólo eres un friki que viste muchas películas, o leíste unos cuantos libros, porque no tenías nada mejor que hacer, y ellos se convirtieron en el dique de contención de tu falta de personalidad, madurez y profundidad. Te digo lo mismo que a los periodistas: déjalo. No puedes entenderlo. Soltar sentencias y creerte el más guay no te hace crítico de nada. Un crítico nace, no se hace, y solamente después de muchos años de aprendizaje puede dar un teclazo con un mínimo de seriedad y rigor. Esto no es para ti, y yo creo que en el fondo lo sabes. Sabes que no sabes ni escribir. Así que déjalo.

Los tan denostados críticos son los espectadores o lectores (o ambas cosas) más exigentes, preparados y entregados al cine, la literatura y la música. No pueden vivir sin ello y durante todo el día, durante toda su vida, reflexionan sobre el valor y las características del arte. No caben aquí egos ni pasiones adolescentes ni gustos ni manías ni fobias ni parafilias. Los críticos son(eran) los únicos que evita(ba)n que el arte se convi(rtiera)erta en una colección de clichés y chorradas. Luego no digan que no se lo advertí.

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CINE

Películas hermanas

Han pasado unos cuantos años, pero me acuerdo bien… Me pasaba, y me pasó durante un tiempo, con algunas películas. Pero con pocas, durante mi niñez, como con ‘Dos hombres y un destino’, que luego me enteré de que se titulaba ‘Butch Cassidy and the Sundance Kid’, que la había dirigido George Roy Hill en 1969, y que casi todo lo que cuenta, o la mayor parte, es totalmente real, y que estos dos tipos encantadores, Butch y Harry Alonzo (que así se llamaba Sundance…), habían existido de verdad. Pero ya digo que eso fue luego, y en el fondo no hizo sino confirmar a mi ferverosa imaginación infantil (la misma de la que sigo gozando ahora mismo, ¿de qué otra forma afrontar la dura realidad?) que los mitos son reales, y no ficticios, como nos querían hacer creer en la escuela, y que la aventura, y todo lo que significa es a lo máximo a lo que se puede aspirar.

Claro, yo era un crío, pero desde luego quería ser Butch Cassidy o The Sundance Kid, cualquiera de los dos, y por eso me vi la película yo no sé si cincuenta veces, pues mi padre la había grabado, o había conseguido el VHS original, y así siempre que pude la ponía, y por supuesto me sabía todos sus diálogos de memoria (en español, lógicamente, muchos años después la ví por fin en VO). Me sorprendía lo divertida que era en su primer tercio, y el giro trágico cuando toda la banda menos ellos cae ante los cazadores de recompensas, y el fatum que se instalaba en la película, el destino fatal que parece perseguir a dos personajes maravillosos que yo no entendía cómo alguien podía querer verles muertos. Y me perturbaba un poco pero también me agitaba interiormente ese trío que parecían formar con la guapa Etta Place, con la que parecían tener, ambos, algo más que una amistad por momentos. En definitiva, me gustaba la película por muchas razones: me hacía reír, me excitaba, me enardecía, me provocaba ansiedad, me provocaba compasión, me impactaba su final…

Pero un día la olvidé, como te olvidas de los amigos que tuviste en el cole. Simplemente la olvidé. Sabía que existía, por supuesto. No es que de repente tuviera un ataque de alzheimer, pero dejé de saber lo que me había provocado esa película, y vi muchas otras (yo no sé si soy un cinéfilo, pero desde luego he visto miles de películas). Dejé de recordar lo que sentía por ella, en pocas palabras. Simplemente la recordaba porque la había visto innumerables veces. Y un día, hace más de una década, ví una de las películas con el título más largo que se recuerdan: ‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’ (‘The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford’, Dominik, 2007), y me pareció una maravilla desde la primera secuencia. Diciéndolo brevemente: me enamoré de ella. Uno de esos flechazos que los que estamos todo el día dándole vueltas en la cabeza a películas, a novelas y a la música nos sucede de cuando en cuando. Y la he vuelto a ver unas cuantas veces, y cada vez que la he visto me ha parecido tan brillante, singular, bella y poética como la primera vez, o más.

Pero sucede que he vuelto a ver, por un azar, ‘Butch Cassidy and the Sundance Kid’ (¡qué engolado y pomposo me resulta ahora ‘Dos hombres y un destino’!), y he entendido, en gran parte, por qué me ha gustado tanto siempre ‘The Assassination of Jesse James…’. Me ha gustado tanto porque, en realidad, Dominik vio unas cuantas veces (no tantas como yo, pero unas cuantas), la película de George Roy Hill, y aunque su estilo y el de Hill son muy diferentes, por no decir casi opuestos (por no decir que las separan casi cuarenta años de cine…), beben de la misma fuente e intentan convocar en el espectador un estado anímico parecido, con lo que alguien que conozca las dos películas no puede ver una sin acordarse de la otra. Y así, viendo de nuevo la película de George Roy Hill (y reencontrándome con mi yo de nueve o diez años, y viéndome muy distinto y al mismo tiempo muy parecido a como soy ahora…) no puedo menos que considerarlas películas hermanas y agradecer enormemente que existan, pues en ellas me reconozco a mí mismo y me reconforto, regresando una vez más a territorios míticos del Oeste Americano, que no son tan míticos porque fueron reales, pero desenmascarando la realidad de esas ficciones adquieren una mítica todavía mayor…

Y supongo que existen muchas más películas hermanas, que ahora mismo no me vienen a la cabeza (y a estas horas de la mañana no me extraña), y que se retroalimentan unas a otras, a veces de manera bastante rastrera, y a veces, como en el caso que he expuesto más arriba, de manera noble y hermosa, con ese lírico atraco al tren liderado por Jesse James, en el que de repente podrían aparecer Butch Cassidy y su inseparable Sundance para reclamar su parte del botín, y así poder seguir reclamando, los tres, toda la porción de libertad que el mundo parece negarles (negarnos a todos), y que han de conquistar a base de tiros y coraje, porque no les queda otra, porque la libertad es un bien demasiado precioso y demasiado efímero como para renunciar a él. Y yo seguiré viendo ambas películas, sin poder renunciar a mi propia libertad, la de ser yo mismo, y quién sabe si dentro de un par de años, o dentro de un par de décadas, aparecerá una película en la que su director se haya visto veinte veces ‘The Assassination of Jesse James…’ y beba directamente de ella convirtiéndose en la tercera hermana…

