LITERATURA

El idioma de la Literatura

Creo que me llevará toda una vida de lecturas y desvelos conocer a fondo la literatura, no tanto para compartir aquí mis ideas (aunque también) como para emplearlas conmigo mismo y con mis trabajos de ficción, que no van a dejar de crecer. Pero poco a poco, bebiendo de todos los pozos, indagando en páginas, en ensayos, en el pensamiento de algunos grandes estudiosos, voy teniendo las cosas más claras. No soy tan iluso de creer que algún día estaré versado en las letras españolas, alemanas, inglesas, francesas, italianas y japonesas (por decir algunas nacionalidades), además de conocer las novedades que salen todos los años (que la gente compra como si lo más importante fuera estar al día…), y además no creo que sea necesario. Basta mantener una exigencia altísima y al final las cosas caen por su propio peso. Por otra parte, aunque la crítica actual se ha borrado o simplemente ha demostrado de manera fehaciente su clamorosa incompetencia analítica y pedagógica, la crítica de otros tiempos ya ha señalado algunas de las cimas, por lo que no se trata de buscar a ciegas en un mar sin balizas.

Y todavía hay algunos por ahí que defienden con argumentos, con cosas que decir, su particular idea de la literatura, y que tratan, con bastante éxito, de construir una teoría de la más extraña de las bellas artes. Tal es el caso de Jesús G. Maestro, el catedrático de la universidad de Vigo del que ya he hablado en otras ocasiones aquí y que es poseedor, además de una página web y de un canal de youtube, de un ego y una mala leche, de una ferocidad e incluso agresividad en ocasiones, que me convierten a mí en el más humilde de los críticos. Valdría la pena decirle que sus excelentes argumentos (de los pocos que he leído o escuchado que los tenga) se acaban diluyendo por sus excesos verbales, sus salidas barriobajeras y su tono de sheriff perdonavidas, pero supongo que no es de las personas que hagan caso de recomendaciones de nadie. De todas las ideas y conceptos que destila, hay uno que me llama particularmente la atención, y es el de considerar la literatura en español (no exclusivamente la que se ha hecho en España) como la más original del mundo, y a otras tan importantes como la alemana, la irlandesa o la estadounidense, como muy inferiores, siempre dispuestas a engañar al lector, y siempre dispuestas a «destruir la lengua española».

Pero aunque pueda comulgar con cierta paranoia imperialista, o aunque me guste pensar que puede ser verdad que la literatura española sea una de las más potentes del mundo, no creo que solamente exista el genio en la literatura española, y que en los casos en los que exista fuera de ella sea porque está influenciada por las letras grecolatinas… por mucho que Maestro aluda a cuestiones científicas que así lo demuestren (y que nunca ha explicado cuáles son). Yo tengo ya mi propia teoría de la literatura, y al igual que me pasa con el cine, cojo lo que me gusta de algunos autores y el resto lo desecho. Y mi teoría tiene que ver con ese velo de lo sublime sólo parcialmente levantado al que aludía Thoreau, con ese territorio en el que transitan las obras más geniales y quizá algunas que se acercan a la genialidad. Con esa armonía, ese eco, esa tensión que sólo poseen las obras maestras de las bellas artes narrativas, a lo que podemos acceder leyendo esas obras. Me explico.

De acuerdo en que la literatura nació en Grecia, en que luego fue romana y después hispana. Pero la literatura no es un bien nacional o identitario de una civilización en concreto. Cae en una grave contradicción Maestro al aducir que en la literatura el lenguaje no es más que una tecnología, y luego en querer demostrar que la literatura española es la más importante. Si no es más que una tecnología, no conoce de lenguas ni idiomas, y por tanto no conoce de fronteras. Pero yo estoy seguro de que el lenguaje, en literatura, es algo más que una tecnología. El lenguaje es la herramienta fundamental de la literatura, el arma, la estructura formal básica, y aunque la genealogía literaria nace en Grecia y es posteriormente, fundamentalmente, grecolatina e hispana, el genio no es propiedad de ningún país, porque la literatura, como idioma, es irreductible a las nacionalidades y a las identidades culturales, tal como Maestro, de nuevo contradiciéndose, afirma con su particular vehemencia. La literatura, como la música, puede tener un origen concreto, pero ahora es universal como fenómeno.

Por supuesto que ‘El Quijote’ es la más importante y la primera de todas las novelas occidentales, pero cualquiera que la haya leído, o cualquier escritor que reciba su influjo aunque sea de manera indirecta e involuntaria, puede hacer uso de él y llevarlo a su terreno, escriba en inglés, francés o alemán. Porque, insisto, la literatura no es grecolatina o hispana, es un idioma universal, y acaso el más valioso y oculto de todos ellos, y en sus ejemplos más sublimes, sean de la época que sean y escritas en la lengua que sea, son todos ellos lo mismo, participan del mismo núcleo y de la misma necesidad de una ficción que explique la realidad, y de una realidad que explique la ficción. La ficción es un segundo mundo, cercano al nuestro, por mucho que no sea operativo. Es el espejo que cualquier civilización avanzada y no aherrojada por ninguna ideología o fanatismo religioso. La literatura es el fin de toda religión, de todo idealismo… pero también de todo pragmatismo, de toda ciencia. La literatura es el juego supremo que juega según sus propias reglas, y que aunque no debe ser tomada en serio, se toma muy en serio a sí misma.

Cuando leemos ‘Meridiano de sangre’, ‘La montaña mágica’, ‘La muerte de Virgilio’ o ‘Mientras agonizo’, por muy alemanas o anglosajonas que sean, obtenemos un pedazo de la genialidad de ‘El Quijote’, somos transportados a un territorio literario único pero complementario entre sí. Accedemos a ese mundo por diversas fuentes y en distintos idiomas, pero ese mundo es exactamente el mismo. Es una estratosfera literaria, una Arcadia estética, muy concreta, un espacio en el universo físico y material, en el que algunos participamos del levantamiento, acaso fugaz, del velo aludido por Thoreau. Aquí no caben extremismos nacionalistas o paranoias persecutorias como las de Maestro. Solamente cabe, para aquellos que nos atrevemos a levantar teorías estéticas de alguna clase, a escribir crítica y ficción, afinar bien el oído para aprender el idioma de la literatura, la más esencial de toda ella.

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ENSAYO

2020

Qué bien sonaba dos mil veinte, y qué bonito era el número. Pero supongo que este año no ha salido, para casi nadie, como nos lo esperábamos. 2020 será el año más importante, aún así, para mucha gente, incluso para aquellos, que son legión, que están deseando que se acabe y no volver a acordarse de él. Lo cierto es que se acordarán de él toda la vida, y que incluso de él sacarán importantes conclusiones y quién sabe si hasta cambios sustanciales en su vida. Es parte de nuestra naturaleza no aceptar las crisis y los problemas más terribles como lo que son: el verdadero punto de partida.

Por mi parte ha sido un año intenso e importante, sin ninguna duda, en lo personal, en lo profesional y en mi vida creativa, que es la que le da sentido a las otras. En plena pandemia escribí una novela de noventa mil palabras que en realidad forma parte de una trilogía de novelas ya por fin concluida y a la que un día daré salida, cuyo leit-motiv, sin yo siquiera saberlo, es la extinción, en todas sus formas. También he escrito el que pretendo sea un volumen independiente con cuatro relatos largos que puede leerse en esta página por el pago, en realidad irrisorio, de 1,50€ cada uno, y de momento nadie me ha pedido que le devuelva el dinero (y de hecho creo que está entre lo mejor que he escrito nunca), ademas de otros relatos y ficciones cortas. Fuera de la ficción, en esta misma página, estoy dando las últimas pinceladas a un largo ensayo sobre el que considero uno de los cinco directores más importantes de la historia del cine de EEUU (si no el más importante).

