ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA, TELEVISIÓN

Lenguado o procedencia dudosa

Una de mis escenas favoritas en esa película bastante digna que siempre fue ‘Demolition Man’ (Brambilla, 1993) –que sí, que podría haber estado mejor, sobre todo en su segunda mitad, y haber llegado más lejos, pero que tiene más cosas que ofrecer que otros filmes de su clase– es esa en la que el héroe, Stallone, pide una hamburguesa hecha en las alcantarillas, y después de empezar a masticarla le advierten que por allí no hay ninguna vaca, por lo que la procedencia de esa carne es dudosa. A su pregunta de qué tipo de carne es aquella, la cocinera le responde sin titubeos: «es carne de rata, señor». Pues a menudo me siento como ese personaje que advierte que por allí no hay ningún vacuno del que pueda proceder la carne.

A veces algunos me preguntan el por qué de mi animadversión a ciertos individuos que un día decidieron ponerse a escribir, emulando a sus héroes, ya fueran esos héroes Joseph Conrad, Herman Melville, Julio Verne, Stephen King o Alejandro Dumas, cuando al parecer, según dicen, no hacen daño a nadie, a mucha gente (incluidos críticos) les gusta y les convence lo que hacen, y yo quedo como algo así como un frustrado, o un envidioso, o un pedante… y otras cosas que nunca he entendido que me puedan llamar. Todo a cuento, claro, de que en cuanto tengo ocasión y me brindan la oportunidad, digo lo que pienso de «bestsellerados» como Arturo Pérez-Reverte, Juan Gómez-Jurado, Javier Castillo, Javier Sierra, Carlos Ruiz Zafón, Ildefonso Falcones y gente así, como si a mí fuera a reportarme algo el decir lo que pienso de todos ellos (nada bueno, por supuesto), cuando quizá lo que me valdría es hacer lo que la mayoría de ellos: ganarme dudosas amistades, babosear en las redes sociales, escribir ordinarieces, llamar la atención con chorradas, y un largo etcétera.

Pero es que no me gusta que nos tomen por imbéciles, ni que se acepten las cosas sin más, sin luchar ni protestar ni hacer absolutamente nada. Yo lo veo de la siguiente manera: alguien, no voy a decir quién (porque tampoco lo sé con certeza) ha cogido el menú de la literatura, sea ésta alta literatura, literatura artística, o literatura de cualquier clase, incluso de la más deleznable, ha cambiado los precios, lo ha colgado en la conciencia popular (sobre todo la española) y la gente se lo ha tragado sin más. Recuerdo hace algunos años, quince o veinte, que a nadie en posesión de sus facultades mentales se le hubiera ocurrido calificar de buen libro a uno de Ken Follett o de Katherine Neville. Meros pasatiempos, sin más, de los que te compras en el aeropuerto o en la estación de autobús y que cumplen la misma función que el cómic de humor o la película insustancial que veías en el viaje. Bien, pues Ken Follett o Katherine Neville son verdaderos artistas de la palabra, verdaderos magos narrativos al lado de estos escritores patrios que he nombrado y muchos más, porque por lo menos aquellos no engañan a nadie, eso en primer lugar, y en segundo no entregan torpezas o naderías o idioteces a cambio de dinero.

Que escritores tan malos, tan incapaces de urdir bien un argumento, de escribir un diálogo en condiciones, de crear personajes creíbles y duraderos, de armar tramas con un mínimo de ingenio, de tener un estilo, una expresividad, una mirada, una personalidad, de desarrollar una prosa literaria que entronque de alguna manera con sus predecesores, sean tan leídos, y vendan millones de libros, y se hagan ricos, a mí la verdad es que me da lo mismo. Y quien no me quiera creer que no me crea. Para la mayoría de escritores (y para todos los nombrados sin excepción) eso de escribir consiste en firmar libros ante una cola, sentirte importante y atiborrarte de narcisismo, mientras desprecias a todo aquel que de verdad tiene algo que decir y que incluso te cuestiona. De verdad que me da igual que estén forrados. A mí lo que me jode son dos cosas: en primer lugar la arrogancia que despliegan allá por donde van (a veces disfrazada de una nauseabunda falsa modestia), y en segundo lugar que pretendan que ellos son los verdaderos escritores, ya que venden más que nadie y algunos (pseudo) críticos (es decir, la mayoría) digan que su trabajo es válido. En otras palabras: no solamente quieren copar las grandes superficies, ganar millones de euros y sentirse importantes, encima quieren convencernos de que sus libros son alta literatura y que se merecerían cualquier premio que les cayese, ya sea el Cervantes, el Nacional o el ser un académico de la lengua.

Y por ahí sí que no.

Además (si puedo añadir una tercera cosa) estos «bestsellerados» que encima quieren convencernos de que son buenos escritores, tienen la costumbre de opinar sobre todo y de crear opinión en los demás. Es decir son intelectuales. Es decir, son influencers. ¿A santo de qué? Pero el Pérez-Reverte y el Gómez-Jurado se pasan la vida opinando sobre absolutamente todo (arte, política, sociedad, cine, literatura, series, historia) como si tuvieran autoridad para hacerlo, sintiéndose refrendados por sus cientos de miles de seguidores en twitter y por ese desaforado narcisismo que parece hacer presa de casi cualquier escritor de éxito.

Pero ellos no son, nunca serán, LITERATURA. Primero porque no la entienden, segundo porque no la conocen, tercero por que no les interesa y cuarto porque nacieron incapaces de poder crearla. Pérez-Reverte, Gómez-Jurado, Castillo, Falcones, Zafón, Grandes, de Prada, Marías… toda esta panda, y unos cuantos más, son unos escritores PÉSIMOS. Y lo mejor de todo es que lo saben. Créame, amigo lector, lo saben. Cada vez que miran a uno de sus lectores, lo saben. Cada vez que les hacen una entrevista, lo saben. Cada vez que entregan un libro al editor, lo saben. Lo saben perfectamente, y lo saben todos los que de verdad conocen la literatura. Conocen la diferencia entre un lenguado y una hamburguesa del McDonald’s, la que existe entre Gonzalo Torrente Ballester y Pérez-Reverte. Lo saben perfectamente. Todos lo sabemos, pero no nos daremos cuenta hasta dentro de mucho tiempo, cuando comprendamos la vergüenza que supone haber encumbrado y haber hecho ricos y famosos y celebrados e influencers a estos individuos.

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CÓMIC, CINE, LITERATURA, MÚSICA, TELEVISIÓN

El cañón del revólver (VI)

Viendo que el pasado viernes los de Todopoderosos, después de dedicar tres programas seguidos a Alfred Hitchcock (y los que te rondaré, morena), después de haber hablado ya de escritores como William Shakespeare, Roald Dahl, Richard Matheson, de guionistas de cómic como Alan Moore, después de haber discutido, mayoritariamente, sobre multitud de directores anglosajones, han hecho un programa sobre Charles Dickens. Por supuesto que son muy libres de hacer lo que les dé la gana. Faltaría más. Pero yo me pregunto por qué en lugar de hacer un programa sobre Dickens, ya que hablaron de Shakespeare no hacen otro programa por ejemplo sobre Cervantes, o sobre Quevedo, o sobre Lope de Vega… o sobre el Siglo de Oro español para hacer las cosas más fáciles. Supongo que eso vende menos. En realidad, la mayoría de los podcasts son iguales: películas americanas, escritores anglosajones. Puede que sea más difícil, claro, pero dado que el internet te provee de todo lo que necesitas para paliar tus lagunas competenciales, no hay excusa para estar hablando siempre de las mismas cosas y nunca hablar de la literatura más importante del mundo.

Hablando de Alan Moore, en ‘V de Vendetta’, un cómic y una película bastante decentes por cierto, se nos presentaba un mundo distópico que cada vez se parece más al nuestro, en el que líderes populistas, reaccionarios y dictatoriales establecen un estado policial en el que reprimir las ideas más progresistas y con el que perpetuarse en el poder. Si Alan Moore viera la situación de Madrid, quizá se sonreiría pensando que lo ha clavado: con Ayuso convertida prácticamente en el canciller Adam Sutler, con los fascistas de Vox convertidos en sus aliados para mentir, insultar, atacar, amenazar, agitar el odio en la calle, con pandemias y crisis que el gobierno de la ciudad emplea para sus propios intereses y experimentos capitalistas. Una vez más Madrid es el mayor foco de fascistas encubiertos (o no tan encubiertos, en muchos casos) de Europa entera, con gente como la Le Pen o como los radicales holandeses convertidos en meros aprendices de brujo al lado de la dama de hierro madrileña. Pero es posible que a Ayuso no le salga tan bien la jugada como ella pensaba en un principio. Y por eso se están poniendo nerviosos, y por eso es posible que cometan algún error grave que les haga arrepentirse de haber convocado elecciones en un momento como este.

