CINE, ENSAYO

¿Puede demostrarse la supremacía de la trilogía ‘El padrino’?

«La situación de un hombre de nuestra sociedad que pretendiese descubrir una obra de arte verdadero entre la masa de obras que quieren pasar por artísticas, se asemeja a la de uno a quien condujesen, durante dos leguas, a lo largo de una calle, cuyo pavimento fuese de mosaico de pedrería artificial, y quien quisiera reconocer el único diamante, rubí o topacio verdadero que él suponga poderse encontrar entre aquel millón de falsificaciones.»

Leon Tolstoi en ‘¿Qué es el arte?’

Durante unas cuantas semanas dediqué mis energías a escribir un larguísimo ensayo sobre el que yo pienso es el cineasta más importante de la historia del cine de EEUU, Francis Ford Coppola, en el que, como no podía ser de otra manera, me detuve a lo largo de muchas páginas en lo que significa la trilogía ‘El padrino’ y en las razones por las que estoy convencido de que es la cima del cine de ese país (cima compartida con ‘Apocalypse Now’ y ‘The Conversation’). A esas páginas de análisis añadí las críticas ponderadas de las tres películas en mi página Cinema & Letras. Pero a veces me pregunto si verdaderamente di las razones, o mejor dicho, las expliqué por escrito de tal manera que quedasen no sólo meridianamente claras incluso para aquellos sin la menor formación narrativa, audiovisual o literaria, sino sobre todo para los que tengan algún tipo de conocimiento práctico o teórico del cine. Y hay días en los que no tengo más remedio que decirme a mí mismo que no, que no lo conseguí. Y si lo conseguí fue en momentos muy parciales, o con ideas muy puntuales.

Leyendo el magnífico ensayo de Tolstoi ‘¿Qué es el arte?’ (facilitado por mi buen amigo Javier Gallego, que tiene la buena costumbre de pasarse la vida mandándome textos muy interesantes…), además de volver a encontrarme con la erudición y el enorme poder analítico del ruso que ya me cautivó en su invectiva contra Shakespeare, me reafirmo en el hecho, incontestable y frustrante, de la dificultad de establecer valores no ya absolutos (lejos estoy yo de querer establecer sentencias), sino materiales. Es decir, de dejar por escrito hechos objetivos acerca de una obra de arte cinematográfico, como por ejemplo en el caso de ‘El padrino’, sobre todo en este caso en el que además intento demostrar su absoluta superioridad en el cine estadounidense. Porque más allá de gustos, de filias y fobias, de manías o de preferencias, si defiendo tales ideas y quiero ponerlas por escrito, me encuentro en la terrible tesitura de parecerme, a veces, a esos que encumbran a tal o cual artista simplemente porque a ellos les gusta, sin dar verdaderas razones, sin proponer ideas originales y contundentes, basándose en el «yo opino» o en el «para mí». Porque una cosa es tener las ideas muy claras en la cabeza, y otra muy distinta dejarlas por escrito.

Y no es cuestión de querer demostrarle nada a nadie, ni de imponer mis razones, ni de proclamar a los cuatro vientos cuántas cosas sé y cómo puedo propugnarlas, sino de demostrarme a mí mismo que mis ideas son válidas, de defenderlas en público y de establecer una teoría sobre el arte en general, y en este asunto sobre el cine en particular, que me sirva a mí de base teórica y de fundamento analítico a la hora de enfrentarme a mi trabajo crítico y a mis esfuerzos como novelista y narrador. Por eso cuando tengo ocasión de hablar con alguien sobre cine, y esa persona me asegura que opina que ‘El padrino’ es de lo más grande que se ha hecho, no tengo claro si de verdad tiene razones para pensarlo o si bien se deja arrastrar por la opinión de la mayoría. Porque es ‘El padrino’, la primera película y la trilogía al completo, uno de los fenómenos mediáticos más arrolladores de la historia del cine, y es convocar sus imágenes y que hasta el más ignorante en estas cuestiones esté completamente seguro de que se trata de cine de gran calidad, aunque a él o ella realmente no le interese o no le llame la atención. Es lo que se dice un tótem, y nada más peligroso que lo totémico en arte, pues nos trae el eco de lo falsario, de lo unánimemente aceptado como tal de manera acrítica, y por tanto susceptible de ser una falacia.

Cuando esa persona aleatoria a la que me refiero, u otra cualquiera, me dice además que ‘El padrino’ es probablemente la trilogía más importante sobre la mafia, y a su vez existen otras importantes trilogías que quizás estén a su altura (argumento que he escuchado decenas o incluso cientos de veces), como la inicial de ‘Star Wars’ en la space opera o ‘The Lord of the Rings’ en la fantasía épica, o la de ‘Matrix’ en la sci-fi y el cyberpunk, vuelvo a pensar que hay todavía muchas cosas por demostrar y regreso a mi necesidad personal de defender mis ideas de la mejor manera posible para quizá así influir (porque nadie debería tener la menor duda de que lo que todos queremos es influir en los demás) a mi interlocutor y hacerle ver que más allá de gustos personales, muy respetables (o no…), existen cuestiones materiales, objetivas, que van más allá de los géneros, de los prejuicios o de puristas cinéfilos. Eso sin entrar en el hecho de que desde hace décadas pareciera que a ciertos aficionados al cine el hecho de encontrarse con una trilogía de cualquier tipo ya le induce a considerarla como algo a valorar.

Mi posicionamiento en este tema me parece que es bastante claro: no se debe valorar un material narrativo por el marco, sino por la forma y la densidad conceptual. Dicho de otro modo: que ‘El padrino’ sea etiquetado como un drama (expresión bastante equívoca por otro lado), que además viste galas de tragedia (más griega que shakesperiana, en realidad) parece, a ojos de muchos, mucho más elevado por el mero hecho de pretender serlo, que una película sobre artes marciales y mundos apocalípticos como ‘Matrix’ y sus secuelas, o una historia sobre el mundo de fantasía, de luz y oscuridad, de Tolkien. Aún así muchos están más que dispuestos a defender que ‘El señor de los anillos’ o ‘Matrix’, como sagas, son tan importantes en su género, como ‘El padrino’ lo es en el suyo. Pero en realidad, el hecho de que ‘El padrino’ se sustente en una tragedia o que sea un filme ambicioso, de autor, o con un público objetivo más exigente, no es lo que la sitúa por encima (en realidad, muy por encima) de creadores tan poco interesantes como los Wachowski o tan toscos como Jackson.

Pero olvidémonos de las trilogías: el cine de Estados Unidos se hace mayor con la primera película, con ‘El padrino’, en 1972, porque entre otras cosas funde en su narrativa los avances técnicos de su tiempo y los vientos de modernidad europeos para eclipsar prácticamente cualquier logro anterior, especialmente los alcanzados en el seno de Hollywood, con la única excepción de Orson Welles. Nunca hasta la fecha, ni Billy Wilder, ni Howard Hawks, ni John Ford, ni Alfred Hitchcock, ni por supuesto otros luminarias inferiores a eso, lograron con hacer algo de esta categoría, por no nombrar ‘La conversación’, ‘El padrino, parte II’ y ‘Apocalypse Now’. Con Coppola la narrativa cinematográfica abandona el territorio de la ilusión, de la ensoñación ideológica del final feliz, en el que Estados Unidos (y en general el mundo anglosajón) representan la salvación de la moral mundial, ese supremacismo teñido de ficcionalidad, según la cual ellos vencen, pase lo que pase, pues son los amos de la historia y prácticamente el pueblo elegido. Tal cosa se termina con ‘El padrino’, trilogía, que es la crítica más feroz de todos y cada uno de los estamentos constitucionales y de esa sensación de ser el mejor país y la mejor cultura del planeta.

