LITERATURA

A Jesús G. Maestro se le ven las costuras

Me acuerdo hace algunos meses, puede que incluso más de un año, cuando lamentaba yo amargamente, en estas mismas páginas, la deserción (no tanto la extinción) de la crítica literaria, porque a pesar de todos los pesares, sigo creyendo en la importancia del debate teórico y en la necesidad de una crítica (literaria y cinematográfica) a la altura de las circunstancias. Y no encontraba nada (dentro de mis obvias limitaciones, no es que estuviera todo el día, todos los días, indagando al respecto), absolutamente nada, que me hiciera creer que todos los que se hacen llamar críticos literarios, sin serlo, tuvieran algo que decir, poseyeran suficientes herramientas teóricas, una teoría personal y al mismo tiempo universal del fenómeno literario. Me hallaba como el individuo de la imagen que preside este artículo, buscando sin mucha esperanza. Y hete aquí que hace no mucho me encuentro con un tipo que sólo habla de literatura, y que vive por y para la literatura, un tal Jesús G. Maestro, que resulta que es, también, como el dragón detrás del individuo en la imagen que preside este artículo…

Jesús G. Maestro (Gijón, 1967), al que ya he nombrado en alguna que otra ocasión, se doctoró en Teoría de la Literatura a los veinticinco años, es actualmente catedrático de la Universidad de Vigo en el departamento de literatura española y teoría de la literatura, autor de unos cuantos volúmenes sobre teoría literaria, experto absoluto en Cervantes (entre otros autores hispanoamericanos), y es poseedor de un canal en Youtube, en el que se le puede ver hablando directamente a cámara (como un youtuber o inflluencer cualquiera) de los temas recurrentes de sus libros, y de otros temas anexos a esos, en numerosos vídeos, casi siempre iniciados con un tema a piano interpretado por él mismo. Imbuido del materialismo filosófico de Gustavo Bueno, me consta que este hombre ha adquirido cierto impacto, pero no tanto por sus ideas sino por la forma de manifestarlas. Y es que a pesar de que en muchas cosas de la que habla este profesor Maestro (en vídeos de más de una hora de duración…) tiene mucha razón y resulta digno de elogio por su valentía e inspirador por la claridad y rotundidad de su pensamiento, su discurso termina empañado por un recalcitrante fanatismo en sus propias ideas, que se traduce en un inevitable reduccionismo final, y por su extraordinaria soberbia y dominancia, que le llevan a abroncar al espectador y a todo aquel que no comulgue con sus ideas, y a caer en una expresividad barriobajera, casi navajera. Es decir, que su inmenso caudal de sabiduría literatura se ve rebajado por una mentalidad bastante cuestionable.

Claro, a él todo esto le da igual, porque tal como muchas veces ha dicho, y es algo que por cierto le honra, le da igual lo que piensen de él y le importa un carajo caer mal. Maestro es de los que en una conferencia (en las cuales, por cierto, despliega la misma dialéctica chulesca, intimidatoria, pérezrevertiana diríamos, de sus videos) te apabulla con nombres, con erudición, con una batería de conocimientos prácticamente invulnerables, que él defendería con sus modos de matón de barra de bar. Si yo asistiera a una de ellas, aunque no estuviera de acuerdo con muchas cosas, no abriría la boca, porque el dragón me comería por la pata. Me lo imagino en sus clases de Vigo, en las que más que impartir la materia, debe echar la bronca diariamente a sus alumnos. Y me imagino a los alumnos que le detesten entrando en Youtube y pasándoselo en grande con sus momentos estelares, de los que existen recopilaciones. Poseído de un ego que me convence de que yo, en comparación, soy el más humilde de los escritores, críticos y pensadores, Maestro explica de manera extraordinaria el hecho, en realidad incontrovertible, de que la literatura española, o hispanoamericana, es una de más originales y de las más importantes, acaso la más importante, del mundo. Convencido de que es necesario decirlo, aunque muchos ya teníamos ideas parecidas, demuestra con hechos científicos la importancia del racionalismo en la literatura de estirpe grecolatina y luego hispanoamericana, y la genealogía más bien ilusionante y mitificadora, y por tanto mentirosa, de la esfera angloparlante.

Con una pasión ilimitada, convence a los escépticos de que el mundo anglosajón es un imperio depredador, algo con lo que es imposible no estar de acuerdo (porque quizá sea el imperio más destructivo de la historia de la humanidad). Y con una erudición admirable desgrana ‘El Quijote’ y otras obras del Siglo de Oro español, habla de poesía, de filosofía, de teatro y de cómo ese imperio anglosajón construyó artificialmente la grandeza de Shakespeare para confrontarla con la de Cervantes, cómo ese imperio destruye todo lo español. Con una energía maravillosa les da una cera bestial a todos los críticos literarios y demás vendehumos estadounidenses, con Harold Bloom a la cabeza, y declara que la literatura es ante todo un desafío a la inteligencia humana. Todo eso está muy bien, pero G. Maestro empieza a patinar y a preocupar al receptor inteligente de sus ideas cuando se refiere a todo lo español, y cuando ataca con argumentaciones de patio de colegio a todo lo anglosajón. Es un defecto terrible que junto a sus maneras de niño grande rebajan su altura intelectual. Porque al parecer los españoles somos los más grandes genios de la historia universal, y todo lo demás no es más que una patraña y una construcción política.

Ningún crítico literario de categoría puede permitirse despreciar así la obra de William Faulkner (que según él redescubre el Mediterráneo que ya descubrió ‘El Quijote’, mientras que Rulfo, con su magnífico ‘Pedro Páramo’, que precisamente está muy influenciado por Faulkner, no redescubre nada, sino que despliega lo que ya se mostró en el ‘El Quijote’… un sinsentido total), o la de Oscar Wilde (un patán, según él, y cito textualmente), o incluso, siendo él mismo pianista y melómano, la de Johann Sebastian Bach (al que niega cualquier tipo de genialidad que atribuye al flamenco del siglo XV…), ni en general sostener con tanta vehemencia que la crítica literaria mundial se encuentra secuestrada por un pensamiento centrista anglosajón, pero oponiéndolo a otro pensamiento centrista hispanohablante. Como tampoco ningún crítico literario de categoría puede permitirse una estructura filosófica tan endeble en virtud de la cual todo lo español es excelso y todo lo extranjero, especialmente inglés y francés, es muy inferior, ni aún estando de acuerdo (porque no se puede estar en desacuerdo) en que la literatura nació en Grecia, que por lo tanto es de raíz grecolatina, luego romana y luego española, pero negando sus sucesivas ramificaciones y los innegables afluentes de otras corrientes literarias (quizá también lo sumerio y lo asiático ha tenido su relevancia en el devenir de la literatura mundial, quizá…), acaso menos globalizadoras, pero aún así cruciales para entender la literatura como un fenómeno universal.

Pero para qué quejarme….¿no quería yo un crítico español consecuente, peleón y atiborrado de literatura? Pues aquí lo tengo. Es lo mejor que he podido encontrar y estas semanas y meses me lo voy a pasar bastante bien leyendo sus famosos tres volúmenes de la ‘Crítica de razón literaria’, que he obtenido gracias a la inestimable ayuda de mi buen amigo Javier Gallego, quien me cuenta que todavía se ríe con las idas de olla de este Chuck Norris de la literatura, y con quien compartiré la lectura de este largo texto sobre literatura, corriendo el riesgo de acabar un poco cansado de la soberbia de Maestro, pero aprendiendo, de eso también estoy seguro, bastante más que leyendo a personajes como Alberto Olmos o Harold Bloom. Que Dios o el Diablo me cojan confesado.

