CINE

LAS ÚLTIMAS IMÁGENES

Tras mi artículo sobre la necesidad de un gran final, del final perfecto, para conseguir que la película (o la novela) sea una obra maestra rotunda, me he inclinado por hacer un compendio de algunos de los finales más perfectos (y más sobrios, más lacerantes, mas inolvidables) de la historia del cine, y por hacerlo sólo con imágenes, haciendo honor al nombre de esta página, en la que a veces hay demasiadas palabras y pocas imágenes (a pesar de que me curro las cabeceras tanto como los textos). De modo que sólo pondré imágenes, nada de títulos o textos intermedios (el que no sepa el título de alguna película sólo tiene que preguntar), y serán todas pertenecientes al último plano, the last shot, de la película, para que recordemos, los que las hayamos visto, lo que nos hicieron sentir, el estado anímico que nos produjo ese final, ese efecto que es en verdad lo más importante, el sentido último de la película.

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CINE

My Only Friend, The End

Resultan interesantes los conceptos, o los lugares comunes, en los que se fijan los espectadores, cualificados (es decir, los que tienen formación audiovisual y artística) o no, aquellos que comparten sus ideas en el trabajo o en la cafetería, o aquellos que se ponen a escribir sobre el tema, en una página web o en un periódico, acerca de los valores narrativos de una película, o simplemente aquello que les ha llamado la atención y les ha gustado o querrían destacar. Se suele hablar de la historia, de lo emocionante que resulte, de la originalidad y del impacto que les ha provocado. Es decir, cuestiones bastante superficiales. Y cuando un grupo de contertulios, de especialistas, de gente más preparada, habla sobre un filme, no se suele hablar del final, del minuto final de la película, del plano final. Las pocas veces que se hace tiene casi siempre que ver con un giro inesperado o la típica sorpresa en el último momento que deja a los espectadores descolocados y sorprendidos. Ese tipo de finales son los que más suele comentar la gente, pero pocas veces son los mejores.

Pero si atendemos a la ‘Filosofía de la composición’ de Edgar Allan Poe, que algo sabía de esto, y si desarrollamos nuestro sentido crítico hasta entender la composición objetiva, en el todo y en sus partes, de cualquier obra narrativa, pronto nos daremos cuenta de que el final del relato, el modo en que está hecho ese final, esa a veces indefinible pero sólida sensación que experimentamos al concluir la película (y todo esto también es aplicable a la literatura, pero ahora vamos a centrarnos en el cine), es en esencia lo más importante de todo. Es el fin último de toda obra narrativa, su razón de ser y el propósito de que haya sido ese material, y no cualquier otro, el elegido por el artista para llevar a cabo su película. Y aunque el viaje, el placer o el displacer que ese viaje conlleva, es fundamental, aún lo es más el final de ese viaje, que no es otra cosa que la culminación, el clímax, de ese viaje. La elevación final. Y sorprende a tantos cineastas que se quieren creer importantes o valiosos descuidando esos finales, proponiendo un último plano perezoso o autoindulgente. El final, los últimos segundos, el último plano de todos, el último frame, es lo más importante de toda la película. Absolutamente toda la construcción anterior del relato se debe a ese final, y construir uno realmente poderoso, que deje al espectador con ese anhelado estado de ánimo al que se refería Wilde en sus ensayos, es algo muy complejo.

No pocos directores de gran talla y fama han tenido serias dificultades para concluir sus películas. Elegir el encuadre, la imagen última, puede ser una tortura. Pero si un gran director se define por una serie de características cruciales, como la dirección de actores, la composición de las secuencias, la vertebración de un todo que aúne una mirada sobre la sociedad, la naturaleza del hombre, la consecución de un estilo y una narrativa personales, la verdadera piedra de toque suprema que distingue a un gran director de un verdadero genio son los finales. Ahí se condensa todo. Tomemos por ejemplo los de Steven Spielberg. No son muy buenos. Spielberg suele ser portentoso en los inicios, dubitativo en la zona media, y desastroso en los finales, porque quiere «contentar» al espectador, hacerle salir a gusto de la película, recordar esa experiencia de forma reconfortante, pese a que algunos tramos del viaje hayan sido cruentos, terribles o sombríos. Por eso Spielberg, además de no albergar ninguna obra maestra en su extensa filmografía, nunca será un cineasta verdaderamente grande. Un final puede ser hermoso, abierto, melancólico, lírico, impactante… pero lo que no puede ser es complaciente, falso, vacuo.

Pensemos en el final de ‘Chinatown’, de Polanski. Es un final magnífico, poderoso. Es también casi operístico: todos los personajes se reúnen en una secuencia final, y los hechos que suceden son terribles, funestos. ¿Cómo se queda el espectador? Totalmente aplastado. Towne, el guionista, había planeado una conclusión optimista, pero Polanski impuso el final más pesimista posible. Lo más importante siempre es cómo se quede el espectador después del visionado del filme, los segundos inmediatamente posteriores a los segundos finales. Ahí es donde reside el coraje de un cineasta. En ‘El camino a casa’, Zhang Yimou cierra la película con un recuerdo, de nuevo a todo color: la madre de nuevo joven corriendo en el campo, feliz ante la llegada del maestro, con la bella música de San Bao. Es el mejor final posible, el mejor imaginable, y es la verdadera la razón de que ese filme sea una obra maestra inconmensurable. En ‘Blade Runner’ de Ridley Scott, tan alabada por ciertos sectores, el final es simplemente la interrupción del relato. No es un mal final, pero es la conclusión, sin más. En ‘Gladiator’, o en ‘El discurso del rey’, o en ‘Slumdog Millionaire’, o en ‘Interstellar’, o en ‘El laberinto del fauno’, la conclusión es sencilla, explícita, directa. El relato muere, y con él el interés del espectador. No dejan poso.

Inmerso ahora como estoy en el largo ensayo sobre la carrera de F.F. Coppola, me doy cuenta de que es uno de los mejores creadores de finales de la entera historia del cine. Los tres finales de las tres partes de ‘El Padrino’ poseen inmensa dignidad estética, y dejan al espectador con la ineludible sensación de un abismo, preso de una angustia indefinible. Ningún director vivo hizo nada parecido. Pienso también en el final de ‘Apocalypse Now’, que es apabullante (el espectador sale del cine literalmente destruido, anímica y psicológicamente devastado), o en el inefable fiinal de ‘La conversación’, con Harry (Gene Hackman) Caul, tocando su instrumento en soledad, en su destruida casa. No solamente son los mejores finales imaginables, si no que probablemente estén entre los más memorables de la historia del cine. Y hablo del último plano: el rostro de Kay Adams siendo borrado, eclipsado por la puerta que se le cierra; el de Michael Corleone reflexionando, con la mitad en total oscuridad; el mismo Michael Corleone anciano y agonizante en su silla, solo y abandonado por todos; el rostro de Willard (Martin Sheen) superpuesto al de la estatua de piedra; el solitario Caul tocando, aislado del mundo, vencido por su propia paranoia.

