ARTÍCULOS

No te flipes tanto, anda…

Sí, me dirijo a ti, flipao, no a los que por lo menos lo intentan, los que investigan, los que escriben sobre ello, los que se tomaron la molestia de aprender porque fueron a la universidad, o a una escuela de arte, los que tuvieron el coraje de pensar, en un determinado momento, que no tenían ni idea de lo que estaban hablando y pagaron una formación, o averiguaron por lo menos qué leer, y a quien leer. Es decir, me dirijo, probablemente, a pocos de los que puedan leer estas líneas, que por lo que veo son gente que también escribe, investiga, se molesta, comparte ideas, discute, debate… por lo general, porque también hay de todo. Me estoy refiriendo a esos flipaos que se creen que por haber visto muchas películas y series (casi siempre pocos libros, cosa curiosa…) creen que tienen autoridad, o a esos que se ponen a escribir versos sin haber leído a los más grandes, o a esos que en la barra de un bar o en el trabajo hacen callar a los que habría que escuchar. A esos me dirijo.

No a los Braceros de este mundo, que por lo que estoy viendo hay cientos, que insisto por lo menos lo intentan aunque sus ideas sean de una candidez irrefrenable que básicamente descubren el Mediterráneo por quinta vez. Ni siquiera a los bloggers, por muy nefastos que estos sean (y pueden serlo mucho) sino a ese especimen soberbio y dominante, que surge de esa masa de espectador medio, acrítico, que por alguna razón que él mismo debería averiguar necesita decir a todas horas lo que a él le gusta, lo que él considera que está bien, en oposición a todo lo que él considera que está mal, a esos que en cualquier conversación sobre cine o literatura comienzan a desgranar su muy cuestionable lista de preferencias, generalmente endeble e indefendible, con la característica agresividad del que carece de clase y de altura, riéndose de los argumentos de los que de verdad viven de la narrativa (y no me refiero con ello, naturalmente, a que les paguen por ello) e imponiendo unas ideas que desmontaría un niño de nueve años.

Son esos tipos (y tipas) constantemente cabreados porque alguien les proponga un argumento o un debate que, obviamente, atenta contra sus ideas preestablecidas, le obliga a cuestionarse las cosas, pone un poco patas arriba su ideario. Por eso necesitan estar a todas horas en las redes sociales, dejando comentarios en blogs o en periódicos, sobre lo que ellos piensan, lo que a ellos les gusta, lo que ellos creen que de verdad es valioso e importante, no como a esos críticos y pedantes, no como a esos cuentistas y supuestos intelectuales, que no dejan de cuestionar las cosas, de ir al fondo del asunto, de luchar contra lo establecido para construir un canon, para lograr un debate teórico con el que llegar a sitios a los que el espectador o lector medio muchas no puede llegar (y nadie puede reprocharle no hacerlo).

Yo, por suerte o por desgracia, he conocido a muchos, porque desde que empecé a darle a la tecla y participé en algunos medios y abrí algunas páginas, supongo que me he convertido en eso que ha venido a llamarse, en la vida contemporánea, un «tocahuevos profesional», que toda la vida en realidad no ha sido otra cosa que un crítico, un intérprete del material narrativo, ajeno a modas, a manías, a filias y a fobias, y he dicho lo que pienso sin querer hacer amigos, ni que los demás estén de acuerdo conmigo, ni agradar a nadie. Tomándome en serio lo que hago y lo que soy. Y no solo a la hora de escribir, sino cuando me encuentro a estos individuos/as en el bar o en el trabajo: no me callo ni pienso hacerlo jamás. Y a todos esos les diría, una vez más, lo que creo sin ningún género de dudas: que el arte no existe para el público, sino para el intérprete, el crítico, el analista o investigador. Y esto es así porque el público puede perfectamente vivir sin arte, pero el crítico, el analista o investigador no puede. El público, pagando la entrada o comprando el libro lo que sostiene es la industria, el negocio que hay detrás de todo eso, pero no el arte.

Si al público le dijeran mañana que está a punto de desaparecer la última copia de ‘El Quijote’ o de ‘El padrino’, ¿alguien cree que le importaría o que se desataría una histeria colectiva? Lo diré de otro modo: las obras de arte no dependen del público para existir, sino del especialista, del intérprete que las descubre, o más bien certifica lo que son, interpretándolas, reconociéndolas, en oposición a la aplastante mediocridad del resto de obras. Por eso el crítico, el investigador, suele (solemos) ser un tanto gruñones: porque lleva muchos años formarse y llegar a conocer el cine y la literatura, para que luego venga el cuñado a decir que eso no le gusta. Que no le gusta… ¿y a quién le importa? Que no le gusta Terrence Malick, David Lynch, Cormac McCarthy o incluso Mozart. Y se supone que tenemos que parar rotativas porque a esa persona malhumorada, que no tolera que nadie le diga lo que es bueno o malo, no le gusta por ejemplo William Faulkner. A nadie le interesa, flipao. Dentro de cien o doscientos años seguirá leyéndose o seguirá viéndose lo que los investigadores y críticos ya saben, porque para eso están, que perdurará.

Para eso están, para eso estamos.

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ENSAYO

Infiernos y narrativas: Planeta Tierra

Primero un ilimitado territorio, inmutable, plano y eterno, después una esfera azul, inmensa pero abarcable, que gira desde hace miles de millones de años, y que aún lo hará por lo menos mil millones más, alrededor de una estrella en la que cabrían un millón trescientas mil tierras, de la que le separan ciento sesenta millones de kilómetros, en un universo, este sí, inabarcable. Pero ese planeta, el nuestro, es además nuestro sistema vital, el único del que disponemos, y llevamos unos cuarenta años con la certeza de que nos lo estamos cargando, de que estamos agotando sus recursos materiales, de que estamos matando a sus muchas especies, de que vamos a llegar a un punto de no retorno, y ahora lo estamos también de que el calentamiento global es producido por el hombre y de que nos estamos quedando sin tiempo para evitar nuestra propia extinción.

Aquí, de nuevo, se abren varias narrativas… por lo menos dos, y otras que emanan de ellas, al igual que sucedía con Palestina, o las Palestinas de este mundo, que es la narrativa política de la historia contemporánea. En todo lo relativo al planeta Tierra, aquello que no sea ciencia es por necesidad una narrativa, es decir una ficción y una mentira, e incluso mucho del relato científico es también una narrativa, más sofisticada. A saber: que al igual que somos los responsables de la destrucción del entorno natural, también podemos ser los artífices de su salvación; y que la Tierra, como entidad filosófica, es un lugar hermoso en el que poder vivir según nuestro sistema de valores actuales. Ambas cosas son una falacia como un piano de grande y desmontarlas es como un juego de niños.

La Tierra no está en peligro. Repito: no está en peligro. Los que estamos en peligro somos nosotros, todos nosotros, y los animales que han tenido la mala suerte de coincidir con el auge del ser humano. Nos sabemos tan listos, tan importantes, tan brillantes y tan supremos, que nos creemos con la capacidad no solamente de destruir la Tierra, sino también de salvarla. Y yo me pregunto: ¿cómo vamos a salvarla? ¿Poniendo cubos de basura reciclable? ¿Creando coches eléctricos como única opción de transporte? Eso no va a evitar que en pocos años comencemos a sufrir los estragos de la actividad humana. ¿Qué más se nos ocurre? Ya que somos tan brillantes deberíamos empezar por buscar una solución a la desertización y a la destrucción de los fondos y la fauna marinas. ¿Vamos a encontrarlas? No lo creo. La única opción para que la Tierra, tal como la conocemos ahora, siga existiendo, es que desaparezcamos.

