CINE

¿Y si el mundo fuera al revés?

¿Y si…? ¿Y si…?

¿Y si en lugar de que los telediarios ocupasen horas todos los días hablando de fútbol, dedicaran ese tiempo a hablar de literatura, de teatro, de cine, de buena música?

¿Y si la gente, en lugar de leer la bazofia que se les ofrece en las mesas de novedades, se plantaran en redondo ante las grandes editoriales y a partir de determinado momento leyeran únicamente a los clásicos, gastaran un poco de dinero en comprar poesía, ensayos… la mayoría de los lectores potencias se negara a seguirles el juego a los grandes sellos y a los grandes distribuidores?

¿Y si se multiplicaran los momentos, las interacciones personales, en las que en lugar de esperar a que dejaras de hablar, la gente te preguntara sinceramente qué opinas o cual es tu reflexión sobre esto o aquello y esperasen tranquilamente tu respuesta, quizá incluso con el ánimo de aprender algo de ella, de extraer algo valioso, de seguir creciendo, interrumpiendo esa constante de estar encerrado en uno mismo y no querer realmente obtener nada de nadie…nada no material, obviamente… y si además nos sintiéramos agradecidos por lo que, contra todo pronóstico, este o aquel de más allá es capaz de enseñarnos?

Si este tipo de cosas sucedieran muchos dejaríamos de escribir artículos como los que escribimos la mayoría de los días. Este mismo artículo que estoy tecleando ahora mismo, nunca habría existido. Ahora mismo mis dedos y mi mente estarían ocupados en otra cosa, quizá más productiva o placentera, pero seguro que muy diferente. No me pasaría la vida intentando convencer, no de que yo sé más que nadie, sino de que estoy seguro de que estoy en lo cierto, de que me maravilla la forma en que la cultura oficial ha engañado a todo el mundo, se ha convertido en otra droga, como las malas noticias de los telediarios o los programas del corazón. Drogas, narcóticos, que nos hacen esclavos.

De toda la gente que conozco, y es bastante, sólo unos pocos me preguntan cuál es mi punto de vista sobre algo (habitualmente un libro o una película), y luego esperan mi respuesta, y yo creo que con la sincera actitud de aprender alguna cosa. Pero yo también aprendo de ellos. Porque es verdad que la gran literatura y el gran cine salen siempre de la placenta de lo real, de lo popular, de lo callejero. Somos nosotros, seres no privilegiados, los que nutrimos la ficción, y los que a la vez nos nutrimos de ella. Hacerle el juego a los grandes lobbys de presión cultural, leer lo que quieren que leamos, ver lo que quieren que veamos, opinar lo que ellos quieren que opinemos, es claudicar. Y la única forma de no caer en la trampa es albergar y desarrollar un espíritu crítico que por desgracia parece proscrito en tantas mentes inteligentes.

Pero yo no me siento con una misión, y espero que otros como yo tampoco se sientan así. Yo sólo tengo un propósito: aprender. Elevarme. Que todo lo que aprendo y me hace elevarme me proteja y me haga sentir qué es lo verdaderamente importante, dónde residen la sabiduría y la belleza, y dónde estoy yo, y qué hay de sabiduría y belleza en mí mismo (si es que existe en algún grado…), mientras me pregunto…

¿Y si aunque vendieran muchos libros, gente como Ildefonso Falcones, Pérez-Reverte, Almudena Grandes, Antonio Muñoz Molina, Juan Gómez-Jurado, fueran tratados por la sociedad como lo que son: unos parias intelectuales?

¿Y si el grueso de la población de este desgraciado país se diera cuenta de una vez de que ver cine doblado es de paletos?

¿Y si…

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CINE, LITERATURA

Kurtz y ‘Blood Meridian’

En realidad, los medios narrativos se retroalimentan entre sí con más frecuencia, concupiscencia e impudicia de lo que pudiera parecer a simple vista, y algunas conexiones que en una apreciación superficial pudieran parecernos casuales o forzadas, se revelan como absolutamente naturales y hasta necesarias. Esto demuestra que nadie crea en un vacío, y que ni siquiera las obras geniales están libres de influencia. Lo único que las obras geniales hacen es ir en contra de todo aquello que se ha hecho antes, creando algo nuevo, asombrosamente original e inimaginable antes de que ellas existieran, pero eso no significa que sus creadores no participen de un todo, de la placenta de lo creativo, de la que se nutren a veces incluso sin saberlo.

Leyendo de nuevo algunos pasajes de la obra maestra de Cormac McCarthy (tiene otros libros estupendos, pero todos ellos quedan muy lejos de lo que logró en 1985), la inefable, pasmosa, sobrecogedora ‘Blood Meridian’ (que aquí se tituló de manera casi literal, ‘Meridiano de sangre’), volviendo a situarnos delante de la, por desgracia, inolvidable figura del Juez Holden (y pongo la J mayúscula porque el personaje lo merece), resulta imposible retrotraerse a esa cima del cine de todos los tiempos titulada ‘Apocalypse Now’, estrenada seis años antes, y por supuesto dirigida por el más grande cineasta estadounidense de todos los tiempos, al que yo apodo «Príncipe de las tinieblas», Francis Ford Coppola. Porque el Juez Holden no podría existir sin la creación previa de Coppola y Brando de esa figura totémica llamada Kurtz, el loco coronel al que Willard ha de encontrar y matar, más allá del final del río, más allá del final de la locura. Y no solamente porque las descripciones de McCarthy de su aterrador personaje coinciden bastante con las de Brando en ese filme, sino porque ambos participan de un mismo espíritu bélico e infernal al mismo tiempo.

Y esto sucede aún en el hipotético caso (no lo puedo confirmar porque apenas se encuentran entrevistas de él, aunque el eventual lector puede corregirme si lo ve necesario) de que McCarthy no haya visto la película de Coppola. No funciona así, necesariamente. Puede haber visto una imagen de él, o haberse impregnado de su presencia por una secuencia, por una foto, por lo que le hayan hablado de él. Por lo que sea. Pero el temible y depravado Juez Holden es primo hermano sanguíneo de Kurtz. Escuchemos uno de sus alucinantes soliloquios:

«Nadie puede estar al corriente de todo lo que pasa en esta tierra, dijo. El juez inclinó la enorme cabeza. Quien crea que los secretos de este mundo están ocultos para siempre vivirá en el misterio y el miedo. Será pasto de la superstición. La lluvia erosionará los hechos de su vida. Pero el hombre que se imponga la tarea de discernir en el tapiz el hilo del orden se habrá hecho cargo del mundo por mera decisión y sólo así pondrá en marcha un modo de dictar los términos de su propio destino.«

Tal cosa podría haberle dicho Kurtz a Willard durante sus largas charlas del segmento final de ‘Apocalypse’. De hecho, las inflexiones del juez, su tono grandilocuente, pero también culto, místico, parecen muy cercanas a Kurtz. Ambos son algo más que señores de la guerra. Son la guerra. Por su parte, Kurtz se ha convertido ya en el Dios de la Guerra de esa parte del mundo en la que se ha refugiado, y también del cine. Y el Juez demuestra ser, en el texto de McCarthy, un verdadero teórico sobre la guerra. Dice, en determinado momento:

«Tal es la naturaleza de la guerra, cuya apuesta es a la vez juego, autoridad y justificación. Vista así, la guerra es la forma más sincera de adivinación. Es la prueba de la voluntad propia y de la voluntad de otro dentro de esa voluntad mayor que al enlazarlas está forzada a elegir. La guerra es el juego definitivo porque en definitiva la guerra impone la unidad de la existencia.»

