El sugerente lirismo de Javier Gallego

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Ya publiqué anteriormente una balada del poeta Javier Gallego, que está decidido a demostrar su talento a base de no parar de escribir (aunque yo le sigo insistiendo en que tienen que escribir mucho más…), y que ha tenido a bien enviarme un conjunto de tres poemas de verso libre con los que, una vez más, me siento transportado a otra época y a otra manera de escribir, sin irme del todo de esta. En otras palabras, experimento un viaje estético con un lenguaje arcaizante con el que Javi habla de sí mismo a partir del presente, sin proponer formas anticuadas de representación lírica, sino que en ellos se percibe una palpitante búsqueda hacia su expresividad futura.

En mi opinión (no sé lo que opinará el lector), en los tres poemas se percibe una gran intensidad en cuanto su autor se siente más libre y engancha una imagen tras otra, muy bien engarzadas con lo que parece puro instinto, aunque me consta que se los trabaja mucho y se piensa cada palabra cientos de veces. Pero lo que queda, en estas tres piezas, es la sensación de hallarnos en otro lugar, porque albergan un gran poder evocador, y que es capaz de hacerlo sin esfuerzo, sin rebuscamiento, siempre hablándole al lector de tú a tú.

Aquí están:

Hay que huir de la peste
Perezosas partículas de rocío se aferran
a la ventana, moribundas hijas de la niebla
nacida de la cópula de la tierra dormida
y la noche –rendida ésta horas ha.
El cristal divide los haces de hilos que traslada
la luz; me golpean la cara
con su indignante calidez.

Lejano, repiqueteando en el pavimento,
se escucha, solo, el ritmo de unos acompasados
tacones… Ahora queda mudo su compás.
Algo hace que la atmósfera pese; parece que
la áspera imagen de la ciudad vacía
no altera su efigie por rumores de voces o coches; nada
más que sirenas de ambulancias con prisa: veloces.

El asfalto duerme barnizado por la helada,
el sol le arranca reflejos laminados
que emulan aguas estancadas –torpes trazos
de acuarela– a modo de defectuosos y turbios
espejos. Los callejones, escenarios zafios
para tragicomedias de burdos escritores,
se acomodan en desvergonzada indolencia.

Las aceras, sucios agregados de baldosas
estridentes, rezuman sangre, vómitos

y licores, juergas envenenadas de alcohol
cuyos éxtasis murieron con el último grito
incoherente de disputas de beodos; sus
ostentosas carcajadas revotaron en fachadas
iluminadas por melancólicas luces de farolas.

Mi ventana, pantalla de brillo
soporífero y ocre, inopinadamente
encuadra un mundo convaleciente,
reflejo insípido de días felices.
Inquisitivo, en quietud contemplo
la imagen, copia lacerante del real
que se destila ante mi mirada impotente.

El oráculo
Un hombre se encara ante el oráculo;
escrutador de mundos, mensajero
de caprichos divinos, nada más
que fragmentados secretos conoce.

Y vehemente protesta el hombre.
Se queja de voces
que martillean en el tiempo,
de miradas preñadas de celos
que se mecen en el viento;
de risas atronadoras de gente
que jamás ha conocido
y que el crepúsculo mata y tiñe de sangre.

Unas fuerzas extrañas operan,
orquestan a las sombras
para que muestren escenas
engañosas, nos cuentan historias
que nunca ocurrieron; simulan
conversaciones de almas que no se comprenden.

El reflejo iridiscente de la luz
en las aguas del Leteo evoca plateadas
siluetas que disfrutar no puede. Y quiere.
Y maldice a las Moiras, injustas abominaciones griegas.
Este mundo… no lo entiende.

Y el oráculo, impertérrito:
«Alimenta el corazón con odio
quien se complace con el engaño.
¿Quieres vivir la vida de otro?
Sus sufrimientos también son suyos.
Acéptalos, viste su piel y sus heridas,
Sus úlceras, sus canas y desvelos,
sus párpados temblorosos y secos.
Te aviso: la vida perfecta es aquélla
que sólo imaginan los dioses».

Postrer hálito
Mis heridas manan reliquias de sangre.
Se escucha un oscuro temblor,
embota la mirada un sopor dulce;
la hoja de plata destila gotas de pavor.

El tiempo ahora no es un río
sino una sempiterna ciénaga
en el corazón del abismo eterno.
Oigo un no sé qué que balbucea.

El agua tintinea al abrazar mi corazón
de cristal; la piel ansiosa
bebe el ligero vapor escarlata;
enormes las pupilas de la desazón.

La materia es sólo un destello,
en mí comienza a florecer la paz,
y la sima de la que pendo
se alfombra de luz: se adorna de solaz.

No balbucea más la boca del espíritu:
el vacío ha cercenado su voz aérea.
Parece que la balanza que pesa el alma etérea
se engrasa con el silencio perpetuo del reposo.

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