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Han pasado unos cuantos años, pero me acuerdo bien… Me pasaba, y me pasó durante un tiempo, con algunas películas. Pero con pocas, durante mi niñez, como con ‘Dos hombres y un destino’, que luego me enteré de que se titulaba ‘Butch Cassidy and the Sundance Kid’, que la había dirigido George Roy Hill en 1969, y que casi todo lo que cuenta, o la mayor parte, es totalmente real, y que estos dos tipos encantadores, Butch y Harry Alonzo (que así se llamaba Sundance…), habían existido de verdad. Pero ya digo que eso fue luego, y en el fondo no hizo sino confirmar a mi ferverosa imaginación infantil (la misma de la que sigo gozando ahora mismo, ¿de qué otra forma afrontar la dura realidad?) que los mitos son reales, y no ficticios, como nos querían hacer creer en la escuela, y que la aventura, y todo lo que significa es a lo máximo a lo que se puede aspirar.

Claro, yo era un crío, pero desde luego quería ser Butch Cassidy o The Sundance Kid, cualquiera de los dos, y por eso me vi la película yo no sé si cincuenta veces, pues mi padre la había grabado, o había conseguido el VHS original, y así siempre que pude la ponía, y por supuesto me sabía todos sus diálogos de memoria (en español, lógicamente, muchos años después la ví por fin en VO). Me sorprendía lo divertida que era en su primer tercio, y el giro trágico cuando toda la banda menos ellos cae ante los cazadores de recompensas, y el fatum que se instalaba en la película, el destino fatal que parece perseguir a dos personajes maravillosos que yo no entendía cómo alguien podía querer verles muertos. Y me perturbaba un poco pero también me agitaba interiormente ese trío que parecían formar con la guapa Etta Place, con la que parecían tener, ambos, algo más que una amistad por momentos. En definitiva, me gustaba la película por muchas razones: me hacía reír, me excitaba, me enardecía, me provocaba ansiedad, me provocaba compasión, me impactaba su final…

Pero un día la olvidé, como te olvidas de los amigos que tuviste en el cole. Simplemente la olvidé. Sabía que existía, por supuesto. No es que de repente tuviera un ataque de alzheimer, pero dejé de saber lo que me había provocado esa película, y vi muchas otras (yo no sé si soy un cinéfilo, pero desde luego he visto miles de películas). Dejé de recordar lo que sentía por ella, en pocas palabras. Simplemente la recordaba porque la había visto innumerables veces. Y un día, hace más de una década, ví una de las películas con el título más largo que se recuerdan: ‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’ (‘The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford’, Dominik, 2007), y me pareció una maravilla desde la primera secuencia. Diciéndolo brevemente: me enamoré de ella. Uno de esos flechazos que los que estamos todo el día dándole vueltas en la cabeza a películas, a novelas y a la música nos sucede de cuando en cuando. Y la he vuelto a ver unas cuantas veces, y cada vez que la he visto me ha parecido tan brillante, singular, bella y poética como la primera vez, o más.

Pero sucede que he vuelto a ver, por un azar, ‘Butch Cassidy and the Sundance Kid’ (¡qué engolado y pomposo me resulta ahora ‘Dos hombres y un destino’!), y he entendido, en gran parte, por qué me ha gustado tanto siempre ‘The Assassination of Jesse James…’. Me ha gustado tanto porque, en realidad, Dominik vio unas cuantas veces (no tantas como yo, pero unas cuantas), la película de George Roy Hill, y aunque su estilo y el de Hill son muy diferentes, por no decir casi opuestos (por no decir que las separan casi cuarenta años de cine…), beben de la misma fuente e intentan convocar en el espectador un estado anímico parecido, con lo que alguien que conozca las dos películas no puede ver una sin acordarse de la otra. Y así, viendo de nuevo la película de George Roy Hill (y reencontrándome con mi yo de nueve o diez años, y viéndome muy distinto y al mismo tiempo muy parecido a como soy ahora…) no puedo menos que considerarlas películas hermanas y agradecer enormemente que existan, pues en ellas me reconozco a mí mismo y me reconforto, regresando una vez más a territorios míticos del Oeste Americano, que no son tan míticos porque fueron reales, pero desenmascarando la realidad de esas ficciones adquieren una mítica todavía mayor…

Y supongo que existen muchas más películas hermanas, que ahora mismo no me vienen a la cabeza (y a estas horas de la mañana no me extraña), y que se retroalimentan unas a otras, a veces de manera bastante rastrera, y a veces, como en el caso que he expuesto más arriba, de manera noble y hermosa, con ese lírico atraco al tren liderado por Jesse James, en el que de repente podrían aparecer Butch Cassidy y su inseparable Sundance para reclamar su parte del botín, y así poder seguir reclamando, los tres, toda la porción de libertad que el mundo parece negarles (negarnos a todos), y que han de conquistar a base de tiros y coraje, porque no les queda otra, porque la libertad es un bien demasiado precioso y demasiado efímero como para renunciar a él. Y yo seguiré viendo ambas películas, sin poder renunciar a mi propia libertad, la de ser yo mismo, y quién sabe si dentro de un par de años, o dentro de un par de décadas, aparecerá una película en la que su director se haya visto veinte veces ‘The Assassination of Jesse James…’ y beba directamente de ella convirtiéndose en la tercera hermana…

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