Nunca, ninguno de los llamados grandes maestros estadounidenses, ni los anteriores ni por supuesto los posteriores, han escrito y filmado algo como esto. ‘El padrino’ es la metáfora más perfecta que se ha construido sobre el papel de EEUU en el mundo, su carácter corrupto e invasor, su capitalismo salvaje y sin fronteras, su adueñamiento de culturas e identidades extemporáneas. Y nunca, ni Ford, ni por supuesto Hitchcock, ni Wilder, ni Hawks, han dirigido actores como estos, ni les han exigido tanto, ni han podido crear personajes como Michael Corleone, Fredo Corleone, Connie Corleone, el propio Vito Corleone. Ni siquiera han podido crear un personaje como Tom Hagen o Kay Adams. Y no ser capaz de ver esto, no poder distinguir el arte falso del arte verdadero, es el gran problema de este tiempo y de cualquier otro tiempo, y es obligación de aquellos que sí podemos el ayudar a otros. Si la literatura es primero griega, luego romana y finalmente española, esa corriente literaria, la más importante del planeta, se hace cine en manos de Coppola, que no fija su canon en Shakespeare ni en la anglosfera, sino en Sófocles, en Plutarco de Queronea y en Cervantes, pues al igual que el Quijote choca contra el mundo por su idealismo y muere, Michael Corleone hace lo mismo, perdiendo su inocencia y su idealismo ante los embates del destino, y muriendo desengañado, de la misma forma que el espectador es desengañado por esta trilogía.

Al final parece que sí se pueden demostrar algunas cosas con argumentos. Porque ni toda la malicia de Wilder, ni el romanticismo de Ford, ni el voyeurismo formalista de Hitchcock pueden competir con esto. ¿Qué personaje han creado comparable a un Fredo Corleone? ¿Ethan Edwards? ¿C.C. Baxter? ¿Scottie? ¿Qué secuencia hay en la carrera de esos directores comparable a la secuencia de la ópera en ‘El padrino, parte III’? Que me digan una. ¿Qué grupo de actores superior a estos? ¿Qué conjunto de avances técnico-narrativos? Es mirar la lista de ganadores del Oscar a mejor película y encontrarse con ‘El padrino’ y exclamar ¡ahí!. Ahí fue cuando el cine de Estados Unidos empezó a andar de verdad, a codearse con gente como Akira Kurosawa, Ingmar Bergman, Andrei Tarkovski o Luis Buñuel. Tuvieron su oportunidad con Welles y tras unas pocas películas le dejaron marchar. Entre estas dos cimas, Welles y Coppola, el cine más prosaico, inane, autoindulgente y falaz del mundo, salvo raras excepciones. ¿Puede alguien argumentar en contra… poner sobre la mesa una sola idea (en forma de títulos, claro está) que contradiga esta?

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ENSAYO

A los animales no se les toca

Desde hace algún tiempo, es decir, desde que mi interés por la ciencia en general y el espacio profundo en particular (con todo lo que eso conlleva de elucubrar si habrá otras formas de vida en el universo o cuán solos estamos en este absurdo derroche de espacio vacío…) ha crecido de manera exponencial, a menudo me hago la siguiente reflexión: si una forma de vida extraterrestre, que por ejemplo vagase de sistema en sistema, y de galaxia en galaxia, buscando algo tan efímero y tan poco común como la vida, se hallase ante un simple cactus y viera la forma en que lo despreciamos, o en que lo aniquilamos, quizá se sorprendería bastante. Incluso uno de esos pequeños cactus que ponemos en una maceta en miniatura y colocamos encima del escritorio como si fuese un objeto decorativo más, como si no estuviese vivo y por tanto fuera tan importante desde un punto de vista biológico.

Ni que decir tiene el modo en que se sorprendería viendo cómo tratamos a otros animales, no ya para alimentarnos de ellos (aunque también), sino en nuestra vida diaria. Cómo en lugar de aceptar que somos uno de ellos nos ponernos por encima, nos creemos sus dueños y por tanto estamos seguros de que están aquí para alimentarnos, divertirnos o acompañarnos, para emplearlos en trabajos de carga o de decoración, cuando no los maltratamos, los torturamos, los cazamos y los aniquilamos. Esa criatura inteligente extraterrestre, al ver esto, no tendría ninguna duda de que no somos una especie evolucionada, de que no es posible un intercambio fructífero de ideas o de culturas, y de que todavía tenemos mucho que aprender. Porque el ser humano, a pesar de sus avances científicos, de la exploración del sistema solar, de los conocimientos acumulados acerca de la vastedad inabarcable del universo, sigue mirando desde dentro (de sí mismo y del planeta Tierra) hacia afuera, en lugar de mirar desde fuera (desde el vacío y la negrura cósmica, desde la dificultad de que exista la vida) hacia dentro. Ese cambio ha de producirse, debe tener lugar cuanto antes.

No se trata de aplicarles a los animales una imagen mística (aunque yo creo que toda vida es mística, pero eso es otro tema para otro momento) o buenista, típica de hippies a los que la ciencia y la razón no les interesa ni las conocen, sino de establecer parámetros desde la racionalidad y el sentido común. Tampoco es cuestión de colocar a los animales en un altar, de proponer que son la perfección y la belleza absolutas, poniéndonos líricos. Es un asunto de simple respeto, por ellos y por nosotros mismos. Y si nosotros tenemos derechos, porque tenemos necesidades y sentimientos, ellos también los tienen. Y si nosotros aspiramos a una vida digna y libre, a pesar de problemas, enfermedades y muerte, ellos también. En el acto supremacista definitivo, que deja en pañales el que por ejemplo muchos caucásicos practican sobre negros o árabes, el ser humano se cree por encima, en derechos y atribuciones, que cualquier animal. Y haciendo esto nos llenamos de vergüenza y de degradación todos los días de nuestra vida. ¿Sabe el lector cuántos miles de millones de animales mueren al año para servir al ser humano?

Es fundamental dejar de alimentarnos de ellos, ahora que además estamos en disposición de crear alimentos que suplan la por otra parte bastante cuestionable necesidad proteínica de nuestra especie. Debo confesar que yo, de cuando en cuando, aún como carne animal, lo que sin ninguna duda me hace sentir un falso y un canalla. Pero por lo menos lo sé, o eso quiero decirme. Los animales, sobre todo los que viven en libertad en bosques, selvas, llanuras, océanos o montañas, no tienen más remedio que alimentarse, en muchos casos, de otros animales. Pero nosotros no tenemos ya esa obligación. Nosotros disponemos de alternativas. ¿Sabe además el lector que la industria cárnica es la principal fuente de contaminación mundial y por tanto del cambio climático? La historia, si es que vivimos otros doscientos o trescientos años y dejamos de asesinar animales, nos juzgará. Y nos juzgará como los monstruos que en realidad somos, que fuimos. Llevamos siglos juzgándonos por los crímenes contra la humanidad misma, las guerras, genocidios y asesinatos masivos que cometemos contra otras personas. Pero lo que hacemos con los animales, es muchísimo más monstruoso, porque ellos son inocentes, porque ellos no pueden defenderse de la criatura más mortífera y despiadada que ha pisado jamás este planeta.

Afirmo sin ningún temor a equivocarme que asesinar a un animal a sangre fría es muchísimo peor que asesinar a un niño. Quien haya escuchado el llanto de un niño se siente compelido por él, porque compartimos genética y nos identificamos de manera intuitiva. Sabemos lo que le pasa o lo sospechamos, y le ponemos solución a corto plazo. Pero quien haya escuchado el lamento, la agonía, de un gato, de un perro, de un caballo o de cualquier otro animal, especialmente si es un animal con el que comparte su vida diaria, siente un desgarro interior que es difícil de describir. No sabemos, en muchos casos, lo que le sucede o le hace sufrir, no tenemos idea de cómo ayudarle, y eso es absolutamente desolador. Ver sufrir a un niño, o a una persona adulta, no es plato de buen gusto para nadie (aunque algunos sin duda han llegado a merecérselo), pero ver sufrir a un animal por el que sentimos afecto, y en algunos casos a uno al que vemos por la calle o en televisión, es una de las cosas más insoportables que existen. Y ellos jamás han llegado a merecerlo. No poseen la inteligencia abstracta suficiente como para merecer ningún tipo de castigo o de infortunio. Son la imagen perfecta de la inocencia.

