ENSAYO

La imposibilidad de explicar el apocalipsis

La vi cuando era pequeño, y nunca se me olvidó el final. Me estoy refiriendo al filme ‘La invasión de los ladrones de cuerpos’ (‘Invasion of the Body Snatchers’, 1956), y a ese final en el que el pobre Kevin McCarthy, que yo no sé cuántas noches llevaba sin dormir, por fin ve que la policía empieza a hacer algo, pues nadie creía su fantástica y espeluznante historia. Es una historia circular, en la que empieza como loco, pegando gritos a todo el mundo y advirtiéndoles del advenimiento de la destrucción final a manos de unas vainas que replican a la gente, etc, etc…Todo ello muy bien dirigido por el siempre hábil y solvente Don Siegel. Luego me enteré, claro, de que era una alegoría de la caza de brujas contra los comunistas, llamada Macartismo por el loco ese del senador McCarthy (apellidado igual que el actor protagonista, curiosamente…). Habría que preguntarse cómo a un niño sus padres le dejan ver esas cosas, pero yo lo que me preguntaba, aterrado, era cuantas noches podría estar sin dormir para que esos cabrones no me replicaran…

Creo que esta imagen, la del tipo aparentemente pirado al que nadie cree pero que tiene más razón que un santo, es perfecta para describir mi propia situación, sea por vía de la metáfora, no de la comparación. Tranquilos que no han llegado unas vainas alienígenas de mas allá del sistema solar dispuestas a replicarnos, convirtiéndonos en autómatas, con el objetivo de colonizar al Tierra. En realidad es muchísimo peor. Llevo ya un tiempo escribiendo en estas páginas mías acerca de la calamitosa situación de la literatura, no solo en este país (que ya de por sí es catastrófica) sino en todo el mundo, de modo que no voy a decir nada necesariamente nuevo. Pero sucede que me pongo con otras cosas (mi largo ensayo sobre Coppola, mis diatribas sobre escribir, sobre el arte) y al cabo de un tiempo regreso a este tema, pero no porque lo decida, sino porque abro la web de Casa del Libro, porque veo por ahí qué es lo que dice la gente que está leyendo, porque me entero de lo que la “crítica” se supone que dice (luego será verdad que lo dice) sobre libros que son verdadera farfolla literaria. Y no puedo evitar coger el ordenador, buscar una bella imagen sobre una fogata (bonfire en inglés para buscarla en google con mayor eficacia, que además me parece una palabra muy hermosa, aunque fogata tampoco está mal) y decir lo que pienso, y lo que pienso es que esto es el final de la literatura.

El final.

Pero claro, a mí nadie va a creerme. Cuando estoy con un compañero de trabajo, le veo leyendo alguna bazofia y, muy amablemente (créame, amigo lector, que yo no soy ningún talibán, soy un tío muy majo, mal que me pese) le digo que no se lea eso (mi frase favorita de los últimos años), y que se lea otra cosa… o cuando me pongo a hablar con mi gente más cercana sobre los libros que la gente lee hoy en día con fruición…o cuando por fin me siento delante de mi estupendo escritorio (¡por fin tengo un escritorio en condiciones!) a escribir sobre este tema, sé perfectamente, lo sé mejor de lo que nadie podría imaginar, que nadie me va a hacer ni santo caso, y que van a pensar que exagero, que soy un dramas, y bla bla bla. Que los libros están ahí para entretener, que la gente se entretiene muy bien entretenida en sus entretenimientos, que no sea radical, ni pesado y unas cuantas cosas más. Lo sé. Pero es mi forma de ser. Bastante me ha llevado aceptar mi propia naturaleza y no sucumbir en el intento. Y además lo hago por el lector, al que quizá no convenza con mis palabras, pero que él (o ella), ande ya medio convencido, y recale en esta página por casualidad (porque google le ha redirigido aquí, misteriosamente) y vea que otro pirado piensa como ella (o él), y se diga que por lo tanto a lo mejor no está tan pirado (o pirada) y que la situación puede (quizá, tal vez) que sea tal como se la imagina: dantesca.

El otro día volví a ver ‘Misery’ (Rob Reiner, 1990), y me llamó la atención ese final en el que la editora le asegura al atribulado escritor interpretado por James Caan, que la crítica del New York Times va a ser muy positiva, dando a entender que está comprada (anda que no te habría gustado eso a ti alguna que otra vez, ¿eh, Stephen King?). En realidad la cosa es mucho más fácil. El 99% de los críticos literarios (que no son críticos literarios, solamente son periodistas comentando un libro, que es algo muy diferente…) trabajan para medios como periódicos o revistas que son parte de un conglomerado editorial y financiero que, además, tiene acciones, o posee, o es el dueño de un importante sello editorial que publica esos objetos llamados libros con el objetivo de ganar dinero, aunque piensen que su objetivo es la cultura. El periodista (nunca crítico) a sueldo no puede hacer otra cosa, si tiene dos dedos de frente, que formar parte de la estrategia comercial de esa editorial, poniendo por las nubes libros que jamas deberían haberse publicado y engañando a la masa ignorante que (dicho sea de paso) se deja engañar tan a gusto.