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ENSAYO

Qué suerte tenemos

Mucha más de la que nos merecemos, mirando siempre el cine, y en general la narrativa, proveniente de Europa y sobre todo de Estados Unidos, la de occidente, antes que la de oriente, fascinados con bobadas, con Nolan, con Jackson (de Nueva Zelanda, pero creador de blockbusters anglosajones), con Ridley Scott (ídem, pero desde Reino Unido), con Spielberg, con los mediocres Wachowski, Aronofsky, con los acomodaticios y convencionales directores estadounidenses de siempre de los años 40, 50, 60…y los de los 80, 90, 00..no nos merecemos la suerte que tenemos si en lugar de mirar hacia ese lado miramos hacia el otro, hacia oriente, donde desde muchas décadas vienen dándonos lecciones de humildad, de narrativa, de valentía y de audacia expresiva. Y tampoco hace falta irse a los habituales (y esenciales) Kurosawa, Mizoguchi, Ozu, Tarkovski, Vértov, Pudovkin, Dovzhenko… podemos quedarnos con algunos contemporáneos, todavía vivos, o algunos que han fallecido hace poco, como el memorable Kim Ki-Duk de ‘Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera’ (2003), o el bestial Chan-Wook de ‘Oldboy’ (2003), o el maravilloso ‘Tigre y dragón’ (2000) de Ang Lee, o la inolvidable ‘Deseando amar’ (2000) de Kar-Wai…

…o la irónica y sanguinaria ‘Zatoichi’ (2003) de Kitano, o la estupenda ‘Memories of Murders’ (2003), de Joon-Ho, o la maravillosa ‘El ocaso del samurái’ (2002) de Yamada. Y muchas otras que en mi opinión sitúan al cine occidental actual, especialmente el de Estados Unidos, en franca desventaja estética, en casi todos los aspectos. Pero si existen dos directores que tenemos una gran suerte de que sigan trabajando, quién sabe por cuánto tiempo (sobre todo el primero de que voy a hablar), son el japonés Hayao Miyazaki y el chino Zhang Yimou, que este año cumplen, respectivamente, 80 y 70 años, y que han hecho del cine un lugar mucho más merecedor de la exagerada atención que, en opinión del autor de estas líneas, se merece. Podemos decir que ambos artistas, que ahora mismo muy pocos cinéfilos o críticos serios pondrían en su lista de los diez directores más importantes de la actualidad, pero que quizá deberían estar en los puestos más altos no sólo de la actualidad, sino de la historia, porque el primero, Miyazaki, es quizá el más grande director de animación de todos los tiempos no solo en Japón, y el segundo, Yimou, es mucho más que un digno sucesor de Kurosawa: es un gigante al que el tiempo colocará en su verdadero lugar.

Miyazaki, que quizá presente la última película de toda su carrera este año o el que viene, cofundador junto a Isao Takahata, Toshio Suzuki y Yasuyoshi Tokuma del Studio Ghibli, encontró, tras las sucesivas ‘Lupin III: El castillo de Cagliostro’ (1979), ‘Nausicaä del valle del viento’ (1984), y ‘El castillo en el cielo’ (1986), una madurez inusitada con ‘Mi vecino Totoro’ (1988), y pese al leve retroceso de ‘Nicky, la aprendiz de bruja’ (1989), tocó el techo de los maestros con tres obras maestras sucesivas: ‘Porco Rosso’ (1992), ‘La princesa Mononoke’ (1997) y ‘El viaje de Chihiro’ (2001), en la que confluyeron una indescriptible perfección técnica, una influencia occidental en los temas y en la narrativa magistralmente fundida con su identidad japonesa y una mirada serena y a la vez muy crítica con el mundo.

Yimou, por su parte, tras el esplendor de los años noventa, década en la que nos entregó maravillas como ‘Semilla de crisantemo’ (1990), ‘La linterna roja’ (1991), ‘Qiu Ju, una mujer china (1992), ‘Keep Cool’ (1997) o ‘El camino a casa’ (1999), conoció un descenso de su prestigio con sus sucesivos wuxia (algo que sólo rebela un snobismo de primera magnitud), pero es imposible no considerar extraordinarias a ‘La casa de las dagas voladoras’ (2004), ‘Amor bajo el espino blanco (2010), ‘Las flores de la guerra’ (2011) o ‘Sombra’ (2018), por citar sólo algunas. En ellas Yimou no solamente se perfila como un maestro en la fotografía, el montaje y la dirección de actores, sino que se convierte en uno de los directores que más y mejor ha retratado la figura de la mujer en el cine, y como uno de los creadores de formas más importantes de las últimas décadas.

Lo que ambos artistas persiguen y alcanzan, sobre todo, es belleza, una que los directores occidentales, la mayoría de ellos, no parece ni siquiera interesados en buscar, más empeñados en asuntos menores, en cuestiones burguesas, en convenciones narrativas del plano y el tema. Belleza a todos los niveles, visual, conceptual y anímica, con la que han elevado al cine. Que ambos cineastas sigan trabajando es un lujo que no durará mucho más. Cuando ya no estén, algunos que también miramos a ese lado del mundo y menos a Francia o a Estados Unidos, lo lamentaremos, porque obras como ‘La princesa Mononoke’ o ‘Las flores de la guerra’ no volverán a suceder en muchos años.

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CINE

El cine mudo y los niveles narrativos

Mucha gente no sabe que el cine, como invento, fue sonoro desde sus inicios. Que de la ficción fílmica no emergieran sonidos, aunque en muchas proyecciones las películas contaban con una orquesta, o un piano, o un narrador (tuvieran o no intertítulos filmados), o incluso sonidos ambientales producidos por diversos ingenios, es decir, que el cine durante algo más de cuarto de siglo fuera silente (sin diálogos ni sonido sincronizado de ninguna clase) responde a imperativos económicos e industriales, no a otros, que impidieron que sucesivos inventos de luminarias alemanes o estadounidenses se implantaran mucho antes. Claro, bastó con esos treinta y pico años para que los espectadores de la época aceptasen como el único cine verdadero el cine mudo, con sus formas lingüísticas (es decir, con sus convenciones narrativas) ya bien asentadas, y para que el cambio al sonoro supusiese un verdadero trauma, también para los cineastas, muchos de los cuales no sobrevivieron a la transición.

Tuvo lugar, por tanto, un «segundo nacimiento» del cine, después del más o menos oficial de los hermanos Lumiere con ‘Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir’ (1895), a los que se considera los inventores del cinematógrafo (algo que podría desmentir cierto párroco español, aunque eso es otra historia), y fue también más o menos oficial: el de ‘El cantor de jazz’ en 1927. El cine mudo, por lo menos como fenómeno popular, pasó a la historia y se implantó poco a poco el cine sonoro, que a la sazón dentro de pocos años cumplirá un siglo, siempre de acuerdo con estas efemérides. Para muchos, sin embargo, el cine mudo es el verdadero cine, y de sus conquistas estéticas y narrativas, de sus logros, emanan casi todos los del cine sonoro, pues en él, se supone, están todas la formas, por lo menos el germen de ellas, de lo que luego se ha venido haciendo en las siguientes décadas. Pero tal argumento adolece de por lo menos dos grandes complicaciones que lo vuelven inasumible. La primera de ellas vendría a considerar, siguiendo esa lógica, que el sonido de las películas es un mero acompañamiento de las imágenes, algo que a todas luces es falso. Y la segunda es que el cine mudo ya no existe como forma de expresión (acaso marginal) y ya no tendría cabida en el mundo actual (salvo experimentos muy cuestionables). De ambas complicaciones podríamos inducir que el cine sonoro no es consecuencia del mudo, o que el cine mudo no es el germen de lo sonoro, sino que son dos formas de expresión diferentes, como mucho una (el mudo) uno de los niveles del otro (el sonoro).

En verdad, el cine tal como lo conocemos es sonoro. Son imágenes y sonidos interrelacionados. Que en el mudo las formas de expresión evolucionaran en lo visual tiene todo el sentido, dado que no disponían de otra cosa con lo que poder narrar, y que en los primeros tiempos del sonoro las formas visuales fueran hacia atrás en lugar de hacia adelante también tiene sentido, pues las cámaras eran mucho menos ligeras y había que buscar la forma de adecuar la puesta en escena a los micrófonos situados en el escenario (algo de eso puede verse en la estupenda ‘Cantando bajo la lluvia’), entre otras cosas. Por otra parte el sonoro, sobre todo en Estados Unidos, se estableció como una fuerte industria, tanto económica como ideológica, y es hasta cierto punto natural que la audacia y el atrevimiento formal y conceptual de décadas anteriores luciera por su ausencia, teniendo en cuenta también que se estaba volviendo un artefacto muy caro. Salvo revolucionarios como Welles en Estados Unidos y Rosellini o Buñuel en otras partes del mundo, el cine no vivió una verdadera madurez hasta la modernidad del cine europeo de segunda mitad de los años cincuenta y años sesenta, que luego se contagió al cine estadounidense de los años setenta.

