ORION

Alfa

Su interior vibra cada vez que el lienzo cambia de color o de forma. Así ha sido durante muchísimo tiempo, tanto que no lo puede calcular, y así seguirá siendo hasta que decida cambiar, hasta que algo le empuje a hacerlo. Ocurrió antes y quizá volverá a ocurrir. Pero no tiene prisa. Su existencia consiste en contemplar, en ser, en estar. Alberga dentro de sí la identidad de miles de seres, cuya conciencia duerme plácida en su seno, y su mente, si mente se le puede llamar, acoge todas las posibilidades, contempla todas las opciones.
No recuerda de dónde viene, ni cómo surgió, pero esa incertidumbre no le causa angustia alguna. Nada puede causarle angustia alguna. Puede que llegue el momento de recordar, de regresar, o puede que no. Lo que sea, será, pues así ha sido siempre. No crea, sino que observa, no se mueve, sino que se mece por los océanos del cosmos. Podría decirse que es el universo el que se mueve a su alrededor, y no lo opuesto. Pero algunas veces sí que percibe que no ocupa el mismo espacio que ocupaba en el pasado. Podría calcular la velocidad empleada, podría evaluar hasta qué punto ese movimiento ha tenido un impacto en la materia, y podría hacerlo en menos de un segundo, pero no le interesa.
Sólo le interesa mirar. La mayor parte de su existencia la pasa mirando. Podría volverse sobre sí mismo, y dejar de mirar, pero hay demasiadas cosas que ver ahí fuera. El universo es demasiado grande, y el espectáculo es demasiado hermoso y sorprendente, como para dejar de mirar. Hace un momento, un sistema estelar que había prolongado su existencia durante eones, en el brazo más alejado de una de las galaxias más grandes de la zona, se había por fin desprendido de ese brazo. El resultado había sido sobrecogedor: la gravedad de la estrella había dejado de ser constante y los planetas habían perdido el equilibrio de sus órbitas. La vibración de los impactos, de la destrucción de todos los planetas y de la misma estrella, había dejado tras de sí un abanico de colores mucho más extravagante que el espectro que ofrece un rayo de luz a través del agua congelada. El espectáculo había pervivido casi un cuarto del tiempo de lo que la estrella más grande de esa galaxia tardaba en dar una vuelta a su centro. Un regalo para su vista.