En ‘Apocalypse Now’ Coppola y Milius adaptaron muy libremente la novela corta de Joseph Conrad. Es fácil establecer una línea bastante directa entre Melville con su ‘Moby Dick’ (1851), la novela corta de Conrad, la exuberante obra de William Faulkner y finalmente la prosa hipnótica de McCarthy en su obra maestra. No me parece casual que incrustada en el tercer paso de esa línea imaginaria, se encuentre ‘Apocalypse Now’, y que el juez Holden sea un hijo directo de Kurtz, aunque con una vitalidad innegable y poderosísima. Los temperamentos artísticos se reconocen y se atraen tanto en sus singularidades como en sus búsquedas, y quién sabe si un futuro gran director, heredero de Coppola y a su vez de Welles, adaptará dentro de unos años, siquiera muy libremente, la novela de McCarthy (se rumoreó durante un tiempo que Ridley Scott o incluso James Franco iban a ser los encargados… y por mi parte agradezco a los dioses que tal cosa no haya tenido lugar…).

Llega hasta tal punto la afinidad de las dos creaciones, la cinematográfica y la literaria, que algunas zonas de la prosa de McCarthy podrían haberse incrustado en la alucinada narración más allá de la locura de la película, como por ejemplo esto:

«Al congregarse todos para dormir, y crepitar al viento las llamas bajas de la hoguera cual si estuviera viva, seguían los cuatro en cuclillas en los márgenes de la lumbre, rodeados de extraños enseres y viendo combarse las llamas bajo la ventisca como si fueran absorbidas al vacío por alguna vorágine, un vórtice en aquel desierto con respecto del cual quedaban derogados el tránsito del hombre y todos sus cálculos.»

Estas dos cumbres del arte estadounidense del siglo XX pertenecen a todos, y se pertenecen la una a la otra, con tanta fuerza que este texto mío sólo es pálido reflejo.

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CINE, MÚSICA

Sublime música para mediocres películas

Hace ya algunos meses (porque parece que el tiempo pasa volando y, al mismo tiempo, parece que fue antes de ayer) escribí un artículo sobre la que yo considero la más bella música de cine que yo he escuchado. En esa ocasión elaboré un listado de lo más excelso sin tener en cuenta la mayor o menor calidad de las imágenes que se nutrieron de la narrativa de esa música. Ahora, sin embargo, voy a hablar de algunos temas esplendorosos que por desgracia han formado parte de las imágenes de algunas películas mediocres, que no se merecían ese derroche de talento y belleza. Para empezar, la que podría ser, fácilmente, la película más anodina de la apasionante filmografía de Roman Polanski, la «pérez-revertiana» ‘La novena puerta’ (‘The Ninth Gate’, 1999), basada en ‘El club Dumas’.

Para la ocasión el director polaco contó nada menos que con el talento de otro polaco, el genial Wojciech Kilar, que ya nos había dejado deslumbrados con la música escrita para ‘Bram Stoker’s Dracula’ (1992), y que aquí volvía a demostrar que era un músico superlativo, capaz de crear temas tan sugestivos y bellos como este que abre el filme:

Desde luego un filme tan gris y tan poco inspirado como este no se merecía una pieza tan exquisita como esta. Pero además, para los créditos iniciales, hizo nada menos que esto:

Recuerda mucho a la película de Coppola por el magistral, el imponente uso de las cuerdas, que casi parecen respirar, más que ser tocadas. Y por si no fuera poco con esta capacidad atmosférica que pedía unas imágenes a su altura, demostró su versatilidad en otros temas como este, mucho más bufo, e igualmente deslumbrante:

¿Resultado? Una música de cine que es una obra maestra absoluta, totalmente ignorada por hallarse incrustada en un filme que pedía al mejor Polanski y que sólo tuvo a un Polanski con el piloto automático puesto.

Sigamos. ¿Cómo no citar en este artículo…algo como esto?:

Esta maravilla, firmada por el gran Basil Poledouris, ostenta una merecida fama. Sin embargo, no tan merecida en ciertos sectores la propia película, una pobre adaptación del mundo howardiano, que solamente gusta a aquellos que no se han leído las novelas de Howard, o no han leído los cómics de John Buscema. El actor austríaco de nombre impronunciable es el Conan menos improbable de la historia, y su «interpretación» se basa en emitir gruñidos y en descoyuntar enemigos, en una producción de serie B muy mal hecha, con momentos para en sonrojo. La épica, el salvajismo, el primitivismo que destilan los acordes de Poledouris no se merecían una película tan boba.

Esta banda sonora poseía momentos tan impresionantes como este:

Esta música maravillosa no se la merecían ni Milius, ni Schwarzenegger, ni el productor Dino de Laurentiis. Pero es lo que hay. Para algunos, uno de los personajes de aventuras más grandes jamás creado se convierte en un simio revienta cráneos con taparrabos…

Y termino esta breve lista de maravillas y desgracias con la excelsa música que el inigualable John Williams escribió y orquestó para esa meliflua y sobrecargada película titulada ‘Artificial Intelligence’, con la que Spielberg jugó a ser Kubrick durante un tercio, y luego se perdió en un delirio melodramático sin la menor cohesión:

Muy difícil de describir con palabras la amalgama de ideas, emociones y conceptos que una pieza como esta (así como toda la música de la película) alberga de un modo que parece fácil o sencillo, y que no lo es en absoluto. El maestro Williams, con su aliento genial, más que dirigir música parece que dicta los movimientos de nuestras emociones más básicas. Nosotros somos la partitura que él interpreta. Luego Spielberg se dedica a lo suyo: contar por enésima vez el regreso al hogar, ahogándose en un exceso de sentimentalismo que hunde la película.

Para rematar el caso, Williams escribió el ‘For Always’, interpretado por la suntuosa voz de Lara Fabian (acompañada en una de las dos versiones, la que pongo aquí, por Josh Groban), que es fácilmente una de las más bellas canciones escritas para una película:

Seguirán apareciendo películas muy cuestionables con una música sublime, de eso no cabe duda. Por lo menos, mientras se siga escribiendo música para las películas, algo que cada vez parece más en peligro de extinción.

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LITERATURA

Booktubers de mis amores

Por si la crítica literaria, mundialmente, no estuviera ya fatal de lo suyo, por si los pobres lectores, los que sostienen a las grandes editoriales e impiden que mes a mes se vayan a pique, no tuvieran ya bastantes problemas para saber qué libro leer sin volverse locos con tanta demanda y tanto subproducto literario, aquí está ahora (desde hace bastante tiempo pero con toda la pinta de quedarse un tiempo más) el fenómeno de los booktubers, chavalillos sin nada mejor que hacer, y que en su canal de Youtube se dedican a reseñar libros, ganando algunos de ellos algo de dinero en el proceso y sintiéndose de paso críticos literarios a pesar de que reniegan de ese nombre y de que según la mayoría de ellos lo único que hacen es recomendar libros que les gustan.