Para entonces el cine contaba ya con varios niveles narrativos que son clave para valorar la altura estética en lo cinematográfico:

La imagen (el cuadro, lo pictórico, lo fotográfico)
El montaje de esa imagen (y lo que ello supone de construcción del relato, del ritmo y del tempo interno y externo)
El sonido (o la ausencia de él)
La música
Los diálogos (de los personajes en pantalla, en off, o de un narrador)
El color (o la ausencia de él)
La luz
Los actores

Algunos directores, incluso modernos, son tan poco cinematográficos que parecen incluso teatrales, sin vida y sin movimiento. Pero otros directores son eminentemente visuales, y sólo la ayuda de artistas colaboradores puede hacer elevar su cine actualmente. Es el caso de Hitchcock, cuyo cine es muy visual, y que sólo combina ese factor narrativo cuando cuenta a su lado con otro cineasta, como lo fue Bernard Herrmann, el cual añade música y sonidos y su cine y lo vuelven mucho más interesante. Hitchcock es un cineasta académico, estándar, en el sentido en que las convenciones del mudo, todas ellas muy valiosas y de importancia histórica, son lo único destacable de su puesta en escena. No puede ser un director revolucionario porque trabajaba para el público y porque sólo trabaja a un nivel, mientras que otros como Welles o Bresson lo hacen a muchos más, entendiendo las verdaderas posibilidades del cine.

El cine es ante todo movimiento, un trozo de vida (y no un pedazo de pastel), como si mezclara en su esencia las particularidades de la música y la literatura para hacer de ellas otra cosa. Y sólo puede hacer conceptualmente interesante ese movimiento empleando los medios narrativos a su alcance, muchos más que los que tenía el mudo. Sin sonido, unas imágenes carecen de vida, de sentido. Son fantasmas flotando en una pared. Es el sonido el que las estructura y las dota de consistencia. Es el sonido el que las convierte en cine.

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CINE

Hitchcock vs. Tarkovski: convenciones frente a expresión artística

Escuchando el último programa de Todopoderosos, en el que de nuevo tratan la figura de Alfred Hitchcock (esta vez con mayor profundidad que la primera vez), vuelvo a encontrar las viejas ideas y los argumentos habituales contra los que yo, creo que desde las mismas escuelas de cine a las que asistí, siempre he sentido rechazo y a los que siempre me he opuesto (así me fue en ambas escuelas…), seguramente porque mi sensibilidad como espectador cualificado ni se siente cómodo con ellos ni puede creer en ellos, y a la hora de escribir sobre cine (algo que llevo haciendo más de diez años) me gustaría poder desarrollar ideas más interesantes que las que se llevan repitiendo durante años por un amplio sector de la crítica. Porque, a grandes rasgos, y empleando ahora cierto reduccionismo, podríamos hablar de dos grandes corrientes cinematográficas (que a su vez dependen de sendas corrientes literarias y en general narrativas): la proveniente del mundo anglosajón y la proveniente del resto del mundo. Por supuesto ambas se alimentan y se dejan influir, en multitud de aspectos, por la otra, de tal forma que sufren la contaminación de sus formas y estilos, pero cada día es más predominante el sentido narrativo del mundo anglosajón. Aún así… vamos por partes.

Cuando Rodrigo Cortés, un hombre muy inteligente y preparado, que sabe de lo que habla (al contrario que Juan Gómez Jurado, que no sabe ni mirar el año de producción de ‘Nosferatu’ en su móvil) sitúa a Hitchcock como una de las diez figuras más importantes de la historia del cine, hasta cierto punto es lógico que lo haga. Desde un punto de vista mediático, Hitchcock es ineludible como figura narrativa, como eje del cine estadounidense y anglosajón, y como director popular y mainstream. Cortés, en ese sentido, se pronuncia igual que lo haría el grueso del público más o menos cinéfilo. ¿Cuáles son las diez figuras más prominentes de la historia? Imposible no nombrar a Hitchcock, Ford, Kubrick, Hawks, Spielberg, Wilder… gente así. Todos ellos partícipes de una forma de entender el cine (sobre todo en el sonoro, que es el cine tal como lo entendemos ahora mismo). Y quizá esos espectadores o críticos nombraran otras figuras no anglosajonas (tampoco muchas) como Eisenstein, Truffaut o Fellini. Puede ser. Pero el concepto de cine queda claro con los antes nombrados: un cine explicativo, analítico, en el que cada plano signifique algo, y en el que todo tenga un sentido claro, rotundo. Esta es una forma de entender el cine tremendamente primitiva, empequeñecedora, burguesa y conservadora.

Lo que me sorprende es que cinéfilos que me consta que están preparados, como el tal Bracero (muy activo a la hora de escribir sentencias en twitter), su gurú Luis Aller y muchos otros, que insisten en nombrar películas alejadas del mainstream, que parecen siempre más que dispuestos a despreciar el cine estadounidense, o el cine más comercial, o el cine más habitual, que por lo visto buscan un cine más artístico, experimental y arriesgado, no hacen otra cosa que alabar los mismos rasgos lingüísticos una y otra vez. A saber: el plano, la composición y el encuadre, a veces el montaje entre planos y su duración, como si bastara con la disposición de los actores y el movimiento de la cámara para valorar una película. Estos espectadores no hacen más que admirar conceptos tales como ese espejo roto al fondo del encuadre, situado entre dos actores, como expresión de su ruptura sentimental, o como el dibujo de los personajes basado en que uno se baja de un coche y otro de un caballo. ¿Cuántas veces hemos visto en cine unas rejas casuales, quizá la valla de una casa, como expresión de la incomunicación o del futuro de unos personajes, o una zanja entre dos personajes como una imagen que quiere decirnos de su alejamiento sentimental. Todo esto es lo que estos cinéfilos defienden como esencial en el cine.

El verdadero epítome de todo esto fue, por supuesto, Hitchcock, que entendió el cine no solamente como una consecución de planos lógicos para indicar una dirección (pre)determinada), sino como una ilusión, una engañifa. Ya lo decía él: «otros directores dan al espectador un pedazo de vida, pero mi cine es un trozo de pastel». El suyo, y el del 90% de los directores anglosajones, así como el de todos los directores europeos y de otras cinematografías del mundo ya convencidos de que ese es el único cine posible. Y si Hitchcock es el culmen de todo esto, su libro (escrito por Truffaut, transcribiendo sus largas charlas con él) es la Biblia de esa forma de pensar. Pero algunos tenemos otra biblia. Claro, no sorprende que muchos de los cahieristas, y sus descendientes naturales, siguieran en muchos puntos las enseñanzas de Hitchcock, y esa es una de las razones de que el cine francés, pese a que tantos lo tengan en tan alta estima, no conozca grandes maestros universales con excepción de Robert Bresson, que es el anti-hitchcock. Incluso el experimentalista Godard, creador de algunos trabajos fascinantes, es hijo putativo de Hitchcock. Los cahieristas, con Truffaut a la cabeza, también creían que lo mejor para el espectador era entregarle un trozo de pastel.