El siempre cercano a derribar la supremacía de Coppola, su buen amigo Martin Scorsese, que sin duda comparte con él el centro del canon estadounidense, pocas veces ha alcanzado finales parecidos. Quizá el bello final de la portentosa ‘The Age of Innocence’, probablemente el último y devastador plano de ‘Casino’, con Robert De Niro mirando a cámara a través de su mirada desengañada y agotada, seguramente el hermoso plano final de ‘Silence’. Pero incluso el final de la muy detestada ‘Bram Stoker’s Dracula’, final que está a la altura de un filme de ‘El Padrino’, es superior, en intensidad, en la zozobra. en la angustia que provoca al espectador, en profundidad conceptual y belleza compositiva, a cualquiera de esos, incluido el demoledor plano final de esa obra maestra que es ‘Raging Bull’. Incluso el extraordinario plano final de ‘The Silence of the Lambs’ es muy superior, por el sutil terror que provoca, a muchos otros de directores extraordinarios, por la sencillez y al mismo tiempo la profundidad emocional de aquello que provocan. Existen algunos directores que pueden lograr eso, y cuyos finales, si bien nos han impactado, no tenemos en mente hasta que nos acordamos de ellos de forma voluntaria y nos maravillamos.

Como con el extraordinario plano final de ‘Prince of Darkness’, una de las tres obras maestras de John Carpenter, que es de una belleza aterradora e inolvidable. O el plano final de ‘Titanic’, uno de los más hermosos, melancólicos, al mismo tiempo eufóricos y evocadores de la historia del cine. Como ese plano final de Sarah Connor adentrándose en la tormenta, o de esa negra carretera por la que avanzan Sarah y John Connor, o el madre e hija durmiendo en hibernación, o el de Sully por fin transducido a su avatar. Los finales de los grandes filmes de Cameron están entre los mejores que se recuerdan, por esa mezcla de euforia y de extraña melancolía que desprenden todos ellos.

Cojan a su director favorito (Clint Eastwood, Woody Allen, Peter Jackson, Darren Aronofsky, los hermanos Wachowski, Ridley Scott, Christopher Nolan, Steven Soderbergh o cualquier director estrella) y examinen bien el final de esa supuesta gran película que dirigió, a ver si de verdad supera la prueba, a ver si es un final a medio gas, o un final en el que el director se deje llevar, o que podría ser cualquier otro plano, y se dará cuenta de que ese director no es para tanto. De Eastwood, seguramente el mejor el de ‘Sin Perdón’, con el asesino alejándose en la noche, bajo la lluvia, y por eso es su obra maestra. De Allen quizá el devastador final de ‘Match Point’. Y del resto mejor no hablar. Sólo el final de ‘Flowers of War’, de Zhang Yimou, es algo inalcanzable para tanto director estadounidense o anglosajón glorificado, e incapaz de alcanzar la finura, la nobleza, la elevación de los finales nombrados, y de algunos otros.

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LITERATURA

Novela histórica: la antinovela

Otro día hablo de los «thrillers», que tienen poco de Thriller, o de las novelas de «aventuras» actuales, que tienen poco de Aventuras. Creo que es obligatorio hablar primero de ese fenómeno editorial que desde hace ya varias décadas es el verdadero timón de la industria editorial del mundo occidental: la novela llamada «histórica». Y no tengo datos, ni quiero tenerlos, pero puede ser este el subgénero del que más títulos aparecen al año. Miles y miles, españoles, alemanes, franceses, italianos, británicos, estadounidenses… un verdadero filón, un inabarcable río de tinta que parece no tener fin, al que se apuntan la mayoría de escritores de éxito y que los lectores de todo el mundo adquieren con avidez y leen de un tirón, deseando conocer más cosas sobre Calígula, sobre Napoleón, sobre la Sábana Santa, sobre los Celtas, sobre el Vaticano, sobre Julia y los césares, o sobre los nazis. Y como su apetito tampoco parece tener fin los escritores están más que dispuestos a darles lo que quieren.

¿Y cómo se lo dan? Investigando. Investigando mucho, muchísimo. De hecho, se pasan años investigando para una novela que luego escriben en unos meses. Investigar, dicen, es esencial y es lo más divertido. Es apasionante. Luego, con todo ese material acumulado, ya pueden dedicarse a la redacción de su obra con más ahínco y preparación. Así, cuando el volumen llega finalmente a manos de los lectores y de los críticos, todos ellos se maravillan de que, en efecto, el autor o la autora lo saben todo de la época sobre la que están escribiendo, desde el vestuario hasta el más mínimo objeto, las costumbres, los nombres, los usos y las profundidades de cualquier sociedad de que haya noticia. Y esa es la virtud que luego más se resalta a la hora de comentar el libro…o más bien el tocho. Porque como no puede ser de otra manera, todos ellos suelen ser ladrillos de setecientas páginas, de mil, mil doscientas, en las que se detalla, con una precisión que admiraría un historiador experto, la construcción de una catedral, o el viaje de Magallanes al fin del mundo. Objetos voluminosos que quedan estupendamente en la librería, con lustrosas cubiertas a todo color.

En realidad, el cansino de Harold Bloom tenía razón al dejar fuera a la novela histórica de sus esfuerzos de canonización literaria. La novela histórica, más que la antinovela es la antiliteratura, a la que con tanto denuedo se han entregado escritores que quizá podrían haber hecho algo meritorio con su pluma, pero en la que han encontrado un producto literario de éxito más accesible. Y toda ella surge de un hito publicado en 1980: ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco, una interesante novela en la que el erudito Eco aunaba pasión histórica con talento para la intriga y el misterio. Su gigantesco éxito animó a muchos a intentarlo de semejante manera, y con resultados mucho menos afortunados que en ese hito, casi siempre. Hoy día no falta erudito, historiador, especialista o profesor de universidad que no intente contarnos el misterio del último catón, de una conspiración judeo masónica o de un investigador de libros ocultos. Sería arduo de hacer una tentativa de listado de las últimas cuatro décadas.