El que convive con un perro o con un gato, u otro animal, lo considera una parte de su familia, y tan importante como su padre, su hermano, su madre o su abuelo. Cuando sufre, le conmueve de la misma manera a como lo haría si sufriera un miembro familiar de la especie humana, y cuando muere la sensación de pérdida es idéntica a lo que se siente cuando muere tu hermana o tu madre. Esto es algo incomprensible para muchos que nunca han tenido animales en casa, pero que irónicamente empiezan a experimentar en cuanto adoptan a uno. No los consideramos nuestras mascotas, ni nos consideramos sus amos (en el caso de los gatos más bien diríamos que el amo es él…), sino nuestros amigos, nuestros compañeros de viaje. Y de pronto algo nace en nosotros… una compasión que no conocíamos, una comprensión del dolor ajeno que antes pensábamos que teníamos asumida y que en realidad nos estaba vedada. La compasión hacia ese pequeño animal que anda por ahí husmeando, rascando, zascandileando, correteando, saltando, explorando, ronroneando, restregándose o acicalándose. Te sientes responsable de él, quieres protegerle, anhelas su seguridad y su bienestar aunque en ese momento te esté horadando la piel a mordiscos o arañazos.

Al verle, tan pequeño, comprendemos en verdad lo pequeños que somos nosotros también, lo frágiles, lo efímeros. Él nos está enseñando a ser más conscientes, más sabios, más racionales, y menos románticos, idealistas o supremacistas. Tener animales cerca no es un derecho, ni una necesidad. Es un privilegio que hace mejor nuestras vidas.

Estoy completamente de acuerdo con la afirmación de que la revolución que la humanidad tiene pendiente será feminista o no será. Pero después de esa, o al mismo tiempo que esa, tendremos pendiente otra revolución: liberar al reino animal del yugo con el que le oprimimos. Y de esa revolución depende, me temo, la pervivencia de la especie humana a largo plazo. Cuanto antes llegue esa revolución, antes nos libraremos de la indignidad de seguir sosteniendo ese yugo, antes evolucionaremos a mejores y más elevadas formas de pensamiento y relación con la naturaleza. Porque los animales se merecen ya, después de haberles aniquilado por todo el planeta, que les dejemos en paz. Porque cuando le miras a los ojos, cuando le ves caminar, cuando simplemente está a tu lado ese animal amigo tuyo, percibes eso que ha perdido ya todo su significado cuando se le aplica al ser humano, pero que en ellos permanece intacto aunque sean cazadores o carnívoros: percibes benevolencia, afabilidad, compañerismo. En una palabra, bondad.

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LITERATURA

Perfil: Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) es a sus casi 70 años el escritor más conocido y respetado de España. Entre su masa lectora, es considerado poco menos que un maestro de las letras y una personalidad fundamental de la cultura. Sin embargo su altura literaria real dista mucho de ese aura de intocable que muchos, y sobre todo él mismo, quisieran otorgarle.

Pero hay que reconocerle que lo ha conseguido: de reportero televisivo de guerras por todo el mundo, ha pasado a ser escritor de enorme éxito, traducido a numerosos idiomas, y con ventas que se cuentan por millones. Con descaro, personalidad y trabajo duro, ha escrito una treintena de novelas en treinta y tantos años que él ha defendido que no son best-sellers (históricos o thrillers) de baja calidad como los anglosajones o estadounidenses, sino de mayor enjundia literaria, por razones que nadie entiende muy bien cuáles son.

Cada vez más escorado hacia posiciones ideológicas bastante cuestionables, y con una soberbia y una arrogancia que en lugar de enmascarar potencia siempre que puede, Pérez-Reverte es en realidad poco más que un interesante columnista, un erudito historiador, y un escritor de libros de gran impacto mediático configurados con una estética narrativa que podría considerarse de pre-galdosiana. Según él inspirado por Alejandro Dumas y por Joseph Conrad, en realidad está sobre todo inspirado por el cine americano, y es que su trayectoria parece sobre todo construida para contar historias grandilocuentes y muy poco literarias.

No es, por tanto, Pérez-Reverte, un gran novelista, ni mucho menos. Es un narrador correcto, temerariamente encumbrado por una crítica servil y falaz, incapaz de ponerle peros al macho alfa de nuestras letras. Y cada vez parece más necesitado de la polémica fácil, y de escribir textos acerca de temas espinosos de los que no sale precisamente bien parado. Sólo él sabrá por qué escribió, en un momento en que la extrema derecha está en auge en España, una trilogía sobre un mercenario que trabaja para la Falange, o por qué cuando decide escribir sobre la Guera Civil, ya sea en un libro para niños, o una extensa novela como ‘Línea de fuego’, siempre dejando claro que no hubo víctimas ni verdugos, sino que golpistas, sublevados y fascistas son lo mismo que republicanos.

Aquí mi valoración de lo que he leído de su carrera:

El húsar, 1986
El maestro de esgrima, 1988 4,0
La tabla de Flandes, 1990 4,0
El club Dumas o La sombra de Richelieu, 1993 5,5
La sombra del águila, 1993 5,5
Territorio comanche, 1994
Un asunto de honor (Cachito), 1995 5,0
La piel del tambor, 1995 4,0
El capitán Alatriste, 1996 4,0
Limpieza de sangre, 1997 4,0
El sol de Breda, 1998 3,0
El oro del rey, 2000 3,0
La carta esférica, 2000 4,0
La Reina del Sur, 2002 4,0
El caballero del jubón amarillo, 2003 3,0
Cabo Trafalgar, 2004 5,5
El pintor de batallas, 2006 4,0
Corsarios de Levante, 2006
Un día de cólera, 2007 2,0
Ojos azules, 2009
El asedio, 2010 2,0
El puente de los asesinos, 2011
El tango de la guardia vieja, 2012
El francotirador paciente, 2015 2,0
La guerra civil contada a los jóvenes, 2015 1,0
Falcó, 2018
Eva, 2018
Sabotaje, 2018
Los perros duros no bailan, 2018
Sidi, 2019 2,0
Línea de fuego, 2020

Y aquí un resumen de sus habilidades y técnicas.

Voz narradora propia de un escritor del XIX mezclado con la de un reportero. Muy poca originalidad tanto en el estilo como en su visión del mundo
Creación de personajes paupérrima: ni un solo personaje verdaderamente memorable.
Diálogos hábiles, pero muy repetitivos, incluso personajes de novelas diferentes hablan igual, y muchas veces se nota que hablan por boca del propio autor, mal enmascarado en sus caracteres.
Prosa funcionarial, con algún destello que quiere ser lírico, sin conseguirlo.
Estilo grandilocuente, épico, a veces cínico, sin nada destacable.
Marketing espectacular: se ha vendido casi como el nuevo Hemingway, autor al que por cierto él dice detestar.

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CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

El cañón del revólver (IV)

Me entero de refilón de que Javier Gutiérrez ha dicho en una entrevista que los reality shows «deberían desaparecer», y que le provoca «sonrojo, pavor y estupor» que existan programas como ese, ante lo que un tal Miguel Frigenti que no sé quién es pero que al parecer tiene decenas de miles de seguidores en Twitter, se ha ofendido mucho, y ha contestado que también le provoca sonrojo, pavor y estupor que haya personas que se sientan moralmente superiores a otras… Era de esperar que saliese una horda de defensores de lo zafio ante unas palabras de indignación muy bien expresadas y muy loables por parte de Gutiérrez. Y en cuanto al tal Frigenti: no es que sientan moralmente superiores, amigo, es que lo son, porque defender subnormalidades como ‘Gran hermano’ o como ‘La isla de las tentaciones» como una programación digna y necesaria dice mucho de la altura mental de sus defensores, y del país de papanatas en el que vivimos, más propenso a romper una lanza a favor de lo ridículo y de lo grotesco que de lo verdaderamente importante, y a atacar a personas valiosas e inteligentes antes que escucharlas.