La otra Biblia que algunos hemos leído hasta que se le han caído las hojas, porque es un compendio de una inteligencia y sabiduría sin límites (y a la que el a veces recalcitrante Angel Fdez-Santos se refirió temerariamente como «balbuciente») es por supuesto ‘Esculpir en el tiempo’, de Andrei Tarkovski, que al contrario que el muy seguro de sus ideas Hitchcock, es una búsqueda, un viaje por las posibilidades artísticas del cine, en el que la incertidumbre y el enigma recorren casi todas sus ideas, pero todo ello fortalecido por intensas convicciones artísticas. Los que pensamos que el cine es algo más que un plano un poco desequilibrado de una mesa al fondo en la que come una familia para explicar lo desunida que está esa familia, los que estamos bastante seguros de que ese tipo de «lenguaje» visual (nunca sonoro… cosa curiosa…) funciona para el espectador a un nivel muy bajo en comparación con la experiencia totalizadora que ha de representar para él un filme (igual que para el lector una novela o un relato), los que creemos que para «saber de cine» no basta con saber de forma o duración de planos, sino de montaje, de dramaturgia, de literatura, de escenografía, de música, de poesía, de ciencia, de sonido… tenemos en el extraordinario libro de Tarkovski una ayuda inestimable.

Porque… ¿cómo definir algo como esto basándonos en términos de lenguaje de Luis Aller o su discípulo Bracero?:

O como esto:

O esto:

O esto:

O esto:

O esto:

O, ya para terminar, esto:

¿Qué van a decir estos estructuralistas acerca de estas secuencias? ¿Y qué puede decir gente que sólo ha seguido la doctrina, lo sepa o no, del cine anglosajón más tradicional? Poca cosa, me temo. Pero supongo que si el cine es ahora tan poco interesante en demasiadas de sus manifestaciones, es porque es esa doctrina la que ha arrasado en el mundo, y ha dejado al cine (y por extensión a la literatura) al borde de la extinción.

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ENSAYO

Intuiciones

Hay que hacerles caso, porque están ahí para algo, sobre todo cuando estás haciendo algo tan extraño, tan complejo y tan inexplicable como escribir una novela. En ese caso las intuiciones tienen el valor de un ataque de ansiedad en la vida real: te están avisando de algo, son una señal, o una alarma… algo en tu interior te está avisando de que algún aspecto de lo que estás haciendo está mal o por lo menos no lleva el rumbo adecuado. Lo malo es que es bastante arriesgado hacer caso de las intuiciones, porque es posible que no las interpretes bien y te metas en la boca del lobo, y que acabes peor que como empezaste. Además, suceden después de varios días de calma exterior y de zozobra interior, de insatisfacción con lo que estás escribiendo, de vacío, por lo que te puedes ver en un verdadero apuro mental y anímico.

Todo esto, creo yo, a veces es necesario para ponerte a caminar en las agitadas, indefinibles y semanas y meses que te va a llevar escribir esa novela que vas a escribir, y yo, lejos de escribir este artículo para dar consejos a escritores o de querer ser un ejemplo para nadie, simplemente me estoy limitando a describir las difíciles sesiones de escritura que estoy enfrentando las últimas tres semanas, en las que he abandonado, una vez más, un proyecto largamente pospuesto porque me he dado cuenta de que no representa ningún interés narrativo para mí (aunque quizá pueda representarlo en un futuro), y en las que me he debatido entre dos posibles materiales novelísticos hasta decidirme por uno de ellos… para luego descubrir, a las primeras seis o siete mil palabras, que no lo estoy enfocando desde el punto de vista más interesante posible, y que eso, dentro de pocas semanas, va a llevarme a un callejón sin salida. De modo que vuelta a empezar.

Puede ser una intuición o lo que otros llamarían una profunda reflexión sobre lo que se está haciendo, pero tengo la impresión de que he escuchado más a mis tripas que a mi cabeza, y creo que eso siempre es bueno. Sin embargo he empezado con el pie cambiado y me está costando una barbaridad mantener una escritura regular e intensa, y ello a pesar de que no me asaltan ideas de otros posibles proyectos que debería estar escribiendo antes que este (tal como he explicado en otra ocasión que te vienen porque tu mente no deja de tenderte trampas) ni he pensado que no pueda hacer algo emocionante de esta historia que quiero contar. La sensación real que tengo, y esta es la verdad, es de que no estoy a la altura. Pero creo que eso es bueno: demostrarme a mí mismo que sí lo estoy, y dentro de cuatro o cinco meses, o cuando sea que tenga listo un borrador lo bastante digno, hablar a mi yo de principios de enero y decirle: ¿lo ves? «ya te dije yo que valdría la pena».

La clave, me parece a mí, es que el personaje (o personajes) centrales de tu historia sean interesantes para ti, lo bastante como para que a su reclamo de que les des vida te niegues a ti mismo el descanso tan merecido después de una jornada de trabajo, o una buena compañía, o esa película que estás deseando ver, o esa cena con los amigos, o esa lectura que está esperando a que termines con ella de una vez. Nunca he entendido cómo alguien se puede poner a escribir de otra manera. Por mucho que tus personajes sean detestables, trágicamente imperfectos, absurdos y hasta odiosos la mayoría de las veces, ellos son la verdadera razón de tu esfuerzo, y cuando veo a esos escritores que te cuentan una historia sobre alguien anodino, o que son incapaces de armar un personaje te preguntas qué resorte interior le ha llevado a ser escritor… ¿escribir bonitas frases o hablar de lo hermoso del amor? ¿sentirse artistas porque te construyen una historia trepidante? El personaje es la clave de todo y es, en realidad, una extensión de tu prosa y de tu pensamiento, y una de las dos piedras de toque (la otra es el estilo) de todo verdadero gran narrador. ¿Sobre qué vas a construir tu narrativa, sobre pijos adolescentes sin nada mejor que hacer que chatear todo el día?

Yo creo que ya he encontrado mi personaje, y es un personaje que me da miedo y que me atrae de una forma complicada al mismo tiempo. Creo que se parece demasiado a mi, eso no me gusta porque voy a tener que indagar en mi interior una vez más, y cada vez indago un poco más adentro y no sé qué diablos voy a encontrar en un sitio tan oscuro y tan impredecible. No se parece a mí en todo, lógicamente, pero sí en muchas cosas que me pregunto si los demás ven en mí. Y si no lo ven, supongo que lo distinguirán cuando la novela esté terminada y publicada.

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CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

El cañón del revólver (I)

Usando el título de mi columna en la desaparecida revista cultural ‘LA COLUMNATA’, inicio con este artículo una serie de ellos en los que efectuaré seis disparos, algunos a bocajarro, otros al cielo, algunos sordos, otros espero que estruendosos, sobre diversos temas que llamen mi atención y que no necesite (o no me apetezca) desarrollar en un artículo individual. Son simplemente seis trallazos con los que expresar mi opinión sobre diversos temas.

Leo, un tanto sorprendido, que Mario Casas acaba de recibir su primera nominación al Goya (las han anunciado hoy mismo) como actor protagonista por la película de David Victori ‘No matarás’, aunque en realidad no debería sorprenderme: Mario Casas es una de las estrellas indiscutibles del cine español desde hace ya unos cuantos años. Lo que desde luego no es, ni será nunca, es actor, por mucho que se gane bien la vida con ello y que, tal como reza en su biografía, se haya preparado en la Escuela de interpretación Cristina Rota Madrid. Casas está ahí porque es guapo y atractivo, nada más. Su incapacidad para hacer creíble un personaje, para darle vida y transformarse en él, es tan notable que duele verlo. Dentro de un tiempo supongo que el buen hombre dejará también de ser atractivo y muchos se preguntarán el porqué de su éxito.

A pesar de los consejos que inútilmente me doy a mí mismo, a veces todavía entro en las redes sociales, más concretamente en Twitter, sobre todo a leer a mis fetiches. De entre ellos, suelo leer al tal Bracero (@Bracero666, ya he hablado de él por aquí) cuyas sentencias sobre qué es cine y qué no me recuerdan la cantidad de veces que me he encontrado con puristas y con todo tipo de fanáticos, esta vez alegando el porqué del sinsentido de filmar ‘El padrino, parte III’ (ya dijo de la nueva versión que «a lo mejor esta vez salía algo bueno»), como si transmutado en una nueva Pauline Kael tuviera él la autoridad de decidir qué puede o no puede filmar un genio como Coppola. Yo creo que Bracero, al contrario que tantos plumillas que andan por ahí, sabe de lo que habla en cuestiones de lenguaje cinematográfico, pese a que muchas veces cae en verdaderos disparates semánticos al explicar el porqué de un plano que, de por sí, no significa nada más allá que lo que representa, pero es muy fácil hablar en twitter, dejar dos o tres frases con una fotografía de apoyo y sostener así un argumento. El cine, en contra de lo que piensa Bracero, es mucho más que el encuadre o la duración del plano, por suerte o por desgracia, y decidir qué es una buena película, o una obra maestra, por una idea de puesta en escena, no sólo es tremendamente discutible sino que puede ser incluso clamorosamente ridículo.