No creo que sea nada sorprendente que el Grupo Planeta (con o sin los 14,5 millones que les ha regalado Ayuso…) se dedique a publicar a un escritor, músico y poeta tan nefasto como Marwán, cuya ficha en la web de la editorial es de obligada lectura por lo cursi y lo zafia que resulta… por cierto que es lo mismo que ponía en su entrada de Wikipedia, y que yo, como buen samaritano borré en mi calidad de editor y cambié por una entrada más digna, ya que la wikipedia no es otro lugar de promoción para nadie (impagable eso de «fruto del amor de sus padres»…)…una entrada que por mucho que busco para adjuntarla aquí, no la encuentro… igual la han borrado, vete a saber. En cualquier caso, los de Planeta, Alfaguara y las grandes editoriales en general no pueden permitirse publicar a grandes escritores, a escritores prometedores, a escritores literarios, porque se arriesgarían a quebrar, ya que nadie lee nada de eso. Lo único que pueden hacer es publicar a pseudo-poetas como Marwán, capaces de escribir memeces como esta: Se enamoraron nada más mirarse/Él venía dolido de otro cuerpo/Ella creía saber cómo domarlo/Él resolvió ser distante para gustarle/Ella que él debía ser quien diera el primer paso/Ambos esperaron a que fuera el otro quien hablara/Y así fue el amor más bonito de la historia… y sentirse poeta.

Muy bonito el Día del Libro y todo eso, con un (¡impresionante!…) diez por ciento de descuento en La Casa del Libro a sus socios, por la que me pasé el viernes para ver si había algo que llamara mi atención. Y de hecho lo había: una cola de decenas de personas con libros de Javier Castillo, Pérez-Reverte, Javier Sierra, Almudena Grandes o Gómez-Jurado bajo el brazo… y no pude evitar acordarme de ese maravilloso episodio de ‘Los Simpsons’ en el que Homer, convertido en guardaespaldas del corrupto alcalde de Springfield, averiguaba por casualidad que la leche que se vende a los colegios de primaria es leche de rata, y luego iba corriendo a la escuela y al ver que todos los chavales bebían leche de rata le daban ganas de vomitar… Me imaginé a mí mismo, por pura diversión, corriendo a la cola y arrebatando los libros a esas pobres personas engañadas, y luego reducido a palos y llevado a comisaría (como es lógico), fuera de mí como el protagonista de ‘Invasion of the Body Snatchers’, con camisa de fuerza incluida, pero en lugar de gritar «¡es leche de rata!» o «¡ya están aquí! ¡Eres el siguiente!», yo diría «¡son libros de mierda, que alguien me escuche!»… Hay que ver lo que da de sí la imaginación de Adrián Massanet…

Por fin nuevo disco de gente tan magnífica como ‘London Grammar’ o ‘Love of Lesbian’… Del primero me gustan bastantes más canciones que del segundo, aunque como siempre se trata de escucharlos bastante hasta tener una idea un poco más ajustada o ponderada. Es el problema de una espera larga para un nuevo trabajo de dos grupos que me gustan tanto. Pero… ¿no sucede que no podemos oír ni leer nada de grupos que han formado parte de nuestra vida, aunque estemos de acuerdo con lo que oímos o leemos? La música, mucho más que la literatura, las series o el cine, forma parte de nuestro ser, casi de nuestra identidad. Nos pertenece de manera individual. Y precisamente creo que por eso la crítica musical es mucho más profesional e interesante (casi siempre) que la cinematográfica o la literaria, porque saben que juegan con fuego, y quizá por eso, y porque tenemos (en general) más claro lo que significa la buena música que la buena literatura o el buen cine, los habitualmente deleznables críticos literarios y cinematográficos deberían aprender de ellos. Pero no lo harán, y seguiremos teniendo a los mismos incompetentes de siempre contándonos qué películas y qué libros les gustan a ellos.

Último proyectil de los seis: ¿me quiere explicar alguien qué demonios es eso de «hater»? Porque es una expresión que leo en todas partes, y a veces me la dedican a mí, y me da la impresión de que se usa para designar a todo aquel que, más que odiar, lo que hace es tener un pensamiento propio, y no dejarse llevar por la corriente de opinión generalizada, y posee un pensamiento crítico o analítico. Y porque si hablamos de odios, se me quedaría pequeña la palabra «hater»… lo mío no son aversiones, ni animadversiones, ni antipatías, lo mío es odio con todas la letras, y un odio que casi me hace sentirme feliz, como cuando dicen eso de que «este año ha habido un Óscar latino», para referirse al hecho de que un maquillador hispano (español o hispanoamericano), o un diseñador de producción, o un diseñador de sonido, se ha llevado la estatuilla… o como cuando dicen eso de «la antesala de los Óscar»… o esa gente que arrastra los pies cuando camina por la calle, y además lo hacen detrás de ti… o esa gente que en el metro no sabe ponerse la puta mascarilla y deja la nariz fuera… o esa gente que para lo único que tiene un perro es para dejarlo solo en casa toda la maldita tarde, aullando y ladrando y molestando a todo el mundo… ¿Qué es eso de «hater»? Háganme el favor e inventen palabros más apropiados …»Óscar latino», eso debería estar penado con cuarenta latigazos en la plaza del pueblo.

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ARTÍCULOS, CINE, LITERATURA

Escasos narradores verdaderos

Volviendo a ver esa paupérrima, pasmosamente torpe película que fue ‘Terminator génesis’ (‘Terminator Genysis’, Taylor, 2015) me acuerdo de aquel artículo, un tanto deslavazado, que escribí hace casi un año y medio (cómo pasa el tiempo…), en el que intentaba desarrollar una serie de ideas, yo creo que bastante válidas pero no muy bien argumentadas, acerca de la dificultad en la creación de películas (y de cualquier obra narrativa en general), y de cómo algunos profesionales de esto del cine y la televisión, muy bien pagados y muy considerados por la industria, se encuentran con verdaderas dificultades cuando toman los mandos de ciertos ambiciosos proyectos que otros empezaron antes que ellos para entregar una cinta medianamente solvente. Y hoy, que por casualidad me he encontrado con esta deleznable peliculita, de la que he revisado algunas escenas, regreso a esas ideas con nuevas energías para volver a desarrollarlas con algo más de fortuna, con la esperanza de explicarlas y argumentarlas mejor, y es que algo de bagaje y de crecimiento intelectual tiene que otorgar el escribir todos los días sin descanso.

El caso de Alan Taylor es bastante paradigmático, porque su contundente fracaso en cine, tanto con ‘Terminator Génesis’ como con ‘Thor: The Dark World’, que no dudo que a algunos les convencerían y hasta las parecerían aventuras muy vistosas, pone un debate sobre la mesa que a mí me sorprende que casi nadie haya tenido interés en analizar: la escasez de verdaderos grandes narradores en cine y en literatura, que en mi opinión no es sólo una seña de estos tiempos extraños que vivimos, sino que es algo común, algo que salvo épocas excepcionales y prolíficas en grandes creadores es la norma, es lo ordinario, por mucho que los medios de comunicación, los periodistas y (pseudo)críticos cinematográficos y literarios, necesiten buscar y construir otra imagen de la realidad, en la que al parecer estamos rodeados de magníficos creadores en todos los ámbitos, grandes mentes y grandes maestros estrenan películas y escriben libros geniales cada mes y cada semana, y no nos da tiempo con tantas series increíbles, y con tantos peliculones y tantas novelas impresionantes. Pero si de verdad usamos la inteligencia y el sentido común veremos que no, que nada de eso es cierto, y que los verdaderos grandes creadores se descubren, paradójicamente, por comparación a la mediocridad que preside casi todo lo que se estrena y casi todo lo que se publica.

Volvamos a Alan Taylor. El hombre, tal como ya dije en el anterior artículo, ha dirigido episodios, y episodios muy importantes, nada menos que de ‘Deadwood’, ‘Juego de tronos’, ‘Los Soprano’, ‘Mad Men’, ‘En terapia’… algunas consideradas entre las mejores de la historia. Por lo que, por lógica, él debería ser un elemento fundamental de ese éxito… sólo que no lo es. Porque luego le dan todos los medios del mundo, le ponen en bandeja dos caballos ganadores (o supuestamente ganadores), como un filme de la franquicia Terminator y otro de la franquicia Marvel, y uno esperaría la perfección narrativa de la serie sobre Tony Soprano, de la serie sobre las novelas de Martin. Y no, obtenemos dos filmes bien hechos técnicamente desde el punto de vista de la fotografía, la planificación, la música, los efectos especiales, pero narrativamente muy pobres, sin garra, sin personalidad. Ni siquiera encontramos en estas dos películas la perfección de los actores de la serie de David Chase o de David Milch. ¿Qué está pasando aquí? ¿Es que Alan Taylor atontó de repente? No. Lo que sucede es que es un simple técnico, no un narrador.

