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Resultan interesantes los conceptos, o los lugares comunes, en los que se fijan los espectadores, cualificados (es decir, los que tienen formación audiovisual y artística) o no, aquellos que comparten sus ideas en el trabajo o en la cafetería, o aquellos que se ponen a escribir sobre el tema, en una página web o en un periódico, acerca de los valores narrativos de una película, o simplemente aquello que les ha llamado la atención y les ha gustado o querrían destacar. Se suele hablar de la historia, de lo emocionante que resulte, de la originalidad y del impacto que les ha provocado. Es decir, cuestiones bastante superficiales. Y cuando un grupo de contertulios, de especialistas, de gente más preparada, habla sobre un filme, no se suele hablar del final, del minuto final de la película, del plano final. Las pocas veces que se hace tiene casi siempre que ver con un giro inesperado o la típica sorpresa en el último momento que deja a los espectadores descolocados y sorprendidos. Ese tipo de finales son los que más suele comentar la gente, pero pocas veces son los mejores.

Pero si atendemos a la ‘Filosofía de la composición’ de Edgar Allan Poe, que algo sabía de esto, y si desarrollamos nuestro sentido crítico hasta entender la composición objetiva, en el todo y en sus partes, de cualquier obra narrativa, pronto nos daremos cuenta de que el final del relato, el modo en que está hecho ese final, esa a veces indefinible pero sólida sensación que experimentamos al concluir la película (y todo esto también es aplicable a la literatura, pero ahora vamos a centrarnos en el cine), es en esencia lo más importante de todo. Es el fin último de toda obra narrativa, su razón de ser y el propósito de que haya sido ese material, y no cualquier otro, el elegido por el artista para llevar a cabo su película. Y aunque el viaje, el placer o el displacer que ese viaje conlleva, es fundamental, aún lo es más el final de ese viaje, que no es otra cosa que la culminación, el clímax, de ese viaje. La elevación final. Y sorprende a tantos cineastas que se quieren creer importantes o valiosos descuidando esos finales, proponiendo un último plano perezoso o autoindulgente. El final, los últimos segundos, el último plano de todos, el último frame, es lo más importante de toda la película. Absolutamente toda la construcción anterior del relato se debe a ese final, y construir uno realmente poderoso, que deje al espectador con ese anhelado estado de ánimo al que se refería Wilde en sus ensayos, es algo muy complejo.

No pocos directores de gran talla y fama han tenido serias dificultades para concluir sus películas. Elegir el encuadre, la imagen última, puede ser una tortura. Pero si un gran director se define por una serie de características cruciales, como la dirección de actores, la composición de las secuencias, la vertebración de un todo que aúne una mirada sobre la sociedad, la naturaleza del hombre, la consecución de un estilo y una narrativa personales, la verdadera piedra de toque suprema que distingue a un gran director de un verdadero genio son los finales. Ahí se condensa todo. Tomemos por ejemplo los de Steven Spielberg. No son muy buenos. Spielberg suele ser portentoso en los inicios, dubitativo en la zona media, y desastroso en los finales, porque quiere “contentar” al espectador, hacerle salir a gusto de la película, recordar esa experiencia de forma reconfortante, pese a que algunos tramos del viaje hayan sido cruentos, terribles o sombríos. Por eso Spielberg, además de no albergar ninguna obra maestra en su extensa filmografía, nunca será un cineasta verdaderamente grande. Un final puede ser hermoso, abierto, melancólico, lírico, impactante… pero lo que no puede ser es complaciente, falso, vacuo.

Pensemos en el final de ‘Chinatown’, de Polanski. Es un final magnífico, poderoso. Es también casi operístico: todos los personajes se reúnen en una secuencia final, y los hechos que suceden son terribles, funestos. ¿Cómo se queda el espectador? Totalmente aplastado. Towne, el guionista, había planeado una conclusión optimista, pero Polanski impuso el final más pesimista posible. Lo más importante siempre es cómo se quede el espectador después del visionado del filme, los segundos inmediatamente posteriores a los segundos finales. Ahí es donde reside el coraje de un cineasta. En ‘El camino a casa’, Zhang Yimou cierra la película con un recuerdo, de nuevo a todo color: la madre de nuevo joven corriendo en el campo, feliz ante la llegada del maestro, con la bella música de San Bao. Es el mejor final posible, el mejor imaginable, y es la verdadera la razón de que ese filme sea una obra maestra inconmensurable. En ‘Blade Runner’ de Ridley Scott, tan alabada por ciertos sectores, el final es simplemente la interrupción del relato. No es un mal final, pero es la conclusión, sin más. En ‘Gladiator’, o en ‘El discurso del rey’, o en ‘Slumdog Millionaire’, o en ‘Interstellar’, o en ‘El laberinto del fauno’, la conclusión es sencilla, explícita, directa. El relato muere, y con él el interés del espectador. No dejan poso.

