Macarras escribiendo críticas

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Hace algunas semanas escribí un compendio de lo que no hay que hacer a la hora de escribir una crítica cinematográfica o literaria. Me lo tomé como una broma, pero resulta que es uno de mis artículos más leídos. Quién sabe, quizá lo han leído algunas personas con el firme propósito de hacerme caso, o con ánimo de reflexionar sobre lo que escriben, aunque no me cabe duda que otros lo habrán leído cachondeándose (y sin entender ni una coma) de lo que no era otra cosa, insisto, que una broma (aunque nada hay que tomarse más en serio que una broma).

Y llevo ya unos cuantos meses insistiendo, sin cansarme, en que la crítica ha desaparecido o está a punto de desaparecer. La cosa es tan terrible que incluso ya hay escritores criticándose a sí mismos (y eso no es una broma). Pero en realidad, es lo que quería el grueso de los espectadores/lectores: que la molesta, insidiosa, elitista crítica desapareciera, y fuera reemplazada, a su vez, por bufones. Incluso por ellos mismos, y ahora existe una pléyade de espectadores/lectores sin la menor formación en ninguna disciplina artística, que se creen legitimados para escribir una especie de crítica en cualquier medio digital. Pero los críticos, los buenos, siempre han existido para orientar, guiar, para motivar o desentrañar, para ejercer de forenses y para alertar de falsedades. Y eso, creo, es más necesario hoy que nunca, y por eso algunos críticos (entre los que yo orgullosamente me encuentro), no vamos a tirar la toalla, y supongo que moriremos esgrimiendo nuestros argumentos mientras otros esgrimen sus balbuceos.

He conocido a lo largo de todos estos años de cine, de búsquedas, de derrotas, de alguna victoria….también de lecturas incesantes, de conversaciones apasionantes con buenos amigos, de luchas, de conquistas… he conocido a algunos periodistas recién licenciados, o que trabajaban desde hacía pocos años en algún medio, que querían ser críticos de cine o literatura, por alguna extraña razón. Y en su despiste acudían a mí, simplemente por el hecho de que sabían que yo tengo cierta experiencia en esa labor. Lo que me habría gustado decirles (y no les dije), es que si sentían la necesidad de pedirle a alguien como yo que les orientara para escribir una crítica sobre una película, por ejemplo, es que en realidad no eran críticos, ni podían serlo nunca. También debería haberles dicho, de paso, que ni siquiera eran periodistas. Pero me reafirmaban en una idea que tengo desde hace mucho: que un periodista que se mete a escribir sobre libros o películas no es necesariamente un crítico, del mismo modo que un ministro o un concejal de cultura (y hemos tenido, y seguimos teniendo algunos recientes verdaderamente abominables) no son necesariamente grandes personas de letras, aunque quizá habrían necesitado serlo.

También he conocido (y sigo conociendo, o encontrándome por ahí, en redes sociales que no tengo pero que aún se pueden leer) a algunos que sí han ido a escuelas de arte, o han cursado estudios de cine. La mayoría de ellos, que escriben por ejemplo en internet (véase este hombre, el tal Bracero, del que he hablado alguna vez), son de una pedantería y un elitismo impresionantes. Hasta el punto que yo, que reconozco que alguna que otra vez peco de vanidad intelectual, me pregunto si en el fondo no soy el más humilde de los críticos, con gente como Bracero sentenciando una y otra vez cuáles son las películas más importantes de la historia, y qué tipo de cine es el valioso y qué otro no vale nada, o qué director (en su caso Pedro Costa), es nada menos que el cineasta más importante del cine contemporáneo, todo ello siempre en los escasos márgenes de twitter, nunca escribiendo un artículo elaborado, sino a golpe de frase categórica, y aún a veces pidiendo a los demás que argumenten sus ideas. Pero al menos Bracero, y otros como él, que han ido a escuelas de cine, que tienen nociones sobre arte y estética, saben más o menos de lo que hablan.

Es decir, no son los macarras de las críticas que nos encontramos en prácticamente cualquier lado. Tienen ideas increíblemente reduccionistas sobre lo que es el cine y el arte en general (me fascinan esas explicaciones de los planos, con líneas de colores para hacernos entender cómo está compuesto un cuadro, casi como si encontrasen los pergaminos secretos del Mar Muerto… o eso de que cada plano tiene sentido en relación con los demás…) pero al menos tienen una idea sobre el cine y han sido formados para ella. No puedo sentirlos cercanos a mi forma de pensar porque para ellos el cine es una cosa muy determinada, muy estricta, y todo lo que escapa de esa idea ya no es cine. Ahora bien, en comparación con los otros, los macarras que se dedican a escribir críticas (les paguen por ello o no, es indiferente) son maravillosos, porque por lo menos con ellos, de cuando en cuando, te das cuenta de algún detalle que se te puede haber pasado por alto en algún plano… Con los otros, los malotes de las letras, te das cuenta de que las personas con graves carencias de personalidad jamás debieron acercarse al teclado de un ordenador.

