CINE, LITERATURA, Novelas, TELEVISIÓN

El cañón del revólver (II)

Me cuenta un amigo lector que tal como yo esperaba cierto «anónimo», que sé perfectamente quien es, ha dejado un comentario muy negativo y puesto una estrellita en Amazon a mi novela, fingiendo que se la ha leído y hablando de decepción o algo por el estilo (cuando en realidad para que haya decepción han de existir grandes y honestas expectativas), como si yo fuera a ofenderme, o como si fuera a fastidiarme las «ventas», o como si pudiera a mí quitarme el sueño que critiquen mi novela o que me pongan una estrellita en lugar de dos, tres, cuatro o cinco. Hace mucho descubrí que hay gente que vive en su mundo de ilusión y que quiere arrastrarnos a todos a esa ilusión. Querido «anónimo»: me consta que no has leído mi novela (porque no hace falta verificar compra para comentar o puntuar), pero ni falta que hace, ¿eh? No es para ti. Ahora bien: ya que te pones a perder el tiempo conmigo te recuerdo que aún puedes modificar tu comentario y escribir estupideces mayores que esa de las erratas (que a ninguna persona con dos dedos de frente puede convencer para no comprar el libro, sólo a los paletos a los que ya convenciste…). O puedes, si te place, revisar los ataques que gente más inteligente que tú (es decir, la mayoría de la gente) ha dejado a tus supuestamente admirados Pérez-Reverte o Gómez-Jurado (aunque a ellos tampoco les has leído, porque tú y yo sabemos que no lees), a los que les dedican comentarios realmente negativos y punzantes. Pero ni para eso sirves, porque toda tu vida no has servido para otra cosa que para ser un trol. Desde el cariño.

Mi buen amigo Javi Gallego me ha hecho caso y ha escrito una excelente lista con los veinte poetas más grandes de todos los tiempos, lista que me va a servir a mí de bastante más de lo que él piensa. Pero en lo que yo pienso ahora es en todos esos falsos poetas, en realidad una legión de ellos, que por ejemplo en España ven publicados sus deleznables poemarios por editoriales de peso, capaces de colocar sus volúmenes en la Fnac, o en El Corte Inglés, o en la Casa del Libro, con ediciones muy bonitas y muy de cuento, que parecen escritas por adolescentes semianalfabetos (querido «anónimo», aquí tienes gente a tu altura y libros que sí son para ti… de nada). Hablo de gente como Marwan, Leticia Sala, Elvira Sastre o Luna Miguel, entre muchos otros, que tienen la suerte de que sus papis fueron editores, o de tener los contactos precisos, o de saber babosear lo suficiente en redes sociales, o de echarle mucho morro o de tocar la guitarra con algo de destreza, virtudes o saberes que combinan con un autobombo extraordinario. Igual se creen los herederos de la poesía española en este infausto, literariamente hablando, siglo XXI, cuando no son más que una panda de cutres y holgazanes, que no tienen ni idea de literatura y que desde luego no «la aman» tanto como ellos dicen. Lo único que son capaces de amar es a sí mismos. No existe ninguna diferencia intelectual entre estos mequetrefes y los influencers o youtubers estilo Rubius, salvo que este último gana mucho más dinero que ellos.

