ENSAYO

A los animales no se les toca

Desde hace algún tiempo, es decir, desde que mi interés por la ciencia en general y el espacio profundo en particular (con todo lo que eso conlleva de elucubrar si habrá otras formas de vida en el universo o cuán solos estamos en este absurdo derroche de espacio vacío…) ha crecido de manera exponencial, a menudo me hago la siguiente reflexión: si una forma de vida extraterrestre, que por ejemplo vagase de sistema en sistema, y de galaxia en galaxia, buscando algo tan efímero y tan poco común como la vida, se hallase ante un simple cactus y viera la forma en que lo despreciamos, o en que lo aniquilamos, quizá se sorprendería bastante. Incluso uno de esos pequeños cactus que ponemos en una maceta en miniatura y colocamos encima del escritorio como si fuese un objeto decorativo más, como si no estuviese vivo y por tanto fuera tan importante desde un punto de vista biológico.

Ni que decir tiene el modo en que se sorprendería viendo cómo tratamos a otros animales, no ya para alimentarnos de ellos (aunque también), sino en nuestra vida diaria. Cómo en lugar de aceptar que somos uno de ellos nos ponernos por encima, nos creemos sus dueños y por tanto estamos seguros de que están aquí para alimentarnos, divertirnos o acompañarnos, para emplearlos en trabajos de carga o de decoración, cuando no los maltratamos, los torturamos, los cazamos y los aniquilamos. Esa criatura inteligente extraterrestre, al ver esto, no tendría ninguna duda de que no somos una especie evolucionada, de que no es posible un intercambio fructífero de ideas o de culturas, y de que todavía tenemos mucho que aprender. Porque el ser humano, a pesar de sus avances científicos, de la exploración del sistema solar, de los conocimientos acumulados acerca de la vastedad inabarcable del universo, sigue mirando desde dentro (de sí mismo y del planeta Tierra) hacia afuera, en lugar de mirar desde fuera (desde el vacío y la negrura cósmica, desde la dificultad de que exista la vida) hacia dentro. Ese cambio ha de producirse, debe tener lugar cuanto antes.

No se trata de aplicarles a los animales una imagen mística (aunque yo creo que toda vida es mística, pero eso es otro tema para otro momento) o buenista, típica de hippies a los que la ciencia y la razón no les interesa ni las conocen, sino de establecer parámetros desde la racionalidad y el sentido común. Tampoco es cuestión de colocar a los animales en un altar, de proponer que son la perfección y la belleza absolutas, poniéndonos líricos. Es un asunto de simple respeto, por ellos y por nosotros mismos. Y si nosotros tenemos derechos, porque tenemos necesidades y sentimientos, ellos también los tienen. Y si nosotros aspiramos a una vida digna y libre, a pesar de problemas, enfermedades y muerte, ellos también. En el acto supremacista definitivo, que deja en pañales el que por ejemplo muchos caucásicos practican sobre negros o árabes, el ser humano se cree por encima, en derechos y atribuciones, que cualquier animal. Y haciendo esto nos llenamos de vergüenza y de degradación todos los días de nuestra vida. ¿Sabe el lector cuántos miles de millones de animales mueren al año para servir al ser humano?

Es fundamental dejar de alimentarnos de ellos, ahora que además estamos en disposición de crear alimentos que suplan la por otra parte bastante cuestionable necesidad proteínica de nuestra especie. Debo confesar que yo, de cuando en cuando, aún como carne animal, lo que sin ninguna duda me hace sentir un falso y un canalla. Pero por lo menos lo sé, o eso quiero decirme. Los animales, sobre todo los que viven en libertad en bosques, selvas, llanuras, océanos o montañas, no tienen más remedio que alimentarse, en muchos casos, de otros animales. Pero nosotros no tenemos ya esa obligación. Nosotros disponemos de alternativas. ¿Sabe además el lector que la industria cárnica es la principal fuente de contaminación mundial y por tanto del cambio climático? La historia, si es que vivimos otros doscientos o trescientos años y dejamos de asesinar animales, nos juzgará. Y nos juzgará como los monstruos que en realidad somos, que fuimos. Llevamos siglos juzgándonos por los crímenes contra la humanidad misma, las guerras, genocidios y asesinatos masivos que cometemos contra otras personas. Pero lo que hacemos con los animales, es muchísimo más monstruoso, porque ellos son inocentes, porque ellos no pueden defenderse de la criatura más mortífera y despiadada que ha pisado jamás este planeta.