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CINE

‘Ghost of Tsushima’ y el blanco y negro de Akira Kurosawa

Algunos contenidos, en realidad la mayoría, se valoran por comparación. Si solamente existiera una película en toda la historia del cine, seguramente nos parecería estupenda o estúpida (¿sabíais que ambas palabras son sinónimos?), sin poder valorar más allá, o si sólo se hubiera escrito una novela, nos parecería lo más grande que jamás se hizo, porque no hay nada más con lo que podamos compararla. No es el caso, evidentemente, y cuando vemos una película sabemos que tiene calidad en gran parte porque hemos visto títulos que tienen calidad, y viceversa. Tal cosa sucede con ‘Ghosts of Tsushima’, el juego de PS4 que está gustando a mucha gente (y que está arrasando en Japón, por ejemplo) y que es sin duda un juego muy bien hecho, con grandes valores técnicos y de diseño (y al que he podido jugar gracias a que me lo ha regalado un buen amigo mío), pero gracias a él sabemos ya lo que son esas dos monstruosidades llamadas ‘The Last of Us 2’ y ‘Red Dead Redemption 2’.

A grandes rasgos se puede decir que ‘Ghosts of Tsushima’ es un juego de mundo abierto, en el que básicamente puedes hacer lo que te de la gana, ir a donde quieras y decidir cuál va a ser tu siguiente paso (aunque en los juegos de mundo abierto tienes opción de hacer bastantes más cosas que aquí). Nos convertimos en Jin Sakai, un joven samurái que ha de enfrentarse a la invasión mongol de la isla de Tshushima acaecida en el siglo XIII. La reconstrucción histórica es impresionante, los parajes japoneses en los que nos movemos son envolventes y casi hipnóticos, y como no podía ser de otra manera tiene muchísima acción y violencia (aunque, para mi sorpresa, en ningún momento veremos miembros cercenados o cabezas decapitadas). El juego, dentro de mi gran ignorancia de este medio (no temo equivocarme, sin embargo) raya a gran altura, pero jugándolo uno no puede dejar de recordar la increíble proeza técnica que fue ‘Red Dead Redemption 2’, ni la subyugante bestialidad de ‘The Last of Us 2’, y es cuando te das cuenta de lo que es magnífico (‘Ghost of Tsushima’), y de lo que es grandioso, del mismo modo que cuando ves una película de gángsters siempre vas a compararla con ‘El padrino’, y cuando ves un filme de acción siempre te vendrá a la cabeza la perfección de ‘Jungla de cristal’.

Pero no es todo esto de lo que yo realmente quería hablar. “¿No decías, Massanet, que los videojuegos no son, en realidad, narrativa?”. Por eso, por eso. Desde luego, si son narrativa lo son de muy baja calidad. No me siento cualificado para hablar de videojuegos desde un punto de vista artístico, y desde luego sé, por mucho que intente abrir mi mente, que no son narrativa (aunque nos estén narrando algo, eso no tiene nada que ver), pero hay un aspecto en ‘Ghost of Tsushima’ que me llama poderosamente la atención, y es que existe un “modo Kurosawa” para jugarlo. Es decir, que hay una opción que si la seleccionas te hace visualizar el juego entero en blanco y negro en lugar de en color, e incluso con la imagen tratada para que parezca una película antigua, y los diálogos (que yo he seleccionado en japonés, para dar más verosimilitud al asunto…) con el sonido opaco y algo distorsionado, para reforzar esa sensación. Esto para los programadores es el modo Kurosawa.

Yo no sé si habrá muchos jugones, de los que se pasan horas jugando a la consola, que sepan quién diablos fue Akira Kurosawa. Alguno habrá, desde luego, pero seguramente pocos. Y en el caso de los que jugamos a este juego, y sí lo sabemos, y sentimos veneración por ese cineasta (uno de los pocos grandes cineastas de la historia con varias obras maestras absolutas en su filmografía), no podemos evitar, tal es mi caso, sonreír un poco maliciosamente con este “modo Kurosawa”, porque por el mero hecho de poner a samurais repartiendo tajos en blanco y negro no significa que nos sintamos (los pocos cinéfilos que lo juguemos) como si estuviéramos en ‘Los siete samuráis’ (‘Shichinin no samurai’, 1954) o en ‘Yôjinbô’ (1961) o en ‘Tsubaki Sanjûrô’ (1962), porque además, existen cientos de directores japoneses que en aquellos años realizaban filmes de esta temática, y también en blanco y negro, por lo que tal opción de visualización para este juego quedaría como algo bastante petulante aunque en realidad es bastante ingenua.

Pero se agradece, pese a todo. Quizá los que se dedican a jugar demasiadas horas a la semana (yo juego de vez en cuando, pero sin pasarme), quitándole horas a leer o a ver películas, y no sepan quién es Kurosawa, se pregunten quién fue y busquen sus películas, y quizá se despierte en ellos un interés por un cine que habitualmente (por ser antiguo, por ser en blanco y negro, por ser de otro país…) no verían. Los caminos que nos llevan de un soporte a otro son inescrutables, y al menos los videojuegos están dejando de ser islas, y los programadores y diseñadores de videojuegos están demostrando que ven cine y leen libros de cuando en cuando.

