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Estoy seguro de que no soy el único al que le pasa: a pesar de que soy capaz de reconocer la superioridad de un título frente a otro, por ejemplo del mismo autor, o de un género, no me importa reconocer que mi preferido es un trabajo bien distinto, y no ese hipotético trabajo genial que todo el mundo glosa como tal. Tal cosa me sucede con las series. He afirmado muchas veces, y estoy seguro de que volveré a afirmarlo todas las que haga falta, que la mejor serie de la historia es ‘The Sopranos’ (1999-2007), de David Chase, con permiso de ‘The Wire’ (2002-2008), de David Simon, lo que viene a ser que ambas son las mejores creaciones de todos los tiempos, muy por encima, estética, narrativa, conceptualmente, a títulos estupendos como ‘Breaking Bad’ (2008-2013) o ‘Mad Men’ (2007-2015). Pero por mucho que ame la de Chase y la de Simon, mis tres series favoritas son otras: ‘Deadwood’, ‘House M.D.’ y ‘The Walking Dead’, quizá porque si yo hiciera una serie, se parecería más a estas que a las otras, o quizá porque hay algo en ellas que me conmueve más, que me fascina aún más.

Y lo mismo me sucede con Sam Peckinpah. No tengo ninguna duda de que la absoluta cima de su cine es ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bunch’, 1969), con la que consiguió no solamente cambiar el western estadounidense para siempre, sino la que probablemente es su película más equilibrada, más perfecta, aquella en la que fondo y forma se funden en una puesta en escena irreprochable, y en un aspecto visual y sonoro, con una galería de personajes, que es casi música (como en la famosa secuencia en la que el pueblo les despide cantando ‘La golondrina’) o literatura hecha cine. ‘Grupo salvaje’ lo tiene todo, y es una de las películas que más he visto y de las que más he aprendido en mi vida. Pero dentro del cine del bueno de Peckinpah yo prefiero ‘Pat Garret y Billy el niño’ (‘Pat Garret and Billy the Kid’), que realizó cuatro años después, y que profundizaba, bajo mi punto de vista, aún más en la concepción que del western tenía este gran realizador, en su melancólico y violento carácter, en su visión de un mundo en descomposición que era, en verdad, su propio interior desmoronado.

Realizada en el inicio de una debacle personal que derivaría en la pérdida de confianza de los grandes estudios en su capacidad profesional, y en su adicción total a varias sustancias además de un alcoholismo devorador, ‘Pat Garret y Billy el niño’ no obtuvo buenas críticas aunque su rendimiento en taquilla fue mejor de lo esperado. Mutilada en su estreno en la sala de montaje, resultó una agria experiencia para él, por lo que se convertiría en su último western. Pero en mi opinión no pudo ser más hermosa y evocadora esta despedida del género por parte de uno de sus más vigorosos transformadores, aún admitiendo que está dos o tres peldaños por debajo de ‘The Wild Bunch’, porque este filme aspira a ser algo más, aspira a ser música en imágenes, y así surge ante nuestros ojos en su maravillosa apertura, en la que Pat Garret por fin recibe su merecido, en un montaje soberbio, uno más del maestro del montaje que siempre fue Sam Peckinpah, con la inolvidable música que Bob Dylan (a quien se reservó un pequeño papel) escribió para la película. En realidad nos hallamos en el mismo universo que aquel que transitaban Holden, Borgnine y el Indio Fernández, pero aún más sombrío, más otoñal, más despiadado y más melancólico si cabe.

Aunque si por algo es mi película favorita de Peckinpah, y uno de los westerns que más me han conmovido desde siempre, es por la inefable, extraordinaria sensación de libertad que se experimenta al verla. Pocas películas como esta, en ese sentido, o quizá ninguna. Y no es que uno de los temas de la película sea la libertad, que lo es. No es que esté dirigida con una mirada libre y hermosa, aunque también. Sino porque si consigues comprender y aceptar a estos miserables, violentos y trágicos personajes, si te impregnas de la evocadora cámara, de la luz y los sonidos de ‘Pat Garret & Billy the Kid’, te sientes libre, experimentas la misma libertad sin límites (aunque con un alto precio…) que experimentan ellos mismos. Esencial la frase que Billy le dice a Pat en los primeros compases de la película: “nosotros siempre vivimos así”. Para Peckinpah, estos personajes, aún salvajes y sanguinarios, representan la verdadera libertad, y no a pesar suyo, sino nuestro, que les vemos morir por aceptar esa libertad y nos preguntamos si seríamos capaces de hacer lo mismo. El cineasta, enamorado de Billy el niño, al que veía casi como un alter-ego suyo, no quiso matarlo al final de historia. Coburn contaba que se había negado, completamente borracho, a narrar ese final, alegando “que le jodan a la historia”. Kristofferson, en el papel de su vida, en completa sintonía con Peckinpah, participa de ese enamoramiento hacia el personaje, e incluso Coburn, interpretando a Garret, deja escapar vetas de la fascinación e incluso el amor masculino que siente hacia su enemigo autoimpuesto.

Porque en la inmoral y vehemente narrativa de Peckinpah (al que sólo podría achacarse que casi todos sus personajes femeninos son prostitutas, y que nunca supo crear a ni uno solo), la libertad del hombre es absoluta y, claro, efímera, pues incluso entre grandes amigos, como Billy y Pat, se interpone la ambición y el paso del tiempo como implacables y verdaderos enemigos. Y Billy, como personaje totémico que es, comprende todo esto desde el principio, por eso se pasa buena parte de la película cruzando la frontera entre México y EEUU, entre el paraíso y el infierno, como un ángel caído que no quisiera aceptar ese paso del tiempo, ese advenimiento de la muerte. Hasta que la muerte, en forma de amigo fraternal, se cierne sobre él casi piadosamente.

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