A pesar de que Alberto Olmos parece más que dispuesto a otorgarles carta de naturaleza, al igual que otros frívolos como él, sólo son necesarios dos dedos de frente, o una pizca de sentido común, para establecer que no solamente ninguno de esos críos que se pone a pegar brincos delante de la pantalla y a poner caritas tiene obviamente la menor idea sobre literatura, sino que a juzgar por las cuestiones que dicen defender, la forma de hablar, la personalidad que despliegan en la pantalla para regocijo de sus quizá miles de seguidores, nunca la tendrán. Para estos chavales, la literatura es algo tan ajeno como el cine para los actuales o los anteriores redactores de Blogdecine (ahora Spinof), y de hecho me recuerdan a ellos: un grupito de personas sin la menor expresión verbal, con un vocabulario asombrosamente limitado, y con una mentalidad roma y subdesarrollada, pero más que dispuestos a sentar cátedra en un arte tan complejo como el cine. Estos chiquillos, que en algunos casos no llegan ni a los veinticinco años de edad, se lanzan en las redes sociales a juzgar trabajos literarios, y yo llevo media vida, o más, con esa puntual punzada en el bajo vientre que me avisa, la muy cabrona, que a lo mejor no sé de lo que hablo.

Darían pena, o provocarían hilaridad, si no fuesen, muchos de ellos, tan tiernos, sino dieran tanta lástima. La misma que causaría un niño jugando a ser mayor…como por ejemplo jugando a ser profesor, o juez, y encima creyéndoselo. Son a menudo guapos o atractivos, y todos ellos hacen el estúpido delante de la cámara y poseen una nutrida biblioteca a su espalda, de esas adornadas con unos cuantos muñequitos. Dicen que aman la literatura, y aman esto y lo otro, pero en realidad lo que comentan o reseñan son los libros nuevecitos que les mandan las editoriales para darse publicidad casi gratuita, a pesar de que a lo mejor la reseña no sea muy positiva. Son estos, tanto en español como en inglés, desde Hispanoamérica o desde EEUU, los que marcan tendencia de lo que hay que leer y lo que está de moda, y cuando se atreven a hablar sobre un clásico lo hacen con la misma profundidad que lo haría un adolescente en el instituto. Y en realidad están ocupando un espacio que efectivamente podría emplearse para la literatura, pero se emplea en perder el tiempo con libros a los que han editado muy lujosamente, pero que no valen nada.

Youtube podría ser, al igual que la televisión o la radio, el espacio en el que hablar de literatura de una forma adulta, inteligente y realista, ahora que las revistas literarias empiezan a convertirse en objetos en peligro de extinción. Y no está sucediendo eso. Es necesario, ya que muchas cosas pasan por las redes sociales, que los que verdaderamente tienen algo que decir al respecto, los que saben que hay que salvaguardar la sabiduría del pasado, los que tienen muy presente de dónde venimos y dónde estamos a y dónde podemos ir, cojan los micrófonos y se pongan frente a la cámara a hablar. No sé a qué están esperando. Resulta desmoralizador escribir en Youtube la palabra literatura, o crítica literaria, y encontrarse a esta panda de niñatos hablando de libros que dentro de un año seguirán luciendo muy bonitos en una estantería, pero que no habrán aportado nada a ningún lector. Da vergüenza ajena, por no decir ganas de vomitar, ver a estos imberbes hablar de un clásico como El Quijote. Se te quitan las ganas de leer literatura.

Pero estos son los tiempos en los que vivimos, en los que para que alguien tenga algo de interés en los libros hay que hablarle como si fuera imbécil, y repetir ideas sobadas y poco analíticas para tener alguna ocupación en la vida y además obtener cierta celebridad. Pero las personas realmente inteligentes, realmente interesadas en la literatura o en cualquier otra bella arte o soporte narrativo, están por ahí, ignoradas, y por eso vuelvo a pedir, si es que alguna me lee y todavía no lo tiene claro, que lo que tiene que hacer es organizar un podcast, o un canal de Youtube, y junto a un grupo de amigos o compañeros tan inteligentes y preparados como él o ella, y tan poco dispuestos a hacerse los estupendos y los graciosetes con los seguidores, se pongan a hablar de literatura. Muchos se lo agradeceremos…

… y a mí no me llaméis que tengo muchas cosas que hacer y soy muy tímido.

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CÓMIC, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El poderío narrativo de EEUU

Las cosas como son: nos pasamos la vida viendo películas estadounidenses (mal llamadas americanas) y series estadounidenses, escuchando música estadounidense, leyendo libros estadounidenses… de hecho hasta viendo deporte estadounidense (NBA, béisbol, fútbol americano…este está bien dicho…), poniendo en la tele a humoristas estadounidenses, noticiarios estadounidenses…¡Hasta las putas elecciones estadounidenses! Afrontémoslo, nos encanta lo estadounidense. Puede que por lo bajini les pongamos a caldo, pero nos mola. Porque lo estadounidense mola, y punto. Lleva décadas haciéndolo y no va a dejar de hacerlo salvo catástrofe. La mentalidad de ese país, su chulería, su arrogancia, las películas en la que los malos cobran porque el héroe les zurra, de que cuando llega la poli y los bomberos todo se soluciona porque «son los mejores», su grandeza, su épica, el western americano, los anuncios y las marcas estadounidenses…nos mola hasta lo hijos de puta que son cuando quieren algunos de ellos. Nos encantaría ser como ellos, en el fondo, y no este antiguo imperio venido a menos y siempre con Francia, Alemania e Inglaterra jodiéndonos en cuanto pueden. Lo españolito no mola, lo estadounidense sí.

Cómo en un sitio como este, dada su temática, y un tipo como yo, que se pasa la vida hablando de narrativa hasta cuando nadie le escucha, no íbamos a proclamar a los cuatro vientos el poderío narrativo estadounidense. Podemos criticar lo que queramos, y seguro que hay mucha carnaza para hacerlo con gusto, pero también hay que rendirse a la evidencia: los estadounidenses pueden ser tan suyos que no tienen ni por qué ponerle un nombre a su país, pero entendieron pronto el enorme poder persuasivo de la narrativa a la hora de conquistar el mundo, y se entregaron a ello con fruición. Vendieron a todo el globo que ellos son los buenos, y el resto del mundo los malos. Ellos son la policía universal, los sacrificados héroes, y el resto de países las damiselas en apuros esperando a ser rescatadas de mefistofélicos terroristas, de horrísonos comunistas, de malvados hombres que no son blancos y con los ojos azules. Cómo será la cosa que me acuerdo que cuando era pequeño asociaba yo, por alguna extraña razón que aún no comprendía, lo azul a lo bueno, y lo rojo a lo malo. De hecho, no sé si el lector conocerá ese juego que se llamaba (bueno, y que se llama, digo yo…) Stratego, en el que había fichas azules y rojas, y yo, juro por lo más sagrado al que lea estas líneas, no escogía las fichas rojas absolutamente nunca porque me hacía sentir violento y malvado, y comunista, y sioux y un montón de cosas feas, mientras lo azul me hacía sentir bueno, y justo, y noble. Y juro al lector que no estoy pirado.