Y esa fiebre por el realismo histórico, por la precisión y el detalle costumbristas (porque no hablamos de otra cosa que de costumbrismo, que «nunca morirá mientras existan costumbristas», Viñó dixit) se ha extendido incluso al cine, hasta el punto de que parece que una película es más sólida, más destacable y en definitiva mejor cuanto más detalles precisos albergue, esos en los que pueden extasiarse los especialistas de su rama del saber, ya sean filósofos, hackers o astrobiólogos. Todo eso es lo opuesto a la ficción, la muerte de la fabulación, de la evocación, de la bella mentira pactada que es la gran literatura, una literatura que no necesita explicarse a sí misma y que es más libre y más hermosa cuantas más oportunidades tiene de crear sus propias reglas. Todos estos novelistas (el lector de estas líneas sabe bien quienes son, no hace falta que repita sus nombres) que se amparan en ingentes trabajos de investigación, en conocimientos precisos de una época o de una cultura lejanas, saben perfectamente que de otro modo no podrían escribir. Lo saben. No lo dicen, pero lo saben. Y las pocas veces que se lanzan a escribir sin el amparo de libros de historia se perciben sus carencias a leguas de distancia.

Con el beneplácito de los lectores más perezosos, aquellos que quieren que los libros sean como películas, con el apoyo ciego de las grandes editoriales, los escritores de novelas históricas escriben una mentira aún mayor que la que supone toda obra de arte narrativa. No se dan cuenta del carácter elusivo de la verdad. Al querer atraparla, al querer hacerse valedores de ella, la contaminan, la corrompen, la convierten en una falsedad. Es arte falso. Sólo los verdaderos artistas, los escritores de raza, saben que la verdad es falsa, y que sólo puede obtenerse un reflejo de ella, una sombra de ella, y que para eso se necesita de la resbaladiza sustancia de la ficción pura, ajena a toda erudición. Un grandísimo ignorante de conocimientos universitarios podría escribir una obra maestra mucho antes que el más ilustrado de los catedráticos, siempre que sepa escuchar, observar e imaginar. Cada vez que un novelista quiere atrapar la verdad absoluta de un hecho histórico cualquiera, demuestra al mundo su ineptitud, su falta de temperamento creador. Y cada vez que un auténtico novelista enseña al mundo su verdad, la que no puede dejar de poner por escrito, accedemos todos a una parte de la verdad universal en forma de mitos y leyendas, de universos para los que no hace falta investigar en libros de historia, sino averiguar quién es uno mismo.

Otro día hablaré de los thrillers aguados, o de los libros de aventuras con los que nos asolan. Pero la novela histórica actual es el caldo de cultivo de los novelistas más incompetentes de que hay noticia en las últimas décadas, y el lector inteligente no debería caer en el timo de pagar ni un euro a estos engendros.

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LITERATURA

Los 5 verdaderos triunfos del escritor

Recientemente, siendo testigo de la enésima trifulca de varios tuiteros acerca de la obra de Pérez-Reverte, ha vuelto a mi mente la pequeña lista de triunfos que yo considero son los verdaderos de todo escritor. Resulta que una tal Persephone from the Underworld (ya te podías haber buscado un nombre más corto, amiga) escribió lo siguiente:

A lo que una horda (¿existe una palabra mejor para definirles?) de individuos, todos ellos, o la mayoría, probablemente admiradores irredentos del murciano (seguramente si que son grandes conocedores de la literatura universal, no me cabe la menor duda de ello…), le respondieron con una preciosa retahíla de tuits en los que le decían de todo menos bonita. Muchos de ellos alegaban que cómo se atrevía a meterse con un señor que ha vendido quince millones de ejemplares de sus libros en todo el mundo, como si eso fuera un valor en sí mismo. Otros le decían que tan mal no está el párrafo o que un día tonto lo tiene cualquiera. Y bueno en general se reían de ella por sus pretensiones de ser escritora, repitiendo que este tipo ha sido reportero veinte años y es miembro de la RAE, que es una ignorante, una ridícula, fantoche, niñata y un largo etc… Sólo algunos se quedaban perplejos de que este supuesto gran escritor fuera capaz de pergeñar semejante abominación de página. Entre ellos un hombre al que yo conocí (y que es un tipo estupendo, realmente) y con el que compartí esfuerzos en una revista ahora desaparecida, que le conoce en persona, y que no salía de su asombro, llegando a dudar de que la página realmente perteneciera a ese libro y por tanto a nuestro glorioso escritor, y obligando a la susodicha a tener que subir un vídeo mostrando que no había ni trampa ni cartón (hay que buscar mejores compañías, Arístides).

Lo cierto es que esta muchacha, sea quien sea, tiene mi respeto: últimamente muy pocos se atreven a decir que el rey está desnudo, y cuando se atreven son abucheados, aplastados y acallados de forma salvaje por la masa de aborregados (miles de ellos) que no pueden permitir que nadie dude de su ídolo. Porque además tiene razón: cualquier persona con un poco de talento narrativo, de gusto por la literatura, de capacidad de escritura más básica, puede hacer algo mejor que esa porquería de página y que la mayoría de las que forman parte de los libros de ese caballero. Lo fácil es alinearse con los poderosos, con los influyentes, con los que todo el mundo rinde pleitesía, y lo difícil ser valiente y decir las cosas como son. Y me temo que todos esos que esgrimían las grandes ventas de Pérez-Reverte como un hecho objetivo de su grandeza se equivocaban completamente. Haber vendido millones de ejemplares no te hace un buen escritor. Ni siquiera un escritor decente. Te hace acreedor, a la vista está, de que los descerebrados de este mundo, que son legión, piensen tal cosa. Algunos, como Ken Follett, lo saben perfectamente pese a estar en el juego. Otros… otros no tanto.

El triunfo de un escritor nunca consiste en vender millones de ejemplares. De hecho, suele ser, casi siempre, indicativo de que algo no va del todo bien. Si gustas a tanta gente, en una sociedad con tan escasos valores literarios arraigados, lo más probable es que tus libros no sean buenos. No es seguro, pero es lo más probable. Y un verdadero escritor nunca busca eso. He aquí los cinco verdaderos triunfos del escritor, y luego una leve apreciación al respecto:

Terminar el libro

Que el libro sea bueno, que albergue verdadera literatura

Que te publiquen el libro en una editorial capaz de colocarlo en cualquier librería

Que el libro impacte al público, a la crítica y a la sociedad en su conjunto

Que el libro perdure

Los dos primeros, en rojo, son responsabilidad exclusiva de todo escritor. El resto no. El resto depende la suerte. De estar en el momento propicio en el lugar oportuno, de conocer a las personas debidas, de que lea tu manuscrito ese editor dispuesto a creer en ti, de que sea una época en la que se den oportunidades. Por desgracia, la mayoría de escritores que conoce el público mayoritario, solamente han cumplido el primero y el tercero de esos cinco puntos, y desde luego sólo van a impactar un tiempo limitado, y sus trabajos no van a perdurar.

