CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

Devoradores de narrativa

Decenas de miles de libros editados al año, cientos de películas, cientos de series, innumerables canciones y discos. Plataformas de entretenimiento, temporada de premios, la serie del año, la miniserie de moda, la serie española del año, el filme revelación, la segunda temporada, la tercera temporada, la temida quinta temporada, el spin-of, el remake, la precuela… Jamás en la historia habíamos la opción de ver tantas películas y series, de leer tantos libros, de escuchar tanta música. La oferta es, a falta de otra palabra mejor, apabullante, abrumadora, capaz de aturdir a cualquiera. ¿Y qué hace el espectador medio? Devorar todo lo que puede, como un escuálido ante un banquete. Atiborrarse y comentar sin parar todas las novedades, y todos los avances, en lo que parece una carrera cada vez más frenética, sintiéndose especial, sintiéndose culto y «al día».

Convertirse en un fagocitador como el que acabo de describir es hacer el bobo y bailarle el agua a la industria y a las grandes cadenas y editoriales, especialmente las estadounidenses, cuyos productos son mayoritariamente lo que se «consume» aquí. Leer la inmensa oferta de novedades mensuales editoriales, tanto españolas como extranjeras, intentar conocer todas las series nuevas que más aspecto de triunfar tienen a simple vista, verse las películas y escucharse los discos de moda no es ser culto ni es ser un entendido. Además, ¿qué significa ser culto? Tal como afirma Jesús G. Maestro sería mucho más valioso ser inteligente, pero el deseo de serlo abunda mucho menos que el de ser culto. La gente, me temo, lo que quiere ser es especial, es entender cosas que otros no entienden para sentirse por encima de ellos, es codificar la literatura para convertirla en pseudo-literatura y en un manual de instrucciones, es ver esas películas que casi nadie ha visto o escuchar esos discos que nadie ha oído para poder decirle al otro, al rival, que él las conoce y el otro no, es descubrir una buena serie antes que nadie, y ponerlo en tu blog, y cuando seis meses después todo el mundo hable de ella sentirte, una vez más, superior y especial y estupendo.

Es simplemente devorar un montón de películas y de libros y de series, sin más ni más, sin ton ni son, simplemente porque están disponibles, lo cual es literalmente imposible, porque se hacen demasiadas series, se filman demasiadas películas, se editan demasiados libros y se publican demasiados discos. La industria ha de sostenerse como sea, seguir facturando lo máximo posible antes de devorarse a sí misma. Pero todo esto no es sano, ni lógico, ni inteligente, ni duradero. Pasaremos a la historia como la civilización más boba, porque teniéndolo todo, no obtuvimos nada. Antes era muy difícil volver a ver una película a menos que la tuvieras en DVD, y no era nada fácil obtener buenos libros a buen precio. Ahora es lo más fácil del mundo, y no es demasiado caro, pero cada vez es más difícil encontrar un DVD o un BLU-RAY de los grandes autores, y mucho más sencillo que editen cualquier bobada de EEUU. La oferta en Netflix es inmensa, pero abundan los títulos nefastos, cientos de ellos, y apenas hay buenas películas de los años setenta, ochenta y noventa. Si permitimos que sean las grandes plataformas las que dicten los gustos y mantengan viva la llama de la cinefilia (de hecho es lo que estamos haciendo) el cine se va a ver perjudicado, del mismo modo que si permitimos que sean las editoriales de peso las que nos digan qué leer, o los fagocitadores de series nos digan cuál ver.

En lugar de pasar de película a película y de serie a serie, sin solución de continuidad, como el que va al Prado a ver un cuadro tras otro sin más, sería bueno aprender de una vez, profundizar en lo que se está viendo, escuchando y leyendo, parar máquinas y hacer caso de los que algo saben de narrativa, de los que tienen una teoría sobre ella, en lugar de creerse que se sabe todo y que no se necesita una guía, ser inteligente y reflexionar en lugar de querer ser culto a toda costa y fagocitar, que es justamente lo que las grandes compañías y los grupos de presión necesitan que se haga para sostener un entramado de entretenimiento cada vez más hipertrofiado. No debemos ser los burgueses que pagamos para que nos entretengan, sino los ciudadanos y las personas que adquirimos un conocimiento o una experiencia estética para evolucionar como sociedad, para ser más conscientes de nosotros mismos y de nuestra naturaleza.

Pero me temo que eso no va a suceder. Persistirán los grandes estrenos y la farándula del famoseo, los foros y los blogs de aficionados sin nada mejor que hacer y con graves carencias de personalidad, las discusiones sobre la serie no ya del año sino del mes y pronto de la semana, los grandes best-sellers que son (por necesidad imperativa) pura farfolla literaria, y los individuos que estén muy al día de todo eso, sintiéndose muy cultos y muy especiales y muy estupendos, ignorantes de muchas cosas, pero sobre todo de una: que pese a leer muchos libros no saben nada de literatura, que pese a escuchar muchos discos no saben nada de música y que pese a ver muchas películas y series no saben nada de cine… esa legión de «cultos» son en sí mismo un culto, una cofradía que ya es legión, y de la que es imposible aprender nada ni hacerles aprender nada. Y así la ignorancia se vuelve moda, y se convierte en cultura.

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