Pocos elementos propagandísticos tan convincentes como la televisión (que relevó a la radio en esos menesteres), el cine y la literatura, por ese orden. Y lo cierto es que los cabrones lo tienen bastante fácil. Como su país es un desatino sin pies ni cabeza, una república federal de medio centenar de estados y un distrito federal (que es como decir medio centenar de países que tienen la suerte de hablar una lengua común), una de las extensiones más grandes del planeta, con algunos entornos naturales asombrosos, y como está poblado, en algunos lugares, por auténticos pirados, y como allí eso de llevar armas es casi un derecho constitucional, y es además uno de los países más ricos del mundo, y más corruptos del mundo, y más belicistas y destructivos y guerreros de la historia de la humanidad, la materia prima para sus ficciones, escritas o filmadas, está servida en bandeja. Allí no necesitan mucha imaginación. Basta con abrir el periódico cada mañana para nutrirse de grandes historias. ¿Cómo va a competir la historia de un policía llamado, pongamos por caso, Ruperto Gómez, que persigue por las calles de Vallekas al pérfido ladrón de joyerías Makinavaja II, con la del aguerrido investigador Joey Chambers (me acabo de inventar el nombre, y ya me gusta, rediós…), alcohólico, divorciado, que le pasa una pensión a su mujer, cuyo compañero, preferiblemente negro, que se llamaba, yo qué sé, Hank Mortimer (le apodaban Morty en la comisaría), que por supuesto fue asesinado por orden de la mafia italiana, y que busca por las seductoras calles del San Francisco de los años 70 al culpable de ese asesinato, quien además de psicópata y asesino a sueldo, es un fascinante malvado capaz de recitar a Shakespeare al revés mientras remata a sus víctimas con el abrecartas que le regaló su padre antes de morir?

¡Es imposible! ¡Que le den por saco a Ruperto Gómez, y bienvenido seas, Joey Chambers! La mayoría del audiovisual estadounidense, sobre todo del que se vende para las masas en los cines y en los canales por cable, es absolutamente demencial y delirante…¡pero nos gusta! Nos lo pasamos bien, muchas veces, viendo tonterías. Y ellos lo saben. Llevamos décadas y décadas dando de lado nuestra cultura, mucho más rica e interesante que la suya (y lo mismo se puede decir de la italiana, la alemana, o la rusa…no tanto de otros países cercanos) por atiborrarnos de esas palomitas audiovisuales o literarias, hasta el punto de que por ejemplo en España, durante mucho tiempo, nadie se atrevía a hacer cine o literatura de género (negro, western, terror, sci-fi) porque nos sentíamos ridículos, algo que afortunadamente cambió con el paso de los años… aunque para copiar los patrones anglosajones. Y es que los anglosajones dominan moralmente esta parte del mundo, y buena prueba de ello es que nos creemos sus ficciones. Nos fascinan sus ficciones, sus mentiras, construidas para que les veamos como superiores. Y no lo son. Mientras tanto no nos creemos las nuestras, y renegamos de nuestro cine y de nuestras ficciones, a menudo injustamente (otras veces no tanto…).

Aunque lo cierto es que en apenas cien años la tradición cinematográfica estadounidense impresiona. No creo que sea la mejor del planeta (al contrario que muchos ilusos que no ven otra cosa), pero no tienen nada que envidiar a los países más cinéfilos del mundo, como Francia, Japón o Rusia. Incluso el cine británico es realmente impresionante, con sus lógicos altibajos a lo largo de la historia. Han cuidado su cine y lo han vendido con alevosía al resto de países, y lo mismo puede decirse de sus ficciones televisivas. Esto además con el aliciente de que junto a los británicos, los argentinos y algunos pocos más, los estadounidenses son los mejores actores del mundo. Pocas cinematografías actuales pueden presumir de que entre sus filas militan nombres tan imprescindibles, y todavía en activo, como los de Scorsese, los Coen, Allen, Tarantino, P.T. Anderson, David Fincher, Jeff Nichols, Spike Lee, Steven Spielberg, David Lynch, Terrence Malick, Kathryn Bigelow, James Cameron, Wes Anderson, Todd Haynes, y algunos más que me dejo en el tintero.

Y en cuanto a la literatura, hay que reconocer que pese a su corta edad, los estadounidenses también impresionan. Nada menos que Herman Melville, Edgar Allan Poe, Mark Twain, Walt Whitman, Henry James, Nathaniel Hawthorne, Ralph Ellison, Emily Dickinson, Wiliam Faulkner, T.S. Elliot, Thomas Pynchon, Don DeLillo, Cormac McCarthy, por citar sólo a unos pocos. Lástima que sean un país tan joven y que les haya pillado este virus del postmodernismo, lo que ha truncado muy probablemente sus posibilidades de rivalizar con la más importante literatura del canon, la española (y mira que me cuesta decir algo bueno de mi propio país, pero resulta que es la pura verdad).

El empuje narrativo de EEUU es insoslayable, así como su ímpetu y su continua regeneración. Por desgracia en gran medida les sirve para vender las ideas y la forma de vida de la que quizá la nación más dañina de la historia de la humanidad, la que probablemente, junto a un par más, nos lleve a un abismo, si es que no lo estamos ya, del que no podremos salir. Pero mientras caemos como ovejas a ese abismo, aún podremos disfrutar de ‘The Wire’, de ‘The Godfather’, de ‘As I Lay Dying’, de ‘Blood Meridian’, y de unas cuantas más.

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LITERATURA

Escribir relatos es el infierno

Y sin embargo, es difícil dejar de hacerlo. Ya he escrito por aquí la gran diferencia que existe entre novelar y relatar (una diferencia aún más grande que pintar al óleo y diseñar por ordenador…), así como las enormes disparidades entre escribir una novela o escribir un relato, que sobre todo tienen que ver con el ritmo interno y externo del trabajo, con la disciplina mental, con las expectativas que se le ponen a una historia y a un estilo determinados. Todo eso es cierto, pero hay muchas más cosas que tener en cuenta. Y empiezo a pensar que muchos escritores, ya sean mediocres, estafadores, o grandes novelistas, no se ponen a escribir cuentos o no lo intentan con mayor continuidad, porque a pesar de las apariencias, saben la que les espera.

Porque a pesar de que escribir una novela te puede llevar meses, o incluso años, escribir un relato puede ser, y de hecho suele ser, mucho más duro que escribir una novela. Si estableciéramos un símil válido, podríamos decir que escribir una novela es salir todos los días a correr con intensidad, pero escribir un relato es algo así como escalar una montaña cada tres o cuatro meses. Es decir, que escribiendo una novela te preparas más, y el hecho de escribirla te prepara más para seguir haciéndolo, que escribir un relato, que necesita de un gran impulso durante muchos menos días. En realidad, encontrando un símil mucho mejor, se podría decir que escribir un relato es como escribir el clímax de una novela, y hacerlo en muchos menos días. ¿Y por qué menos días, porque intuyes que para poder inocularle esa energía primitiva de la idea que ha dado lugar al cuento, debes soltarla en pocas jornadas de trabajo para poder contener su esencia. Y creo que muchos escritores de relatos me darán la razón.

Y se han escrito muchos libros, y se ha hablado mucho de cómo escribir novelas, o de cómo se han escrito novelas, o de dónde encontrar los elementos que conforman una buena o por lo menos interesante novela, pero poco, muy poco, de relatos, de su configuración, composición y escritura. Realmente es un campo minado. Podemos volver a remitirnos a la ‘Filosofía de la composición’ de Poe y a otros textos primordiales sobre el tema, pero nada, o por lo menos nada de referencia inexcusable, que se haya escrito en los últimos años sobre el tema. No es de extrañar que ni los más valientes lo intenten. Y es por ello que no hay que dejar de admirar a los que siguen escribiéndolos, por ejemplo el siempre denostado Stephen King, que acaba de sacar un volumen con cuatro relatos largos, y otros que de cuando en cuando consiguen que les publiquen algo diferente a la tan manida novela, a la que ya no pueden pasarle más cosas terribles de las que ya le están pasando.