En total, este año 2020 he escrito, entre artículos, páginas, ensayos, y relatos, 256 entradas, que han arrojado más de 340.000 palabras, y que han tenido la suerte de ser leídas por 5.400 visitantes, los cuales han aportado casi 46.500 lecturas. Pero eso no ha sido todo, desde luego, porque en mi otro blog, Cinema & Letras, he escrito ya 77 extensas críticas de series, novelas y películas, que en sólo seis meses ha aglutinado 6.600 lecturas y 700 lectores, y que me gustaría que fuera el resumen de todo mi trabajo crítico. Por último, mi Archivo de Mini Críticas, que empecé en 2019, puede ser uno de los compendios de reseñas más extenso en español, con 1.415 escritas. Supongo que algún día seguiré poniendo más, cuando tenga tiempo. No está nada mal que hasta la fecha haya tenido 28.000 lecturas. Este año, además, he comprado un dominio con mi nombre y he cambiado el aspecto y las ambiciones de mi sitio, que espero sea digno de lo que quiero emprender. Pero quizá lo más importante es que cada día me voy sintiendo mejor escritor, más consciente de quien soy y más dueño de mi propio estilo y mi propia visión del cine y la literatura, de la narrativa en suma.

Estos doce meses ha tenido cabida de todo, desde mi pasmo por ese videojuego titulado ‘The Last of Us, Part II’, que ya anticipé antes de comprármelo y que luego se confirmó y que me dio esperanzas de que algún día los videojuegos sean algo más que un pasatiempo descerebrado, hasta mis habituales críticas a la industria editorial, contra pseudo-novelistas de los que en un futuro nos avergonzaremos, todo lo cual me ha impulsado incluso a escribir un majadero pero muy honesto manifiesto personal, aunque también he tratado de ir deslizando, artículo a artículo, ensayo a ensayo, mis ideas sobre literatura y creación literaria, nunca desde la soberbia o la petulancia, sino desde la sinceridad más descarnada, o por lo menos eso espero haber transmitido. Y por supuesto hemos hablado largo y tendido de cine, de los géneros, de importantísimas nuevas versiones de obras maestras previas, de mis ideas sobre la historia del cine de EEUU… y cómo no, listas, y listas y más listas

Para concluir, estoy puliendo los flecos de la primera novela que completé, hace dos años y medio, y que publicaré en Amazon siempre que sea capaz de enterarme bien de cómo se hace… de esto por supuesto informaré debidamente en estas páginas mías para todo aquel que quiera la pueda adquirir por un precio que va a ser, créame el lector, casi ridículo, tanto en e-book como en tapa blanda, algo que a la vez me hace sentirme orgulloso y ansioso, expectante y casi como un niño pequeño.

No está mal para un año de mierda como 2020.

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CINE, LITERATURA

Dos caminos

Hace ya algunos años, cuando empecé a tomarme en serio esto de escribir sobre narrativa en general y sobre cine en particular, y participé en páginas colectivas como Extracine y Blogdecine, ya dejé caer la idea de la que voy a hablar hoy, aunque como no podía ser de otra manera, una horda de ignorantes (en este país no cabe un tonto más) se tomaron tal idea como si fuera un ataque personal contra ellos, como si yo, que como es obvio no conocía personalmente a ninguno en absoluto, me hubiese levantado una mañana deseando que ellos (sobre todo los de la segunda página) se rasgaran las vestiduras. Pero pensándolo ahora es incluso lógico que tal cosa pasara, porque en realidad sí es un ataque: el de la inteligencia contra el de la infantilización del lector/espectador, que no tiene más remedio, demasiadas veces, que ponerse a berrear, a patalear y a insultar…porque no puede ni sabe hacer otra cosa.

Ante semejante furibunda reacción de esas hordas de majaderos llegué a preguntarme si yo estaba equivocado y si existía alguna posibilidad de que esa idea no tuviese ningún fundamento. Pero la curiosidad y el no rendirte al final te acaba proporcionando satisfacciones: no soy el único que piensa que hay dos caminos muy diferenciados en narrativa, el de la bella ilusión y la maravillosa mentira, y el del desengaño y la cruda pero liberadora realidad. Porque como soy un científico entregado y algo insensato me he puesto a ver y a escuchar los vídeos de Jesús G. Maestro y básicamente dice lo mismo que decía yo (con algunos puntos importantes de desencuentro que ahora comentaré), aunque con palabras quizá distintas (y con mucha menos mala leche que él), sobre estos dos caminos que existen en narrativa, por mucho que él se centre exclusivamente en literatura dado que él es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Pero viene a ser lo mismo… y me cae bien este G. Maestro, por mucho que de cuando en cuando pierda el sentido y se desate en una verborrea agresiva y barriobajera que le hace perder muchos puntos… supongo que me cae bien porque en comparación con él yo soy el tipo más razonable y más calmado y humilde del mundo.

Lo que yo trataba de decir en aquel entonces y lo que he tratado de decir todos estos años hasta la actualidad, es que hay dos formas muy diferenciadas de enfrentarse al hecho de escribir una novela o un relato, o de filmar un largometraje del género que sea (y por género ahora me refiero a documental, corto, largometraje, animación…): una consiste en hacer sentir bien al espectador/lector consigo mismo, y otra en hacerle sentir mal, o por lo menos incómodo, en no dejarle ser inocente respecto al material narrativo que se le acaba de entregar. De ello se deriva, nada menos, una forma de entender la vida y el mundo. Al hacer una obra, el artista, en tanto que persona igual que todas las demás, lleva a cabo una declaración de intenciones, toma una posición en el tablero de juego que es la realidad, y el que no lo vea así es que es un ingenuo o algo peor. Cuando yo hablaba de que en general, siempre en general, el cine de EEUU estaba dedicado a entretener y maravillar al espectador, y el cine europeo y de otras geografías, también en general, tenía por objetivo desafiar la inteligencia y las emociones preconcebidas del receptor, muchos lectores se sentían impelidos y reaccionaban con furia. «¡El cine está para entretener!», me decían, y mejor omito insultos y bobadas dignas de patio de colegio. «¡El cine está hecho para soñar, para evadirse!», clamaban…

Sin querer ejercer de purista, algo que nunca he sido y espero no llegar a ser, yo era y soy capaz de defender películas y novelas cuyo objetivo sea evadir y proporcionar una sensación agradable al espectador/lector. No todas son cuestionables o rechazables. Estoy pensando, sin ir más lejos, en ‘It’s a Wonderful Life’, la maravillosa película de Frank Capra, o en ‘The Stand’, la muy notable novela de Stephen King, por citar dos ejemplos dispares provenientes del mundo anglosajón y que a pesar de que cuentan con momentos terribles y luctuosos poseen finales felices que recompensan al receptor. Pero en mi opinión, el otro camino, el que no te maravilla con fuegos de artificio ni con finales felices, tiene mucho más que ofrecer y a la larga recompensa mucho más al receptor, siempre reacio a ese tipo de narrativa, mucho más cruda y realista, y mucho menos agradecida y colorista. Porque además, si hace algunas décadas la diferencia entre ambas narrativas era sensible, ahora es abismal, y tenemos a personas de más de cuarenta años, que se creen inteligentes y exigentes (incluso críticos o escritores), defendiendo a capa y espada una narrativa de evasión mucho antes que una narrativa conceptualmente compleja y sombría. En otras palabras, defendiendo un cine de modelo estadounidense, un pasatiempos muy vistoso, y una pseudo-literatura de best-seller antes que a verdaderos narradores y poetas, ahora mucho más relegados que antes.