Afirmo sin ningún temor a equivocarme que asesinar a un animal a sangre fría es muchísimo peor que asesinar a un niño. Quien haya escuchado el llanto de un niño se siente compelido por él, porque compartimos genética y nos identificamos de manera intuitiva. Sabemos lo que le pasa o lo sospechamos, y le ponemos solución a corto plazo. Pero quien haya escuchado el lamento, la agonía, de un gato, de un perro, de un caballo o de cualquier otro animal, especialmente si es un animal con el que comparte su vida diaria, siente un desgarro interior que es difícil de describir. No sabemos, en muchos casos, lo que le sucede o le hace sufrir, no tenemos idea de cómo ayudarle, y eso es absolutamente desolador. Ver sufrir a un niño, o a una persona adulta, no es plato de buen gusto para nadie (aunque algunos sin duda han llegado a merecérselo), pero ver sufrir a un animal por el que sentimos afecto, y en algunos casos a uno al que vemos por la calle o en televisión, es una de las cosas más insoportables que existen. Y ellos jamás han llegado a merecerlo. No poseen la inteligencia abstracta suficiente como para merecer ningún tipo de castigo o de infortunio. Son la imagen perfecta de la inocencia.

El que convive con un perro o con un gato, u otro animal, lo considera una parte de su familia, y tan importante como su padre, su hermano, su madre o su abuelo. Cuando sufre, le conmueve de la misma manera a como lo haría si sufriera un miembro familiar de la especie humana, y cuando muere la sensación de pérdida es idéntica a lo que se siente cuando muere tu hermana o tu madre. Esto es algo incomprensible para muchos que nunca han tenido animales en casa, pero que irónicamente empiezan a experimentar en cuanto adoptan a uno. No los consideramos nuestras mascotas, ni nos consideramos sus amos (en el caso de los gatos más bien diríamos que el amo es él…), sino nuestros amigos, nuestros compañeros de viaje. Y de pronto algo nace en nosotros… una compasión que no conocíamos, una comprensión del dolor ajeno que antes pensábamos que teníamos asumida y que en realidad nos estaba vedada. La compasión hacia ese pequeño animal que anda por ahí husmeando, rascando, zascandileando, correteando, saltando, explorando, ronroneando, restregándose o acicalándose. Te sientes responsable de él, quieres protegerle, anhelas su seguridad y su bienestar aunque en ese momento te esté horadando la piel a mordiscos o arañazos.

Al verle, tan pequeño, comprendemos en verdad lo pequeños que somos nosotros también, lo frágiles, lo efímeros. Él nos está enseñando a ser más conscientes, más sabios, más racionales, y menos románticos, idealistas o supremacistas. Tener animales cerca no es un derecho, ni una necesidad. Es un privilegio que hace mejor nuestras vidas.

Estoy completamente de acuerdo con la afirmación de que la revolución que la humanidad tiene pendiente será feminista o no será. Pero después de esa, o al mismo tiempo que esa, tendremos pendiente otra revolución: liberar al reino animal del yugo con el que le oprimimos. Y de esa revolución depende, me temo, la pervivencia de la especie humana a largo plazo. Cuanto antes llegue esa revolución, antes nos libraremos de la indignidad de seguir sosteniendo ese yugo, antes evolucionaremos a mejores y más elevadas formas de pensamiento y relación con la naturaleza. Porque los animales se merecen ya, después de haberles aniquilado por todo el planeta, que les dejemos en paz. Porque cuando le miras a los ojos, cuando le ves caminar, cuando simplemente está a tu lado ese animal amigo tuyo, percibes eso que ha perdido ya todo su significado cuando se le aplica al ser humano, pero que en ellos permanece intacto aunque sean cazadores o carnívoros: percibes benevolencia, afabilidad, compañerismo. En una palabra, bondad.

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