Personalmente encuentro inspiración en algunos de los grandes, y por mucho que hinque los codos termino dando de lado a no pocos de los mas respetados de este género maldito. Es un placer leer los cuentos de Jack London, de una fiereza y una fuerza expresiva que trascienden la violencia de la mayoría de ellos para transformarse en una experiencia de corte visceral. O los cuentos de terror y de fantasía de Richard Matheson, o los magníficos cuentos de Manuel Mújica Láinez. Pero los que a mí más me han fascinado, incluso superiores a los más logrados del ‘Dublineses’ de Joyce, son los de William Faulkner, pues incluso en el menos exigente y ambicioso de todos ellos reverbera un torrente de ideas, una hemorragia de literatura muy difícil de describir. Pero ni toda la inspiración del mundo puede ayudarte cuando sabes que dispones de diez, doce o quince páginas para contar una historia, o para adentrarte en un mundo muy concreto, y que cada palabra, cada inflexión, cada espacio entre párrafos cuenta. Yo, personalmente, no acabo de encontrar el ritmo en esta clase de cuentos y me deja perplejo que otros, en algún momento, hayan podido.

Una vez haya unificado los tres blogs (este, el de críticas y el de reseñas), iré dejando algunos relatos que he escrito, y estoy casi seguro de que el que llegue a leerlos estará de acuerdo conmigo: la densidad, la hondura de los relatos más largos (más de veinte páginas), es netamente superior al de los más cortos. Es como si una parte de mí, por mucho que me guste la idea original de ese cuento corto, después se perdiera en el azaroso camino (de ocho o nueve páginas después…), pero que tal cosa no me sucediera cuando escribo uno que va a ocupar veinticinco o treinta páginas (diez o doce mil palabras). Empiezo a creer que me da reparo simplemente centrarme en unos pocos detalles, o puede que sea esa la verdadera literatura, la que no muestra sino que sugiere, no la que describe sino la que desvela. Y si así es, aún me falta mucho para descubrir sus secretos. Pero que me crea el lector cuando le digo que por lo general (no siempre, evidentemente), cuantas más palabras necesite un autor para cerrar su obra, peor escritor será. No es de extrañar que todos esos best-sellers que no valen nada sean ladrillos, verdaderos tochos que podrían servir perfectamente para reparar la fachada de un edificio en ruinas.

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CRÍTICA, LITERATURA

La frivolidad

Creo que la frivolidad es como otro virus que se expande por los escritores españoles, sólo que este incuba durante mucho más tiempo, en algunos casos años y años, hasta que un día por fin empieza a dar síntomas, al principio unos pocos aislados y poco a poco más y más deprisa, hasta que el susodicho se convierte en otro de los infectados, otro de los zombis andantes que convierten nuestra literatura en una caricatura sin la menor gracia. Y en este caso no estoy hablando de los que se dedican a escribir best-sellers al estilo de los anglosajones, sino de los que en teoría están en contra de todo eso y tratan de escribir una literatura más exigente, y aseguran en columnas, en entrevistas y siempre que pueden que ellos son diferentes.

Tal cosa le ha sucedido a Alberto Olmos, que de novelista promesa pasó a escritor de blogs en los que vertir chulería y desparpajo a la hora de escribir críticas literarias (si es que críticas literarias se les podía llamar), sin dejar de publicar algunos trabajos en cuanto tenía material para hacerlo, y finalmente de columnista en El Confidencial, donde con su espacio Mala Fama puede escribir tanto de libros como de actualidad. Parecía, o eso decía él, que se había borrado de eso de publicar nuevos trabajos, pero resulta que no, y aquí tenemos nueva novela y nueva recopilación de textos críticos, pero con este hombre ya convertido en otro de esos novelistas de vuelta de todo, escribiendo autoficción sobre el embarazo de su novia, renegando de posturas e ideas suyas de otras épocas y siendo, al fin, otro de esos casos clínicos de narcisismo mal curado, de prepotencia y soberbia que tanto abunda por estos lares.

En una reciente entrevista concedida a ABC, Olmos dice: «A mí la paternidad me sacó de la droga del ego…». No me da a mí esa sensación. A continuación espeta varias cosas seguidas, casi sin dejar tiempo al lector inteligente para respirar, frases como «(la crítica literaria) ha perdido muchísima influencia para bien, por un lado, desde la llegada de las redes sociales y de los blogs. Cualquiera puede opinar en cualquier sitio. Eso está bien, porque antes había cuatro o cinco lugares donde expresar opinión acreditada sobre libros. En cuanto te nombran crítico en «Babelia» tienes un poder que no te lo has ganado tú. Yo cuando empecé a hacer reseñas literarias en mi blog el prestigio me lo ganaba reseña a reseña. Y la crítica literaria, según la veo y la practico… Yo lo que trato es hacer un texto que tenga valor por sí mismo…». Todo esto lo dice seguido. Recuerdo aquel comentario que hizo en el que en una novela de King la frase siguiente no tiene relación con la anterior.

No me acaba de quedar claro por qué dice que la crítica ha perdido influencia para bien. No me explica el porqué de esta aseveración. Y lo de que cualquiera puede opinar en cualquier sitio…antes también se podía, sólo que no se dejaba por escrito. Y la frase siguiente, que antes había cuatro o cinco lugares donde poder expresar opinión acreditada… ¿en qué quedamos, en que cualquiera puede escribir, o en que se necesitan sitios con opinión acreditada. No es lo mismo. Y me temo, querido Olmos, que lo del ego no se te ha curado con el hecho de tener hijos cuando afirmas que tu prestigio te lo ganabas reseña a reseña…. no creo que seas, precisamente, un crítico prestigioso. Las reseñas de Olmos eran más bien chascarrillos (porque lo cierto es que el hombre tiene verborrea, gracejo y mala leche), no críticas literarias serias (por cierto, habría que distinguir de una vez lo que son reseñas de lo que son críticas). Como si estuviera menos de acuerdo con este hombre me tiraría por la ventana, y como parece que yo tengo las ideas mucho más claras, me es imposible no dejarlas por escrito.

En un delirio de tontería supina dice que «Kiko Matamoros ha hecho lo que hay que hacer: no sé por qué he conocido este libro y me da igual quién es el autor, pero lo recomiendo. Eso ya es imposible. Eso es la esencia de la crítica literaria y no se hace nunca». Eso no es la esencia de la crítica literia, amigo Olmos. Y si no lo sabes por lo menos no deberías salir en un periódico (aunque ese periódico sea un panfleto reaccionario como el ABC) y decir bobadas, a cada cual más grande: «El rollo este del arte, para empezar, no tiene ninguna técnica». No tendrán técnica tus novelas, o tus columnas, Olmos, pero técnica y ciencia tienen, y mucho, las obras literarias, como te pueden demostrar cientos o miles de teóricos y verdaderos críticos literarios en todo el mundo. No, el ego no se te ha curado, y te empuja a decir estupideces para llamar la atención, como un Pérez-Reverte cualquiera.

Porque la cosa sigue para bingo: «Yo creo que en los «best seller», irónicamente, hay más profesionalidad que en los libros literarios. En los «best seller» sí que hay autores que tienen en cuenta cómo se cuenta una historia desde un punto de vista más bien cinematográfico, o al menos el planteamiento-nudo-desenlace. No tienen estos caprichos que tenemos los autores literarios de ahora me dejo llevar, ahora esto lo pongo porque me apetece, este libro tiene una parte que es un diario porque me da la gana», y para premio: «A mí si este libro se vende por millones porque la gente se cree que es una guía para el embarazo pues de puta madre». Y cerramos cum laude: «los Javier Marías, Savater, Muñoz Molina o Marina en los debates… Recuerdo que decían cosas complejas, interesantes. Ahora nos vemos obligados a decir obviedades» (ni que lo digas, Olmos…).