Muchos, supongo, nos podríamos conformar con esos dos primeros puntos, que para muchos son inalcanzables por diversos motivos. No dejaremos de intentar, por supuesto, que el tercero, e incluso el cuarto, tengan lugar. Para el quinto hay que esperar cien o doscientos años y por lo general ningún escritor es tan longevo. Pero si existe algún aspirante a escritor, un escritor de verdad, estoy seguro de que estará de acuerdo conmigo. Sólo los malos escogen en la balanza entre las dos opciones supremas: ser seguramente un mal escritor que a lo mejor gane mucho dinero, o ser muy probablemente un escritor pobre que a lo mejor consigue una buena novela o un buen libro de cuentos o un buen poemario.

Y esa decisión se toma todos los días.

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CINE, LITERATURA

Todos esos pelmazos tenían razón

Todos. Absolutamente todos. ¿Se acuerda el lector de todas las veces que el crítico pelma de turno te insistía en que esa película que tanto te gustaba, o ese libro que te acababas de comprar, eran una porquería? Pues tenía razón. ¿Se acuerda de todas las veces que un crítico de verdad (no Alberto Olmos, no Carlos Pumares, no tantos bloggers o fanáticos de baratillo de los que abundan en este mundo gris…un crítico de verdad, de los que llevan décadas enfrentándose a películas o libros, y elaborando una teoría de la literatura o del cine más allá de ocurrencias o clichés) le hizo sentir como un bobo, y al mismo tiempo le dieron ganas de matar a ese crítico, de odiarle tanto que con ese odio pudiera hacerle estallar la cabeza? ¿Se acuerda? Bueno, pues todas esas veces tenían razón. Casi todas…

Y tarda uno en darse cuenta. Tardas unos años o unas décadas. Es un proceso similar al de aceptar que eres mortal y que la tierra no es plana y flota en una oscuridad vacía y casi infinita. Es el proceso consistente en dejar de ser un niño para ser un adulto, ser una persona de verdad, con una mente desarrollada, evolucionada, y no una mente subdesarrollada y narcisista, no uno más de los que piensan que por tener voz y poder decir «me gusta» o por poder repetir «yo», o «mi», tiene verdadera razón o sabe de lo que está hablando. Llega un día en que te paras a pensar y te dices: «hostiá, que tenían razón…que todo eso del rigor estético, de la solidez argumental, de la altura de la mirada, de la dificultad del texto, del displacer, de la escritura sapiencial, de la sencillez de la complejidad y la complejidad de la sencillez, de la musicalidad de la prosa o de la puesta en escena, de la libertad y al mismo tiempo la responsabilidad en la mirada, de la necesidad de hundir tus raíces en una cultura nacional y continental, de la obligatoriedad de las referencias autorales y estilísticas, de la fuerza expresiva, todo eso, y muchas cosas más, es verdad».

Es decir, que gente tan purista como Ángel Fernández-Santos, Harold Bloom (y otros no tan puristas, aunque de vez en cuando casi tan puristas como ellos, como Carlos F. Heredero) tenían o tienen razón aunque se equivocaran tantas veces y lanzaran soflamas o ideas tan cuestionables. Cuando el pelma de Fernández-Santos insistía una y otra vez, en sus pedantes y literarias críticas de El País y otros medios en los que escribía con menos frecuencia, en que el gran cine es el que nos habla a la altura de la mirada humana, sin coartadas genéricas, sin imposturas, sin artificios, sin fantasías, sino siempre teniendo a la realidad como inspiración fundamental, tenía razón, aunque luego su criterio a la hora de valorar películas fuera bastante cuestionable; y cuando el pelma de Bloom, en sus insoportables libros, esos en los que su desmesurado ego chorrea por el canto de las páginas, no dejaba de hablar del supremo displacer de las obras más difíciles, y de la insoportable angustia de la influencia, tenía toda la puta razón, aunque luego se enfrascara en sus absurdos cánones personales, en sus filias y sus fobias de intransigente y ególatra profesor universitario. Y aún diré más, cuando el pirado de Jesús G. Maestro, en su canal de Youtube, en sus ensayos, y probablemente en sus clases de la universidad de Vigo, se pone pesadito con sus ideas sobre la genial literatura española, sobre la escasez de grandes obras universales en la literatura francesa, sobre sus treinta obras maestras esenciales de la literatura de todos los tiempos, tiene toda la razón, por muy escorado, y fatuo, y ofuscado y majadero que se nos ponga.

En resumen, esos críticos cinematográficos y literarios tan exaltados, tan radicales (palabra que la gente emplea de forma equivocada) son, y me gusta compararles con ellos, como los científicos que desde el principio de los tiempos nos han dicho: «¡que no es por aquí, que es por allí!», sin que nadie les hiciera ni maldito caso, salvo raras excepciones. Son (somos) tan radicales y están (estamos) tan exaltados, porque nadie les (nos) hace el más mínimo caso. Y si nos lo hacen desde luego no lo parece. Un crítico nace y además se hace. Teóricos hay en todos lados, pero críticos de verdad muy pocos, y siempre ha sido así porque caemos tan mal, somos tan inaguantables, tan exigentes, tan obsesivos, que todo el mundo acaba mandándonos a la mierda. Hasta cierto punto es lógico que así sea. Pero, joder, que tenemos razón, por mucho que nos ninguneéis, por mucho que hagáis oídos sordos. La poderosa razón de la individualidad, de uno contra un millón.

De verdad: quedáos con vuestros ‘Matrix’ y con vuestros ‘Señores de los anillos’, con vuestros ‘Vengadores: Endgame’ y vuestros Aronofskys y Ridleys Scottes y Christophers Nolans, porque una sola secuencia de ‘Mud’ o de ‘La vida mancha’ vale mucho más que todo eso junto; y quedaros con vuestros Pérez-Revertes, vuestros Follets, vuestras Almudenas Grandes y vuestros Antonios Muñoz Molinas, con vuestras poetisas tipo Luna Miguel o vuestros astros tipo Karl Ove Knausgård, con toda la farfolla y toda la flor y nata de los escritores más incompetentes, más falsarios y abyectos que ha dado la «cultura» en décadas, que nosotros ya leeremos ‘Mientras agonizo’, o ‘Meridiano de sangre’, o ‘Ulysses’, o ‘La montaña mágica’, o ‘La muerte de Virgilio’, o ‘Moby Dick’, o los ensayos de Unamuno, o la poesía de Quevedo…o incluso ‘Guerra mundial Z’, que vale mucho más que todos esos incompetentes, todos esos escritorzuelos, porque hay un verdadero escritor, una verdadera voz detrás.

Haced lo que os de la gana. Gastaros el dinero en lo que os apetezca, que para algo es vuestro. Pasadlo genial. Y luego, por favor, todos esos que vais de críticos literarios o cinematográficos en blogs o periódicos haced el ridículo con vuestras ocurrencias y vuestros chascarrillos y vuestro pésimo gusto. Con algo tenemos que entretenernos.

