Aprendiendo a valorar el trabajo de un actor

Me da a mí la impresión de que para muchas cuestiones narrativas nos hemos quedado totalmente anquilosados, enrocados en una concepción muy antigua de ciertos valores conceptuales y dramatúrgicos. Y en pocos asuntos esto se manifiesta de manera más nítida que en la valoración del trabajo de los actores, sobre todo cuando queremos discernir qué diferencia una buena de una mala interpretación, y aún más cuando queremos valorar entre una buena y una magnífica.

No es nada infrecuente escuchar afirmaciones como “qué expresivo es tal o cual o actor”, o “qué bien actúa” cuando estamos delante de una pantalla o cuando después de ver la película o la serie queremos comentarlas. En general, en los premios anglosajones (Globos de Oro, Óscares, Baftas), se ha premiado muchas veces la típica interpretación de lucimiento de un actor o actor-estrella, en la que ha engordado o ha perdido peso de manera espectacular, o en la que con un maquillaje muy elaborado le han afeado, o en la que da vida a un personaje atormentado que pasa por todo tipo de avatares, y si es un personaje real o extremo mucho mejor. Si echamos un vistazo a los galardonados con el Óscar en los últimos años tenemos a Joaquín Phoenix haciendo del Joker (seguramente lo mereció antes por otros papeles muy superiores), a Rami Malek haciendo de Freddie Mercury, a Gary Oldman haciendo de Winston Churchill, a Eddie Redmayne haciendo de Stephen Hawking, a Matthew McConaughey interpretando a Ron Woodroof, a Colin Firth haciendo de George VI… y en las chicas un poco lo mismo…

Nada que objetar a algunos de ellos: son excelentes intérpretes. Y tampoco es cuestión de sancionar los Óscar como la única vara de medir, pues no son más que un premio más y están demasiado condicionados por agentes externos. Pero es lo que queda muchas veces como el canon de lo que debe ser una interpretación, sin entrar a valorar demasiado por qué lo son o por qué no. Yo ya aporté mi granito de arena en varios artículos (y en algunos más), pero quizá no entré en materia todo lo necesario, y es que a veces poner ideas objetivas encima de la mesa es mucho más difícil de lo que pueda parecer. Pero hay que intentarlo por lo menos.

Un actor o una interpretación no son mejores por ser más expresivos. Eso es una idiotez como un piano de grande. Los actores de cine no son actores de teatro. No tienen que gesticular, ni hacer aspavientos ni levantar la voz. No lo necesitan. A veces me da la sensación de que en lugar de estar viendo películas todavía nos encontramos en un anfiteatro en el siglo XVIII… La cualidad más importante de una actor o actriz, atiendan bien, es la transformación. Tal cual. Y no tanto la externa, la aparente, como la interna. El intérprete ha de transformarse en el personaje al que quiere dar vida según la visión del director, y esto es fácil de decir pero es un proceso bastante complejo, o muy complejo en algunos casos. Pero estamos hablando de hacer una interpretación memorable o magnífica, en la que no se observe ni la menor fisura o irregularidad, y eso es algo que se ha hecho unas cuantas veces y siempre porque el intérprete se ha transformado en el personaje hasta en el último pelo de su cuerpo. Hay millones de buenas interpretaciones, en las que un buen actor o buena actriz hace un trabajo estupendo. Pero hay cientos de interpretaciones geniales en las que, cuando tienes el oído y la vista adiestradas, no puedes hacer otra cosa que quedarte estupefacto porque has visto la verdadera magia del cine.

Y si atendemos a esa máxima de Wilde en virtud de la cual la artesanía por muy magnífica que sea siempre deja ver sus partes (la ornamentación, el cristal de la esa vidriera impresionante, las partes constitutivas, artesanales, de un retablo) mientras que el arte esconde la técnica y se muestra como un todo creado de la nada, sin materiales preexistentes, creando nada más y nada menos que una vida cerrada en sí misma, entonces no es tan difícil aprender a valorar una interpretación genial, o diferenciarla de las simplemente buenas y eficaces o de las torpes y hasta de las atroces. Basta entonces con fijarnos en aquellos trabajos interpretativos en los que, más allá de que el personaje nos caiga mejor o peor, o que el actor tenga más o menos carisma, es imposible discernir que allí hay una puesta en escena, que ese actor o esa actriz están rodeados de equipos de iluminación, cámara y atrezzo, que están pendientes de él y de ella el director y sus ayudantes. Somos, en algunos casos, incapaces de admitir que esa creación, ese carácter, haya sido inventado o sea una ficción. Muy al contrario, es tan real y creíble como la vida misma… o incluso más.

Los actores de cine no han de interpretar a la manera del teatro, han de ser. Y para ello han de encontrar aquello en lo que ellos se parecen al personaje, y no aquello en lo que el personaje ideal se parece a ellos. Espero se me entienda. Han de desdoblarse y convertirse en otra cosa, que en realidad es bastante parecida a como son ellos mismos en realidad, o a como podrían ser si pudieran. Y para eso es imprescindible una buena labor de casting, porque hay todo tipo de personas, pero ni el mejor del mundo puede dar vida a todas ellas. El director y su equipo han de encontrar al intérprete cuya frecuencia esté en sintonía con el carácter al que se pretende dar vida. Una vez elegido, el actor debe entregarse de manera total, casi suicida, a la visión del director, una vez esté conforme con ella. Ha de ser un instrumento en sus manos, porque mientras en teatro el actor es el verdadero creador y último responsable de la obra, en el cine es el director el que posee toda la partitura y está desde el principio al final del proceso.

¿Es posible imaginarse la puesta en escena y la escritura previa de los diálogos en ‘Antes del anochecer’ (‘Before Midnight’, Linklater, 2013)? Los actores están tan maravillosos (todos, pero especialmente Delpy y Hawke, obviamente)… ¡que parece que estamos asistiendo a un pedazo de la vida misma! Más vívida y más auténtica que la misma vida. Sin embargo es una película que, siendo realmente estupenda, no es gigantesca porque tampoco pretende serlo. Es una anécdota en la vida de un matrimonio que pasa una crisis. No son caracteres que pretendan trascender y esa anécdota está demasiado encerrada en sí misma. Hay otros personajes, en cambio, que son parte de la estrategia narrativa y de la mirada artística del director, y otros que son tan maravillosos y tan extremos que valen la película ellos solos, como el gran guiñol que compone Jim Carrey en ‘Una serie de catastróficas desdichas’ (‘A Series of Unfortunate Events’, Silberling, 2004), como si respirara, como si la película entera fuera él, y es un personaje que jamás existiría en la vida real, como no existe el de Hopkins en ‘El silencio de los corderos’ (‘The Silence of the Lambs’, Demme, 1991), y otros que pueden existir y de hecho existieron, como la hermana Helen Prejean de ‘Pena de muerte’ (‘Dead Man Walking’, Robbins, 1995), nunca podrían haberlo hecho con la fuerza y la verdad con las que existen en Susan Sarandon en esta extraordinaria película.

Al igual que sucede con las películas (siempre que se disponga de criterio y sentido común), también es bastante sencillo saber qué interpretaciones son insuperables y cuáles otras son sencillamente eficaces o buenas. En cuanto a las mediocres o a las fingidas, bastante con darse cuenta de que están interpretando en todo momento y de que no ves al personaje. Tan fácil como eso.

8 comentarios en “Aprendiendo a valorar el trabajo de un actor

  1. Y qué opinas de Ed Norton en American history X, Ryan Gosling en Drive, Elijah Woods como Frodo, Andrew Lincoln como Rick Grimmes, Charlie Humman como Jax Teller, entre otros??

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