Todos esos pelmazos tenían razón

Todos. Absolutamente todos. ¿Se acuerda el lector de todas las veces que el crítico pelma de turno te insistía en que esa película que tanto te gustaba, o ese libro que te acababas de comprar, eran una porquería? Pues tenía razón. ¿Se acuerda de todas las veces que un crítico de verdad (no Alberto Olmos, no Carlos Pumares, no tantos bloggers o fanáticos de baratillo de los que abundan en este mundo gris…un crítico de verdad, de los que llevan décadas enfrentándose a películas o libros, y elaborando una teoría de la literatura o del cine más allá de ocurrencias o clichés) le hizo sentir como un bobo, y al mismo tiempo le dieron ganas de matar a ese crítico, de odiarle tanto que con ese odio pudiera hacerle estallar la cabeza? ¿Se acuerda? Bueno, pues todas esas veces tenían razón. Casi todas…

Y tarda uno en darse cuenta. Tardas unos años o unas décadas. Es un proceso similar al de aceptar que eres mortal y que la tierra no es plana y flota en una oscuridad vacía y casi infinita. Es el proceso consistente en dejar de ser un niño para ser un adulto, ser una persona de verdad, con una mente desarrollada, evolucionada, y no una mente subdesarrollada y narcisista, no uno más de los que piensan que por tener voz y poder decir “me gusta” o por poder repetir “yo”, o “mi”, tiene verdadera razón o sabe de lo que está hablando. Llega un día en que te paras a pensar y te dices: “hostiá, que tenían razón…que todo eso del rigor estético, de la solidez argumental, de la altura de la mirada, de la dificultad del texto, del displacer, de la escritura sapiencial, de la sencillez de la complejidad y la complejidad de la sencillez, de la musicalidad de la prosa o de la puesta en escena, de la libertad y al mismo tiempo la responsabilidad en la mirada, de la necesidad de hundir tus raíces en una cultura nacional y continental, de la obligatoriedad de las referencias autorales y estilísticas, de la fuerza expresiva, todo eso, y muchas cosas más, es verdad”.

Es decir, que gente tan purista como Ángel Fernández-Santos, Harold Bloom (y otros no tan puristas, aunque de vez en cuando casi tan puristas como ellos, como Carlos F. Heredero) tenían o tienen razón aunque se equivocaran tantas veces y lanzaran soflamas o ideas tan cuestionables. Cuando el pelma de Fernández-Santos insistía una y otra vez, en sus pedantes y literarias críticas de El País y otros medios en los que escribía con menos frecuencia, en que el gran cine es el que nos habla a la altura de la mirada humana, sin coartadas genéricas, sin imposturas, sin artificios, sin fantasías, sino siempre teniendo a la realidad como inspiración fundamental, tenía razón, aunque luego su criterio a la hora de valorar películas fuera bastante cuestionable; y cuando el pelma de Bloom, en sus insoportables libros, esos en los que su desmesurado ego chorrea por el canto de las páginas, no dejaba de hablar del supremo displacer de las obras más difíciles, y de la insoportable angustia de la influencia, tenía toda la puta razón, aunque luego se enfrascara en sus absurdos cánones personales, en sus filias y sus fobias de intransigente y ególatra profesor universitario. Y aún diré más, cuando el pirado de Jesús G. Maestro, en su canal de Youtube, en sus ensayos, y probablemente en sus clases de la universidad de Vigo, se pone pesadito con sus ideas sobre la genial literatura española, sobre la escasez de grandes obras universales en la literatura francesa, sobre sus treinta obras maestras esenciales de la literatura de todos los tiempos, tiene toda la razón, por muy escorado, y fatuo, y ofuscado y majadero que se nos ponga.

En resumen, esos críticos cinematográficos y literarios tan exaltados, tan radicales (palabra que la gente emplea de forma equivocada) son, y me gusta compararles con ellos, como los científicos que desde el principio de los tiempos nos han dicho: “¡que no es por aquí, que es por allí!”, sin que nadie les hiciera ni maldito caso, salvo raras excepciones. Son (somos) tan radicales y están (estamos) tan exaltados, porque nadie les (nos) hace el más mínimo caso. Y si nos lo hacen desde luego no lo parece. Un crítico nace y además se hace. Teóricos hay en todos lados, pero críticos de verdad muy pocos, y siempre ha sido así porque caemos tan mal, somos tan inaguantables, tan exigentes, tan obsesivos, que todo el mundo acaba mandándonos a la mierda. Hasta cierto punto es lógico que así sea. Pero, joder, que tenemos razón, por mucho que nos ninguneéis, por mucho que hagáis oídos sordos. La poderosa razón de la individualidad, de uno contra un millón.

De verdad: quedáos con vuestros ‘Matrix’ y con vuestros ‘Señores de los anillos’, con vuestros ‘Vengadores: Endgame’ y vuestros Aronofskys y Ridleys Scottes y Christophers Nolans, porque una sola secuencia de ‘Mud’ o de ‘La vida mancha’ vale mucho más que todo eso junto; y quedaros con vuestros Pérez-Revertes, vuestros Follets, vuestras Almudenas Grandes y vuestros Antonios Muñoz Molinas, con vuestras poetisas tipo Luna Miguel o vuestros astros tipo Karl Ove Knausgård, con toda la farfolla y toda la flor y nata de los escritores más incompetentes, más falsarios y abyectos que ha dado la “cultura” en décadas, que nosotros ya leeremos ‘Mientras agonizo’, o ‘Meridiano de sangre’, o ‘Ulysses’, o ‘La montaña mágica’, o ‘La muerte de Virgilio’, o ‘Moby Dick’, o los ensayos de Unamuno, o la poesía de Quevedo…o incluso ‘Guerra mundial Z’, que vale mucho más que todos esos incompetentes, todos esos escritorzuelos, porque hay un verdadero escritor, una verdadera voz detrás.

Haced lo que os de la gana. Gastaros el dinero en lo que os apetezca, que para algo es vuestro. Pasadlo genial. Y luego, por favor, todos esos que vais de críticos literarios o cinematográficos en blogs o periódicos haced el ridículo con vuestras ocurrencias y vuestros chascarrillos y vuestro pésimo gusto. Con algo tenemos que entretenernos.

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