Olmos tuvo la suerte (quiero creer que fue suerte) de quedar finalista del premio Herralde de novela a los veintipocos años. Yo creo que ahí ya le entró el bicho, y se le ha quedado incubando. Ahora que ya ha perdido la fuerza y la pasión de la juventud, y tras firmar una obra literaria bastante irrelevante (‘Trenes hacia Tokyo’ posee rasgos interesantes, sin más, y el resto es la obra de un pseudo-novelista aspirando a una trascendencia que nunca podrá obtener) viene a contarnos la historia de su paternidad. Esta es la literatura que tenemos ahora. Tantos años haciendo de killer de la literatura, de defender a autores raros y arriesgados, de hablar de literatura con descaro e irreverencia, para terminar escribiendo bobadas en Zenda, debe ser duro para un ego intelectual como el suyo. Al final, la soberbia y el ego de Pérez-Reverte se les pega (es fundador de Zenda) a los que ni siquiera son conocidos para el gran público. Y la querencia por escribir chorradas en Twitter, como un Juan Gómez-Jurado cualquiera, también. ¿En qué se diferencia este autor de esos nombres, salvo en que vende muchos menos libros que ellos? Es a veces divertido escribiendo, y nada más. Eso no compensa un ego tan desmesurado.

En realidad, parece que la indolencia y la frivolidad son hoy en día la moneda de cambio entre los escritores españoles. Yo no sé a quién le puede aportar algo una mente tan roma, tan falta de verdadera pasión, de verdadera literatura. Este hombre, y otros como él, acaban convirtiéndose en aquello que dicen despreciar. Si eres un descreído y vas de enfant terrible, mantente en tus trece, o además serás un cínico. Pero parece que ya nada importa nada, y lo que menos importa de todo es la literatura. ¿Cuál será la próxima novela de este personaje? ¿Otra autoficción en la que nos cuenta cómo lleva a cabo la crianza de sus hijos (la matraca que da en twitter con las ocurrencias de su hija, por cierto…)? ¿Una sátira política en la que un tal Alberto Gómez se introduce en esferas de poder para llevar a cabo algún acto subversivo? Sea como sea seguro que serán apasionantes trabajos literarios, con el beneplácito de sus editores, que estarán encantados conque venda cuatro o cinco mil ejemplares y queden olvidados al cabo de tres o cuatro años. Para eso están nuestros editores, y para eso nuestros escritores. Para no aportar nada a aquello que se dedican, salvo ego, idolencia, y frivolidad.

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CINE, LITERATURA, MÚSICA

La cámara oscura

Cada vez que abrimos un libro y empezamos a leerlo o continuamos por donde lo habíamos dejado, se activa la cámara oscura de nuestro cerebro y comienzan a pasar cosas. Y esto sucede leamos relatos, novelas o poesía. Cada uno de esos géneros lo hace de manera diferente y con resultados dispares, pero todos ellos encienden una bombilla en nuestra mente, la que está alojada en esa «cámara oscura», y comienzan a proyectar imágenes. Esas imágenes estarán formadas, lógicamente, por las palabras de aquel que escribió ese material literario y por la sensibilidad y la capacidad mental del receptor. Entre ambos, nunca uno solo, crearán las imágenes literarias finales, las que se convertirán en una segunda realidad para el lector (y que primero fueron una segunda realidad para el escritor, aunque no en su cámara oscura…), las que con convicción, solidez y fuerza expresiva se instalará en la conciencia del receptor con tanta consistencia, o más aún, que esta realidad.

En el relato será como un chispazo, una combustión, que obligará al lector a zambullirse, con suerte, durante unos pocos minutos, ni siquiera treinta como mucho, y cuyas imágenes serán poderosas pero efímeras, y las ideas y el estilo será tan importante, o más, que esas imágenes. Son las imágenes menos compactas, menos apretadas, de la literatura, pero quizá por eso muchas veces las que con más fuerza se quedan en nuestro subconsciente.

En un poema el lector ha de elevarse, ha de dejarse llevar por esas palabras y esos versos que no poseen una cualidad narrativa, sino otras estéticas, métricas, rítmicas, musicales. Si un relato es un chispazo, un poema es un susurro, o un relámpago. Ha de hacerte vibrar algo en tu interior, y al igual que cualquier otra obra literaria, producirá imágenes en la cámara oscura de tu mente. Posee imágenes mucho más densas, más pesadas, que un relato.

Y una novela muchas veces no ha de poseer un lenguaje rebuscado o poético, sino que ha de sustentar, palabra a palabra, párrafo a párrafo, y capítulo a capítulo, una segunda realidad tan densa y cerrada en sí misma como aquella en la que vivimos. Las imágenes que nos enciende en la cámara oscura, son las más engarzadas unas con otras, las más compactas, de la literatura. Sólo con la novela podemos aspirar a componer una sinfonía de relatos y de poemas.

Lo mismo sucede con la música. Lo sepamos o no, veamos esas imágenes o no, encienden la bombilla de la cámara oscura y esas imágenes llegan a nuestro interior. El proceso es el mismo pero el resultado es muy diferente. La cámara oscura se enciende, y algunos ven y otros no. Yo particularmente veo esa cámara en movimiento, siempre que escucho música, y las notas reverberan en el interior de esa cámara. Puedo ver las notas girar y dar vueltas delante de mí, y lo mismo le sucede a mucha gente. Otras personas no ven eso pero alguna música les hace bailar (ser música) aunque no sean capaces de ver esas imágenes, esa música, delante de ellos. Pero la música también es narrativa, porque necesita del tiempo para existir, y provoca una dimensión psicológica y emocional del tiempo en nosotros.

Y finalmente está el cine. El cine no ilumina la cámara oscura, porque en sí mismo es la cámara oscura de nuestra mente hecha realidad. Ahí se proyecta el material literario escrito con anterioridad (el guion), e incluso las imágenes musicales que es capaz de ver el director. Quizá por eso dice Coppola que el cine es una forma de escritura. Pero por eso el cine es, también, muy diferente de otras artes narrativas: con él nuestra cámara oscura queda apagada, ya que disponemos de la del director, que nos impone las imágenes de su mente. Es por eso que el cine es en cierta manera el arte narrativo más tiránico y dominante, y el que con más facilidad puede ser tendencioso y falsario.

Y es por todo esto que yo siempre he tendido a pensar que el cine, dada su naturaleza despótica, ya que trabaja con realidades, debería ser el arte más apegado a la realidad, y que la fantasía y los mundos de imaginación, aunque también hay casos de excelentes títulos, son menos numerosos por su propia naturaleza. Todo lo contrario de la literatura, que quizá sea más ella misma en mundos separados de este, no necesariamente la Tierra Media de ‘El señor de los anillos’, pero quizá sí el Yoknapatawpha de Faulkner, el Marina De Ernst Jünger, el Comala de Juan Rulfo, o incluso el Castle Rock de Stephen King. Mundos que sean un espejo deformante o cercano a este, mientras que en cine la obligación de todo gran director parece ser muchas veces la de capturar las esencias y vibraciones de este mundo.

Por esa razón, y ya termino con esta última idea, el cine y la literatura deberían caminar más separados, quizá la materia de la que están hechos sea más diferente de lo que muchos piensan. Pero, insisto, es sólo una idea.