En tres meses y pico de confinamiento, en 2020, hemos sido testigos de una sorprendente recuperación de las costas, hemos divisado delfines en zonas en las que no pasaban ni borrachos, el aire se ha limpiado y los árboles y plantas de las ciudades han reverdecido. En solo tres meses. Imaginemos lo que podría pasar en tres años. La Tierra es una máquina perfecta con una asombrosa capacidad de regeneración, y aún en el caso nada improbable de que nos cargásemos todos los mares, de que no creciesen más plantas, y de que todos los animales de la Tierra desapareciesen, es casi seguro que dentro de veinte o treinta millones de años proliferaran otras formas de vida, los mares volvieran a ser lo que eran, y el planeta resucitaría. Ya lo ha hecho antes. Varias veces. Porque la Tierra está viva, es un ser vivo que no nos necesita para nada. Somos nosotros los que la necesitamos a ella. Y no acabamos de entenderlo.

El ser humano solo lo es en la civilización, en las ciudades, en la polis. Fuera de ellas, de la sociedad no somos seres humanos, nos convertimos en otra cosa. Somos, por definición, un animal político, y eso es irónicamente lo que nos destruye y lo que destruye el entorno natural actual. Si no somos capaces de crear ciudades que puedan coexistir pacíficamente con la naturaleza, sin erosionarla ni herirla de muerte, tenemos los días contados. Que pueden ser muchos o pocos, pero contados al fin y al cabo. Nosotros, que nos creemos los dueños de todo cuanto vemos, nosotros que en mitad de una pandemia (que no es más que un primer aviso de la naturaleza… pues vendrán otras y más crueles que esta a menos que espabilemos de una puta vez) nos permitimos el lujo de discutir sobre nacionalismos, o economía, o ideologías, como si esto no fuera con nosotros. Es como si llegaran unos alienígenas, o como si restaran tres meses para que nos cayese un pedrusco de cincuenta kilómetros de diámetro, y nos pusiéramos a discutir sobre de quién es la culpa o quién es más español…

Nosotros, que no podremos hacer nada para salvar Nueva York si se rompe el istmo de Canarias, nosotros que no podremos evitar que un meteoro de grandes dimensiones esterilice la Tierra, nosotros que vertemos cientos de millones de toneladas de plástico al mar todos los años y que asesinamos millones de ballenas y tiburones blancos todos los meses, nosotros vamos a salvar la Tierra. Las mayores fuentes de contaminación no son los carburantes basados en combustibles fósiles, ni las plantas nucleares (aunque desde luego no ayudan), son otras dos: las empresas cárnicas con cientos de millones de cabezas de ganado y lo que ello supone de gasto de cereales para su alimentación y de sus ventosidades tóxicas (tal como suena), y la industria textil que proporciona ropa a la humanidad y que llena millones de armarios de las chicas de zapatos, camisetas y vestidos… Si fuéramos verdaderamente conscientes de lo que ambas industrias suponen, de los estragos que causan, si lo viéramos, si lo pusieran en las noticias todos los días, dejaríamos de comer carne en determinadas condiciones y dejaríamos de comprar ropa todos los meses…

¿Por qué no sale esto en las noticias todos los días? ¿No íbamos a salvar el planeta? ¿Por qué en lugar de hablar todos los días de Cataluña, de Ceuta, de las miles de desgracias que le pasan al «pobre ser humano», no se habla de todo esto a todas horas y se empieza a poner remedio? Porque eso, como todo lo demás, es otra narrativa: el ser humano no se cree que esto se vaya a acabar, porque se cree inmutable, eterno, plano, como creía que era la Tierra. Se cree elegido por un Dios ubicuo que le ha puesto aquí por alguna razón, y que no va a permitir que se hunda ni siquiera en su propia estupidez. Es más fácil creer esa narrativa que el hecho de que no nos importa una mierda otra cosa que no sea medrar y tener poder.

Si dejamos ya de reproducirnos y de joder cada cosa que tocamos, si desaparecemos, el planeta Tierra volverá a estar perfecto en unos cincuenta años, puede que menos, y los animales que viven ahora en él se extinguirán a su ritmo normal, y esta esfera cada vez más podrida, cada vez más depauperada, el hogar que hemos maltratado con nuestras pezuñas, volverá a ser esa esfera azul, ese oasis en mitad de un universo indiferente, que la eligió a ella, vete a saber por qué, para albergar vida.

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ARTÍCULOS, CINE

Del género duro

A pesar de que para la crítica, digamos, «seria» y para los festivales más importantes, el verdadero arte narrativo en el cine se encuentra en los filmes realistas, apegados a la vida cotidiana, racionalistas, severos, de argumentos contemporáneos, a ras de suelo, mientras desdeñan de manera casi sistemática, filmes de los llamados de «género duro», como la Sci-Fi, la Fantasía o el Terror, algo tienen que tener los más grandes e importantes de todos ellos, alguna gran dificultad en su concepción, cuando a poco que nos paremos a mirar existen muy escasos realmente magistrales, y algunos más notables o magníficos. La gran mayoría son mero entretenimiento para las masas sin verdadera sustancia detrás. Pero hay algunos realmente portentosos, acompañados, a modo de escuderos, de otros que están cerca de serlo o que quizá lleguen a serlo dentro de algunas décadas, cuando descubramos si el cine ha sobrevivido a la globalización, los videojuegos, el internet y las pandemias.

Hagamos uno de esos listados que a mí tanto me gustan y de los que por ahora no se ha quejado ningún lector, empezando por el género más terrible de todos, el que puede proporcionar al espectador las ideas más sombrías, y el estado anímico más desolador. Me refiero al género «profético» por antonomasia: la Sci-Fi. Bajo mi punto de vista, que en realidad muchas veces es el único que me importa, podríamos hablar de estas obras maestras:

The Terminator, de James Cameron, 1984
Aliens, de James Cameron, 1986
Terminator 2: Judgment Day, de James Cameron, 1991
Robocop, de Paul Verhoeven, 1987
Children of Men, de Alfonso Cuarón, 2006
The Thing, de John Carpenter, 1982
They Live, de John Carpenter, 1988
Stalker, de Andrei Tarkovski, 1979
Mad Max: Fury Road, de George Miller, 2015
12 Monkeys, de Terry Gilliam, 1995
Futurama, de David X. Cohen y Matt Groening, 1999-2013

Y sin ser obras maestras, pero estando en algunos casos muy cerca de ellas, podríamos hacer un compendio con los siguientes títulos, los cuales, junto con las obras maestras absolutas nombradas, forman un grupo que lo tiene todo y al que sería muy difícil añadirle más. Las dos últimas, en diferente color, serían las más importantes de las fundacionales:

Avatar, de James Cameron, 2009
Mad Max 2: The Road Warrior, de George Miller, 1981
Alien, de Ridley Scott, 1979
Close Encounters of the Third Kind, de Steven Spielberg, 1977
Blade Runner 2049, 2017
Alita: Battle Angel, de Robert Rodriguez, 2019
Ad Astra, de James Gray, 2019
Starship Troopers, de Paul Verhoeven, 1997
The Fly, de David Cronenberg, 1986
Soylent Greene, de Richard Fleischer, 1973
Things to Come, de William Cameron Menzies, 1936
Metropolis, de Fritz Lang, 1927

En cuanto a la Fantasía, es un género aún más difícil, y resulta que algunas de sus obras maestras son, también, filmes únicos en muchos aspectos… raros, extraños, abstractos, de técnicas fílmicas obsoletas o rarísimas, de aspecto… El problema para hacer un compendio de las más grandes, es que el terror podría englobarse dentro de la fantasía, salvo rara excepción. De modo que para distinguirlas, las que son de terror, las escribiré en rojo:

Dark Crystal, de Jim Henson y Frank Oz, 1982
Spider-Man: Into the Spider-Verse, de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman, 2018
The Empire Strikes Back, de Irvin Kershner, 1980
Harry Potter and the Prisoner of Azkaban, de Alfonso Cuarón, 2004
Spirited Away, de Hayao Miyazaki, 2001
The Nightmare Before Christmas, de Henry Selick, 1993
King Kong, de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933
It’s a Wonderful Life, de Frank Capra, 1946
Red Shoes, de Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948
Orphée, de Jean Cocteau, 1950
The Bride of Frankenstein, de James Whale, 1935
Prince of Darkness, de John Carpenter, 1987
Rosemary’s Baby, de Roman Polanski, 1968
Nosferatu, de F.W. Murnau, 1935

Y ahora las grandes, formidables, aunque quizá no magistrales:

The Two Towers, de Peter Jackson, 2002
Bram Stoker’s Dracula, de Francis Ford Coppola, 1992
Guardians of the Galaxy, de James Gunn, 2014
Excalibur, de John Boorman, 1981
The Thief of Bagdad, de Ludwig Berger, Michael Powell, Tim Whelan, 1940
Cat People, de Jacques Tourneur, 1942
The Invisible Man, de James Whale, 1933
Doctor Sleep, de Mike Flanagan, 2019
The Witch, de Robert Eggers, 2015
Hellraiser, de Clive Barker, 1987
An American Werewolf in London, de John Landis, 1981
Night of the Living Dead, de George A. Romero, 1968

Y yo creo que con esto está todo dicho.