Jesús G. Maestro lleva su discurso mucho más allá, y aunque en gran parte estoy de acuerdo con él, disiento con sus conclusiones: para él la gran literatura es la española (escrita en España e Hispanoamérica), porque es la literatura del desengaño y la más original y audaz de todas, y el resto, ya sea estadounidense, alemán, francés o británico, está muy por debajo salvo en los raros casos en los que están influenciadas por una genealogía de raíz grecolatina. Este hombre lo mete todo en un saco y decide que toda la literatura alemana y toda la literatura anglosajona está fabricada para ilusionar y engañar. Y las cosas no son así. No se puede meter todo en un mismo saco. Estoy completamente seguro, por mucho que él sea catedrático de Teoría de la Literatura y yo no, que ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann y ‘Mientras agonizo’ William Faulkner, por no decir ‘La muerte de Virgilio’ de Hermann Broch y ‘Meridiano de sangre’ de Cormac McCarthy, no participan de esa mentira, de esa búsqueda de ilusión y del (auto) engaño al que se refiere él. Es más, estas obras maestras, escritas en los últimos cien años, están entre lo más grande escrito en el complejo y maltratado género de la novela, y descienden de manera directa de ‘El Quijote’, porque no solamente los escritores en español pueden extraer su originalidad de la originalidad de Cervantes.

De lo que sí estoy seguro es de la infantilización progresiva del espectador/lector medio, que parece ya casi irreversible, convencido de que la narrativa y la ficción consiste en la magia de Disney, los colorines de Marvel o las mentiras de los best-sellers de moda, mientras la crítica, la más abúlica e incompetente de la historia, jalea esos títulos y los pone por las nubes, para su vergüenza histórica, mientras ningunea o desprecia la narrativa de autor, la poética, la que alberga valores estéticos y filosóficos. Pero supongo que si el siglo XVIII fue una catástrofe para la literatura, bien puede serlo también el XXI, y quizá así tengamos más tiempo para centrarnos en lo importante y para defender el legado de lo que verdaderamente valioso.

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CINE, TELEVISIÓN

Las inmensas limitaciones narrativas Álex de la Iglesia

No sé si tendrá algo que ver, o no, con la pandemia que durante este año ha puesto todo patas arriba, pero hemos visto más series españolas que nunca. Se diría que estamos de enhorabuena, pero si observamos los resultados objetivos de todas ellas, quizá no lo estemos tanto. A la absoluta inanidad e incompetencia de ‘La unidad’, se sumó después la notoria mediocridad de ‘Antidisturbios’, y los excesos melodramáticos, del todo incomprensibles, de ‘Patria’, entre otros títulos. Pero la maquinaria no para y muchos parecen encantados con ello, con HBO España produciendo nada menos que a Álex de la Iglesia su nueva serie, ’30 monedas’, que está siendo muy comentada en las últimas semanas, que algunos dicen que es un resumen de todas las obsesiones del director y que, en teoría, está teniendo bastante éxito. Pero basta con ver los primeros cuatro episodios para constatar, una vez más, las inmensas limitaciones de un cineasta inteligente y astuto que lleva demasiados años instalado en el desparrame y la endeblez narrativa más absolutas.

Cuenta ’30 monedas’, o lo intenta, una suerte de conspiración en la que ciertos elementos de la iglesia católica se esfuerzan por reunir las treinta monedas por las que Judas traicionó a Cristo. Al parecer, el que reúna esas treinta piezas malditas ostentará un poder con el que será capaz de cualquier cosa. Y una de esas monedas se encuentra en el pueblo de Pedraza, en Segovia, cuyo voluntarioso pero algo torpe alcalde (Miguel Ángel Silvestre), cuyo oscuro y misterioso cura (Eduard Fernández) y cuya obstinada y poco común veterinaria (Megan Montaner) se meterán en toda clase de entuertos intentando evitar que esa moneda caiga en las manos equivocadas y enfrentándose a peligros diabólicos y a monstruos de pesadilla tan del gusto del director bilbaíno. De hecho, en su misma premisa, parece el material apto para el que fue responsable de la gran ‘El día de la bestia’, con esa mezcla de fantasía oscura y costumbrismo, de elementos fantasmagóricos y humor castizo que tan pocas veces le ha funcionado pero que él, erre que erre, sigue queriendo que sea su firma personal. Pero aunque no todo es un desastre sin paliativos, la serie dista mucho de ser ni siquiera un interesante ejercicio de género.

Este cineasta empezó su carrera de manera muy prometedora, con los dos peldaños que significaron el magnífico corto ‘Mirindas asesinas’ y el estimulante largo ‘Acción mutante’, para deslumbrar a propios y extraños con un filme único, quizá el más importante de los directores de su generación, el magistral ‘El día de la bestia’ (1995), en la que a pesar de contar una historia rocambolesca con aspecto de venirse abajo en cualquier momento, funcionaba con una coherencia pasmosa e irreductible a cualquier ataque, algo que para su desgracia, no ha vuelto a suceder en ninguna de sus películas de su ya larga y bastante dilatada filmografía. Y no se trata de calificarle de un mal director, o de decir que sus películas son nefastas (aunque alguna lo es), sino de establecer la insalvable incoherencia y hasta desidia estructural en sus películas, su muy cuestionable técnica en la dirección de actores, y la increíble autocomplacencia en la que parece sumido los últimos veinticinco años, en los que después de aquella maravilla ha firmado doce largometrajes, un documental, unos cuantos cortos y alguna serie de infausto recuerdo, en una decadencia formal que parece irreversible.

Su caso es parecido al de su buen amigo Guillermo del Toro (aunque el mexicano ha logrado un impacto mediático mucho mayor y aún menos merecido), dos directores astutos y con querencia por el terror, una imaginaría gótica o pesadillesca, y por el fantástico en todas sus formas, pero ambos muy deficientes a la hora de construir un mundo propio y de hacer un cine con algo más de enjundia narrativa, con un estilo y una mirada en lugar de con elaborados decorados, complicados maquillajes o abracadabrantes historias. Son de ese tipo de director (como Peter Jackson, con el que formarían un trío perfecto) más preocupados por la carcasa que por el fondo, por epatar que por construir personajes sólidos, por el éxito rápido que por edificar una obra duradera. Éxitos rápidos en los que alguna cosa buena se puede rescatar, pero que en ningún caso pueden ser considerados grandes trabajos.

Y no todo es desastroso tampoco en ’30 monedas’. Creo que Megan Montaner está realmente bien, siempre creíble y sólida, y su relación con Miguel Ángel Silvestre, la tensión sexual que se origina entre ambos, está conseguida. Y dentro de este desparrame sin pies ni cabeza, de este guion en el que las cosas suceden porque sí y todo parece solucionarse con los inevitables «Deus Ex Machina», con personajes de cartón piedra y efectos visuales muy conseguidos (excelente la criatura del primer episodio), el argumento poco a poco parece tomar forma, asentarse y tener algo de sentido, aunque los actores estén muy justitos y los diálogos sean sencillamente horrendos. Tiene pegada de la Iglesia cuando se pone a mostrar elementos inquietantes, lástima que ni él ni su habitual colaborador Guerricaecheverría sepan ponerse a tiempo el cinturón de castidad formal y que la autoexigencia se vea demasiadas veces sustituida por el exceso y la traca sin gracia. Quizá en un futuro de la Iglesia pueda volver a demostrar el gran talento de ‘El día de la bestia’, la película perfecta para los que creen que la Navidad es un chiste de mal gusto.