Seguimos con este maravilloso mundillo literario que nos ha tocado vivir, con sendos artículos dedicados a, o escritos por, dos niñines que juegan a ser escritores y que ya han sido nombrados en este artículo: Juan Gómez-Jurado, al que le dedican una entrevista en El Periódico de Aragón (otra más, porque al parecer los medios escritos se pelean por este tipo), y Luna Miguel, a la que han tenido la mala idea de preguntar acerca de la crítica literaria en El Cultural. Ambos textos son los que los lectores de hoy en día, sin duda, merecen. Gómez-Jurado, presto a sustituir al generalísimo Pérez-Reverte como vendedor de best-sellers español, sigue repitiendo que lo más importante que ha de hacer la literatura es divertir, y otras ideas habituales en él; y Luna Miguel, que titula su texto con un pedante y supuestamente ingenioso «Bocatuit-orejastorie«, en el que escribe muchas palabras sin decir absolutamente nada, imbuida de ese espíritu millenial-guay-estupendo que sin duda convence a su parroquia y a las mentes más perezosas de que los críticos literarios son todos prescindibles. Ni Gómez-Jurado ni Miguel tienen el menor interés ni la menor idea sobre literatura, y su nivel de expresión es digno de cuando íbamos al instituto, aderezado eso sí con pedanterías y lugares comunes incapaces de maquillar lo pobre de sus ideas, pero ahí están, creando tendencia, siendo uno el ejemplo para los lectores de libros de género y la otra una suerte de pseudo-feminista, pseudo-editora, pseudo-poeta capaz de escribir «maravillas» como esta: «he escrito un libro por cada hombre que he amado». Gente como esta tiene la gran suerte, precisamente, de que no hay una crítica literaria seria en este país que le deje claro al lector que no son más que un fraude.

Dejemos la literatura, porque después de las nominaciones a los Goya han llegado las nominaciones a los Globos de Oro, y la retahíla de veces que los medios de comunicación, absortos en su originalidad, ya han calificado de «antesala de los Óscar». Bravo. Pero yo, que soy uno de esos recalcitrantes aguafiestas que se monta su propia película con todo, me pregunto si ya ha llegado un momento en que todo esto de los premios, especialmente los premios cinematográficos, importan un comino a todo el mundo, salvo a los gañanes que les otorgan un valor cada vez más artificial. Es más: pienso que hace mucho tiempo que estos premios no le importan a nadie. Especialmente los Goya, que este año será un híbrido (vete a saber qué es eso) entre espectáculo en directo y entrega telemática de premios…aunque quizá precisamente por eso sea la gala más entretenida y creativa de su historia…

Esta película de terror que es la pandemia, película que va sucediendo muy despacio, y muy mal escrita, y anticlimática en todo momento, que tiene visos de no acabar hasta dentro de unos cuantos años, nos tiene anestesiados de muchas cosas, me parece. Si hace un año nos hubieran dicho que setecientas personas mueren diariamente en nuestro país nos hubiéramos escandalizado y horrorizado. Pero tal cosa lleva sucediendo desde hace muchas semanas, y no veo a la gente ni escandalizada ni horrorizada, sino haciendo su vida lo más normal posible… eso sí con mascarillas en todo momento que pasamos fuera de casa. Las películas yanquis de horror y desastres nos han intentado convencer muchas veces de que ante un desastre la gente crece y se une y cambia y el mundo, pese a quedar malherido, es un mundo mejor y más justo, y la gente es más consciente de su propia mortalidad y la de los demás. Ahora que se ha demostrado que eso es una falacia como un piano de grande… ¿volverán a hacer ese tipo de películas? Supongo que los anglosajones sí, es su forma de ser.

Y para terminar con estos seis tiros… ¿Cuándo va a llegar una serie de televisión sobre la corrupción y en general la grotesca situación sociopolítica en Madrid? No hace falta que la haga un madrileño o un español, ni siquiera en España. Pero si algún cineasta con coraje y con poder se pusiera a hacerla, podría ir pareja con ‘The Wire’ respecto a Baltimore, porque lo que sucede aquí creo que no sucede en ninguna ciudad de Europa, y la pandemia y la gran nevada no hacen más que corroborar que vivimos en una ciudad desquiciada, rota, irrisoria, poblada y liderada por una legión de fanáticos y fascistas, de hombres y mujeres de negocios sin escrúpulos, para los que la vida humana no vale nada. Tras más de un cuarto de siglo con un presidente o presidenta del PP, o con alcaldes de esa misma panda de delincuentes en veintiséis de los últimos treinta años, podemos decir que Madrid, una ciudad realmente muy bonita y en la que se puede vivir muy bien, en la que se come magníficamente por poco dinero, con alguna de las propuestas culturales más estimulantes de Europa, es una ciudad trágica.

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