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ARTÍCULO, LITERATURA, TELEVISIÓN

El cañón del revólver (VIII)

Vistos los últimos episodios de ‘True Blood’ (2008-2014), una serie que como todo el mundo sabe emplea los lugares comunes del relato vampírico para establecer una metáfora bastante ingeniosa sobre el rechazo a colectivos como los homosexuales o el racismo endémico, y además admitiendo que se trata de una serie muy divertida y con mucha inteligencia, vuelvo a encontrar lo mismo que en el final de la muy alabada ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’, 2001-2005), también de Alan Ball, que siendo gay y muy de izquierdas no puede evitar colarnos, al final de sus series, una imagen tremendamente edulcorada de la realidad y un discurso de un conservadurismo recalcitrante. Y al igual que en ‘Six Feet Under’, que es una obra maestra hasta la temporada 4, pero que termina como una oda al estilo de vida americano, en ‘True Blood’ pareciera que lo que importa en la vida es casarse y tener hijos y reunirse la familia entera a comer pavo en Acción de Gracias. Y es que puedes creerte muy de izquierdas y lanzar proclamas supuestamente progresistas, pero al final lo que queda es lo que haces, y lo que haces es lo que te retrata.

Pasando hace algunos días cerca de la casa donde murió Cervantes y en la que seguramente escribió por lo menos la segunda parte de ‘El Quijote’, calle en la que se puede ir a la casa-museo de Lope de Vega, me acuerdo siempre del parque temático que está montado en Stratford-Upon-Avon, que es todo lo opuesto a la calle Cervantes en la que nadie se para a hacerse fotos, o selfies, sino que es una calle más, y en lugar de sentir envidia por lo que hacen los anglosajones con su sobrevalorado mito, la verdad es que prefiero esta suerte de pasotismo de mis conciudadanos, que ni siquiera saben donde está enterrado el que probablemente sea el genio literario más importante del canon, y rara vez saben que tanto él como Lope de Vega y Quevedo vivían tan cerca unos de otros. Y lo prefiero porque al igual que el noventa y nueve por ciento de los que viajan a Egipto y el cien por cien de los que entran en el Prado diariamente, sé que lo harían por puro postureo o por el hecho de ir a un sitio famoso, más que por el hecho de haber leído y comprendido su obra.

Echando un vistazo a las películas Disney, salvo contadas excepciones, no entiendo cómo siguen teniendo tanto éxito y aceptación porque son todas la puta misma historia: cuando no es el relato de búsqueda y aceptación (‘Soul’, ‘Finding Nemo’, ‘Up’, ‘Wreck-It Ralph’, ‘Atlantis’) cuentan siempre la misma historia de una chica, muchas veces princesa de un reino, que se enfrenta a sus padres por querer llevar su propia vida lejos de imposiciones patriarcales, culturales o de género: ‘Mulan’, ‘The Little Mermaid’, ‘Vaiana’, ‘Brave’… deberían dejar de gastarse tanta pasta en cada una de ellas, hacerles un remiendo, cambiarles el título y reestrenarlas. Yo creo que serían más honestos de lo que son ahora. No es de extrañar que las pocas que se salen de esas estructuras argumentales nombradas, ‘Hercules’ o ‘Tangled’, sean de las más interesantes, emocionantes y mejores de todas ellas… por mucho que ni siquiera esas escapen de las toneladas de sentimentalismo y de conservadurismo intelectual que las impregnan de arriba a abajo.

Hoy estoy bastante político: ahora que se ha muerto el gran Bertrand Tavernier me acuerdo de aquella entrevista (o quizá fuera una conferencia, no estoy muy seguro) en la que contaba que alguien le había dicho que no se podían hacer películas basadas en los buenos sentimientos de la gente, a lo que él le había respondido que era un gilipollas. Pocos directores más políticos y más de izquierdas que Tavernier, pero este de verdad, no como Alan Ball, y ahora que ha desaparecido me pregunto quién puede tomar su relevo en el cine actual o quien puede siquiera intentar hacer un cine tan valiente y activista como el suyo, en el que se hablaba sin ambages sobre brutalidad policial (‘L. 627’), sobre pobreza endémica en la Francia de finales del XX (‘Hoy empieza todo’), sobre la odisea que puede suponer lograr adoptar un hijo (‘Holy Lola’) o sobre la trastienda nada heroica ni épica de la I Guerra Mundial (‘Capitan Conan’)… y es que seguramente haya habido muy pocos como él, que dignificaron un cine más comprometido de lo que suele ser el grueso de las películas que se estrenan en todo el mundo, caramelitos narrativos para que la gente se lo pase bien los fines de semana y no se preocupen mucho por la deriva del mundo.

Hablo mucho de cine y de literatura en estas páginas, y me quejo mucho de su situación actual en algunos casos en estos revólveres de los que siempre hago seis disparos (aunque hay revólveres de cinco o de ocho o de doce tiros), pero hablo muy poco de música. Tal como yo lo veo, y por decirlo llanamente, si el cine no acaba de fructificar del todo y parece ahogado por los videojuegos, y la literatura no la lee ni le interesa a nadie, la música directamente no existe. No me acaba de entrar en la cabeza cómo la gente se puede pasar el día escuchando decenas de las canciones que ponen en la radio, y luego pueden decirme que les gusta mucho la música… Luego a esa misma gente le pones a Metallica o a Depeche Mode y no les gusta nada. Cualquiera sabe. Desde que nos cayó encima la pesadilla del reggeaton y derivados no es posible poner la radio ni ir a un local a tomar una copa porque sales de allí con ganas de vomitar. ¿Dónde están esos tugurios de mala muerte con AC/DC, Extremoduro, Black Sabbath, Santana o incluso Korn? En esos antros es donde los viejos como yo somos felices, y no con esta peste del reggeaton… qué viejo me siento de pronto…

Último disparo: llega ya el infierno de calor madrileño, que como no puede ser de otra manera es anhelado por un amplio porcentaje de la población casi como si fuera el segundo advenimiento de Cristo, todos ellos deseosos de pasar noches en vela sin poder dormir porque la almohada se convierte en un charco de sudor, de pasar semanas casi sin apetito porque este calor te pone hasta mal cuerpo, con el asfalto e incluso la misma acera horneándote a fuego lento. Pero oye, ¡que viva el verano! ¡Y los bichos! ¡Y las terrazas abarrotadas! ¡Y los turistas de países a los que les importa una mierda España y sólo quieren comer y beber mucho más barato que en sus países (cómo me alegro cuando les meten esos sablazos en algunos lugares) mientras nos miran por encima del hombro y se ponen como putos cangrejos al sol de las cuatro de la tarde! Por mi parte espero pasar un verano algo decente (cosa rara en mí) y leer todo lo posible para olvidarme de que incluso en la sombra me estoy achicharrando, y esperaré, como cada año, la venida de septiembre y de un tiempo más agradable como el que se reencuentra con un viejo amigo al que hace demasiado que no ve.

