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La mayoría de la gente no es consciente de la distancia existente entre los planetas del sistema solar. Creen que están ahí fuera, y que si saliesen volando como Superman, o a bordo de una nave espacial, bastaría con echar un vistazo en alguna dirección, y encontrarían Marte, o Venus. Y que si viajaran en su dirección durante una hora a mil kilómetros por hora, o diez mil kilómetros por hora, verían acercarse Júpiter, o el Sol. Pero esto no es así, ni por asomo. En realidad, el Sol está a ciento cincuenta millones de kilómetros de la Tierra (o 149.597.870.700 metros), es decir a una distancia trescientos ochenta y nueve veces superior a la que nos separa de la Luna, que por cierto está mucho más lejos de lo que parece. Y Júpiter, cuando la Tierra está situada entre el Sol y su órbita, puede estar a unos seiscientos sesenta millones de kilómetros de aquí, es decir más de cuatro veces la distancia del Sol. Si fuéramos en una autopista imaginaria (a 120 km por hora) en línea recta, tardaríamos más de seiscientos años en llegar a su cercanía. Por no hablar de otros planetas como Neptuno o Plutón, a los que tardaríamos varias horas en llegar a la mítica velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo).

Pues en el caso de las obras literarias, cinematográficas, ocurre lo mismo: a veces tengo la impresión de que la gente no se da cuenta de las grandes diferencias, de las grandes distancias entre una obra y otra. Y a veces sucede que incluso escritores o directores (los fraudes, los que necesitan mantener el status quo para sobrevivir) caen en ese juego, y buscan igualar todo, como si todo tuviese el mismo valor, como si nada estuviera por encima de otra cosa, o por debajo de otra cosa, o como si las diferencias fueran mínimas, y se pudiera meter todo en el mismo saco. Pero por suerte o por desgracia, no se puede, y esta dinámica postmodernista del todo vale lo mismo y cualquier criterio es válido y vale tanto una idea como otra y una formación con la falta de formación y una obra de aventuras de kiosco igual que otra obra de creación literaria, no se sostiene y es uno de los males de esta época de locos en la que los diseñadores gráficos escriben (mal), los escritores venden publicidad y los editores y los productores se han convertido en lo más parecido a traficantes de droga. Y lo peor de todo es que el panorama actual no tiene visos de cambiar, sino de ir a peor, con el público cada vez más aborregado siguiendo los designios de las grandes compañías de entretenimiento (editoriales, productoras, cadenas de televisión), sin hacer el más mínimo caso a las personas con un poco de formación intelectual.

Yo cada vez que me enfrento a una crítica, ya sea en el Archivo de Mini Críticas o en Cinema & Letras, y tengo que decidirme entre un ☆☆ y un ☆☆☆, o entre un 8 y un 9, algo que en ocasiones es extremadamente difícil, pienso de nuevo en grandes distancias, en distancias entre la Tierra y Marte, o entre Marte y Júpiter, y en todos los aspectos que me harían cambiar de opinión (no de gusto) para quedarme en uno de los planetas o para viajar hasta el otro. Porque no solamente es un tema de calidad, sino que una película es tan diferente a otra como lo es un planeta de otro, en tamaño, en forma, en color, en textura, un 6 o 6,5 y un ☆☆☆ poseen unas particularidades muy distintas a un ☆☆☆☆☆, definitivamente, y si eres, o te propones ser, un crítico profesional, más te vale saberlo. Ayer mismo escribí sobre ‘Sobre los acantilados de mármol’, de Ernst Jünger, que me parece una excelente novela. Bueno, no es que me lo parezca a mí, es que lo es. El caso es que lo más fácil hubiera sido calificarla con un 9 o un 10, y desde luego con ★★★★★. Pero no hubiera sido del todo justo. Porque ‘Sobre los acantilados de mármol’, a la que no se le puede reprochar nada, no posee la grandeza áurea, la magnificencia colosal, de ‘La montaña mágica’, o de ‘Mientras agonizo’. Esas sí son un 10 rotundo, y la magnífica novela de Jünger no. A esa le calza un 8 de manera perfecta. Puede que un 8,5 incluso, pero seguro que un 8.

Y estamos hablando de uno de los novelistas europeos más interesantes del siglo XX. Por eso cuando veo las críticas de las novedades literarias y veo altas calificaciones o que los comentaristas de turno empiezan a animarse, respecto a novelas bastante discutibles, con expresiones como “magistral” u “obra maestra” sé, primero, que no tienen una visión global de la literatura, y segundo, que no son verdaderos críticos, sólo reseñistas y por tanto publicistas de las obras que comentan, incluso aunque las pongan mal. Y en el cine ocurre exactamente lo mismo. Yo sé que ‘Malas tierras’ (‘Badlands’, 1973), de Terrence Malick, no es una obra maestra. ¿Saben cómo lo sé? Porque ‘La delgada línea roja’ (‘The Thin Red Line’, 1998) sí lo es. En el caso en que se me ocurra ponerle un 9 o un 10 a ‘Badlands’… ¿qué diablos le pongo a ‘The Thin Red Line’? ¿Un 15, un 16? No estamos hablando de teoría cinematográfica o literaria, estamos hablando de narratología, de estilística. Y es imposible no confirmar que el estilo, la narrativa esencial de la segunda película, está muy por encima, porque resulta mucho más esférica, más refinada, más agudizada, que en la primera, pese a que la primera ya posee rasgos de estilo muy notables que la convierten en una gran película.

Lo más fácil del mundo es coger una buena película, una gran película, y rápidamente considerarla una “Obra Maestra”, y proclamarlo en los medios y en las redes sociales, y sentirse en posesión de la verdad. Pero una obra maestra, por definición, es la culminación de un estilo, es la perfección narrativa (que no conceptual, muchas obras maestras son imperfectas en ese sentido) y estilística alcanzada por un artista concreto en un medio muy definido. Si fuera por tanto cinéfilo y lector de segunda fila, estaríamos rodeados de obras maestras, películas mediocres y basura de películas y de novelas. Esas son las únicas calificaciones que comprenden, del mismo modo que se creerán que te subes a un cohete espacial y en menos de dos horas te plantas en Neptuno.

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