ENSAYO, LITERATURA

Juan Gómez-Jurado nos toma a todos por imbéciles

Por un lado estoy muy de acuerdo con el pensamiento de Elvira Roca Barea acerca de España, sus élites y la leyenda negra, y por otro me es imposible no imbuirme del espíritu de Manuel García Viñó y de los postulados de La Fiera Literaria acerca de la novela española actual, y así me paso los días, en un sin vivir, en un tira y afloja entre dos fuerzas intelectuales: la que me dice que bajo ningún concepto España es la anomalía cultural dentro de Europa que muchos han querido ver durante tanto tiempo, y la que sostiene que desde hace ya bastantes años, sobre todo en lo cultural, España es un país grotesco e irreconocible, que posee probablemente el bagaje literario más importante del mundo (junto con hispanoamérica), pero que en los últimos tiempos ha enterrado ese bagaje en el lodo de una posmodernidad que amenaza con tragárselo todo… pero luego veo que en Francia, en Italia, en Alemania, y cómo no en el mundo anglosajón (salvo raras excepciones), la cosa está parecida o incluso peor y se me calma un poco la tensión arterial…

Ya he escrito sobre este personaje algunas veces en estas páginas mías, pero esta vez es a cuento de una reciente entrevista (por llamarla de alguna manera) que le han hecho en El Cultural, en la que más o menos dice las mismas cosas de siempre, pero llegando a un paroxismo de autoindulgencia y de desfachatez absolutamente indescriptibles, que supongo extasiarán a sus seguidores y a sus defensores, de los que sin duda existen a miles o a centenares de miles (los que han comprado sus libros, sin ir más lejos), pero que terminan de dibujar a un individuo endiosado y ensoberbecido ya a niveles peligrosos, que lindan con el delirio y que deberían inducir a cualquier escritor español a sentir vergüenza de compartir letras y librerías con alguien como él. A cualquiera con un poco de dignidad, se entiende.

Llegados a este punto, y suponiendo lo que va a seguir más abajo, algunos de los que lean estas líneas estarán ya pensando: «eres un envidioso, Massanet, un capullo hipócrita que en realidad quisiera tener el éxito literario del que disfruta Gómez-Jurado… ya has escrito mucho sobre él, estás obsesionado, eres lo peor…» y algunas cosas parecidas. Pueden pensarlo, desde luego. Son muy libres, pero no me cansaré de decir que yo, y otros muchos como yo, lo que buscamos no es ganar millones de euros con la literatura, entre otras cosas porque respetamos la literatura y nos respetamos a nosotros mismos. Lo que quizá nos gustaría sería vivir de lo que escribimos, lo que tampoco es una quimera tan inalcanzable, pero sí mucho más difícil cuando el público en general jalea a individuos como Gómez-Jurado, Pérez-Reverte o Javier Castillo o los de ese grupo de «bestsellerados», como si ellos fueran los únicos autores posibles, cabezas de lanza de un paradigma editorial que algunos queremos cambiar, o mejor dicho borrar, hacer desaparecer, porque es el verdadero causante de todos los (muchos) males que vive la literatura actual, herida de muerte.

Porque lo más importante que hay que decir y repetir hasta el aburrimiento es que Pérez-Reverte, Javier Castillo, Javier Sierra, por nombrar algunos, y por supuesto Juan Gómez-Jurado son escritores PÉSIMOS. La gran mayoría de los libros que venden cientos de miles o incluso millones de copias no son buenos libros, pero algunos hay que están bien escritos, bien construidos y diseñados, y no tratan al lector como un tarado carente de buen gusto. No es el caso de estos «bestsellerados» españoles. En concreto Gómez-Jurado es un escritor DELEZNABLE en cuanto a estilo, prosa, diálogos, personajes, construcción, argumento, filosofía, intenciones, expresividad… El hecho de que un tipo como él venda toneladas de libros (según dice Planeta, aunque no me lo termino de creer del todo, un millón doscientos mil copias de su trilogía última) es un puro azar, una de esas cosas que suceden. Pero él, endiosado y ensoberbecido, está totalmente convencido de que tal cosa ha sucedido porque es un grandísimo escritor, digno heredero de los más grandes narradores de aventuras DE TODOS LOS TIEMPOS. ¿No me cree el amigo lector de estas líneas? Pues le remito directamente a la entrevista de marras.

Imaginemos por un momento que a mí un día me publican una de mis novelas, de las que ya he escrito o de las que voy a escribir en los próximos años. No es algo tan difícil. Pues bien, además de publicármela, imaginemos que mi trabajo tiene cierto impacto mediático y un día deciden hacerme una entrevista para algún periódico o revista, y que yo, ni corto ni perezoso, me pongo a nombrar nada menos que a Cervantes, a Wilde, a Alejandro Dumas (un escritor bastante malo, por cierto, que escribió una única gran novela…) o a Arthur Conan Doyle, además de a Picasso y a Salvador Dalí. Y les nombro para situarme al lado de ellos, para justificar mi discurso o mi estilo y mi visión del arte y de la cultura. ¿Qué pensaría cualquier persona con dos dedos de frente? Pues que soy un imbécil redomado. ¿por qué no lo piensan de Gómez-Jurado? Misterio absoluto. Es que no me resisto a poner una de sus respuestas íntegra:

