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Cuentan que Truman Capote podía distinguir entre un libro escrito a máquina y uno escrito a mano… y si no era Capote era otro escritor famoso e igualmente proclive a afirmaciones tan llamativas como esa. Yo no sé si es verdad que alguien puede distinguir ese tipo de cosas. A lo mejor sí. Pero para seguir con el juego aviso que esta entrada en particular la estoy escribiendo con el móvil, ya que por cuestiones aburridas de explicar llevo sin conexión unos cuantos días y ahora mismo no tengo ni ordenador.

De modo que toca otro de esos artículos que no van de nada en particular y quizá de muchas cosas en general, pero supongo que los lectores habituales de estas páginas me perdonarán (pues cada vez me leen más buenos amigos, y casi ninguno, creo, de los sujetos que he tenido que aguantar durante tanto tiempo…), y se harán cargo de la situación. Pero yo creo que en esta ocasión también tengo algo interesante que decir.

Recuerdo que hace unos años no conseguía un ritmo adecuado de escritura, o bien cualquier ritmo que me impusiera me agotaba a los pocos días. Ahora es todo lo contrario: ahora si no escribo, aunque sea un artículo sobre narrativa, me siento cansado y sin ganas de nada. Ahora ya es un hábito en mí, y aunque me vea obligado a escribir con el móvil (como es el caso) lo hago y ya está, y probablemente, debido a que esto se parece mucho a escribir con el puto whatsapp, la calidad de mi escritura se resienta, o esté cometiendo errores gramaticales de los que no me estoy percatando.

No me importa. Aún puedo teclear, y eso me hace sentir bien. El escritor escribe, todos los días. Y no lo hace para que le paguen, o para expresarse, o para sentirse superior. Lo hace porque no tiene más remedio, y porque de lo contrario no se siente bien. Un escritor escribe todos los días, igual que un músico toca todos los días o un deportista ejercita su cuerpo de sol a sol. Y aunque a veces me siento seco, que no tengo nada más que decir en cuanto a narrativa, que ya no tengo temas sobre los que escribir, leo algo o veo algo que me impulsa a seguir haciéndolo.

No me sucede así con mis ficciones, afortunadamente. Me he pasado décadas alimentándolas, nutriéndolas, y esperando al momento adecuado para empezar a escribirlas y a ponerlas en negro sobre blanco. Lo único que podrá evitar que siga escribiendo, con el ordenador, a máquina, a mano con un lápiz en un cuaderno, es que o bien la muerte o una enfermedad muy grave me impidiera seguir haciéndolo.

Y eso me hace estar bien. Me hace sentir en paz.

De modo que va a ser muy difícil que deje de dar la matraca con mis particulares ideas sobre narrativa, o que siga diciendo lo que me parecen las cuestionables y a veces delirantes o deleznables. Yo soy así, nací peleón. Cuando algo me repugna o me indigna, ya sea en el mundo de las ideas o en mi vida personal, lo digo y lo proclamo bien alto. No me gustan los cínicos, ni los matones, ni los creídos, ni los victimistas. Me gustan los honestos, los valientes, los temerarios y los singulares.

Y esto de escribir con el móvil no me gusta nada, lo acabo de descubrir. Pero ¿se nota mucho la diferencia? Lamentablemente por el momento no me lo van a poder decir porque desde este escritorio no puedo habilitar los comentarios…

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