ENSAYO

La depredación del imperio más destructivo de la historia

Hitler y sus secuaces fueron vencidos. Pero el fascismo triunfó. Créame, amigo mío.

–George Carlin

A veces me acuerdo de aquel sencillo juego (sencillo en apariencia, luego tenía su cosa) llamado Stratego. En él se disponían las piezas en dos bandos opuestos, algo parecido al ajedrez, y en una guerra sin cuartel se enfrentaban dos ejércitos en los que había mariscales, generales, coroneles, tenientes, un espía… Con reglas muy diferentes al ajedrez pero con el mismo esquema general. Lo curioso de ese juego es que un ejército tenía las piezas azules y el otro tenía las piezas rojas. Y yo, a la sazón con diez u once años de edad, siempre elegía las azules porque me parecían los buenos, y nunca a las rojas porque me parecían los malos. Y esto no tiene nada que ver con el hecho de que el rojo es un color desagradable y violento para mucha gente. No era algo psicológico o visceral. Era algo propagandístico. A pesar de mi corta edad, yo ya asociaba a los rojos como gente mala (los indios americanos, los rusos…), y a los azules como gente buena (el séptimo de caballería, el mundo anglosajón), porque además de haberme tragado ya cientos de películas del Oeste, de cómics, de novelitas, también veía la tele, y era la época en la que el «telón de acero» se venía abajo, los rojos por fin eran vencidos y la libertad y la felicidad y los unicornios reinaban por doquier.

Pero el tiempo pasa, algunos (no todos, está claro), aprendemos muchas cosas, y el panorama cambia (el interior, no el exterior, ese no cambia nunca). Qué curioso pero ahora el rojo es mi color favorito (el que lea ‘La descendencia’ desde luego lo tendrá claro), ya no soy un niño de mente manipulable y he leído y visto suficiente mundo, me he formado y he crecido lo suficiente desde un punto de vista intelectual para ver las cosas como son. Aún hoy muchos consideran a Estados Unidos el país de las libertades, el mascarón de proa de la civilización occidental y poco menos que un paraíso en la tierra, salvo dos o tres problemillas internos que a lo mejor un día solucionan. Pero algunos ya estamos bastante seguros de algo bien distinto: que Estados Unidos es el imperio (no el país) más destructivo de la historia de la humanidad, responsable directo de al menos tres genocidios (los nazis, que se sepa, sólo llevaron a cabo uno, aunque contra varias etnias distintas, también es verdad) de forma directa, y de alguno más de forma indirecta, y que aunque entre sus ciudadanos, no me cabe duda, existen personas de gran humanidad, formación humanística o científica, aunque han conseguido grandes cosas en literatura, cine o ciencia, son lo que la humanidad, a nivel político, social y económico, debe evitar tomar como ejemplo si quiere sobrevivir al menos otros cien años más.

Y esto lo dice una persona que conoce a fondo su cultura y que considera el cine de Estados Unidos, sus series y su literatura entre las mejores (quizá no actualmente esta última, pero sí en otros momentos de la historia), más importantes y valiosas del mundo. Lo está escribiendo alguien que admira la capacidad y la fuerza de voluntad de estas personas en el ámbito de la ciencia y la innovación tecnológica. En realidad, todos conocemos bien una imagen, cierta imagen, cada vez más nítida o ajustada a la realidad, aunque nunca del todo, de los Estados Unidos. ¿Cómo no vamos a conocerlo? La gente no ve cine, la gente ve películas estadounidenses. La gente no escucha música, escucha canciones estadounidenses. La gente no lee libros, la gente lee libros estadounidenses. Y cuando no ve, escucha o lee películas, libros o canciones estadounidenses, la gente ve, escucha y lee canciones, libros y películas muy parecidas a las estadounidenses, incluso series o galas, incluso anuncios o artículos. Porque la maquinaria industrial de ese país se ha encargado de ello de manera sistemática, machacona y brutal desde hace décadas, hasta que el espectador-lector-receptor medio lo ha tomado como canon de las imágenes, los sonidos y las palabras que le rodean. Los tentáculos ideológicos, capitalistas, identitarios de Estados Unidos nos rodean por todas partes, hasta el punto de que nos olvidamos quienes somos, nos borramos de nuestra identidad y nuestra cultura porque todos queremos ser, siquiera sin saberlo, estadounidenses. Queremos ser como ellos, sin darnos cuentas de que eso nos lleva de cabeza al desastre.