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ARTÍCULO, CINE

Aprendiendo a valorar el trabajo de un actor

Me da a mí la impresión de que para muchas cuestiones narrativas nos hemos quedado totalmente anquilosados, enrocados en una concepción muy antigua de ciertos valores conceptuales y dramatúrgicos. Y en pocos asuntos esto se manifiesta de manera más nítida que en la valoración del trabajo de los actores, sobre todo cuando queremos discernir qué diferencia una buena de una mala interpretación, y aún más cuando queremos valorar entre una buena y una magnífica.

No es nada infrecuente escuchar afirmaciones como «qué expresivo es tal o cual o actor», o «qué bien actúa» cuando estamos delante de una pantalla o cuando después de ver la película o la serie queremos comentarlas. En general, en los premios anglosajones (Globos de Oro, Óscares, Baftas), se ha premiado muchas veces la típica interpretación de lucimiento de un actor o actor-estrella, en la que ha engordado o ha perdido peso de manera espectacular, o en la que con un maquillaje muy elaborado le han afeado, o en la que da vida a un personaje atormentado que pasa por todo tipo de avatares, y si es un personaje real o extremo mucho mejor. Si echamos un vistazo a los galardonados con el Óscar en los últimos años tenemos a Joaquín Phoenix haciendo del Joker (seguramente lo mereció antes por otros papeles muy superiores), a Rami Malek haciendo de Freddie Mercury, a Gary Oldman haciendo de Winston Churchill, a Eddie Redmayne haciendo de Stephen Hawking, a Matthew McConaughey interpretando a Ron Woodroof, a Colin Firth haciendo de George VI… y en las chicas un poco lo mismo…

Nada que objetar a algunos de ellos: son excelentes intérpretes. Y tampoco es cuestión de sancionar los Óscar como la única vara de medir, pues no son más que un premio más y están demasiado condicionados por agentes externos. Pero es lo que queda muchas veces como el canon de lo que debe ser una interpretación, sin entrar a valorar demasiado por qué lo son o por qué no. Yo ya aporté mi granito de arena en varios artículos (y en algunos más), pero quizá no entré en materia todo lo necesario, y es que a veces poner ideas objetivas encima de la mesa es mucho más difícil de lo que pueda parecer. Pero hay que intentarlo por lo menos.

Un actor o una interpretación no son mejores por ser más expresivos. Eso es una idiotez como un piano de grande. Los actores de cine no son actores de teatro. No tienen que gesticular, ni hacer aspavientos ni levantar la voz. No lo necesitan. A veces me da la sensación de que en lugar de estar viendo películas todavía nos encontramos en un anfiteatro en el siglo XVIII… La cualidad más importante de una actor o actriz, atiendan bien, es la transformación. Tal cual. Y no tanto la externa, la aparente, como la interna. El intérprete ha de transformarse en el personaje al que quiere dar vida según la visión del director, y esto es fácil de decir pero es un proceso bastante complejo, o muy complejo en algunos casos. Pero estamos hablando de hacer una interpretación memorable o magnífica, en la que no se observe ni la menor fisura o irregularidad, y eso es algo que se ha hecho unas cuantas veces y siempre porque el intérprete se ha transformado en el personaje hasta en el último pelo de su cuerpo. Hay millones de buenas interpretaciones, en las que un buen actor o buena actriz hace un trabajo estupendo. Pero hay cientos de interpretaciones geniales en las que, cuando tienes el oído y la vista adiestradas, no puedes hacer otra cosa que quedarte estupefacto porque has visto la verdadera magia del cine.

Y si atendemos a esa máxima de Wilde en virtud de la cual la artesanía por muy magnífica que sea siempre deja ver sus partes (la ornamentación, el cristal de la esa vidriera impresionante, las partes constitutivas, artesanales, de un retablo) mientras que el arte esconde la técnica y se muestra como un todo creado de la nada, sin materiales preexistentes, creando nada más y nada menos que una vida cerrada en sí misma, entonces no es tan difícil aprender a valorar una interpretación genial, o diferenciarla de las simplemente buenas y eficaces o de las torpes y hasta de las atroces. Basta entonces con fijarnos en aquellos trabajos interpretativos en los que, más allá de que el personaje nos caiga mejor o peor, o que el actor tenga más o menos carisma, es imposible discernir que allí hay una puesta en escena, que ese actor o esa actriz están rodeados de equipos de iluminación, cámara y atrezzo, que están pendientes de él y de ella el director y sus ayudantes. Somos, en algunos casos, incapaces de admitir que esa creación, ese carácter, haya sido inventado o sea una ficción. Muy al contrario, es tan real y creíble como la vida misma… o incluso más.

Los actores de cine no han de interpretar a la manera del teatro, han de ser. Y para ello han de encontrar aquello en lo que ellos se parecen al personaje, y no aquello en lo que el personaje ideal se parece a ellos. Espero se me entienda. Han de desdoblarse y convertirse en otra cosa, que en realidad es bastante parecida a como son ellos mismos en realidad, o a como podrían ser si pudieran. Y para eso es imprescindible una buena labor de casting, porque hay todo tipo de personas, pero ni el mejor del mundo puede dar vida a todas ellas. El director y su equipo han de encontrar al intérprete cuya frecuencia esté en sintonía con el carácter al que se pretende dar vida. Una vez elegido, el actor debe entregarse de manera total, casi suicida, a la visión del director, una vez esté conforme con ella. Ha de ser un instrumento en sus manos, porque mientras en teatro el actor es el verdadero creador y último responsable de la obra, en el cine es el director el que posee toda la partitura y está desde el principio al final del proceso.

¿Es posible imaginarse la puesta en escena y la escritura previa de los diálogos en ‘Antes del anochecer’ (‘Before Midnight’, Linklater, 2013)? Los actores están tan maravillosos (todos, pero especialmente Delpy y Hawke, obviamente)… ¡que parece que estamos asistiendo a un pedazo de la vida misma! Más vívida y más auténtica que la misma vida. Sin embargo es una película que, siendo realmente estupenda, no es gigantesca porque tampoco pretende serlo. Es una anécdota en la vida de un matrimonio que pasa una crisis. No son caracteres que pretendan trascender y esa anécdota está demasiado encerrada en sí misma. Hay otros personajes, en cambio, que son parte de la estrategia narrativa y de la mirada artística del director, y otros que son tan maravillosos y tan extremos que valen la película ellos solos, como el gran guiñol que compone Jim Carrey en ‘Una serie de catastróficas desdichas’ (‘A Series of Unfortunate Events’, Silberling, 2004), como si respirara, como si la película entera fuera él, y es un personaje que jamás existiría en la vida real, como no existe el de Hopkins en ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, Demme, 1991), y otros que pueden existir y de hecho existieron, como la hermana Helen Prejean de ‘Pena de muerte’ (‘Dead Man Walking’, Robbins, 1995), nunca podrían haberlo hecho con la fuerza y la verdad con las que existen en Susan Sarandon en esta extraordinaria película.

Al igual que sucede con las películas (siempre que se disponga de criterio y sentido común), también es bastante sencillo saber qué interpretaciones son insuperables y cuáles otras son sencillamente eficaces o buenas. En cuanto a las mediocres o a las fingidas, bastante con darse cuenta de que están interpretando en todo momento y de que no ves al personaje. Tan fácil como eso.

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ARTÍCULO, CINE

Pedro Vallín: disparatar y sobreinterpretar

Dicen mucho eso de que tenemos los políticos que nos merecemos. También tenemos los periodistas que nos merecemos, y eso se dice bastante menos.

Pedro Vallín se define como periodista y escritor, nació en Asturias hace ya casi cincuenta años y tiene mucha experiencia después de haber trabajado en bastantes medios y de haber sido subdirector o jefe en algunos de ellos. Por lo que veo, aunque su nombre no les sonará a muchos, tiene nada menos que noventa y cinco mil seguidores en Twitter y actualmente trabaja en La Vanguardia, según parece siguiendo a grupos parlamentarios como Unidas Podemos, ERC, PDeCat (JxCat), PNV, y otros partidos minoritarios. En sus crónicas políticas suele mezclar sus ideas o los hechos expuestos con referencias cinematográficas propias de un friki del cine estadounidense, nombrando a películas como ‘Star Wars’ u otras muy famosas cuando tiene que hablar de un político, de una ciudad o de una situación.