‘Deadwood’, ‘The Sopranos’, ‘Game of Thrones’, ‘The Wire’, ‘Six Feet Under’, ‘Chernobyl’, son grandes creaciones, situadas entre las mejores de la historia, no por sus directores (a la vista está), sino por la mente que está detrás de todo, los llamados «showrunners’, que escriben la serie y controlan cada aspecto de la producción con mano de hierro y con libertad total por parte de HBO. Los directores de los episodios son unos mandados, que hacen lo que les dicen, se limitan a filmar el material de manera esquemática, y poco más. Quizá existan, de hecho existen, directores que pueden aportar algo más, alguna idea, algún plano, un poco de su personalidad (pienso en Cary Joji Fukunaga, que hace maravillas en ‘True Detective), pero son los menos. Y dudo que Taylor sea uno de ellos. Simplemente es un tipo en el que podían confiar para conseguir lo que querían y punto. Claro, cuando Taylor vio que participaba en creaciones tan importantes, se sintió capaz de triunfar en cine, pero eso no es tan fácil como probablemente él pensaba. Volvamos a ‘Terminator génesis’: más allá de que el guion es una majadería sin pies ni cabeza, Taylor se muestra como un realizador torpe, un pegaplanos sin la menor fuerza expresiva, un director de actores incapaz, un «organizador» del material fílmico insustancial en sus intenciones e inane en sus resultados.

Claro, no es tan fácil ser James Cameron. Tipos como James Cameron son muy raros en este mundo. Cuando otros intentan ser como él les sale ‘Pearl Harbor’, uno de los filmes más deleznables de los últimos veinte años, en el que Michael Bay supongo que se pensaba que estaba haciendo algo parecido a ‘Titanic’. Cameron es un narrador nato, uno de los pocos verdaderos, que con muy escasos medios es capaz de hacer monstruosidades como ‘The Terminator’ y ‘Aliens’, que aún no han sido superadas ni en sus respectivas franquicias ni en su género o clase de películas. Pero no me refiero, como es lógico, a los efectos especiales, la capacidad de crear un mundo epatante y espectacular. Aquí hablamos de narrativa, de esos resortes secretos (en realidad no tan secretos, sólo hace falta fijarse con detenimiento o permitir que alguien versado en estas cosas te explique dónde se encuentran esos resortes) que diferencian a un filme o a una novela del montón, o a una obra narrativa tendenciosa, de una gran obra, una que atesore cualidades narrativas puras, de corte de montaje, de construcción, de diálogos, de dirección de actores, de creación de personajes nítidos y duraderos. Aspectos para los que Alan Taylor, que tiene la grandísima suerte de haber dirigido algunos episodios de las más grandes series de la historia, está incapacitado. Porque él, y otros como él, no son narradores, son técnicos.

Es la mente que está detrás la que cuenta, y muchos directores estrella, o novelistas supuestamente brillantes, no tienen esa mente. La mente para definir el corte de montaje, para elevar el trabajo de determinado actor, para entender el mundo complejo de una novela, de sus intenciones expresivas. Y un narrador nace para ello, no se hace. Pero supongo que ese es tema de otro ensayo.

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CINE, ENSAYO, LITERATURA, TELEVISIÓN

Bajo la piel

Cuando hace algunas semanas escribí aquí acerca de los fundamentos críticos ante una obra narrativa, me referí a ese «para qué» tan fundamental, que a menudo es difícil de aprehender o de describir, y que es el verdadero motivo por el cual el artista, el narrador en cuestión, cuenta esa historia concreta de esa manera en concreto, y no otra historia ni de ninguna otra manera. Ese «para qué» crucial, bajo mi punto de vista (con el que tiene que hacerse el crítico o traductor crítico de la obra) que es el que anida, el que se aloja en lo más profundo de la estrategia narrativa y de las capas y capas de decisiones estéticas, entre kilates y toneladas de miradas y andamiajes parcialmente ocultos. Un concepto que una vez el crítico de turno, siempre el más perspicaz, lo desvela, todo el mundo corre a imitarle y a asegurar que ya lo había visto desde un principio sin que nadie se lo dijera. Ese «para qué» del que carecen tantas obras supuestamente grandes y del que gozan tantas otras supuestamente pequeñas o raras o extrañas o poco apreciadas por el gran público. El que espera del crítico/forense para ser desvelado, o para serlo al menos en parte, a la espera de que medio siglo o un siglo y medio después otro crítico/forense descubra otro «para qué» o uno aún más escondido y profundo al que nadie había accedido hasta entonces, y todos los demás corran a repetir la misma idea.

Podríamos decir que las películas o novelas menos interesantes son las que se quedan en lo ficcional, en la peripecia, como un fin en sí mismo. Pueden estar hechas y escritas de manera deslumbrante, pero al final algo nos falta, algo no acaba de convencernos. Las olvidamos deprisa y no nos dejan poso. La verdadera narrativa, la grande, es un sofisticado artefacto diseñado, precisamente, para dejarnos huella, para provocarnos una reacción emocional/psicológica/intelectual, para dialogar con nosotros desde múltiples niveles, que bajo ningún concepto puede dejarnos indiferentes ni ser un mero pasatiempo. Las películas y novelas que se ven fácil y se olvidan pronto no son narrativa per se, sino un simulacro de narrativa, un fingimiento, y sus perpetradores no son narradores sino unos falseadores que dan gato por liebre más veces de lo que algunos se imaginan. Esos son los que se quedan en la superficie de las cosas. Pero también se quedan muchos espectadores y críticos, los receptores de la obra, en el soporte que sea, cuando no acaban de entender lo que tienen delante, ni saben valorarlo más allá de su mera apariencia. Y eso es igual de grave, porque demasiadas veces tenemos por fin a un verdadero narrador delante y el espectador no es capaz de trascender más allá de su apariencia inmediata, y aún el crítico se revela impotente para describir la verdadera naturaleza de lo narrado.

Quedarse, por ejemplo, con que ‘Meridiano de sangre’ (‘Blood Meridian’, McCarthy, 1985) es un relato gore acerca de las correrías de un grupo de mercenarios en 1849 y 1850 es no entender nada de nada. Lo mismo que si decimos que ‘Titanic’ (Cameron, 1997) es un «Romeo y Julieta en el mar», o que ‘Brokeback Mountain’ (Lee, 2005) es una historia de amor homosexual. Es hasta cierto punto normal que el espectador medio no tenga intención de ir más allá, pero es oficio y misión del crítico desvelar la verdadera naturaleza del filme o de la novela y exponerla al lector o al oyente de su crítica. Ese es su trabajo, y no otro, desde luego mucho más importante que poner estrellitas o que decir que esa película es «una obra maestra» o que esa novela es «un poco floja». Hay que mirar más allá de la piel, hay que bucear en aquello que tenemos delante de los ojos, desactivar el mecanismo narrativo y usar la inteligencia. Decir que ‘El Quijote’ es «una parodia de las novelas de caballerías» (sea eso lo que sea) o que ‘Moby Dick’ es «una novela sobre la caza de la ballena» o que la ‘Divina Comedia’ es un poema sobre el infierno, el purgatorio y el cielo, dice a su vez muy poco del que lo afirma. Por supuesto se puede decir: en la barra de un bar, en casa con los amigos o en un blog de aficionados, pero no si se quiere llegar al fondo de las cosas, si se quiere efectuar un análisis forense.

Cuando la narrativa es grande y memorable descubrimos, enseguida, si realmente nos lo proponemos, que la historia, la hojarasca narrativa, por muy apasionante que sea, no es más que una excusa, y que está puesta allí con un doble propósito: primero para llevarnos por un camino casi siempre tortuoso hasta el núcleo, el corazón narrativo, y segundo para confundirnos a las primeras de cambio y para aturdir a las mentes menos exigentes y menos dispuestas a recorrer ese camino, invitándolas a la salida sin descubrir ese corazón narrativo. Decir que ‘The Walking Dead’ es una serie apocalíptica sobre zombis no es decir nada, igual que decir que ‘El padrino’ es una película sobre la mafia italiana, y que ‘El espíritu de la colmena’ es un filme sobre la infancia. En realidad ‘The Walking Dead’ es una serie por entero construida en torno a una idea: la pérdida. La pérdida de un ser querido, lógicamente. Y toda ella, toda su estrategia, sus «arcos» argumentales (qué poco me gusta esa expresión…) giran y se configuran en torno a esa idea. Ese es su «para qué», del mismo modo que ‘Moby Dick’ es una novela sobre la obsesión (la de Ajab, sin ir más lejos, pero también las de todos los demás, y la de la propia ballena) y sobre nuestra relación con Dios. Así mismo, ‘El Quijote’ no puede ser una parodia sobre las novelas de caballerías, porque cuando se escribió hacía mucho tiempo que habían pasado de moda… la novela de Miguel de Cervantes es una vasta creación intelectual (Viñó), edificada, al igual que la ‘Divina comedia’, para ser una crítica de su tiempo y una compilación de las técnicas narrativas y poéticas de su género.