Yo por mi parte seguiré dándole vueltas al viejo tema de si los videojuegos son arte, o siquiera narrativa. No para dictar sentencia, por supuesto, pues yo no soy nadie. Para mí mismo. Y cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que arte es bastante improbable que lo sean, y narrativa casi seguro que no. No son más (ni menos…) que películas interactivas. No son una forma de conocimiento, ni una forma de expresión filosófica o estética, ni un vehículo para trascender unau cualidad esencial de la emoción humana… si bien hay dos en concreto, los ya nombrados ‘The Last of Us 2’ y ‘Red Dead Redemption 2’ que de lo poco que he jugado más me han parecido dignos de elogio, por la viveza de sus caracteres, por su perfección técnica, por su diseño en todos los niveles… Ya veremos qué opinamos sobre ellos dentro de 5 ó 6 años…

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ENSAYO

La imposibilidad de explicar el apocalipsis

La vi cuando era pequeño, y nunca se me olvidó el final. Me estoy refiriendo al filme ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ (‘Invasion of the Body Snatchers’, 1956), y a ese final en el que el pobre Kevin McCarthy, que yo no sé cuántas noches llevaba sin dormir, por fin ve que la policía empieza a hacer algo, pues nadie creía su fantástica y espeluznante historia. Es una historia circular, en la que empieza como loco, pegando gritos a todo el mundo y advirtiéndoles del advenimiento de la destrucción final a manos de unas vainas que replican a la gente, etc, etc…Todo ello muy bien dirigido por el siempre hábil y solvente Don Siegel. Luego me enteré, claro, de que era una alegoría de la caza de brujas contra los comunistas, llamada Macartismo por el loco ese del senador McCarthy (apellidado igual que el actor protagonista, curiosamente…). Habría que preguntarse cómo a un niño sus padres le dejan ver esas cosas, pero yo lo que me preguntaba, aterrado, era cuantas noches podría estar sin dormir para que esos cabrones no me replicaran…

Creo que esta imagen, la del tipo aparentemente pirado al que nadie cree pero que tiene más razón que un santo, es perfecta para describir mi propia situación, sea por vía de la metáfora, no de la comparación. Tranquilos que no han llegado unas vainas alienígenas de mas allá del sistema solar dispuestas a replicarnos, convirtiéndonos en autómatas, con el objetivo de colonizar al Tierra. En realidad es muchísimo peor. Llevo ya un tiempo escribiendo en estas páginas mías acerca de la calamitosa situación de la literatura, no solo en este país (que ya de por sí es catastrófica) sino en todo el mundo, de modo que no voy a decir nada necesariamente nuevo. Pero sucede que me pongo con otras cosas (mi largo ensayo sobre Coppola, mis diatribas sobre escribir, sobre el arte) y al cabo de un tiempo regreso a este tema, pero no porque lo decida, sino porque abro la web de Casa del Libro, porque veo por ahí qué es lo que dice la gente que está leyendo, porque me entero de lo que la “crítica” se supone que dice (luego será verdad que lo dice) sobre libros que son verdadera farfolla literaria. Y no puedo evitar coger el ordenador, buscar una bella imagen sobre una fogata (bonfire en inglés para buscarla en google con mayor eficacia, que además me parece una palabra muy hermosa, aunque fogata tampoco está mal) y decir lo que pienso, y lo que pienso es que esto es el final de la literatura.

El final.

Pero claro, a mí nadie va a creerme. Cuando estoy con un compañero de trabajo, le veo leyendo alguna bazofia y, muy amablemente (créame, amigo lector, que yo no soy ningún talibán, soy un tío muy majo, mal que me pese) le digo que no se lea eso (mi frase favorita de los últimos años), y que se lea otra cosa… o cuando me pongo a hablar con mi gente más cercana sobre los libros que la gente lee hoy en día con fruición…o cuando por fin me siento delante de mi estupendo escritorio (¡por fin tengo un escritorio en condiciones!) a escribir sobre este tema, sé perfectamente, lo sé mejor de lo que nadie podría imaginar, que nadie me va a hacer ni santo caso, y que van a pensar que exagero, que soy un dramas, y bla bla bla. Que los libros están ahí para entretener, que la gente se entretiene muy bien entretenida en sus entretenimientos, que no sea radical, ni pesado y unas cuantas cosas más. Lo sé. Pero es mi forma de ser. Bastante me ha llevado aceptar mi propia naturaleza y no sucumbir en el intento. Y además lo hago por el lector, al que quizá no convenza con mis palabras, pero que él (o ella), ande ya medio convencido, y recale en esta página por casualidad (porque google le ha redirigido aquí, misteriosamente) y vea que otro pirado piensa como ella (o él), y se diga que por lo tanto a lo mejor no está tan pirado (o pirada) y que la situación puede (quizá, tal vez) que sea tal como se la imagina: dantesca.

El otro día volví a ver ‘Misery’ (Rob Reiner, 1990), y me llamó la atención ese final en el que la editora le asegura al atribulado escritor interpretado por James Caan, que la crítica del New York Times va a ser muy positiva, dando a entender que está comprada (anda que no te habría gustado eso a ti alguna que otra vez, ¿eh, Stephen King?). En realidad la cosa es mucho más fácil. El 99% de los críticos literarios (que no son críticos literarios, solamente son periodistas comentando un libro, que es algo muy diferente…) trabajan para medios como periódicos o revistas que son parte de un conglomerado editorial y financiero que, además, tiene acciones, o posee, o es el dueño de un importante sello editorial que publica esos objetos llamados libros con el objetivo de ganar dinero, aunque piensen que su objetivo es la cultura. El periodista (nunca crítico) a sueldo no puede hacer otra cosa, si tiene dos dedos de frente, que formar parte de la estrategia comercial de esa editorial, poniendo por las nubes libros que jamas deberían haberse publicado y engañando a la masa ignorante que (dicho sea de paso) se deja engañar tan a gusto.

No todos los críticos son así, por supuesto. Hay alguno que intenta hacer alguna cosa más interesante, tener una línea crítica, no depende de un conglomerado editorial y por lo tanto puede ser más coherente y ayudar de verdad al lector. Pero son tan pocos, y generalmente tan poco sagaces, que poco pueden hacer para oponerse a la ola cultural de los últimos treinta o cuarenta años, la que ha convertido la literatura europea en una piltrafa, la que ha dejado la literatura norteamericana hecha una pena, y la que ha barrido la posibilidad de que se haga buena literatura en Sudamérica y en casi cualquier otro lugar del mundo. Salvo contadas excepciones, por supuesto, que las hay, y que hacen que te den aún más ganas de que todo arda, porque si esos maravillosos escritores que se oponen a todo y logran sobrevivir escribiendo buenas novelas, y buenos libros de cuentos, aún existen, habrá otros muchos que también existen pero que no consiguen publicar nada, aplastados como estamos por miles de novedades sin el menor interés.

