La frivolidad

Creo que la frivolidad es como otro virus que se expande por los escritores españoles, sólo que este incuba durante mucho más tiempo, en algunos casos años y años, hasta que un día por fin empieza a dar síntomas, al principio unos pocos aislados y poco a poco más y más deprisa, hasta que el susodicho se convierte en otro de los infectados, otro de los zombis andantes que convierten nuestra literatura en una caricatura sin la menor gracia. Y en este caso no estoy hablando de los que se dedican a escribir best-sellers al estilo de los anglosajones, sino de los que en teoría están en contra de todo eso y tratan de escribir una literatura más exigente, y aseguran en columnas, en entrevistas y siempre que pueden que ellos son diferentes.

Tal cosa le ha sucedido a Alberto Olmos, que de novelista promesa pasó a escritor de blogs en los que vertir chulería y desparpajo a la hora de escribir críticas literarias (si es que críticas literarias se les podía llamar), sin dejar de publicar algunos trabajos en cuanto tenía material para hacerlo, y finalmente de columnista en El Confidencial, donde con su espacio Mala Fama puede escribir tanto de libros como de actualidad. Parecía, o eso decía él, que se había borrado de eso de publicar nuevos trabajos, pero resulta que no, y aquí tenemos nueva novela y nueva recopilación de textos críticos, pero con este hombre ya convertido en otro de esos novelistas de vuelta de todo, escribiendo autoficción sobre el embarazo de su novia, renegando de posturas e ideas suyas de otras épocas y siendo, al fin, otro de esos casos clínicos de narcisismo mal curado, de prepotencia y soberbia que tanto abunda por estos lares.

En una reciente entrevista concedida a ABC, Olmos dice: “A mí la paternidad me sacó de la droga del ego…”. No me da a mí esa sensación. A continuación espeta varias cosas seguidas, casi sin dejar tiempo al lector inteligente para respirar, frases como “(la crítica literaria) ha perdido muchísima influencia para bien, por un lado, desde la llegada de las redes sociales y de los blogs. Cualquiera puede opinar en cualquier sitio. Eso está bien, porque antes había cuatro o cinco lugares donde expresar opinión acreditada sobre libros. En cuanto te nombran crítico en «Babelia» tienes un poder que no te lo has ganado tú. Yo cuando empecé a hacer reseñas literarias en mi blog el prestigio me lo ganaba reseña a reseña. Y la crítica literaria, según la veo y la practico… Yo lo que trato es hacer un texto que tenga valor por sí mismo…”. Todo esto lo dice seguido. Recuerdo aquel comentario que hizo en el que en una novela de King la frase siguiente no tiene relación con la anterior.

No me acaba de quedar claro por qué dice que la crítica ha perdido influencia para bien. No me explica el porqué de esta aseveración. Y lo de que cualquiera puede opinar en cualquier sitio…antes también se podía, sólo que no se dejaba por escrito. Y la frase siguiente, que antes había cuatro o cinco lugares donde poder expresar opinión acreditada… ¿en qué quedamos, en que cualquiera puede escribir, o en que se necesitan sitios con opinión acreditada. No es lo mismo. Y me temo, querido Olmos, que lo del ego no se te ha curado con el hecho de tener hijos cuando afirmas que tu prestigio te lo ganabas reseña a reseña…. no creo que seas, precisamente, un crítico prestigioso. Las reseñas de Olmos eran más bien chascarrillos (porque lo cierto es que el hombre tiene verborrea, gracejo y mala leche), no críticas literarias serias (por cierto, habría que distinguir de una vez lo que son reseñas de lo que son críticas). Como si estuviera menos de acuerdo con este hombre me tiraría por la ventana, y como parece que yo tengo las ideas mucho más claras, me es imposible no dejarlas por escrito.