Y dirá el lector: ¿cómo has conocido al tal Pedro Vallín, si a ti el Twitter ese ni te va ni te viene como no sea para leer los entrañables análisis cinematográficos llenos de lugares comunes de Bracero y otros por el estilo, y no lees casi nunca ‘La Vanguardia’? Pues muy fácil, porque lo nombró el ínclito Juan Gómez-Jurado en uno de sus Todopoderosos, y a mi dealer no se le ocurrió otra cosa (conexión neuronal lo llaman a eso) que pasarme su libro (gracias otra vez, Carlos). Y aquí estamos. Si J G-J nombra algo hay que leerlo, aunque sólo sea en la búsqueda de reafirmación personal. Pero ya con el título uno va intuyendo exactamente lo que se va a encontrar: ‘¡Me cago en Godard!: : Por qué deberías adorar el cine americano (y desconfiar del cine de autor)’, editado por Arpa Editores en 2019. Hacía mucho tiempo que no leía una tontería de libro de esta magnitud. Un libro, por otra parte, acorde con los tiempos posmodernistas, narcisistas, infantiloides que vivimos, y que no tienen pinta de terminar a corto o medio plazo.

Este volumen, que por cierto no es corto, tiene como tesis defender la idea de que el cine estadounidense, en contra de lo que tantas veces se ha dicho, es en verdad un ejemplo de izquierdismo y de pensamiento progresista, mientras que el cine europeo, de nuevo en contra del pensamiento de la cinefilia habitual, es un reducto de burguesía y de imágenes reaccionarias. En otras palabras, que el cine Hollywood, como él lo llama, es lo mejor que se ha podido inventar a la hora de poner imágenes y sonidos en una pantalla, y el cine europeo y de autor es un rollo y una bobada elitista por mucho que se empeñe la crítica. La crítica marxista, como él la llama, quizá influido por la existencia de la crítica literaria marxista, que por lo visto, según el autor repite en este trabajo una y otra vez, les hace sentirse culpables, a él y a la legión de espectadores que van al cine por el simple hecho de pasárselo bien con una película. Quizá serían esos espectadores, él incluido, si de verdad existen, los que tendrían que ir a mirarse el problema, en ese caso.

El hecho de que este señor defienda tales ideas para mí no es ningún problema. Puedes defender, si ese es tu deseo, que Arturo Pérez-Reverte es el mejor escritor de los últimos cincuenta años, aunque yo crea (y lo creo) que es uno de los peores. Por poder, puedes defender que ‘Gladiator’ es la mejor película de la historia del cine. A mí eso me da igual. Lo importante es el cómo, no el qué… como en todo en la vida. Pedro Vallín defiende a capa y espada, con una vehemencia digna de mejor causa, que Hollywood es prácticamente la Arcadia, que el cine europeo no vale casi nada, que Godard es un comunista rico que va de progre (ni siquiera esa idea es original tuya, Gómez-Jurado… a ver si en algún momento, aunque sea de casualidad, se te ocurre alguna), que las más importantes películas y directores europeos están preñadas y preñados de ideas reaccionarias, elitistas, monárquicas… y que el grueso de las películas estadounidenses, mucho más sencillas y llanas, hablan de temas mucho más importantes y universales y de ahí que el espectador medio desee verlas y salga feliz de ellas. Que para eso está el cine, hombre, para ser feliz. Y lo demás son mandangas.

Defiende esto Vallín con tal aluvión de datos (la mayoría de ellos bastante cuestionables), con tal montaña de medias verdades, generalizaciones, banalizaciones, chascarrillos (intenta hacerse el gracioso a cada esquina de la página), falsedades, exabruptos, ideas cogidas por los pelos (alguna que otra interesante, pero nunca bien engarzada con el núcleo del tema que intenta desarrollar), que convierte su gran cruzada en infructuoso esfuerzo… para todo aquel que tenga bagaje e inteligencia, por supuesto. Si eres un adolescente mental (tengas la edad que tengas) necesitado de justificar tus entretenimientos y adicciones narrativas, este libro es perfecto para ti. En caso contrario (y en el caso en que no te vaya el postureo profesional) Vallín debería tenerlo crudo contigo. Porque todo el mundo sabe, menos él, que Hollywood, como tal, no existe hace ya varias décadas, por lo que esgrimirlo como argumento actual en contra del cine «elitista» no tiene ningún sentido. Todo el mundo, incluso aquel al que no le interesa demasiado el cine, está harto de las películas estadounidenses que nos llevan vendiendo ideas trasnochadas sobre la familia, el heroísmo y la grandeza (¿qué grandeza?) de un país que no es más que una colonia glorificada. Y nadie, salvo gente como J G-J, que haberla hayla, necesita de un cruzado, Vallín, para exculparse de pasarlo bien en el cine.

Lo que Vallín querría, y por eso J G-J le aplaude y le cita (sin decirlo), es que no existiese la crítica, que el cine fuera simple evasión, y que el arte narrativo, en general, careciese de cánones y de debate teórico. A J G-J le encantaría que no existiese la crítica, ni literaria ni cinematográfica, para que su tinglado, y el de otros como él, no fuera impugnado por nadie, y periodistas como Vallín le dan la razón y le sirven de coartada intelectual. Cuando Vallín cita a Ángel Fdez-Santos en referencia a su crítica de ‘La amenaza fantasma’ («cine hecho de puro gozo», se titulaba) se olvida, o cree que nadie sabe, que ese crítico, aunque de vez en cuando le dieran ramalazos de profunda incoherencia teórica, era uno de los más aguerridos defensores del cine racionalista y de autor europeo en contra de la maquinaria del entretenimiento estadounidense. Y cuando cita a Guillermo Zapata (debería buscarse ejemplos más ilustres que un ex-concejal de cultura imputado por tweets racistas y nazis, pero poco se puede esperar ya) en realidad se cita a sí mismo, porque ambos piensan igual. Piensan igual que muchos millones de personas que se creen que el director de turno (o el novelista), el que sea, está ahí para entretenerles a ellos. Que su objetivo para ponerse a crear películas o novelas es que el espectador esté de buen humor.

Lo que Vallín, el pseudo-novelista nombrado y muchos otros no entienden ni quieren entender es que los artistas nacen del pueblo, viven entre el pueblo y trabajan a favor del pueblo… muchas veces, la mayoría, repudiados por el mismo pueblo a pesar de que se les está entregando algo verdaderamente valioso, y conscientes además de que tienen muchas papeletas de ser repudiados. Y que los feriantes que supuestamente hacen feliz a ese pueblo no son más que sacacuartos profesionales que le dicen al lector-espectador lo que quiere oír para sentirse mejor, que les entrega muchas respuestas a interrogantes narrativos aunque esas respuestas sean frecuentemente estúpidas, y que les manda a su casa con una sonrisa de estúpida felicidad para hacerles sentir a salvo, cuando en realidad no lo están. Pero Pedro Vallín, y muchos otros que me he encontrado a lo largo de mi vida, no tienen el menor interés en todo esto, sino en una lectura del cine que hace de sobreinterpretar un verdadero arte, como en su delirante crítica de esa deleznable película que fue ‘Terminator Génesis’, en la que hace otro alarde de lectura analítica en virtud de la cual esa catástrofe de película se vale de la nostalgia para elevar su propuesta. Creatividad a la hora de analizar películas no le falta a Vallín, como cuando se pone a defender ‘Tomorrowland’ en el libro no una sino varias veces como ejemplo de gran cine. ‘Terminator Génesis’ y ‘Tomorrowland’… y se supone que alguien debe tomar en serio a este señor.