Beta

Es él y es ella. Es ambas cosas a la vez y ninguna de las dos. Si se esfuerza puede captar las ondas que produce la materia, es decir puede oír, pero sobre todo puede ver, y esto sin ningún esfuerzo. En el tiempo transcurrido que ha empleado la estrella más grande de la galaxia gigantesca, a cuya luz a veces descansa la vista, en dar casi dos vueltas a su centro, ha aprendido también lo que es que la materia que conforma su entidad toque o roce o impacte contra una materia que no es su entidad. Pero eso apenas le despierta interés.
Echa un vistazo al sistema estelar pulverizado. Podría bajar allí, descubrir relaciones entre la materia, entre la luz y la esencia de esa materia en concreto, tan diseminada, pero duda que sea algo realmente interesante. Si lo hace puede perderse otras cosas, aunque sólo sea el lento, solo lento en apariencia, girar de las hélices de la galaxia, que parece hablarle en silencio, el silencio que proporciona el estar fuera del alcance de ondas de sonido. Porque cada galaxia es única, y lo son porque cada estrella es única. Y de entre todas ellas, las cientos de miles de millones que habitan esa galaxia en concreto, como vecinas que se apiñasen para presenciar la eternidad, le llama la atención, en ese momento, una estrella de un azul tan apagado que parece violeta. De hecho es una estrella violeta, y de un tamaño colosal. Decide acercar su mente a esa estrella en particular y olvidarse de todo lo demás.
Para hacerlo, más que moverse, ha de deslizarse por el continuo espacio tiempo, como el que introduce la mano en una montaña de arena, muy lentamente, de modo que la mano se convierta en arena. Apenas transcurre un lapso muy breve de tiempo y ya tiene a la gigantesca estrella violeta delante de sí. Es una monstruosidad de una belleza fuera de lo común, que amenaza con hipnotizarle por eones, de modo que trata de no quedarse demasiado fascinado por ella. A su alrededor, girando desde casi la formación de su brazo galáctico, se arremolinan veintitrés astros o planetas de muy distinto tamaño, formación y densidad. Y alrededor de casi la mitad de esos veintitrés planetas, giran otros satélites, hasta un total de doscientos tres. Qué armonía de movimientos. Esa estrella tan enorme no solamente ofrece energía, en forma de luz, calor y atracción, a todos esos astros, sino que su influencia es enorme en esa esquina de la galaxia, y en conjunto en toda ella.
Agudizó la vista y los vio: los filamentos de materia invisible que unen todos los objetos del universo con la fina simetría de un mecanismo perfecto. Y dio las gracias por poder verlo y por poder formar parte de él. Y una vez más una pregunta surgió en su seno, plagado de miles, o quizá de millones, de entidades vivientes unidas en una sola: ¿sería su mente, lo que su mente movía y albergaba, la única en todo el universo? ¿Todo el universo construido y diseñado para el disfrute de un solo ser? Lo dudaba. Y sin embargo no había visto nada más que colores, formas excéntricas de luz, espirales, vacíos inmensos, supernovas, agujeros negros. Quizá había creado todo eso, y ni siquiera lo sabía, aunque eso le parecía improbable. Aquello que le rodeaba no había nacido de su interior, sino que su interior, y su exterior, habían nacido de aquello que rodeaba su ser. No le cabía duda acerca de ello. Pero eran demasiadas preguntas, demasiadas dudas a las que su mente no estaba acostumbrada. Decidió descansar y quizá dormir, o por lo menos cerrar los ojos de su mente y mecerse en la oscuridad.

Gamma

Algo provocó su despertar, o por lo menos abrir lentamente los ojos de su mente. Una presencia, o un objeto, que no había visto nunca, pero que era tan feo, tan diminuto, tan falto de armonía, que no merecía su atención. Volvió a cerrar los ojos y a dormirse.

Delta

Desperezarse, para algo como su ser representaba, era algo complicado. Debía tener cuidado o provocaría una alteración en el continuo espacio tiempo. Su mente se abrió como se propaga la luz de una estrella, con suavidad y lentitud, y sus ojos se abrieron al infinito abanico de posibilidades del universo, lo que siempre le provocaba quedarse ciego por unos momentos, hasta que su mente filtraba los objetos y la luz visible que era capaz de soportar, y al parpadear, procurando influir lo mínimo posible en el entorno, ya podía mirar alrededor sin sufrir ningún daño.
Había dormido tan solo unos segundos que en su mente habían sido siglos. Y es posible que soñase, pero no lo recuerda. Recuerda, eso sí, que se despertó porque había advertido una presencia que se acercaba, o mejor dicho que se movía, en las cercanías de otra galaxia, una de las más grandes de aquel grupo, pero que lo hacía con leyes ligeramente distintas a las del universo, como si quisiera alejarse de su estrella en lugar de participar de la armonía del resto de astros. Y era algo diminuto, y desagradable a la vista. Y en su interior portaba algo, una energía que no procedía de su estrella de origen, y un sonido que poco tenía que ver con la vibración del espacio.
Aquello podía ser algo importante. Quizá la respuesta a las preguntas que se había hecho antes de dormirse. Tenía que averiguarlo. Después de una existencia cuyo origen se remontaba a los inicios de la formación de las galaxias, en los que no había visto otra cosa que objetos estelares, aquello tenía que ser algo. Le llevó un segundo recordar la trayectoria de ese extraño objeto, se desprendió de su halo o coraza exterior invulnerable, y se hizo con otra con la rapidez del pensamiento, una que le permitiera viajar a gran velocidad y volverse de un tamaño mucho menor, casi del tamaño de una estrella mediana. Su anhelo máximo es ahora encontrar ese objeto y calcular su trayectoria para determinar su procedencia.
Le da la sensación de que vuela a una velocidad casi imposible, y como su densidad es bajísima, atraviesa la porosa corteza de algunos planetas y llega a introducirse en una estrella roja que está tan viva como el resto del universo, si bien no es muy consciente de sí misma. Debe recorrer una gran distancia, un vasto espacio vacío que de pronto se ve salpicado de nebulosas, de cúmulos de estrellas que le obligan a mirar con su mente en otra dirección, de interminables zonas sembradas de polvo estelar, de cuásares capaces de emitir ondas electromagnéticas hasta otras galaxias, de agujeros negros más pequeños que un planeta y más grandes que el espacio entre dos galaxias, de…

