El cine y la fantasía no se llevan demasiado bien

A veces pareciera que todos los géneros cinematográficos (algunos de ellos surgidos de la misma literatura) debieran tener la misma relevancia y las misma capacidad de amparar grandes creaciones. Esa idea me recuerda a otra, que asegura que la literatura infantil es tan importante estéticamente como la literatura para adultos. Pero en verdad, y creo que aquí habrá poca discusión (aunque por supuesto nunca se sabe) cada soporte narrativo parece más apto para determinados marcos genéricos o, por decirlo más llanamente, para determinados tipos de historias, y no parece, a tenor de las primeras once o doce décadas de cine, que en este soporte en particular se sostengan con mucha prestancia esas películas denominadas “de fantasía” o directamente fantásticas, que viene a ser una un tanto torpe traducción del inglés “Fantasy”, que como ya expliqué en su momento es el género en el que, a diferencia de todos los demás, aparecen elementos que bajo ningún concepto aparecerían en la vida real, y que no suelen aparecer en otros géneros ni siquiera como especulación. Tales elementos de fantasía han de ser reales en la ficción de la película, tanto para los personajes como para el espectador, no simples fantasías en la mente de algún personaje.

Y por alguna razón este ADN narrativo, este código genérico, no admite muy bien su traducción a imágenes fílmicas, y buena prueba de ello es que existen muy pocas películas verdaderamente grandes de Fantasía, y muy pocos cineastas que les dediquen con pasión y exigencia una buena parte de su trayectoria. Como mucho, y esto en el caso de los más dotados, algún título aislado con el que adaptar una novela famosa o con el que dar rienda suelta a su lado más festivo e intrascendente. Y como resultado de no tomarse demasiado en serio sus normas, a pesar de lo comercial que suele resultar, obtenemos unos títulos que aún en el mejor de los casos suelen quedar rápidamente anticuados, obsoletos, casi ridículos. Incluso en el momento de su estreno, y aunque gocen de un gran empaque (como sucedió con ‘El señor de los anillos’ o las películas de Marvel), hay algo en ellas que siempre chirría, una sensación de desubicación, de indeterminación, como si en cualquier momento el frágil acuerdo tácito entre director y espectador fuera a romperse, como si con un pequeño soplido el castillo de naipes que es la película fuera a derrumbarse. Y esa sensación se acrecienta con cada visionado y año tras año, hasta convertir a aquella “notable película de fantasía”, en “una cosa bastante aceptable”, y no mucho después en un título que nada te aporta.

Tal cosa me parece a mí que sucede con mucha más benevolencia en el ámbito del cine de animación. Ahí sí que parece que el acuerdo tácito antes referido es más rotundo. Las reglas de la fantasía nos parecen más robustas, menos semejantes a un castillo de naipes. Quizá porque en la animación ya aceptas ciertas cosas que no aceptarías en imagen real a menos que te las vieras con un director de un talento inmenso y en uno de sus filmes más inspirados y redondos. No tendría ningún sentido que te contaran la historia de ‘Pesadilla antes de Navidad’ (‘Tim Burton’s The Nightmare Before Christmas’, Henry Selick, 1993), en imagen real, y tiene absolutamente todo el sentido que se haga en stop-motion. Así mismo, nadie podría imaginarse ‘Toy Story’ (John Lasseter, 1995), ni tantas otras, en imagen real. La animación tiene la ventaja de que con ella puede ajustarse con mayor precisión el equilibrio entre el qué y el cómo, sobre todo en historias de fantasía, en las que el cómo y el qué, cuando es imagen real, aparecen desdibujados. Y es que el cine opera con realidades, y demanda los ecos y el pulso de la vida real, la vida contemporánea, que puede capturar en ocasiones con mucha mayor fuerza que la literatura.

Y sucede que en la literatura es todo lo contrario: casi parece demandar un relato de tintes fantásticos, y son numerosas las obras maestras de este marco genérico, y los escritores que han basado toda o gran parte de su obra a enriquecerlo. De hecho es habitual que un narrador literario disponga de un mundo absolutamente personal que termina siendo una demarcación geográfica, sea el Yoknatapawtha de Faulkner, el Macondo de García-Márquez (que bebe de las fuentes del anterior), el Comala de Juan Rulfo (ídem), e incluso la Hyboria de Howard o la Tierra Media de Tolkien (que bebe del anterior). Dado que la literatura trabaja con materiales más abstractos, más íntimos y psicológicos, parece lógico que tal cosa suceda. Por supuesto que existen novelistas capaces de capturar el latido del presente, pero quizá la literatura, por sus mismas características, sea más apta para la parábola que supone toda fantasía.

Sin embargo, y a pesar de todo, algunas grandísimas películas, incluso obras maestras incontestables, existen en el cine dentro del género de la pura fantasía. No son muchas, y es posible que algunas, dentro de treinta o cuarenta años, conozcan un declive irreversible, pero aquí podríamos nombrar la mayoría de ellas:

Nosferatu, de F.W. Murnau, 1922
King Kong, de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933
Bride of Frankenstein, de James Whale, 1935
Cat People, de Jacques Tourneur, 1942
It’s a Wonderful Life, de Frank Capra, 1946
Ordet, de C.T. Dreyer, 1955
Det sjunde inseglet (El séptimo sello), de Ingmar Bergman, 1957
Rosemary’s Baby, de Roman Polanski, 1968
Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back, de Irvin Kershner, 1980
Time Bandits, de Terry Gilliam, 1980
The Dark Crystal, de Frank Oz y Jim Henson, 1982
Prince of Darkness, de John Carpenter, 1987
Bram Stoker’s Dracula, de F.F. Coppola, 1992
The Nightmare Before Christmas, de Henry Selick, 1993
James and the Giant Peach, de Henry Selick, 1996
Mononoke-hime, de Hayao Miyazaki, 1997
Sen to Chihiro no Kamikakushi, de Hayao Miyazaki, 2001
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, de Alfonso Cuarón, 2004
Coraline, de Henry Selick, 2009

Y muy pocas más. Claro que por cada una de estas aparecen docenas de películas de fantasía absolutamente mediocres, cuando no terribles (‘Willow’, ‘La historia interminable’, ‘Conan el bárbaro’…por no decir todas las veces que el bueno de Spielberg lo ha intentado y ha fracasado) que hace que te preguntes qué está haciendo exactamente el director y su equipo, qué nulo sentido de la fantasía y la aventura tienen los cineastas, y cómo podían gustarnos tanto cuando éramos pequeños, y tan poco ahora que tenemos una pizca de criterio.

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