Infiernos y narrativas: Planeta Tierra

Primero un ilimitado territorio, inmutable, plano y eterno, después una esfera azul, inmensa pero abarcable, que gira desde hace miles de millones de años, y que aún lo hará por lo menos mil millones más, alrededor de una estrella en la que cabrían un millón trescientas mil tierras, de la que le separan ciento sesenta millones de kilómetros, en un universo, este sí, inabarcable. Pero ese planeta, el nuestro, es además nuestro sistema vital, el único del que disponemos, y llevamos unos cuarenta años con la certeza de que nos lo estamos cargando, de que estamos agotando sus recursos materiales, de que estamos matando a sus muchas especies, de que vamos a llegar a un punto de no retorno, y ahora lo estamos también de que el calentamiento global es producido por el hombre y de que nos estamos quedando sin tiempo para evitar nuestra propia extinción.

Aquí, de nuevo, se abren varias narrativas… por lo menos dos, y otras que emanan de ellas, al igual que sucedía con Palestina, o las Palestinas de este mundo, que es la narrativa política de la historia contemporánea. En todo lo relativo al planeta Tierra, aquello que no sea ciencia es por necesidad una narrativa, es decir una ficción y una mentira, e incluso mucho del relato científico es también una narrativa, más sofisticada. A saber: que al igual que somos los responsables de la destrucción del entorno natural, también podemos ser los artífices de su salvación; y que la Tierra, como entidad filosófica, es un lugar hermoso en el que poder vivir según nuestro sistema de valores actuales. Ambas cosas son una falacia como un piano de grande y desmontarlas es como un juego de niños.

La Tierra no está en peligro. Repito: no está en peligro. Los que estamos en peligro somos nosotros, todos nosotros, y los animales que han tenido la mala suerte de coincidir con el auge del ser humano. Nos sabemos tan listos, tan importantes, tan brillantes y tan supremos, que nos creemos con la capacidad no solamente de destruir la Tierra, sino también de salvarla. Y yo me pregunto: ¿cómo vamos a salvarla? ¿Poniendo cubos de basura reciclable? ¿Creando coches eléctricos como única opción de transporte? Eso no va a evitar que en pocos años comencemos a sufrir los estragos de la actividad humana. ¿Qué más se nos ocurre? Ya que somos tan brillantes deberíamos empezar por buscar una solución a la desertización y a la destrucción de los fondos y la fauna marinas. ¿Vamos a encontrarlas? No lo creo. La única opción para que la Tierra, tal como la conocemos ahora, siga existiendo, es que desaparezcamos.

En tres meses y pico de confinamiento, en 2020, hemos sido testigos de una sorprendente recuperación de las costas, hemos divisado delfines en zonas en las que no pasaban ni borrachos, el aire se ha limpiado y los árboles y plantas de las ciudades han reverdecido. En solo tres meses. Imaginemos lo que podría pasar en tres años. La Tierra es una máquina perfecta con una asombrosa capacidad de regeneración, y aún en el caso nada improbable de que nos cargásemos todos los mares, de que no creciesen más plantas, y de que todos los animales de la Tierra desapareciesen, es casi seguro que dentro de veinte o treinta millones de años proliferaran otras formas de vida, los mares volvieran a ser lo que eran, y el planeta resucitaría. Ya lo ha hecho antes. Varias veces. Porque la Tierra está viva, es un ser vivo que no nos necesita para nada. Somos nosotros los que la necesitamos a ella. Y no acabamos de entenderlo.

El ser humano solo lo es en la civilización, en las ciudades, en la polis. Fuera de ellas, de la sociedad no somos seres humanos, nos convertimos en otra cosa. Somos, por definición, un animal político, y eso es irónicamente lo que nos destruye y lo que destruye el entorno natural actual. Si no somos capaces de crear ciudades que puedan coexistir pacíficamente con la naturaleza, sin erosionarla ni herirla de muerte, tenemos los días contados. Que pueden ser muchos o pocos, pero contados al fin y al cabo. Nosotros, que nos creemos los dueños de todo cuanto vemos, nosotros que en mitad de una pandemia (que no es más que un primer aviso de la naturaleza… pues vendrán otras y más crueles que esta a menos que espabilemos de una puta vez) nos permitimos el lujo de discutir sobre nacionalismos, o economía, o ideologías, como si esto no fuera con nosotros. Es como si llegaran unos alienígenas, o como si restaran tres meses para que nos cayese un pedrusco de cincuenta kilómetros de diámetro, y nos pusiéramos a discutir sobre de quién es la culpa o quién es más español…

Nosotros, que no podremos hacer nada para salvar Nueva York si se rompe el istmo de Canarias, nosotros que no podremos evitar que un meteoro de grandes dimensiones esterilice la Tierra, nosotros que vertemos cientos de millones de toneladas de plástico al mar todos los años y que asesinamos millones de ballenas y tiburones blancos todos los meses, nosotros vamos a salvar la Tierra. Las mayores fuentes de contaminación no son los carburantes basados en combustibles fósiles, ni las plantas nucleares (aunque desde luego no ayudan), son otras dos: las empresas cárnicas con cientos de millones de cabezas de ganado y lo que ello supone de gasto de cereales para su alimentación y de sus ventosidades tóxicas (tal como suena), y la industria textil que proporciona ropa a la humanidad y que llena millones de armarios de las chicas de zapatos, camisetas y vestidos… Si fuéramos verdaderamente conscientes de lo que ambas industrias suponen, de los estragos que causan, si lo viéramos, si lo pusieran en las noticias todos los días, dejaríamos de comer carne en determinadas condiciones y dejaríamos de comprar ropa todos los meses…

¿Por qué no sale esto en las noticias todos los días? ¿No íbamos a salvar el planeta? ¿Por qué en lugar de hablar todos los días de Cataluña, de Ceuta, de las miles de desgracias que le pasan al “pobre ser humano”, no se habla de todo esto a todas horas y se empieza a poner remedio? Porque eso, como todo lo demás, es otra narrativa: el ser humano no se cree que esto se vaya a acabar, porque se cree inmutable, eterno, plano, como creía que era la Tierra. Se cree elegido por un Dios ubicuo que le ha puesto aquí por alguna razón, y que no va a permitir que se hunda ni siquiera en su propia estupidez. Es más fácil creer esa narrativa que el hecho de que no nos importa una mierda otra cosa que no sea medrar y tener poder.

Si dejamos ya de reproducirnos y de joder cada cosa que tocamos, si desaparecemos, el planeta Tierra volverá a estar perfecto en unos cincuenta años, puede que menos, y los animales que viven ahora en él se extinguirán a su ritmo normal, y esta esfera cada vez más podrida, cada vez más depauperada, el hogar que hemos maltratado con nuestras pezuñas, volverá a ser esa esfera azul, ese oasis en mitad de un universo indiferente, que la eligió a ella, vete a saber por qué, para albergar vida.

3 comentarios sobre “Infiernos y narrativas: Planeta Tierra

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