Escribir relatos es el infierno

Y sin embargo, es difícil dejar de hacerlo. Ya he escrito por aquí la gran diferencia que existe entre novelar y relatar (una diferencia aún más grande que pintar al óleo y diseñar por ordenador…), así como las enormes disparidades entre escribir una novela o escribir un relato, que sobre todo tienen que ver con el ritmo interno y externo del trabajo, con la disciplina mental, con las expectativas que se le ponen a una historia y a un estilo determinados. Todo eso es cierto, pero hay muchas más cosas que tener en cuenta. Y empiezo a pensar que muchos escritores, ya sean mediocres, estafadores, o grandes novelistas, no se ponen a escribir cuentos o no lo intentan con mayor continuidad, porque a pesar de las apariencias, saben la que les espera.

Porque a pesar de que escribir una novela te puede llevar meses, o incluso años, escribir un relato puede ser, y de hecho suele ser, mucho más duro que escribir una novela. Si estableciéramos un símil válido, podríamos decir que escribir una novela es salir todos los días a correr con intensidad, pero escribir un relato es algo así como escalar una montaña cada tres o cuatro meses. Es decir, que escribiendo una novela te preparas más, y el hecho de escribirla te prepara más para seguir haciéndolo, que escribir un relato, que necesita de un gran impulso durante muchos menos días. En realidad, encontrando un símil mucho mejor, se podría decir que escribir un relato es como escribir el clímax de una novela, y hacerlo en muchos menos días. ¿Y por qué menos días, porque intuyes que para poder inocularle esa energía primitiva de la idea que ha dado lugar al cuento, debes soltarla en pocas jornadas de trabajo para poder contener su esencia. Y creo que muchos escritores de relatos me darán la razón.

Y se han escrito muchos libros, y se ha hablado mucho de cómo escribir novelas, o de cómo se han escrito novelas, o de dónde encontrar los elementos que conforman una buena o por lo menos interesante novela, pero poco, muy poco, de relatos, de su configuración, composición y escritura. Realmente es un campo minado. Podemos volver a remitirnos a la ‘Filosofía de la composición’ de Poe y a otros textos primordiales sobre el tema, pero nada, o por lo menos nada de referencia inexcusable, que se haya escrito en los últimos años sobre el tema. No es de extrañar que ni los más valientes lo intenten. Y es por ello que no hay que dejar de admirar a los que siguen escribiéndolos, por ejemplo el siempre denostado Stephen King, que acaba de sacar un volumen con cuatro relatos largos, y otros que de cuando en cuando consiguen que les publiquen algo diferente a la tan manida novela, a la que ya no pueden pasarle más cosas terribles de las que ya le están pasando.

Personalmente encuentro inspiración en algunos de los grandes, y por mucho que hinque los codos termino dando de lado a no pocos de los mas respetados de este género maldito. Es un placer leer los cuentos de Jack London, de una fiereza y una fuerza expresiva que trascienden la violencia de la mayoría de ellos para transformarse en una experiencia de corte visceral. O los cuentos de terror y de fantasía de Richard Matheson, o los magníficos cuentos de Manuel Mújica Láinez. Pero los que a mí más me han fascinado, incluso superiores a los más logrados del ‘Dublineses’ de Joyce, son los de William Faulkner, pues incluso en el menos exigente y ambicioso de todos ellos reverbera un torrente de ideas, una hemorragia de literatura muy difícil de describir. Pero ni toda la inspiración del mundo puede ayudarte cuando sabes que dispones de diez, doce o quince páginas para contar una historia, o para adentrarte en un mundo muy concreto, y que cada palabra, cada inflexión, cada espacio entre párrafos cuenta. Yo, personalmente, no acabo de encontrar el ritmo en esta clase de cuentos y me deja perplejo que otros, en algún momento, hayan podido.

Una vez haya unificado los tres blogs (este, el de críticas y el de reseñas), iré dejando algunos relatos que he escrito, y estoy casi seguro de que el que llegue a leerlos estará de acuerdo conmigo: la densidad, la hondura de los relatos más largos (más de veinte páginas), es netamente superior al de los más cortos. Es como si una parte de mí, por mucho que me guste la idea original de ese cuento corto, después se perdiera en el azaroso camino (de ocho o nueve páginas después…), pero que tal cosa no me sucediera cuando escribo uno que va a ocupar veinticinco o treinta páginas (diez o doce mil palabras). Empiezo a creer que me da reparo simplemente centrarme en unos pocos detalles, o puede que sea esa la verdadera literatura, la que no muestra sino que sugiere, no la que describe sino la que desvela. Y si así es, aún me falta mucho para descubrir sus secretos. Pero que me crea el lector cuando le digo que por lo general (no siempre, evidentemente), cuantas más palabras necesite un autor para cerrar su obra, peor escritor será. No es de extrañar que todos esos best-sellers que no valen nada sean ladrillos, verdaderos tochos que podrían servir perfectamente para reparar la fachada de un edificio en ruinas.