Hartazgo: Manifiesto

Yo, particularmente, no tengo muchos seguidores… Es decir, tengo unos cuantos, pero no tengo miles de seguidores, al menos de momento. Pero me gustaría que todos y cada uno de ellos leyeran este artículo, y que todos, ya que son seguidores míos, se sintieran compelidos por lo que escribo y a su vez, ya que la mayoría de ellos tienen páginas, escribieran al respecto o hablaran de ello con la misma fuerza con la que voy a intentar decirlo yo.

Porque a veces dan ganas de rendirse. Muchas veces. Muchas ganas. Luego supongo que encuentras razones para continuar. A mí me viene, sin quererlo, la imagen de la fábula inventada por Tarkovski… esa del viejo monje que todos los días sube a echar un poco de agua al árbol muerto o moribundo, y tras muchos años el árbol vuelve a cobrar vida. Pero yo creo que ya no queda ni árbol moribundo al que echar agua…

Estoy seguro de que no soy el único que denuncia la situación actual, porque hay amigos que escriben al respecto, y porque otros ya lo hicieron antes con gran tesón. No me cabe duda de que una mayoría silenciosa de personas con buen gusto, con el deseo de cambiar las cosas, están ahí, latentes, sin decir esta boca es mía, pero estupefactos del estado de la literatura en este país y en casi cualquier otro de Europa o América. Lo difícil, aunque también lo necesario y deseable, es que todos hablásemos con la misma voz y fuéramos capaces de ser escuchados, o por lo menos fuéramos capaces de influir en los demás, en esos que se dejan engañar por la basura que nos sirven en bandeja las editoriales y que ahora con las redes sociales nos venden los nefastos escritores que cobran de ellas.

Ya he hablado en esta página de escritores de muy discutible talento y de muy cuestionables recursos estilísticos como Arturo Pérez-Reverte o Juan Gómez-Jurado. He escrito bastante y se me ha leído bastante. Ambos son la punta del iceberg de una industria editorial dispuesta a arrasar con todo: el buen gusto, la capacidad crítica del lector, el sentido de la aventura, la pertinencia del thriller, etc… No son los únicos, desde luego. Pérez-Reverte, por su parte, ha sido el más activo campeón de la vuelta a una literatura decimonónica, cuando no a una literatura de kiosco, y otros le han seguido alegremente, más que dispuestos a echar el freno a las conquistas estéticas de la novela y el cuento en el siglo XX, y al interesado regreso a formas caducas de la expresión literaria. No contentos con eso, han creado la figura del «escritor de redes sociales», (pseudo)novelistas muy activas en sitios como Twitter, que les sirven de plataforma de ventas más que lugar en el que dejar reflexiones, ideas… o en el que hablar de cuestiones importantes de literatura o de arte. Enhorabuena.

Pero tampoco están contentos con eso. Hay que cerrar bien el nudo. Abren páginas como Zenda Libros, dependiente de XLSemanal, en el que llevan a cabo una especie de simulacro de revista de letras, en la que colocan a amigos que ejercen de supuestos críticos, los cuales hacen «críticas» de sus novelas en las que se les alaba sin ningún tipo de rubor, para que todos los demás, con un cinismo galopante, se crean refrendados en su forma de hacer las cosas y proclamen a los cuatro vientos, sin nada que lo demuestre de forma fehaciente, que Zenda Libros es la revista literaria más influyente de España. Todo esto sería cómico si no fuera grotesco. Los mismos que escriben las novelas contratan en sus revistas a los (pseudo)críticos que los alaban, y luego todos juntos proclaman la enorme influencia de sus revistas en las redes sociales. Doble enhorabuena.