Resulta que ahora que el execrable Toni Cantó se ha ido de la política (como si a alguien le importase lo que hiciera este personaje con su vida) se dedica a dar entrevistas en medios tan «prestigiosos» como Zenda, y a contarnos sus variadas y profundas lecturas de los clásicos (como si a alguien le importar….). Esto demuestra, por enésima vez, que da igual lo que leas, así te conozcas en profundidad ‘El Quijote’, ‘La celestina’ o la poesía de Quevedo, que luego sales por televisión y no dices más que memeces y no te enteras de nada. Me pregunto cuándo perderemos a este individuo de vista o bien si de verdad regresará a su «esplendorosa» carrera como actor, a la que sin duda llevará su extenso bagaje como político fracasado e inane. Ya lo decía yo en otros disparos del cañón del revólver: hay gente que vive en su mundo y no la sacas de ahí ni a tiros.

Se anuncian las candidaturas a los Oscar y veo que además de no estar nominado Mario Casas por su excelso papel en ‘No matarás’ (Anthony Hopkins podía haber tenido problemas para conseguir su segunda estatuilla…), han decidido nominar a mejor película extranjera (International Feature Film) a ‘Druk’, del gran Thomas Vinterberg, de nuevo con Mads Mikkelsen de protagonista tras la estupenda ‘La caza’ (2012), y además le han nominado a él, a Vinterberg, como uno de los cinco mejores directores del año… Encomiable, sin duda, pero pienso que después de aquel maravilloso rapapolvo que Leos Carax le dedicó al Círculo de críticos de Los Ángeles tras rechazar el premio a «mejor película extranjera» por ‘Holy Motors’, parece que en EEUU han visto que a los grandes cineastas europeos no les sienta nada bien eso de «mejor extranjero…», por lo que han llamado a la categoría International Feature Film… Son geniales estos tipos a la hora de buscar eufemismos, pero no a la hora de eliminar categorías absurdas. ¿Qué sentido tiene esto si el año pasado ganó el premio máximo, el de mejor película, la surcoreana ‘Parásitos’?

Aprobada la ley de eutanasia, que nos convierte en uno de los pocos países del mundo que la regulan, me acuerdo una vez más, a mi pesar, de aquella ignominiosa ‘Mar adentro’, del advenedizo Amenábar, y es que algunas películas te acompañan aunque no quieras. Una marabunta de fanáticos con menos cerebro que un colibrí se han lanzado a protestar que esto es la «cultura de la muerte», que se van a eutanasiar a los ancianos y a los enfermos sin más, y un sinfín más de disparates propios de quienes no entienden nada ni quieren entender. Que si ellos quieren experimentar una muerte larga y dolorosa hasta el extremo, pueden hacerlo si quieren, pero que si alguien en plenas facultades quiere decir hasta aquí he llegado, debe disponer de los recursos legales para hacerlo, y no obligar quizá a un ser querido a ser tratado como un asesino. Es algo muy sencillo si tienes dos dedos de frente, pero hay mucho tonto que no sabe que está manipulado por poderes fácticos que lo que quieren es preservar la vida aún en condiciones lamentables… eso sí, sin facilitar ayudas ni asistencias de ninguna clase. Viva la vida.

Indagando un poco me entero de que la pareja del «mejor escritor de thrillers de Europa», Juan Gómez-Jurado, ha escrito a su vez una novela, y de que está vendiendo muy bien en Amazon… Me entero también, gracias a mi buen amigo Javier Gallego, que Rodrigo Cortés está a punto de que le publiquen otra, ahora que ha decidido no hacer más películas. Teniendo en cuenta que, además, Arturo González-Campos e incluso Javier Cansado tienen libros publicados, y en algunos casos bastante bien vendidos… me pregunto yo: ¿será el grupo de Todopoderosos, y sus allegados, una nueva generación de literatos, filósofos y sabios llamados a marcar una era?… ¿o será que basta con ser famoso, o ser amigo de famoso, para que te publiquen en Random House a pesar de la impresionante labor de filtro de editores como Alberto Olmos, Luna Miguel y gente así de exigente y preparada? Nah, yo creo que va a ser lo primero. Ya veo a Gómez-Jurado asegurando en su twitter que tanto la novela de su mujer como la de su amigo Cortés son poco menos que obras maestras de la narrativa contemporánea, y por supuesto a nuestros espectaculares críticos tan convencidos como él.

Esto me lleva al último tiro de esta entrega de ‘El cañón del revólver’: teniendo en cuenta que, efectivamente, las editoriales publican sobre todo a gente famosa, sea o no escritora, sean buenos o malos (porque están desesperados por vender, sea lo que sea)… teniendo en cuenta además que por algún extraño fenómeno mucha gente que no tiene ni pajolera idea de literatura (ni tienen por qué tenerla, pero al menos podrían tener algo de buen gusto) se deja llevar por lo que las editoriales les dicen para gastar ese dinero que no andan precisamente regalándolo ni lloviendo del cielo, convencidísimos de que van a leer algo bueno y/o importante que por supuesto olvidan a los dos meses… ¿podríamos estar hablando aquí de dominación mental? Se le está entregando basura a gente que sale complacida con la venta. Es como si le diéramos a la gente hamburguesas aceitosas y salieran pensando (y escribiendo en muchos casos) que se acaban de zampar un lenguado al horno. Si no es esto dominación mental yo no sé qué puede ser. Pero yo voy a poner aquí mi –minúsculo– grano de arena: no compren libros que se publiquen ahora, en ningún caso, salvo de aquellos autores que ya hayan publicado algo bueno o que sepan que valen algo. NO LO COMPREN, porque van a gastar 20 o 25 euros para leer bobadas. Y nadie va a devolverles el dinero, y las neuronas menos.

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CINE

Perfil: Christopher Nolan

Es Christopher Nolan (Londres, 1970) uno de los directores más famosos y venerados de la actualidad, pero lo es por un sector muy concreto de la cinefilia o de los espectadores, no tanto por la crítica (afortunadamente), que desde el estreno de ‘El caballero oscuro’ pareciera que ven en él, y en cada nueva película que presenta, prácticamente la salvación y la razón de ser del cine contemporáneo, sin darse cuenta en realidad de que se trata simplemente de un director comercial, muy astuto y ambicioso, que pocas veces ha conseguido realmente una buena película, y que es ante todo un maestro a la hora de venderse a sí mismo.

Cuando en el año 2000 muchos vimos ‘Memento’, descubrimos (porque ‘Following’ todavía era bastante difícil de encontrar) a un director sorprendente y valiente que se atrevía a jugueteos narrativos tales como un relato con las secuencias en orden inverso al cronológico, pero al que todavía le faltaba algo para introducirse en sus personajes y para hacerlos creíbles y rotundos, y al que en la imagen y el montaje no se le encontraba mucha personalidad. Veinte años, y una decena de películas más tarde, tal sensación permanece casi intacta, salvo por ese gran triunfo que fue ‘The Dark Knight’, la que probablemente sea su mejor película hasta la fecha, y a cuyas alturas no ha vuelto a asomarse por mucho que lo ha intentado, proponiendo una y otra vez grandes blockbusters que a su vez resulten profundos y personales.

