LITERATURA

Empezar a escribir una novela

No se puede extrapolar una experiencia personal a la experiencia universal, por lo que no voy a emplear mi experiencia personal como otra cosa que como un ejemplo más de lo que puede suceder, o más bien sucederte, cuando empiezas a escribir una nueva novela, como es mi caso en este momento. Cada escritor, sea primerizo o veterano, autoexigente o indolente, vive algo completamente distinto, pero quizá poniendo ejemplos como el mío sí que otros puedan encontrar puntos en común, y que los que nunca se han atrevido pero quieran encontrar la forma de ponerse a escribir de una vez, puedan acceder a lo que significa empezar a poner la primera piedra.

Supongo que es diferente el fenómeno de escribir tu primera novela o escribir la tercera o la cuarta (en mi caso, la sexta), por la sencilla razón de que la mayoría de escritores y escritoras, cuando van a escribir su primera novela, casi siempre van a por esa historia, ese material, que les ha obsesionado durante años, como si fuera la primera y al mismo tiempo la última cosa que van a hacer en su vida, una energía que por cierto es muy positiva. Todo lo deberíamos escribir como si fuera lo último que jamás escribiremos, pero ya llegaré a ese punto. La cuestión ahora es que cuando vas a escribir tu primera novela sabes cuál va a ser esa primera novela (en mi caso, La descendencia), y aunque en tu mente valores la posibilidad de empezar con alguna otra historia, al final te decantas por esa, que además suele ser un verdadero reto, al menos para ti. La cosa cambia, sin duda, cuando vas a escribir la tercera o la cuarta, porque en cuanto empiezas a escribir novelas y cuentos sin detenerte sucede algo que los que nunca han escrito nada quizá tengan dificultades para comprender o incluso aceptar: tu cabeza empieza a ir en diez direcciones distintas, y a poblarse de historias y personajes que reclaman que les des vida, y conceptos en los que nunca te habías detenido, o a los que no habías prestado atención, de pronto te sugieren muchas cosas que podrían ser una futura novela, quizá tu siguiente novela.

En otras palabras: al ponerte con tu primera novela y al fin terminarla, tu mente se abre como si hasta entonces hubiera estado desconectada, como si fuera una radio o un transmisor que por fin comienza a vibrar con ondas invisibles de decenas de ficciones que un día pueden estar escritas negro sobre blanco. Es tan intenso, en casos como el mío (y seguro que no soy el único), que a medida que avanzas tienes verdaderos problemas para decidir qué novela hacer a continuación, porque creo que pocas personas son tan conscientes del paso del tiempo, del tiempo que hay que invertir en una novela, y de su propia mortalidad, como lo es un escritor. Sabes que tu tiempo en este mundo (que además, probablemente es el único mundo que vas a conocer) es limitado, y quieres elegir bien. Más aún, quieres mejorar como escritor, de modo que te planteas muy en serio si ese material que has escogido para ponerte a componer una novela es el adecuado, o si vas a perder el tiempo con algo demasiado fácil, o si por el contrario es demasiado difícil y estás apuntando demasiado alto.

Sea como fuere, al final te decides por una historia, un material en concreto, el que sea, te equivoques o no (y lo más probable es que te equivoques) al elegir ese y no otro. Pero lo importante es que ya te has decidido: vas a escribir la novela X, en lugar de la novela Y. Bien, pues da igual la que hayas escogido, da igual que seas primerizo o que tengas ya un bagaje como escritor, al comenzar la novela te va a sentir en pañales, literalmente. Yo para esto de escribir tengo la costumbre de emplear dos paralelismos: el del viajero y el del cocinero. Si utilizamos el paralelismo del viajero te vas a sentir, muy probablemente, como uno que abrió la puerta con mucho ímpetu pero que al dar los primeros tres o cuatro pasos vio que se le venía el mundo encima, porque hay mucho que recorrer, porque hay muchos posibles caminos (trillados o no) y porque el objetivo está lejos y a lo mejor ni siquiera tienes muy claro cuál es. Y si empleamos el paralelismo del cocinero, te vas a encontrar en tu mesa de trabajo con que no dispones, muy probablemente, de los ingredientes con los que pensabas contar, o con ningún ingrediente en absoluto… que tu salero está vacío, para entendernos, y no sabes si prender el fuego o ponerte a cortar.