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CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

A nadie le importa, Massanet

Como no sea algunos de los que ya te conocen desde hace bastante tiempo, o bien alguno de los pocos que pueden caer por aquí y tener un mínimo de curiosidad intelectual, a nadie le importa nada de lo que tengas que decir ni que aportar sobre cine, literatura o televisión. Y mucho menos de música. ¿Para qué seguir intentándolo? ¿Para qué seguir esforzándote por desarrollar una teoría de la narrativa y de la estilística? ¿Para qué hacer más críticas, escribir más ensayos, desarrollar más artículos sobre narrativa, sobre arte o sobre la diferencia entre novelar y relatar, si nadie va a prestarte demasiada atención o bien puede que te presten atención, pero no lo consideren tan importante como te resulta a ti?… Pues, ¿saben por qué? Porque llevo razón y porque sé de lo que hablo, después de tantos años, ya casi un par de décadas, lo cual me diferencia del 99% de los blogueros, o de los que graban podcasts, e incluso de un alto porcentaje de los que escriben en medios profesionales (es decir, cobrando, muchas veces sueldos bastante exiguos, pero de los que no se merecen ni un céntimo de euro), porque yo no hablo de gustos personales, ni de filias o fobias, ni soy un purista, ni tengo una idea elitista de lo que es el cine o la televisión o la literatura, ni voy por ahí haciendo proselitismo, sino que intento ir más allá, y procurar aportar algo al que me lee, y me consta que lo hago. El otro día Javier Gallego me contaba que empezaba a sentirse poeta… es que él es un poeta, y para serlo lo primero que tiene que hacer es creérselo, creerse a sí mismo, no convencerse, sino persuadirse de que lo es. Y lo mismo me pasa a mí. Yo ya me he persuadido de que lo soy: crítico y narrador. Mi trabajo crítico abarca cientos de críticas y ensayos, y mi trabajo como escritor engloba cinco novelas y una veintena larga de relatos. Si no me persuade eso, nada ni nadie lo hará jamás, ni siquiera que me publique un gran sello editorial, ni que miles de personas (ya lo hacen cientos) entren diariamente en mi página y que un porcentaje de ellos me asegure que mi trabajo les inspira o les enseña nuevos caminos, o que me llamen de colaborador en algún medio. De hecho podría haber hecho cualquiera de esas cosas. Podría haber seguido yendo a festivales de cine, o podría haber trabajado en cine, si hubiera sido lo bastante listo como para soportar la tiranía de los mediocres, como para aceptar trabajar a cualquier precio. Pero no lo he sido. Por eso escribo. Porque para escribir no hace falta ningún servilismo.

A la gente no le interesa cuales son los valores netamente cinematográficos, o cuales son los valores literarios, o por qué razón ‘The Wire’ y ‘The Sopranos’ son, sin discusión, las mejores series de la historia de la televisión, muy por encima de otras muy famosas como ‘Breaking Bad’ o ‘Game of Thrones’. Por mucho que esgrima los mejores argumentos del mundo la gente va a seguir pensando que ‘The Apartment’ (Billy Wilder, 1960) es mejor película que ‘The Magnificent Ambersons’, y cuando me disponga a demostrar (porque yo soy de los que lo pueden demostrar) que están equivocados, creerán que estoy basándome en mis gustos personales. La gente va a preferir, mucho antes, que le cuenten una historieta con cultismos, historicismos y con una estética de tebeo, como hace Arturo Pérez-Reverte o Ken Follett, antes que verdadera literatura, la que representa gente como Miguel de Unamuno, William Faulkner o Thomas Mann, y todo lo que yo, y otros como yo, que conocemos el verdadero displacer de la gran literatura, podamos decir al respecto, no les interesa en absoluto. Puedo escribir, hasta dejar cristalino, por qué ‘The Death of Michael Corleone’ es una obra de arte en la que montaje, fotografía y dramaturgia se funden en una sola hasta hacerse música, pero el espectador va a preferir que Thor y Hulk se líen a golpes en un fondo electrónico creado por ordenador. Y es por eso, precisamente por eso, por lo que algunos escribimos y dejamos nuestras ideas y no nos cansamos de repetirlas, y de hacerlas evolucionar, y de construir una teoría personal y al mismo tiempo universal, que tenemos la esperanza (más por instinto de supervivencia que por ego) que algún día sea tomada en cuenta. Y no me hace falta babosear en redes sociales, ni juntarme con gente de escasa preparación a los que adular para poder tener un puesto, ni estar pendiente de no ser demasiado personal en mis apreciaciones, o de publicar demasiado, o demasiado poco, o demasiado reiterativamente. Si a mucha más gente le importaran estas cosas, le interesaran, quizá yo me dedicaría a otras, y otros como yo harían lo mismo. Pero cuando veo, en medios de comunicación, en multitud de sitios en la red, el escaso nivel, el nulo interés en cuestiones verdaderamente teóricas, profundas o por lo menos relevantes de la narrativa y el estilo, me nace escribir con mucho más ahínco y perseverancia. No tengo nada que perder. ¿En qué voy a dedicar el tiempo? ¿En jugar con juegos del móvil? ¿En discutir en foros sobre la pertinencia del color azul? ¿En escribir chistes en twitter para ganar seguidores y sentirme importante? Anthony Hopkins, probablemente el mejor actor en activo, tiene seiscientos mil seguidores en twitter, muchos menos que los que tienen muchos «donnadies» que no escriben más que majaderías para hacerse los graciosos. No encuentro mejor indicativo para retratar el mundo. Y no el mundo de hoy, o el de los últimos años, sino el mundo de siempre.

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Poemas, sonetos, baladas

El sugerente lirismo de Javier Gallego

Ya publiqué anteriormente una balada del poeta Javier Gallego, que está decidido a demostrar su talento a base de no parar de escribir (aunque yo le sigo insistiendo en que tienen que escribir mucho más…), y que ha tenido a bien enviarme un conjunto de tres poemas de verso libre con los que, una vez más, me siento transportado a otra época y a otra manera de escribir, sin irme del todo de esta. En otras palabras, experimento un viaje estético con un lenguaje arcaizante con el que Javi habla de sí mismo a partir del presente, sin proponer formas anticuadas de representación lírica, sino que en ellos se percibe una palpitante búsqueda hacia su expresividad futura.

En mi opinión (no sé lo que opinará el lector), en los tres poemas se percibe una gran intensidad en cuanto su autor se siente más libre y engancha una imagen tras otra, muy bien engarzadas con lo que parece puro instinto, aunque me consta que se los trabaja mucho y se piensa cada palabra cientos de veces. Pero lo que queda, en estas tres piezas, es la sensación de hallarnos en otro lugar, porque albergan un gran poder evocador, y que es capaz de hacerlo sin esfuerzo, sin rebuscamiento, siempre hablándole al lector de tú a tú.

Aquí están:

Hay que huir de la peste
Perezosas partículas de rocío se aferran
a la ventana, moribundas hijas de la niebla
nacida de la cópula de la tierra dormida
y la noche –rendida ésta horas ha.
El cristal divide los haces de hilos que traslada
la luz; me golpean la cara
con su indignante calidez.

Lejano, repiqueteando en el pavimento,
se escucha, solo, el ritmo de unos acompasados
tacones… Ahora queda mudo su compás.
Algo hace que la atmósfera pese; parece que
la áspera imagen de la ciudad vacía
no altera su efigie por rumores de voces o coches; nada
más que sirenas de ambulancias con prisa: veloces.

El asfalto duerme barnizado por la helada,
el sol le arranca reflejos laminados
que emulan aguas estancadas –torpes trazos
de acuarela– a modo de defectuosos y turbios
espejos. Los callejones, escenarios zafios
para tragicomedias de burdos escritores,
se acomodan en desvergonzada indolencia.

Las aceras, sucios agregados de baldosas
estridentes, rezuman sangre, vómitos

y licores, juergas envenenadas de alcohol
cuyos éxtasis murieron con el último grito
incoherente de disputas de beodos; sus
ostentosas carcajadas revotaron en fachadas
iluminadas por melancólicas luces de farolas.

Mi ventana, pantalla de brillo
soporífero y ocre, inopinadamente
encuadra un mundo convaleciente,
reflejo insípido de días felices.
Inquisitivo, en quietud contemplo
la imagen, copia lacerante del real
que se destila ante mi mirada impotente.

El oráculo
Un hombre se encara ante el oráculo;
escrutador de mundos, mensajero
de caprichos divinos, nada más
que fragmentados secretos conoce.

