No te flipes tanto, anda…

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Sí, me dirijo a ti, flipao, no a los que por lo menos lo intentan, los que investigan, los que escriben sobre ello, los que se tomaron la molestia de aprender porque fueron a la universidad, o a una escuela de arte, los que tuvieron el coraje de pensar, en un determinado momento, que no tenían ni idea de lo que estaban hablando y pagaron una formación, o averiguaron por lo menos qué leer, y a quien leer. Es decir, me dirijo, probablemente, a pocos de los que puedan leer estas líneas, que por lo que veo son gente que también escribe, investiga, se molesta, comparte ideas, discute, debate… por lo general, porque también hay de todo. Me estoy refiriendo a esos flipaos que se creen que por haber visto muchas películas y series (casi siempre pocos libros, cosa curiosa…) creen que tienen autoridad, o a esos que se ponen a escribir versos sin haber leído a los más grandes, o a esos que en la barra de un bar o en el trabajo hacen callar a los que habría que escuchar. A esos me dirijo.

No a los Braceros de este mundo, que por lo que estoy viendo hay cientos, que insisto por lo menos lo intentan aunque sus ideas sean de una candidez irrefrenable que básicamente descubren el Mediterráneo por quinta vez. Ni siquiera a los bloggers, por muy nefastos que estos sean (y pueden serlo mucho) sino a ese especimen soberbio y dominante, que surge de esa masa de espectador medio, acrítico, que por alguna razón que él mismo debería averiguar necesita decir a todas horas lo que a él le gusta, lo que él considera que está bien, en oposición a todo lo que él considera que está mal, a esos que en cualquier conversación sobre cine o literatura comienzan a desgranar su muy cuestionable lista de preferencias, generalmente endeble e indefendible, con la característica agresividad del que carece de clase y de altura, riéndose de los argumentos de los que de verdad viven de la narrativa (y no me refiero con ello, naturalmente, a que les paguen por ello) e imponiendo unas ideas que desmontaría un niño de nueve años.

Son esos tipos (y tipas) constantemente cabreados porque alguien les proponga un argumento o un debate que, obviamente, atenta contra sus ideas preestablecidas, le obliga a cuestionarse las cosas, pone un poco patas arriba su ideario. Por eso necesitan estar a todas horas en las redes sociales, dejando comentarios en blogs o en periódicos, sobre lo que ellos piensan, lo que a ellos les gusta, lo que ellos creen que de verdad es valioso e importante, no como a esos críticos y pedantes, no como a esos cuentistas y supuestos intelectuales, que no dejan de cuestionar las cosas, de ir al fondo del asunto, de luchar contra lo establecido para construir un canon, para lograr un debate teórico con el que llegar a sitios a los que el espectador o lector medio muchas no puede llegar (y nadie puede reprocharle no hacerlo).

Yo, por suerte o por desgracia, he conocido a muchos, porque desde que empecé a darle a la tecla y participé en algunos medios y abrí algunas páginas, supongo que me he convertido en eso que ha venido a llamarse, en la vida contemporánea, un “tocahuevos profesional”, que toda la vida en realidad no ha sido otra cosa que un crítico, un intérprete del material narrativo, ajeno a modas, a manías, a filias y a fobias, y he dicho lo que pienso sin querer hacer amigos, ni que los demás estén de acuerdo conmigo, ni agradar a nadie. Tomándome en serio lo que hago y lo que soy. Y no solo a la hora de escribir, sino cuando me encuentro a estos individuos/as en el bar o en el trabajo: no me callo ni pienso hacerlo jamás. Y a todos esos les diría, una vez más, lo que creo sin ningún género de dudas: que el arte no existe para el público, sino para el intérprete, el crítico, el analista o investigador. Y esto es así porque el público puede perfectamente vivir sin arte, pero el crítico, el analista o investigador no puede. El público, pagando la entrada o comprando el libro lo que sostiene es la industria, el negocio que hay detrás de todo eso, pero no el arte.

Si al público le dijeran mañana que está a punto de desaparecer la última copia de ‘El Quijote’ o de ‘El padrino’, ¿alguien cree que le importaría o que se desataría una histeria colectiva? Lo diré de otro modo: las obras de arte no dependen del público para existir, sino del especialista, del intérprete que las descubre, o más bien certifica lo que son, interpretándolas, reconociéndolas, en oposición a la aplastante mediocridad del resto de obras. Por eso el crítico, el investigador, suele (solemos) ser un tanto gruñones: porque lleva muchos años formarse y llegar a conocer el cine y la literatura, para que luego venga el cuñado a decir que eso no le gusta. Que no le gusta… ¿y a quién le importa? Que no le gusta Terrence Malick, David Lynch, Cormac McCarthy o incluso Mozart. Y se supone que tenemos que parar rotativas porque a esa persona malhumorada, que no tolera que nadie le diga lo que es bueno o malo, no le gusta por ejemplo William Faulkner. A nadie le interesa, flipao. Dentro de cien o doscientos años seguirá leyéndose o seguirá viéndose lo que los investigadores y críticos ya saben, porque para eso están, que perdurará.

Para eso están, para eso estamos.

Plural: 4 comentarios en “No te flipes tanto, anda…”

  1. No se, no se, todos son imprescindibles el crítico, el especialista y el público mas o menos inexperto que mantiene la industria, porque sin industria ya me dirás como avanzaría esto, muy lineal quizás, sin zigzaguear pero muy poco a poco, hay que convivir en todo con el rebaño, e inmunizarse junto a él, como con lo del Covid.
    Por otra parte yo que te conozco un poco, creo que en directo a la gente no insistes demasiado en sacarla de su ignorancia por prudencia y educación y haces bien, que ignorantes están mas guapos y fáciles de evitar, (Ironic mode ON)

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  2. Muy bien dicho, y esto revela a mi juicio que uno de los mayores pecados que tiene mucha gente, incluso yo mismo he pecado de eso, es la soberbia. Y sobre todo, una soberbia disfrazada de falsa humildad y condescendencia. De haber estado tanto en twitter y haber tenido ese comportamiento me has puesto ante el espejo, y te lo agradezco. Al final, lo mejor es aprender y ser conscientes de la necesidad de aprender. Un abrazo, Adrián.

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