ENSAYO

Qué suerte tenemos

Mucha más de la que nos merecemos, mirando siempre el cine, y en general la narrativa, proveniente de Europa y sobre todo de Estados Unidos, la de occidente, antes que la de oriente, fascinados con bobadas, con Nolan, con Jackson (de Nueva Zelanda, pero creador de blockbusters anglosajones), con Ridley Scott (ídem, pero desde Reino Unido), con Spielberg, con los mediocres Wachowski, Aronofsky, con los acomodaticios y convencionales directores estadounidenses de siempre de los años 40, 50, 60…y los de los 80, 90, 00..no nos merecemos la suerte que tenemos si en lugar de mirar hacia ese lado miramos hacia el otro, hacia oriente, donde desde muchas décadas vienen dándonos lecciones de humildad, de narrativa, de valentía y de audacia expresiva. Y tampoco hace falta irse a los habituales (y esenciales) Kurosawa, Mizoguchi, Ozu, Tarkovski, Vértov, Pudovkin, Dovzhenko… podemos quedarnos con algunos contemporáneos, todavía vivos, o algunos que han fallecido hace poco, como el memorable Kim Ki-Duk de ‘Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera’ (2003), o el bestial Chan-Wook de ‘Oldboy’ (2003), o el maravilloso ‘Tigre y dragón’ (2000) de Ang Lee, o la inolvidable ‘Deseando amar’ (2000) de Kar-Wai…

…o la irónica y sanguinaria ‘Zatoichi’ (2003) de Kitano, o la estupenda ‘Memories of Murders’ (2003), de Joon-Ho, o la maravillosa ‘El ocaso del samurái’ (2002) de Yamada. Y muchas otras que en mi opinión sitúan al cine occidental actual, especialmente el de Estados Unidos, en franca desventaja estética, en casi todos los aspectos. Pero si existen dos directores que tenemos una gran suerte de que sigan trabajando, quién sabe por cuánto tiempo (sobre todo el primero de que voy a hablar), son el japonés Hayao Miyazaki y el chino Zhang Yimou, que este año cumplen, respectivamente, 80 y 70 años, y que han hecho del cine un lugar mucho más merecedor de la exagerada atención que, en opinión del autor de estas líneas, se merece. Podemos decir que ambos artistas, que ahora mismo muy pocos cinéfilos o críticos serios pondrían en su lista de los diez directores más importantes de la actualidad, pero que quizá deberían estar en los puestos más altos no sólo de la actualidad, sino de la historia, porque el primero, Miyazaki, es quizá el más grande director de animación de todos los tiempos no solo en Japón, y el segundo, Yimou, es mucho más que un digno sucesor de Kurosawa: es un gigante al que el tiempo colocará en su verdadero lugar.

Miyazaki, que quizá presente la última película de toda su carrera este año o el que viene, cofundador junto a Isao Takahata, Toshio Suzuki y Yasuyoshi Tokuma del Studio Ghibli, encontró, tras las sucesivas ‘Lupin III: El castillo de Cagliostro’ (1979), ‘Nausicaä del valle del viento’ (1984), y ‘El castillo en el cielo’ (1986), una madurez inusitada con ‘Mi vecino Totoro’ (1988), y pese al leve retroceso de ‘Nicky, la aprendiz de bruja’ (1989), tocó el techo de los maestros con tres obras maestras sucesivas: ‘Porco Rosso’ (1992), ‘La princesa Mononoke’ (1997) y ‘El viaje de Chihiro’ (2001), en la que confluyeron una indescriptible perfección técnica, una influencia occidental en los temas y en la narrativa magistralmente fundida con su identidad japonesa y una mirada serena y a la vez muy crítica con el mundo.

Yimou, por su parte, tras el esplendor de los años noventa, década en la que nos entregó maravillas como ‘Semilla de crisantemo’ (1990), ‘La linterna roja’ (1991), ‘Qiu Ju, una mujer china (1992), ‘Keep Cool’ (1997) o ‘El camino a casa’ (1999), conoció un descenso de su prestigio con sus sucesivos wuxia (algo que sólo rebela un snobismo de primera magnitud), pero es imposible no considerar extraordinarias a ‘La casa de las dagas voladoras’ (2004), ‘Amor bajo el espino blanco (2010), ‘Las flores de la guerra’ (2011) o ‘Sombra’ (2018), por citar sólo algunas. En ellas Yimou no solamente se perfila como un maestro en la fotografía, el montaje y la dirección de actores, sino que se convierte en uno de los directores que más y mejor ha retratado la figura de la mujer en el cine, y como uno de los creadores de formas más importantes de las últimas décadas.

Lo que ambos artistas persiguen y alcanzan, sobre todo, es belleza, una que los directores occidentales, la mayoría de ellos, no parece ni siquiera interesados en buscar, más empeñados en asuntos menores, en cuestiones burguesas, en convenciones narrativas del plano y el tema. Belleza a todos los niveles, visual, conceptual y anímica, con la que han elevado al cine. Que ambos cineastas sigan trabajando es un lujo que no durará mucho más. Cuando ya no estén, algunos que también miramos a ese lado del mundo y menos a Francia o a Estados Unidos, lo lamentaremos, porque obras como ‘La princesa Mononoke’ o ‘Las flores de la guerra’ no volverán a suceder en muchos años.

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