Y vehemente protesta el hombre.
Se queja de voces
que martillean en el tiempo,
de miradas preñadas de celos
que se mecen en el viento;
de risas atronadoras de gente
que jamás ha conocido
y que el crepúsculo mata y tiñe de sangre.

Unas fuerzas extrañas operan,
orquestan a las sombras
para que muestren escenas
engañosas, nos cuentan historias
que nunca ocurrieron; simulan
conversaciones de almas que no se comprenden.

El reflejo iridiscente de la luz
en las aguas del Leteo evoca plateadas
siluetas que disfrutar no puede. Y quiere.
Y maldice a las Moiras, injustas abominaciones griegas.
Este mundo… no lo entiende.

Y el oráculo, impertérrito:
«Alimenta el corazón con odio
quien se complace con el engaño.
¿Quieres vivir la vida de otro?
Sus sufrimientos también son suyos.
Acéptalos, viste su piel y sus heridas,
Sus úlceras, sus canas y desvelos,
sus párpados temblorosos y secos.
Te aviso: la vida perfecta es aquélla
que sólo imaginan los dioses».

Postrer hálito
Mis heridas manan reliquias de sangre.
Se escucha un oscuro temblor,
embota la mirada un sopor dulce;
la hoja de plata destila gotas de pavor.

El tiempo ahora no es un río
sino una sempiterna ciénaga
en el corazón del abismo eterno.
Oigo un no sé qué que balbucea.

El agua tintinea al abrazar mi corazón
de cristal; la piel ansiosa
bebe el ligero vapor escarlata;
enormes las pupilas de la desazón.

La materia es sólo un destello,
en mí comienza a florecer la paz,
y la sima de la que pendo
se alfombra de luz: se adorna de solaz.

No balbucea más la boca del espíritu:
el vacío ha cercenado su voz aérea.
Parece que la balanza que pesa el alma etérea
se engrasa con el silencio perpetuo del reposo.

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ENSAYO

Autoengaño

Federico Jiménez Losantos se mira en el espejo y ve a un hombre irresistiblemente atractivo y a un intelectual de altura histórica.

Juan Gómez-Jurado se mira en el espejo y ve a un hombre irresistiblemente atractivo, a un novelista de talla mundial, a una persona cultísima, a un altruista y a un visionario.

Santiago Abascal se mira en el espejo y ve a un estadista capaz de cambiar todo un país y (¿por qué no?) todo un continente, ve a un orador magistral… y por supuesto ve a un hombre irresistiblemente atractivo.

Arturo Pérez-Reverte se mira en el espejo y ve a un guerrero, a un soldado de la más alta estirpe, a un novelista capaz de resucitar las formas y las tradiciones literarias de hace cuatro siglos, al azote de críticos y políticos, y no ya a un hombre, sino a un macho tan atractivo que en su mirada se trasluce su amor y su dolor por España y por sí mismo.

Pablo Casado se mira en el espejo y además de ver al futuro presidente de España, ve a un estadista de talla mundial, a un hombre atractivo y elegante, a un hombre de inteligencia agudísima, a un incomprendido y a un jefe maravilloso…

Tengo por aquí un cómic de Richard Corben que pertenece a su mítica etapa Underground y que es magnífico. En él, un hombre y una mujer, ambos muy atractivos y felices, se toman un respiro en una playa paradisíaca. Se titula ‘Cuidado con el mundo real Howie’, y el susoducho Howie descubre que todo es una ilusión, que no existe tal playa paradisíaca, y que él, y la chica que tiene al lado no son ni mucho menos atractivos, y que sus organismos son conchas, son caparazones, y que sus verdaderos cuerpos son esmirriados, caducos y repulsivos. El mundo real es bastante poco edificante, y muchos, y entre ellos los nombrados, sufren de un síndrome terrible y paralizador: el síndrome del autoengaño, que consiste en hacerte pajas mentales todo el tiempo, una tras otra, o una por encima de otra, con el auxilio de tus acólitos.

A unos cuantos he conocido yo de esos: a jefes que se creían magníficos jefes y superdotados profesionales y que eran todo lo contrario, a mequetrefes que se creían grandes escritores y grandes cinéfilos y no sabían absolutamente nada de cine y por no saber no sabían ni poner una coma en su sitio, a personas que van de víctimas por la vida pero que en realidad son los verdugos de las verdaderas víctimas…

Y el autoengaño puede ser lo bastante poderoso como para funcionarte durante un tiempo o puede que durante una gran etapa de tu vida, pero no dura para siempre, y cuando por fin la máscara se cae, la ilusión se desvanece y te quedas sólo con lo que hay, la caída puede resultar muy dura. Es lo que le está pasando ahora a la humanidad entera, o por mejor decir a esa parte de la humanidad que vivía mejor que la otra parte: un pequeño organismo que ni siquiera está vivo, como un fantasma, nos ha demostrado que no somos ni tan fuertes ni tan formidables como creíamos, y que podemos colapsar en cuanto a la naturaleza le apetezca. Y al parecer esto no es más que un pequeño aviso. Podemos seguir auto engañándonos todo lo que queramos, pero lo cierto es que somos seres diminutos que viven en una diminuta gota azul en mitad de un infinito océano de negrura.

Decía Fernando Vallejo que sólo existe la realidad, la dura realidad. Quizá eso de la cultura, eso de ser culto, conceptos ambos bastante equívocos, consista en tener las herramientas para mirar a la realidad de frente y no palidecer, e incluso de ver lo que existe más allá de ella, una realidad que nuestra percepción o sensibilidad actual no puede percibir todavía. Es por ello que «consumir» ficciones basadas en ilusiones, en engaños, como las que nos venden ciertos novelistas o cineastas, o ciertos políticos (que sin duda viven en un mundo de ficción inventado por ellos mismos), nos aleja de lo que puede conseguir en nosotros rodearnos de verdadera literatura, de verdadero arte y de personas que no se engañen ni quieran engañarnos a nosotros. Más bien al contrario: que quieran desengañarnos de esta ilusión a la que llamamos realidad y que nos enfrenten a la verdadera, a esa que no es ni mucho menos confortable o alentadora, pero en la que somos libres. Porque es totalmente cierto ese axioma de que inteligencia, libertad y literatura son la misma cosa.

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CINE, ENSAYO

1999-2020: La era de la cultura friki

He delimitado los márgenes de esta era con el (osado) anhelo de que termine justo ahora, o lo antes posible, porque el otro título que tenía previsto (‘El siglo XXI será el de la cultura friki’), era demasiado pesimista, y no estamos para mayores pesimismos en estos momentos. Pero es este un artículo que llevaba tiempo queriendo dejar por escrito de una vez para expresar mis ideas, y también para llevar a cabo un análisis de esta extraña época que nos ha tocado vivir, situación de la que espero sacar algunas conclusiones.

Y no he establecido el inicio, 1999, de forma caprichosa. Ese fue un año de cine magnífico, uno de los grandes de las últimas décadas, en el que pudimos ver películas tan variadas y superlativas como ‘Fight Club’, ‘El sexto sentido’ (The Sixth Sense), ‘Magnolia’, ‘The Straight Story’, ‘El gigante de hierro’ (The Iron Giant), ‘Ghost Dog’, ‘Ni uno menos’ (Yi ge dou bu neng shao), ‘El camino a casa’ (Wo de fu qin mu qin) u ‘Hoy empieza todo’ (Ça commence aujourd’hui), nada menos. Pero también fue el año del estreno de ‘La amenaza fantasma’ (Star Wars. Episode I: The Phantom Menace), la cuarta película de la saga, con la que Lucas volvía a dirigir después de veintidós años, y la que iniciaba este largo periplo en el que han cambiado las reglas del juego de forma tan abrupta hasta el día de hoy. Y es que el progreso tecnológico de la humanidad muchas veces significa un retroceso en muchas otras áreas.

