CINE, LITERATURA

Anglosajón Zhivago

Concluida la lectura, hace pocos días, del trabajo en prosa más famoso del poeta ruso Boris Pasternak, ‘Doctor Zhivago’, que le valió el premio Nobel de literatura y el ostracismo final por parte del aparato soviético y la prohibición de ver publicado ese trabajo en su propio país, puedo ya por fin oponerla al legendario filme que en 1965 se estrenó bajo la dirección del famoso director británico David Lean, quien tres años después de su fastuoso ‘Lawrence de Arabia’ (‘Lawrence of Arabia’, 1962), acometió este enorme proyecto, con la producción de Carlo Ponti, porque según sus propias palabras había caído enamorado del texto del ruso y se vio impelido de manera apasionada a filmar la película en el apogeo de su poder en la industria. Fue su ‘Doctor Zhivago’, filmada como todo el mundo sabe en muchas partes de España, un enorme éxito de taquilla que dividió a la crítica y que significó el principio del fin del idilio de Lean con los especialistas, sobre todo los estadounidenses (con Pauline Kael a la cabeza), pero aún se mantiene como una de las películas más famosas de todos los tiempos.

Digo oponer porque aunque yo soy de los que piensa que no se puede comparar un libro con una película, y por supuesto tampoco pienso hacerlo ahora, también soy de los que dudan de ciertas adaptaciones ejecutadas por ciertos directores, o de ciertos proyectos con determinadas características, o de ciertos realizadores que se acercan a un material que les es completamente ajeno, pero estamos tan acostumbrados a que cualquier director con poder o cualquier productora (Disney a la cabeza) coja un material literario, o una historia o leyenda, y lo adapte a su conveniencia, que ya vemos como algo natural que un estadounidense se ponga a contarnos la historia de un caudillo escocés que se enfrentó a los ingleses en el siglo XIII, o que un español se ponga a contarnos la historia de una filósofa del siglo V en Alejandría, sin pararnos a pensar que quizá esos proyectos y esas películas son cualquier cosa menos vehementes filmes artísticos y puede que algo más parecido a calculadas estrategias comerciales. Y aunque en ‘Doctor Zhivago’ Lean exhibe no pocas de sus muchas virtudes como narrador, me parece a mí, después de leer la novela, que en su caso se parece también a una calculada estrategia antes que a otra cosa.

Lean, con la estupenda y muy exitosa (además de reportadora de siete óscares) ‘El puente sobre el río Kwai’ (‘The Bridge on the River Kwai’, 1957), comenzó sin duda una nueva etapa en su carrera, marcada por el gigantismo y la épica, incluso a la hora de adaptar ‘Madame Bovary’, de Flaubert. Cada filme tenía que ser más grande, más épico. Siendo un hombre de un gran sentido visual y una exquisita factura formal (esto segundo, entre otras cosas, porque trabajaba con lo mejor de lo mejor de la industria), nadie puede reprocharle que se entregara a un cine espectáculo, sobre todo porque en él supo inocular buenas dosis de intimismo y audacia compositiva (y porque no aspiro yo a ser, como tantos otros en la actualidad, otra deleznable Pauline Kael…). Era muy libre de acometer el proyecto que le apeteciera, y creo que se le debería haber juzgado después de cada uno de ellos, y no antes, porque además hay bastantes aspectos discutibles, además de logros formales, no solamente en su ‘Doctor Zhivago’, también en ‘La hija de Ryan’ o en ‘Pasaje a la India’.

Y es que leyendo ‘Doctor Zhivago’, la novela de Pasternak, te das cuenta, en primer lugar, de que Lean se imbuye de un sentimiento «a lo ruso» totalmente impostado y que no existe en la novela, y en segundo lugar de que muchas de las decisiones de Robert Bolt como guionista (por otra parte un muy competente guionista) y de Lean en la puesta en escena, lo que hacen, por sorprendente que le parezca al espectador de la película que no ha leído la novela, es simplificar la novela y los personajes, occidentalizarlos, aguarlos. La estrategia de Lean con esta película es filmar un primoroso espectáculo visual muy al estilo Hollywood (y muy bien rodado, sin ningún género de dudas) y retirarle el existencialismo y el nihilismo que existe en la novela de Pasternak, hacerla digerible para una platea ávida de emociones básicas. Y aunque es cierto que Lean logra momentos de gran belleza en su película, es aún más cierto, bajo mi punto de vista, que esta historia debería haberla filmado un ruso, de igual manera que es impensable que el Neorrealismo fuera filmado en colores, o que ‘Pedro Páramo’, la novela de Juan Rulfo, la hubiese escrito un alemán. Hay cuestiones en la literatura y en la poética que no pueden ser trasladadas a la sensibilidad o estrategia comercial de otra identidad nacional que no sea la original.

Sin ser una novela extraordinaria, a mi parecer, es ‘Doctor Zhivago’ una buena novela, sobria, contundente, emocionante por momentos y muy contenida. Lean, con ella, lleva a cabo una operación parecida a la de Peter Jackson con ‘El señor de los anillos’ de Tolkien: la hace, en sus líneas generales, muy apegada al texto, pero en sus decisiones de puesta en escena, de diseño y de mirada, muy distinta, hasta el punto de que la novela parece una excusa argumental, y su espíritu queda traicionado, troceado, predigerido y servido en bandeja al espectador menos exigente. Por esta y otras razones es imposible considerar a ‘Doctor Zhivago’ una adaptación modélica. Es simplemente otro Zhivago, parecido lejanamente a la novela, pero nada o casi nada Pasternak, del mismo modo que la Tierra Media de Jackson era poco o nada Tolkien. Y una vez más nos encontramos con un pastiche, en lugar de con un palimpsesto, y el cine vuelve a vampirizar a la literatura sin empacho, para regocijo de millones de espectadores.

Estándar