Ese es el último grupo. Lo más bajo de lo más bajo. Y son bien numerosos. Son esos que se creen que por haber leído cien libros en un año (todos recién publicados), o por haberse visto tres mil películas estadounidenses de los años treinta, cuarenta y cincuenta, pueden decirles a los demás lo que es valioso y lo que no, pueden categorizar, sentar cátedra, dictar sentencia y crear escuela. Además, por lo general, no saben escribir (yo trabajé con uno que después de hacer todo eso me pedía a mí que le dijera dónde poner las comas o cómo construir un simple párrafo, porque era prácticamente analfabeto y desconocía incluso el significado de muchas palabras), es decir, no saben explicar sus ideas, pero casi siempre son arrogantes, creídos, machotes y subiditos. No entienden, no pueden entender, que el cine es (o aspira a ser) un arte igual que la literatura o la música, y que para conocerlo de verdad, para tener el coraje de ponerte a escribir sobre él, a menos que seas un verdadero genio intelectual, necesitas ir a clases, y no a un taller, sino pasar varios años en una escuela de cine. No hay otro camino.

Los periodistas, los pedantes y los macarras no pueden ser críticos, porque el crítico de arte es, principalmente, un humanista. Escribe para la gente, no para sí mismo. No para sentirse más inteligente, ni más hombre, ni superior, ni por encima de nadie. Lo hace para divulgar, para que hasta el más simple de los hombres, hasta la más humilde de las mujeres, pueda apreciar una obra de arte. Lo que hace es darles un empujón, a esas personas, a veces muy leve, para que suban de nivel, y una vez allí puedan quedarse en ese nivel por el resto de su vida, si realmente están interesados en ello. Alguna vez dije que el crítico es el intermediario entre el artista y el receptor. No es correcto. El crítico tampoco es el traductor, ni el corrector, ni el juez del arte. Es, en verdad, el guardián del arte, incluso más que el propio artista. El crítico es el artista que por un tiempo va a custodiar y dar a conocer el arte de otros.

Así que dedicaré unas últimas palabras a cada uno de estos grupos mencionados:

Señor periodista, déjelo. Solamente el que ha estudiado arquitectura puede ser crítico de edificaciones, solamente el que ha estudiado música en el conservatorio puede ser crítico de música… y así hasta el cine: solamente el que ha estudiado cine puede ser un verdadero crítico de cine, y lo mismo pasa con la literatura. Usted, como mucho, puede ser un informante de eventos culturales, y poco más.

Señor pedante, siga intentándolo. Yo no sé cómo puede disfrutar del cine siendo usted tan cerrado, pero supongo que cada uno es responsable de sí mismo. Sigo pensando que para decir que dos personajes se llevan bien porque están juntos en la mitad derecha del plano, o se llevan mal porque están separados, no hace falta ir a una escuela de cine. También pienso que muchas cosas de las que decís sobre películas antiguas no está realmente ahí, sólo hacéis creer que lo está. El cine no es un sistema hipercodificado. Si el espectador no lo ve, no está ahí, por muy evidente que parezca al explicarlo. El espectador tiene que percibirlo, sin darse cuenta de ello, de modo que cuando se le explica, se percata de que ya lo vio, ya lo experimentó, pero no supo descifrarlo. Pero seguid intentándolo, y sobre todo escribid textos más largos: ahí es donde uno de verdad se la juega.

Señor macarra, que sé que me estás leyendo y sabes que me dirijo precisamente a ti. Seguro que sigues siendo tan feo y patético (por dentro y por fuera) como siempre. Quieres creer que eres culto y estupendo y magnífico, pero en el fondo sabes que no lo eres. Sólo eres un friki que viste muchas películas, o leíste unos cuantos libros, porque no tenías nada mejor que hacer, y ellos se convirtieron en el dique de contención de tu falta de personalidad, madurez y profundidad. Te digo lo mismo que a los periodistas: déjalo. No puedes entenderlo. Soltar sentencias y creerte el más guay no te hace crítico de nada. Un crítico nace, no se hace, y solamente después de muchos años de aprendizaje puede dar un teclazo con un mínimo de seriedad y rigor. Esto no es para ti, y yo creo que en el fondo lo sabes. Sabes que no sabes ni escribir. Así que déjalo.

Los tan denostados críticos son los espectadores o lectores (o ambas cosas) más exigentes, preparados y entregados al cine, la literatura y la música. No pueden vivir sin ello y durante todo el día, durante toda su vida, reflexionan sobre el valor y las características del arte. No caben aquí egos ni pasiones adolescentes ni gustos ni manías ni fobias ni parafilias. Los críticos son(eran) los únicos que evita(ba)n que el arte se convi(rtiera)erta en una colección de clichés y chorradas. Luego no digan que no se lo advertí.

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