Al inicio de la segunda trilogía se unió, a finales de los noventa, el afianzamiento de internet en todo el mundo, y a los pocos años el advenimiento de las redes sociales. En otras palabras: mucha más gente podía acceder a contenidos audiovisuales y podía luego comentarlos de forma masiva. Se establecían nuevas coordenadas para el disfrute y asimilación de contenidos narrativos. Los videojuegos empezaban a ser a su vez mucho más ambiciosos narrativamente, y surgía el concepto del fanático y el «fanbase» (conjunto de seguidores de un título o una saga) como algo cada vez más importante. ¿Y qué ha tenido jamás mayor número de seguidores fanáticos, en el cine, que ‘Star Wars’? Comercialmente era una apuesta segura, pero a la hora de configurar los nuevos títulos Lucas se puso el listón muy bajo. ¿Es reprochable? Ya con la tercera entrega, ‘El retorno del jedi’ (1983), había convertido la franquicia en una máquina de vender peluches y juguetes. ¿Alguien podía esperarse otra cosa? Además, con el perfeccionamiento de los efectos digitales podría construir esos mundos que existían en su cabeza y que dos décadas antes no había podido explorar del todo.

Con esto sucede como con los teléfonos móviles: ya no nos acordamos de cómo era el mundo antes de tenerlos. En este caso en concreto, un mundo en el que no había estrenos simultáneos en todo el mundo, en el que no existía una anticipación tan grande para ver una película, o no se convertía un estreno en un acontecimiento «cultural» mundial, y sobre todo en el que los fans no eran un elemento tan importante y tan definitorio. En EEUU ya no hacen casi grandes producciones sin contar con los fans, y eso supone un problema muy importante. Porque a ese estreno nombrado siguieron el de la franquicia de Harry Potter, en 2001, y el de la franquicia ‘El señor de los anillos’ ese mismo año, filmes hechos con una fanbase muy determinada. Y siguiendo el estilo de Lucas, sobre todo a partir de ‘El ataque de los clones’ (2002), pareciera que no puede filmarse una película épica o de aventuras sin contar con numerosos efectos digitales, con diseños de fondo por ordenador, o con enormes batallitas en las que aparecen miles de adversarios peleándose, como si estuviéramos en un videojuego, algo en lo que cayó incluso el insulso ‘Alicia en el país de las maravillas’ (2010) de Tim Burton.

Esta era será recordada, sobre todo en el cine norteamericano, como la era de la cultura friki. Los grandes éxitos y el diseño de producción de las grandes marcas se han volcado en ello desde finales del pasado siglo y han conseguido gigantescos beneficios dándole al público exactamente aquello que quiere, y gracias a las plataformas digitales y las cadenas de pago, consiguiendo llegar incluso a aquellos espectadores que no van mucho al cine. Es un negocio redondo, que ha alcanzado su apoteosis con la serie de películas Marvel y con la serie ‘Juego de tronos’. Todos estos fenómenos (y alguno aislado hay de gran calidad) han relegado la atención del cine más arriesgado, han hecho olvidar a los autores, incluso a algunos exitosos, a los que ya no se producen sus películas. Y aún más grave, ha acentuado la colonización cultural de EEUU, con unas cinematografías europeas cada vez más dispuestas a copiar esas formas narrativas, a «americanizarse» en sus propuestas de género, olvidando la rica personalidad fílmica de sus respectivos orígenes.

No es de extrañar que el cine europeo haya decaído en las últimas décadas, aunque siguen existiendo autores que ignoran esta avalancha, casi esta fiebre, friki y siguen haciendo cine honesto, a ras de tierra, alejado de las fantasías mesiánicas, de los cómics, de los videojuegos y de las novelas de fantasía. Si las ideologías están, en todo el mundo, más polarizadas que nunca, lo están también las dos formas de entender la narrativa: como una ilusión, como un engaño, como un mundo de aventuras luminosas… o como un desengaño, como una forma de conocimiento de la realidad, como un desafío a la inteligencia y a las convenciones. Ambas formas son perfectamente válidas, aunque convendremos en que una de las dos es más valiosa que la otra, y mucho más arriesgada, y en que estamos un poco empachados, últimamente, de tanto título colorista y épico, y faltos de mirar al mundo tal y como es, sin maquillaje, sin coartada genérica de ninguna clase…

…y más aún con esta espantosa pandemia, que nos obliga día a día a observar nuestro lugar en la naturaleza. No me cabe duda de que sería bueno dejarnos de tanta fantasía y mirar a la realidad a los ojos. Y en eso el cine de EEUU no está ayudando demasiado, salvo en algunos reestrenos imprescindibles que incluso los especialistas están pasando por alto. Ojalá esta era termine en 2020, y podamos hablar de otro tipo de cine que nos haga más libres y más inteligentes.

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ENSAYO, LITERATURA

Hartazgo: Manifiesto

Yo, particularmente, no tengo muchos seguidores… Es decir, tengo unos cuantos, pero no tengo miles de seguidores, al menos de momento. Pero me gustaría que todos y cada uno de ellos leyeran este artículo, y que todos, ya que son seguidores míos, se sintieran compelidos por lo que escribo y a su vez, ya que la mayoría de ellos tienen páginas, escribieran al respecto o hablaran de ello con la misma fuerza con la que voy a intentar decirlo yo.

Porque a veces dan ganas de rendirse. Muchas veces. Muchas ganas. Luego supongo que encuentras razones para continuar. A mí me viene, sin quererlo, la imagen de la fábula inventada por Tarkovski… esa del viejo monje que todos los días sube a echar un poco de agua al árbol muerto o moribundo, y tras muchos años el árbol vuelve a cobrar vida. Pero yo creo que ya no queda ni árbol moribundo al que echar agua…

Estoy seguro de que no soy el único que denuncia la situación actual, porque hay amigos que escriben al respecto, y porque otros ya lo hicieron antes con gran tesón. No me cabe duda de que una mayoría silenciosa de personas con buen gusto, con el deseo de cambiar las cosas, están ahí, latentes, sin decir esta boca es mía, pero estupefactos del estado de la literatura en este país y en casi cualquier otro de Europa o América. Lo difícil, aunque también lo necesario y deseable, es que todos hablásemos con la misma voz y fuéramos capaces de ser escuchados, o por lo menos fuéramos capaces de influir en los demás, en esos que se dejan engañar por la basura que nos sirven en bandeja las editoriales y que ahora con las redes sociales nos venden los nefastos escritores que cobran de ellas.

Ya he hablado en esta página de escritores de muy discutible talento y de muy cuestionables recursos estilísticos como Arturo Pérez-Reverte o Juan Gómez-Jurado. He escrito bastante y se me ha leído bastante. Ambos son la punta del iceberg de una industria editorial dispuesta a arrasar con todo: el buen gusto, la capacidad crítica del lector, el sentido de la aventura, la pertinencia del thriller, etc… No son los únicos, desde luego. Pérez-Reverte, por su parte, ha sido el más activo campeón de la vuelta a una literatura decimonónica, cuando no a una literatura de kiosco, y otros le han seguido alegremente, más que dispuestos a echar el freno a las conquistas estéticas de la novela y el cuento en el siglo XX, y al interesado regreso a formas caducas de la expresión literaria. No contentos con eso, han creado la figura del «escritor de redes sociales», (pseudo)novelistas muy activas en sitios como Twitter, que les sirven de plataforma de ventas más que lugar en el que dejar reflexiones, ideas… o en el que hablar de cuestiones importantes de literatura o de arte. Enhorabuena.

Pero tampoco están contentos con eso. Hay que cerrar bien el nudo. Abren páginas como Zenda Libros, dependiente de XLSemanal, en el que llevan a cabo una especie de simulacro de revista de letras, en la que colocan a amigos que ejercen de supuestos críticos, los cuales hacen «críticas» de sus novelas en las que se les alaba sin ningún tipo de rubor, para que todos los demás, con un cinismo galopante, se crean refrendados en su forma de hacer las cosas y proclamen a los cuatro vientos, sin nada que lo demuestre de forma fehaciente, que Zenda Libros es la revista literaria más influyente de España. Todo esto sería cómico si no fuera grotesco. Los mismos que escriben las novelas contratan en sus revistas a los (pseudo)críticos que los alaban, y luego todos juntos proclaman la enorme influencia de sus revistas en las redes sociales. Doble enhorabuena.