Y por supuesto ‘Brokeback Mountain’ es un filme sobre la soledad, y ‘Titanic’ es un filme sobre la forma en que cada uno elige enfrentarse a la muerte. Bastaría con poner unas pocas secuencias o capítulos de cada uno de estos ejemplos para demostrar mi análisis forense (y alguna vez he hecho cosas parecidas), y cuando escribo críticas en ‘Cinema & Letras’ expongo precisamente el «para qué» lo mejor que sé y que puedo, porque en caso de no hacerlo o de no tener bastante claro ese para qué no me tomaría el tiempo (ni se lo haría perder al lector) escribiéndolas.

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ARTÍCULOS, CINE

El relevo del cine estadounidense

Este es uno de esos artículos en los que, si el autor hace pleno, cinco o diez años después, se pasa los siguientes diez o quince años alardeando de cuánta razón tenía y lo inteligente que es… pero que si no da ni una, o acierta muy poco, se pasan ese tiempo, y mucho más, recordándole que no tiene ni idea y que lo de hacer cábalas mejor se los deje a otros.

Porque con él voy a intentar dejar por escrito los que yo creo que van a convertirse en el inevitable relevo de los más grandes cineastas estadounidenses de la actualidad, cuando por desgracia dejen de trabajar definitivamente, por motivos de salud o de fallecimiento, los Scorsese, Coppola, Lynch, Malick, y los que vienen después de ellos, es decir los Van Sant, Jarmusch, Cameron, Fincher y otros grandes que ya frisan los sesenta o hace tiempo que entraron en esa década de vida.

Pero no es mi intención hacer un listado de las jóvenes promesas que a lo mejor han hecho un largo o algunos cortometrajes deslumbrantes… eso es trabajo de los festivales de cine como Sundance y de los jurados que premian o que sancionan. Lo que voy a hacer es nombrar a un ramillete de cineastas que ya ha destacado, bajo mi punto de vista, y que por tanto tienen todas las papeletas de seguir destacando y de formar parte de una generación que siga llevando el timón al menos en el cine de autor o independiente (que no es lo mismo…), siempre teniendo en cuenta que el gran Paul Thomas Anderson, que ahora mismo tiene cincuenta años, será el que los lidere a todos en un futuro, porque sigue siendo el que más y mejor se ha alimentado del sustrato narrativo y conceptual de los grandes cineastas de los años setenta, y el que será por edad el mayor de todos ellos.

Aquí los nombres:

Jeff Nichols
Sam Levinson
Cary Joji Fukunaga
Barry Jenkins
Chloé Zhao
Edgar Wright
Mike Flanagan
Robert Eggers

El primero es inapelable porque de todos los nombrados es el que ya ha conseguido una carrera más robusta, a pesar de haber dirigido sólo cinco largometrajes (Shotgun Stories, Take Shelter, Mud, Loving, Midnight Special), pero su talento, su personalidad, ya ha quedado del todo refrendado en todas ellas, así como su crecimiento como cineasta. Si hay alguno que en un futuro pueda tomar el relevo de Paul Thomas Anderson y que lidere su generación, es él.

Luego yo pondría a Sam Levinson y Cary Joji Fukunaga, que han demostrado sobre todo en televisión el inmenso potencial que pueden llegar a explotar en futuras películas. El primero con la deslumbrante, pasmosa primera temporada (pronto tendremos la segunda) de ‘Euphoria’, y el segundo con la primera temporada (las posteriores no han sido dirigidas por él y no han estado a la altura) de ‘True Detective’, la serie creada por Nic Pizzolatto a la que Fukunaga dotó de una clase y un estilo visual que sólo se puede calificar de apabullante. Pero Fukunaga ya hizo un buen trababajo con la sólida y terrible ‘Beasts of No Nation’ (2015), y ahora tiene pendiente de estreno el último Bond, paralizado por la pandemia. Se entiende que haya aceptado hacer un gran título comercial, que quizá le asegure una continuidad de trabajos en esta década.

Podemos nombrar también a Barry Jenkins, cuya estupenda ‘Moonlight’ (2016) se llevó el Óscar contra todo pronóstico, y a la chino estadounidense Chloé Zhao, que este año tiene todas las papeletas de convertirse en la segunda directora en ganarlo (tras Kathryn Bigelow) por su contundente ‘Nomadland’. En las últimas décadas el Óscar no ha dado buena suerte a sus receptores, pero todo puede cambiar. Ambos han sido ya captados por la maquinaria comercial de su país (la segunda para dirigir otro título Marvel y el primero para la que dicen será una precuela de Lion King), y esperemos que de nuevo sea como en el caso de Fukunaga, para asegurarse una continuidad que les permita proyectos má spersonales.

También se espera con curiosidad el próximo trabajo del británico Edgar Wright, que va a titularse ‘Last Night in Soho’. Es Wright algo parecido a un pequeño Scorsese aunque bastante más frívolo y sin la densidad conceptual de aquel. Quizá ha llegado el momento de su madurez como autor, aunque esperemos que no pierda la ironía que ha caracterizado su eufórico cine.

Y para terminar, dos de los que ya han triunfado desde un punto de vista narrativo aunque quizá no tanto a la hora de trascender al gran público: Eggers y Flanagan. En mi opinión Flanagan podría convertirse, si es que no lo es ya, en un heredero de John Carpenter, con las magníficas ‘Gerald’s Game’ y ‘Doctor Sleep’, sendas adaptaciones de Stephen King, ya en su haber. Y Eggers, si sigue alejado de lo que se suponen que demanda el público menos exigente, va a construir una interesantísima carrera de suspense y terror, con filmes pequeños y artesanales y tremendamente sugerentes. Lo iremos viendo.

Y yo creo que hay algunos más, pero estos nombrados deberían darnos alegrías en un futuro, sobre todo cuando los grandes autores se hayan cansado de tirar del carro o hayan desaparecido. A ver si para entonces seguimos teniendo ganas de ir alguna vez al cine.

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ARTÍCULOS, TELEVISIÓN

‘House M.D.’, ‘Deadwood’, ‘The Walking Dead’

En mi opinión la mayoría de los que se pasan la vida pegados a un libro, a una serie, a una película o a las tres cosas a la vez, y luego se ponen a contarnos a los demás lo que opinan del maremágnum de cosas que han leído o que han visto, confunden lo que a ellos más les ha gustado, más les ha conmovido desde un punto de vista personal, con aquello que ellos saben, incluso aunque muchas veces no posean ni la menor formación artística o narrativa, que es lo mejor, lo más valioso y excelso que han visto o que han leído en su vida. Porque no son la misma cosa, no tienen por qué serlo. Y ese es uno de los grandes defectos, a mi entender, que adolecen todos esos plumillas que se ponen a escribir en blogs amateurs, en twitter o incluso en medios en los que les pagan a tanto el artículo: confundir lo que a ellos les gusta, o aquello con lo que más disfrutan, con lo verdaderamente grande.

Y muchas veces tampoco tiene por qué ser tan dispar. Quiero decir, que pueden conmoverte o atraparte obras que si bien no son lo más excelso jamás creado, tampoco están tan lejos de serlo. En mi caso, si nos ceñimos a las series (de las que me parece que todos estaremos de acuerdo al menos en una cosa: hacen demasiadas y muchas de ellas están enormemente sobrevaloradas), hay tres que probablemente sean las que, desde un punto de vista más visceral y menos ponderado, son las más me gustan, las que siento más cercanas a mí, y luego están todas las demás. Y eso sin dejar afirmar, una vez más (y las que hagan falta…), que considero, ya desde una óptica más exigente y profesional, que sin ningún género de dudas las dos series más grandes de la historia, con el resto a bastante distancia, son ‘The Sopranos’ y ‘The Wire’, pues en ellas nada sobra y nada falta, suponen la cima absoluta de la expresión fílmica en la pequeña pantalla y al mismo tiempo no son televisión sino cine en capítulos, y en ambos casos no poseen la menor concesión ni al espectador ni a su cadena, revestidas ambas de una rara perfección que se manifiesta en todos y cada uno de sus capítulos.

Pero como el lector ya imaginará, mis tres series predilectas, la que probablemente veré durante toda mi vida sin cansarme y encontrando siempre cosas nuevas, a pesar de que una de ellas va a terminar siendo muy larga, otra quedó truncada cuando su trama estaba a punto de explotar y la última es una de esas llamadas «procedimentales», en las que más o menos sucede lo mismo en cada episodio con pequeñas variaciones, son ‘The Walking Dead’, ‘Deadwood’ y ‘House M.D.’, dos de las cuales es probable que casi nadie pusiera en su panteón de las tres o cuatro o cinco mejores, y una más, ‘Deadwood’, que muy pocos han visto en su totalidad. Pero las tres son series que a mí me gustaría haber escrito de haber podido (y de haber sabido…) aún en el caso de que fuera adaptando un cómic preexistente, y por tanto en las tres se encuentran muchos elementos que yo encuentro, ya se por influencia, ya sea por afinidad, en las novelas y relatos que ya escrito y los que me quedan por escribir.