Épsilon

…nubes de cometas que se extendían más allá de toda comprensión, de cúmulos…

Kappa

….globulares, por cientos de millones, que parecen danzar la más extraña de las danzas en un vacío…

Lambda

…interminable, de galaxias enanas de formas imposibles, como seres que reflexionan ante la inanidad del…

Ómicron

…espacio tiempo, de planetas errantes que decidieron abandonar sus hogares estelares para lanzarse a una aventura que nunca….

Sigma

…terminaría…todo ello ausente de verdadera inteligencia consciente de sí misma, pero todo ello vivo de forma tan obvia, tan apabullante… Y cuando comienza a cansarse de un viaje tan largo se da cuenta de que está muy cerca, de que aquel objeto que soñó o creyó soñar y que le arrancó de su sueño, ha pasado no muy lejos de allí donde ahora se encuentra, dejando tras de sí un rastro de polvo estelar y una vibración de bajísima intensidad, negando su propia importancia y negándose también a seguir los dictados de la naturaleza. Y su origen estaba claro. Provenía de aquel minúsculo de estrellas que giraba alrededor del inmenso agujero negro del centro de esa considerable galaxia. Sólo debe dejarse caer, como en un sueño, hasta allí, aceptando la naturaleza de ese nuevo espacio tiempo, y así lo hace. Jamás había estado en aquel lugar, y tampoco había estado tan lejos de su halo, pero seguía siendo invulnerable y quizá con un halo demasiado opaco a la luz de las estrellas. Tenía la sensación de que iba a descubrir algo muy importante. Quizá lo más importante que hubiera descubierto en mucho tiempo. Abrió los ojos de su mente todo lo que pudo y tardó en darse cuenta de que ya estaba viendo aquello que estaba buscando: allí arriba, en el fondo de una cúpula de oscuridad rodeada de un aura de luz suave, entre conos de irisados rayos ganma, en el nido más calmo y recóndito de aquel brazo estelar, se erigía una mota de luz azul, apenas un reflejo en el polvo cósmico, que al parecer daba vueltas sobre sí misma y alrededor de su estrella, pero que parecía al mismo tiempo estar suspendida en algún remoto punto del espacio tiempo, como si existiese sólo para sí misma.
Debía acercarse a lo que desde allí le parecía una mota de polvo azul. Debía averiguar qué había en su interior. Y ya desde tan lejos podía intuir que parecía un pequeño planeta, como un capricho diminuto y azul, cerca de otro aún más diminuto y rojo. ¿Cómo sería más de cerca? se…