Yo también, en algunos medios (incluida esta página), he sido un fervoroso defensor de cierto tipo de cine que la crítica digamos «seria» no suele apreciar demasiado. En otras palabras, puedo apreciar las enormes virtudes de un Bergman, un Tarkovski y un Antonioni, puedo pensar, de hecho lo pienso, que junto con Bresson, Buñuel y algunos más son los más grandes directores del cine europeo. Pero también considero que ‘Terminator 2’ o ‘Mad Max: Fury Road’ son sendas obras maestras incontestables. Me gusta mucho el trabajo de Urbizu, Fassbinder, Herzog, Haneke, Tavernier, Fellini… pero ‘Manchester By the Sea’ es una de las películas de mi vida. Me parecen muy interesantes muchas formas de cine abstracto o experimental, pero me fascinan películas de animación como ‘El señor de los anillos’ de Bakshi o ‘Spider-Man: Into the Spider-Verse’. Nadie puede negar el enorme potencial, la gigantesca historia del cine estadounidense, su poderío industrial, su capacidad para ir adaptándose al signo de los tiempos… pero tampoco puede nadie negar que en su vertiente más comercial es un cine caduco, que pasa rápidamente al olvido, que no es más que un entretenimiento para adolescentes, que muchos de sus directores están tremendamente sobrevalorados y que ya veríamos lo que son capaces de hacer con presupuestos más reducidos, que el cine espectáculo se agota pronto en sí mismo y que fenómenos como el western clásico son la extensión de la mentira de la fundación de ese nuevo país.

Por mucho que se empeñe Vallín siempre habrá críticos que a sus falsedades y medias verdades opongan un poco de sentido común, incluso para comentar su libro, plagado de cultismos y tecnicismos, así como de ese lenguaje periodístico tan soberbio que en lugar de demostrar da por hecho las cosas. Vallín además cree ser gamberro, divertido e iconoclasta, y se queda en otro de esos adolescentes mentales incapaz de hacer un chiste que funcione. Buen intento. Más suerte la próxima vez.

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De blogs infames está empedrado internet

Echando un vistazo por ahí, que de vez en cuando lo hago a pesar de no tener nunca tiempo para nada, aún me dejo sorprender por el hecho de que tanta gente sin algo mejor que hacer se ponga a abrir un blog y «nos regale» con su trabajo, cuando está bastante claro que deberían dedicarse a cualquier otra cosa, y que los pobres incautos que caigan por allí son unos valientes y casi unos héroes, porque el nivel medio de páginas o blogs personales, en todo el mundo, es pésimo, y no solamente los que están escritos en español, también la mayoría en inglés. Para encontrar uno que realmente valga la pena y te aporte algo hay que bucear tanto, y zambullirse en territorios tan sórdidos, que realmente no merece la pena.

El 99% de los blogs son como el 99% de los comentarios de Twitter o el 99% de las conversaciones en un bar: pura farfolla sin interés, toda ella cuajada de ese narcisismo infame que impele al autor a hablar de sí mismo prácticamente todo el tiempo, sin descanso y sin pudor de ninguna clase, como si el mundo entero necesitase saber de su existencia y de sus ideas acerca de cualquier mínima cosa que le pase, desde lo que ha visto por la ventana hasta el sabor del café de esta mañana. Un constante parloteo que nubla los sentidos y que me hace reincidir en la idea, cada vez más férrea, de que el ser humano ha descendido en creatividad y en inteligencia emocional en las últimas dos décadas. Y todo trufado de ese «yo» o ese «mi», o ese «a mi» tan propio de adolescentes, que lo tiñe todo de un inadmisible infantilismo que tira de espaldas.

Y de esto no se salvan ni siquiera los blogs colectivos, esos que hablan sobre cine, o sobre literatura, o sobre tecnología, o sobre lo que le pase por la cabeza al coordinador de turno, pues es muy raro encontrar en ellos alguna pluma que más o menos sepa lo que dice y que lo haga con un estilo correcto y sin las bobadas propias de esta época de adolescentes eternos que nos ha tocado vivir. Yo he trabajado en algunos, como quizá sepan los lectores de esta página, y puedo asegurar que el nivel de los compañeros va, en demasiados casos, acorde a lo que escriben y a cómo lo escriben, e incluso he tenido que corregirle a más de un coordinador sus textos (a petición suya), porque no sabía dónde poner las comas.

No es ya que los blogs estén mal escritos, es que además están mal diseñados, es que las fotos o vídeos de acompañamiento que suben y que adornan su sitio son horribles o están en malas condiciones, y sobre todo principalmente es que las ideas que subyacen detrás de tantos textos sobre política, cultura, deporte o tecnología son para echar a correr. Pensaba yo que para ponerse a escribir y permitir que la gente te lea había que hacer acopio de toda la responsabilidad y todo el pudor del mundo, y descubrí, hace ya bastantes años, lo equivocado que estaba. Y duele especialmente porque muchas veces cuanto peores son, más prolíficos se revelan, y cuanto más interesantes (pienso en mi buen amigo Javi Gallego) menos escriben, quizá apabullados o desmotivados de que tantos otros sitios reciban tantas visitas sin merecer ni una sola.

Con tanto blog y bloguero, o blogger, o como coño se escriba, tan infame, con tanto blog o página tan parecidos en contenido y personalidad a esos que escriben sobre cine y literatura en twitter, empiezo a pensar que esa idea de que «a veces es mejor no leer nada que leer ciertas cosas» es cierta. ¿Para qué leer en el ordenador o en el móvil? Enciendan ese juego tan adictivo que les hace pasar las horas con el cerebro en blanco y obtendrán algo más que con los innumerables blogs de los que está empedrado internet.

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Asesinos sin fronteras

Asesinos, criminales de guerra, criminales a secas, asesinos en serie, asesinos natos, homicidas, delincuentes, malhechores, infanticidas, violadores, forajidos, perversos, malvados, malignos, pérfidos, crueles, inhumanos, brutales, bárbaros, desalmados, despiadados, sádicos, sanguinarios, implacables, déspotas, tiranos, opresores, caciques, racistas, supremacistas, ultranacionalistas, segregacionistas, invasores, abusones, sátrapas, genocidas…

…cobardes, mentirosos, manipuladores, falaces, farsantes, felones, mendaces, calumniadores, cuentistas, fuleros, tramposos, impostores, embaucadores, charlatanes, ladinos, timadores, belicosos, pendencieros, marciales, sionistas, hijos de puta, hijos de perra, arrastracueros, babosos, bellacos, bocachanclas, burros, cabestros, cafres, chupasangres, fariseos, lameculos, mamporreros, palurdos, sabandijas, alimañas, antisemitas…

…miserables, pedazos de mierda, granujas, ruines, mezquinos, cizañeros, cicateros, abyectos hijos de la mala madre, ratas de dos patas, cutres, desgraciados, desleales, sedientos de sangre, odiosos, repulsivos, degenerados, ignominiosos, infames, serviles, repugnantes, innobles, oprobiosos, viles, canallas, demonios, depravados, corrompidos, aterradores, pavorosos, siniestros, monstruos…

… basta ya.

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ENSAYO

Infiernos y narrativas: Palestina

Me dice a menudo mi buen amigo Carlos que tengo que leer menos y ver menos películas o series o documentales y leer más noticias y reportajes. Que la narrativa es importante pero que también es importante conocer lo que sucede en el mundo. Y tiene mucha razón. Pero es que en mi opinión una cosa y la otra participan de la misma cosa: la placenta de la realidad, y muchas veces aprendemos más, o accedemos a un conocimiento más profundo de lo que nos rodea, en la ficción que en el telediario, porque los resortes de la narrativa son esencialmente los mismos en la ficción y en la realidad y se alimentan de una misma cosa: la psique, el acervo popular. Sólo que en la realidad a partir de una mentira y en la ficción a partir de una verdad.