Pero eso no es lo grave. Lo grave es la cantidad de gente que se traga este tinglado, que no se da cuenta de que si fuera por ellos, toda la literatura de este país, todo el entramado editorial, sería lo mismo que ellos hacen y de la manera que ellos lo hacen, tomando a los lectores por idiotas (y los lectores dispuestos a demostrarles que lo son), eliminando la figura del crítico serio, que es el único que puede pararles los pies, y construyendo un mundo a su medida. Pero de pseudo-novelistas y de pseudo-críticos lo único que acaba saliendo es pseudo-literatura. Afrontémoslo. Y ya no hay vuelta atrás. Si el siglo XVII fue uno de los más extraordinarios de la historia de la literatura, el XIX significó una cumbre en la creación de una novelística épica y realista y el XX la cumbre de la novela como arte literario y parte de las bellas artes, hay que afrontar que el siglo XVIII fue una época nefasta para la literatura… y que el XXI está siéndolo también. Ni una sola obra maestra absoluta ha sido escrita en Europa ni en Estados Unidos en estos 20 años de siglo, y al paso que vamos ni una sola se escribirá en los ochenta años que le quedan. Quizá el XXII sea un buen siglo para este soporte narrativo, pero supongo que muchos no lo veremos.

Así las cosas, en realidad no tiene nada de malo que existan escritores nefastos. Siempre han existido. Pero nunca han tenido tal impacto mediático, y nunca tantas voces no autorizadas se han alzado proclamando su falsa genialidad. En otras palabras: no me importa que se hagan millonarios, pero además que no pretendan ser lo que no son, esto es grandes escritores. Y si alguien tiene la culpa de esto, más que esos nefastos escritores, son los que compran sus novelas y los críticos incapaces de enfrentarse a ellos y colaboradores de su tinglado.

Por todo esto voy a dejar aquí escrito un manifiesto al que llevo un tiempo dándole vueltas:

  1. Si te publican es que eres malo. No es que no sepas escribir, porque quizá sabes escribir líneas que tienen aspecto inteligente o profundo, es que no eres novelista, ni cuentista, ni lo serás nunca. Te publican porque eres lo bastante poco literario como para gustar a más gente y poder vender más. Por lo que RENIEGO ABSOLUTAMENTE DEL MUNDO EDITORIAL ACTUAL.
  2. Para ser crítico y que te publiquen en medios más leídos hay que ser muy malo. En muchas ocasiones ni se sabe lo que es la crítica literaria por aquellos que la escriben, y aunque puede que hagan chascarrillos ingeniosos, no saben de lo que hablan. Por lo que RENIEGO DE CUALQUIER FORMA DE CRÍTICA LITERARIA ACTUAL.
  3. Para cambiar las cosas se puede hacer desde dentro o desde fuera. Hacerlo desde dentro significa practicar ese colegueo, ese baboseo de círculos selectos en los que poder encontrar los contactos necesarios que te lleven a que un sello potente edite tus trabajos. Es decir, ser uno de ellos, pero es que yo RENIEGO DE TODOS ESOS PLUMILLAS SECTARIOS QUE SE CREEN ESCRITORES.
  4. Cambiar las cosas desde fuera significa ser un outsider, un paria literario, pero es LA ÚNICA FORMA DECENTE DE ESCRIBIR HOY EN DÍA.
  5. La cultura hoy se entiende por leer muchas novedades literarias, por ver muchas series de moda y por estar a la última de las tendencias, pero yo RENIEGO DE ESA CONCEPCIÓN DE LA CULTURA.
  6. Que se muera la cultura, que se borren los plumillas, que se hundan las editoriales, que desaparezcan de una vez todos los pérez-revertes y todos los gómez-jurados y todos los que les leen, les promocionan y les lamen el culo en redes sociales Y QUE VIVA LA LITERATURA, que es de lo poco por lo que merece la pena vivir y luchar.
  7. Si tienes que elegir entre vender y hacer literatura, es que no eres escritor. No hay elección posible, EL ÚNICO OBJETIVO ES HACER LITERATURA.
  8. Inteligencia, literatura y libertad son UNA ÚNICA COSA.
  9. La única forma de demostrar a esa gente lo equivocada que está es hacerlo tú mismo, de modo que si crees que una forma de literatura se puede hacer mejor, HAZLA TÚ.
  10. Escribamos revistas, fanzines, programas contra-culturales, blogs compartidos, podcasts, lo que haga falta, y dejemos claro que esto que tenemos no es literatura ni es cultura, sólo es un simulacro grotesco. Somos menos, probablemente, pero TENEMOS RAZÓN.

Escribir es una forma de lucha. Hay que escribir todos los días porque merece la pena luchar.

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CINE

Las obras maestras de EEUU y Europa

No hay tantas obras maestras… A la gente le encanta el término y le encanta descubrirlas, o defenderlas, o proclamarlas. Pero no las hay. Si fuera por algunos, empero, todas las películas de un director fetiche serían obras maestras, y no lo son. Una obra maestra es, como su mismo nombre indica, un filme digno de un maestro y en el que esa maestría preside todos o casi todos los aspectos de su forma y su concepto. Son obras intemporales, mucho más que «clásicos». Son la demostración de que el cine puede aspirar a ser una de las bellas artes. Y con que hubiera dos o tres por década, y por continente, podríamos darnos por satisfechos. De hecho así suele ser.

Me lanzo a otra de mis arriesgadas pero para mí apasionantes listas, consignando las que yo creo, después de tantos años de cinefilia irredenta, de tantas discusiones, de tantos desencuentros, descubrimientos, desvelamientos, que son las obras maestras de Estados Unidos y de Europa. Quizá en un futuro, cuando disponga de algo más de tiempo del escaso que tengo ahora, cubra mis lagunas en cine asiático (que es bastante más que el japonés y el chino…), y me atreva a otra lista parecida pero de esas latitudes. Por el momento habrá que conformarse con esta.

Son 167 obras. Es muy posible que se me hayan quedado algunas en el tintero, pero muy pocas. En caso de encontrarlas y de tener que rectificar, lo haré sobre esta misma lista y añadiendo un anexo en el que explique el porqué del olvido o la omisión. Es una lista canónica pero también personal. Con un asterisco las que yo considero la cima de ambos continentes.

Estados Unidos

LAS MÁS GRANDES OBRAS MAESTRAS

The Godfather (1972), de Francis Ford Coppola
The Conversation (1974), de Francis Ford Coppola
The Godfather, Part II (1974), de Francis Ford Coppola *
Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola
*
The Godfather, Part III/The Death of Michael Corleone (1990), de Francis Ford Coppola
The Thin Red Line (1998), de Terrence Malick
The New World (2005), de Terrence Malick
Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese
Raging Bull (1980), de Martin Scorsese
Goodfellas (1990), de Martin Scorsese
Casino (1995), de Martin Scorsese
Gangs of New York (2002), de Martin Scorsese
Citizen Kane (1941), de Orson Welles
The Magnificent Ambersons (1942), de Orson Welles
Touch of Evil (1957), de Orson Welles
Blue Velvet (1986), de David Lynch
The Straight Story (1999), de David Lynch
There Will Be Blood (2007), de Paul Thomas Anderson
The Master (2012), de Paul Thomas Anderson
Rosemary’s Baby (1968), de Roman Polanski
Chinatown (1974), de Roman Polanski
JFK (1991), de Oliver Stone
Titanic (1997), de James Cameron

