El cañón del revólver (VIII)

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Vistos los últimos episodios de ‘True Blood’ (2008-2014), una serie que como todo el mundo sabe emplea los lugares comunes del relato vampírico para establecer una metáfora bastante ingeniosa sobre el rechazo a colectivos como los homosexuales o el racismo endémico, y además admitiendo que se trata de una serie muy divertida y con mucha inteligencia, vuelvo a encontrar lo mismo que en el final de la muy alabada ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’, 2001-2005), también de Alan Ball, que siendo gay y muy de izquierdas no puede evitar colarnos, al final de sus series, una imagen tremendamente edulcorada de la realidad y un discurso de un conservadurismo recalcitrante. Y al igual que en ‘Six Feet Under’, que es una obra maestra hasta la temporada 4, pero que termina como una oda al estilo de vida americano, en ‘True Blood’ pareciera que lo que importa en la vida es casarse y tener hijos y reunirse la familia entera a comer pavo en Acción de Gracias. Y es que puedes creerte muy de izquierdas y lanzar proclamas supuestamente progresistas, pero al final lo que queda es lo que haces, y lo que haces es lo que te retrata.

Pasando hace algunos días cerca de la casa donde murió Cervantes y en la que seguramente escribió por lo menos la segunda parte de ‘El Quijote’, calle en la que se puede ir a la casa-museo de Lope de Vega, me acuerdo siempre del parque temático que está montado en Stratford-Upon-Avon, que es todo lo opuesto a la calle Cervantes en la que nadie se para a hacerse fotos, o selfies, sino que es una calle más, y en lugar de sentir envidia por lo que hacen los anglosajones con su sobrevalorado mito, la verdad es que prefiero esta suerte de pasotismo de mis conciudadanos, que ni siquiera saben donde está enterrado el que probablemente sea el genio literario más importante del canon, y rara vez saben que tanto él como Lope de Vega y Quevedo vivían tan cerca unos de otros. Y lo prefiero porque al igual que el noventa y nueve por ciento de los que viajan a Egipto y el cien por cien de los que entran en el Prado diariamente, sé que lo harían por puro postureo o por el hecho de ir a un sitio famoso, más que por el hecho de haber leído y comprendido su obra.

Echando un vistazo a las películas Disney, salvo contadas excepciones, no entiendo cómo siguen teniendo tanto éxito y aceptación porque son todas la puta misma historia: cuando no es el relato de búsqueda y aceptación (‘Soul’, ‘Finding Nemo’, ‘Up’, ‘Wreck-It Ralph’, ‘Atlantis’) cuentan siempre la misma historia de una chica, muchas veces princesa de un reino, que se enfrenta a sus padres por querer llevar su propia vida lejos de imposiciones patriarcales, culturales o de género: ‘Mulan’, ‘The Little Mermaid’, ‘Vaiana’, ‘Brave’… deberían dejar de gastarse tanta pasta en cada una de ellas, hacerles un remiendo, cambiarles el título y reestrenarlas. Yo creo que serían más honestos de lo que son ahora. No es de extrañar que las pocas que se salen de esas estructuras argumentales nombradas, ‘Hercules’ o ‘Tangled’, sean de las más interesantes, emocionantes y mejores de todas ellas… por mucho que ni siquiera esas escapen de las toneladas de sentimentalismo y de conservadurismo intelectual que las impregnan de arriba a abajo.

Hoy estoy bastante político: ahora que se ha muerto el gran Bertrand Tavernier me acuerdo de aquella entrevista (o quizá fuera una conferencia, no estoy muy seguro) en la que contaba que alguien le había dicho que no se podían hacer películas basadas en los buenos sentimientos de la gente, a lo que él le había respondido que era un gilipollas. Pocos directores más políticos y más de izquierdas que Tavernier, pero este de verdad, no como Alan Ball, y ahora que ha desaparecido me pregunto quién puede tomar su relevo en el cine actual o quien puede siquiera intentar hacer un cine tan valiente y activista como el suyo, en el que se hablaba sin ambages sobre brutalidad policial (‘L. 627’), sobre pobreza endémica en la Francia de finales del XX (‘Hoy empieza todo’), sobre la odisea que puede suponer lograr adoptar un hijo (‘Holy Lola’) o sobre la trastienda nada heroica ni épica de la I Guerra Mundial (‘Capitan Conan’)… y es que seguramente haya habido muy pocos como él, que dignificaron un cine más comprometido de lo que suele ser el grueso de las películas que se estrenan en todo el mundo, caramelitos narrativos para que la gente se lo pase bien los fines de semana y no se preocupen mucho por la deriva del mundo.

Hablo mucho de cine y de literatura en estas páginas, y me quejo mucho de su situación actual en algunos casos en estos revólveres de los que siempre hago seis disparos (aunque hay revólveres de cinco o de ocho o de doce tiros), pero hablo muy poco de música. Tal como yo lo veo, y por decirlo llanamente, si el cine no acaba de fructificar del todo y parece ahogado por los videojuegos, y la literatura no la lee ni le interesa a nadie, la música directamente no existe. No me acaba de entrar en la cabeza cómo la gente se puede pasar el día escuchando decenas de las canciones que ponen en la radio, y luego pueden decirme que les gusta mucho la música… Luego a esa misma gente le pones a Metallica o a Depeche Mode y no les gusta nada. Cualquiera sabe. Desde que nos cayó encima la pesadilla del reggeaton y derivados no es posible poner la radio ni ir a un local a tomar una copa porque sales de allí con ganas de vomitar. ¿Dónde están esos tugurios de mala muerte con AC/DC, Extremoduro, Black Sabbath, Santana o incluso Korn? En esos antros es donde los viejos como yo somos felices, y no con esta peste del reggeaton… qué viejo me siento de pronto…

Último disparo: llega ya el infierno de calor madrileño, que como no puede ser de otra manera es anhelado por un amplio porcentaje de la población casi como si fuera el segundo advenimiento de Cristo, todos ellos deseosos de pasar noches en vela sin poder dormir porque la almohada se convierte en un charco de sudor, de pasar semanas casi sin apetito porque este calor te pone hasta mal cuerpo, con el asfalto e incluso la misma acera horneándote a fuego lento. Pero oye, ¡que viva el verano! ¡Y los bichos! ¡Y las terrazas abarrotadas! ¡Y los turistas de países a los que les importa una mierda España y sólo quieren comer y beber mucho más barato que en sus países (cómo me alegro cuando les meten esos sablazos en algunos lugares) mientras nos miran por encima del hombro y se ponen como putos cangrejos al sol de las cuatro de la tarde! Por mi parte espero pasar un verano algo decente (cosa rara en mí) y leer todo lo posible para olvidarme de que incluso en la sombra me estoy achicharrando, y esperaré, como cada año, la venida de septiembre y de un tiempo más agradable como el que se reencuentra con un viejo amigo al que hace demasiado que no ve.

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