Observo, extrañado y un tanto expectante, que mi novela estuvo entre las cien más vendidas (dentro de su género…) en Amazon la semana pasada y que ahora ha descendido al puesto veintipico mil… Tiene más sentido lo segundo que lo primero, a no ser que vender media docena de copias de pronto te sitúe entre los más vendidos, y no vender ninguna durante una semana te haga descender miles de puestos de golpe. O, ¿quién sabe?, quizá Amazon no me lo ha notificado bien y la semana pasada vendí cientos de copias, o decenas de miles de copias, y mañana por la mañana alguna editorial avispada me llama para tentarme con alguna oferta de las que ahora tanto has escaseado. No cuento con ello. En realidad cuento conque la semana que viene esté en el puesto dos millones, o diez millones. ¿Cuántas novelas pueden publicarse de un sólo género en Amazon? Seguro que demasiadas. Pero Amazon, por supuesto, cuida a los que sabe que van a proporcionarle dividendos, no a los desconocidos como yo. Y hace bien.

Azorado, eufórico y hasta cierto punto decepcionado porque esperaba poder explayarme con ello, me encuentro, al volver del trabajo, con que la colina de basura (mezclada con nieve y porquería) acumulada frente al portal de mi casa, que amenazaba con convertirse en una montaña con nombre propio en los mapas, ha desaparecido. Lo cierto es que es un alivio, pero me pregunto si, de haberlo querido, nuestro amado gobierno madrileño podría haberlo hecho antes… y me pregunto más: si el miércoles y días sucesivos se va a poner a llover en Madrid como si no hubiera un mañana… ¿no habría sido mejor dejar ahí las montañas de basura como dique de contención para evitar que la más que previsible inundación, dado el deplorable estado del alcantarillado madrileño ha quedado tras la nevada, nos arrastre a todos?… ¿O es que tienen previsto repartir canoas con la misma diligencia con la que han repartido palas para realizar un trabajo que le corresponde al ayuntamiento y no a nosotros? ¿No le recuerda a nadie esto a cierto capítulo mítico de ‘Los Simpson’?

Terminada ’30 monedas’, que todo el mundo sabe que va a continuar con una segunda temporada, confirmado ya que de la Iglesia, a pesar de su ya dilatada experiencia, despliega siempre una puesta en escena totalmente básica y carente de verdadera profundidad narrativa, sonrojan un poco los elogios y calificativos desmesurados hacia una serie entretenida y con algún hallazgo muy parcial que es un verdadero despropósito en casi todos sus frentes, y me pregunto hasta qué punto necesitamos decirnos a nosotros mismos que somos capaces de crear grandes series. El día que vea yo en España una serie como la primera temporada de ‘True Detective’ o como ‘En terapia’, que no son ni tan caras ni tan rimbombantes como ’30 monedas’, estaré de acuerdo con tanto forofo desatado. Hasta entonces solicitaría al respetable un poco de mesura y sentido común, sabiendo que estoy pidiendo quimeras.

Y el sexto disparo: habría querido escribir un texto sobre esa entrañable entrevista que hace pocas fechas le hicieron a Juan Gómez-Jurado en la que, entre tantas perlas memorables (como en todas sus entrevistas), además de quejarse de que la gente en España no perdona el éxito (pobre hombre…¡vale ya!), afirmaba para defenderse que ‘El Quijote’ también es un best-seller, siendo «una parodia de los best-sellers», pero como ya le he dedicado varios artículos me ha dado una pereza terrible escribir otro entero para él. Además de querer probar de la misma droga que obnubila la mente de este muchacho, que cada día da más pena que grima, o de preguntarme hasta qué punto puede llegar el autoengaño para compararse, siquiera veladamente, con Cervantes, sobre todo me pregunto qué ‘Quijote’ ha leído él que es una parodia de los best-sellers. Si estuviéramos en un país medianamente serio, a este chico (que aunque cumpla 65 seguirá siendo un chiquillo mentalmente) no le darían un programa de historia como el que le han dado en La 2, que por cierto casi parece un waku-waku con frikis. Pobre hombre: nunca nadie con tan escaso talento, con tan poca gracia, con tan nulo carisma, había escrito novelas tan pésimas y había sido invitado a hacer el imbécil en todas partes. Con él nos hemos superado.

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CINE

John Carpenter, The Master of Horror

Se habla mucho, entre la cinefilia más purista, de la carrera de cineastas como Billy Wilder o Alfred Hitchcock como ejemplos de grandes autores que se apagaron cuando podían haber dado más de sí (no estoy yo muy de acuerdo con eso, aunque quizá por otros motivos a los habituales…) y poco en ese sentido respecto a otros directores, en este caso estadounidenses, que también han dado de sí mucho menos de lo que nos habría gustado, como John McTiernan, Francis Ford Coppola (que lleva más de dos décadas fuera de cuadro) y por supuesto John Carpenter, que desde 1998, fecha en la que cumplía solamente 50 años, ha filmado dos únicas películas (la estimulante y por momentos muy brillante ‘Ghosts of Mars’ y la muy digna ‘The Ward’), además de la serie ‘Masters of Horror’ (2005-2006) y es altamente improbable que vuelva a dirigir nada, lo que de por sí representa una verdadera pena para todos los amantes del cine de aventuras en general y del horror, la fantasía oscura y la sci-fi en particular, y un signo más de estos tiempos absurdos en el que los grandes maestros quedan relegados en favor de jóvenes que en el mejor de los casos todavía tienen mucho que demostrar.

De Carpenter Enrique Urbizu dijo que era el tipo que mejor planifica y dirige del mundo, y es posible que tenga mucha razón. Solamente por eso podríamos situar al neoyorquino entre los mejores realizadores de su generación, pero Carpenter es mucho más que un excelso narrador. Confeso admirador de Howard Hawks, ha dicho muchas veces que en realidad todos sus filmes son westerns, y es correcto. Carpenter es uno de los grandes narradores de aventuras y de westerns del cine norteamericano porque filme a filme, incluso en los menos logrados o sólidos de todos ellos (si exceptuamos el tremendo error de ‘Memorias de un hombre invisible’ (‘Memoirs of an Invisible Man’, 1992), que en ningún caso invalida su carrera) ha dejado su impronta y su personalísima y desengañada mirada no solamente hacia el western o la aventura, sino hacia la soledad estadounidense y el cine mainstream de ese país, convirtiéndose en un outsider y en casi un disidente a costa de su propia continuidad en la industria. Porque Carpenter es como sus personajes, o sus personajes son como él, lo que demuestra que su cine y su vida es lo mismo, algo a lo que todo gran artista debería aspirar, y en su cine la forma y el contenido se funden en una sola cosa: una declaración de principios, una provocación sutil y elegante ante la que el espectador ya no puede ser inocente.

La maravillosa carrera de John Carpenter, ahora olvidada (y cuando se acuerdan de ella es para minusvalorarla), está compuesta de algunos trabajos para televisión y sobre todo de dieciocho largometrajes con los que Carpenter participó de la regeneración de la visión de la violencia en el cine de EEUU en los años setenta con la tremenda ‘Asalto a la comisaría del distrito 13’ (‘Assault on Precinct 13’, 1976), en la creación de los filmes slasher con el mejor de todos ellos, (‘La noche de Halloween’ (‘Halloween’, 1978), además de ayudar en la configuración del cine de acción y aventuras en los años ochenta con el excelente ‘1997: rescate en Nueva York (‘Escape From New York’, 1981) y la muy estimulante e intensa ‘La niebla’ (‘The Fog’, 1980), para empezar. Consiguiendo además algunos clamorosos éxitos de taquilla que habrían asegurado la carrera de muchos otros directores. Eso bastaría para ganarse el respeto de cualquier cinéfilo que se precie, pero además en los años ochenta filmó sus tres obras maestras: la impresionante ‘La cosa’ (‘The Thing’, 1982), la pasmosa y en cierto sentido revolucionaria ‘El príncipe de las tinieblas’ (‘Prince of Darkness’, 1987), y la insuperable, humilde y muy infravalorada ‘Están vivos’ (‘They Live’, 1988).