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CINE, LITERATURA

Apropos of Nothing

Hace más de quince años, Woody Allen ya coqueteó con la idea de escribir una autobiografía. Frisaba los setenta, la tormenta del supuesto abuso sexual parecía haber remitido, y en general la idea de escribir un libro de memorias parecía ya lo suficientemente atractiva. Pero por la razón que fuese tal libro de memorias no se hizo realidad. Ha tenido que llegar el año de la Puta Pandemia y de la explosión final del #MeeToo para que se decidiera a hacerlo. Y el resultado es este ‘Apropos of Nothing’, que aquí se ha titulado traduciéndolo literal, ‘A propósito de nada’. Es un volumen magníficamente editado, con una elegante portada en blanco y negro que recuerda a los títulos de crédito de sus películas, algo acentuado por la rotulación de su nombre y del título. Unas memorias bastante voluminosas (cuatrocientas y pico páginas), que no llegan a ser tan densas o prolijas como para ahuyentar al potencial lector. Y creo que a grandes rasgos su lectura ha merecido sobradamente la pena.

Los que me conocen un poco, porque ya llevan un tiempo leyéndome, saben de sobra que Woody Allen nunca ha sido uno de mis directores predilectos. Es decir, no está en mi panteón de los veinte grandes cineastas de la historia. Ni siquiera vivos. Eso no quiere decir que yo desprecie, ni siquiera que ningunee, sus películas. Desde luego, es un cineasta más que interesante, que durante cinco décadas no ha parado de trabajar (logrando algunos filmes notables y otros simplemente pasables), y que por méritos propios se ha convertido en un referente ineludible, y no sólo en el ámbito de la comedia, del cine de EEUU. Allen es un creador autodidacta que ha sobresalido en su campo por puro ingenio y descaro, sabiendo minimizar sus carencias y explotar sus no pocas virtudes, rodearse de los mejores talentos interpretativos o técnicos, y fraguar una obra que va a perdurar. Sin embargo para mí, gran parte de su trayectoria (no toda, afortunadamente), es demasiado deudora de sus dos grandes gurús: Ingmar Bergman y Federico Fellini, hasta el punto de que muchas secuencias y soluciones narrativas son verdaderos calcos de las películas de esos grandes genios. Me ocurre que estoy viendo una película suya y me digo: «eso es Fellini». Y veo otra y digo: «eso es Bergman» (además, con su operador habitual, Sven Nykvist). En otros filmes sí veo a un Allen más compacto y con sus influencias mucho mejor, más orgánicamente, asumidas. Y yo creo que son sus mejores filmes: hablo de ‘Zelig’ (1983) ‘Manhattan Murder Mistery’ (1993), ‘Bullets Over Broadway’ (1994), ‘Deconstructing Harry’ (1997), ‘Match Point’ (2005), ‘Blue Jasmine’ (2013).

Ninguna de ellas, bajo mi muy particular y por tanto prescindible punto de vista, una obra maestra gigantesca, pero sí filmes formidables, elegantes, inteligentes, en ocasiones singulares y personalísimos. No he visto, por desgracia, la que él considera la mejor de sus películas (al menos eso dice en este libro) ‘Wonder Wheel’ (2017), pero la veré en cuanto tenga ocasión. A su carrera, como no puede ser de otra manera, hace un repaso Allen en este volumen, desde la primera hasta la última película, pero en realidad hace un repaso a su vida entera, con decenas, puede que centenares de detalles que se pregunta uno cómo diablos se acuerda con tanta exactitud de lugares y fechas. Nos habla de su niñez, de su juventud, de sus primeros intentos de comediante y escritor. Y lo hace tan bien como en sus películas: con sentido del ritmo, sin aburrir en ningún momento, saltando de un lado a otro con gracia y desparpajo, gustándose pero tampoco demasiado, soltando algunos de sus chistes de tahúr profesional de la palabra, pero sin hacerse el graciosillo, a lo largo de páginas y páginas que son como un torrente, sin capítulos ni epígrafes de ninguna clase, valiéndose solamente de espacios entre párrafos cada vez que quiere tomar aire. Y por supuesto, por si alguien todavía lo dudaba, habla del espinoso tema con Mia Farrow, Dylan y Ronan.

En algún momento llega a insinuar que espera que el lector no haya comprado el libro por esa razón, pero yo ahí ya no sé si se engaña, si bromea de la manera más cínica imaginable, o si lo dice totalmente en serio. Él debe saber que mucha gente lo comprará por eso. Para saber más de su vida y para conocer de primera mano su impresión sobre su propio trabajo y sus avatares personales, pero principalmente para dar su versión de unos hechos que han dado la vuelta al planeta y que han cambiado la vida de muchas personas desde que llegó la tormenta mediática a finales de 1992. Y claro que lo hace. De hecho ocupa una buena parte del libro, y llega determinado momento en que pide perdón por haber empleado tantas páginas en ese tema. Sin embargo lo hace muy bien, porque enlaza varios años de vida profesional con esa tormenta personal que lo ha llevado a ser uno de los artistas más detestados del planeta desde hace ya no pocos años. Lo llamativo de esto es que son precisamente esas páginas, en las que se refiere a la falsa acusación (desde su versión de los hechos) de Mia Farrow, las más apasionantes y desgarradoras del libro, más allá de los hechos escabrosos que cuenta. Lo son por la forma en que los cuenta, por la manera en que se abre en canal y narra sucesos personales de los que nunca había hablado en público, salvo alguna carta publicada en la prensa.

Y lo hace tan bien, y con tanta persuasión, que es muy difícil no creerle. Sea cual sea la verdad, es importante lo que dice en cierto punto: que muchos que se posicionaron contra él en realidad no sabían nada sobre el tema y que habría sido más honesto por su parte que no se pronunciaran al respecto. En realidad el caso Farrow-Allen es el espejo perfecto de la hipocresía y la cerrazón de estos tiempos, a la vez que expone el puritanismo y la corrección política de EEUU, y el mundo globalizado y basado en rumores en el que vivimos ahora mismo. Mucha gente sigue creyendo que Soon-Yi Previn era su hija, y que era menor de edad cuando comenzaron su romance, así como que él estaba casado con Mia Farrow y que no existe el menor atisbo de duda de que él abusó de su hija Dylan cuando tenía 7 años. Las tres primeras cuestiones son falsas, y es muy probable, casi seguro, que la cuarta también. Nunca se acusó formalmente a Allen (porque las personas encargadas de dilucidar tal cosa afirmaron, por unanimidad, que nunca tuvo lugar ningún abuso a la niña), pero para muchos ya estaba dictada la sentencia.

Lo fascinante, al menos para mí, de este libro, es que Woody Allen traza un retrato de Mia Farrow absolutamente devastador que tiene muchos visos de ser real. Es muy probable que quien no haya estado en una relación destructiva con una persona tóxica no pueda verlo, ni entenderlo, y piense que el dibujo que hace Allen de Farrow es hiperbólico e interesado. Pero quienes sí hayan tenido ese tipo de relación reconocerán todos los síntomas y asentirán con la cabeza ante cada señal de alarma que el narrador cuenta en su biografía y ante la terrible venganza que Farrow despliega contra él por el hecho de haberse liado con su hija adoptiva y haberla dejado a ella de lado. Lo que Woody Allen nos cuenta ahí es una verdadera historia de terror, de lavado de cerebro, de odio irracional, corroborada por las cuidadoras de los niños y por su propio hijo, Moses. Todo cuadra con una personalidad narcisista y manipuladora de manual. Y Allen, al final, no perdona todo eso sino que continúa con su vida y da la sensación de que no habría escrito este libro si en 2014 Dylan Farrow no hubiese salido de nuevo a afirmar que había sido violada de pequeña.