Háganme caso: todo lo que vean por ahí que anuncian como lo mejor del año, todo lo que ha recibido algún premio literario de la clase que sea, todo lo que vende doscientos o cuatrocientos mil ejemplares, salvo contadísimas excepciones, que de vez en cuando tienen lugar, es BASURA. No lo lean. Y no por otra cosa que por el hecho de que si lo leen, si se pasan la vida leyendo esas cosas, aunque sólo sea un año de su vida, van a quedar del todo incapacitados para leer algo verdaderamente literario, es decir, algo que de verdad valga la pena. Me sucede a mí, que tengo un gusto magnífico, pero que me leo una bazofia de novela y cuando acto seguido me pongo con algo interesante tardo unos días en saber apreciarlo porque lo anterior me ha trastocado las neuronas. Hablo totalmente en serio, ¿eh? Leer la literatura que se publica ahora mismo es un peaje en el que se paga con la incapacidad de apreciar, disfrutar y comprender la hermosa literatura de los últimos doscientos años, cuando en realidad el arte debería ser un continuo que bebe de sí mismo, pero hasta eso lo han destrozado los grandes narcotraficantes…. las grandes editoriales que nos asolan.

Si hoy alguien dice que le gusta la literatura y que lee, en un 99% de probabilidades quiere decir que le gusta la pseudo-literatura de fantasía para niños, o las novelas de “aventuras” (???) de Pérez-Reverte, o las novelas históricas de Ken Follett, no la auténtica literatura (Woolf, Faulkner, Kafka, Mann, Dostovievski, Yourcenar, Unamuno, Nabokov, Cervantes, Hugo) que le parece un rollo. ¿Cómo no va a parecerle un rollo? Ellos no tienen la culpa. Su gusto, su paladar, ha quedado completamente destruido por esos mercenarios a sueldo de las editoriales poderosas, con la connivencia de la crítica, de los profesores de literatura, de los comentaristas y reseñistas de blogs y canales de Youtube… Yo calculo, a grosso modo, que existen entre 4.000 y 8.000 libros que leer antes de morir, todos ellos aparecidos entre el siglo VIII antes de Cristo, y 1999. Créanme: no les va a dar tiempo a leérselos todos. Por lo tanto… ¡no lo pierdan leyendo lo que se publica ahora! Ni una sola obra maestra, ¡ni una!, ha aparecido en dos décadas largas del siglo XXI. Nómbrenme alguna. Les reto. Ni un solo escritor con pinta de ser recordado dentro de ochenta años. Ha habido algunas buenas novelas, es verdad. Pero obras maestras ni una sola. Y bazofia en cantidades industriales. Se podrían llenar (de hecho se llenan, para transportarlos por todo el mundo) flotas y flotas de barcos y aviones, que bien podrían ser lanzados al sol para desaparecer de la existencia.

Cuando digo que en esto del coronavirus, y el calentamiento global, y la desaparición de las especies hay que hacerles caso, de una jodida vez, a los científicos (¡y no a los políticos!) por muy pesados y soberbios y feos (suelen ser feos) que sean, puedo extrapolar eso a la literatura. No hagan caso de los periodistas, ni de los premios, ni de los anuncios, ni de las editoriales. Hagan caso de los putos críticos. Harold Bloom, que era un puto pesado, y un chulo y un listillo, tenía razón en muchas, muchísimas cosas. Y como él, el resto de críticos del mundo a los que nadie hace ni puto caso. Ellos saben de lo que hablan, por muy envarados, y estirados y soberbios y feos (suelen ser muy feos) que sean. Quizá haya que hacer en la crítica literaria lo que el bueno de James Rhodes en la música clásica: quitarle boato, quitarle etiqueta, hacerlo de otra forma. Él toca el piano en vaqueros y yo escribo una crítica literaria en vaqueros, de forma exquisita y exigente, pero entre amigos, sin tanta pompa ni circunstancia. ¡Háganme caso a mí, que escribo generalmente en vaqueros y no estoy nada mal (está feo decirlo, pero es cierto)! ¡No lean! Cada vez que cojo una novedad y me leo veinte páginas sé que eso no es literatura y una parte de mi cerebro se me muere, y para hacerla renacer tengo que leerme algo realmente bueno o se me muere para siempre. ¡No lean! ¡Es la muerte de la literatura! ¡La muerte de la literatura!

¡La muerte!

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TELEVISIÓN

Los más grandes personajes (masculinos y femeninos) de la ficción televisiva

En efecto, lo vamos a decir una vez más: llevamos unos cuantos años con la suerte de que nos han brindado, especialmente desde la Arcadia de Estados Unidos en lo que a ficciones se refiere, algunas de las mejores series de todos los tiempos. No estoy muy de acuerdo, y creo que mucha gente lo suscribirá, con esa peregrina idea de que el talento del cine norteamericano se ha fugado a las series, pero hay que reconocer que están haciendo historia, y que dentro de cincuenta o sesenta años, puede que antes, se hable de esta época como una etapa gloriosa de las ficciones televisivas, en la que un buen puñado de genios (tanto directores, como guionistas, creadores y actores de muy diverso pelo) se unieron para crear verdaderas joyas imperecederas. Lo que están haciendo varias cadenas/productoras, especialmente la HBO, es digno de toda la literatura que se está vertiendo sobre ellas, y la que se va a vertir, si bien por mi parte echo de menos un tratamiento más profundo y sagaz de los grandes personajes de esas ficciones, que son una de las piezas clave que han contribuido a su grandeza, y me propongo, con este artículo, enmendar tal cosa.

En realidad lo que me gustaría, si soy capaz de desentrañar mis propias ideas, es decidir cuáles son los más grandes personajes, los más complejos, los más extraordinarios, que ha dado la televisión, tanto masculinos como femeninos, así que supongo que las siguientes líneas van a ser algo así como un campo de batalla en el que estos caracteres inolvidables se enfrentarán unos a otros por tal primacía, en un apasionado agón con el que me propongo, de paso, averiguar, explicarme, por qué estos personajes me parece que están más vivos, tienen más encarnadura, que mucha gente que conozco.