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Aventuras, Fantasía, Relatos, Terror

Relatos de supervivencia

Hace pocos días terminé un volumen de relatos que he bautizado como ‘Relatos de supervivencia’. Se trata de cuatro relatos largos (alguno realmente largo), en los que he intentado encontrar, más que nunca antes, mi propia voz. Cualquier persona que lea estas líneas y que intente ser escritor sabe que ese es uno de los pasos más importantes, y quizá el decisivo para convertirte en un verdadero escritor: encontrar tu propia voz, tanto en lo estilístico como en lo conceptual, y aunque muchos se centran en lo primero, lo segundo es igualmente esencial. ¿Cuáles son los temas que a mí me interesan? ¿En cuáles me siento más cómodo, soy más yo mismo? ¿Y cuál es el estilo que puedo emplear en tales temas, en tales relatos? La respuesta a esas preguntas puede llevarte años para responderlas, y son años de duro trabajo, en los que escribes y escribes preguntándote quién diablos eres y dónde está lo que verdaderamente quieres hacer, cuáles son los conceptos que verdaderamente te ponen, hablando mal y pronto.

Hasta la fecha he escrito cinco novelas, de extensión dispar, y una veintena larga de relatos. Yo creo que estos cuatro, que ahora pasaré a detallar, son lo mejor que he escrito en este complicado género del relato. Por la sencilla razón de que sus temas, sus ideas, son las que a mí más me interesan y son en las que yo puedo dar, creo, lo mejor de mí mismo. Uno de ellos, por cierto, es casi una novela corta, pues ocupa, siempre con interlineado de 1,5 y con los márgenes habituales, ciento tres páginas. Pero pese a su extensión es, por técnica y por formato, un relato, no una novela. Los cuatro van a ser publicados, bajo pago de 1,50€ cada uno, en esta página web, y todos juntos, si es que consigo que se acepte un texto tan largo, por 5,00€. Son los siguientes:

‘El espíritu de las tormentas’ (54.496 palabras, 103 páginas)
‘Cacería, (o el ciclo que nunca acaba)’, (18.557 palabras, 38 páginas)
‘Bebe mis lágrimas’ (12.296 palabras, 23 páginas)
‘Viaje a la medianoche’ (15.346 palabras, 30 páginas)

Sin querer contar muchos detalles que puedan estropear la experiencia de su lectura, diré que todos, menos el segundo, poseen elementos de fantasía oscura y terror, pero probablemente no de la fantasía que se estila ahora, sino bastante más elaborada y densa. El segundo es el más realista y probablemente también por ello el más crudo y desesperanzado. Todos ellos albergan un tono casi apocalíptico y por supuesto son historias de supervivencia, aunque en el primer cuento, ‘El espíritu de las tormentas’, el protagonista sea un lobo, y en el tercero, ‘Bebe mis lágrimas’, una vampira de las que duermen por el día y beben sangre humana por la noche. El cuarto y último es el más aventurero y al mismo tiempo, creo, el más imaginativo. Además, sus personajes entroncan con los de mi primera novela, la que el año que viene corregiré y pondré a la venta en Amazon. Así mismo este volumen de relatos también lo pondré a la venta en Amazon en un futuro.

En los próximos días, en cuanto disponga de algo de tiempo, tengo previsto publicar un relato de Sci-Fi directamente en estas páginas, y será de lectura libre, para que los que se estén pensando en adquirir uno de los relatos de pago quizá puedan decidirse a hacerlo (o quizá decidan, definitivamente, que los compre otro…).

Seguiré escribiendo relatos a lo largo de los meses, y seguiré publicándolos aquí, por suscripción o de libre lectura, siempre que esté contento con el resultado. Yo creo que los que son más aptos para mi imaginación son los de fantasía oscura, el thriller y la aventura. Quizá también el género negro. Pero sobre todo los relatos de supervivencia extrema, en los que propongo al lector una experiencia al límite (como los cuatro que conforman este volumen). Ya veremos. Escribir un buen relato es muy difícil y muy complejo, quizá algún día lo consiga.

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ENSAYO

Twitter no me convence

En realidad casi ninguna red social me convence, aunque hay algunas que me parecen especialmente detestables y dañinas, como por ejemplo Facebook, a la que yo considero la peor de todas, no solamente por el sujeto que la inventó, sino por sus propias características. Todas las redes sociales significan, por un lado, una intromisión intolerable en tu vida privada y un uso ilegal de tus datos personales, y por otro lado una narcisista, compulsiva e ingenua exhibición de esa vida privada para que cualquiera pueda no solo conocerla, sino juzgarla y hurgar en ella. Nunca he tenido Facebook (aunque en cierta ocasión no sé quién hizo una página dedicada a mi trabajo crítico…) y nunca me he arrepentido de ello. Pero sí he tenido, y vuelvo a tener, una cuenta de Twitter, y estoy empezando a pensar que es una pérdida de tiempo absoluta, por mucho que me insistan en que no es así.

Twitter sirve para tres cosas, principalmente: para contar tu vida a cualquiera que pueda leerla, como si tu vida pudiera interesarme a mí o a cualquiera de los otros quinientos millones de usuarios; para escribir chistes, algunos mejores y otros peores; y para mentir desaforadamente, ya sea descorchando tu odio hacia una idea, un partido o una persona, contra las que se verterán todo tipo de injurias y falsedades, o haciéndote el estupendo y esforzándote por demostrar tu magisterio en cualquier tema imaginable, o para inventarte un personaje y vender tu mierda (generalmente libros y discos) al personal, o para publicitar tu trabajo, dando la vara al personal. También se me dirá que Twitter sirve para informar, ya que es el medio más rápido con el que conocer noticias. Y se me dirá que es una aplicación con la que conocer gente e intercambiar ideas. Ambas afirmaciones las pongo bastante en cuarentena. Twitter no informa, sino que dada su inmediatez (pues si un medio está conectado a Twitter en cuanto publique una noticia aparece en su timeline…), te lleva a lugares de información, pero existen muchas herramientas que hacen eso mismo, si es que eres uno de esos ávidos de noticias las veinticuatro horas del día…

Y si te ayuda a conocer gente o a intercambiar ideas, que hasta cierto punto puede ser, sobre todo te ayuda a conocer a todo tipo de fauna intragable y a todo tipo de ideas, que te hacen convencerte, si es que no lo estabas ya, de que el género humano está terriblemente sobrevalorado. Twitter es un basurero, justo el que se merece este mundo globalizado y mediocre, en el que todo el mundo vierte su bilis, su soberbia, sus carencias. Por cada uno o dos que escriben cosas interesantes, hay mil o cinco mil que no escriben más que paridas. E incluso muchos que se nota que están preparados y que quizá tuvieran algo interesante que decir, acaban cayendo en esa espiral de conversaciones de besugos, de proselitismo y confrontaciones infantiles. ¿De qué otra manera iba a ser una red social que es como una inmensa arena en la que todas las ideas valen lo mismo y en la que cualquier puede decir lo que le dé la gana sin grandes consecuencias, salvo quizá que te bloqueen la cuenta? Imaginemos que existiera un gigantesco anfiteatro, en el que cupieran quinientos millones de personas, y en el que a todos pudiera oírseles por igual. ¿Podemos imaginarnos el gallinero? ¡Pues eso, exactamente eso, es Twitter!

