Lo más difícil es argumentar

Porque todo el mundo que escribe cree llevar la razón. Lo creyó Harold Bloom al escribir su infumable ‘Canon occidental’, lo cree Jesús G. Maestro desde que terminó su larguísimo (¿algún día lo acabaré?) ‘Crítica de la razón literaria’ (en el caso de Maestro es posible que lo haya creído siempre), y desde luego puedo asegurar a quien me lea que yo creo llevar razón al escribir en esta mi página web o allá donde escriba. Y lo mismo le sucede a todo el mundo que se pone a escribir sobre libros o sobre cine y que elude ese cobarde «en mi opinión». Porque sucede que los que respiramos cine, literatura y música todos los días de nuestra vida, no por que lo hayamos elegido sino porque no tenemos más remedio, que los que hemos ido a escuelas de arte, de cine, los que hemos estudiado narrativa en cualquiera de sus múltiples soportes y nos hemos lanzado a escribir nuestra teoría sobre lo que tiene que ser y cómo son las cosas, creemos llevar la razón y no nos parece tan descabellado pensar así.

Pero esto no puede ser, simplemente, un compendio, un repertorio de gustos personales. Los gustos no tienen nada que ver. Algunos nos tomamos esto en serio y somos lo más sistemáticos que podemos. No pretendemos imponer nuestros gustos a nadie. El vecino, la de enfrente, el compañero de trabajo, el hermano, la cuñada o el padre pueden leer y ver las películas y los libros que les de la gana y pasarse la tarde hablando de ellos, sin hacerte el menor caso, aún sabiendo que tú tienes conocimientos de ello, y no es cuestión de decirles que están equivocados. Ellos verán. Cada cual que haga lo que quiera. Pero ellos no escriben, ni tratan de establecer una teoría sobre el arte narrativo, y algunos sí lo hacemos y nos negamos a que nuestras páginas o espacios personales sean simplemente un diario de nuestros gustos más fácilmente confesos. Los que tenemos formación en esto, los que somos escritores, o cineastas, o simplemente ensayistas, los que tenemos la suerte de que no nos paguen por escribir una columna en un diario y podemos por tanto escribir lo que queramos cuando queramos, tenemos la obligación de ser lo más honestos y consecuentes. Pero el problema no solamente consiste en saberlo para ti… el problema está en trasladárselo a los demás con argumentos, no con opiniones o sentencias fáciles tipo Twitter.

Es decir, yo sé perfectamente que ‘The Terminator’ (James Cameron, 1984) es una de las más importantes películas sci-fi de la historia del cine, pero si quiero persuadirte de ello, si quiero demostrártelo, me lo tengo que trabajar, y es muy posible que no lo consiga del todo. Igualmente sé que ‘Gritos y susurros’ (Ingmar Bergman, 1972) o ‘Lo que queda del día’ (James Ivory, 1993), son dos obras de arte incomparables, pero el reto, cuando hablo de ellas, o cuando escribo sobre ellas, es proponer un sistema de pensamiento lo bastante organizado, esgrimir unos argumentos no tendenciosos sino convincentes material y filosóficamente. ¿Cómo demostrarte que Manuel Mújica Láinez es mucho mejor escritor que Antonio Muñoz Molina, por ejemplo? ¿Porque yo lo digo? ¿Porque a mí me gusta más? ¿Porque en tal o cual página el primero es capaz de organizar tales valores narrativos mientras que Muñoz Molina no es capaz de hacer esto o aquello en ese o en aquel de sus libros? En demasiadas ocasiones (la mayoría, y de eso no han escapado ni Bloom, ni Maestro, ni por supuesto la caterva de plumillas que escriben en internet) simplemente dan las cosas por sentado, emplean un montón de calificativos (brillante, flojo, mediocre, sólido, notable, irregular, profundo, superficial, etc, etc…) y poco más. ¿Cómo conseguir otra cosa? ¿Cómo proponerle al lector una idea original y además bien razonada, inferida, demostrada?