Estados Unidos, sus élites (el estadounidense medio es tan noble o tan bobo, tan listo o tan tonto como cualquier ciudadano de cualquier país del «mundo civilizado»), son las responsables directas de tres genocidios contra tres etnias no caucásicas: los nativos norteamericanos, los negros y los japoneses. Y responsables indirectos (que es casi peor…) de por lo menos otro: el perpetrado contra los palestinos. Eso sin contar las contiendas contra iraquíes y afganos, o la guerra sucia contra países de Hispanoamérica, contra Rusia y otros lugares del ancho mundo. Va en su naturaleza. Son un pueblo guerrero, expansivo, colonial, casi tribal, esclavista, supremacista. Es su ADN, igual que el ADN de las élites francesas es la soberbia y la envidia, igual que el ADN del PP es que todo lo público es privado y por tanto la corrupción ha de ser la forma de actuación política. No lo pueden evitar. Y finalmente, si nada lo remedia, serán los responsables directos de la desaparición de la humanidad por el cambio climático, las guerras nucleares y el acaparar recursos del sistema solar sin tener en cuenta las consecuencias. Va en ellos, y va a más, década a década. Si el mundo entero fuera tan ferozmente capitalista como Estados Unidos necesitaríamos tres planetas del tamaño de Júpiter para absorber toda la mierda que lanzan a la atmósfera y la ciclópea necesidad de recursos energéticos de la que adolecen. Y si fuera por ellos, que a nadie le quepa duda, el mundo entero sería Estados Unidos.

Me pregunto por qué solamente se ha demonizado (y de manera inapelable, en ese caso) a los nazis por las atrocidades cometidas en la II Guerra Mundial contra millones de judíos, gitanos y otras etnias minoritarias residentes en Europa, cuando Estados Unidos, como venganza por el cobarde ataque de Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941 (en el que murieron 2.400 soldados), asesinó a 150.000 civiles japoneses en dos días con el lanzamiento de las bombas atómicas y de hidrógeno en Hiroshima y Nagasaki, que simplemente fue el colofón a bombardeos sistemáticos contra poblaciones desarmadas japonesas, masacrando a un 90% de sus habitantes, algo que muy poca gente sabe o quiere saber. Eso es un genocidio en toda regla de un pueblo vengativo y racista. El mismo que tuvo lugar contra los nativos americanos. No fueron «guerras indias», fue un sistema de exterminio muy bien armado del que pudo haber aprendido unas cuantas cosas Hitler, y ya documentado por numerosos historiadores de renombre (alguno de ellos estadounidense), en el que el ejército anglosajón barrió del mapa comunidades comanches, siux, lakotas, dakotas y nakotas de las grandes llanuras del hemisferio norte de américa, aniquilando a hombres, mujeres, niños y ancianos, promoviendo un mercado negro de cabelleras muy lucrativo en el que las mejor pagadas eran las cabelleras de los nativos. El mismo que tuvo lugar contra millones de negros esclavizados durante décadas en un sistema prácticamente medieval que sólo pudo ser abolido con una sangrienta guerra de cinco años de duración.

Y, en fin, el mismo que provee de armamento a Israel en su lucha por conseguir reconstruir Sión, o el Gran Israel, con sus asentamientos ilegales en territorios palestinos (qué trágico error cometió la ONU en 1947…), con su apartheid y masacres sistematizadas contra uno de los pueblos del mundo (y otros países árabes de la zona), con su artificial construcción del campo de concentración más grande del mundo (la franja de Gaza, con dos millones de habitantes ahí apiñados y sometidos a un régimen de terror interno y a otro externo), verdaderos terroristas de estado que emplean las atrocidades cometidas contra ellos por los nazis para cometer exactamente las mismas atrocidades, con el resultado de más de cien resoluciones condenatorias de la ONU por crímenes contra la humanidad… resoluciones vetadas, una otras otra, por Estados Unidos.

En el gran juego de ajedrez en el que se ha convertido el mundo, Estados Unidos arrasa por donde va. En comparación a sus élites, las de países como Rusia o China parecen amateurs. Los yanquis juegan a fondo y juegan sucio siempre, contándonos sus mentiras al resto del mundo (no fue para tanto la esclavitud, los japoneses eran muy crueles, los nativos americanos eran unos salvajes, los palestinos son todos terroristas) y el resto del mundo tragándoselo sin rechistar o bajo cuerda. Las élites de EEUU hostigan, presionan, engañan, manipulan, compran, corrompen… Lo quieren todo y no cejarán hasta conseguirlo. Su depredación es ilimitada, y ya incluso muchos artistas de EEUU empiezan a denunciar ese circo y ese fraude capitalista, en series como ‘The Wire’ o ‘Deadwood’, en películas como ‘Killing Them Softly’ (Dominik, 2012), en documentales y libros. Son malos, y lo saben. Y saben que quizá ya sea demasiado tarde para remediarlo.

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