Inmerso ahora como estoy en el largo ensayo sobre la carrera de F.F. Coppola, me doy cuenta de que es uno de los mejores creadores de finales de la entera historia del cine. Los tres finales de las tres partes de ‘El Padrino’ poseen inmensa dignidad estética, y dejan al espectador con la ineludible sensación de un abismo, preso de una angustia indefinible. Ningún director vivo hizo nada parecido. Pienso también en el final de ‘Apocalypse Now’, que es apabullante (el espectador sale del cine literalmente destruido, anímica y psicológicamente devastado), o en el inefable fiinal de ‘La conversación’, con Harry (Gene Hackman) Caul, tocando su instrumento en soledad, en su destruida casa. No solamente son los mejores finales imaginables, si no que probablemente estén entre los más memorables de la historia del cine. Y hablo del último plano: el rostro de Kay Adams siendo borrado, eclipsado por la puerta que se le cierra; el de Michael Corleone reflexionando, con la mitad en total oscuridad; el mismo Michael Corleone anciano y agonizante en su silla, solo y abandonado por todos; el rostro de Willard (Martin Sheen) superpuesto al de la estatua de piedra; el solitario Caul tocando, aislado del mundo, vencido por su propia paranoia.

El siempre cercano a derribar la supremacía de Coppola, su buen amigo Martin Scorsese, que sin duda comparte con él el centro del canon estadounidense, pocas veces ha alcanzado finales parecidos. Quizá el bello final de la portentosa ‘The Age of Innocence’, probablemente el último y devastador plano de ‘Casino’, con Robert De Niro mirando a cámara a través de su mirada desengañada y agotada, seguramente el hermoso plano final de ‘Silence’. Pero incluso el final de la muy detestada ‘Bram Stoker’s Dracula’, final que está a la altura de un filme de ‘El Padrino’, es superior, en intensidad, en la zozobra. en la angustia que provoca al espectador, en profundidad conceptual y belleza compositiva, a cualquiera de esos, incluido el demoledor plano final de esa obra maestra que es ‘Raging Bull’. Incluso el extraordinario plano final de ‘The Silence of the Lambs’ es muy superior, por el sutil terror que provoca, a muchos otros de directores extraordinarios, por la sencillez y al mismo tiempo la profundidad emocional de aquello que provocan. Existen algunos directores que pueden lograr eso, y cuyos finales, si bien nos han impactado, no tenemos en mente hasta que nos acordamos de ellos de forma voluntaria y nos maravillamos.

Como con el extraordinario plano final de ‘Prince of Darkness’, una de las tres obras maestras de John Carpenter, que es de una belleza aterradora e inolvidable. O el plano final de ‘Titanic’, uno de los más hermosos, melancólicos, al mismo tiempo eufóricos y evocadores de la historia del cine. Como ese plano final de Sarah Connor adentrándose en la tormenta, o de esa negra carretera por la que avanzan Sarah y John Connor, o el madre e hija durmiendo en hibernación, o el de Sully por fin transducido a su avatar. Los finales de los grandes filmes de Cameron están entre los mejores que se recuerdan, por esa mezcla de euforia y de extraña melancolía que desprenden todos ellos.

Cojan a su director favorito (Clint Eastwood, Woody Allen, Peter Jackson, Darren Aronofsky, los hermanos Wachowski, Ridley Scott, Christopher Nolan, Steven Soderbergh o cualquier director estrella) y examinen bien el final de esa supuesta gran película que dirigió, a ver si de verdad supera la prueba, a ver si es un final a medio gas, o un final en el que el director se deje llevar, o que podría ser cualquier otro plano, y se dará cuenta de que ese director no es para tanto. De Eastwood, seguramente el mejor el de ‘Sin Perdón’, con el asesino alejándose en la noche, bajo la lluvia, y por eso es su obra maestra. De Allen quizá el devastador final de ‘Match Point’. Y del resto mejor no hablar. Sólo el final de ‘Flowers of War’, de Zhang Yimou, es algo inalcanzable para tanto director estadounidense o anglosajón glorificado, e incapaz de alcanzar la finura, la nobleza, la elevación de los finales nombrados, y de algunos otros.

This entry was posted in CINE.

2 comments on “My Only Friend, The End

  1. Futbolín dice:

    Ya ves, esta del Toro Salvaje no la tenía en cartera supongo que por la aversión que me causa el mundo del boxeo, pero bueno ya está remediado y algún día la veré ya que está bien recomendada.
    Está bien lo que bien acaba o mal lo que mal acaba o depende creo yo de la credibilidad y la lógica del relato, aunque eso produzca mal sabor de boca en ocasiones, supongo que las consideraciones comerciales sobre la explotación del film tienen bastante que ver muchas veces por el lado donde se inclina el the end. Un abrazo mi apreciado prescriptor.

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    1. Sí, Raging Bull es de visionado obligatorio, y espero que la veas pronto y me comentes. Aunque es demoledora. Pero es una de las obras maestras del gran Scorsese.

      Otro abrazo para ti!

      Le gusta a 1 persona

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