«Bueno, de entrada, el bestseller más grande es el Quijote. El libro más vendido en español es casualmente el libro más importante de la historia de la literatura universal. Como todo, es un problema de denominación. Yo no puedo hablar con propiedad, a mí la crítica siempre me han tratado muy bien. El inicio de mi carrera coincide también con el inicio de una época en la que se entiende que cuando criticas Reina roja estás criticando un libro concebido para entretener. Yo tengo que existir. Mis libros hacen que luego llegues a otros libros. Yo no podría hacer lo que hacen Prada, Marías, Muñoz Molina, Vila-Matas o Fernández Mallo, pero tengo clarísimo que ninguno de ellos podría hacer lo que hago yo. El error está en creer que una novela de evasión es fácil de escribir. Que se lo digan a Wilde, a Dumas o a Doyle. A Dickens lo consideraban un escritor de criadas y cocheros, y luego resultó que a lo mejor no lo era. Por suerte se ha extinguido esa crítica literaria con ecos del marxismo cristiano —como dice Pedro Vallín—, esa idea de que si no has sudado para leerlo es que no es bueno. Eso ha quedado reducido ya a un reducto del gafapastismo rancio que es un tuit de un señor.»

¿Se cree el lector despistado que Gómez-Jurado simplemente tenía un mal día? ¡Así, con esta prosa, escribe sus novelas, con tal dislocación argumental, tonal y conceptual, con este batiburrillo indigesto de ideas, desvaríos y disparates! Pasando por alto eso de «marxismo cristiano», sorprende eso de que la crítica no le importa (lo dice en otra respuesta), cuando ataca sin ambages, desde su twitter, al crítico de El País que puso mal la última novela de su adorado Pérez-Reverte. Pero eso es «pecatta minuta» al lado de todo lo demás.

De verdad que me da igual si los que me leen no me creen: a mí me importa un carajo que este señor tenga tres o cuatro millones de euros en su cuenta bancaria mientras otros tenemos que ver cómo llegamos a fin de mes. Que los disfrute y sea muy feliz con ellos. Pero hay cosas que no se pueden aceptar, como el hecho de que este señor, y otros como él, nos tratan a todos como imbéciles, seamos o no lectores suyos, mientras se carga una de las tres cosas (las otras dos serían la música y el cine) por las que vale la pena vivir. El machista, clasista y reaccionario Pérez-Reverte no oculta lo que es, pero este sí. El otro va de perdonavidas, pero este va de santo por la vida porque es mucho más listo que él. ¿Por qué este tipo se pone a decir que el primer best-seller es el Quijote y que la literatura de evasión no es fácil de escribir? Porque para él, en su mente subdesarrollada e infantil, Cervantes y él son lo mismo. ¿Y por qué? Porque necesita que lo sean, porque así justifica su propia existencia. Él es un heredero directo de Cervantes, y de Doyle, y de quien se ponga por delante, porque él vende mucho y eso le legitima para decir la chorrada más memorable y más despreciable sin que le tiemble el pulso.

Si fuera por él, la «literatura de evasión» (en realidad libros comerciales) como él la llama, sería la única, porque es la única que él puede hacer, y no existirían ni la literatura obra de arte ni los críticos literarios, solamente los publicistas de sus propias obras. Así de claro. En su cabeza, él es un escritor de primerísimo nivel, comparable a Conrad, a Doyle, a Wilde y a Cervantes. ¿Y por qué no? En su mente él es un hombre cultísimo, un hombre del Renacimiento casi. En la entrevista dice cosas como que «…me siento más cerca del feriante y del juglar que del escritor encerrado en su torre de marfil. Homero tenía que ganarse las moneditas contando historias como rapsoda que era y ganando concursos, porque si no no comía. Ese es mi trabajo…». Y además en ningún momento se ha creído el éxito: «…No se puede ser dueño del éxito, nadie lo es, por eso es tan esquivo y produce tantos sinsabores cuando alguien se acostumbra a él. El éxito de mis libros pertenece a los lectores, que son los que han decidido, con centenares de miles de decisiones individuales, situar en la cima a Antonia Scott y Jon Gutiérrez…»

En otras palabras él es un hombre cultísimo, atractivo (le encanta posar en las fotos y hacerse el interesante), un escritor fuera de serie, un hombre con las ideas claras, un triunfador que además es altruista («…He intentado regalarlos con la edición impresa (los libros en digital) pero no quieren…»), un tipo humilde y un visionario («…Yo nunca he sido un visionario, pero esto lo vi clarísimo…») y un autor de éxito inigualable («…Me atrevo a decir que un éxito así es inédito en lo que llevamos de siglo…»), comparable a Homero, Cervantes o Picasso. Lo tiene todo…es algo alucinante… pero luego vas a sus libros y son basura para adolescentes que no leen. Así funciona esta sociedad tan maravillosa.

El gran problema es que luego vendrán otros como él. Cuando por fin deje de escribir porque se quiera convertir en director de cine, o no tenga ningún éxito, o directamente pase a mejor vida, vendrán otros Gómez-Jurado de la misma forma que vendrán otros Pérez-Reverte. Esto ya es imparable desde que Eco hizo esa novela llamada ‘El nombre de la rosa’ y convenció a los mediocres de que se podían poner a escribir libros con aspecto de literatura que vendiera mucho. Y aquellos a los que literatura les importa muy poco seguirán encumbrando y haciendo ricos a personajes como estos, mientras nos dicen a los demás que lo que escribimos o lo que leemos no es interesante, o no es válido, o es un aburrimiento para «gafapastas». Pero si nos encontramos en un momento crítico de la época contemporánea, si la sociedad y las libertades individuales están en crisis profunda, es precisamente porque la literatura lo está, y algunos no podemos además permitir que nos traten como imbéciles.

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