Ellas

Empecemos por los femeninos. Lo cierto es que la preponderancia, la copiosidad y exuberancia de personajes masculinos de los últimos veinte años es notable, y deja a los personajes femeninos bastante en minoría. Pero los hay, tan formidables como los masculinos. Ya he hablado de Rue en estas páginas, la inolvidable protagonista de esa genialidad que fue la primera temporada de ‘Euphoria’, de modo que voy a hablar de otras que le van parejas. Si nos vamos a la gran serie, la más famosa y arrolladora de los últimos diez años, que por supuesto es ‘Juego de tronos’ (‘Game of Thrones’, 2011-2019), convendrá conmigo el lector (o quizá no, nunca se sabe…) en que la autoridad de Cersei Lannister/Lena Headey es incuestionable. La Daenerys Targaryen de Emilia Clarke tiene muchos más minutos en pantalla, posee un segmento narrativo para ella sola, y no tiene nada que hacer a su lado, entre otras cosas porque Headey es una actriz muy superior a Clarke. Cersei Lannister es, junto a Tyrion Lannister, su hermano en la ficción, el gran personaje de la serie, no tanto en importancia dramática como en magnificencia creativa. Pocos personajes femeninos pueden lidiar con ella, y no me imagino a ninguna actriz de los años cuarenta o cincuenta alcanzando esta perfección. Cersei no solamente es despiadada, insidiosa y vengativa, también es por momentos atormentada, narcisista y contradictoria. El trabajo de Heady es digno de admiración, pero también el de los guionisas, que han creado a un personaje legendario.

¿Quién puede estar a la altura de este monstruo? Pues fácilmente la Ladgerda, o Lagertha, de ‘Vikings’ (2013-?) de la sensacional Katheryn Winnick, que está quizá un peldaño por debajo en cuanto a las fabulosas dotes interpretativas de Headey, pero que consigue dotar al personaje de de una verdad, una belleza y una mística literalmente indescriptibles. También me ocupé de ella recientemente, pero baste decir que es una perfecta compañera de viaje de Cersei, porque mientras aquella es gélida, esta es un volcán, todo lo que aquella es hacia dentro, esta es hacia fuera, y es en gran parte responsable de la grandeza de la creación de Michael Hirst. Para encontrar un punto medio, y otra interpretación digna de elogio, tenemos que irnos a ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’, 2001-2005), y quedarnos con el personaje femenino más importante de esa singular y en muchos sentidos irrepetible serie: Brenda Chenowith, magistralmente encarnada por Rachel Griffiths en el papel de su vida. A la altura en cuanto a recursos interpretativos técnicos de Lena Headey, el trabajo de Griffiths es a cara lavada, pendiendo de un abismo en toda la serie, con un personaje extremo, ciclotímico, que es el verdadero motor del drama en la serie, porque lo es de las vicisitudes de su protagonista Nate Fisher. El viaje de Brenda es tan interesante y complejo, o incluso más, que el de Nate, y además es en segundo plano, con mucha menos presencia que Claire o Ruth, y durante gran parte de la trama es un carácter detestable o muy difícil de aceptar por el espectador. Brenda es la gran figura femenina de las ficciones televisivas del siglo XXI, porque ella representa la lucha de lo femenino, en este siglo, por imponer sus emociones a las de lo masculino, por obligar al espectador a asumir una sexualidad exacerbada (con su pareja, con su hermano, con todo su entorno) que es su verdadera identidad.

La opuesta a este carácter es la superlativa Carmela Soprano de Edie Falco, la consorte, imbuida de un arrebatado espíritu digno de Dostoievski, del rey de la mafia de New Jersey. Si el trabajo de Gandolfini es grandioso, lo es en gran parte porque delante de sí tiene a una actriz de una valentía apabullante. Edie Falco tiene el suficiente valor para crear al personaje menos atractivo de toda la serie, y de dotarle de una sinceridad que resulta desarmante, de una culpa que no le pertenece, sino que es la que no experimenta su marido, que la aplasta. En mi opinión Carmela y Brenda son personajes que viajan juntas por las sombras de un siglo XXI que ha de ser feminista, pero con un equipaje y una forma de enfrentarse al mundo bastante diferente. Carmela es tan trágica y a su modo tan bella como Brenda, pero el viaje de Brenda es hacia una mayor comprensión de sí misma, y el de Carmela es hacia la desesperación más absoluta, sin ninguna capacidad de redención.

Por todo esto creo que Carmela Soprano, Brenda Chenowitz, Cersei Lannister y Lagertha son los personajes femeninos más bellos y extraordinarios que ha dado la televisión, cada una a su estilo, y con actrices y técnicas muy diferentes.

Ellos

En cuanto a ellos, yo creo que la cosa está más clara y al mismo tiempo es más intrincada de dilucidar. En mi opinión no existe personaje de la complejidad, de la grandiosidad de Tony Soprano. Es posiblemente, el gran personaje de la televisión del siglo XXI. Representa, en sí mismo, la pérdida de confianza de los EEUU, su vorágine de violencia y capitalismo, pero también hunde sus raices en la cuestión migratoria, en los problemas raciales endémicos de ese país. Tony es un cataclismo, un cráter a partir del cual todos los demás personajes pueden medirse, y en parte sabemos que son grandes, porque le tienen a él como referencia, con la única excepción del trío de los más hermosos personajes de ‘The Wire’, de los que luego hablaré. A partir de Tony Soprano todo es posible, y tras ver esa ficción, en la que somos testigos de las vidas de algunos de los más despreciables y abyectos caracteres jamás creados, las ficciones televisivas entran en su época de esplendor definitivo.