OBRAS MAESTRAS DEL MUDO

The Birth of a Nation (1915), de D.W. Griffith
Intolerance (1916), de D.W. Griffith
The Iron Horse (1924), de John Ford
Avaricia (1924), de Eric Von Stroheim
The General (1926), de Buster Keaton
El séptimo cielo (1927), de Frank Borzage
Y el mundo marcha (1928), de King Vidor
City Lights (1931), de Charles Chaplin

OBRAS MAESTRAS DE TODOS LOS TIEMPOS

Gone With the Wind (1939), de Victor Fleming
The Grapes of Wrath (1940), de John Ford
Ser o no ser (1942), de Ernst Lubitsch
Qué verde era mi valle (1941), de John Ford
It’s a Wonderful Life (1946), de Frank Capra
Rear Window (1954), de Alfred Hitchcock
West Side Story (1961), de Robert Wise y Jerome Robbins
The Wild Bunch (1968), de Sam Peckinpah
The Man Who Would Be King (1975), de John Huston
The Elephant Man (1980), de David Lynch
The Silence of the Lambs (1991), de Jonathan Demme
Unforgiven (1992), de Clint Eastwood
Baraka (1992), de Ron Fricke
Carlito’s Way (1993), de Brian De Palma
The Nightmare Before Christmas (1993), de Henry Selick
The Shawshank Redemption (1994), de Frank Darabont
Dead Man Walking (1995), de Tim Robbins
Lost Highway (1997), de David Lynch
Boogie Nights (1997), de Paul Thomas Anderson
Magnolia (1999), de Paul Thomas Anderson
As I Was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty (2001), de Jonas Mekas
Elephant (2003), de Gus Van Sant
Eternal Sunshine of the Spotless mind (2004), de Michel Gondry
The Aviator (2005), de Martin Scorsese
Brokeback Mountain (2005), de Ang Lee
Last Days (2005), de Gus Van Sant
Paranoid Park (2007), de Gus Van Sant
I’m not There (2007), de Todd Haynes
The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (2007), de Andrew Dominik
Zodiac (2007), de David Fincher
Up (2009), de Pete Docter
The Girl With the Dragon Tatoo (2011), de David Fincher
Wolf of Wall Street (2014), de Martin Scorsese
Gone Girl (2014), de David Fincher
Boyhood (2014), de Richard Linklater
Inherent Vice (2014), de Paul Thomas Anderson
Silence (2016), de Martin Scorsese

OBRAS MAESTRAS DE GÉNERO

King Kong (1933), de Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack
Bride of Frankenstein (1935), de James Whale
The Empire Strikes Back (1980), de Irvin Kershner
The Thing (1982), de John Carpenter
The Terminator (1984), de James Cameron
Aliens (1986), de James Cameron
Prince of Darkness (1987), de John Carpenter
Robocop (1987), de Paul Verhoeven
Die Hard (1988), de John McTiernan
They Live (1988), de John Carpenter
Terminator 2 (1991), de James Cameron
12 Monkeys (1995), de Terry Gilliam
Spider-Man: Into the Spider-Verse (2018), de Peter Ramsey, Rodney Rothman, Bob Persichetti

Europa

LAS MÁS GRANDES OBRAS MAESTRAS

Fresas salvajes (1957), de Ingmar Bergman
Como en un espejo (1961), de Ingmar Bergman
El silencio (1963), de Ingmar Bergman
Los comulgantes (1963), de Ingmar Bergman
Persona (1966), de Ingmar Bergman
Gritos y susurros (1972), de Ingmar Bergman
Secretos de un matrimonio (1973), de Ingmar Bergman
Sonata de otoño (1978), de Ingmar Bergman
Fanny y Alexander (1982), de Ingmar Bergman *
El espejo (1975), de Andrei Tarkovski
Stalker (1979), de Andrei Tarkovski
Nostalghia (1983), de Andrei Tarkovski *
Sacrificio (1986), de Andrei Tarkovski
Ordet (1951), de Carl Theodor Dreyer
Diario de un cura rural (1951), de Robert Bresson
Un condenado a muerte se ha escapado (1956), de Robert Bresson
Pickpocket (1959), de Robert Bresson
Alemania, año cero (1948), de Roberto Rossellini
Viridiana (1961), de Luis Buñuel
Chimes at Midnight (1965), de Orson Welles
Amarcord (1973), de Federico Fellini

OBRAS MAESTRAS DE TODOS LOS TIEMPOS

Viaje a la luna (1902), de Georges Méliès
Nosferatu (1922), de F.W. Murnau
Doctor Mabuse (1922), de Fritz Lang
Los Nibelungos (1924), de Fritz Lang
El último (1924), de F.W. Murnau
Fausto (1926), de F.W. Murnau
Sunrise: A Song of Two Humans(1927), de F.W. Murnau *de producción estadounidense, pero netamente europea
Metrópolis (1927), de Fritz Lang
La pasión de Juana de Arco (1928), de Carl Theodor Dreyer
Napoleon (1927), de Abel Gance
Tierra (1930), de Aleksandr Dovzhenko
M, el vampiro de Dusseldorf (1931), de Fritz Lang
El triunfo de la voluntad (1935), de Leni Riefenstahl
Alexander Nevsky (1938), de Serguéi Eisenstein
Olimpiada (1938), de Leni Riefenstahl
Dies Irae (1943), de Carl Theodor Dreyer
Roma, ciudad abierta (1945), de Roberto Rossellini
Narciso negro (1947), de Michael Powell y Emeric Pressburger
Las zapatillas rojas (1948), de Michael Powell y Emeric Pressburger
Ladrón de bicicletas (1948), de Vittorio De Sica
Madame de… (1953), de Max Ophüls
The Ladykillers (1955), de Alexander Mackendrick
La aventura (1960), de Michelangelo Antonioni
La evasión (1960), de Jacques Becker
El año pasado en Marienbad (1961), de Alain Resnais
La noche (1961), de Michelangelo Antonioni
Plácido (1961), de Luis García Berlanga
El proceso (1962), de Orson Welles
Lawrence de Arabia (1962), de David Lean
El eclipse (1962), de Michelangelo Antonioni
El verdugo (1963), de Luis García Berlanga
El evangelio según San Mateo (1964), de Pier Paolo Passolini
Aguirre, la cólera de Dios (1972), de Werner Herzog
El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice
El árbol de los zuecos (1978), de Ermanno Olmi
Tess (1979), de Roman Polanski
Monty Phyton’s Life of Brian (1979), de los Monty Pytohn
Atlantic City (1980), de Louis Malle
Fitzcarraldo (1982), de Werner Herzog
Shoah (1985), de Claude Lanzmann
Brazil (1985), de Terry Gilliam
Paisaje en la niebla (1988), de Theo Angelopoulos
Dekalog (1989-1990), de Krzysztof Kieślowski
The Remains of the Day (1993), de James Ivory
Rojo (1994), de Krzysztof Kieślowski
Underground (1995), de Emir Kusturica
El día de la bestia (1995), de Álex de la Iglesia
Breaking the Waves (1996), de Lars Von Trier
Festen (1998), de Thomas Vinterberg
Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier
Dancer in the Dark (2000), de Lars Von Trier
Ser y tener (2002), de Nicolas Philibert
The Pianist (2002), de Roman Polanski
Bienvenidos a Belleville (2003), de Sylvain Chomet
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban (2004), de Alfonso Cuarón
Children of Men (2006), de Alfonso Cuarón
El libro negro (2006), de Paul Verhoeven
In Bruges (2008), de Martin McDonagh
Antichrist (2009), de Lars Von Trier
El ilusionista (2010), de Sylvain Chomet
Melancolía (2011), de Lars Von Trier
Amor (2012), de Michael Haneke
La vida de Adele (2013), de Abdelatiff Kechiche
El hijo de Saúl (2015), de László Nemes
Carol (2015), de Todd Haynes

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