Yo creo que lo que hacemos, no pocos de los que parece que nos alimentamos de libros, películas y series (y de canciones, de discos y de temas musicales de todo tipo), los que nos pasamos la vida desmenuzándolos, escribiendo y discutiendo sobre todo ello, es practicar una suerte de enorme criba, una pertinaz y absorbente selección de aquello sin lo que no podemos vivir, esas obras que nos dan lo que la vida no puede darnos (que es demasiado poco, a menudo), para que cuando seamos mayorcitos, cuando quizá nos veamos obligados a desplazarnos con bastón, y necesitemos estar rodeados de aquello que nos da luz, aunque no sea más que un enorme pedazo de oscuridad. Y es el caso, para mí de estas tres series, pues en ‘Deadwood’ encuentro lo que el western académico estadounidense de los años treinta, cuarenta y cincuenta no me puede dar, en ‘The Walking Dead’ hallo una aventura survival como jamás ha existido en el cine, y en ‘House M.D.’ encuentro un personaje que se parece demasiado, peligrosamente, a mí en algunas de sus características y en su forma de ver el mundo.

Pero yo no nunca diría que ‘House’ es la mejor serie de la historia, ni que ‘Deadwood’, pese a estar incompleta, pueda competir con ‘The Sopranos’ o ‘The Wire’. No puede. Empiezo a pensar que ‘The Walking Dead’, que ya empieza a parecerse al ejemplo más perfecto de «saga» que se ha escrito y filmado, sí va a poder ser finalmente comparable con ‘The Sopranos’ y ‘The Wire’, pero eso lo veremos cuando termine con su temporada once, la última de todas. Entonces veré si por una vez lo que a mí más me conmueve es también una de las mejores cosas que jamás se han hecho.

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ENSAYO

¿Qué diablos es el arte?

El problema del arte… Llevamos siglos preguntándonos qué problema es ese, qué es el arte, para qué sirve. Y para responder a esa pregunta se han lanzado cientos o miles de luminarias, algunos tan cargados de razón como Tolstoi o Wilde, con sus luces y sus sombras, y otros haciendo lo que buenamente pueden, muchas veces embrollando más el asunto. Pero el arte, aunque mucha gente lo considera asunto para eruditos o artistas, acaba interesando a la mayoría de la gente, y muchos hoy en día hablan de él como si lo conocieran a fondo y tuvieran todas las respuestas, aún sin tener la menor formación artística o ser simplemente blogueros sin nada mejor que hacer. De modo que hemos pasado de preguntarnos qué es el arte y para qué sirve a estar (algunos, demasiados…) seguros de lo que es sin siquiera tener una base teórica sólida con la que argumentar, pero en realidad si indagar en sus causas y en sus valores era algo arduo en los siglos XVIII y XIX, mucho más lo es ahora, en este mundo globalizado e hipertrofiado en el que nos ha tocado vivir…

Todo el mundo quiere o pretende o le gustaría ser un experto en arte, o por lo menos en una de las artes (sean las más nobles y bellas o las más bajas y discutibles), como si eso otorgara un estatus intelectual. Y todo el mundo quiere ser artista, o alguna especie de artista, como si eso le hiciera especial y diferente a los demás, como si le pusiera, quizá, por encima de una sociedad que raramente valora al arte o al artista. Y para el público en general, para el ciudadano medio, el arte es muchas cosas a la vez y al mismo tiempo ninguna de ellas… por lo general un pasatiempo para los fines de semana o las horas de ocio, o algo muy bonito y muy importante que debe estar en los museos o debe ser muy caro, o algo a lo que hay que visitar cuando se viaja a una ciudad extranjera (raramente la propia), o puede ser que cualquier cosa sea un arte, porque a fin de cuentas arte puede ser desde tejer un vestido hasta cocinar, y se llega a hablar del número de las artes, y del séptimo arte, y de las bellas artes, y de las artes más rudimentarias o artesanales, o de que el arte es para elitistas, o que el arte está muerto, o que es un negocio multimillonario con el que engañar a la gente en base a cuadros horrorosos, o que el único arte verdadero es la música porque no tiene fronteras ni necesita ser traducido, o que el arte es lo que está en un museo y tiene por lo menos quinientos años de antigüedad (o más), ya que «sólo el tiempo puede decirnos qué es arte y qué no». Pero también es que «el arte es verdaderamente inútil». Y muchas veces «el arte no hay quien lo entienda». El lío está servido.

En su magnífico ensayo ‘¿Qué es el arte?’, el siempre impresionante Tolstoi empieza de manera magistral, elaborando sus ideas en torno al arte falso, con lo que se puede estar bastante de acuerdo, pero luego termina diciendo que el arte es aquello que comunica a todos los hombres y les hace mejores. El arte no puede ser eso: sería demasiado bonito y demasiado fácil. Podemos estar de acuerdo en que es una forma de comunicación universal, pero demostrar que eso nos empuja al bien es algo harto distinto. Para el también magnífico Wilde, que casi siempre tenía razón en todo, el arte es por supuesto belleza, pero existe una diferencia entre el arte decorativo y el arte imaginativo (o bella arte): mientras el decorativo deja ver sus materiales (como el hilo en el tapiz, o la piedra en la vidriera) y esos materiales son parte de la belleza que despierta en quien la contempla, el arte imaginativo no deja ver su trabajo ni sus materiales, es bello de un simple vistazo porque está vivo, es un pedazo de vida incrustado en un cuadro, una escultura, un poema o una novela. Y podemos estar bastante de acuerdo, pero esta idea de Wilde necesita ser desarrollada.

Ahora bien, desarrollar ideas como esa, que tienen casi toda la pinta de andar en el buen camino… desarrollarlas, digo, en un mundo en el que la equidistancia, en el que la tiranía del gusto personal prevalece sobre imperativos de conocimiento, en el que todos opinamos como si al alguien le importase algo, y en el que todos tenemos el mismo valor (lo que significa que nadie tiene ningún valor) a la hora de comentar o de opinar, no es nada sencillo. Pero vamos a intentarlo… vamos a responder la maldita pregunta que reza ¿qué diablos es el arte?:

  1. El arte es (tal como dice Jesús G. Maestro) superior e irreductible a la cultura. La cultura es el conjunto de particularidades de un pueblo determinado, siempre teñido de ideología. Pero el arte no posee ideologías, tan solo ideas. No hace falta, espero, explicar la diferencia entre una ideología y una idea. El arte es por tanto un conjunto de ideas, que carece de frontera, que puede expresarse en cualquier lengua, y que no pertenece a un solo pueblo.
  2. El arte es también un conjunto de técnicas. Cuanto más refinada, especializada y concreta es la técnica requerida, más elevado será ese arte. Lo que cualquiera puede aprender en algunas semanas se denomina artesanía, y lo que algunos no pueden aprender ni en toda su vida pero otros aprenden sin necesidad de que nadie les enseñe, hablamos de arte.
  3. El artista podría definirse como alguien que pretende emplear un acervo de ideas y de conceptos, un conjunto de técnicas y habilidades, para crear arte, cualquier tipo de arte.
  4. La finalidad del artista, empleando ese conjunto de técnicas y habilidades, y creando ese acervo de ideas y de conceptos, es la búsqueda de la verdad, de su verdad, de la verdad del arte y de una verdad universal acerca del ser humano y de todo lo que le rodea. El artista ni siquiera es muy consciente, muchas veces, de aquello que está haciendo, y por eso necesita un crítico o traductor.
  5. El arte es, en definitiva, una creación al mismo tiempo individual y colectiva, personal y universal, un objeto o concepto o narración cerrado en sí mismo, que posee vida propia y naturaleza propia, que se expresa según sus propias reglas y las de su conglomerado artístico, que responde a la visión del autor, que ha de ser interpretado por un crítico para explorar su verdadera profundidad, que necesita del público para sobrevivir en el imaginario popular y que al final queda más allá de la comprensión o de la influencia del propio autor.

El arte es un fenómeno estrictamente humano, que surge de sus interioridades más insondables y de su visceralidad más epidérmica. El artista no puede evitar hacer arte del mismo modo que el asesino nato no puede evitar matar o el bromista nato no puede evitar hacer bromas aún a su propia costa. Todo, por supuesto, tiene que ver con la infancia, y con aquellas cosas que impresionaron y marcaron al artista, y también tiene que ver, cómo no, con su genética y con sus conexiones neuronales y con qué actividades son las que le son más propicias para expresar aquello que necesita y para indagar en aquello para lo que está diseñado. De tal forma escribirá, pintará, tocará el piano, esculpirá o hará cortometrajes, en un impulso imparable y en gran medida incomprensible para él, que nada tiene que ver con las aficiones o con cuestiones pragmáticas.