Resulta muy tentador situar la carrera de John Carpenter al lado de la de Steven Spielberg, porque ambos son de la misma generación, nacidos solamente con dos años de diferencia (Spielberg es dos años mayor), y porque en su trayectoria han confluido marcos conceptuales similares, aunque tratados de muy diferente forma. Pienso por ejemplo en la serie de Indiana Jones como oposición a la serie de Snake Plissken, o en ‘E.T, el extraterrestre’ como oposición a ‘La cosa’, y además estrenada dos semanas antes. Pero mientras Spielberg es uno de los directores más famosos de la historia, y de mayor éxito económico, y su trayectoria no se ha visto truncada sino premiada por la industria, la de Carpenter ha experimentado todo lo contrario. Pero con la gran diferencia de que Spielberg no ha filmado una sola obra maestra en su vida, y sus filmes nombrados, como la mayoría de los suyos, pese a estar muy bien hechos y muy inteligentemente presentados, no son otra cosa que ficciones idealizadas, de ilusiones bienintencionadas, mientras que ‘Escape from New York’ y ‘La cosa’ son relatos mucho más oscuros, críticos con la sociedad y el ser humano, y de conclusiones mucho más pesimistas. Cierto que pocos años después Carpenter hizo la estimable ‘Starman’ (1984), que era mucho más optimista que ‘La cosa’, pero incluso en aquella se ofrecía una visión terrible de la naturaleza humana, con una melancolía y una desesperanza manifiestas, cosa que no podemos dejar de agradecerle a Carpenter, por valentía y por honestidad.

También existen los que quieren comparar ‘Alien’ (1979), el famoso filme de Ridley Scott, con ‘La cosa’, siendo quizá poco conscientes de que el filme de Scott en cierto sentido nace como respuesta mucho más sofisticada al primer filme de Carpenter, el sorprendente ‘Dark Star’ (1974), y que una vez más, mientras ‘Alien’, pese a albergar no pocas virtudes estéticas y narrativas, y algunos momentos verdaderamente siniestros, es un filme que en ningún momento establece una visión del ser humano entre los caracteres que forman sus personajes y cuyo discurso es, al final, positivo, porque termina bien, mientras la obra maestra de Carpenter, ‘La cosa’, es un magistral estudio de personajes, una mirada terrible a las debilidades humanas, y con el final más terrible y desesperanzador posible. No existe filme de su clase superior a ‘La cosa’, y muy pocos equivalentes en fuerza estética y sabiduría narrativa. Pero tampoco existen muchos de la altura del muy ninguneado y hasta despreciado ‘El príncipe de las tinieblas’, que es un filme al que cabe la palabra perfección, en su planifiación, su montaje, su ritmo y su memorable y despiadado final. Así mismo, pocos filmes más irónicos e inteligentes, además de mejor filmados, con un presupuesto irrisorio, que ‘Están vivos’, que alcanza algunos paroxismos de atmósfera y de tensión que muy pocos cineastas, y desde luego ninguno de la órbita de Ridley Scott, puede lograr.

Filmes posteriores no brillaron a esta altura, pero demostró de nuevo su magisterio absoluto en lo narrativo incluso en filmes menores como ‘En la boca del miedo’ (‘In the Mouth of Madness’, 1994), que era una estupenda crítica a la literatura de terror más prescindible, o en ‘Vampiros’ (‘Vampires’, 1998), una muy pobre adaptación de la estupenda novela en la que Carpenter filma algunos de los mejores momentos de su carrera, logrando además uno de sus mejores westerns en ‘Fantasmas de Marte’ (‘Ghosts of Mars’, 2001), quizá su última gran película plenamente carpenteriana. Por su enfrentamiento con los grandes estudios, que no le perdonaron el fracaso de la estupenda ‘Golpe en Pequeña China’ (‘Big Trouble in Little China’, 1986), y su personalidad indomable, se quedó sin opciones demasiado pronto, y se ha negado a seguir aceptando proyectos que rebajasen su filmografía. Ha hecho lo correcto, sin duda, y además ya nos ha regalado muchas horas de puro cine, de puro western, como para reconocerle el mérito los próximos cien años. Y de su sentido de la aventura, de sus pesimistas visiones apocalípticas en su trilogía de obras maestras, se ha empapado el cine estadounidense sin siquiera saberlo. Pero la historia juzgará a unos y a otros.

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CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

Devoradores de narrativa

Decenas de miles de libros editados al año, cientos de películas, cientos de series, innumerables canciones y discos. Plataformas de entretenimiento, temporada de premios, la serie del año, la miniserie de moda, la serie española del año, el filme revelación, la segunda temporada, la tercera temporada, la temida quinta temporada, el spin-of, el remake, la precuela… Jamás en la historia habíamos la opción de ver tantas películas y series, de leer tantos libros, de escuchar tanta música. La oferta es, a falta de otra palabra mejor, apabullante, abrumadora, capaz de aturdir a cualquiera. ¿Y qué hace el espectador medio? Devorar todo lo que puede, como un escuálido ante un banquete. Atiborrarse y comentar sin parar todas las novedades, y todos los avances, en lo que parece una carrera cada vez más frenética, sintiéndose especial, sintiéndose culto y «al día».

Convertirse en un fagocitador como el que acabo de describir es hacer el bobo y bailarle el agua a la industria y a las grandes cadenas y editoriales, especialmente las estadounidenses, cuyos productos son mayoritariamente lo que se «consume» aquí. Leer la inmensa oferta de novedades mensuales editoriales, tanto españolas como extranjeras, intentar conocer todas las series nuevas que más aspecto de triunfar tienen a simple vista, verse las películas y escucharse los discos de moda no es ser culto ni es ser un entendido. Además, ¿qué significa ser culto? Tal como afirma Jesús G. Maestro sería mucho más valioso ser inteligente, pero el deseo de serlo abunda mucho menos que el de ser culto. La gente, me temo, lo que quiere ser es especial, es entender cosas que otros no entienden para sentirse por encima de ellos, es codificar la literatura para convertirla en pseudo-literatura y en un manual de instrucciones, es ver esas películas que casi nadie ha visto o escuchar esos discos que nadie ha oído para poder decirle al otro, al rival, que él las conoce y el otro no, es descubrir una buena serie antes que nadie, y ponerlo en tu blog, y cuando seis meses después todo el mundo hable de ella sentirte, una vez más, superior y especial y estupendo.

Es simplemente devorar un montón de películas y de libros y de series, sin más ni más, sin ton ni son, simplemente porque están disponibles, lo cual es literalmente imposible, porque se hacen demasiadas series, se filman demasiadas películas, se editan demasiados libros y se publican demasiados discos. La industria ha de sostenerse como sea, seguir facturando lo máximo posible antes de devorarse a sí misma. Pero todo esto no es sano, ni lógico, ni inteligente, ni duradero. Pasaremos a la historia como la civilización más boba, porque teniéndolo todo, no obtuvimos nada. Antes era muy difícil volver a ver una película a menos que la tuvieras en DVD, y no era nada fácil obtener buenos libros a buen precio. Ahora es lo más fácil del mundo, y no es demasiado caro, pero cada vez es más difícil encontrar un DVD o un BLU-RAY de los grandes autores, y mucho más sencillo que editen cualquier bobada de EEUU. La oferta en Netflix es inmensa, pero abundan los títulos nefastos, cientos de ellos, y apenas hay buenas películas de los años setenta, ochenta y noventa. Si permitimos que sean las grandes plataformas las que dicten los gustos y mantengan viva la llama de la cinefilia (de hecho es lo que estamos haciendo) el cine se va a ver perjudicado, del mismo modo que si permitimos que sean las editoriales de peso las que nos digan qué leer, o los fagocitadores de series nos digan cuál ver.