En la realidad que vivimos, la mayoría de las veces triste y gris y algunas veces incluso pavorosa e insoportable, la narrativa interna, la que configura la sociedad, existe para engañar y para moldear la opinión pública, para maquillar atrocidades y para que los poderosos vistan mejor sus galas de decencia y legalidad, aplicando la regla del oro (la única regla que se aplica en el mundo): el que tiene el oro hace las reglas. Y los miles o cientos de miles de periodistas que existen en el mundo participan, a menudo sin saberlo, de esa narrativa, que convence a casi todo el que les escucha o les lee que este es el único mundo posible, que lo que hacen las democracias consolidadas es en su mayor parte justo y necesario, que las guerras son inevitables, que existen países buenos y países malos, y que pese a todo el ser humano y la sociedad evolucionan hacia una forma de vida más justa y equilibrada. Y nada más lejos de la verdad. Y lo que está sucediendo en la Franja de Gaza y en algunos otros lugares de Palestina es buena prueba de todo esto.

La narrativa, en este caso, consiste en el relato manipulado de la II Guerra Mundial, en virtud del cual la comunidad judía estadounidense (que es el grupo de presión más importante en este oscuro asunto) se vio profundamente afectada por el genocidio que los nazis cometieron contra este colectivo en los campos de concentración y en la llamada Solución final. En realidad, es una narrativa que comprende varias narrativas, la principal de todas ellas la necesidad de blanqueamiento moral por parte de los territorios coloniales francos y anglosajones, es decir, Estados Unidos, Canadá y Australia, entre otros. Ya llegaré a eso un poco más adelante. Pero ya se ha demostrado ampliamente (por historiadores judíos) que el impacto de ese genocidio en realidad tardó bastante tiempo en calar en la opinión pública y en ser considerado lo que es hoy: uno de los mayores horrores que se han perpetrado en la historia. Pero ese horror, insoslayable e indiscutible, ha sido utilizado de manera espúrea por algunas élites para llevar a cabo sus luchas de poder. Y esta afirmación puede ser considerada antijudía por muchos, pero es la cruda realidad.

Se ha dicho durante décadas que en el llamado Holocausto murieron asesinados seis millones de judíos, una cifra que conoce prácticamente todo el mundo. Pero no tanto las cifras de polacos o rusos muertos, que superan ampliamente esa cifra. Durante la II Guerra Mundial, la saña del ejército alemán contra la población civil del este de Europa dejó un saldo superior a los treinta millones de muertos. Pero no se habla de Holocausto Ruso o Polaco, y la razón de esto es que esos hechos luctuosos no han sido utilizados por ciertos grupos para llevar a cabo un negocio bien documentado en libros como ‘La industria del holocausto’ del judío Norman Finkelstein. Pero, ¿qué es exactamente el pueblo judío? Esa es otra narrativa, y conviene matizarla, para explicar la narrativa principal.

El judaísmo es simple y llanamente una religión, no un pueblo, ni por supuesto una etnia. Los más ultraconservadores de sus miembros creen equivocadamente que suponen una raza o un pueblo aparte, como los negros, los caucásicos o los asiáticos, algo que ha sido desmentido por la ciencia como la falacia que es. Claro, ellos se consideran los descendientes de los hebreos, uno de los pueblos semitas del Levante Mediterráneo, que según sus libros sagrados es además el pueblo elegido por Dios (algo que por cierto también pensaban los nazis de sí mismos). Se impone por tanto establecer la diferencia entre lo judío, lo semita y lo sionista, siendo lo primero una religión, lo segundo una lengua o un pueblo o un conjunto de pueblos, y lo tercero una casta política. Judío puede ser cualquiera que abrace esa religión, desde un argentino hasta un japonés; semitas son tanto los hebreos como los palestinos, los iraquíes o los sirios (es decir árabes, por lo que antisemita sería un término más apropiado para los actuales judíos que para sus enemigos); y sionista es todo aquel que colabore o crea o luche para formar el Gran Israel (Eretz Israel) en una idelogía ultranacionalista que considera indispensable recuperar los territorios anteriores a la Gran Diáspora judía, que también se ha demostrado históricamente falsa.

Pero incluso los de pensamiento más de izquierdas o progresista, hoy día, acusan a cualquiera de ser antijudío, antisemita o directamente nazi, cuando se cuestiona gravemente la existencia de un país tan artificial y destructivo como Israel, y sus actividades militares en la zona. Son estas personas de buena voluntad gravemente engañadas por una narrativa que propone lo siguiente:

  1. Que los judíos son siempre las víctimas de ataques de antisemitas a lo largo de la historia.
  2. Que además son el pueblo elegido por Dios (sin especificar para qué ha sido elegido ni de qué manera).
  3. Que habiendo sido masacrados en la II Guerra Mundial están legitimados para defenderse de la manera que ellos crean más oportuna, incluso con el abuso de la fuerza.
  4. Que todo el que cuestione sus actividades o ideologías es antisemita.
  5. Que el genocidio que están llevando a cabo contra poblaciones árabes, muy especialmente las palestinas, no es tal, sino una defensa de su religión y su integridad territorial.

Sin embargo, la realidad disfrazada por esa narrativa es la siguiente: un pueblo de colonos blancos, angloparlantes, fuertemente armados por Estados Unidos y extranjeros de esa tierra, lleva a cabo una política de apartheid y un genocidio encubierto contra un pueblo. Esto es exactamente lo mismo, punto por punto, que sucedió en Estados Unidos con los indígenas de esa tierra. Las mismas acciones, la misma política de reasentamientos, de castigo, idéntica propaganda anti-india, en este caso anti-árabe, idénticas prácticas de tortura, de bloqueo de bienes de primera necesidad. Es decir, en resumen: toda la maquinaria bélica, propagandística y supremacista que llevó a la destrucción de la vida indígena de Estados Unidos y a un genocidio de manual. Pero esta nueva colonia angloparlante se maquilla de lucha de intereses religiosos o políticos, se propone como una equivalencia de fuerzas («conflicto palestino-israelí»), gracias a una narrativa extremadamente efectiva, de la misma forma que aquel otro genocidio se disfrazó de industrialismo o de lucha contra el salvaje. La única salvedad es que en este mundo globalizado todo se documenta y se puede poner en cuestión, aunque también pongan en cuestión a todo el que denuncie estas prácticas destructivas y atroces.

La decisión de la ONU en 1947 de aprobar la partición de Palestina en dos estados, uno judío y uno árabe, es el primer y el más terrible error de todos, pero incluso los sionistas más convencidos de crear un nuevo Israel en una tierra que no les pertenece son víctimas de esa narrativa, la que les está llevando a ser una ideología filonazi, precisamente aquella de la que dicen haber sido víctimas. Pero llamemos a las cosas como son:

Ni Estados Unidos, ni Canadá, ni Australia, ni Nueva Zelanda, ni Irlanda del Norte ni por supuesto Israel son verdaderos países. Son territorios coloniales, de población extranjera que ha llegado allí a apartar de sus legítimos hogares a los nativos, por las buenas o por la fuerza, y carecen de una verdadera identidad nacional. Los pueblos y tribus palestinas sí la tienen, a pesar de haber sido, precisamente, un protectorado británico hasta que la ONU partió en dos el territorio. Y no pararán hasta destruirles a todos, o matarles de hambre, porque eso es lo que hacen las colonias angloparlantes, y fue lo que sucedió en India, uno de los pocos países que los echó a pesar de seguir en la Commonwealth británica. Porque es lo que hacen, porque es lo que son. Luego podemos echarnos las manos a la cabeza, o condenar públicamente alguna atrocidad, pero sabemos perfectamente lo que hacen. Y no dejarán de hacerlo nunca a menos que alguien les pare los pies. Así de claro.

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ARTÍCULOS, CINE

Sagas

Lo que le gusta a la gente las sagas, aunque es algo bastante lógico, ya que el espectador medio casi nunca quiere arriesgar, y si va a pagar por ver algo que más o menos ya conoce, le será mucho más fácil entrar en ese mundo y no sentirse decepcionado que si va por ejemplo a ver cine de autor, con esos «mundos interiores» que nadie comprende ni tiene por qué comprender. Las sagas, en gran medida, son el más nítido ejemplo del cine más comercial y más dedicado al público. Sin embargo en algunas de ellas encontramos verdadero gran cine. Los grandes talentos narradores se imponen incluso en títulos prediseñados por las grandes marcas financieras.