Imposible entender al fastuoso Al Swearengen de la truncada ‘Deadwood’ (2003-2006) sin Tony Soprano. Pero Swearengen posee suficientes excelencias como para no considerarle un mero epígono de la ficción de Chase, sino que es capaz de tutear sin ningún problema al personaje de James Gandolfini, porque el estilo interpretativo del genial Ian McShane es muy diferente al del su colega italoamericano, y porque ese carácter es, en realidad, el origen de toda la violencia, la locura y el capitalismo americano que tan nítidamente percibimos en ‘The Sopranos’. Al Swearengen es un personaje apocalíptico, de un salvajismo y una inteligencia atroces, cuya única desventaja consiste en que ‘Deadwood’ quedó fatalmente truncada a la mitad de su argumento, y que la película que recientemente (2019) hemos podido ver, más que una profundización y alargamiento del personaje, es una despedida y un homenaje, muy digno pero insuficiente para paliar esa desventaja. A su modo, Swearengen es un genio intelectual y al mismo tiempo un personaje edípico, que tiene en el sheriff Bullock al padre putativo que rechaza, y en sus putas y sus secuaces las amantes y los hijos que no podrán perpetuar su genio. McShane, británico, dota al carácter de un aire casi mefistofélico, tal es su grandeza y su perfidia, y eclipsa con su mera presencia, con su fuerza icónica, al resto de personajes de la serie.

Sólo encuentro un igual, en grandeza trágica y en genio intelectual, en el inigualable Dr. Gregory House de la serie ‘House M.D’ (2004-2012), que es un procedimental brillantísimo, muy alejado en forma y fondo de las ficciones de la HBO, pero que por el extraordinario talento interpretativo de Hugh Laurie (que por siempre, mal que le pese, será este personaje) se eleva hasta cotas estrosféricas de profundidad moral y psicológica, en un viaje sin retorno en el que su creador, David Shore, lleva hasta sus últimas consecuencias la exigencia de crear un individuo tan extremo, heterogéneo y singular como este doctor, que es un adicto a la vicodina, un sociópata puro, un médico de una intuición casi sobrenatural, y una catástrofe en sus relaciones personales, hasta el punto de llegar a ser casi de una toxicidad irrespirable. Shore entendió muy pronto, y por eso es uno de los grandes personajes de todos los tiempos, que con ayuda de Laurie tenía entre manos una joya que pulir y la fue puliendo hasta su magistral episodio final, que resume todos los valores narrativos y conceptuales de la serie. De la misma manera que Swearengen, House es un personaje apocalíptico, imbuido de sí mismo, incapaz de romper una tensión psíquica, la que le lleva a ser él mismo hasta el final, como el personaje de McShane, le pese a quien le pese, incluido él mismo.

Ya he hablado del excelso personaje de Matthew McConaughey en la primera temporada de ‘True Detective’, y sobre la interpretación de este actor, una de las mejores de la historia (sinceramente, no me imagino a John Wayne, Humphrey Bogart o Jack Lemmon creando algo de esta magnitud…). Rust Cohle está cerca del genio intelectual de House o Swearengen, pero además es un místico, un ser único, y el mayor logro de esa temporada irrepetible. A su lado, la gran creación de Bryan Cranston (al que le cuadra el calificativo de bestia parda de la interpretación) en ‘Breaking Bad’ parece casi prosaica. ‘Breaking Bad’ es una buena serie, y Walter White/Heisenberg es un logro icónico, pero a mi entender está por debajo de estas alturas porque su creación está demasiado a la sombra (esta vez sí) de la de Gandolfini en ‘Los Soprano’, y carece de la belleza de los personajes de los que quiero hablar ahora, el trío maravilloso dentro del reparto coral perfecto de ‘The Wire’: Omar Little (Michael Kenneth Williams), Bubbles (Andre Royo) y Stringer Bell (Idris Elba), que conforman las alturas más inalcanzables, dentro de una serie que podría ser fácilmente la más grande de la historia de la televisión, que probablemente ha dado la HBO junto con los personajes ya nombrados. Lo que Williams, Royo y Elba, cada uno de ellos en roles muy distintos, con peso dispar y estilos diferentes de la trama, logran en ‘The Wire’ es digno de mención en cualquier escuela de interpretación, por la sencillez, la sinceridad, la honestidad con la que trabajan. Jamás parecen interpretar, sino que son el ejemplo más nítido de vivir la secuencia, y una vez más no me imagino a ningún actor del llamado “Hollywood Clásico” pudiendo conseguir algo de esta perfección.

Y para terminar imposible no nombrar a un personaje que generalmente no entra en este ramillete cuando se nombran las más grandes creaciones, y es el Ragnar de ‘Vikings’, interpretado con una fuerza casi delirante por Travis Fimmel. En mi opinión está algo por debajo de los más grandes, por cuanto Fimmel no disponen de los recursos de Gandolfini, McShane y otros, pero como le sucede al personaje de Lagertha, Fimmel dota a su caracter de una belleza, una intensidad y una verdad literalmente indescriptibles.

Y así quedaría el ramillete de los más grandes: Tony Soprano, Al Swearengen, Gregory House, Rust Cohle, Omar Little, Bubbles, Stringer Bell… muy cerca de ellos el Ragnar de Fimmel, y a la sombra, aunque sin duda siendo una gran creación, Walter White/Heisenberg.

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CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El triunfo del arte es hacerlo, no venderlo

Muchos, demasiados, que se creen escritores piensan que han llegado al cenit de su carrera por el hecho de haber conseguido que les publiquen y que por un azar del destino sean muy leídos y que cada vez que hacen una firma de libros se amontonen los lectores que quieren que se les dedique un ejemplar. Y esto sucede igual con casi cualquier arte, pero muy especialmente con la literatura. También sucede con la música y el cine, qué duda cabe, pero tal idea está muy arraigada entre los que un día se sientan a dar teclazos delante de un ordenador.

Es esta una noción de las cosas tremendamente narcisista, vacua, boba e incluso infantil, que nada tiene que ver con el arte y sí quizá con los negocios, el marketing y el dinero. Especialmente el dinero que, créanme, es lo único que le interesa a todos esos creadores profesionales de best-sellers, que incluso, en el colmo de la desfachatez, además de eclipsar los medios de comunicación y las mesas de novedades con sus pseudo-novelas, reclaman denodadamente que se les considere no solo exitosos escritores, sino grandes escritores, que les den premios y les hagan conferencias y mesas redondas porque ellos, o eso se creen, no tienen nada que envidiar a los escritores-creadores, los que la poca crítica seria que va quedando saben que son los que de verdad importan literariamente hablando.

