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Otro día hablo de los “thrillers”, que tienen poco de Thriller, o de las novelas de “aventuras” actuales, que tienen poco de Aventuras. Creo que es obligatorio hablar primero de ese fenómeno editorial que desde hace ya varias décadas es el verdadero timón de la industria editorial del mundo occidental: la novela llamada “histórica”. Y no tengo datos, ni quiero tenerlos, pero puede ser este el subgénero del que más títulos aparecen al año. Miles y miles, españoles, alemanes, franceses, italianos, británicos, estadounidenses… un verdadero filón, un inabarcable río de tinta que parece no tener fin, al que se apuntan la mayoría de escritores de éxito y que los lectores de todo el mundo adquieren con avidez y leen de un tirón, deseando conocer más cosas sobre Calígula, sobre Napoleón, sobre la Sábana Santa, sobre los Celtas, sobre el Vaticano, sobre Julia y los césares, o sobre los nazis. Y como su apetito tampoco parece tener fin los escritores están más que dispuestos a darles lo que quieren.

¿Y cómo se lo dan? Investigando. Investigando mucho, muchísimo. De hecho, se pasan años investigando para una novela que luego escriben en unos meses. Investigar, dicen, es esencial y es lo más divertido. Es apasionante. Luego, con todo ese material acumulado, ya pueden dedicarse a la redacción de su obra con más ahínco y preparación. Así, cuando el volumen llega finalmente a manos de los lectores y de los críticos, todos ellos se maravillan de que, en efecto, el autor o la autora lo saben todo de la época sobre la que están escribiendo, desde el vestuario hasta el más mínimo objeto, las costumbres, los nombres, los usos y las profundidades de cualquier sociedad de que haya noticia. Y esa es la virtud que luego más se resalta a la hora de comentar el libro…o más bien el tocho. Porque como no puede ser de otra manera, todos ellos suelen ser ladrillos de setecientas páginas, de mil, mil doscientas, en las que se detalla, con una precisión que admiraría un historiador experto, la construcción de una catedral, o el viaje de Magallanes al fin del mundo. Objetos voluminosos que quedan estupendamente en la librería, con lustrosas cubiertas a todo color.

En realidad, el cansino de Harold Bloom tenía razón al dejar fuera a la novela histórica de sus esfuerzos de canonización literaria. La novela histórica, más que la antinovela es la antiliteratura, a la que con tanto denuedo se han entregado escritores que quizá podrían haber hecho algo meritorio con su pluma, pero en la que han encontrado un producto literario de éxito más accesible. Y toda ella surge de un hito publicado en 1980: ‘El nombre de la rosa’, de Umberto Eco, una interesante novela en la que el erudito Eco aunaba pasión histórica con talento para la intriga y el misterio. Su gigantesco éxito animó a muchos a intentarlo de semejante manera, y con resultados mucho menos afortunados que en ese hito, casi siempre. Hoy día no falta erudito, historiador, especialista o profesor de universidad que no intente contarnos el misterio del último catón, de una conspiración judeo masónica o de un investigador de libros ocultos. Sería arduo de hacer una tentativa de listado de las últimas cuatro décadas.

Y esa fiebre por el realismo histórico, por la precisión y el detalle costumbristas (porque no hablamos de otra cosa que de costumbrismo, que “nunca morirá mientras existan costumbristas”, Viñó dixit) se ha extendido incluso al cine, hasta el punto de que parece que una película es más sólida, más destacable y en definitiva mejor cuanto más detalles precisos albergue, esos en los que pueden extasiarse los especialistas de su rama del saber, ya sean filósofos, hackers o astrobiólogos. Todo eso es lo opuesto a la ficción, la muerte de la fabulación, de la evocación, de la bella mentira pactada que es la gran literatura, una literatura que no necesita explicarse a sí misma y que es más libre y más hermosa cuantas más oportunidades tiene de crear sus propias reglas. Todos estos novelistas (el lector de estas líneas sabe bien quienes son, no hace falta que repita sus nombres) que se amparan en ingentes trabajos de investigación, en conocimientos precisos de una época o de una cultura lejanas, saben perfectamente que de otro modo no podrían escribir. Lo saben. No lo dicen, pero lo saben. Y las pocas veces que se lanzan a escribir sin el amparo de libros de historia se perciben sus carencias a leguas de distancia.

Con el beneplácito de los lectores más perezosos, aquellos que quieren que los libros sean como películas, con el apoyo ciego de las grandes editoriales, los escritores de novelas históricas escriben una mentira aún mayor que la que supone toda obra de arte narrativa. No se dan cuenta del carácter elusivo de la verdad. Al querer atraparla, al querer hacerse valedores de ella, la contaminan, la corrompen, la convierten en una falsedad. Es arte falso. Sólo los verdaderos artistas, los escritores de raza, saben que la verdad es falsa, y que sólo puede obtenerse un reflejo de ella, una sombra de ella, y que para eso se necesita de la resbaladiza sustancia de la ficción pura, ajena a toda erudición. Un grandísimo ignorante de conocimientos universitarios podría escribir una obra maestra mucho antes que el más ilustrado de los catedráticos, siempre que sepa escuchar, observar e imaginar. Cada vez que un novelista quiere atrapar la verdad absoluta de un hecho histórico cualquiera, demuestra al mundo su ineptitud, su falta de temperamento creador. Y cada vez que un auténtico novelista enseña al mundo su verdad, la que no puede dejar de poner por escrito, accedemos todos a una parte de la verdad universal en forma de mitos y leyendas, de universos para los que no hace falta investigar en libros de historia, sino averiguar quién es uno mismo.

Otro día hablaré de los thrillers aguados, o de los libros de aventuras con los que nos asolan. Pero la novela histórica actual es el caldo de cultivo de los novelistas más incompetentes de que hay noticia en las últimas décadas, y el lector inteligente no debería caer en el timo de pagar ni un euro a estos engendros.

One comment on “Novela histórica: la antinovela

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