Con el agravante de que la mayoría de las veces, dado que se trata de doscientos ochenta caracteres, la voz de quien escribe, sea del tema que sea, nos suena prepotente, arbitraria, jactanciosa y fatua. Pareciera que esos doscientos ochenta caracteres son un pedestal en los que todo el mundo quiere subirse a soltar sus ideas, y que esas ideas se sostienen ya con dejarlas ahí, lo cual es una falacia manifiesta. Leo a decenas y decenas de supuestos expertos en arte y literatura, en cine y televisión, lanzando proclamas de cien o doscientos caracteres, como si con eso bastara para argumentar una idea. Leo incluso a gente que ha ido a la escuela de cine, o que son profesores o críticos (pseudo-críticos la mayoría…) de cine y literatura, dejando una sentencia y quedándose tan a gusto. Twitter es la tiranía de las ideas sin fundamento y del postureo tan en boga en esta época. Ni siquiera con un hilo de tweets puedes demostrar una idea, sólo puedes densificarla, pero eso no te da autoridad ninguna.

Me insisten, de vez en cuando, en que emplee Twitter para dar a conocer mi trabajo como escritor y crítico, pero no me convence la idea. Sí, supongo que si lo empleara atraería todavía a más personas a mi página y llamaría la atención sobre mis libros, pero también significaría tener que pagar un caro peaje. Yo no puedo estar pendiente de relacionarme con la gente en esa red social, ni para inventarme un personaje con el que interactuar (porque todos los que interactúan allí, lo quieran o no, crean una máscara que no es su personalidad real), ni para babosear al personal insistiendo en que me lean. Es un mundo en el que no creo, y en el que no quiero participar. No quiero ser un escritor más de esos que tiene una cuenta en la que está todo el día, todos los días, vendiendo su trabajo, hablando de su trabajo, publicitando su trabajo. Tengo cosas mejores que hacer… por ejemplo escribir otra novela u otro relato. ¿Para qué voy a escribir mis ideas en tan pocos caracteres si yo tengo los conocimientos, y el coraje, de escribir un artículo, un ensayo, o una crítica literaria o cinematográfica de mil, dos mil o tres mil palabras? Es lo mismo que en esa red social, pero bien hecho, y cualquiera puede leerme o detestarme, si así lo desea. Si hasta gente tan inteligente como Rodrigo Cortés se rebaja a escribir memeces en Twitter, ¿para qué uno más?

Tengo una cuenta en Twitter pero es anónima. Con ella sigo a unas cuantas personas y me entero de las noticias. Leo algunos chistes muy buenos (y otros muy malos) y a veces me aventuro a ver el timeline de novelistas grotescos, y las bobadas que escriben pseudocríticos de cine que en su feudo (su cuenta) se sienten muy listos, y las sentencias de sesudos historiadores y teóricos de cine de los que no se aprende absolutamente nada. Y no voy a participar más a fondo en ello. Twitter es un medio terriblemente antipático, feo, gris, caótico, que no vale nada, y que es el perfecto símbolo de estos tristes tiempos que nos toca vivir, en los que por fin se demuestra que cualquier paleto puede escribir sobre las cuestiones más elevadas y sentirse importante, y en la que los pocos con ideas interesantes son aplastados por la mediocre mayoría.

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PRESENTACIONES

¿Contenidos de pago?

Escribo esta introducción a modo de explicación por los contenidos de pago y también a modo de presentación de esta nueva página, que sigue siendo la misma pero no, pues aunque sigue teniendo la misma cabecera (Imágenes, sonidos y palabras) y la misma vocación de hablar sobre narrativa y sobre arte en general, principalmente, hace ya un par de semanas que posee un nuevo dominio, adrianmassanet.com, un nuevo aspecto, en mi opinión mucho más interesante que el anterior y nuevos horizontes a explorar, gracias a las herramientas que ahora WordPress ha puesto a mi disposición. ¿Una de ellas?: la posibilidad de hacer que algunos contenidos destacados sean de pago, es decir que el potencial lector tenga que suscribirse a esta página, pagando la cantidad de 7,5€ al mes para poder verlo todo, o 75€ al año, que a mí me parece una cantidad bastante ridícula dada la cantidad de cosas que voy a dejar aquí y del trabajo que me lleva hacerlas, pero que seguramente a cualquier lector le parezca una desmesurada exigencia por mi parte. Y probablemente, en cierto sentido, no le falte razón. Pero dejen que me explique.

Porque seguramente algunos estarán pensando: «bueno, el Massanet, cómo se sube a la parra, que ya tiene unos cuantos seguidores y aspira a que le paguen por escribir»… o: «muy mal de pasta tiene que estar este hombre para empezar a cobrar por las cosas que escribe»… o: «¿quién se cree que es? antes me caía bien, me parecía un escritor y crítico interesante pero ahora va de estupendo y no va a rascar ni un duro, que se joda, que se hunda en la miseria y blablabla». En realidad no tiene nada que ver con ganar dinero (aunque parezca lo contrario), ni con aspirar a nada. Sólo tiene que ver con compartir los relatos y libros de no ficción que escribo, pero de tener la dignidad de no escribirlos ni compartirlos gratis. Nada más. Soy plenamente consciente de que hasta que no me convierta en un escritor conocido (en el muy hipotético caso de que eso llegue a suceder…) nadie va a entrar en esta página a pagar por nada. Pero yo no voy a escribir un relato de 10.000 o 20.000 palabras y a publicarlo en esta página para que la gente pueda verlo gratis, como tantos compañeros de la red hacen cada día, en este y en cualquier otro país del mundo. Y creo que yo también hago muy bien.

Los artículos y otros contenidos diarios que iré publicando serán libres, por supuesto (aunque protegidos con la licencia Creative Commons que se puede encontrar en la columna desplegable de la derecha), así como todos mis ensayos breves y el acceso a mi obra crítica, que quería añadir a esta página, pero que por el momento no es posible. Pero el libro que estoy escribiendo, más bien el ensayo analítico, sobre la obra de F.F. Coppola, que he titulado ‘Príncipe de las tinieblas’, va a ser en su totalidad de pago, como ya se puede comprobar, así como la mayoría de relatos y otras ficciones que vaya dejando aquí. Los fragmentos o diversos capítulos de ‘Príncipe de las tinieblas’ serán de libre lectura durante dos semanas, para que cualquiera pueda acceder a ellos, pero luego, en su página principal, quedarán de pago. Así mismo algunos relatos breves que escriba serán libres, pero los más ambiciosos, los que tengo intención de publicar en papel, no pueden serlo. El primer paso de creerte bueno en tu trabajo, de creer que lo que haces vale algo, es nunca hacerlo gratis.

