Kurtz y ‘Blood Meridian’

En realidad, los medios narrativos se retroalimentan entre sí con más frecuencia, concupiscencia e impudicia de lo que pudiera parecer a simple vista, y algunas conexiones que en una apreciación superficial pudieran parecernos casuales o forzadas, se revelan como absolutamente naturales y hasta necesarias. Esto demuestra que nadie crea en un vacío, y que ni siquiera las obras geniales están libres de influencia. Lo único que las obras geniales hacen es ir en contra de todo aquello que se ha hecho antes, creando algo nuevo, asombrosamente original e inimaginable antes de que ellas existieran, pero eso no significa que sus creadores no participen de un todo, de la placenta de lo creativo, de la que se nutren a veces incluso sin saberlo.

Leyendo de nuevo algunos pasajes de la obra maestra de Cormac McCarthy (tiene otros libros estupendos, pero todos ellos quedan muy lejos de lo que logró en 1985), la inefable, pasmosa, sobrecogedora ‘Blood Meridian’ (que aquí se tituló de manera casi literal, ‘Meridiano de sangre’), volviendo a situarnos delante de la, por desgracia, inolvidable figura del Juez Holden (y pongo la J mayúscula porque el personaje lo merece), resulta imposible retrotraerse a esa cima del cine de todos los tiempos titulada ‘Apocalypse Now’, estrenada seis años antes, y por supuesto dirigida por el más grande cineasta estadounidense de todos los tiempos, al que yo apodo “Príncipe de las tinieblas”, Francis Ford Coppola. Porque el Juez Holden no podría existir sin la creación previa de Coppola y Brando de esa figura totémica llamada Kurtz, el loco coronel al que Willard ha de encontrar y matar, más allá del final del río, más allá del final de la locura. Y no solamente porque las descripciones de McCarthy de su aterrador personaje coinciden bastante con las de Brando en ese filme, sino porque ambos participan de un mismo espíritu bélico e infernal al mismo tiempo.

Y esto sucede aún en el hipotético caso (no lo puedo confirmar porque apenas se encuentran entrevistas de él, aunque el eventual lector puede corregirme si lo ve necesario) de que McCarthy no haya visto la película de Coppola. No funciona así, necesariamente. Puede haber visto una imagen de él, o haberse impregnado de su presencia por una secuencia, por una foto, por lo que le hayan hablado de él. Por lo que sea. Pero el temible y depravado Juez Holden es primo hermano sanguíneo de Kurtz. Escuchemos uno de sus alucinantes soliloquios:

Nadie puede estar al corriente de todo lo que pasa en esta tierra, dijo. El juez inclinó la enorme cabeza. Quien crea que los secretos de este mundo están ocultos para siempre vivirá en el misterio y el miedo. Será pasto de la superstición. La lluvia erosionará los hechos de su vida. Pero el hombre que se imponga la tarea de discernir en el tapiz el hilo del orden se habrá hecho cargo del mundo por mera decisión y sólo así pondrá en marcha un modo de dictar los términos de su propio destino.

Tal cosa podría haberle dicho Kurtz a Willard durante sus largas charlas del segmento final de ‘Apocalypse’. De hecho, las inflexiones del juez, su tono grandilocuente, pero también culto, místico, parecen muy cercanas a Kurtz. Ambos son algo más que señores de la guerra. Son la guerra. Por su parte, Kurtz se ha convertido ya en el Dios de la Guerra de esa parte del mundo en la que se ha refugiado, y también del cine. Y el Juez demuestra ser, en el texto de McCarthy, un verdadero teórico sobre la guerra. Dice, en determinado momento:

“Tal es la naturaleza de la guerra, cuya apuesta es a la vez juego, autoridad y justificación. Vista así, la guerra es la forma más sincera de adivinación. Es la prueba de la voluntad propia y de la voluntad de otro dentro de esa voluntad mayor que al enlazarlas está forzada a elegir. La guerra es el juego definitivo porque en definitiva la guerra impone la unidad de la existencia.”

En ‘Apocalypse Now’ Coppola y Milius adaptaron muy libremente la novela corta de Joseph Conrad. Es fácil establecer una línea bastante directa entre Melville con su ‘Moby Dick’ (1851), la novela corta de Conrad, la exuberante obra de William Faulkner y finalmente la prosa hipnótica de McCarthy en su obra maestra. No me parece casual que incrustada en el tercer paso de esa línea imaginaria, se encuentre ‘Apocalypse Now’, y que el juez Holden sea un hijo directo de Kurtz, aunque con una vitalidad innegable y poderosísima. Los temperamentos artísticos se reconocen y se atraen tanto en sus singularidades como en sus búsquedas, y quién sabe si un futuro gran director, heredero de Coppola y a su vez de Welles, adaptará dentro de unos años, siquiera muy libremente, la novela de McCarthy (se rumoreó durante un tiempo que Ridley Scott o incluso James Franco iban a ser los encargados… y por mi parte agradezco a los dioses que tal cosa no haya tenido lugar…).

Llega hasta tal punto la afinidad de las dos creaciones, la cinematográfica y la literaria, que algunas zonas de la prosa de McCarthy podrían haberse incrustado en la alucinada narración más allá de la locura de la película, como por ejemplo esto:

“Al congregarse todos para dormir, y crepitar al viento las llamas bajas de la hoguera cual si estuviera viva, seguían los cuatro en cuclillas en los márgenes de la lumbre, rodeados de extraños enseres y viendo combarse las llamas bajo la ventisca como si fueran absorbidas al vacío por alguna vorágine, un vórtice en aquel desierto con respecto del cual quedaban derogados el tránsito del hombre y todos sus cálculos.”

Estas dos cumbres del arte estadounidense del siglo XX pertenecen a todos, y se pertenecen la una a la otra, con tanta fuerza que este texto mío sólo es pálido reflejo.

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