En lugar de pasar de película a película y de serie a serie, sin solución de continuidad, como el que va al Prado a ver un cuadro tras otro sin más, sería bueno aprender de una vez, profundizar en lo que se está viendo, escuchando y leyendo, parar máquinas y hacer caso de los que algo saben de narrativa, de los que tienen una teoría sobre ella, en lugar de creerse que se sabe todo y que no se necesita una guía, ser inteligente y reflexionar en lugar de querer ser culto a toda costa y fagocitar, que es justamente lo que las grandes compañías y los grupos de presión necesitan que se haga para sostener un entramado de entretenimiento cada vez más hipertrofiado. No debemos ser los burgueses que pagamos para que nos entretengan, sino los ciudadanos y las personas que adquirimos un conocimiento o una experiencia estética para evolucionar como sociedad, para ser más conscientes de nosotros mismos y de nuestra naturaleza.

Pero me temo que eso no va a suceder. Persistirán los grandes estrenos y la farándula del famoseo, los foros y los blogs de aficionados sin nada mejor que hacer y con graves carencias de personalidad, las discusiones sobre la serie no ya del año sino del mes y pronto de la semana, los grandes best-sellers que son (por necesidad imperativa) pura farfolla literaria, y los individuos que estén muy al día de todo eso, sintiéndose muy cultos y muy especiales y muy estupendos, ignorantes de muchas cosas, pero sobre todo de una: que pese a leer muchos libros no saben nada de literatura, que pese a escuchar muchos discos no saben nada de música y que pese a ver muchas películas y series no saben nada de cine… esa legión de «cultos» son en sí mismo un culto, una cofradía que ya es legión, y de la que es imposible aprender nada ni hacerles aprender nada. Y así la ignorancia se vuelve moda, y se convierte en cultura.

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LITERATURA

100 ó 200, pero seamos serios

Comentaba ayer lo de la famosa biblioteca perfecta que Zenda Libros y XlSemanal (capitaneados por el generalísimo Pérez-Reverte) habían confeccionado con el voto inicial de 133 personalidades de la cultura y la vida pública (sean lo que sean ambas cosas), voto luego ampliado a las miles anónimas que quisieran participar, y comenté que entre hacer eso y nada, lo mejor es no hacer nada, y que en ese caso en concreto, se trata de otra estrategia comercial encubierta para cubrirse unos a otros y para ningunear a los que verdaderamente cuentan: los críticos y teóricos literarios. ¿Se le preguntaría a la gente, o a Pablo Casado, cuál es el edificio mejor diseñado y construido? ¿O se le preguntaría a la gente cuáles son las sinfonías más perfectas de la historia de la música? Pues esto es lo mismo, pero resulta que en literatura y en cine, por alguna extraña razón, cuenta más el voto de la gente que el de los profesionales en la materia.

Sea como fuere, preguntarle a quien sea, válido o no, cuáles considera que son los 10 libros imprescindibles de una biblioteca con el objetivo de formar una de ciento y pico títulos es absurdo. Habría que preguntar a cada uno, creo yo, cuáles son los 100 que ellos consideran que deberían conformar la biblioteca perfecta entera. Si sólo das 10 imposible. Además, ¿cómo elegir 10? Si entre esos 10 es imposible no introducir estos:

El Quijote, de Miguel de Cervantes
La divina comedia, de Dante Alighieri
La Ilíada, de Homero
La Odisea, de Homero
La Eneida, de Virgilio
Edipo Rey, de Sófocles
El Decamerón, de Giovanni Boccaccio
Obra poética de Francisco de Quevedo
La celestina, de Fernando de Rojas
Lazarillo de Tormes, de autor anónimo

Y esto sólo para empezar… Si te piden diez y no nombras a la mayoría de estos libros, te estás engañando y estás engañando a los lectores y tomando a la literatura por una entelequia. De estas creaciones literarias, y de muy pocas más, surge la genealogía, el ADN, de todo lo posterior. No es cuestión de que sean «las mejores», es que son «las más importantes». De modo que van a los 100 de forma obligatoria. La literatura, tal como la conocemos nace en Grecia hace casi 3.000 años, en el seno grecolatino, y de ahí pasa a Roma, y de ahí a Hispania, que fue la que más y mejor la exportó al mundo entero, tanto física como conceptualmente. Pero por supuesto no podemos quedarnos ahí, porque si tomamos ese punto de partida, habría que ir a otro, y si bien ‘La Eneida’ es la respuesta romana a Homero y aún así de ella nace casi toda la literatura de aventuras posterior, debemos nombrar:

Los cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer (como respuesta anglosajona al Decamerón)
Obra teatral de Lope de Vega
Obra teatral de Tirso de Molina
Obra teatral de Calderón de la Barca
Diálogos, de Platón
Poética, de Aristóteles
Vidas paralelas, de Plutarco de Queronea
Cancionero, de Petrarca
Obra trágica de Séneca
Las confesiones, de San Agustín de Hipona

Esto para cubrirnos un poco las espaldas, pero si seguimos tirando del hilo seguimos con libros tan inevitables como estos:

Orlando enamorado, de Matteo Maria Boiardo
Orlando furioso, de Ludovico Ariosto
La expulsión de la bestia triunfante, de Giordano Bruno
El príncipe, de Nicolas Maquiavelo
Principios de una ciencia nueva, de Giabattista Vico
Cántico espiritual, de Juan de la Cruz
Obra poética de Sor Juana Inés de la Cruz
Gargantúa y Pantatruel, de François Rabelais
Obra teatral de Molière
Poema de Mío Cid

Con esto ya llevamos 30 títulos que en realidad son bastantes más. Quizá nos estemos olvidando de algunos que no son de la esfera grecolatina o cercanías, y que son esenciales en muchos sentidos, y de otros libros de la época renacentista y barroca que jamás deben quedarse en el tintero:

Beowulf
El cantar de los nibelungos
Parsifal, de Wolfram Von Eschenbach
El libro de las mil y una noches
Gilgamesh (quizá el primer relato conservado)
Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos, de Giorgio Vasari
Cuaderno de notas, de Leonardo da Vinci
Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique
El paraíso perdido, de John Milton
Fausto (primera y segunda parte), de Johann Wolfgang Von Goethe
Rimas y leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer
Don Juan Tenorio, de José Zorrilla
Los sueños, de Francisco de Quevedo
Pensamientos, de Blaise Pascal
Las confesiones, de Jean-Jacques Rousseau
María Estuardo, de Friedrich Schiller
Atalá y René, de François-René de Chateaubriand
Obra cuentística de Guy de Maupassant
Obra teatral de Henrik Ibsen
Obra teatral de August Strindberg
Obra poética de William Blake

Y con esto podríamos ir calentando, es decir, empezando, y ya hemos sobrepasado el medio centenar de obras. Tirando de los hilos de estas obras podemos (es lo que yo estoy intentando hacer ahora), tirar del hilo y extraer muchas más obras imprescindibles, y aún hemos llegado apenas al siglo XIX. Ahora empieza la era de las novelas tal como las conocemos hoy día, con algunas cimas, y las plazas para esa hipotética «biblioteca perfecta» de cien o doscientos títulos empiezan a apretarse cada vez más y a hacer muy difícil no sólo la elección de 150 ó 200 libros cerrados, sino a introducir títulos modernos, y mucho menos los que algunos de la lista de XLSemanal tuvieron los redaños de nombrar:

Crimen y castigo, Los demonios, El idiota, Los hermanos Karamazov, El jugador, de Fiódor Dostoyevski
El renacimiento, Apreciaciones, de Walter Pater
Cumbres borrascosas, de Emily Brontë
Frankenstein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley
Guerra y paz, Ana Karenina, Resurrección, Los cosacos, de Lev Nikoláievich Tolstói
Obra cuentística de Lev Nikoláievich Tolstói
Obra teatral, poética, ensayística y cuentística de Oscar Wilde
El doctor Jekyll y Mr. Hyde, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson
Obra cuentística de E.T.A. Hoffman
Obra teatral, poética y novelística de Aleksandr Pushkin
Obra teatral y cuentística de Anton Chéjov
Hojas de hierba, de Walt Whitman
Moby Dick, de Herman Melville
Drácula, de Bram Stoker
Obra cuentística de Edgar Allan Poe
Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós
La regenta, de Leopoldo Alas «Clarín»
Obra ensayística de Ralph Waldo Emerson
Obra ensayística de Henry David Thoreau

Yo creo que con la obra casi completa de algunos autores hemos superado o estamos a punto de superar los 100, pero llega el siglo XX:

Vida de Gogol y otros relatos, de Tommaso Landolfi
Obra poética, de Eugenio Montale
Todo modo, de Leonardo Sciascia
La conciencia de Zeno, de Italo Svevo
Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino
Niebla, de Miguel de Unamuno
Obra ensayística y crítica de Miguel de Unamuno
Obra poética de Juan Ramón Jiménez
Obra poética de César Vallejo
Obra poética de Fernando Pessoa
Obra poética y crítica de Paul Valéry
Obra teatral de Eugene Ionesco
Malloy, Malone Muere, El innombrable
, de Samuel Beckett
Obra teatral y crítica de Samuel Beckett
Ulysses, Retrato del artista adolescente, Dublineses
, de James Joyce
La señora Dalloway, Al faro, Orlando, Las olas, Entre actos, de Virginia Woolf
Contrapunto, Un mundo feliz, de Aldous Huxley
Obra poética de Rainer Maria Rilke
Los sonámbulos, La muerte de Virgilio
, de Hermann Broch
El hombre sin atributos, de Robert Musil
La montaña mágica, Los Budenbrook, José y sus hermanos, Doktor Faustus, La muerte en Venecia, de Thomas Mann
Obra cuentística de Franz Kafka
El juego de los abalorios, El lobo estepario, Shiddharta
, de Hermann Hesse
Iluminaciones, de Walter Benjamin
Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn
Obra poética de Boris Pasternak
Obra poética de Marina Tsvetáyeva

Pedro Páramo, de Juan Rulfo
Leyendas de Guatemala, de Miguel Ángel Asturias
La saga/fuga de JB, de Gonzalo Torrente Ballester
El ruido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto, Absalom Absalom!, Las palmeras salvajes, El villorrio, de William Faulkner
Obra cuentística, de William Faulkner
Lolita, Pálido fuego, de Vladimir Nabokov
Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

Y todo esto sería sólo lo básico, básico, sin meternos más que en occidente, sin indagar nada en Asia, sin profundizar de verdad en filosofía y ensayística en general. ¿Alguien se puede creer que antes que cualquiera de estas cimas se puedan poner los títulos de Antonio Orejudo, de Alberto Guillén, de Michel Houellebecq, de Karl Ove Knausgård, de Michel de Montaigne, de Mario Vargas Llosa, de Carmen Laforet, de Haruki Murakami o de gente así? Por no decir los que en aquella lista habían incluido un libro de Arturo Pérez-Reverte… ¿Pero alguien en su sano juicio, con una gota de sentido común y buen gusto puede ignorar alguna de las citadas en la esta lista e incluir alguna de estas? Seamos serios, por favor.

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LITERATURA

Los luminarias de este país

Hace pocos días, la autodenominada «revista literaria digital más influyente de este país», la revista digital Zenda, en colaboración con la revista XL Semanal, que es su promotora, llevó a cabo uno de esos experimentos que tanto gustan, aparentemente, a los sectores culturales europeos más rancios, autocomplacientes y prescindibles: elaborar la llamada biblioteca perfecta, es decir, configurar una lista con 100 libros (más el obligado ‘El Quijote’) que formarían esa biblioteca, todo ello elegido por ciento treinta y tres (¿por qué no doscientas o quinientas’) personalidades, a las que luego han venido a llamar «expertos», todos los cuales votarían diez títulos cada uno. Me parecería muy interesante, a priori, elaborar una lista con cien o doscientos imprescindibles de la historia de la literatura, pero cuando descubres a esos «expertos» empiezas a darte cuenta del tinglado, que es el de siempre, porque contar nada menos que con Chicote, Andrés Calamaro, Chema Alonso, Jacinto Antón, Mercedes Milá, Máximo Huerta, el presidente del gobierno Pedro Sánchez o el principal político de la oposición Pablo Casado (junto a otros novelistas, cineastas o intelectuales algo más solventes) es una de esas sublimes chorradas que sólo aquí puede tomarse como algo serio.

El probable inductor de tamaña estupidez, el ínclito Arturo Pérez-Reverte, escribía un editorial al respecto titulado «Cien más uno», en el que, con una soberbia bien adiestrada con décadas de práctica, declaraba que era una lista «que quien se considere lector debería, más o menos, tener en casa, conservada en la memoria, prevista como objetivo futuro», o bien que «se trataba tan sólo de confeccionar una lista útil, una buena guía de referencia para todos aquellos que piden orientación sobre títulos y autores importantes». En otras palabras, se trata de ayudar al pobre y huérfano lector que no tiene ni idea de qué leer, pero no explicándole por qué ha de leer esos títulos, supuestamente universales, y no otros, simplemente dándole una lista sin más, seguramente porque carecen de argumentos y de la capacidad de llegar más allá, de establecer una verdadera teoría de la literatura, que en verdad, tal como dice Jesús G. Maestro, es irreductible (y por tanto muy superior) al concepto actual de cultura, y por supuesto a lo que tengan que decir sobre ella los que de ella se aprovechan para mantener su estatus y su privilegiada posición social. Es una lista adoctrinadora, no crítica, como corresponde a una secta cultural también adoctrinadora.

En 1999 el periódico Le Monde efectuó una encuesta para dilucidar sobre los mejores libros del siglo XX, encuesta realizada a miles de franceses, de la que salió una muy discutible lista en la que de los veinte primeros nada menos que doce eran francófonos. Zenda, siendo «la revista literaria más influyente del mundo en español», ha querido superar aquella ridiculez de lista y lo ha logrado.

La única forma posible de hacer una lista de 100 o 200 títulos de las obras más geniales de la historia de la literatura, en este país de luminarias o en cualquier otro, sería acudiendo a los críticos literarios (y entre ellos no se encuentra Alberto Olmos, me temo) y a los intelectuales más preparados y exigentes. Al menos la lista, que sería tremendamente imperfecta, tendría algo más de respetabilidad. Hacerla tal como plantea Zenda y ese gurú de la postmodernidad cultural llamado Pérez-Reverte es un insulto a los lectores y a la literatura, concepto del que no tienen la menor idea aunque vendan millones de libros (y un libro no es necesariamente literatura, como parece que algunos no acaban de entender). Esta que han hecho ellos, en la que se incluyen, cómo no, libros del propio Pérez-Reverte gracias al voto de gente como Gómez-Jurado o Juan Eslava Galán, es una estrategia más de la maquinaria editorial, de la industria de la cultura pop, que gota a gota, año a año, avanza en su objetivo de borrar del mapa todo lo que no sea fácil, comercial y edulcorado, por muy inteligente y documentado que parezca.

De hecho, la crítica mundial, los teóricos más preparados, que viven y respiran literatura mucho antes que «cultura», llevan elaborando esa hipotética biblioteca perfecta desde hacer vario siglos, sin que nadie, o casi nadie, les haga maldito caso. Incluir en una biblioteca perfecta a ‘El Quijote’, o a Dostoievski, o a García Márquez suena más a incluir lo que se supone se tiene que incluir, que a que realmente conozcan esas obras a fondo, hayan estudiado su genealogía y sepan que es ineludible incluirlas. Es decir, suena más a gustos personales, esta lista, mezclados con postureo cultural, que a verdadero conocimiento, a saber de qué diablos se está hablando. E incluir alguna novela de Pérez-Reverte para una biblioteca perfecta de cien o doscientos títulos es la prueba de estulticia definitiva.

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