Nolan está más que dispuesto a dejar huella en todos los géneros (o subgéneros…) que toque, ya sea el de superhéroes, el de psicópatas, el bélico (Dunkirk), la Sci-fi (Interstellar), pero lo cierto es que no lo consigue salvo en lo más superficial… esto es: epatando al espectador menos exigente (que pide para él continuamente el Óscar, convencido de que sería la prueba final de su genialidad…), logrando impacto mediático pero no esa gran película del género que pretende, sino un espectáculo algo vacuo, inflado, pretencioso y gélido. Sería interesante ver a Nolan moviéndose en una película con un presupuesto inferior a los veinte millones de dólares. Cada nuevo proyecto suyo es un «más difícil todavía», un «más grande y mejor», cada vez más caro, más pendiente de la aceptación de un público entregado que de hacer verdadero gran cine. No tiene nada que hacer frente a grandes directores como Paul Thomas Anderson, Jeff Nichols, Enrique Urbizu o Kenneth Lonergan, y dudo que su fama le dure muchos años más.

Aquí mi valoración de su filmografía:

Following (1998)  5,5
Memento (2000) 6,5
Insomnia (2002) 5,0
Batman Begins (2005)  6,0
The Prestige (2006)  5,5
The Dark Knight (2008) 7,5
Inception (2010) 4,0
The Dark Knight Rises (2012)  5,5
Interstellar (2014)  5,0
Dunkirk (2017) 5,0
Tenet (2020)

Y aquí un resumen de sus talentos y habilidades:

Guionista astuto y hábil, pero a menudo mecánico y demasiado trascendente. Mucho mejor guionista con su hermano de colaborador
Dirección de actores nada importante o memorable. Consiguió un trabajo memorable con Heath Ledger, pero apenas se puede añadir algo más
Montador poco talentoso, sin duda sabe unir secuencias y construirlas de forma grandilocuente, pero su montaje es demasiado picado, poco creativo y nada personal.
Realizador epatante ya que siempre trabaja en películas de gran presupuesto, no se diferencia de ningún otro con esos altos estándares de producción.
Estilo que quiere ser comercial y al mismo tiempo personal, con lo se queda en tierra de nadie, no es un mal director, pero es un director sin estilo definido.
Marketing para quitarse el sombrero: desde que hizo la trilogía Batman, cada nuevo proyecto suyo se saluda como si fuera algo único y extraordinario que fuera a cambiar la historia del cine.

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ENSAYO

La depredación del imperio más destructivo de la historia

Hitler y sus secuaces fueron vencidos. Pero el fascismo triunfó. Créame, amigo mío.

–George Carlin

A veces me acuerdo de aquel sencillo juego (sencillo en apariencia, luego tenía su cosa) llamado Stratego. En él se disponían las piezas en dos bandos opuestos, algo parecido al ajedrez, y en una guerra sin cuartel se enfrentaban dos ejércitos en los que había mariscales, generales, coroneles, tenientes, un espía… Con reglas muy diferentes al ajedrez pero con el mismo esquema general. Lo curioso de ese juego es que un ejército tenía las piezas azules y el otro tenía las piezas rojas. Y yo, a la sazón con diez u once años de edad, siempre elegía las azules porque me parecían los buenos, y nunca a las rojas porque me parecían los malos. Y esto no tiene nada que ver con el hecho de que el rojo es un color desagradable y violento para mucha gente. No era algo psicológico o visceral. Era algo propagandístico. A pesar de mi corta edad, yo ya asociaba a los rojos como gente mala (los indios americanos, los rusos…), y a los azules como gente buena (el séptimo de caballería, el mundo anglosajón), porque además de haberme tragado ya cientos de películas del Oeste, de cómics, de novelitas, también veía la tele, y era la época en la que el «telón de acero» se venía abajo, los rojos por fin eran vencidos y la libertad y la felicidad y los unicornios reinaban por doquier.

Pero el tiempo pasa, algunos (no todos, está claro), aprendemos muchas cosas, y el panorama cambia (el interior, no el exterior, ese no cambia nunca). Qué curioso pero ahora el rojo es mi color favorito (el que lea ‘La descendencia’ desde luego lo tendrá claro), ya no soy un niño de mente manipulable y he leído y visto suficiente mundo, me he formado y he crecido lo suficiente desde un punto de vista intelectual para ver las cosas como son. Aún hoy muchos consideran a Estados Unidos el país de las libertades, el mascarón de proa de la civilización occidental y poco menos que un paraíso en la tierra, salvo dos o tres problemillas internos que a lo mejor un día solucionan. Pero algunos ya estamos bastante seguros de algo bien distinto: que Estados Unidos es el imperio (no el país) más destructivo de la historia de la humanidad, responsable directo de al menos tres genocidios (los nazis, que se sepa, sólo llevaron a cabo uno, aunque contra varias etnias distintas, también es verdad) de forma directa, y de alguno más de forma indirecta, y que aunque entre sus ciudadanos, no me cabe duda, existen personas de gran humanidad, formación humanística o científica, aunque han conseguido grandes cosas en literatura, cine o ciencia, son lo que la humanidad, a nivel político, social y económico, debe evitar tomar como ejemplo si quiere sobrevivir al menos otros cien años más.

Y esto lo dice una persona que conoce a fondo su cultura y que considera el cine de Estados Unidos, sus series y su literatura entre las mejores (quizá no actualmente esta última, pero sí en otros momentos de la historia), más importantes y valiosas del mundo. Lo está escribiendo alguien que admira la capacidad y la fuerza de voluntad de estas personas en el ámbito de la ciencia y la innovación tecnológica. En realidad, todos conocemos bien una imagen, cierta imagen, cada vez más nítida o ajustada a la realidad, aunque nunca del todo, de los Estados Unidos. ¿Cómo no vamos a conocerlo? La gente no ve cine, la gente ve películas estadounidenses. La gente no escucha música, escucha canciones estadounidenses. La gente no lee libros, la gente lee libros estadounidenses. Y cuando no ve, escucha o lee películas, libros o canciones estadounidenses, la gente ve, escucha y lee canciones, libros y películas muy parecidas a las estadounidenses, incluso series o galas, incluso anuncios o artículos. Porque la maquinaria industrial de ese país se ha encargado de ello de manera sistemática, machacona y brutal desde hace décadas, hasta que el espectador-lector-receptor medio lo ha tomado como canon de las imágenes, los sonidos y las palabras que le rodean. Los tentáculos ideológicos, capitalistas, identitarios de Estados Unidos nos rodean por todas partes, hasta el punto de que nos olvidamos quienes somos, nos borramos de nuestra identidad y nuestra cultura porque todos queremos ser, siquiera sin saberlo, estadounidenses. Queremos ser como ellos, sin darnos cuentas de que eso nos lleva de cabeza al desastre.

Estados Unidos, sus élites (el estadounidense medio es tan noble o tan bobo, tan listo o tan tonto como cualquier ciudadano de cualquier país del «mundo civilizado»), son las responsables directas de tres genocidios contra tres etnias no caucásicas: los nativos norteamericanos, los negros y los japoneses. Y responsables indirectos (que es casi peor…) de por lo menos otro: el perpetrado contra los palestinos. Eso sin contar las contiendas contra iraquíes y afganos, o la guerra sucia contra países de Hispanoamérica, contra Rusia y otros lugares del ancho mundo. Va en su naturaleza. Son un pueblo guerrero, expansivo, colonial, casi tribal, esclavista, supremacista. Es su ADN, igual que el ADN de las élites francesas es la soberbia y la envidia, igual que el ADN del PP es que todo lo público es privado y por tanto la corrupción ha de ser la forma de actuación política. No lo pueden evitar. Y finalmente, si nada lo remedia, serán los responsables directos de la desaparición de la humanidad por el cambio climático, las guerras nucleares y el acaparar recursos del sistema solar sin tener en cuenta las consecuencias. Va en ellos, y va a más, década a década. Si el mundo entero fuera tan ferozmente capitalista como Estados Unidos necesitaríamos tres planetas del tamaño de Júpiter para absorber toda la mierda que lanzan a la atmósfera y la ciclópea necesidad de recursos energéticos de la que adolecen. Y si fuera por ellos, que a nadie le quepa duda, el mundo entero sería Estados Unidos.