Se considera, de forma casi unánime, a la mejor saga o trilogía de la la historia, la que Coppola dirigió en los años 197219741990, pero seamos francos: por mucho que yo crea que es necesario, importante y hasta crucial confrontar títulos, me parece que comparar la trilogía ‘El padrino’ con casi todo lo que vamos a comentar a continuación es algo parecido a comparar ‘El Quijote’ con algo tan chabacano y tan pueril como un Pérez-Reverte o un Muñoz Molina. Es decir, es la mejor trilogía porque se encuentran entre las mejores películas de la historia del cine, y una cosa es comparar y otra abusar, poniéndola al lado de tanto filme comercial como a continuación vamos a mencionar.

Vamos a echar un vistazo a todas las sagas que mi memoria sea capaz de recolectar sin verme obligado a acudir a la wikipedia:

Empezando por la más famosa, ‘Star Wars’: de la que diré que la primera es maravillosa y la segunda, ‘El imperio contraataca’, una obra maestra del cine de aventuras y de fantasía de todos los tiempos. A partir de ahí la cosa va cuesta abajo, con una tercera película, ‘El retorno del Jedi’, bastante decepcionante en no pocos aspectos, y una nueva trilogía algo boba, aunque eso sí, toda una gozada en comparación la que perpetró Abrams… porque aunque la segunda de la última es bastante salvable (pese a algunos aspectos cuestionables), la trilogía final es para echar a correr.

Siguiendo por otra muy famosa, la de Harry Potter: con dos primeras películas pasables y una tercera que, una vez más, es toda una obra maestra del cine de aventuras y fantasía, la inolvidable ‘Harry Potter y el prisionero de Azkabán’, una cuarta bastante sólida, una quinta sencillamente horrible, una sexta interesante, y una dupla final bastante defendible.

Otra famosa, la de ‘Star Trek’: que ya cuenta nada menos que con trece películas, aunque lo malo es que se han quedado, las del siglo pasado, muy viejas, e incluso la de 2002, ‘Star Trek: Némesis’, es bastante floja. Para mi sorpresa, las nuevas, las de Abrams, me parecen bastante sólidas y estimulantes.

Y otra muy famosa, la de James Bond: con nada menos que veinticinco títulos oficiales (si incluimos el último no estrenado aún de Cary Fukunaga), y dos títulos no oficiales y bastardos. Al igual que ‘Star Trek’, creo que las antiguas, incluso las de Connery, han envejecido muchísimo, y hoy resultan casi ridículas. En mi opinión la mejor es ‘Casino Royale’ (2006), con bastante diferencia.

Vamos con Rambo: que tiene una primera película realmente estupenda, aquí llamada ‘Acorralado’ (Ted Kotcheff, 1982), aunque su título original era ‘First Blood’, un filme muy crítico con la guerra de Vietnam y que narraba con fuerza y verdad la realidad de los veteranos de guerra, pero que tuvo una segunda parte que era un delirio belicista, fascista y absurdo, con el curioso título de ‘Rambo: First Blood II’ (1985), aunque con sensacional fotografía nada menos que de Jack Cardiff. La saga continuó de manera progresivamente deleznable con otras tres películas, a cual más olvidable.

Una muy mala, la de ‘Matrix’: con una primera película que era de una torpeza, una ramplonería notables, pero que era hasta buena teniendo en cuenta sus continuaciones. Amenazan con más partes.

Otra malísima, la de ‘Halloween’: que contó con una primera película estupenda, la del gran Carpenter, pero que luego se despeñó en casi una decena de secuelas, precuelas, reboots y la madre que lo parió, que cabe preguntarse si eran necesarios…

Una divertidísima, la de ‘Evil Dead’: con tres películas en su haber, de modo que es trilogía, con una primera muy amateur pero muy disfrutable, una segunda que es un desmadre absoluto y una tercera con momentos realmente magníficos y muchísimo humor y guiños cinéfilos. Imposible aburrirse con ninguna de las tres.

La saga ‘Alien’: que cuenta con dos películas iniciales de antología, la de Ridley Scott y sobre todo la de James Cameron, pero que no pudo mantener el listón, y que se vino abajo en una tercera parte de David Fincher defendida por muchos pero bastante floja e inane, y una cuarta que trataba de levantar el vuelo sin conseguirlo… luego, para acabar de hundir el show, ha vuelto Ridley Scott a la saga…

Pero la cosa no acaba ahí, porque se une de manera artificial a la saga ‘Predator’: con una buena película inicial de McTiernan y una segunda bastante poco interesante de un director tan mediocre como Stephen Hopkins…y luego unieron el invento con ‘Alien’, haciendo esos subproductos titulados ‘Alien vs. Predator’, y algunas secuelas más que no interesaron a nadie.

La saga ‘Die Hard’: que hasta la tercera película desde luego es una de las mejores de acción y aventuras, con una primera parte que es absolutamente magistral del primer al último frame, una segunda muy defendible, y una tercera formidable (salvo el final, un poco adocenado e insulso), que incluso en la cuarta película aguanta bien el tipo pero que se viene abajo de manera clamorosa en su quinta y deleznable parte.

Por supuesto, la saga Indiana Jones: con sus tres películas iniciales realmente estupendas, sobre todo la emocionante y por momentos muy bella tercera parte, y con una cuarta algo más desangelada pero igualmente disfrutable. Dicen que van a hacer una quinta… a ver qué hace el bueno de Harrison casi con ochenta tacos.

La de Terminator: otra que empezó de manera inmejorable, con dos películas, las de 1984 y 1991, que son sendas e incontestables obras maestras, pero la tercera fue bastante insulsa, y a partir de ahí el invento se fue al traste, con una cuarta sin interés y una quinta directamente horrible. Me he negado a ver la sexta.

Curiosa la de ‘Regreso al futuro’: una primera parte muy emocionante y una segunda bastante desmadrada, pero sin duda la reina de las tres es la tercera parte, que además es un western magnífico.

¿Más? Sí, la de ‘Arma letal’: que es algo parecido a la de ‘Rambo’, con una primera parte mucho más defendible, pese a sus excesos, que luego se despeña por derroteros absurdos, de comedia boba, casi sin acción y con Gibson haciendo el payaso. De las peores, sin duda.

Vamos con ‘Rocky’: otra estupenda primera película, con cosas muy hermosas y momentos memorables, continuada por una saga olvidable con títulos dantescos, e incluso reboots como el de ‘Creed’, que nada añaden a la primera película.

Y con ‘Mad Max’: que son absolutamente míticas, con una segunda parte que era la mejor de la trilogía original, y con una cuarta, ‘Mad Max: Fury Road’, toda una maravilla y ya sin Gibson en el papel protagonista, una de las mejores películas de lo que llevamos de siglo.

Y con ‘Mission: Impossible’: con tres películas iniciales bastante irregulares, sobre todo la primera (y una segunda horrible, la de John Woo), pero que tuvo en su cuarto filme, ‘Protocolo fantasma’, la mejor película de la saga con mucha diferencia.

Y para no alargar esto mucho terminemos con dos más, la de ‘Parque Jurásico’: que desde luego no está entre lo mejor que ha dirigido Spielberg y que ni siquiera en las continuaciones ‘Jurassic World’ ha conseguido nada con un mínimo de interés….

… y con la de ‘El señor de los anillos’: que hizo de Peter Jackson una superestrella mundial, y eso que no es un director capaz de entender el universo de Tolkien, pese a que es verdad que la segunda, ‘Las dos torres’, le quedó muy bien.

Hay más sagas, como las de Marvel y las de Disney, pero me da mucha pereza comentarlas. Yo creo que con esto basta, dejando claro que la única trilogía, la que cuenta una historia de manera absolutamente convincente e insuperable a través de tres capítulos, es ‘El padrino’.

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