En un delirio de tontería supina dice que “Kiko Matamoros ha hecho lo que hay que hacer: no sé por qué he conocido este libro y me da igual quién es el autor, pero lo recomiendo. Eso ya es imposible. Eso es la esencia de la crítica literaria y no se hace nunca”. Eso no es la esencia de la crítica literia, amigo Olmos. Y si no lo sabes por lo menos no deberías salir en un periódico (aunque ese periódico sea un panfleto reaccionario como el ABC) y decir bobadas, a cada cual más grande: “El rollo este del arte, para empezar, no tiene ninguna técnica”. No tendrán técnica tus novelas, o tus columnas, Olmos, pero técnica y ciencia tienen, y mucho, las obras literarias, como te pueden demostrar cientos o miles de teóricos y verdaderos críticos literarios en todo el mundo. No, el ego no se te ha curado, y te empuja a decir estupideces para llamar la atención, como un Pérez-Reverte cualquiera.

Porque la cosa sigue para bingo: “Yo creo que en los «best seller», irónicamente, hay más profesionalidad que en los libros literarios. En los «best seller» sí que hay autores que tienen en cuenta cómo se cuenta una historia desde un punto de vista más bien cinematográfico, o al menos el planteamiento-nudo-desenlace. No tienen estos caprichos que tenemos los autores literarios de ahora me dejo llevar, ahora esto lo pongo porque me apetece, este libro tiene una parte que es un diario porque me da la gana”, y para premio: “A mí si este libro se vende por millones porque la gente se cree que es una guía para el embarazo pues de puta madre”. Y cerramos cum laude: “los Javier Marías, Savater, Muñoz Molina o Marina en los debates… Recuerdo que decían cosas complejas, interesantes. Ahora nos vemos obligados a decir obviedades” (ni que lo digas, Olmos…).

Olmos tuvo la suerte (quiero creer que fue suerte) de quedar finalista del premio Herralde de novela a los veintipocos años. Yo creo que ahí ya le entró el bicho, y se le ha quedado incubando. Ahora que ya ha perdido la fuerza y la pasión de la juventud, y tras firmar una obra literaria bastante irrelevante (‘Trenes hacia Tokyo’ posee rasgos interesantes, sin más, y el resto es la obra de un pseudo-novelista aspirando a una trascendencia que nunca podrá obtener) viene a contarnos la historia de su paternidad. Esta es la literatura que tenemos ahora. Tantos años haciendo de killer de la literatura, de defender a autores raros y arriesgados, de hablar de literatura con descaro e irreverencia, para terminar escribiendo bobadas en Zenda, debe ser duro para un ego intelectual como el suyo. Al final, la soberbia y el ego de Pérez-Reverte se les pega (es fundador de Zenda) a los que ni siquiera son conocidos para el gran público. Y la querencia por escribir chorradas en Twitter, como un Juan Gómez-Jurado cualquiera, también. ¿En qué se diferencia este autor de esos nombres, salvo en que vende muchos menos libros que ellos? Es a veces divertido escribiendo, y nada más. Eso no compensa un ego tan desmesurado.

En realidad, parece que la indolencia y la frivolidad son hoy en día la moneda de cambio entre los escritores españoles. Yo no sé a quién le puede aportar algo una mente tan roma, tan falta de verdadera pasión, de verdadera literatura. Este hombre, y otros como él, acaban convirtiéndose en aquello que dicen despreciar. Si eres un descreído y vas de enfant terrible, mantente en tus trece, o además serás un cínico. Pero parece que ya nada importa nada, y lo que menos importa de todo es la literatura. ¿Cuál será la próxima novela de este personaje? ¿Otra autoficción en la que nos cuenta cómo lleva a cabo la crianza de sus hijos (la matraca que da en twitter con las ocurrencias de su hija, por cierto…)? ¿Una sátira política en la que un tal Alberto Gómez se introduce en esferas de poder para llevar a cabo algún acto subversivo? Sea como sea seguro que serán apasionantes trabajos literarios, con el beneplácito de sus editores, que estarán encantados conque venda cuatro o cinco mil ejemplares y queden olvidados al cabo de tres o cuatro años. Para eso están nuestros editores, y para eso nuestros escritores. Para no aportar nada a aquello que se dedican, salvo ego, idolencia, y frivolidad.

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