Me pregunto por qué solamente se ha demonizado (y de manera inapelable, en ese caso) a los nazis por las atrocidades cometidas en la II Guerra Mundial contra millones de judíos, gitanos y otras etnias minoritarias residentes en Europa, cuando Estados Unidos, como venganza por el cobarde ataque de Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 (en el que murieron 2.400 soldados), asesinó a 150.000 civiles japoneses en dos días con el lanzamiento de las bombas atómicas y de hidrógeno en Hiroshima y Nagasaki, que simplemente fue el colofón a bombardeos sistemáticos contra poblaciones desarmadas japonesas, masacrando a un 90% de sus habitantes, algo que muy poca gente sabe o quiere saber. Eso es un genocidio en toda regla de un pueblo vengativo y racista. El mismo que tuvo lugar contra los nativos americanos. No fueron «guerras indias», fue un sistema de exterminio muy bien armado del que pudo haber aprendido unas cuantas cosas Hitler, y ya documentado por numerosos historiadores de renombre (alguno de ellos estadounidense), en el que el ejército anglosajón barrió del mapa comunidades comanches, siux, lakotas, dakotas y nakotas de las grandes llanuras del hemisferio norte de américa, aniquilando a hombres, mujeres, niños y ancianos, promoviendo un mercado negro de cabelleras muy lucrativo en el que las mejor pagadas eran las cabelleras de los nativos. El mismo que tuvo lugar contra millones de negros esclavizados durante décadas en un sistema prácticamente medieval que sólo pudo ser abolido con una sangrienta guerra de cinco años de duración.

Y, en fin, el mismo que provee de armamento a Israel en su lucha por conseguir reconstruir Sión, o el Gran Israel, con sus asentamientos ilegales en territorios palestinos (qué trágico error cometió la ONU en 1947…), con su apartheid y masacres sistematizadas contra uno de los pueblos del mundo (y otros países árabes de la zona), con su artificial construcción del campo de concentración más grande del mundo (la franja de Gaza, con dos millones de habitantes ahí apiñados y sometidos a un régimen de terror interno y a otro externo), verdaderos terroristas de estado que emplean las atrocidades cometidas contra ellos por los nazis para cometer exactamente las mismas atrocidades, con el resultado de más de cien resoluciones condenatorias de la ONU por crímenes contra la humanidad… resoluciones vetadas, una otras otra, por Estados Unidos.

En el gran juego de ajedrez en el que se ha convertido el mundo, Estados Unidos arrasa por donde va. En comparación a sus élites, las de países como Rusia o China parecen amateurs. Los yanquis juegan a fondo y juegan sucio siempre, contándonos sus mentiras al resto del mundo (no fue para tanto la esclavitud, los japoneses eran muy crueles, los nativos americanos eran unos salvajes, los palestinos son todos terroristas) y el resto del mundo tragándoselo sin rechistar o bajo cuerda. Las élites de EEUU hostigan, presionan, engañan, manipulan, compran, corrompen… Lo quieren todo y no cejarán hasta conseguirlo. Su depredación es ilimitada, y ya incluso muchos artistas de EEUU empiezan a denunciar ese circo y ese fraude capitalista, en series como ‘The Wire’ o ‘Deadwood’, en películas como ‘Killing Them Softly’ (Dominik, 2012), en documentales y libros. Son malos, y lo saben. Y saben que quizá ya sea demasiado tarde para remediarlo.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

Los caraduras

A esos se les tarda en identificar, o tardas en aprender a identificarlos, que viene a ser lo mismo. Se encuentran en todos los órdenes de la vida, por supuesto: en el trabajo, en la pareja, en la familia, en la cola del médico, en el autobús, entre los vecinos, en las instituciones… Pero del que voy a hablar –lógicamente, pues este es un sitio sobre narrativa–, son esos caraduras que acaparan los medios de comunicación, que son los que el público conoce, los que medran, los que llegan, los que tenemos que soportar lo que escriben, lo que proclaman, lo que rebuznan día a día. Y por supuesto voy a referirme a lo que conozco de aquí, de España, que es el país en el que he vivido y sigo viviendo, para bien o para mal.

España, este país en el que la meritocracia es un palabro inventado por duendes, y en el que sobre todo, ante todo, se valora al que «le echa morro», al que es «un varas», al que es «un sinvergüenza». Pero no por parte de la gente común y corriente, sino de las élites, que son a fin de cuentas las que seleccionan a los elegidos, las que en aras de mantener el status quo lo tienen todo meridianamente claro. Y esto sucede, como no, en el cine y en la literatura, y tenemos a una pléyade de «autores» o de «cineastas» todos muy serios, muy convencidos de lo que hacen, protegiéndose unos a otros como si fueran colegas de toda la vida. Todos muy seguros de lo que hacen y de lo que quieren, todos incapaces de soportar que pueda existir una crítica profesional que les ponga en su sitio. Un mundo en el que no se puede dudar, en el que no se puede vacilar por un segundo, porque es un mundo de seguridades, de argumentos sólidos e inapelables.

Pero el artista, el verdadero, siempre duda. Nunca está satisfecho, nunca está tranquilo, y desde luego nunca está seguro. No puede formar parte del grupo de los caraduras, no puede ir por ahí concediendo entrevistas en las que demuestra todo lo que sabe, y todo lo que piensa, porque no tiene muy claro qué es lo que sabe y qué es lo que piensa. El artista, el verdadero, está siempre en tránsito, siempre en búsqueda, en movimiento perpetuo, incapaz de ir por ahí soltando soflamas a menos que también sea (lo cual es posible), un crítico literario o cinematográfico, en cuyo caso sabrá diferenciar muy bien cuál es el momento del crítico y cual es el momento del autor. Pero los grandes autores, los que valen la pena, no andan por ahí de sectas, o de cañas, y menos con el grupo de caraduras. Van a lo suyo, siempre, sin colegueos, sin perder el tiempo con poses o con hipocresías. Simplemente no pueden, nacieron con la incapacidad de ser parte de la panda.

Esto lo he visto yo en las escuelas de cine y de arte a las que he asistido durante unos cuantos años: los que van por ahí de listos y que no son más que unos caraduras, que están deseando demostrarle al mundo entero que son unos genios (algo así como Albert Serra y personajes de condición parecida), y los que son más silenciosos, más callados, menos narcisistas (bueno, ser menos narcisista que ciertos individuos/as es bastante sencillo), a los que se les ve que nunca van a cejar, nunca van a detenerse, que es posible que al no ser unos jetas tarden mucho más en llegar, o que nunca lleguen a ser conocidos, ni mucho menos vivir de lo que escriben, de lo que pintan o de lo que filman, pero que tienen, irónicamente, muchas más cosas que contar. Pero los que nos cuentan sus películas, sus historias de indios, sus bravatas, son los otros, y son los que crean tendencia, los que dan vergüenza ajena, los que consiguen que el espectador/lector/receptor medio español sienta rechazo por el artista español, pero los que no pueden engañar a nadie con un mínimo de exigencia.

No tanto el cine o la televisión, pero la literatura y la música, españolas o de cualquier otro país, ha caído en picado en cuanto a riqueza, profundidad, pertinencia o vuelo estético. Ahora sólo hay reggaeton, canciones ñoñas, novelas escritas por periodistas o presentadores, ideas confusas y abyectas sobre lo que es la cultura, el arte, la novela, mucho twitter y redes sociales, pero escaso bagaje intelectual. Algunos intentamos poner en claro esas ideas, otros siguen intentando que sus trabajos salgan a la luz y demostrar que hay otro modo de entender la creación artística o la forma de comunicarse con el receptor, que no tiene nada que ver con lo que los jetas, siempre tan enamorados de sus inanes pretensiones, promulgan. Ya no tenemos nada que perder.