OMEGA

…preguntaba. Pero en cuanto la mota fue más visible y más compacta, se puso en alerta… era evidente que allí, en ese remoto lugar en el que nunca había reparado, había vida…y en pasmosa abundancia.
Sencillamente no podía creerlo. ¿Cómo era esto posible? ¿Desde cuándo aquel pedazo de roca era habitable para formas orgánicas? Formas que además, por las características de aquella zona de aquella galaxia en concreto, debían estar basadas en el carbono. Pero además había algo crucial: desde aquel planeta había salido un objeto artificial rumbo al espacio profundo, luego era posible que le detectasen, o que de alguna forma advirtiesen de su presencia, por lo que debía tener el máximo cuidado.
No se acercó al planeta con su médula, sino con su mente, que podía abarcar casi todo lo visible….y lo que vio impresionó sus ojos más de lo que jamás lo había hecho otra visión. Aquel planeta rebosaba de vida de una forma que jamás hubiese creído posible, lo que significaba que durante muchos millones de años su órbita y su relación con su estrella se había mantenido estable, que ningún objeto extraterrestre había ocasionado daños irreversibles, y que su atmósfera era lo suficientemente rica como para albergar formas complejas de vida. Y la más grande e impresionante de todas ellas surgió de los mares de aquel mundo casi por entero acuático, con la fuerza de un huracán. Era un animal colosal, cuyos antepasados habían existido en aquel lugar desde hacía mucho tiempo, tanto que el planeta había dado millones de vueltas alrededor de su estrella. Al ser una criatura orgánica, su lucha por la supervivencia era agónica, todos los días de su vida, y en compañía de sus congéneres o en solitario sacaba adelante a su prole, tal como habían hecho por generaciones de generaciones. Y no era, ni mucho menos, el único. Miles de especies parecidas o muy diferentes a esa, programados genéticamente para sobrevivir, coexistían en aquella esfera azul, alimentándose unos de otros, o huyendo unos de otros, o colaborando de forma instintiva para no perecer, configurando un espectáculo que su mente jamás habría podido imaginar ni en el sueño más febril. Y entre todos ellos existía uno que tenía conciencia de sí mismo y que había desarrollado una civilización, o varias civilizaciones, y una tecnología, o varias tecnologías, con las que pretendía dominar los recursos de ese planeta, y en un futuro de otros planetas y quizá de toda su galaxia.
No salía de su asombro: aquellos seres diminutos, dotados con una inteligencia singular y una interesante creatividad, preso de un aterrador miedo a la muerte y la desaparición de la propia identidad, se creía dueña de todo cuanto pisaba, se creía, en algunos casos, descendiente de dioses o demiurgos celestiales, y anhelaba salir de allí, a pesar de que el espacio les era adverso y letal.
Quizá todo aquello fuera predestinado, reflexionó. Quizá estaba escrito que de una forma u otra fuera a parar allí. Se fijó en uno de ellos, y entró en su mente de forma que no fuera capaz de darse cuenta, aprovechando que dormía. Pudo acceder a su lenguaje, a su estructura de pensamiento; pudo conocer el nombre con el que designaba al resto de animales y al resto de cosas. Pudo, en definitiva, saberlo todo sobre ellos, incluso su futuro. Contra todo pronóstico, a pesar de casi agotar los recursos naturales, y con un poco de ayuda de una antigua civilización perdida, proveniente de otro planeta, lograban salir de su sistema solar. Pero las cosas no les iban tan bien como ellos esperaban. Sólo unos pocos de toda la especie, unos siglos después de haber empezado a explorar el espacio, sobrevivirían. Y al hacerlo tan lejos de su planeta de origen, cambiaban, evolucionaban de una forma extrema… se volvían capaces de salir de su prisión física para viajar con su mente, y con su mente tomar otros cuerpos, y otras formas físicas, o energéticas… Llegaban, aquellos pocos supervivientes, a viajar con tanta rapidez por el universo, que podían incluso viajar en el tiempo, y se les podría considerar inmortales…
Satisfecho, o satisfecha, porque no era hombre ni mujer, y era ambas cosas y ninguna a la vez, se alejó despacio de aquel planeta extraordinario que había sido el inicio de todo, ordenó a su halo que regresase y le protegiese del repentino frío del espacio exterior. Y al hacerlo, al ver a su halo, su coraza exterior, visible, regresar para proteger su mente y su médula, vio que en realidad era lo que aquellos seres primigenios llamaban Orion.

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