El año que viene, si todavía seguimos aquí y no nos ha caído en la cabeza un pedrusco de un kilómetro de diámetro o me ha llamado la parca para no escribir nunca más, voy a publicar en Amazon mi primera novela, que yo creo que es una excelente presentación de mi mundo narrativo y que va a gustar mucho a cualquiera que quiera adquirirla por el muy accesible precio que va a costar hacerlo. Así mismo, el volumen de relatos que terminé ayer, que creo son los mejores y más valiosos que he escrito jamás, también los publicaré en ese medio, y los colgaré en esta página, con dos o tres párrafos de presentación, y el resto del texto bajo suscripción. Por otro lado tengo intención de publicar poemas o trabajos literarios de escritores que me vaya encontrando y cuya labor me parezca interesante, como la de mi buen amigo Javier Gallego, del que ya publiqué su hermosa balada ‘Caminante’.

¿Todo bien? ¿Alguna duda? ¿Empezamos con esta nueva aventura? Por lo menos me paro a contar un poco en qué va a consistir, mientras que otros simplemente ponen su web de pago sin más, o ganan dinero publicitando grandes marcas en su canal de youtube o en su página web. A mí esas cosas no me gustan. Yo no soy un publicista, y creo que hay que ser honesto y directo con los que se interesan por tu trabajo. Pero si hay cualquier duda, queja o descalificación (prometo que si alguna vez me llega alguna y es lo bastante creativa pasará el filtro) para eso está el cajetín de comentarios de más abajo. ¡Muchas gracias a todos!

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ENSAYO

La felicidad está sobrevalorada

O así lo creo yo, y lo llevo creyendo desde hace mucho tiempo. Pero también llevan mucho tiempo diciéndome que soy un tipo oscuro, o pesimista, o radical, y quizá algo de razón hay también en eso. Pero estoy casi seguro de que la gente se deja llevar por ideas preconcebidas que le hacen la vida mucho más difícil de lo que ya en realidad es, y yo soy uno de esos tipos raros que está en contra de todo, y que no se identifica casi nunca con nada ni con nadie, y que no estoy dispuesto a dejarme arrastrar por la opinión o por el pensamiento de la mayoría. Y no lo hago porque me sienta especial, o diferente, o me guste sentirme por encima de nadie. Es que para bien o para mal soy así de cabezón e individualista, y así me luce el pelo muchas veces. Pero yo insisto: la felicidad está sobrevalorada, como sobrevalorado está a menudo el amor, y ambos, el amor y la felicidad, son dos grandes incomprendidos, y aquí vengo yo a intentar comprenderlos un poco más y con ello quizá al lector de estas líneas.

La dicha, la ventura, el bienestar…muchos, la mayoría, se pasan la vida buscándola, desesperados. Pero no son la mayoría de la especie humana. En realidad esa mayoría, los cientos de millones de personas que viven en la pobreza y la desesperación, no buscan la felicidad, sino la tranquilidad, una vida lejos de la violencia, olvidar un pasado terrible, obtener un trabajo, una estabilidad, no morirse de hambre ni de enfermedad. Para esos, que son muchos más en este planeta que los del otro lado, el concepto de felicidad es una bobada, una idea innecesaria. Pero no es así para los que vivimos en el hipotético primer mundo. Aquí donde vivimos todo el mundo cree que tiene derecho a la felicidad. Y no solamente eso, sino que no tiene derecho a no ser feliz. Y aún más, que si no es plenamente feliz es un fracasado o una fracasada. Y todavía más: que si otros son felices, y ellos no, se establece algo así como una jerarquía, una casta invisible. La felicidad de otros nos causa a veces infelicidad a nosotros. Y si no tenemos felicidad es que algo malo hemos hecho, o es que el mundo conspira contra nosotros, o es que la vida es tremendamente injusta, o es que la existencia carece de sentido. Son todas ideas preconcebidas, que abundan en un sentimiento de inferioridad, de incapacidad, de frustración, de ira, de locura, en definitiva. Buscando la felicidad nos volvemos tremendamente infelices.

¿Y qué es la felicidad, salvo un accidente, un estado transitorio de ánimo, una situación efímera contra la que conspiran decenas o cientos de hechos o realidades, siempre expuesta a que miles de fisuras internas la erosionen, la destruyan y nos hagan sentir que nunca la tuvimos realmente? Todos podemos vivir momentos de dicha sincera, esa ventura que nos llega de no se sabe dónde y que cambia las tornas, hace regresar la marea, y tiñe de color lo que diez minutos antes era una realidad gris y monótona, o negra y terrible. Somos seres tan imperfectos, tan desamparados, que solamente existimos, percibimos y evolucionamos por contrastes: no seríamos capaces de definir la luz si no hubiera oscuridad, y no seríamos (y de hecho no somos) capaces de saber lo que es la felicidad si antes no hemos probado un buen bocado de infelicidad. ¿Acaso existe un placer mayor que aplicar un bálsamo a una quemadura? Pero para ello antes nos hemos visto forzados a quemarnos en primer lugar. Porque así somos, y queremos saber lo que es la felicidad sin saber antes lo que es la infelicidad… un absurdo total.

Ahora bien: ¿quién está dispuesto a darle un buen bocado a la infelicidad, al infortunio, a la miseria moral y material? En este primer mundo yo creo que nadie, y sólo cuando las circunstancias nos impelen a ello, nos atiborramos de miseria y de melancolía y de tristeza, pero no por decisión propia, sino porque no nos queda más remedio. Pero existen muchos tipos de felicidad, y lo descubres después. Felicidad por supuesto de estar con el ser (o lo seres) amados, felicidad de encontrar tu propio camino o de reencontrarte después de mucho tiempo, felicidad de perder el miedo a ciertas cosas, felicidad de saber que tomaste, en algún asunto importante, la decisión correcta… Pero también existe la felicidad a la que realmente quería referirme (hay que ver, Massanet, los rodeos que das para decir lo que quieres decir…), y es aquella que solamente (por suerte o por desgracia) pueden sentir los que se dedican a algo creativo. Y es que hoy, por fin, he terminado los cuatro relatos largos que van a componer un volumen al que voy a titular ‘Relatos de supervivencia’.

