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Investigando, escribiendo, viendo películas, leyendo libros, escuchando mucha música, reflexionando… también elucubrando hipótesis, lanzando ideas en estas páginas mías y con los amigos, pensando en lo que ciertas películas, ciertos libros, cierta música me hace experimentar, a veces llego a conclusiones más o menos contundentes, y a veces a otras más complicadas de aprehender. Esta que voy a escribir ahora es del segundo tipo, a pesar de que es un concepto que no es precisamente original, ni nuevo, pero con él voy a intentar, en la medida de mis escasas capacidades, explicar una percepción mía que en mi interior está muy definida, y que quizá merece la pena ser explorada.

Hablo de esa leve intuición, que en algunos segundos fugaces se convierte en clarividencia, que me surge cuando veo (o vuelvo a ver) ciertas películas, o cuando leo (o vuelvo a leer) ciertos libros, y también por supuesto con cierta música que descubro o a la que vuelvo quince o veinte años después: la sensación inefable de que estoy ante algo en lo que forma y contenido se convierten en algo indisoluble, indivisible, y por tanto eterno, sólido, tal como sucede con ciertos elementos químicos que, al unirse, forman otra cosa, un elemento nuevo, y ya no pueden volver a separarse nunca. Y estar ante una obra así, en mi caso, y no tengo duda de que en el caso de otras personas, me produce una sensación indescriptible, que es al mismo tiempo de placer y de displacer, de euforia y de asombro, de sosiego y de conmoción. Es tal cual, y no exagero un pelo. Y cada vez que recuerdo esa película, o esa novela, o ese relato, o esa canción o ese tema musical, digo que lo recuerdo no que la vea, o lo lea o lo escuche, cada vez que me acuerdo de lo que siento cuando lo tengo delante es algo muy parecido a la paz, o ese tipo de eufonía, de armonía, que me hace sentir que algunas cosas sí tienen sentido, y que nada ocurre por azar.

Cuando estaba en la escuela de cine, algunos profesores nos insistían, una y otra vez, en que una obra, o una parte de esa obra, se podía hacer, se puede hacer, de mil maneras diferentes (esto es obvio) pero que sólo una es la buena. Yo no he entendido esa lección hasta mucho después. Es decir, entendía lo que significan esas palabras y lo que quieren decir, pero no de forma interna, profunda. Ahora sé que esa es la llave (encontrar la forma buena de hacer las cosas, la única verdaderamente buena) para que de verdad se pueda alcanzar la anhelada fusión de forma y contenido. Pero claro, eso queda muy bonito decirlo (“la forma es el contenido”, “fusión perfecta de forma y contenido”), pero muy difícil mostrarlo y mucho menos demostrarlo. Si simplemente digo que la ambos conceptos han de ser uno, en realidad no estoy diciendo nada, desde luego nada más de lo que ha dicho cientos (si no miles) de plumillas en todo el mundo.

Lo curioso es que estoy convencido de que esto de lo que estoy hablando pertenece más al ámbito de la narratología y la estilística (es decir, de las artes y las ciencias que estudian la narrativa pura y el estilo), que al del debate teórico del arte. Esto no es teoría, esto es práctica, esto es algo tangible que tiene que ver con que el estilo de una novela, de una película o de un disco de rock es su contenido. Y esto puede parecer una afirmación esteticista, pero no lo es, en absoluto. Cuando nos encontramos con una obra maestra como ‘El camino a casa’ (‘Wo de fu qin mu qin’, 1999), de Zhang Yimou, advertimos que incluso esa elección de fotografiar el presente en blanco y negro y el pasado a color, es una elección no esteticista o emocional, sino formal y al mismo tiempo de contenido. Es una fusión perfecta en la que uno de los conceptos, el contenido (contar la historia de cómo se conocieron los padres del hijo que viaja hasta su pueblo natal), se une con la decisión de mostrar el presente en blanco y negro y el pasado en color. Existen cientos, miles, de películas que podrían haberla tomado, y es probable que hubiese sido una buena decisión, pero el hecho de que en esa película quede perfecto tiene que ver conque el resto de decisiones formales y de contenido están en armonía absoluta con esa tan trascendental. Da la impresión de que el artista se sube a una ola de inspiración o de elevación, y se mantiene en ella desde el mismo principio hasta el mismo final. Y eso es lo que hace esa película una esfera perfecta, en la que las dos mitades (contenido y forma) crean esa aludida esfera que no se ve pero se siente.

Tal cosa me sucede a mí (sentirlo, no verlo), con algunos libros, algunas películas, y alguna música. Por ejemplo, cuando escucho las ‘Variaciones Goldberg’ de Glenn Gould, tanto las de 1955 como las de 1981. Aunque es posible que la segunda grabación sea superior a la primera, ambas son una esfera perfecta, porque las decisiones formales para ejecutar la escritura de Bach por parte del genial pianista canadiense son, en sí mismas, irreprochables, y están en armonía entre ellas, desde el principio de la larga pieza hasta el final. Y lo mismo me sucede con Metallica en su álbum homónimo, llamado también el ‘Black Album’: todo él es una unidad perfecta, cohesiva, orgánica, en la que cada decisión tiene que ver con la anterior y con la siguiente, y en la que cada tema dialoga consigo mismo y con todos los demás al mismo tiempo, como varias esferas tocándose entre sí formando una esfera más grande.

Y ya que estoy metido con el largo ensayo sobre la obra de Francis Ford Coppola, creo que sus obras maestras son un ejemplo perfecto de esto. En un arte tan complejo como el cine, en el que existen literalmente cientos de microtuercas que apretar para formar esa esfera perfecta, nadie, por lo menos en el cine norteamericano, las apretó tan bien y de una manera tan esférica como él en la trilogía ‘The Godfather’, en ‘The Conversation’ y ‘Apocalypse Now’, a las que vuelvo a acceder una y otra vez sin atender ya a la trama, sino estrictamente fijándome en cada decisión formal respecto al contenido, y maravillándome de hasta qué punto este genio del cine tomó siempre la mejor decisión posible, en sí misma y relacionada con las demás. No es de extrañar que provenga de familia de músicos y que posea formación musical, pues la armonía que logró está al alcance de muy pocos, pero supongo que ya volveré a ese tema en ‘Francis Ford Coppola, Príncipe de las tinieblas’.

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