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ARTÍCULOS, Novelas

Cambio de rumbo

Qué curiosa es la vida creativa… Decía Bukowski que si no eres creativo de alguna manera, es decir si no eres un artista, bueno o malo, conocido o desconocido, es como si estuvieras muerto. Yo no sé si eso es verdad, pero está claro que muchas veces te mueves por impulsos y resortes desconocidos y ocultos para los demás. Es decir, también tienes tu vida, tus amistades, tu pareja, tu trabajo, tu salud y todo eso, con sus pulsiones y sus resortes que te empujan a hacer cosas para procurarte un mayor bienestar… pero sobre todo está esa vida aparte, esa existencia interior que ni siquiera sabes por qué está ahí pero que experimentas en paralelo, que has de colocar como mejor puedes al mismo tiempo que la otra vida, y que a menudo te obliga a escindirte en dos y a vivir cosas que para los demás son difíciles de comprender.

Recuerdo bien este inicio del año 2021. Después de haber concluido, con mucho esfuerzo, cuatro relatos bastante largos que conforman un solo volumen y que pueden adquirirse por muy poco dinero en esta web (del que por cierto me siento muy orgulloso porque creo que al menos dos de ellos están entre lo mejor que he escrito jamás) estuve algunas semanas tremendamente inquieto porque no sabía qué escribir a continuación, o mejor dicho no sabía cuál de los proyectos que tenía en mente sería el más idóneo para dedicarle semanas y meses de trabajo… porque hay una cosa que sí que no se puede elegir: no se puede elegir entre escribir y no escribir. Esto no es un oficio, ni un hobby. Algunos, muchos, escribimos porque no tenemos más remedio, porque una vida sin escribir es inconcebible. Y ya hemos estado muchos años sin escribir cuando era eso, precisamente, lo que teníamos que haber hecho antes que perder el tiempo con otras vidas… De modo que cuando acabas una cosa de inmediato, sin poder esperar a que pasen tres meses, quieres saber qué vas a hacer a continuación. Es posible que no empieces ese relato o esa novela nada más concluir lo anterior (aunque a veces lo he hecho), pero desde luego no vas a estar un año mirando la pared o viendo las noticias…

…claro, el problema es tener que elegir.

Porque cuando eres escritor, y espero que me crean los que lean estas líneas y no lo sean, mientras que sé que los me leen y son a su vez escritores (que me consta que hay unos cuantos) me darán la razón, nunca tienes un solo proyecto. Eso es muy difícil que ocurra. Tienes un gran proyecto en mente, eso seguro, pero tienes por lo menos tres o cuatro más, que bien pensado podían ser igual de grandes. ¿Y por cuál empezar? Ojalá viviésemos ciento cincuenta años asegurados y pudiéramos dedicar todo el día a escribir. Pero muchos no viviremos tanto tiempo y por desgracia tenemos que hacer otras cosas para vivir. Por lo que quieres elegir bien. Decía Cioran que hagas lo que hagas te equivocarás… una gran verdad que a un escritor, a cualquier escritor, le produce el más insoportable de los vértigos. Quieres elegir la novela o el libro de relatos perfecto, ese que te va a hacer crecer como escritor, ese del que te vas a enamorar irremediablemente, el que por ejemplo va a convencer a un editor de que merece la pena publicarte, del que vas a estar orgulloso toda tu vida. Pero lo cierto es que de los cuatro o cinco (o seis o siete) que tienes no sabes cuál es.

Ojalá estuvieras siempre profundamente enamorado del material que estás escribiendo todos los días, que te hace levantarte a diario a las seis de la mañana y acostarte a las dos. Pero eso no siempre sucede. A menudo estás con un material que te resulta interesante, o incluso muy interesante, pero que de vez en cuando notas que no estás exprimiendo o desarrollando en todo su potencial, o que sencillamente podía haber esperado mientras podrías haber dedicado tu valioso tiempo a otra cosa. Es una sensación horrible. Yo solo he estado completamente seguro de que ese era el proyecto ideal con mi primera novela. En el resto ha sido a ratos, y cada vez a menos ratos, aunque en la cuarta (que creo que está entre lo más interesante y personal que he escrito) fue muy parecido a la primera… Ahora llevo siete semanas escribiendo una novela que no iba a ser precisamente corta y que en su momento, hace como un año, ya pospuse para más adelante después de escribir unas pocas páginas. En poco más de mes y medio he escrito más de cien páginas (unas cincuenta mil palabras), pero he decidido posponerla de nuevo, guardando celosamente ese material a la espera de retomarlo en un futuro, porque me he dado cuenta de que no tengo prisa en terminarla y ponerla a la venta.

Algo que sí me sucede con el proyecto con el que voy a ponerme ahora, que probablemente sea uno de los más ambiciosos, o el más ambicioso, al que me he enfrentado, que ya barajé en enero y que no me atreví, no me lancé quizá por miedo, o por inseguridad… pero son esas las razones por las que tenía que haberme decidido por él. Un escritor necesita retos, un desafío en el que poder creer. Ya lo decía Buñuel: sin lucha no hay conquista. Es probable que este complejo proyecto me lleve muchos meses de trabajo, y muchos esfuerzos y frustraciones y desvelos, pero intuyo que va a merecer, y mucho, la pena. Cuando lo termine, dentro de varios meses (puede que después del verano o incluso a final de año, sea cuando fuere lo contaré en esta página), me sentiré pletórico y que he empleado mi tiempo en algo importante. Porque para eso escribimos algunos: para pasar un jodido infierno y salir de él renovados, más fuertes y más libres. Que luego te publiquen, o no, ese trabajo en una editorial de renombre es casi lo de menos.

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CINE

Perfil: Enrique Urbizu

Nacido en Bilbao en 1962, Urbizu es, tal como le calificaron en el especial que le dedicaron en TCM, una rara avis, pero no solamente por su cine, sino por su personalidad artística y su profundo y agudo sentido analítico. Guionista consumado, loco por el cine desde la juventud, se gastaba el dinero que podía conseguir cuando era un melenudo en hacer cortos y locuras fílmicas con sus amigos, soñando algún día con ser cineasta. Lo consiguió de la mano de Andrés Vicente Gómez, y no ha defraudado a pesar de los altibajos de una carrera no muy larga en títulos, pero que ha ido de menos a más, aprendiendo de los errores, fraguando un estilo sin prisas pero con inteligencia y constancia, aunando un espíritu crítico y casi subversivo con una mirada maliciosa y poco acomodaticia, filmando cada película con alegría de rodar pero también con un gran sentido de la responsabilidad narrativa.

De la locura divertidísima y gamberra de ‘Tu novia está loca’ pasó a su primera película realmente personal y valiosa, ‘Todo por la pasta’, un noir bastante original y con suficiente fuerza expresiva como para empezar a hacerse un nombre en un género en el que luego reincidirá. Sin embargo se vio obligado a hacer comedias de encargo (un género que ha dicho muchas veces que le da pánico, con ‘Como ser infeliz y disfrutarlo’ y ‘Cuernos de mujer’, filmes en los que no pudo crecer como director, algo que sí pasó en la muy refrescante y libre, llena de ternura e inteligencia, ‘Cachito’, sobre el relato de Pérez-Reverte, en la que el bilbaíno pudo volver a demostrar de lo que era capaz y sobre todo pudo prepararse para una plenitud que estaba ya muy cerca de llegar.