¿Qué es lo que hacen muchos, equivocadamente a mi juicio? Ponerse a investigar y a documentarse. Pero eso, querido lector, no es escribir la novela ni el relato. Yo soy reacio a dar consejos, porque cada cual puede hacer lo que le dé la gana, pero un novelista parte de una visión general, no de un montón de detalles amontonados. Eso en primer lugar. En segundo lugar, insisto: documentarse no es escribir.

La mayoría de los pseudo-novelistas que asolan pueblan las librerías lo tienen todo bien armado antes de empezar: principio, nudo, desenlace, personajes, giros de argumento, sorpresas, detalles… de todo. Es decir, al ponerse a trabajar ya lo tienen todo previsto, como el viajero que sabe perfectamente qué caminos va a tomar y cuál va a ser el final del viaje, o el cocinero profesional que dispone de todos los ingredientes y herramientas perfectas, y no se salen del plan bajo ningún concepto. Pero un escritor, un novelista, no es ni un viajero ni un cocinero, es un creador, y no se debería tener todo preparado de antemano, porque el novelista también ha de llevar a cabo un viaje personal de descubrimiento. Es bueno saber de dónde se parte, y saber más o menos a dónde se quiere llegar, pero los caminos han de descubrirse por el camino, de lo contrario el lector va a notarlo y la novela no va a merecer la pena.

No voy a insistir, desde luego, en que es necesario escribir todos los días (sí, fines de semana también, y cuando llegas del curro y estás cansado también), en que es muy recomendable tener a mano un diccionario de sinónimos, y que es muy conveniente elegir cuidadosamente las lecturas que te van a acompañar durante las semanas y meses que te va a llevar la redacción del primer borrador de la novela (y sucesivos)… las lecturas y las películas y la música que vas a emplear mientras estés escribiendo. Todo eso es como los utensilios del viajero o del cocinero. Los vas a necesitar. Pero creo que lo que más vas a necesitar, y enseguida te das cuenta si es que no eres un zoquete incurable, vas a necesitar estar abierto, estar…sensible, receptivo, frágil. En otras palabras: necesitas ser lo bastante valiente como para pasar por los mismos estados de ánimo de tus personajes, de otra forma.. ¿cómo vas a entenderles y dejarlo por escrito? Has de ser valiente para ser débil, pero también has de ser firme, porque aunque hayas elegido el material que será tu próxima novela, te asaltarán unas cuantas dudas de cuando en cuando, dudas que te dirán que cambies de material, que lo dejes y hagas otra historia, porque en cuanto coja velocidad de crucero y escribas cuatro o cinco páginas diarias, tendrás muchísimas ideas geniales para otros proyectos.

Pero no te desvíes del camino. Si son ideas tan geniales, y no excusas de tu cerebro (la mente juega malas pasadas) para dejar de trabajar a ese ritmo, no se te olvidarán. Puedes apuntarlas, dejarlas en la nevera, y continuar. Habrá otras dudas, claro. Cada veinte o treinta páginas, cada diez o doce mil palabras, te dará la sensación de que estás haciendo el imbécil y de que lo escribes no vale nada y a nadie le va a interesar jamás. Y eso te pasará aunque te haya publicado una editorial de renombre y seas un escritor de renombre, pero hay que seguir hasta terminar.

Todo esto, y unas cuantas cosas más, tienes que tener bien presente cuando te pones a escribir una novela, y a ser posible antes del primer teclazo…o al cuarto o al quinto, o al centenar o a los mil… pero cuanto antes seas consciente mejor. Porque nadie va a ayudarte a escribirla, a nadie le importa que sigas o la dejes. La novela sólo te tiene a ti para hacerse realidad.

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