Sea como fuere, cuando nos hayamos extinguido quedará, si es que queda algo, como la prueba de que el ser humano trataba de comprenderse a sí mismo y de trascender su propia muerte, de trascender a los propios dioses y de averiguar su lugar en el universo, cantando y escribiendo y pintando todos juntos en esta esfera azul y blanca que flota alrededor de una estrella en otra de las infinitas esquinas de este incomprensible y silencioso universo.

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LITERATURA, Novelas

A muerte con tus personajes

Existen muchos manuales y libros y estudios y vídeos y conferencias y talleres sobre la creación, desarrollo y escritura de personajes, tanto para novelas como para cine y teatro. Y dentro de ese magma de tratados y monografías, de enseñanzas y formaciones, hay un poco de todo en cuanto a lo valiosos o prescindibles que puedan llegar a ser. Sin embargo hay uno que está por encima de todos ellos, bajo mi punto de vista: escribir una novela. Cualquier novela. Aunque sea una mala novela. Incluso una deleznable novela. Cualquiera es muy libre de ir a un taller o de leer manuales escritos en sueco, en inglés o en francés, y de pensar que sabe lo que tiene que hacer o que tiene las ideas más claras, pero luego te sientas ante tu mesa de trabajo y estás en pañales.

Porque hasta que no te pones de verdad, todo lo demás es paja. Y cuando tienes delante la pantalla y el teclado es cuando ese personaje en el que llevas pensando quizá varios años, que puede ser tu mismísimo alter ego, esa creación tan fantástica y tan extraordinaria y tan increíble que te reclama que estés a la altura y resulta que todo lo que se supone que habías aprendido no te vale para nada y te encuentras una vez más en la casilla cero, y te queda mucho por remar, y te queda mucho por escalar. De hecho, los remeros olímpicos y los escaladores profesionales son meros aficionados al lado de un novelista que está empezando a aprender cómo armar a sus personajes, a escucharles y a comprender por qué escribe sobre ellos, con ellos, para ellos, y no para ningún otro. Y al principio tus esfuerzos, tus desvelos y tus amarguras no te valen de mucho, porque esa imagen inalcanzable del personaje o personajes anhelados que quieres poner en negro sobre blanco se te deshace entre los dedos como el barro, y sólo después de mucho trabajo el barro comienza a convertirse en arcilla…

Y con muchísimo trabajo, y muchas semanas de obsesión y casi de desvaríos, la arcilla se transforma en roca, y quizá con ella puedas empezar a armar tu edificio, es decir, tu novela, tu libro de cuentos, tu obra de teatro o tu guion cinematográfico. Pero hay que tener cuidado, porque al menor descuido, a la mayor imprecisión, a la más leve ruptura de tono, la roca se transforma de nuevo en arcilla, la arcilla en barro, y todo se te viene abajo otra vez.

Y esto le puede pasar a cualquiera, incluso a los más extraordinarios novelistas, cuentistas, dramaturgos, guionistas, actores o directores de cualquier estilo o clase. Lo hemos visto muchas veces. Y cuando pasa esto sucede por una única y exclusiva razón: el escritor, o el director, o el actor, han dejado de entender a su personajes, de escucharles, de ser parte de ellos en definitiva. Puede suceder a mitad de novela o de película, puede ser en la segunda parte de una historia, o puede ser en cualquier momento. Tan importante como la voz narrativa o el espacio-tiempo narrativo, el personaje reclama de su creador que se lo de todo, porque lo que queremos no es que sea un arquetipo o un monigote, sino un ser vivo, tan vivo, o más vivo, que cualquier persona del mundo real.

Entiendo de sobra a esos escritores que no quieren que los personajes se les rebelen, se les desmanden y así perder el control de aquello que están escribiendo. Pero se equivocan al no permitirles que hagan tal cosa. El autor ha de ir a muerte con los personajes, ha de dejarle ser ellos mismos hasta el final, pase lo que pase, y entonces la novela, o la película, será mucho mejor, no responderá a un plan preestablecido de su autor, poseerá su propio sistema inmunológico y será inmune a convencionalismos, clichés o lugares comunes. Es la única forma. Da mucho miedo y es justamente lo contrario de lo que recomiendan todos los talleres de escritura, pero en mi opinión es precisamente lo que se ha de hacer. Es más, si tienes la suerte de que eso suceda es que tu personaje por fin habrá cobrado vida propia, balbuciente y renqueante, pero vida a fin de cuentas, y tú no puedes despegarte de él y él no puede vivir sin ti, tendrás que acompañarle, guiarle el resto del camino, tratar de llevarle a aquellas zonas del argumento que tenías previstas, rezar porque quiera coger esos caminos y no otros, y que quiera hacerlo del modo en que tú crees que es mejor para él, y no del modo en que él lo cree… pero cuando haga lo que él cree que es mejor no tendrás más remedio que seguirle.

Es lo más parecido a tener hijos que vas a experimentar en tu vida si es que eres escritor. No puedes obligar a tus personajes a vivir aquello que tienes preparado para ellos punto por punto, tienes que permitir que cada vez tomen decisiones propias de mayor peso, hasta que por fin vuelen solos. Bajo mi prescindible, nada objetivo, escasamente prestigioso punto de vista, es la única forma de escribir una novela o un relato de cierta extensión. Volverte esquizofrénico perdido y regresar de la experiencia un poco más tocado de lo que ya estabas, después de haberles dicho adiós a tus creaciones.

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ENSAYO, LITERATURA

Juan Gómez-Jurado nos toma a todos por imbéciles

Por un lado estoy muy de acuerdo con el pensamiento de Elvira Roca Barea acerca de España, sus élites y la leyenda negra, y por otro me es imposible no imbuirme del espíritu de Manuel García Viñó y de los postulados de La Fiera Literaria acerca de la novela española actual, y así me paso los días, en un sin vivir, en un tira y afloja entre dos fuerzas intelectuales: la que me dice que bajo ningún concepto España es la anomalía cultural dentro de Europa que muchos han querido ver durante tanto tiempo, y la que sostiene que desde hace ya bastantes años, sobre todo en lo cultural, España es un país grotesco e irreconocible, que posee probablemente el bagaje literario más importante del mundo (junto con hispanoamérica), pero que en los últimos tiempos ha enterrado ese bagaje en el lodo de una posmodernidad que amenaza con tragárselo todo… pero luego veo que en Francia, en Italia, en Alemania, y cómo no en el mundo anglosajón (salvo raras excepciones), la cosa está parecida o incluso peor y se me calma un poco la tensión arterial…

Ya he escrito sobre este personaje algunas veces en estas páginas mías, pero esta vez es a cuento de una reciente entrevista (por llamarla de alguna manera) que le han hecho en El Cultural, en la que más o menos dice las mismas cosas de siempre, pero llegando a un paroxismo de autoindulgencia y de desfachatez absolutamente indescriptibles, que supongo extasiarán a sus seguidores y a sus defensores, de los que sin duda existen a miles o a centenares de miles (los que han comprado sus libros, sin ir más lejos), pero que terminan de dibujar a un individuo endiosado y ensoberbecido ya a niveles peligrosos, que lindan con el delirio y que deberían inducir a cualquier escritor español a sentir vergüenza de compartir letras y librerías con alguien como él. A cualquiera con un poco de dignidad, se entiende.

Llegados a este punto, y suponiendo lo que va a seguir más abajo, algunos de los que lean estas líneas estarán ya pensando: «eres un envidioso, Massanet, un capullo hipócrita que en realidad quisiera tener el éxito literario del que disfruta Gómez-Jurado… ya has escrito mucho sobre él, estás obsesionado, eres lo peor…» y algunas cosas parecidas. Pueden pensarlo, desde luego. Son muy libres, pero no me cansaré de decir que yo, y otros muchos como yo, lo que buscamos no es ganar millones de euros con la literatura, entre otras cosas porque respetamos la literatura y nos respetamos a nosotros mismos. Lo que quizá nos gustaría sería vivir de lo que escribimos, lo que tampoco es una quimera tan inalcanzable, pero sí mucho más difícil cuando el público en general jalea a individuos como Gómez-Jurado, Pérez-Reverte o Javier Castillo o los de ese grupo de «bestsellerados», como si ellos fueran los únicos autores posibles, cabezas de lanza de un paradigma editorial que algunos queremos cambiar, o mejor dicho borrar, hacer desaparecer, porque es el verdadero causante de todos los (muchos) males que vive la literatura actual, herida de muerte.