Pero se puede extrapolar al cine, un medio absolutamente hipertrofiado y cerrado, en el que sólo se considera un filme importante o notable aquel que llega al gran público y es apreciado por él, o en el que se considera un fracaso todo aquello que no de buenos números en taquilla porque a fin de cuentas el cine “es un negocio”, y los que invierten en él tienen derecho a recuperar su dinero antes que cualquier otra consideración. Pero todo esto, no lo perdamos de vista, es algo que surge, sobre todo, desde el punto de vista del lector/espectador, no del artista.

Para el artista, en realidad, el verdadero triunfo es hacer lo que tiene que hacer y conseguir terminarlo, y al terminarlo contemplarlo con los ojos (o los oídos… o ambas cosas…) del espectador cero, y si al contemplarlo queda satisfecho poder sentirse en paz… durante un tiempo. Si además de eso intervienen otros factores, tales como un editor, un productor, una editorial, un estreno, nuevos lectores/espectadores que se acerquen a la obra, todo eso es secundario, como secundario es que guste o no guste, que sea entendida o malinterpretada. Los artistas no son bufones de salón, no son responsables de que los demás estén de buen humor.

Acabo de terminar una obra monumental, la casi inabordable ‘Doktor Faustus’ (1947) de Thomas Mann, una de las últimas que escribió y en la que por fin abordó de manera directa la tragedia alemana en la II Guerra Mundial y las atrocidades de los nazis, cuyas primeras barbaridades le llevaron a exiliarse de Alemania en 1933. En esta novela, como en todas las suyas, el genio de Mann se propone abarcar el espíritu de una época y un lugar vastísimos (el primer tercio del siglo XX en Europa, la creación artística, la teoría musical, la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche, además de su tormentosa relación con su propia sexualidad y su misión como escritor-filósofo, todo ello con una prosa excelsa en una de sus ficciones mas exigentes. Casi nada. ¿Algún despistado de los muchos que abundan por este desgraciado mundo puede creer que a Mann le importaban un carajo las ventas de esta obra magna? ¿Que se habría sentido mejor firmando centenares de ejemplares en la feria del libro? Eso puede valerles a los mequetrefes que ahora se creen escritores, y que en realidad son mercenarios a sueldo del gusto de la mayoría.

El arte, para estar vivo, no puede depender de las ventas, ni de la producción en masa, sino de la grandeza de ideas y de la ambición del estilo, todo ello casi siempre señalado, auspiciado, por la crítica más comprometida y valiente. Y siempre será así, le pese a quien le pese.

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Escribir, pase lo que pase

Cuentan que Truman Capote podía distinguir entre un libro escrito a máquina y uno escrito a mano… y si no era Capote era otro escritor famoso e igualmente proclive a afirmaciones tan llamativas como esa. Yo no sé si es verdad que alguien puede distinguir ese tipo de cosas. A lo mejor sí. Pero para seguir con el juego aviso que esta entrada en particular la estoy escribiendo con el móvil, ya que por cuestiones aburridas de explicar llevo sin conexión unos cuantos días y ahora mismo no tengo ni ordenador.

De modo que toca otro de esos artículos que no van de nada en particular y quizá de muchas cosas en general, pero supongo que los lectores habituales de estas páginas me perdonarán (pues cada vez me leen más buenos amigos, y casi ninguno, creo, de los sujetos que he tenido que aguantar durante tanto tiempo…), y se harán cargo de la situación. Pero yo creo que en esta ocasión también tengo algo interesante que decir.

Recuerdo que hace unos años no conseguía un ritmo adecuado de escritura, o bien cualquier ritmo que me impusiera me agotaba a los pocos días. Ahora es todo lo contrario: ahora si no escribo, aunque sea un artículo sobre narrativa, me siento cansado y sin ganas de nada. Ahora ya es un hábito en mí, y aunque me vea obligado a escribir con el móvil (como es el caso) lo hago y ya está, y probablemente, debido a que esto se parece mucho a escribir con el puto whatsapp, la calidad de mi escritura se resienta, o esté cometiendo errores gramaticales de los que no me estoy percatando.

No me importa. Aún puedo teclear, y eso me hace sentir bien. El escritor escribe, todos los días. Y no lo hace para que le paguen, o para expresarse, o para sentirse superior. Lo hace porque no tiene más remedio, y porque de lo contrario no se siente bien. Un escritor escribe todos los días, igual que un músico toca todos los días o un deportista ejercita su cuerpo de sol a sol. Y aunque a veces me siento seco, que no tengo nada más que decir en cuanto a narrativa, que ya no tengo temas sobre los que escribir, leo algo o veo algo que me impulsa a seguir haciéndolo.

No me sucede así con mis ficciones, afortunadamente. Me he pasado décadas alimentándolas, nutriéndolas, y esperando al momento adecuado para empezar a escribirlas y a ponerlas en negro sobre blanco. Lo único que podrá evitar que siga escribiendo, con el ordenador, a máquina, a mano con un lápiz en un cuaderno, es que o bien la muerte o una enfermedad muy grave me impidiera seguir haciéndolo.

Y eso me hace estar bien. Me hace sentir en paz.

De modo que va a ser muy difícil que deje de dar la matraca con mis particulares ideas sobre narrativa, o que siga diciendo lo que me parecen las cuestionables y a veces delirantes o deleznables. Yo soy así, nací peleón. Cuando algo me repugna o me indigna, ya sea en el mundo de las ideas o en mi vida personal, lo digo y lo proclamo bien alto. No me gustan los cínicos, ni los matones, ni los creídos, ni los victimistas. Me gustan los honestos, los valientes, los temerarios y los singulares.

Y esto de escribir con el móvil no me gusta nada, lo acabo de descubrir. Pero ¿se nota mucho la diferencia? Lamentablemente por el momento no me lo van a poder decir porque desde este escritorio no puedo habilitar los comentarios…

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No sabes de lo que hablas

Durante estos meses de pesadilla, muchos que deberían haber mantenido la boca cerrada (sobre todo, políticos y periodistas), han hablado de cosas de las que no tenían ni idea, en lugar de dejar hablar, y permitir que escucháramos, a científicos y gente muy concreta que ha recibido una preparación y tiene una gran experiencia. Y esto no solamente sucede cuando una pandemia pone al mundo entero de rodillas, sino en casi cualquier ámbito de la vida. No se me ocurriría a mí decirle a un arquitecto cómo se hacen los planos de un edificio, ni a un chef explicarle cómo hacer mejor sus platos, pero todo el mundo, tenga preparación o no, cree saber por qué razón estamos ante un buen libro, o qué elementos conforman una buena película, y no tienen el menor interés en escuchar a nadie ni aprender algo en su vida.