Pero eso no es lo grave. Lo grave es la cantidad de gente que se traga este tinglado, que no se da cuenta de que si fuera por ellos, toda la literatura de este país, todo el entramado editorial, sería lo mismo que ellos hacen y de la manera que ellos lo hacen, tomando a los lectores por idiotas (y los lectores dispuestos a demostrarles que lo son), eliminando la figura del crítico serio, que es el único que puede pararles los pies, y construyendo un mundo a su medida. Pero de pseudo-novelistas y de pseudo-críticos lo único que acaba saliendo es pseudo-literatura. Afrontémoslo. Y ya no hay vuelta atrás. Si el siglo XVII fue uno de los más extraordinarios de la historia de la literatura, el XIX significó una cumbre en la creación de una novelística épica y realista y el XX la cumbre de la novela como arte literario y parte de las bellas artes, hay que afrontar que el siglo XVIII fue una época nefasta para la literatura… y que el XXI está siéndolo también. Ni una sola obra maestra absoluta ha sido escrita en Europa ni en Estados Unidos en estos 20 años de siglo, y al paso que vamos ni una sola se escribirá en los ochenta años que le quedan. Quizá el XXII sea un buen siglo para este soporte narrativo, pero supongo que muchos no lo veremos.

Así las cosas, en realidad no tiene nada de malo que existan escritores nefastos. Siempre han existido. Pero nunca han tenido tal impacto mediático, y nunca tantas voces no autorizadas se han alzado proclamando su falsa genialidad. En otras palabras: no me importa que se hagan millonarios, pero además que no pretendan ser lo que no son, esto es grandes escritores. Y si alguien tiene la culpa de esto, más que esos nefastos escritores, son los que compran sus novelas y los críticos incapaces de enfrentarse a ellos y colaboradores de su tinglado.

Por todo esto voy a dejar aquí escrito un manifiesto al que llevo un tiempo dándole vueltas:

  1. Si te publican es que eres malo. No es que no sepas escribir, porque quizá sabes escribir líneas que tienen aspecto inteligente o profundo, es que no eres novelista, ni cuentista, ni lo serás nunca. Te publican porque eres lo bastante poco literario como para gustar a más gente y poder vender más. Por lo que RENIEGO ABSOLUTAMENTE DEL MUNDO EDITORIAL ACTUAL.
  2. Para ser crítico y que te publiquen en medios más leídos hay que ser muy malo. En muchas ocasiones ni se sabe lo que es la crítica literaria por aquellos que la escriben, y aunque puede que hagan chascarrillos ingeniosos, no saben de lo que hablan. Por lo que RENIEGO DE CUALQUIER FORMA DE CRÍTICA LITERARIA ACTUAL.
  3. Para cambiar las cosas se puede hacer desde dentro o desde fuera. Hacerlo desde dentro significa practicar ese colegueo, ese baboseo de círculos selectos en los que poder encontrar los contactos necesarios que te lleven a que un sello potente edite tus trabajos. Es decir, ser uno de ellos, pero es que yo RENIEGO DE TODOS ESOS PLUMILLAS SECTARIOS QUE SE CREEN ESCRITORES.
  4. Cambiar las cosas desde fuera significa ser un outsider, un paria literario, pero es LA ÚNICA FORMA DECENTE DE ESCRIBIR HOY EN DÍA.
  5. La cultura hoy se entiende por leer muchas novedades literarias, por ver muchas series de moda y por estar a la última de las tendencias, pero yo RENIEGO DE ESA CONCEPCIÓN DE LA CULTURA.
  6. Que se muera la cultura, que se borren los plumillas, que se hundan las editoriales, que desaparezcan de una vez todos los pérez-revertes y todos los gómez-jurados y todos los que les leen, les promocionan y les lamen el culo en redes sociales Y QUE VIVA LA LITERATURA, que es de lo poco por lo que merece la pena vivir y luchar.
  7. Si tienes que elegir entre vender y hacer literatura, es que no eres escritor. No hay elección posible, EL ÚNICO OBJETIVO ES HACER LITERATURA.
  8. Inteligencia, literatura y libertad son UNA ÚNICA COSA.
  9. La única forma de demostrar a esa gente lo equivocada que está es hacerlo tú mismo, de modo que si crees que una forma de literatura se puede hacer mejor, HAZLA TÚ.
  10. Escribamos revistas, fanzines, programas contra-culturales, blogs compartidos, podcasts, lo que haga falta, y dejemos claro que esto que tenemos no es literatura ni es cultura, sólo es un simulacro grotesco. Somos menos, probablemente, pero TENEMOS RAZÓN.

Escribir es una forma de lucha. Hay que escribir todos los días porque merece la pena luchar.