Porque lo más importante que hay que decir y repetir hasta el aburrimiento es que Pérez-Reverte, Javier Castillo, Javier Sierra, por nombrar algunos, y por supuesto Juan Gómez-Jurado son escritores PÉSIMOS. La gran mayoría de los libros que venden cientos de miles o incluso millones de copias no son buenos libros, pero algunos hay que están bien escritos, bien construidos y diseñados, y no tratan al lector como un tarado carente de buen gusto. No es el caso de estos «bestsellerados» españoles. En concreto Gómez-Jurado es un escritor DELEZNABLE en cuanto a estilo, prosa, diálogos, personajes, construcción, argumento, filosofía, intenciones, expresividad… El hecho de que un tipo como él venda toneladas de libros (según dice Planeta, aunque no me lo termino de creer del todo, un millón doscientos mil copias de su trilogía última) es un puro azar, una de esas cosas que suceden. Pero él, endiosado y ensoberbecido, está totalmente convencido de que tal cosa ha sucedido porque es un grandísimo escritor, digno heredero de los más grandes narradores de aventuras DE TODOS LOS TIEMPOS. ¿No me cree el amigo lector de estas líneas? Pues le remito directamente a la entrevista de marras.

Imaginemos por un momento que a mí un día me publican una de mis novelas, de las que ya he escrito o de las que voy a escribir en los próximos años. No es algo tan difícil. Pues bien, además de publicármela, imaginemos que mi trabajo tiene cierto impacto mediático y un día deciden hacerme una entrevista para algún periódico o revista, y que yo, ni corto ni perezoso, me pongo a nombrar nada menos que a Cervantes, a Wilde, a Alejandro Dumas (un escritor bastante malo, por cierto, que escribió una única gran novela…) o a Arthur Conan Doyle, además de a Picasso y a Salvador Dalí. Y les nombro para situarme al lado de ellos, para justificar mi discurso o mi estilo y mi visión del arte y de la cultura. ¿Qué pensaría cualquier persona con dos dedos de frente? Pues que soy un imbécil redomado. ¿por qué no lo piensan de Gómez-Jurado? Misterio absoluto. Es que no me resisto a poner una de sus respuestas íntegra:

«Bueno, de entrada, el bestseller más grande es el Quijote. El libro más vendido en español es casualmente el libro más importante de la historia de la literatura universal. Como todo, es un problema de denominación. Yo no puedo hablar con propiedad, a mí la crítica siempre me han tratado muy bien. El inicio de mi carrera coincide también con el inicio de una época en la que se entiende que cuando criticas Reina roja estás criticando un libro concebido para entretener. Yo tengo que existir. Mis libros hacen que luego llegues a otros libros. Yo no podría hacer lo que hacen Prada, Marías, Muñoz Molina, Vila-Matas o Fernández Mallo, pero tengo clarísimo que ninguno de ellos podría hacer lo que hago yo. El error está en creer que una novela de evasión es fácil de escribir. Que se lo digan a Wilde, a Dumas o a Doyle. A Dickens lo consideraban un escritor de criadas y cocheros, y luego resultó que a lo mejor no lo era. Por suerte se ha extinguido esa crítica literaria con ecos del marxismo cristiano —como dice Pedro Vallín—, esa idea de que si no has sudado para leerlo es que no es bueno. Eso ha quedado reducido ya a un reducto del gafapastismo rancio que es un tuit de un señor.»

¿Se cree el lector despistado que Gómez-Jurado simplemente tenía un mal día? ¡Así, con esta prosa, escribe sus novelas, con tal dislocación argumental, tonal y conceptual, con este batiburrillo indigesto de ideas, desvaríos y disparates! Pasando por alto eso de «marxismo cristiano», sorprende eso de que la crítica no le importa (lo dice en otra respuesta), cuando ataca sin ambages, desde su twitter, al crítico de El País que puso mal la última novela de su adorado Pérez-Reverte. Pero eso es «pecatta minuta» al lado de todo lo demás.

De verdad que me da igual si los que me leen no me creen: a mí me importa un carajo que este señor tenga tres o cuatro millones de euros en su cuenta bancaria mientras otros tenemos que ver cómo llegamos a fin de mes. Que los disfrute y sea muy feliz con ellos. Pero hay cosas que no se pueden aceptar, como el hecho de que este señor, y otros como él, nos tratan a todos como imbéciles, seamos o no lectores suyos, mientras se carga una de las tres cosas (las otras dos serían la música y el cine) por las que vale la pena vivir. El machista, clasista y reaccionario Pérez-Reverte no oculta lo que es, pero este sí. El otro va de perdonavidas, pero este va de santo por la vida porque es mucho más listo que él. ¿Por qué este tipo se pone a decir que el primer best-seller es el Quijote y que la literatura de evasión no es fácil de escribir? Porque para él, en su mente subdesarrollada e infantil, Cervantes y él son lo mismo. ¿Y por qué? Porque necesita que lo sean, porque así justifica su propia existencia. Él es un heredero directo de Cervantes, y de Doyle, y de quien se ponga por delante, porque él vende mucho y eso le legitima para decir la chorrada más memorable y más despreciable sin que le tiemble el pulso.

Si fuera por él, la «literatura de evasión» (en realidad libros comerciales) como él la llama, sería la única, porque es la única que él puede hacer, y no existirían ni la literatura obra de arte ni los críticos literarios, solamente los publicistas de sus propias obras. Así de claro. En su cabeza, él es un escritor de primerísimo nivel, comparable a Conrad, a Doyle, a Wilde y a Cervantes. ¿Y por qué no? En su mente él es un hombre cultísimo, un hombre del Renacimiento casi. En la entrevista dice cosas como que «…me siento más cerca del feriante y del juglar que del escritor encerrado en su torre de marfil. Homero tenía que ganarse las moneditas contando historias como rapsoda que era y ganando concursos, porque si no no comía. Ese es mi trabajo…». Y además en ningún momento se ha creído el éxito: «…No se puede ser dueño del éxito, nadie lo es, por eso es tan esquivo y produce tantos sinsabores cuando alguien se acostumbra a él. El éxito de mis libros pertenece a los lectores, que son los que han decidido, con centenares de miles de decisiones individuales, situar en la cima a Antonia Scott y Jon Gutiérrez…»

En otras palabras él es un hombre cultísimo, atractivo (le encanta posar en las fotos y hacerse el interesante), un escritor fuera de serie, un hombre con las ideas claras, un triunfador que además es altruista («…He intentado regalarlos con la edición impresa (los libros en digital) pero no quieren…»), un tipo humilde y un visionario («…Yo nunca he sido un visionario, pero esto lo vi clarísimo…») y un autor de éxito inigualable («…Me atrevo a decir que un éxito así es inédito en lo que llevamos de siglo…»), comparable a Homero, Cervantes o Picasso. Lo tiene todo…es algo alucinante… pero luego vas a sus libros y son basura para adolescentes que no leen. Así funciona esta sociedad tan maravillosa.

El gran problema es que luego vendrán otros como él. Cuando por fin deje de escribir porque se quiera convertir en director de cine, o no tenga ningún éxito, o directamente pase a mejor vida, vendrán otros Gómez-Jurado de la misma forma que vendrán otros Pérez-Reverte. Esto ya es imparable desde que Eco hizo esa novela llamada ‘El nombre de la rosa’ y convenció a los mediocres de que se podían poner a escribir libros con aspecto de literatura que vendiera mucho. Y aquellos a los que literatura les importa muy poco seguirán encumbrando y haciendo ricos a personajes como estos, mientras nos dicen a los demás que lo que escribimos o lo que leemos no es interesante, o no es válido, o es un aburrimiento para «gafapastas». Pero si nos encontramos en un momento crítico de la época contemporánea, si la sociedad y las libertades individuales están en crisis profunda, es precisamente porque la literatura lo está, y algunos no podemos además permitir que nos traten como imbéciles.

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CINE, ENSAYO, LITERATURA

No más mentiras

Creo que nunca he estado muy de acuerdo con esa sentencia que afirma que el arte es una mentira a través de la cual conocer la verdad, la diga Picasso o Wilde. En realidad, no es más que un juego de palabras que no significa nada. Estamos todos bastante seguros, me parece a mí, de la diferencia entre ficción y realidad (ahora que lo pienso, es probable que algunos no estén tan seguros de esa diferencia…), pero la realidad puede ser una gran mentirosa, en la que la verdad nos elude con ironía, y la ficción no es otra cosa muchas veces que la representación de algunas de esas elusivas verdades. En realidad podría definirse al arte de muchas maneras, pero no me cabe duda que una de ellas sería como la búsqueda de la verdad.