Casi prefiero, muchas veces, que la gente a la que escucho hablar, o que desgraciadamente leo aquí y allá, echen mano de la tan despreciable y tiránica fórmula del «me gusta» o «no me gusta», que cuando se ponen a esgrimir ideas o argumentos que me dejan claro que no saben de lo que hablan, y esto me sucede tanto con el sujeto al que oigo hablar en una terraza de un bar, como al bloguero de turno, aunque le paguen a tanto el artículo. Porque además, todo el mundo echa mano de las mismas ideas manidas, de los mismos clichés absurdos, perpetuados una y otra vez por tierra mar y aire. Y aquí, en este artículo, me propongo reunir unas cuantas de esas ideas manidas, para dejarlas por escrito, porque cuando uno es forense de las películas, de los libros y de cualquier otro soporte narrativo, también lo es de lo que la gente sin preparación ninguna dice sobre materiales narrativos dejando clara su ignorancia:

–»Ese actor no gesticula». Ya he hablado una cuantas veces sobre esta frase sin pies ni cabeza. Los actores de cine no deben gesticular, no solamente porque no son actores de teatro, principalmente porque no son monos de feria. Lo que quiere decir esta frase: «ese actor está haciendo un personaje muy poco expresivo, que no me lo da todo mascado, y me obliga a averiguar a mí, espectador indolente, qué es lo que le sucede».

–»El séptimo arte». Eso del séptimo arte es un lugar común al que se aferran aquellos que no poseen la menor formación sobre arte, no solamente cinematográfico, sino de ninguna otra clase. Sería arduo, y fútil, explicar aquí la diferencia entre un fenómeno artesanal y las bellas artes. Lo que quiere decir esta frase: «voy a emplear una expresión que suena a culta, porque no sé muy bien cuáles son las otras artes, ni tengo interés en averiguarlo».

–»Esa escena esta hecha así en homenaje a/por influencia de…». Muchos se rompen las neuronas y tratan de trufar sus textos con ideas cogidas por los pelos, como que la cámara lenta en algunas secuencias de ‘Inception’ (Nolan, 2010) está influenciada por el ralentí de Peckinpah. Lo que quiere decir esta frase: «espero que nadie tenga el valor de rebatirme, porque sé que es un argumento falaz, pero al menos cito a un director importante de la historia del cine para hacer más culto mi texto».

–»Con aliento shakesperiano». Tal cosa se ha dicho de ‘El padrino’. También del ‘Ran’ de Kurosawa, esa vez con mayor fundamente, porque está obviamente basada en ‘El rey Lear’. Lo cierto es que ese es un cliché increíblemente extendido, para hablar de películas que no tienen nada de shakesperiano. Lo que quiere decir esta frase: «no he leído, ni pienso leer a Shakespeare, pero si lo digo o escribo aquí, nadie podrá rebatírmelo, y parecerá que sí lo he leído».

–»Ya no se hacen películas como las de antes…». Esta expresión, o esta idea, está sustentada sobre todo por aquellos que creen que el cine académico/teatral (mal llamado clásico), es lo más grande que habrá jamás, sobre todo el norteamericano. Lo que quiere decir esta frase: «no poseo la formación suficiente para enfrentarme a obras modernas, pero si digo esto quedará como que sé de lo que hablo».

–»El arco del personaje…». Valdría la pena decir, una vez más, que estamos hablando de cine, no de teatro. Lo del arco del personaje es una chorrada memorable que tal vez valiera la pena emplear en el siglo XIX, pero no ahora. Lo que quiere decir esta frase: «empleo esta expresión con aspecto de interesante para no tener que decir que no entiendo a este personaje».

–»El cine está hecho para entretener…». Ya he comentado aquí, en más de una ocasión, que es muy improbable que un director, uno de verdad, se ponga hacer una película durante tres, o cuatro, o seis años de su vida, con el objetivo de entretenerte a ti un sábado por la noche. Pero hay gente que lo cree, como hay gente que cree que la Tierra es plana. Lo que quiere decir esta frase: «no estoy preparado para enfrentarme a un cine interesante y valiente, por lo que todo aquello que no sea diversión simple voy a despreciarlo sin ambages».

–»Es una película lenta…». El tema del ritmo y del tempo de una película, que es capital, y al que incluso algunos luminarias se niegan a concederle la importancia que merece, es denso y complejo. Tal argumento lo esgrimen aquellos que quieren quejarse de que una película sea aburrida, o que no les dé aquellos que esperaban. Lo que quiere decir esta frase: «por mucho que me las dé de crítico o entendido, solamente puedo entender los filmes con planos de una media de dos o tres segundos de duración, y sobre temas conocidos o muy manidos, y todo lo demás me parece lento o aburrido».

–»Es una película clásica…». Esta expresión suele usarla gente con muy poca cultura cinéfila, como si con ella le dieran una pátina de prestigio a un filme, sin necesidad de argumentar más. Lo que quiere decir esta frase: «No sé qué argumentos dar, pero es un filme antiguo y famoso y por ello debe ser una película clásica».

Seguro que hay muchos más lugares comunes e ideas sobre el cine preconcebidas, pero yo creo que estas son las más importantes, y las que dentro de veinte años volveré a escuchar, en boca de cualquier charlatán en un bar, o en la de cualquier crítico o aspirante a serlo. Si los políticos de turno y los periodistas que dan mala fama a su profesión pueden opinar sobre la mejor forma de enfrentarse a una pandemia que ha dejado las economías de todo el mundo para el arrastre… ¿cómo no va a opinar cualquiera, con voz altisonante, sobre algo tan frívolo como las películas, empleando las mismas chorradas de argumentos una y otra vez para dárselas de entendidos? Son como un ciego tratando de describir el arco-iris, a los que tenemos que escuchar o leer nos guste o no.

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