Porque sus siguientes tres largometrajes (los últimos que ha realizado hasta la fecha), pueden considerarse una magnífica trilogía de filmes negros –siempre muy colindantes con el western, pues su mirada es la de un cineasta de relatos violentos, secos, en la frontera física y emocional– con los que ha adquirido un prestigio que no le ha regalado nadie, pues lo ha conquistado a base de coherencia, trabajo duro, coherencia conceptual y un conocimiento endiablado de los resortes narrativos del cine, sabiendo ocultar sus limitaciones y potenciando sus virtudes, indagando en el género negro con fiereza y valentía, y logrando con la tercera el Goya a mejor director y mejor película. He aquí la valoración de su trayectoria (que esperamos que pueda aumentar en unos cuantos títulos más):

Tu novia está loca (1988)  6,0
Todo por la pasta (1991) 6,5
Cómo ser infeliz y disfrutarlo (1994) 5,5
Cuernos de mujer (1995)  5,5
Cachito (1996)  6,5
La caja 507 (2002) 8,0
La vida mancha (2003) 8,0
No habrá paz para los malvados (2011)  8,0
Gigantes (2018) (TV)  7,0
Libertad (2021) (TV)

Finalmente la valoración de sus habilidades y competencias como cineasta:

Guionista de raza, que trabaja el guion hasta que queda cerrado como una piedra, muy pendiente de las motivaciones de los personajes y del entorno en que se mueven, capaz de crear tramas cerradas y al mismo tiempo sorprendentes.
Dirección de actores más que solvente, que ha ido a más, porque en su trilogía última (2002-2003-2011), sobre todo con la presencia de José Coronado, ha cuajado personajes memorables como Rafael Mazas y sobre todo Santos Trinidad, compendio de su mirada sobre el género.
Montador muy eficaz, que sabe imprimir ritmo y elegir siempre las mejores tomas con las que ayudar a sus actores/personajes, que no llama la atención sobre sí mismo y que busca la mesura y la armonía, pero también el impacto cuando hace falta.
Realizador soberbio, muy preocupado por las posibilidades del encuadre y el corte, mas pendiente del todo que de las pequeñas partes, siempre sobrio y certero, de inteligente y maliciosa mirada.
Estilo directo, descarnado a veces, con pocos pero notables diálogos, muy preocupado por el punto de vista y la altura de la mirada humana, nunca efectista o truculento, a menudo gélido y perspicaz.
Marketing regular: no es muy conocido y en sus apariciones públicas no es que sea especialmente carismático, pero es un director y pensador cinematográfico de gran personalidad.

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CINE

Perfil: Orson Welles

A pesar de firmar una obra no muy larga en títulos –aunque la lista de proyectos no realizados o a medio terminar es realmente dolorosa–, Welles se ha ganó con creces la denominación de genio universal de este extraño invento llamado cine. Los trece largometrajes dirigidos por él, de los que sólo en un caso no participa también como actor, lo acreditan como uno de los cinco más grandes que ha dado la cinematografía estadounidense, siendo además el primero de todos ellos por coordenadas históricas, y probablemente el más trágico por todo lo que significó su carrera y las dificultades a las que se enfrentó para sacarla adelante.

Su maldición fue, sin ningún género de dudas, el contrato asombroso que consiguió de la RKO: control total y montaje final de tres películas… que por supuesto al final solamente fue una –’Ciudadano Kane’–, porque la siguiente, ‘El cuarto mandamiento’, fue ya mutilada por el estudio, y la tercera nunca tuvo lugar porque la compañía le rescindió el contrato. Considerado desde entonces un director difícil y problemático, tan solo tuvo oportunidad de filmar dos trabajos más en su país natal, que no forman parte de lo mejor de su cinematografía, antes de comenzar un largo periplo que lo llevaría por varios países del mundo, convirtiéndose en uno de los pocos directores nómadas estadounidenses de la historia del cine, reuniendo con mucho esfuerzo la financiación necesaria (muchas veces, la imprescindible) para poder seguir filmando películas.

Su magnífico díptico shakesperiano de 1948-1952 demostró que podía trabajar con menos medios pero con idéntica pasión e imaginación visual, y aunque probablemente con ‘Mr. Arkadin’ filmó su película menos interesante, regresó por todo lo alto a Estados Unidos para filmar una de sus más grandes obras maestras, ‘Sed de mal’ (‘Touch of Evil’, 1958), adaptando una novelita insustancial, con el apoyo de Charlton Heston, para reincidir en sus caracteres grandiosos y en su personalísima mirada al cine estadounidense. También mutilada por el estudio, no impidieron que ‘Sed de mal’ fuese uno de sus filmes más influyentes y valorados por la crítica mundial. Pero definitivamente desencantado de aquella industria, pudo hacer ‘El proceso’ en una dificultosa coproducción de varios países europeos y filmó otra obra maestra. Pero quizá su más perdurable y genial contribución al cine fue su última película shakesperiana, la monumental ‘Campanadas a medianoche’, filmada en su mayor parte en España, con el que quizá sea su guion más perfecto y su interpretación más desgarrada.

Todo en Welles es desmesurado, gigantesco, genial, barroco, grandioso. Incluso una película tan pequeña y tan sombría como ‘F for Fake’, que esconde en sus tinieblas un entusiasmo creativo y una euforia que se le escapa por los poros de sus fotogramas, es enorme y genial por su arrolladora inventiva, por la complicidad que transmite su creador y máximo responsable, por poseer una mirada única sobre cada pequeña cosa que observa. Sólo podemos soñar imaginando lo que su carrera hubiese dado de sí de no haber perdido el apoyo de los grandes estudios, o de haber podido filmar más películas en Europa, porque es imposible no referirse a su corpus como una trayectoria frustrada.

Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941)  9,5
El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) 9,5
El extraño (The Stranger, 1942)  7,0
La dama de Shanghai (The Lady from Shanghai, 1947)  7,5
Macbeth (1948)  8,0
Othello (1952)  8,5
Mister Arkadin (1955)  6,0
Sed de mal (Touch of Evil, 1958)  10
El proceso (The Trial, 1962)  9,5
Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight/Falstaff, 1965)  10
Una historia inmortal (The Inmortal Story, 1968)  7,0
Fraude (F for Fake, 1973)  10

Para terminar, como siempre en los perfiles, una glosa de sus habilidades y técnicas como cineasta:

Guionista genial por su profundo conocimiento del mundo del teatro y su capacidad para traducir ese conocimiento en escritura cinematográfica, pergeñando argumentos apasionantes incluso a partir de textos tan manidos como los shakesperianos, a los que sus guiones dotan de una vida inusitada.
Actor extraordinario, a veces un poco soberbio o tirando demasiado de carisma, pero capaz de crear personajes memorables incluso en filmes ajenos, por su capacidad transformadora, en lo externo y en lo interno, y por su bella y profunda voz.
Dirección de actores entre las más grandes de la historia dentro de su clase, siendo además director de teatro y actor él mismo, lo que se traduce en una riqueza actoral muy difícil de encontrar en otros cineastas, incluso en los más grandes de su tiempo
Montador genial, superlativo, capaz de maravillas a la altura de muy pocos, como la batalla de ‘Campanadas a medianoche’ o el genial ritmo interno de ‘El proceso’, y quizá si hubiera montado él mismo ‘Sed de mal’ sería una obra maestra de mayor calado aún.
Realizador entre los más grandes de la historia del cine, que ha sabido extraer lo mejor de los directores de fotografía mejores de su época, pero también de los menos dotados, dándoles la oportunidad de lucirse, como cualquier de sus jefes de departamento se luce incluso en filmes de bajo presupuesto, siendo capaz de crear ambientes, o movimientos de cámara imposibles o de construir secuencias operísticas con cuatro cuartos.
Estilo grandioso, barroco, desmedido, enamorado de las posiblidades expresivas del cine, con constantes movimientos de cámara nunca gratuitos, sino siempre narrativos, al servicio de aquello que quiere contar, con un tratamiento del blanco y negro (el 95% de sus películas) excelso, con una profundidad de campo y una presión en los límites de la planificación audiovisual. Por último glosar algo que pocas veces se comenta: su magistral empleo del sonido en todas sus películas, guinda final de un estilo mil veces imitado y nunca superado, que puso el listón demasiado alto para sus contemporáneos y que tuvo que esperar hasta los setenta para encontrar rivales a su altura.
Marketing penoso, pese a ser un actor estrella en su país, le odiaban y le despreciaban por su escasa contención verbal, por no tener pelos en la lengua y por ser un niño prodigio al que debían poner en su sitio.

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