Algún día alguien escribirá una novela o dirigirá una película basada en este enorme drama que fue la ruptura de Allen con Farrow, y el idilio de Allen con Soon-Yi. Aunque seguramente será en un estilo muy diferente al de este veterano y ya legendario cineasta. Será algo más parecido a Michael Haneke o David Cronenberg.

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CINE

Gordon Willis no explica ‘El padrino’

Todos caemos alguna vez en el postureo. La diferencia radica entre ejercerlo de vez en cuando o vivir en él. Y en esto de las películas, los libros, la música, todo lo relativo a este mundo del arte en su faceta más narrativa, me temo que abunda sobre todo el segundo grupo: los que viven instalados en el postureo. Y a veces mezclado con esa soberbia que sólo podemos encontrar en cierta etnia de crítico o teórico del cine, los «yo-sé-más-que-tú», o los «yo-veo-muchas-películas-raras». Una fauna estupenda, sin ninguna duda. Estos postureros profesionales se pasan la vida descubriendo el cine, clamando a los cuatro vientos su radical concepción de las películas y los libros y cualquier otra cosa, y sosteniendo con argumentos peregrinos sus delirantes teorías. Algunos de ellos incluso han estudiado cine, con lo que es más más fácil aún desmontar teorías que vienen aprendidas de sus respectivas escuelas…

La última idea, en forma de lema, que me he encontrado, es que resulta que ‘El padrino’ (‘The Godfather’, Coppola, 1972), tanto la primera, como las dos posteriores, pero sobre todo el impacto de la primera, se explica con Gordon Willis. No voy a decir quién lo ha dicho (aunque sí dónde, en Twitter, ya que este hecho sí tiene importancia), porque esto no es un artículo en contra de nadie en particular, sino a favor de reflexionar con un poco más de sentido común sobre aquello que se dice, muchas veces, precisamente, porque se dice atrapado en pocos caracteres, y pareciera que eso le exime a uno de sostener sus argumentos. Y nada más lejos. Pero igual que en Youtube parecen proliferar ahora los «críticos literarios» de veinticinco años que te comentan los libros que les mandan las editoriales, resulta que en Twitter bullen los teóricos cinematográficos, que en dos líneas te hacen una sentencia y ahí te quedas. Sentencias que son eslóganes, que no dicen nada, y que supuestamente hacen parecer al que las escribe como un entendido o un teórico incomprendido, como un francotirador de ideas, cuando en realidad sólo son micro-soflamas sin sustancia.

Decir que Gordon Willis explica ‘El Padrino’, por mucho que hayas ido a la escuela de cine (por cierto, insisto, que no vayan más, que les devuelvan el dinero y que hagan un corto con él) significa no entender nada de nada, y de paso no saber cuál es la historia, ni del cine, ni particularmente de Gordon Willis. Y si decimos eso, ¿por qué no decimos que Gordon Willis explica ‘Manhattan’ (1979), y de paso el resto de películas que filmó con Woody Allen? ¿O por qué no decimos que Gregg Toland explica ‘Citizen Kane’ (Welles, 1941)? Eso no lo dicen porque lo que les interesa es fabricar un discurso. A saber: que el cine «mainstream» (aunque de «mainstream» tenía poco) de EEUU en los años 70, el que supuestamente lo cambió todo, no es para tanto, que siempre se nombran los mismos títulos, y que hay otros, mucho más minoritarios, mucho más desconocidos, que ellos y unos pocos privilegiados más sí han visto, como ‘The Last Movie’ (Hopper, 1971), ‘Two-Lane Blacktop’ (Hellman, 1971), o ‘Milestones’ (Douglas, Kramer, 1975), son las verdaderamente importantes, pese a que casi nadie las conozca. ¿Y por qué son las verdaderamente importantes, y no las que nombra todo el mundo? Porque lo dicen ellos. Eso es vivir en el postureo.

Yo he visto esas tres películas, y unas cuantas más de los años setenta, y finales de los sesenta, y aunque puedo reconocer que albergan muchas cosas interesantes, sugerir que son más importantes, en el contexto del cine de EEUU y mundial, que ‘The Godfather’, ‘Jaws’, ‘Chinatown’, ‘Taxi Driver’, ‘Badlands’, ‘The Conversation’, ‘American Graffiti’ o ‘Easy Rider’, es el postureo de los postureos. Y sentenciar que Willis explica ‘El padrino’ es la típica frase contundente del que quiere llamar la atención. Willis ya era Willis antes de ‘El padrino’. Es decir, ya había hecho una fotografía revolucionaria en ‘Klute’ (Pakula, 1971), con sus claroscuros y con esa forma tan deudora del cine europeo de situar las fuentes de luz. Eso por una parte. Por otra, el hecho de que ese estilo tan expresivo de la luz fuera una de las señas de identidad del filme sobre los Corleone, tiene más que ver con el hecho que ‘El padrino’ se convirtió en la película más taquillera de la historia, y que por tanto esa forma de fotografiar se volvió universal y maravilló al mundo entero. Pero no significa que la grandeza y la importancia de ‘El padrino’ se explique por la fotografía de Willis.

Porque a pesar de que algunos no quieran enterarse, el cine no son imágenes fotográficas. El cine es un todo, en el que las imagen, el sonido, la luz, el montaje, el conjunto de la puesta en escena, los actores, la historia, la riqueza de personajes, la pertinencia y profundidad del argumento, la realización toda, el ritmo, el tono, la dirección de actores, la armonía de todo eso y de muchas más cosas es lo que realmente explica una película, y en el caso de ‘El padrino’, su grandeza y su enorme importancia en el cine estadounidense. Y si se la suele citar como uno de los filmes, o sagas, más influyentes de todos los tiempos, mucho más que ‘The Last Movie’ o que ‘Two-Lane Blacktop’, es porque mucho más que esas dos estupendas películas citadas, la saga creada por Francis Ford Coppola sobre la novela de Mario Puzo no sólo es una brillante película de gángsters, violencia, traiciones, familia y muerte, sino que es la trilogía más audaz y memorable, la verdadera cima del cine norteamericano, verdadera piedra de toque de las obras maestras de ese cine que han llegado en sucesivas décadas y canon absoluto en todos sus aspectos.

Y Gordon Willis fue un excelente operador, de eso no hay ninguna duda, pero nunca brilló como lo hizo en la saga ‘El padrino’. Ni siquiera en las ocho películas que iluminó para Woody Allen, incluyendo la maravillosa ‘Manhattan’, para la que creó un memorable blanco y negro. Pero en todas esas películas, incluso en ‘Manhattan’, sus imágenes parecen simples postales comparadas con la densidad conceptual, con la tenebrosidad, con la osadía de muchas de sus secuencias, que le ponen a la altura de Toland o del Russell Metty de ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, Welles, 1958). Pero del mismo modo que Lubezki o Toll no explican a Malick, que Nykvist no explica a Bergman, o que Richardson no explica a Scorsese, Willis no explica ni a Allen ni a la trilogía de Coppola. Fue un colaborador fundamental, son todos ellos colaboradores esenciales y tienen gran parte de mérito en la creación de la imagen de sus películas. Pero no son el director de la película, con postureo o sin él. Y el artista final, al que hay que otorgar el mérito o demérito del CONJUNTO de la película, es el director.

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