Pero la verdad en el arte puede hacerse presente de muchas maneras, y puede hacer alusión a muchos ámbitos y conceptos. En otras palabras, el concepto de verdad abarca mucha cosas. En el arte existe la verdad del autor, que no necesariamente ha de ser la verdad del crítico o del espectador/receptor. Existe la verdad que hay que encontrar en el actor, existe la verdad que ha de residir en la creación de un segundo mundo en un género narrativo, existe la verdad de la palabra, la verdad explícita y la verdad implícita del discurso narrativo, la verdad (o la falta de ella) en la técnica pictórica o fotográfica, y en suma un montón de verdades a tener en cuenta en el arte. Pero yo de lo quiero escribir ahora y de lo que quiero hablar con el lector, es de la verdad epistemológica, la verdad científica, la verdad-verdad (o la falta de ella) que es el sustrato del que se nutre la ficción.

En cine y literatura, en la ficción narrativa, la verdad puede ser algo tan elusivo como en la realidad cotidiana en la que vivimos, pero no siempre. Y cuando no lo es, esa ficción es mucho más valiosa. La ficción necesita nutrirse de grandes dosis de realismo, de verdad, para ser algo más que la fantasía de un frívolo. La verdad que ansiamos encontrar en la realidad, de hecho, sólo podemos encontrarla en la ficción, y es posible que por eso hagamos ficciones. Esa emoción verdadera, libre de dudas o de falsedades, ese signo de algo que signifique (valga la redundancia) algo, esa idea o esa imagen que supuran verdad, tan solo pertenecen a los cuadros, las esculturas, las obras de teatro, la música, el cine y la literatura. Y en la vida, el carácter elusivo de la verdad juega con nosotros al ratón y al gato. Aunque no todas las ficciones parten de la verdad ni quieren contar una verdad. Y algunas de esas ficciones, sean películas o novelas, están muy bien hechas, son seductoras y hasta deslumbrantes, pero son simple y llanamente mentiras, y es necesario saber que son mentiras, y que como ficción y como forma de conocimiento y de revelación, valen por tanto muy poco.

Bien sabe de eso el mundo anglosajón en general y el estadounidense en particular. De hecho, las ficciones estadounidenses, las películas y las novelas, se han especializado durante muchas décadas, en contar mentiras bellamente contadas. Al contrario que otras cinematografías u otras literaturas de otras partes del mundo, las anglosajonas se caracterizan por buscar la magia, lo ilusorio, lo maravilloso, el final feliz… a ellos les pertenece Disney, los besos finales made in Hollywood, las fantasías en las que la luz vence la oscuridad, los relatos en los que la bondad triunfa y la maldad es castigada. No siempre, claro, pero mayoritariamente. Incluso cuando hablan de temas tan terribles como el holocausto, se trata de contar una victoria, no un fracaso. No están preparados para la verdad. No pueden verla y por tanto no pueden representarla. Y sin embargo poco a poco, muy poco a poco, van introduciendo en sus ficciones el sustrato de lo real, la naturaleza tóxica de la verdad, en series, en novelas, en películas. En gran parte siguen contándonos la misma película en la que los héroes triunfan y los malvados fracasan, pero también existen cineastas, creadores y escritores dispuestos a decir la verdad, sobre todo desde los años setenta, y cada vez más.

Hace pocos días pude empezar a ver la miniserie documental ‘Exterminad a todos los salvajes’ (‘Exterminate All the Brutes’, 2021), del realizador Raoul Peck (que algunos años atrás obtuvo merecidos elogios por su ‘I Am Not Your Negro’), en la que cuenta, mezclando algunas cosas (e imbuido como tantos otros investigadores, de la Leyenda Negra española) y con una mirada quizá excesivamente tremendista pero sin duda válida, el modo en que el ser humano extermina a minorías a la que invade, coloniza, conquista o reprime, y de cómo Estados Unidos es el ejemplo máximo de barbarie y genocidio a escala mundial (algo que por cierto ya apunté yo en un artículo reciente) incluso hoy día, y me vuelve a la cabeza la necesidad de que las ficciones no engañen, que no contribuyan con los que matan y destruyen impunemente, que no blanqueen a fascistas, o a políticos, o a empresarios, que no maquillen una verdad histórica, que no nos hagan mejor de lo que no somos. Si el arte, narrativo o de cualquier otro género, siempre está en búsqueda de la verdad, la verdad más importante es la del ser humano. Dicen que el primer paso para solucionar un problema es conocerlo, ponerle nombre y apellidos. Pues para eso está el arte.

Y es de esa manera que algunos elegimos nuestros hitos y el panteón de los más grandes… es decir en cierta forma somos elegidos por ellos, pero la relación con una obra narrativa, o con un artista en concreto casi nunca es casual. Más bien diría que nunca lo es. Puedes elegir seguir y leer a un autor mentiroso y tendencioso (ya he hablado de unos cuantos en estas páginas mías), o puedes elegir caer rendido ante ‘Meridiano de sangre’, por ejemplo, o ante ‘Deadwood’. Durante décadas el western (que tal como lo plantean muchos no es un género, sino un subgénero del cine histórico) ha sido el género de géneros, el que más y mejor ha contado ese cantar de gesta que fue la conquista del Oeste por parte de los anglosajones ahora llamados estadounidenses. Pero ni esa conquista fue real (porque el oeste ha había sido conquistado por los españoles doscientos años antes…), ni hay un cantar de gesta ni hay héroes ni hay nada. Toda esa época de los colonos buenos y temerosos de dios que eran masacrados por los malvados «indios» que estaban allí antes que ellos, ha sido desmontada poco a poco desde los años sesenta a la actualidad, y aunque muchos siguen creyéndose la mentira, algunos sabemos que el arte es capaz de contar la verdad. E imbuido de esa verdad el arte nos regala dos obras maestras, una literaria y otra cinematográfica, del calado de la novela de Cormac McCarthy y de la serie de David Milch, y en ambas el hombre blanco no es el héroe ni el que tiene la razón, sino que es una máquina de matar y de destrucción, capaz de arrancar más cabelleras que los comanches o de arramplar con todo lo que puede sin importarle las consecuencias.

La verdad nunca es simple ni maravillosa. La verdad es una puta a la que los poderosos y los interesados quieren mantener callada, oculta y bajo cuerda. Sólo los más grandes artistas pueden alimentarse de ella para crear sus ficciones. Cuando en ‘La princesa Mononoke’ dicen que el ser humano está maldito, olemos, percibimos, saboreamos la verdad. Nos estremece, pero de alguna forma nos hace libres: ya por fin alguien más nos la confirma. Cuando vemos ‘The Wire’ nos parece una historia apasionante pero lo que más nos conmueve, lo que nos enamora y nos pone en un verdadero problema ante ella es que notamos, sabemos casi, que eso que nos cuenta no es una mentira, sino una ficción que es una verdad, y está hecha de tal modo que supura verdad por los cuatro costados, ajena a esa ilusión made in hollywood que cree que el espectador necesita una mentira para acostarse contento. Del mismo modo, cuando vemos ‘Titanic’, más allá de su historia de amor, algo nos dice que nos están contando una verdad, que nos están hablando de la miseria de la naturaleza humana, de la codicia y la soberbia sin límites, del desamparo de los más desfavorecidos, de la lucha por la vida que caracteriza a todo ser humano, y cuando vemos ‘Avatar’ y el sádico coronel Quaritch dice que a los indígenas se les tratará «con humanidad», sabemos que nos están contando la verdad.

Y todo esto son ficciones, al igual que el documental de Raoul Peck (porque los documentales también son ficción), en las que el director o realizador da su punto de vista, pero la verdad que emana de ello es incontestable, y pocas veces la verdad ha alcanzado un punto tan alto en ficción como en ‘Apocalypse Now’ (F.F. Coppola, 1979), que no es otra cosa que el relato de un hombre en busca de la verdad de sí mismo, contada por un director en busca de la verdad, acerca del exterminio de otras etnias, de la destrucción del entorno natural, del apropiarse de la tierra, de ponerle precio a todo, de la locura que invade al hombre blanco en cuanto se ve en la jungla libre de las ataduras morales de la sociedad. Y es por eso, quizá, por lo que ‘Apocalypse Now’ es el filme más grande jamás realizado en EEUU, porque es la que cuenta la verdad más grande y aterradora, y la que lo hace de manera más terrible y, valga la redundancia, verdadera, a través de una ficción preñada de lo real, alimentada por el sustrato de lo verídico, adentrándose en la oscuridad humana como ningún otro cineasta había ni ha vuelto a hacer.

Pero supongo que seguirán filmándose y escribiéndose mentiras, algunas de ellas hechas de manera deslumbrante y muy seductora, mientras haya geste dispuesta a leerlas o a ir a verlas. Y cada cual es muy libre, por supuesto, de hacer lo que quiera. Pero si no ven más que mentiras, quizá, sólo quizá, un día se miren al espejo, el de verdad, el interior, y se den cuenta de quienes son y de cómo les han engañado, y de qué manera les han planteado una vida que no es cierta, y de que carecen de herramientas para enfrentarse a la realidad.

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