Y es una felicidad extraña, que no parece una felicidad común, que no sabe igual que otras «felicidades», pero que es sin duda felicidad: la de terminar un trabajo importante para ti, la de ver que tus criaturas cobran vida y por fin otros pueden leerlo, saborearlo a su vez, experimentarlo, vivirlo desde su rol de lector. Es complicado explicar la felicidad que se siente cuando un escritor termina un libro, o cuando un día se siente tan fresco y fuerte que puede escribir diez o doce folios sin parar. Es la misma, me consta, que la que siente el músico cuando por fin ha interiorizado en su mente y ha aprendido a ejecutarla a la perfección con sus dedos Y es la misma que la del pintor que durante un día entero pinta su cuadro o su mural o su cómic, o la del bailarín que alcanza la plenitud con su cuerpo, o la del cantante que alcanza la plenitud con su voz. Y es una felicidad de la que quería dejar constancia.

Al igual que cierta novela que escribí hace dos años, pondré a la venta este libro de relatos en Amazon, pero también los colgaré en esta página web, aunque de pago. Es decir, por suscripción. Mañana contaré por qué he decidido poner algunos contenidos de pago (y ya adelanto que nada tiene que ver con ambiciones monetarias), porque hoy creo que ya he escrito demasiadas palabras.

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CINE

Sam Peckinpah, Billy y la libertad

Estoy seguro de que no soy el único al que le pasa: a pesar de que soy capaz de reconocer la superioridad de un título frente a otro, por ejemplo del mismo autor, o de un género, no me importa reconocer que mi preferido es un trabajo bien distinto, y no ese hipotético trabajo genial que todo el mundo glosa como tal. Tal cosa me sucede con las series. He afirmado muchas veces, y estoy seguro de que volveré a afirmarlo todas las que haga falta, que la mejor serie de la historia es ‘The Sopranos’ (1999-2007), de David Chase, con permiso de ‘The Wire’ (2002-2008), de David Simon, lo que viene a ser que ambas son las mejores creaciones de todos los tiempos, muy por encima, estética, narrativa, conceptualmente, a títulos estupendos como ‘Breaking Bad’ (2008-2013) o ‘Mad Men’ (2007-2015). Pero por mucho que ame la de Chase y la de Simon, mis tres series favoritas son otras: ‘Deadwood’, ‘House M.D.’ y ‘The Walking Dead’, quizá porque si yo hiciera una serie, se parecería más a estas que a las otras, o quizá porque hay algo en ellas que me conmueve más, que me fascina aún más.

Y lo mismo me sucede con Sam Peckinpah. No tengo ninguna duda de que la absoluta cima de su cine es ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bunch’, 1969), con la que consiguió no solamente cambiar el western estadounidense para siempre, sino la que probablemente es su película más equilibrada, más perfecta, aquella en la que fondo y forma se funden en una puesta en escena irreprochable, y en un aspecto visual y sonoro, con una galería de personajes, que es casi música (como en la famosa secuencia en la que el pueblo les despide cantando ‘La golondrina’) o literatura hecha cine. ‘Grupo salvaje’ lo tiene todo, y es una de las películas que más he visto y de las que más he aprendido en mi vida. Pero dentro del cine del bueno de Peckinpah yo prefiero ‘Pat Garret y Billy el niño’ (‘Pat Garret and Billy the Kid’), que realizó cuatro años después, y que profundizaba, bajo mi punto de vista, aún más en la concepción que del western tenía este gran realizador, en su melancólico y violento carácter, en su visión de un mundo en descomposición que era, en verdad, su propio interior desmoronado.

Realizada en el inicio de una debacle personal que derivaría en la pérdida de confianza de los grandes estudios en su capacidad profesional, y en su adicción total a varias sustancias además de un alcoholismo devorador, ‘Pat Garret y Billy el niño’ no obtuvo buenas críticas aunque su rendimiento en taquilla fue mejor de lo esperado. Mutilada en su estreno en la sala de montaje, resultó una agria experiencia para él, por lo que se convertiría en su último western. Pero en mi opinión no pudo ser más hermosa y evocadora esta despedida del género por parte de uno de sus más vigorosos transformadores, aún admitiendo que está dos o tres peldaños por debajo de ‘The Wild Bunch’, porque este filme aspira a ser algo más, aspira a ser música en imágenes, y así surge ante nuestros ojos en su maravillosa apertura, en la que Pat Garret por fin recibe su merecido, en un montaje soberbio, uno más del maestro del montaje que siempre fue Sam Peckinpah, con la inolvidable música que Bob Dylan (a quien se reservó un pequeño papel) escribió para la película. En realidad nos hallamos en el mismo universo que aquel que transitaban Holden, Borgnine y el Indio Fernández, pero aún más sombrío, más otoñal, más despiadado y más melancólico si cabe.

Aunque si por algo es mi película favorita de Peckinpah, y uno de los westerns que más me han conmovido desde siempre, es por la inefable, extraordinaria sensación de libertad que se experimenta al verla. Pocas películas como esta, en ese sentido, o quizá ninguna. Y no es que uno de los temas de la película sea la libertad, que lo es. No es que esté dirigida con una mirada libre y hermosa, aunque también. Sino porque si consigues comprender y aceptar a estos miserables, violentos y trágicos personajes, si te impregnas de la evocadora cámara, de la luz y los sonidos de ‘Pat Garret & Billy the Kid’, te sientes libre, experimentas la misma libertad sin límites (aunque con un alto precio…) que experimentan ellos mismos. Esencial la frase que Billy le dice a Pat en los primeros compases de la película: «nosotros siempre vivimos así». Para Peckinpah, estos personajes, aún salvajes y sanguinarios, representan la verdadera libertad, y no a pesar suyo, sino nuestro, que les vemos morir por aceptar esa libertad y nos preguntamos si seríamos capaces de hacer lo mismo. El cineasta, enamorado de Billy el niño, al que veía casi como un alter-ego suyo, no quiso matarlo al final de historia. Coburn contaba que se había negado, completamente borracho, a narrar ese final, alegando «que le jodan a la historia». Kristofferson, en el papel de su vida, en completa sintonía con Peckinpah, participa de ese enamoramiento hacia el personaje, e incluso Coburn, interpretando a Garret, deja escapar vetas de la fascinación e incluso el amor masculino que siente hacia su enemigo autoimpuesto.

Porque en la inmoral y vehemente narrativa de Peckinpah (al que sólo podría achacarse que casi todos sus personajes femeninos son prostitutas, y que nunca supo crear a ni uno solo), la libertad del hombre es absoluta y, claro, efímera, pues incluso entre grandes amigos, como Billy y Pat, se interpone la ambición y el paso del tiempo como implacables y verdaderos enemigos. Y Billy, como personaje totémico que es, comprende todo esto desde el principio, por eso se pasa buena parte de la película cruzando la frontera entre México y EEUU, entre el paraíso y el infierno, como un ángel caído que no quisiera aceptar ese paso del tiempo, ese advenimiento de la muerte. Hasta que la muerte, en forma de amigo fraternal, se cierne sobre él casi piadosamente.

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