No todos los críticos son así, por supuesto. Hay alguno que intenta hacer alguna cosa más interesante, tener una línea crítica, no depende de un conglomerado editorial y por lo tanto puede ser más coherente y ayudar de verdad al lector. Pero son tan pocos, y generalmente tan poco sagaces, que poco pueden hacer para oponerse a la ola cultural de los últimos treinta o cuarenta años, la que ha convertido la literatura europea en una piltrafa, la que ha dejado la literatura norteamericana hecha una pena, y la que ha barrido la posibilidad de que se haga buena literatura en Sudamérica y en casi cualquier otro lugar del mundo. Salvo contadas excepciones, por supuesto, que las hay, y que hacen que te den aún más ganas de que todo arda, porque si esos maravillosos escritores que se oponen a todo y logran sobrevivir escribiendo buenas novelas, y buenos libros de cuentos, aún existen, habrá otros muchos que también existen pero que no consiguen publicar nada, aplastados como estamos por miles de novedades sin el menor interés.

Háganme caso: todo lo que vean por ahí que anuncian como lo mejor del año, todo lo que ha recibido algún premio literario de la clase que sea, todo lo que vende doscientos o cuatrocientos mil ejemplares, salvo contadísimas excepciones, que de vez en cuando tienen lugar, es BASURA. No lo lean. Y no por otra cosa que por el hecho de que si lo leen, si se pasan la vida leyendo esas cosas, aunque sólo sea un año de su vida, van a quedar del todo incapacitados para leer algo verdaderamente literario, es decir, algo que de verdad valga la pena. Me sucede a mí, que tengo un gusto magnífico, pero que me leo una bazofia de novela y cuando acto seguido me pongo con algo interesante tardo unos días en saber apreciarlo porque lo anterior me ha trastocado las neuronas. Hablo totalmente en serio, ¿eh? Leer la literatura que se publica ahora mismo es un peaje en el que se paga con la incapacidad de apreciar, disfrutar y comprender la hermosa literatura de los últimos doscientos años, cuando en realidad el arte debería ser un continuo que bebe de sí mismo, pero hasta eso lo han destrozado los grandes narcotraficantes…. las grandes editoriales que nos asolan.

Si hoy alguien dice que le gusta la literatura y que lee, en un 99% de probabilidades quiere decir que le gusta la pseudo-literatura de fantasía para niños, o las novelas de “aventuras” (???) de Pérez-Reverte, o las novelas históricas de Ken Follett, no la auténtica literatura (Woolf, Faulkner, Kafka, Mann, Dostovievski, Yourcenar, Unamuno, Nabokov, Cervantes, Hugo) que le parece un rollo. ¿Cómo no va a parecerle un rollo? Ellos no tienen la culpa. Su gusto, su paladar, ha quedado completamente destruido por esos mercenarios a sueldo de las editoriales poderosas, con la connivencia de la crítica, de los profesores de literatura, de los comentaristas y reseñistas de blogs y canales de Youtube… Yo calculo, a grosso modo, que existen entre 4.000 y 8.000 libros que leer antes de morir, todos ellos aparecidos entre el siglo VIII antes de Cristo, y 1999. Créanme: no les va a dar tiempo a leérselos todos. Por lo tanto… ¡no lo pierdan leyendo lo que se publica ahora! Ni una sola obra maestra, ¡ni una!, ha aparecido en dos décadas largas del siglo XXI. Nómbrenme alguna. Les reto. Ni un solo escritor con pinta de ser recordado dentro de ochenta años. Ha habido algunas buenas novelas, es verdad. Pero obras maestras ni una sola. Y bazofia en cantidades industriales. Se podrían llenar (de hecho se llenan, para transportarlos por todo el mundo) flotas y flotas de barcos y aviones, que bien podrían ser lanzados al sol para desaparecer de la existencia.

Cuando digo que en esto del coronavirus, y el calentamiento global, y la desaparición de las especies hay que hacerles caso, de una jodida vez, a los científicos (¡y no a los políticos!) por muy pesados y soberbios y feos (suelen ser feos) que sean, puedo extrapolar eso a la literatura. No hagan caso de los periodistas, ni de los premios, ni de los anuncios, ni de las editoriales. Hagan caso de los putos críticos. Harold Bloom, que era un puto pesado, y un chulo y un listillo, tenía razón en muchas, muchísimas cosas. Y como él, el resto de críticos del mundo a los que nadie hace ni puto caso. Ellos saben de lo que hablan, por muy envarados, y estirados y soberbios y feos (suelen ser muy feos) que sean. Quizá haya que hacer en la crítica literaria lo que el bueno de James Rhodes en la música clásica: quitarle boato, quitarle etiqueta, hacerlo de otra forma. Él toca el piano en vaqueros y yo escribo una crítica literaria en vaqueros, de forma exquisita y exigente, pero entre amigos, sin tanta pompa ni circunstancia. ¡Háganme caso a mí, que escribo generalmente en vaqueros y no estoy nada mal (está feo decirlo, pero es cierto)! ¡No lean! Cada vez que cojo una novedad y me leo veinte páginas sé que eso no es literatura y una parte de mi cerebro se me muere, y para hacerla renacer tengo que leerme algo realmente bueno o se me muere para siempre. ¡No lean! ¡Es la muerte de la literatura! ¡La muerte de la literatura!

¡La muerte!

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