Muchos teóricos o críticos proclaman tener unas ideas muy claras o una teoría sobre el cine o la literatura, pero luego en sus opúsculos, en sus volúmenes llenos de epígrafes y de palabras rimbombantes, no acabas teniendo muy clara cuáles son esas ideas o esa teoría tan fundamentada sobre la literatura o el cine. Al menos lo intentan. Otros, la mayoría, que se atreven a escribir sobre estos temas sin tener la menor preparación para hacerlo (no solamente sobre cine o literatura, sino que además no saben tampoco escribir de manera interesante y bien organizada, no digamos ya personal o profunda) solamente son capaces de acumular ocurrencias, gracietas y chascarrillos, además de repetir lo que miles antes que ellos dijeron con anterioridad. Pero no se trata de decir que aquella peli «está de puta madre», o que aquel libro «es cojonudo». Se trata de tomarse esto en serio y ser capaz de demostrar a alguien que por mucho que diga que fulanito es un mal actor porque en esa película lo hace fatal, eso no es verdad y está totalmente equivocado. O que por mucho que diga que tal novela es un rollo, tú puedes esgrimir perfectamente el porqué de su error.

En caso contrario no habría canon, ni conocimientos, ni verdades en el arte. Todo sería un pandemónium de gustos personales, de filias y fobias, de ideas de laboratorio sin verdaderos fundamentos teóricos. Y está claro que esto no es así, y que los que tenemos formación en narrativa, cine o literatura, y no podemos hacer otra cosa que escribir y escribir, tenemos la obligación de ser sistemáticos, organizados, consecuentes, exigentes. De evolucionar y aprender constantemente. De no ser tendenciosos sino convincentes. De argumentar de manera rotunda. De aportar algo a quien nos lee, no de soltar un montón de sentencias creyéndonos que sabemos más que nadie y que estamos en posesión de la verdad. Yo no creo que yo tenga la verdad en un puño, pero sí que tengo razón, que no es lo mismo.

Mi intención honesta es escribir en los próximos días un sumario teórico del que servirme a la hora de enfrentarme a la crítica o el análisis de una obra literaria o cinematográfica, incluso musical, o hasta un cómic. Con ella demostraré que mi obra crítica no es un compendio de gustos u ocurrencias, sino que tiene una base analítica. Como nunca lo he dejado por escrito sino que es un sistema que existe en mi cabeza, es posible que me lleve más de lo previsto, pero desde luego va a merecer la pena escribirlo.

13 comentarios en “Lo más difícil es argumentar

  1. Hola Adrián,

    Esta es la típica pregunta que siempre he querido tener clara: ¿cómo podemos aprender o aplicar ese análisis para entender mejor cualquier obra a la que nos enfrentemos? Deseando estoy de saber lo que tienes que contarnos al respecto.

    Un saludo.

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      1. Hola de nuevo Adrián,

        Aún no he podido ponerme con ella porque estoy metido en una biografía que quiero finiquitar y me gusta centrarme en una única obra cada vez.

        En cuanto me ponga con ello te voy comentando. La tengo todos los días en la mesilla para recordarme que en breves será su momento.

        ¡Un saludo!

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  2. Capacidades tienes más que de sobra. Y sí le sumas que eres concienzudo y analítico, la clave es ordenar todo lo que tienes en tu cabeza y plasmarlo en el blog. Con ganas de leerlo!!!!!

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  3. El arte no es una carrera de caballos es una frase que se atribuye al compositor Hector Berlioz. Escoge la escena que te dé la gana, la escena que más te guste de todas las películas que has visto en tu vida: no hay ningún método científico para demostrar de modo inequívoco que «esa escena» que analizas y describes es mejor o peor que otra, porque ya lo dijo Shakespeare en su día; la belleza está en el ojo de quien la contempla. Te vas a esforzar en vano. No existe ninguna razón lógica, ningún motivo cinematográfico que haga «indiscutible» la belleza del abrigo rojo de la niña en La lista de Schindler de Spielberg. Ni en ese ejemplo, ni en ningún otro. Puedes escribir cientos de entradas subrayando el desconocimiento y la ignorancia que la mayor parte de la gente sufre por no haber asistido a una escuela de arte, o por otros muchos y variopintos motivos; la cosa no va a cambiar: cuando pises tierra y otorgues un valor determinado a una característica determinada, será siempre en falso; vas a resbalar una y otra vez. A lo máximo que puedes aspirar es a la circularidad. Aunque no te lo creas, el arte no es una carrera de caballos.

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