El fraude del periodista como crítico

Que el prestigio del periodismo ha caído, en los últimos diez o quince años, hasta mínimos puede que ya irremediables, creo que tiene menos que ver con el hecho de que haya buenos periodistas, que con los dueños de los grandes grupos mediáticos y sus periodistas estrellas, ya inevitablemente vendidos al capital y por ello adalides del status quo. Es decir, siguen existiendo mujeres y hombres periodistas, reporteros, analistas políticos realmente buenos, valientes, coherentes con sus ideas, que siguen poniendo el dedo en la llaga y llamando a las cosas por su nombre, y denunciando las tropelías de las clases dirigentes, pero es indiscutible que las grandes cabeceras (desde luego El Mundo, ABC, La Razón… incluso El País), son voceros de los poderosos y los que quieren seguir controlando el cotarro como si esto fuese su cortijo personal, y que su credibilidad está por los suelos.

Ahora bien, me gustaría encargarme de un aspecto particularmente singular de este fenómeno de la pérdida de integridad y de calidad periodística en un ámbito que a muchos puede parecerles menor, pero que es cuestión mayor por todo lo que supone de identidad y de formación de un espíritu crítico. Me refiero, claro, a esa cosa denominada –de manera bastante equívoca y cuestionable– “cultura”, y que artificialmente engloba artes como la literatura y el cine, así como otras manifestaciones narrativas como las series de televisión, o el teatro. Todo esto que en las cabeceras más importantes está tratado, o analizado, o criticado o cubierto por periodistas de carrera, y de forma cada vez más vacua, más incompetente y hasta grotesca. Y es que pareciera que todos los que salieron de las facultades de “ciencias de la información” están cortados por el mismo patrón, ese que la miseria universitaria ha confeccionado para todos aquellos que creen que basta tener una opinión para poder darla, cuyo plan de estudios (que personalmente conozco bien aunque he tenido la suerte de no pisar jamás ninguna de esas facultades) podría considerarse tóxico para todo aquel que de verdad quiera ser un crítico válido o por lo menos escribir sobre cine y literatura.

Debo decir, y espero que el lector me crea –y si no me cree allá él–, que más de un periodista recién licenciado o ya con algunos años de experiencia, decidido a convertirse en el titular de un buen periódico, me ha escrito a mí, a través de esta página web, o en algún blog, para preguntarme cómo se hace para escribir críticas cinematográficas o literarias, algo que a mí me ha dejado perplejo cada vez, y a lo que honestamente no he sabido qué responder, pero no porque yo no sepa cómo se escribe o se plantea una crítica, sino porque no me puedo creer que se tenga que acudir a un don nadie como yo, por mucha experiencia que tenga, para suplir aquello que no te supieron enseñar en la universidad. Y debo decir, por mucho que se me tache de vanidoso o de creído o de lo que sea, que las veces que he acudido a ruedas de prensa festivales de cine lo que los licenciados en periodismo preguntaban eran auténticas estupideces, y que yo era de los pocos que hacían preguntas interesantes a los cineastas. Y no puedo dejar de acordarme de un crítico que conocí en Berlín, titular del Washington Post, que me pidió (esto es totalmente verídico) que hiciera más preguntas en cierta rueda de prensa porque por lo menos yo sabía de lo que hablaba.

He conocido periodistas recién licenciados que no sabían escribir. Lo siento por ellos pero es la pura verdad. Hay novelistas que no saben escribir, y hay muchos periodistas que tampoco saben. Los hay magníficos y super inteligentes, pero los que quieren dedicarse al cine y la literatura, casi siempre, son los más ineptos. ¿Por qué diablos ocurre esto? No me cabe en la cabeza.

¿Por qué los periodistas se creen que por estar licenciados, y ser a lo mejor bastante cinéfilos o haber leído bastante, son capaces de ser críticos literarios o cinematográficos? No lo entiendo. ¿Quién puede ser mejor crítico gastronómico? Pues un chef, obviamente. ¿Quién puede valorar mejor una obra arquitectónica? Pues uno que haya estudiado arquitectura, lógicamente, no un periodista recién salido de la universidad o incluso con diez años de experiencia en un periódico. ¿Y quién es el más preparado para valorar una película o una novela? Pues alguien que haya estudiado cine o literatura, así de sencillo. Si además posee nociones periodísticas (no hace falta ser un lince para tenerlas…) pues tanto mejor, pero en un gran periódico basta con que el supervisor, el encargado de sección, edite y ordene el material. No hace falta ser periodista para ello si tu jefe ya lo es.

He trabajado en algunos de los sitios webs más infectos, tóxicos y grotescos que el lector pueda imaginar, supervisado por los coordinadores más ineptos, paletos e ignorantes (algunos de los cuales no sabían ni escribir y me pedían a mí que les corrigiera sus textos…), he conocido personalmente a comentaristas de cine con grandes carencias de personalidad, a verdaderos mentecatos, y he tenido por comentaristas a hordas de bobos, a imbéciles de baba, auténticos intolerantes de las ideas ajenas que sólo sabían insultar y decir memeces. Pero eso es el mundo de los blogs. Lo patético es que en el mundo de los medios más destacados, la situación es prácticamente la misma. Sólo llegan los periodistas con amigos, con contactos, y siempre los más acomodaticios y benévolos con el poder, con el status quo y con esa idea de cultura parecida a una revista rosa. De cada 100 periodistas asalariados, sólo 1 parece dispuesto a decir las cosas como son. Y en la cultura (que no es cultura, la cultura es otra cosa, diablos) es muchísimo peor, pues el cine y la literatura no le interesa a nadie, y menos a los periodistas. Así de claro.

10 comentarios en “El fraude del periodista como crítico

  1. Todo está montado para que florezca la mentira y la estulticia y si te sales del guion eso es, sin lugar a dudas, un delito de odio hacia las élites caspañolas y sus esbirros y fuerzas y cuerpos de apaleamiento del Estado, así como tambien es obvio que si no tienes padrinos no te van a bautizar pero por contra si que te pueden estampar la cabeza contra la pila bautismal, forma parte de un complot para el aborregamiento global, ya solo nos faltaba la pandemia para que todo fuese mas alucinante haciendo del LSD un producto innecesario.

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      1. Cuando digo ‘todos’ me refiero a todos los que citas en tu artículo (en tus artículos, vaya); no a todo el mundo en general. Es cierto que se pueden extraer más conclusiones de lo que has escrito, pero, ésa, esa ingente cantidad de tontos, es muy significativa, muy llamativa.

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      2. Bueeeno, así mejor.

        No te creas, estoy seguro de que se pueden conocer a muchos más tontos en esta vida. En este país, por ejemplo, no cabe un tonto más. De vez en cuando alguno por ahí que merece la pena. Habrá que quedarse con eso.

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  2. Chapó por tu artículo. Creo en todo lo que dices. Ojalá hubiesen más profesionales en el medio con tus ganas y tu afán de hacer las cosas bien. Gracias por permitirme leer algo tan bueno

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